lunes, 17 de marzo de 2025

Jueves Santo: sacerdotes y poetas.

Jueves Santo: sacerdotes y poetas 

Hoy es el día que la Iglesia dedica al sacerdocio de los ministros ordenados. El día en que todos los presbíteros renuevan sus promesas a Dios. El día en que toda la Iglesia se detiene con asombro para agradecer a Dios por habernos dado presbíteros. 

Sorprendido, sí, porque no estaba en absoluto dado que Jesús se haría sacerdote por nosotros. Él es el prototipo, el modelo único, el primer y verdadero sacerdote, todos nosotros no somos más que clones, copias descoloridas. 

No era en absoluto un hecho que se nos daría un mediador, uno que se interpusiera entre nosotros y Dios, haciéndose puente para llegar a Él, uno que se dejara absorber totalmente por su misión, hasta el punto de ser llamado más a menudo por su función (Cristo) que por su nombre (Jesús). 

Así como nos pasa a nosotros los presbíteros, que la mayoría de las veces somos simplemente “el don” o “el padre” y aún cuando alguien nos llama por nuestro nombre siempre lo hace añadiendo la función. 

Sacerdote, es decir, hombre de lo sagrado, aquel que da lo sagrado. El que recuerda a los hombres que todo es sagrado y lo sagrado es todo. 

¿Tiene todavía sentido esta vocación, esta misión, en un mundo cada vez más técnico y práctico, donde la vida se reduce a una ecuación matemática y el amor y el pensamiento a un juego de hormonas? ¿Tiene sentido hablar de lo sagrado en un mundo donde el misterio ha desaparecido, a veces incluso de nuestras Iglesias y de nuestras liturgias? 

Sí, tiene sentido y por muchas buenas razones. 

En primer lugar porque el misterio no se puede eliminar de la vida. Nos guste o no, no existe una respuesta técnica satisfactoria a los dos gigantescos enigmas de nuestro origen y nuestro destino, al doble problema que plantean nuestro nacimiento y nuestra muerte, y el mundo tiene una necesidad imperiosa de que alguien le recuerde que las preguntas sin respuesta, las más profundas, son también las más verdaderas y las únicas verdaderamente esenciales. 

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿De qué me sirve conocer cada tornillo del tren, conocer perfectamente su velocidad y conocer todos los mecanismos de poder que regulan su compleja jerarquía y funcionamiento, de qué me sirve ser el más poderoso y el más rico de los pasajeros si no sé hacia dónde va? ¿Y de dónde viene? 

Ser sacerdote siempre tendrá que ver con el nacimiento y la muerte, con el origen y el fin de la vida. 

Y quizá por eso el nacimiento y la muerte son los dos frentes en los que hoy se libra más duramente la batalla por la desacralización. Como si el hombre quisiera apoderarse de ellos, desmitificarlos. 

Pero el precio es demasiado alto, el precio es privar a la vida de todo misterio y una vida sin misterio, sin lo sagrado, es una vida insoportablemente aburrida, mortalmente aburrida. 

Y no sólo eso, despojada de su misterio, reducida a un problema técnico, la vida se vuelve despiadada. En una vida enteramente técnica ya no hay espacio para la generosidad y el amor, como tampoco lo hay en la vida de una máquina. 

La paradoja es que el cristianismo comenzó su historia desacralizando el mundo, tanto que se acuñó el adjetivo ateo -ironía de la historia- para identificar a los cristianos que dieron la espalda a los dioses paganos, sacando al mundo de las nieblas de la magia en nombre de la razón. 

Sí, el sacerdote es quien tiene la delicadísima tarea de hacer el equilibrio entre el mago y el tecnócrata, de decir a todos que el mundo tiene una racionalidad profunda e íntima, y ​​por tanto no está confiado a un capricho arbitrario y que, de hecho, esta racionalidad puede ser escrutada e investigada, y al mismo tiempo que el mundo tiene sus raíces en un misterio que nos supera por todos lados y que, por tanto, sólo puede ser recibido como un don, nunca plenamente conquistado. 

Ni siquiera nosotros estamos exentos de este riesgo. También nosotros, los presbíteros, corremos el riesgo de desviarnos hacia un lado o hacia el otro, de convertirnos en magos o tecnócratas… ¡Es tan fácil revestir lo sagrado de magia y superstición! Tanto como transformarnos en burócratas, en gestores de la Iglesia. 

Pero para que los puentes sean eficaces, para no resbalar hacia un lado o hacia el otro, es necesario mantener un pie firme en cada una de las dos orillas que debemos unir. Ser «Aquel que da lo sagrado» significa estar tan cerca de los hombres como de Dios. No en una equidistancia imposible, sino, si se me permite el neologismo, en una equi-proximidad siempre perfectible. 

Precisamente por esto, sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de perder el sentido del Misterio, de transformar incluso la vida presbiteral y el servicio sacerdotal en un problema técnico, en una serie de procedimientos y protocolos, como si la oración fuera una mercancía a producir, la liturgia un espectáculo a realizar y la caridad un conjunto de cosas a hacer. 

Por eso hoy a mis tres promesas sacerdotales he añadido una cuarta, privada, íntima. La promesa de conservar siempre el alma de un poeta, porque es la poesía la que siempre nos devuelve al Misterio, porque como nos lo recordaba alguien: “No niego que debe haber sacerdotes para recordar a los hombres que un día tendrán que morir. Sólo digo que en ciertos tiempos extraños, como el que vivimos, es necesario tener otro tipo de sacerdotes, llamados poetas, para recordar a los hombres que todavía no están muertos”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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