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martes, 7 de enero de 2025

Ecclesia reformata, semper reformanda.

Ecclesia reformatasemper reformanda 

El 31 de octubre, Víspera de la Solemnidad de Todos los Santos, los protestantes, celebran un acontecimiento especialmente significativo. Es el aniversario de la Reforma, en memoria de lo que probablemente fue una manifestación del Espíritu de Dios desde los tiempos de los apóstoles. Pero, ¿cuál es el significado de este día y cómo debemos ver los acontecimientos que conmemora? 

En aquel momento, pocos habrían imaginado que el sonido de un martillo golpeando la puerta de una iglesia en Wittenberg, Alemania, resonaría en todo el mundo y conduciría a una de las mayores transformaciones de la sociedad occidental desde que los apóstoles predicaron el Evangelio por todo el Imperio Romano. Martín Lutero, clavando sus 95 tesis en la puerta de aquella abadía el 31 de octubre de 1517, provocó un debate que culminó en lo que hoy llamamos la Reforma protestante. 

Con Martín Lutero, monje agustino y contemporáneo de Erasmo de Rotterdam, nos encontramos en pleno humanismo, dentro de los desarrollos de la escolástica de finales del siglo XV. El máximo representante de este pensamiento fue Guillermo de Ockham, mientras que en Alemania fue su intérprete el célebre profesor de Tubinga Gabriel Biel -‘doctor profundísimo’-. 

Heredero del obispo San Agustín de Hipona, Martín Lutero fue una de las personas más significativas de las que Dios se sirvió después de él. El estudiante de derecho convertido en monje agustino se encontró en el centro de una enorme controversia cuando sus tesis fueron copiadas y distribuidas por toda Europa. Tras su oposición inicial al intento del Papa de ‘comerciar y vender’ la salvación, el estudio bíblico de Lutero le llevó a abordar numerosos problemas de la Iglesia de Roma, profundizando en temas como la primacía de la Biblia sobre la tradición eclesiástica y lo que nos hace justos a los ojos de Dios. 

Esta última fue probablemente una de las mayores aportaciones de Lutero a la teología cristiana. A pesar de predicarse claramente en el Nuevo Testamento, y encontrarse en los escritos de numerosos Santos Padres de la Iglesia, los obispos y sacerdotes medievales habían olvidado, seguramente no por completo, pero sí en no pequeña medida, esta grande verdad: el hecho de que nuestras obras no pueden merecer en modo alguno el favor de Dios. La salvación es sólo por la gracia y sólo por la fe, y las buenas obras no son más que el resultado de esta fe: no se añaden a ella para mejorar nuestra posición a los ojos de Dios (Ef 2, 8-10). La justificación, es decir, el acto jurídico de Dios por el que nos declara inocentes, perdonados del pecado y justos a sus ojos, sólo tiene lugar porque, mediante la fe, el Padre nos imputa o aplica la justicia perfecta de Cristo (2 Co 5, 21). 

La posición de San Agustín la hizo suya Lutero al descubrir la primacía de la gracia, ya evidentemente bien presente en San Pablo. Lutero sintió, en su época, la necesidad de oponerse con fuerza a esa forma de cristianismo -de derivación neoescolástica- que seguía revestida de pelagianismo, negando de hecho la primacía de Dios como único dispensador de la gracia salvadora. La posición de Lutero, como sabemos, provocó reacciones violentas, ya que refutaba teológicamente el esfuerzo ético y moral del hombre por su propia salvación. 

Lutero nunca negó la libertad del hombre, pero en su De servo arbitrio impugnó la facultad humana de alcanzar la salvación mediante sus propios esfuerzos. Llegó a estas conclusiones a través de una relectura de los Salmos (en los años 1513-1515) y de algunos libros del Nuevo Testamento, especialmente las Cartas paulinas: a los Romanos, a los Gálatas, a los Hebreos. Ya en su comentario al Salmo 50 -el Miserere- Lutero identifica la insuficiencia de la observancia de la ley como el límite infranqueable para que el hombre pueda ser considerado justo. 

Sólo Dios, gratuitamente, mediante la primacía de la Palabra, realiza la obra de la justificación.  La ley es sólo el espejo a través del cual el hombre reconoce sus propias faltas, su propio pecado. Por tanto, el hombre no practica la ley para dar gracias a Dios, sino simplemente para justificarse a sí mismo: en consecuencia, anula su valor salvífico. Por tanto, la única salvación viene de Jesucristo. El hombre debe reconocer que es incapaz de cumplir la ley y confiar totalmente en la Palabra de Dios hecha carne, crucificada: Jesucristo. Sólo en la fe en el único Salvador puede el hombre ser reconocido como justo por Dios y perdonado. 

La toma de conciencia de esta verdad por parte de Martín Lutero condujo a una serie de reformas en la Iglesia y la sociedad, y a muchos de sus aspectos que hoy damos por sentados, pero que nunca se habrían producido sin su contribución. La traducción de Lutero de la Biblia al alemán puso la Palabra de Dios en manos del pueblo, y hoy la Escritura está disponible en la lengua vernácula de muchos países, lo que permite a la gente estudiarla y beneficiarse de ella. Fue Lutero quien reformó la Misa en latín, optando por dirigir la liturgia en la lengua del pueblo, para que incluso los no eruditos pudieran oír y entender la Palabra de Dios predicada y adorar al Señor. Fue Lutero quien recordó, sacando a la luz del olvido, la enseñanza bíblica del sacerdocio de todos los creyentes, demostrando que el trabajo de cada persona tiene propósito y significado, porque a través de él se puede servir al Creador.  

Hoy, el legado de Lutero pervive en los credos y confesiones de las Iglesias protestantes de todo el mundo. Seguramente, y al recordar este aniversario, podemos seguir recibiendo la llamada para ser testigos audaces y creíbles del mensaje evangélico en este momento de la historia y del mundo, y de seguir avanzando en la reforma de la Iglesia de Cristo. Seguramente el Sínodo, recién finalizado, es un nuevo empuje espiritual y sinodal en ese horizonte de una Ecclesia reformata, semper reformanda. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La devoción mariana de Martín Lutero.

La devoción mariana de Martín Lutero 

Creo que Él nació por mí de la pura Virgen María, libre de toda mancha en su virginidad corporal y espiritual, para hacer bendita, inmaculada y pura mi generación pecadora y condenada, según la voluntad misericordiosa del Padre. La mía y la de todos los que creen en Él”. Forma abreviada del Credo de Martín Lutero, del Catecismo Mayor, 1529. Así se expresa Martín Lutero en su comentario al Credo de los Apóstoles, contenido en el Catecismo Mayor y escrito principalmente para instruir y edificar al clero. 

En esta solemnidad de la Inmaculada Concepción, reflexionaba para mis adentros sobre ciertas paradojas de la actualidad eclesial, relacionadas de diversas maneras con el hecho de que la doctrina mariológica se esgrima comúnmente como un obstáculo para la plena comunión visible de todas las Iglesias. De hecho, me acordé del sublime coral del Matthäuspassion de Johann Sebastian Bach (luterano) que concluye la primera parte de la obra maestra: 

Llora, hombre, tu gran pecado,
por el que Cristo el seno de su padre
abandonó y vino a la Tierra;
de una virgen tierna y pura
nació aquí por nosotros
y quiso ser el mediador.
A los muertos dio la vida
y curó toda enfermedad,
hasta que llegara el momento
de que por nosotros fuera sacrificado.
Y la pesada carga de nuestros pecados llevó,
hasta llegar a la cruz. 

Esa referencia a la 'Virgen tierna y pura' no es nada singular, en el músico-teólogo por excelencia, y sin embargo siempre golpea el oído del oyente no experto y no distraído: ¿un luterano habla así de María? 

Sí, porque de hecho en el sentir común los protestantes la tienen tomada con la Virgen María. Una vulgarización brutal, de acuerdo, pero que a menudo da en el blanco, por lo que he podido experimentar: del mismo modo que no faltan quienes hacen apología del protestantismo para encubrir sus problemas con el concepto de autoridad, tampoco faltan quienes (partiendo a menudo de esa premisa) desarrollan una aversión feroz hacia la persona y el culto de la Virgen María. 

Y sin embargo... si supieran las palabras que los grandes luteranos de la historia, empezando por Lutero, han dirigido a la «pura y dulce Virgen»... Así que me dije: casi voy a reflexionar en de la Inmaculada Concepción a partir de Lutero. 

Si tuviera que resumir la impresión que tengo, cuando oigo hablar de ecumenismo, es que en los últimos años se ha abierto peligrosamente una brecha entre quienes intentan dar saltos irresponsables hacia adelante y otros que se fosilizan en caricaturas inadmisibles de la posición «contraria». Así, por un lado tenemos las provocaciones de otrora liturgistas rigurosos y serios que se desmelenan escandalizando la fe de los sencillos con cuestiones académicas y fantasean con «eucaristías comunes» con quienes no guardan la fe católica mientras socavan la caridad eclesial. Por otra parte, proliferan los que confunden el infame insulto contra Lutero con una apología del catolicismo. 

Con esta idea, pues, tras citar un párrafo del Gran Catecismo y el texto del Coral de Bach que cierra la primera parte del Matthäuspassion, añado a continuación que sería muy interesante la lectura y reflexión de una larga carta de Lutero, fechada en 1521, en la que el monje expone al Herzog de Sajonia, Johann Friedrich, la traducción y el significado del «Cántico de la Bienaventurada Virgen María», el Magnificat. 

La mariología y el culto mariano han sido, junto al papado y los ministerios en la Iglesia, la dificultad más importante en el camino hacia la unificación del cristianismo. En épocas anteriores, la mariología católica también fue llamada la rueda dentada que destruyó la fe evangélica, ya que pensaban que María había sido añadida al cristianismo para robarle el lugar a Dios. Incluso los protestantes acusaban a los católicos de «mariolatría» y la mariología era considerada como la suma de todas las herejías. 

La posición protestante hacia María ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Aunque este cambio no siempre ha sido positivo. De hecho, el protestantismo ha sido testigo de un creciente abandono de la figura de María. Es bien conocida la gran devoción de los Padres de la Reforma, Lutero, Calvino, Zwinglio, a María, en cuya maternidad y virginidad divinas creían. 

Lutero consignó su pensamiento sobre María en una serie de escritos, entre ellos el Comentario al Magnificat (1520-1521), la Explicación del Avemaría (1522), unos ochenta sermones, varias cartas, discursos de convivencia y pasajes ocasionales. Todo este material, para ser comprendido adecuadamente, debe enfocarse en el trasfondo histórico preciso que le dio origen y leerse a la luz del horizonte teológico de Lutero. El trasfondo histórico, la razón extrínseca de su protesta, es el abuso de la veneración a María. Lutero arremete contra los abusos y exageraciones presentes en la Iglesia de su tiempo: rosarios, peregrinaciones, consagraciones e invocaciones… Esto explica el interés teológico, pero también polémico y reformador, de Lutero por el tema mariano. Así, podemos decir que los reformadores abandonaron la práctica (“usus”) a causa de los abusos (“abusus”). 

El ámbito del honor, la alabanza y la exaltación de María por su grandeza como la siempre Virgen Madre de Dios no es ocultado por Lutero, sino más bien garantizado y cultivado. En su comentario al Magnificat, Lutero afirma con insistencia que María debe ser honrada por las obras de Dios en ella: la gracia de Dios es alabada en María. María, por tanto, no puede ser objeto de un culto autónomo, que desviaría la mirada de Dios. 

En su comentario al Magnificat afirma: “Es mejor quitarle demasiado a ella que a la gracia de Dios. En efecto, no se le puede quitar demasiado, ya que fue creada de la nada como todas las criaturas; mientras que se le quita pronto demasiado a la gracia de Dios; esto es peligroso y no beneficia a María”. No es el misterio de María lo que debe celebrarse, sino el misterio de Cristo con María. 

Y aunque Lutero no menciona, y de hecho suprime, la de la Inmaculada Concepción por razones bíblicas -la Escritura no la menciona-, sin embargo, en un ensayo de 1544, hacia el final de su vida, escribe: «Era necesario que su Madre fuera virgen, una virgen joven, una virgen santa, preservada del pecado original y purificada por el Espíritu Santo». 

En su comentario sobre el Magnificat, escribe: «También es necesario un poco de moderación, para que no se exalte demasiado su nombre, como para llamarla Reina del Cielo, aunque lo es, pero ciertamente no es un ídolo que pueda conceder gracias o ayuda, como piensan algunos, que la invocan más que a Dios y la tienen por refugio. Ella no da nada, sino sólo Dios». Por lo tanto, para Lutero es una distorsión y un abuso, una falsa atribución de poder y fuerza, toda invocación que reclama y espera de María -y de los santos- lo que sólo Dios puede conceder y sólo Cristo, el único abogado, puede mediar. La «mediación» de María es una simple intercesión, porque sólo a Dios sube toda oración y sólo de Dios, a través de nuestro único mediador de salvación, desciende a nosotros toda gracia. 

Lutero, sin sombra de duda, suprime el término 'mediadora' en obediencia al único mediador Jesucristo, y el de 'abogada', que podría sugerir que María puede obtener algo para nosotros por su acción. Pero si lo pensamos detenidamente, estos dos títulos en la Sagrada Escritura se aplican a Cristo; Él es el único mediador (cf. 1Tm 2,5); Él es el abogado ante el Padre (1Jn 2,1).El término Abogado Jesús lo aplica también al Espíritu Santo (cf. Jn 14, 16). 

Aquella que reza por nosotros, la no alabada en sí misma y la no alabada como abogada, es, sin embargo, un modelo a imitar. María es, en efecto, la imagen consoladora de la gracia de Dios que se hace cercano con una mirada llena de benevolencia sin límites. Hay que imitar a María para llegar a Dios. «Ella no quiere que vayas a ella, sino que a través de ella vayas a Dios», así escribe Lutero en su comentario al Magnificat. Y en aquel al Ave María, afirma que todos los hombres van a Jesús a través de María; ad Iesum per Mariam, era su lema. 

Hoy, gracias al camino ecuménico, renace el interés por María en las Iglesias protestantes. Aunque el término mariología no sea muy aceptado, porque sugiere un discurso autónomo sobre ella. Por eso el Concilio Vaticano II, cuando habla de María, la incluye en el documento Lugem Gentium, donde trata del misterio de Cristo y de la Iglesia. Si separamos a María de Cristo la convertimos en una deidad, si la separamos de la Iglesia deja de ser modelo o imagen, por lo que ya no tiene nada que decirnos. 

Los luteranos reconocen a María como Madre de Dios y la tienen en gran estima como la santa más merecedora de alabanza. En este sentido, María es, para los luteranos, el prototipo simbólico de la Iglesia. La figura bíblica de María ya forma parte de esta comunión, mientras que el culto y los dogmas marianos quedan lejos de ella. Como alguien afirmaba: «María nos une, pero la mariología nos divide». 

En el Catecismo Evangélico para Adultos (1975), leemos que María forma parte del Evangelio, por eso no es sólo «católica», sino también «evangélica». Los protestantes, recuperando la dimensión bíblica de la virgen María, ven en ella a la hermana en la fe. María, para los hermanos de la Reforma, es la que cumplió la voluntad del Señor de forma cabal y ejemplar; María es la creyente; María es la mujer llena de gracia (Lc 1,28); la esclava del Señor que confía en su palabra y cumple su voluntad (Lc 1,38); la bienaventurada porque ha creído en la palabra del Señor (Lc 1,42); la madre del Señor, el Verbo hecho carne, que concibió virginalmente (Lc 1,35; Mt 1,20ss); la mujer que crece cada día en la fe (Lc 2,19. 51); es solícita en Caná ante las necesidades de los necesitados (Jn 2,1ss); es la mujer que comparte el sufrimiento con su hijo bajo la cruz (Jn 19,25); es la mujer que persevera en la oración con los apóstoles mientras espera el don del Espíritu Santo (Hch 1,14). 

Así pues, eso es todo lo que se puede encontrar sobre María en la Sagrada Escritura. Por eso los protestantes aceptan la maternidad divina de María (Lc 1:43). Así que incluso en la liturgia reformada hay un lugar para María, reconocida por el Concilio de Éfeso como Theotokos, un título que nunca ha supuesto un problema para la teología protestante, porque se sitúa en su contexto adecuado, que es el cristológico. 

Y, en este sentido, la contribución protestante a una posible mariología ecuménica puede consistir en la plena recuperación y explicación del discurso bíblico sobre María. Todas las Iglesias pueden reconocer en la María bíblica la «Mater unitatis». Este título atribuido a María, se desprende del episodio de Juan 19,25-27 sobre la doble entrega del discípulo amado a María y de la madre al más joven de los discípulos. Juan subraya aquí no un acontecimiento de carácter privado, sino la maternidad de María hacia el pueblo de la Nueva Alianza, los hijos de Dios dispersos reunidos en la verdadera y nueva Jerusalén, que es la Iglesia, de la que la Virgen, madre por excelencia, es la figura más eminente. El discípulo acoge a María entre los bienes preciosos recibidos del Señor, es decir, la reconoce como elemento fundamental de su vida espiritual y de su fe. Esta plenitud de comunión entre la madre y el discípulo es anunciada por el relato de la túnica sin costuras del Señor, símbolo de la santa Iglesia una e indivisa de 19,23-24, unión que más tarde se hace explícita en 19,25-27. 

Es María, pues, quien tiene la tarea, por voluntad del Señor, de mantener unida esa Iglesia que le fue confiada en el Calvario. Esto es verdaderamente consolador. María, de signo de división ha vuelto a ser Madre de unidad, hermana y compañera de viaje. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...