martes, 2 de junio de 2026

Una misión al estilo de Jesús - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una misión al estilo de Jesús - San Mateo 9, 36-10,8 -

La docena de versículos del Evangelio ofrece un panorama general de la misión de Jesús y de los discípulos: en ellos encontramos todos los elementos de la misión de la Iglesia, según los contenidos y el estilo de Jesús.

 

El panorama resulta más completo si incluimos el versículo anterior (Mt 9,35), que presenta a Jesús, misionero itinerante: «Recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, predicando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia».

 

Jesús es el ideal, el proyecto primordial de todo misionero: cercano a la gente, itinerante, maestro, predicador, sanador, compasivo, orientado hacia Dios, de quien anuncia el Reino, y apasionado por el bien de las personas, sobre todo de quienes sufren.

 

Jesús nunca pasa de largo ante el dolor humano sin sentir íntimamente su sufrimiento y sin aportar un remedio, una solución. Las multitudes «estaban cansadas y exhaustas, como ovejas que no tienen pastor» y Él «sintió compasión por ellas». ¡Lo cual es mucho más que un sentimiento!

 

La traducción exacta sería: «sintió una total conmoción visceral». De hecho, el verbo griego subyacente, que se emplea doce veces en los Evangelios, expresa la profunda conmoción de Dios y de Jesús por el hombre.

 

La conmoción de las entrañas evoca la conmoción total de la madre en el momento del parto. Por lo tanto, esta palabra del Evangelio nos lleva al descubrimiento del rostro materno de Dios.


La misión de Jesús —y, por tanto, la misión de la Iglesia— hunde sus raíces en la ternura y la compasión de Dios por la humanidad: «gracias a la bondad misericordiosa de nuestro Dios…» (Lc 1,78).

 

El cristiano que mira el mundo como lo hacía Jesús, con ojos y corazón llenos de misericordia, descubre en él inmensas realidades humanas necesitadas de misión, es decir, necesitadas de ser iluminadas y sanadas por el Evangelio porque la Buena Nueva se dirige para que todos tengan vida en abundancia (cf. Jn 10,10).

 

Darse cuenta de que, también hoy, aquí y en el mundo entero, «la mies es mucha, pero los obreros son pocos», ya es un buen comienzo de misión.

 

Jesús nos indica dos respuestas básicas a las urgencias de la misión: orar y ponerse en camino.

 

En primer lugar, orar al Señor de la mies, por la buena calidad y el número de obreros en la mies: orarle, porque Él es el Señor del Reino. Orar sí, pero también ponerse en camino: Jesús llama a su lado al primer grupo, los Doce, los llama por su nombre, les da el poder de predicar, sanar a los enfermos, expulsar a los demonios y realizar otros signos.


Los envía de dos en dos (en pequeños núcleos comunitarios), para una primera misión de prueba y formación, limitada en el tiempo y en el espacio: por ahora los destinatarios son las «ovejas perdidas de la casa de Israel».


Tras su resurrección y con la fuerza del Espíritu, Jesús los enviará definitivamente al mundo entero: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones» (Mt 28,19). A partir de ese momento, la misión consistirá en ir siempre más allá, más allá de los objetivos alcanzados, en busca de otras cosechas y de otras ovejas sin pastor. ¡Dondequiera que se encuentren! ¡Será una misión sin fronteras!

 

El mensaje misionero que hay que llevar se refiere al Reino de los cielos ya cercano; por eso es necesario convertirse y creer en el Evangelio. El Evangelio, sin embargo, no es un documento ni un código: es ante todo una Persona, Jesucristo, que nos ha dado gratuitamente su amor.

 

Así descubrimos cuán grande es el amor de Dios por su pueblo, tal y como Él ya lo había manifestado en el Antiguo Testamento, liberando a los israelitas de la esclavitud de Egipto, es más, levantándolos «sobre alas de águilas» y haciéndolos «una propiedad especial entre todos los pueblos… y una nación santa».

 

El misionero que ha experimentado personalmente la grandeza y la gratuidad del amor de Jesús no puede sino sentirse llamado a compartirla gratuitamente con quienes aún no lo conocen o no lo aman.

 

El mandato de Jesús de servir al Evangelio gratuitamente, sin servirse de Él, se convierte así en una invitación gozosa a dar con gratuidad. El apóstol San Pablo lo había comprendido muy bien, quien, al hacer balance de su vida misionera, recordaba precisamente esta palabra de Jesús: «¡Hay más alegría en dar que en recibir!» (Hch 20,35). Siempre, la misión nace y se realiza en el amor.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una misión a la altura de buenos pastores - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una misión a la altura de buenos pastores - San Mateo 9, 36-10,8 -

En el pasaje del Evangelio de Mateo, el papel decisivo de Jesús en la salvación se manifiesta cuando asocia a su misión mesiánica al grupo de los Doce, enviándolos a las «ovejas perdidas de la casa de Israel».

 

Lo que, a primera vista, llama la atención en esta lista es la heterogeneidad del grupo: pescadores, discípulos del Bautista, un miembro del movimiento antirromano de los zelotes (que defendían la liberación de Palestina, incluso mediante la lucha armada), un traidor, etc.

 

Resulta evidente que no se trata de una comunidad de perfectos o santos; son hombres tomados tal y como eran. Esta diversidad de los llamados es señal de que en el Reino de los Cielos hay lugar para todos, y de que el Señor no mira al pasado, sino a la disposición actual del corazón.

 

El detalle de Judas Iscariote «que luego lo traicionó» se subraya en los cuatro Evangelios. El hecho de no omitir esta ‘vergüenza’ familiar, o de ser recordados en esa compañía que traiciona al Maestro, es un recuerdo constante para la comunidad cristiana. Y es que los motivos de la elección no hay que buscarlos en las virtudes de los apóstoles, sino en la gratuidad del amor misericordioso de Dios.

 

Judas ciertamente no es llamado para ser traidor, lo será más tarde. Cada uno conserva su libertad. Y Judas no constituye una parte o misión asignada de antemano, sino una posibilidad, una forma de responder o de no responder al amor gratuito, a la llamada o a la elección divina.


«Al ver a la multitud, sintió compasión por ella». Este versículo es significativo, pues sitúa en la compasión de Jesús el motivo inspirador de la misión confiada a los apóstoles.

 

En su Evangelio, San Mateo utiliza cinco veces esta expresión «tener compasión» (Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; 18, 21; 20, 34). Pone un énfasis particular en la acción de Jesús. No se trata de un sentimiento vago o de una sensación interior pasajera, sino de un amor-intervención dirigido hacia la miseria de la humanidad.

 

Por lo tanto, «tener compasión» significa ejercerla en la acción, es decir, no limitarse a las palabras, sino producir gestos o signos de que el Reino de Dios es ya una realidad presente, operante, y no una promesa ni abstracta ni remota.

 

De hecho, Jesús «llamó a los Doce y les dio poder para expulsar a los espíritus inmundos y curar toda clase de enfermedades y dolencias», signos de que el Reino de Dios ya está presente. Se les hace partícipes del poder de Jesús de liberación y sanación.

 

También la Iglesia, hoy, tiene la misma tarea que los Doce, es decir, anunciar el Reino de Dios y cuidar de quienes en la vida se encuentran en dificultades. Jesús señala también las modalidades: «gratis lo recibisteis, dadlo gratis», es decir, con la misma generosidad de Dios, que da sin esperar nada a cambio.

 

Un pastor es, por tanto, bueno cuando no participa de estas dinámicas y cuando no se caracteriza por la compasión. Un rebaño que tiene pastores que no han comprendido la primacía de la persona, de la misericordia-compasión y de la bondad, es como si no los tuviera.

 

Existe además el mandato de «no ir entre los paganos». De hecho, al principio, es necesario permanecer dentro de los límites de Israel. Es decir, los herederos de la promesa deben seguir siendo los primeros destinatarios de los signos del Reino de Dios. Pero esta orden no es definitiva; llega el momento en que, tras un rechazo, la Iglesia tendrá que ir más allá. De hecho, las puertas de los paganos se abrirán muy pronto.

 

«Dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Al enviar a los Doce apóstoles, Jesús no pretende que vayan a pasar revista a las ovejas cercanas y fieles o dóciles, sino que deben acercarse más bien a las perdidas que no responden a la llamada. Por lo tanto, la actividad más característica del apóstol o del pastor es la búsqueda... No puede preocuparse exclusivamente por la custodia del rebaño, de las ovejas «dóciles», descuidando la búsqueda de las ovejas alejadas o abandonadas o perdidas…


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Algunas claves de la misión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Algunas claves de la misión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Tras el camino cuaresmal y pascual y las grandes solemnidades, volvemos al tiempo litúrgico ordinario, acompañados por el Evangelio de Mateo. Se trata de retomar la «cotidianidad de nuestra vida cristiana, vivida en el seguimiento de Jesús.

 

Este Evangelio nos introduce en el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús en el Evangelio de San Mateo.

 

El primero es el programático del Monte de las Bienaventuranzas (capítulos 5-7). Después de «hablar», Jesús «actuó», curando «toda enfermedad y toda dolencia» (capítulos 8-9).

 

Este segundo discurso, que ocupa el capítulo 10 de Mateo, se denomina el «discurso de la misión».

 

Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por ellas, porque estaban cansadas y agotadas como ovejas que no tienen pastor.

 

Este discurso (¡al igual que el primero, por cierto!) parte de una mirada de Jesús que le conmueve profundamente el corazón, una mirada de compasión. ¡Cómo nos gustaría sentir también nosotros esta mirada de Jesús cuando nos sentimos cansados, desanimados y perdidos!

 

Pero esta misma mirada se posa aún sobre las multitudes que sufren hoy, sobre cada hombre y cada mujer, sobre mí y sobre ti. ¿Por qué lo dudamos? ¿Acaso esta mirada de Jesús se ha vuelto miope? ¿O se ha endurecido su corazón?

 

Pidamos a Jesús que cruce su mirada con la nuestra y la cure.

 

Entonces dijo a sus discípulos: ¡La mies es mucha, pero los obreros son pocos!

 

¿La mies es mucha? ¡Quizá se refiera al vasto campo que hay que sembrar! No, habla precisamente de cosechas que hay que recoger, ¡y que corren el riesgo de perderse por falta de obreros!

 

¿Y dónde? ¡También aquí, donde decimos tan a menudo que solo abunda la cizaña! ¡Nos preguntamos incluso si vale la pena seguir predicando el Evangelio en esta sociedad a la que parece darle igual! Jesús, en cambio, con su mirada compasiva, ve aquí una cosecha que recoger en su granero.


«Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies».

 

¿Orar por las vocaciones? ¡Eso sí! Pero ¿por qué el Señor se deja rogar tanto? ¿No ve Él mismo que nos faltan presbíteros, religiosos, misioneros, testigos,…? Y, en cambio, el Señor nos hace orar para que podamos cambiar nuestra mirada y hacer que nuestro corazón se parezca al suyo. Para luego… ¡enviarnos a nosotros! Sí, no piensa tanto en los otros, en los demás,…, piensa en nosotros. ¡Y aquí la cosa se pone seria!

 

Llamó a sus doce discípulos y les dio poder sobre los espíritus impuros para expulsarlos y sanar toda enfermedad y toda dolencia.

 

He aquí que nos llama y nos prepara, no nos envía a la batalla sin más en esta tarea tan ingente. Se trata, de hecho, de luchar contra «los espíritus impuros» que atenazan a nuestro mundo. Son muchos: la guerra, el hambre, la injusticia, la explotación, el consumismo… ¡Hay que expulsarlos y enviarlos al infierno! Pero ¿creemos realmente en este poder que nos ha dado el Señor, la fuerza del mismo Espíritu que actuaba en Él?

 

Se trata, además, de sanar «toda enfermedad y toda dolencia», física y espiritual. ¡Todas! Porque el Señor quiere promover la integridad de la vida y nuestra libertad. ¡Pero cuidado! Somos sanadores heridos, no inmunes a estas dolencias: el egoísmo, la envidia, el amor propio, la indiferencia, el miedo, la duda, la violencia…

 

Los nombres de los doce apóstoles son: en primer lugar, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, aquel que luego lo traicionó.

 

Son doce. Representan a las doce tribus de Israel, a todo el Pueblo de Dios. ¿Solo hombres? No es esta una intención exclusivista de Jesús. Hoy estamos bien seguros de ello. Es la totalidad del número doce lo que importa.

 

En primer lugar, son personas muy diferentes, con sus virtudes y defectos, ciertamente no santos y capaces. ¡No sé cuántos serían aptos para entrar en nuestros procesos formativos! Esto es para decir que Jesús no busca personas perfectas, ¡sino a ti y a mí!

 

Los apóstoles son nombrados de dos en dos. No se trata solo de una cuestión mnemotécnica, sino de decir que no somos francotiradores. Somos testigos, con una comunidad a nuestras espaldas.

 

En esta foto de familia hay una figura incómoda: Judas. ¿Por qué?


Estos son los Doce a quienes Jesús envió, ordenándoles: «No vayáis a los paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

 

Ay, ay, ay, Jesús nos envía entre los nuestros, los vecinos, los de casa. ¿No dijiste tú mismo, Jesús, que ningún profeta es bienvenido en su propia tierra?

 

Por el camino, predicad, diciendo que el reino de los cielos está cerca. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, purificad a los leprosos, expulsad a los demonios. Gratis lo recibisteis, gratis dadlo».

 

¡Enviados para dar testimonio, con la sonrisa y la alegría, con la bondad y el perdón, de que el Reino de los cielos está cerca! ¡Enviados a obrar prodigios, no los espectaculares de algunos santos canonizados en los altares, sino los pequeños milagros cotidianos, gratuitos y a menudo inadvertidos, de gestos de amor capaces de curar las heridas, de resucitar la esperanza de alguien, de purificar a los leprosos en el alma y de expulsar a los demonios de los corazones!



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una oración compasiva y misionera - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una oración compasiva y misionera - San Mateo 9, 36-10,8 -

Jesús recorre las ciudades y aldeas de Galilea enseñando en las sinagogas, anunciando la Buena Nueva del Reino y atendiendo a los enfermos que encuentra (cf. Mt 9,35).

 

Su mirada llena de amor se posa en las personas que le siguen, le escuchan y le piden que las cure de sus dolencias: «al ver a las multitudes siente compasión», es decir, asume el sentir profundo de Dios (cf. Ex 34,6), sus entrañas de misericordia ante las situaciones de debilidad y miseria en las que se encuentran los hombres.

 

Aquí, en particular, el motivo de la conmoción de Jesús consiste en ver a las multitudes «cansadas y exhaustas, como ovejas sin pastor».

 

Si Moisés, movido a la compasión, había pedido a Dios que pusiera al frente de los hijos de Israel después de él «un hombre que los precediera, para que la comunidad del Señor no fuera un rebaño sin pastor» (cf. Núm 27,16-17), aquí Jesús transforma su propio estremecimiento interior, ante todo, en una constatación: «La mies es mucha, pero los obreros son pocos».

 

Él compara a la multitud con un campo de trigo listo para la siega, imagen del día del juicio, cuando Dios recogerá a los suyos en el granero (cf. Mt 3,12): es un campo inabarcable, porque muy extensa es la dispersión de los hijos de Dios, a quienes Jesús ha venido a reunir en unidad (cf. Jn 11,52)…

 

Luego, sin ceder a la tentación del desánimo, ordena a sus discípulos: «Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». La mies pertenece a Dios y solo a Él le corresponde la iniciativa de la cosecha, pero los discípulos deben orar para que Dios envíe obreros que cumplan su voluntad.

 

Y la misión posterior de los Doce —tantos como las tribus de Israel— aparece implícitamente como el resultado de esa oración.


Conocemos bien el acontecimiento del envío de los apóstoles por parte de Jesús «a las ovejas perdidas de la casa de Israel», primicia del envío pospascual a todas las naciones (cf. Mt 28,19-20): su misión consiste en anunciar que en Jesús el Reino se ha hecho muy cercano y en usar el poder que se les ha conferido para arrebatar terreno a Satanás. En una palabra, en vivir como su Señor y Maestro, y en hacerlo con extrema gratuidad: «Gratis lo recibisteis, gratis dadlo».

 

Pero esta página evangélica nos invita a detenernos sobre todo en el hecho de que, en el momento del envío a la misión, la primera orden es la oración. ¿Pero por qué suplicar a Dios por lo que le concierne a Él? ¿Por qué pedir algo por Él?

 

Aquí se esconde el gran misterio de la oración.

 

Es cierto que Dios, como Jesús, ve a las ovejas sin pastor, ve las necesidades de la humanidad y de la Iglesia: pero Él quiere que oremos, porque nosotros lo necesitamos. El mismo Jesús pidió a los discípulos que pidieran lo esencial, es decir, el Reino de Dios, prometiendo que todas las demás cosas les serían dadas por añadidura (cf. Mt 6,33); pues bien, ¡es precisamente en el misterio de la venida del Reino donde se sitúa también la oración por el envío de obreros a la mies de Dios!

 

No es casualidad que en el «Padre nuestro» las primeras peticiones que hace el discípulo sean las que se refieren a la santificación del Nombre, la venida del Reino y el cumplimiento de la voluntad de Dios (cf. Mt 6,9-10).

 

Orar para que el Señor llame y envíe es, por tanto, una concreción de estas peticiones: para que sea santificado el Nombre y venga el Reino, es necesario que se cumpla la voluntad de vida y de amor de Dios para todos sus hijos dispersos y sin pastor…

 

En verdad, no hay misión auténtica que no vaya precedida de la oración, del deseo orante de la Iglesia de que el Señor haga oír su voz y, en su plena libertad, llame a hombres y mujeres.

 

Orar por las vocaciones significa, por tanto, confesar que no es el individuo quien elige, no es la Iglesia quien llama en función de sus propias necesidades, ni mucho menos son los cálculos mundanos los que suscitan las vocaciones.

 

No, toda vocación cristiana es vocación desde lo alto, del Padre, a través del Hijo, en el poder del Espíritu Santo: la llamada de Dios es más grande que el discernimiento de una necesidad y que el cumplimiento de un servicio; es un don que debe implorarse con perseverancia, en la certeza de que ¡solo Dios sabe quién y qué es necesario para su cosecha!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una misión que nace de la compasión y de la oración - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una misión que nace de la compasión y de la oración - San Mateo 9, 36-10,8 -

El Evangelio de San Mateo ofrece un resumen de la actividad cotidiana de Jesús: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35).

 

Anunciar el Reino y curar a los enfermos, estas son las dos acciones que caracterizan la actividad cotidiana de Jesús en su ministerio itinerante. Palabras y gestos que revelan su persona y que tienen su origen en la compasión.

 

De hecho, es su mirada de compasión la que Mateo pone en primer plano como inicio del episodio: «Al ver a la multitud, sintió compasión por ellos» (Mt 9,36). Y al hacerlo, sitúa a cada lector, también a nosotros ahora, hoy, ante esa mirada.

 

Otras tres veces el Evangelio según San Mateo habla de la compasión de Jesús.

 

En 14,14 siente compasión ante la multitud que le había seguido a pie mientras Él cruzaba el lago de Galilea. Jesús buscaba un lugar apartado para estar a solas tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista, pero, al bajar de la barca, queda impresionado por las multitudes, por su tenacidad al seguirlo, por su necesidad que se convierte en búsqueda perseverante, en muda petición de palabra y presencia. Los ve como mendigos sedientos de sentido, del sentido que solo él sabía dar. Y la compasión se convierte en acción terapéutica: «curó a sus enfermos» (Mt 14,14).

 

En 15,32, de nuevo ante la multitud, Jesús siente compasión, es decir, queda profundamente conmovido, pero la compasión para Él nunca se queda en un nivel puramente emocional, sino que se convierte en acción, socorro, ayuda. Jesús se hace eco de la necesidad de las multitudes, que llevaban ya tres días con Él y estaban sin comida. Sentir compasión es también ponerse en el lugar de los demás e intervenir en su favor. Aquí Jesús sale al encuentro de su necesidad y los alimenta repartiendo panes hasta saciarlos.

 

Por último, en 20,34 Jesús siente compasión ante dos ciegos y los cura.

 

Traducimos con el término compasión lo que literalmente indica el desgarramiento del corazón, una laceración visceral, el hecho de sentirse conmovido en lo más profundo del ser por la percepción de la pobreza y el sufrimiento del otro.

 

Y en este relato Jesús ve a la gente y percibe su cansancio y agotamiento. Los verbos utilizados están en pasivo e indican una condición sufrida, que postra, agota, abate. Pero esta mirada no es en absoluto de lástima, sino una mirada que ve la angustia de las multitudes con la mirada de Dios.

 

San Mateo expresa esto mediante una referencia al Antiguo Testamento. Su postración se debe a su condición de ser como un rebaño sin pastor, por lo tanto, extraviado, sin dirección, perdido. La expresión se refiere al pueblo de Israel en Números 27,17, en 1 Reyes 22,17 y en 2 Crónicas 18,16.

 

Por lo tanto, la mirada compasiva de Jesús es también una traducción de la mirada divina que ve el abandono humano y se deja conmover por él. El verdadero pastor no es indiferente al dolor y a las necesidades del rebaño.


Si los hijos de Israel se le aparecen a Jesús como ovejas descarriadas (Mt 9,36; 10,6), también le parecen un campo de trigo listo para la siega (cf. Mt 9,37-38): la espera mesiánica de Israel ha llegado ya a su madurez, se necesitan obreros que anuncien el Evangelio del Reino.


 

Y Jesús pide a los discípulos que recen para que Dios envíe obreros a la siega. Ante la inmensidad de la tarea («la mies es mucha»), Jesús no se desanima ni se queja, sino que pide oración, y Él mismo confía a los Doce la tarea de anunciar la cercanía del Reino con su presencia, palabra y acción. La misión, que es la continuación de la acción de Jesús en la historia, nace de la compasión y de la oración.

 

Y si los discípulos son enviados a anunciar el Reino y a curar a los enfermos (Mt 10,7-8), es decir, a continuar la actividad de Jesús, también deberán orar a Dios, «el señor de la mies», para que envíe obreros a su mies.

 

Esta última indicación significa reconocer que la vocación cristiana proviene del Padre, de Dios, a través del Hijo, en el poder del Espíritu Santo, y se caracteriza por el anuncio y el testimonio del Reino y de sus exigencias, así como por el cuidado compasivo de los seres humanos.

 

La vocación no nace del análisis de la realidad de una necesidad en la Iglesia o en la sociedad a la que uno se dispone a responder, sino de la voluntad de Dios a la que uno se abre gracias a la oración.

 

Una comunidad cristiana que haya comprendido la necesidad de la oración y la viva, es una comunidad en la que las exigencias radicales de la vocación cristiana y la voluntad de Dios resuenan con vigor y pueden encontrar hombres y mujeres dispuestos a acogerlas.

 

Como primicia de estos obreros «enviados» (Mt 10,2), he aquí que Jesús llama a sí «a sus doce discípulos» y les confiere poder para curar y sanar a los enfermos y para hacer retroceder y derrotar a las potencias del mal. Y San Mateo sitúa aquí la lista de los Doce y sus nombres.

 

La lista de los Doce revela el rostro concreto de una comunidad real: personalidades fuertes que han dejado huella (Pedro y Andrés, Santiago y Juan) y figuras desdibujadas de las que apenas se ha conservado el nombre (Tadeo) y de las que no sabemos nada.

 

Y se evoca con discreción el camino que muchos tuvieron que recorrer para constituir la comunidad de Jesús: Simón, que se convirtió en Pedro; las dos parejas de hermanos llamadas a transformar sus lazos de sangre en relaciones determinadas por el cumplimiento de la voluntad del Padre (cf. Mt 12,50; 20,20-23); Mateo, que de recaudador de impuestos se convirtió en discípulo y apóstol; Simón el cananeo, es decir, con un pasado de zelota, de resistente armado antirromano. Por último, se menciona a Judas, aquel que traicionó a Jesús.

 

Como toda comunidad cristiana, también la comunidad de Jesús conoce glorias y alegrías, pero también miserias e infidelidades, y está atravesada por acontecimientos dolorosos y trágicos (cf. Mt 27,5).

 

La misión a la que son enviados los Doce consiste en hacer retroceder el mal, en hacer el bien como lo hizo su Señor Jesús, y en predicar el Reino anunciado por Jesús en su persona. Se sitúa entre el don y la responsabilidad: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10,8).

 

La misión se evoca en su totalidad no como un hacer, sino como un recibir y un dar. Nos encontramos ante un proceso de transmisión: de Dios a Jesús, de Jesús a los discípulos, de los discípulos a toda la humanidad. Siempre bajo el signo de la gratuidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -.

La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Levi, el publicano, ha renacido; ahora se ha convertido en el apóstol Mateo. Ha visto en la mirada del Nazareno, huésped de Pedro y Andrés, la posibilidad de una vida diferente, libre, nueva. La misericordia lo ha convertido; solo la misericordia que vio en lo más profundo de la mirada serena del Rabí Jesús lo ha transformado.


Se ha descubierto amado como nosotros, como yo.

 

Han pasado treinta años desde aquel encuentro, y la pluma aún se demora en escribir, interrumpida a ratos por la emoción que me oprime la garganta. La misericordia era el tesoro escondido en el campo que Leví, al fin, ha encontrado.

 

No fue el único en vivir esta experiencia: nos cuenta que Jesús tenía exactamente la misma mirada hacia cada hombre, hacia toda la multitud. El amor que Dios sentía por la humanidad era conmovedor e incontenible.

 

Es conmovedor e incontenible. 

 

Jesús ve en lo más profundo a las personas que tiene delante, conoce la infinita necesidad de sentido y de felicidad que habita en nuestro corazón, conoce el inmenso esfuerzo que hacemos por dar respuesta a la inquietud.

 

Venderíamos el alma por ser amados, daríamos un brazo por saber —por fin— qué es lo que realmente puede colmar de forma duradera nuestra necesidad de felicidad.

 

Esta búsqueda apasionada es lo que nos hace similares, lo que une a todos los hombres, en todos los tiempos. Jesús ve que estamos desorientados, como ovejas sin pastor, porque no tenemos en nosotros mismos las respuestas a todas las preguntas.

 

Peor aún: en esta época delirante y frágil en la que estamos llamados a vivir, la felicidad se vende a un alto precio y nosotros, desorientados, acabamos siguiendo la idea más seductora, más brillante, que parece satisfacer esa profunda necesidad de bien y de verdad que habita en nuestro corazón.

 

Jesús se conmueve porque nos ve esforzarnos más de lo debido.

 

Quién sabe: tal vez incluso Dios se lo replantee: este no era su proyecto cuando, al crearnos, nos hizo libres. Porque la libertad es un don difícil de manejar, superior a nuestras fuerzas, y cedemos de buen grado al encantador de turno, nos dejamos engañar, cedemos a la catequesis del mundo.

 

Somos verdaderamente ovejas sin pastor. Y así nos ve el Maestro, conmovido.

 

Porque el nuestro es un Dios feliz que nos quiere felices, no está enfadado con nosotros, y en Jesús nos señala un camino.


Como de costumbre, Jesús nos desconcierta: la página termina de la manera más inesperada e increíble.

 

Todos esperaríamos: Jesús se conmueve y, por tanto, se propone como el Buen Pastor.

 

Ni mucho menos: Jesús se conmueve e inventa la Iglesia.

 

Lo sé, lo sé, la gran mayoría de vosotros tiene una experiencia de Iglesia pobre y contradictoria, se ha topado duramente con el rostro incoherente y severo de algún católico más devoto que Dios.

 

Jesús piensa en una compañía, en una búsqueda común, en un sueño hecho realidad: hombres y mujeres, sus discípulos, capaces, juntos, de buscar sentido y plenitud, medida y alegría.

 

Él es el Pastor que nos guía a pastos verdes, pero juntos podemos experimentar lo que es un rebaño, una comunidad.

 

No es fácil comprender y amar a la Iglesia. Demasiadas fragilidades, demasiados contra-testimonios, demasiadas personas que se dicen creyentes y que viven sin siquiera ser plenamente hombres y mujeres, demasiadas incoherencias, demasiados errores en la historia como para no ser recelosos cuando se habla de la Iglesia.

 

Jesús elige a doce personas para empezar a construir el Reino, doce que estén con él, para que luego sean capaces de conducir a los pastos verdes a los que ellos mismos serán conducidos primero. Y, sin embargo. 

 

¡A nadie se le ocurriría reunir a doce personas tan radicalmente diferentes para llevar a cabo un proyecto! Pescadores acostumbrados a la concreción y la rudeza junto a administradores y Juan; tradicionalistas junto a publicanos, pecadores públicos, violentos, dispuestos a matar al invasor romano. En este grupo está todo Israel, toda la humanidad en su viva diversidad. La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús, diferentes entre sí en todo pero unidos en la experiencia y en el deseo del amor del Maestro, llamados a anunciar el Evangelio con sencillez y verdad.

 

Esta es, en el sueño de Dios, la Iglesia.

 

¡Paradoja de Dios!

 

A la humanidad herida y frágil que necesita una guía, Jesús le propone un pedazo de humanidad, igualmente frágil y herida, transfigurada por el Amor. 

 

La misión de los doce es desconcertante: deben dirigirse a las ovejas perdidas de Israel.

 

Una invitación actual y urgente: la Iglesia necesita testigos que la conduzcan de nuevo al redil del Padre. Los primeros destinatarios del anuncio del Evangelio somos precisamente nosotros, los cristianos.

 

Demasiado católicos para convertirnos en discípulos, demasiado convencidos de saber lo suficiente como para escuchar el Evangelio, demasiado llenos de cristianismo sociocultural como para creer que —¡en serio!— la Iglesia tiene que ver con Dios. Somos precisamente nosotros, los cristianos del tercer milenio, en nuestras sociedades que reconocen un campanario e ignoran las parábolas, que aprecian los ornamentos e ignoran la interioridad, que celebran las fiestas olvidando al homenajeado, los llamados a recibir —una y otra vez— la buena nueva de un Dios que se hace cercano.

 

¡Por favor, no pensemos a quién anunciar el Evangelio esta semana: comencemos por acogerlos nosotros mismos!

 

Me esfuerzo en amar a la Iglesia. En amar este loco sueño de Dios que estoy llamado a vivir; entendámonos bien: no ese garabato de iglesia que tantas veces pintan los medios de comunicación y que cultivan nuestras tibias pertenencias.

 

No: la Iglesia como comunidad de perdonados e hijos, no de insoportables perfectos, de diferentes que buscan al Uno, de compañeros de viaje llamados a hacer presente al Pastor en sus gestos continuamente por reformar.

 

Es de esta comunidad de locos de quien he recibido todo el Evangelio del Maestro.

 

Sí, lo prefiero así: la pobreza y el escándalo de la Encarnación es también esto: Dios elige que le anuncien personas inconstantes y dudosas como nosotros, como yo. Su genialidad y su visión de futuro residen todas en esta increíble voluntad suya de enseñarnos a hacernos cargo unos de otros, a convertirnos aquí, hoy, en la sonrisa de Dios para el hermano.

 

Esta es la Iglesia que construiremos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Trabajadores del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Trabajadores del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -

Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por ellas.

 

Todo lo que sigue surge de la compasión, un término de una fuerza y una intensidad infinitas: el Maestro siente dolor por el dolor del mundo, el gran dolor del hombre. Jesús es la compasión, el llanto de Dios hecho carne. Llorar es amar con los ojos.

 

La mies es mucha...

 

Lo que su mirada contempla no es el interminable campamento humano donde ha plantado su tienda, sino que ve muchas cosechas de dolor, muchas cosechas de miedos y rebaños de ovejas agotadas porque no tienen pastor.

 

Su respuesta es un dolor que le sacude las entrañas. Y llama a los doce y se lo confía a ellos: deberán preservar, custodiar, salvar la compasión, el con-padecer, el menos edulcorado de los sentimientos. Salvarlo y sembrarlo en el mundo, a través de seis acciones: predicar, sanar, resucitar, curar, liberar y dar.

 

La misión es doble: predicar y sanar la vida, o al menos cuidarla. Y la proporción es desequilibrada, uno contra cinco. Cinco obras para sanar, una para narrar. Para proclamar que Dios es así, cuida y sana. Dios está cerca de ti, con amor.

 

Quizás habríamos esperado una respuesta más contundente al dolor de las multitudes, un socorro más eficaz: ¿por qué el Señor socorre la fragilidad del hombre con la fragilidad de otros hombres, en lugar de con su omnipotencia? Porque Él interviene por sus hijos, a través de sus otros hijos. La respuesta de Jesús al sufrimiento del mundo soy yo. «Dios salva a través de las personas» (Romano Guardini).

 

Rogad al Señor de la mies que envíe obreros... y comprendo: envíame a mí, Señor, como obrero de la compasión, recolector de dolor. Envíame a mí como trabajador de la piedad, segador del sufrimiento; envíame a mí, a comer pan de llanto con quien llora, a beber copas de lágrimas con quien sufre, a luchar con todos contra el mal. Envíame a mí, Señor, con manos que sostienen y acarician, con palabras que vendan el corazón.

 

La compasión de Dios rompe el esquema de buenos/malos, merecedores o no. Trazan dos vías por las que ir más allá de los áridos desiertos del paradigma del bueno y el malo: son las manos de la piedad y los labios de la oración, que hacen del amor cristiano lo que debe ser, un amor cada vez menos selectivo.

 

Todo hijo de Dios que ha bebido de la Fuente Amorosa de la vida, merece beber un sorbo de mi pequeño arroyo. «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis».

 

Escándalo y belleza: Dios no espera ser amado a cambio, pero ama; no espera que le correspondan, pero da. Jesús es la historia de este Dios inédito, pasión de compasión, anuncio de que solo un amor sin condiciones puede generar amantes sin condiciones.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Obreros del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Obreros del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -

Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por ellas.

 

El colofón de un amor infinito y hermoso. Jesús siente dolor por el dolor del mundo. De hecho: «La mies es abundante», pero no por la cantidad de personas, sino porque en el mundo germina una gran cosecha de fatigas, de espigas hinchadas de lágrimas, una mies de miedos como de ovejas que no tienen pastor.

 

En los campos ya es tiempo de cosecha: el trigo ha alcanzado el color del pan. Así, el sufrimiento del hombre ha alcanzado la altura del corazón de Cristo. Y he aquí la respuesta: un sentimiento de compasión, el ministerio de la piedad.

 

Y es este mismo apostolado el que Jesús confía a los discípulos. Los convierte en obreros de una labor que describe con seis verbos: predicad, curad, resucitad, sanad, liberad y dad.

 

En primer lugar está el ministerio de la predicación apostólica, pero inmediatamente unido al ministerio de la piedad divina, y en una proporción desequilibrada, de uno a cinco. La labor en el campo del Señor se expresa en gestos concretos, en cinco obras que muestran cómo «el Reino de los cielos se acerca» a quien tiene el corazón herido, y en una sexta obra que proclama la cercanía de Dios.

 

El discípulo está llamado a ocuparse de la causa de Dios junto con la causa del hombre, a cuidar de rebaños y cosechas, de dolores y alas, de un mundo bárbaro y magnífico.

 

«Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». Inmediatamente interpretamos estas palabras como una invitación a orar por las vocaciones presbiterales.

 

Pero la invitación de Jesús dice mucho más: es ofrecerme a Dios para que me envíe como obrero de la compasión, me envíe como trabajador de la piedad, me envíe con un corazón de carne a comer el pan del llanto con quien llora, a beber el cáliz del sufrimiento con quien sufre, a luchar contra el mal. Que me envíe, con manos que sepan sostener y acariciar, secar lágrimas y transmitir fuerza, y así decir: Dios.

 

La mies es abundante... La mirada positiva del Señor sigue sorprendiendo a nuestro pesimismo: «la mies es escasa, las iglesias están medio vacías, los últimos de Filipinas…».

 

Él ve otra cosa: mucho trigo que crece y madura, ve que la semilla es buena, que la tierra, la estación y el hombre son buenos; la historia asciende —positiva— hacia un verano perfumado de frutos.

 

Dios mira y ve que cada corazón es un terrón de tierra aún apto para dar vida a sus semillas divinas que crecen en nosotros, dulcemente y con tenacidad, como el trigo que madura al sol.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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