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sábado, 29 de agosto de 2026

Perder para encontrar, dejar para recibir, morir para nacer - San Mateo 16, 21-27 -.

Perder para encontrar, dejar para recibir, morir para nacer - San Mateo 16, 21-27 -

Pedro acababa de confesar: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Jesús lo había llamado bienaventurado y le había confiado las llaves del Reino.

 

Pero basta un instante para que esa misma fe se convierta en resistencia.

 

Cuando Jesús anuncia que tendrá que subir a Jerusalén, sufrir, ser rechazado, morir y resucitar, Pedro se lo lleva a un lado y le reprende: «Dios no lo quiera, Señor; eso nunca te sucederá».

 

Pedro ama a Jesús. Pero aún lo ama según la lógica de los hombres. Quisiera ahorrarle el dolor. Alejarle de la cruz. Protegerle de la muerte. No comprende que lo que Jesús está anunciando no es una derrota. Es un nacimiento.

 

Todo nacimiento pasa por un estrecho. El niño, antes de salir a la luz, debe darse la vuelta.

 

Bajar la cabeza. Dejarse llevar por un pasaje que no controla. También la madre debe dejarlo ir. Si lo retuviera en su vientre, ambos morirían.

 

Quizá Pedro sea precisamente como ese niño. Se resiste. Se da la vuelta. No quiere nacer. Le gustaría quedarse en el seno de sus imágenes de Dios. De un Mesías victorioso. De una gloria sin heridas.

 

Por eso Jesús le dice: «Sígueme». Vuelve a ponerte detrás. Vuelve a ser discípulo. Déjate guiar.

 

La Pascua es precisamente esto. Un nacimiento que atraviesa la muerte. La cruz no es el triunfo del dolor. Es el parto del amor.

 

Inmediatamente después, Jesús añade: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

 

Quizás podríamos escuchar estas palabras así: Si alguien quiere venir conmigo, que asuma el yugo del amor, todo el amor del que sea capaz, y que me siga.

 

Porque la cruz es el nombre que toma el amor cuando decide no echarse atrás.


Luego llega la frase decisiva: «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará».

 

Durante siglos hemos puesto el énfasis en el perder. Como en la parábola del tesoro y de la perla. Jesús lo pone en el encontrar. Perder para encontrar. Dejar para recibir. Morir para nacer.

 

Es la física secreta del amor.

 

Toda madre lo sabe. Cuando da a luz a un hijo, acepta perderlo. Lo separa de sí misma para que pueda vivir. Si lo retuviera, lo asfixiaría. Es precisamente en el acto más doloroso de su amor donde el hijo recibe la vida.

 

Así ocurre también con el discípulo. Quien retiene la vida, la pierde. Quien la entrega, la encuentra.

 

«No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he constituido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca», (Jn 15,16). No es la madre quien elige al hijo. Es el hijo quien llama a esta mujer a una elección, constituyéndola madre, precisamente en el momento en que ella acoge esa primera separación al darlo a luz.

 

Jesús ya había rescatado a Pedro muchas veces. A orillas del lago, ante la pesca milagrosa, Pedro había gritado: «Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador». Jesús se había acercado a él. Lo había levantado cuando se hundía en las aguas.

 

Y le había entregado las llaves del Reino. Ahora, en cambio, lo rechaza: «¡Vete detrás de mí, Satanás!» Palabras muy duras.

 

Porque Pedro, sin darse cuenta, vuelve a plantear la tentación del desierto. Un Mesías sin cruz. Una salvación sin entrega. Una gloria sin amor entregado.

 

Y así, también él, como cada uno de nosotros, se hunde cada vez que piensa según los hombres y no según Dios. Resuenan entonces las palabras de Pablo: «No os conforméis a la mentalidad de este mundo, sino transformaos renovando vuestra forma de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios». La conversión comienza siempre con una mirada nueva.

 

¿Cuál habrá sido el estado de ánimo de Pedro tras aquella reprimenda?

 

Pedro aún tendrá que recorrer un largo camino. Pasará por la negación. El llanto amargo. La vergüenza. El perdón.

 

Hasta que el Resucitado lo renueve en el amor. Solo entonces comprenderá que la cruz no era el final del camino. Era el lugar del nacimiento.

 

Y, por fin, seguirá a Jesús hasta el final. Ya no delante de Él. Ya no para retenerlo. Sino detrás de Él, como un hombre que por fin ha visto la luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 28 de agosto de 2026

Pedro, ponte detrás de mí - San Mateo 16, 21-27 -.

Pedro, ponte detrás de mí - San Mateo 16, 21-27 -

De lo que los demás nos dicen, a menudo acabamos reteniendo solo aquello que confirma nuestros miedos, nuestras expectativas y, a veces, incluso nuestros prejuicios. Nos sucede tantas veces-

 

Así le pasó también a Pedro.

 

Jesús había hablado de su pasión, de su muerte, de la resurrección, pero Pedro se había quedado atascado antes. Había oído hablar de la cruz y no había llegado a la resurrección.

 

Cuando algo nos asusta, el resto del discurso corre el riesgo de volverse de repente inaudible. Basta una palabra que no hubiéramos querido oír y esa palabra acaba influyéndonos bastante.

 

Por eso, a Pedro no le hace gracia y se lleva a Jesús a un lado para reprenderlo. Dios no lo quiera, Señor, esto nunca te sucederá.

 

Aquel que unos instantes antes había reconocido a Jesús como el Cristo, ahora pretende explicarle cómo se es el Cristo.

 

Pedro le quiere. Claro, y precisamente por eso querría evitarle lo que considera incompatible con su condición de Mesías.

 

Un Cristo rechazado, derrotado, condenado a muerte, no entra en sus planes. Si estás del lado de Dios, algo tiene que verse, de lo contrario uno se pregunta para qué sirve.

 

Nosotros no estamos muy lejos de Pedro. Nosotros también tenemos nuestra propia idea de cómo deberían ir las cosas cuando Dios está realmente presente o de qué y cómo y cuándo tiene que ser la voluntad de Dios.

 

Una vocación debería dar fruto, un servicio generoso debería ser reconocido, una elección hecha por el bien debería recibir al menos una confirmación.

 

Entonces ocurre que las cosas toman otro rumbo y empezamos a sospechar de todo, del camino emprendido por las personas e incluso de Dios.

 

Una decepción puede convertirse en el punto de vista desde el que reinterpreta años enteros. Ya no es un hecho que nos ha sucedido, sino que se convierte en la explicación de todo.


La respuesta de Jesús, sin embargo, es contundente. «Ven detrás de mí Satanás».

 

Nos impacta ese «Satanás».

 

Claro, pero quizá deberíamos detenernos más en el «ven detrás de mí».

 

Es ahí donde Pedro debe volver.

 

Su problema no es haber dejado de amar a Jesús, sino haberse adelantado a Él.

 

El discípulo que debía seguir ha empezado a hacer de guía. Ha establecido qué camino debe seguir Dios y cuál no, qué acontecimientos son compatibles con su presencia y cuáles, en cambio, deben evitarse.

 

«Ven detrás de mí».

 

No es solo una reprimenda, es una segunda llamada.

 

«Pedro, vuelve al lugar de donde habías empezado».

 

Te había dicho: «Sígueme», no «explícame tú adónde debo ir yo».

 

La tentación de Pedro es muy religiosa. No rechaza a Dios, pero quiere un Dios que se ajuste a lo que él considera razonable.

 

Pedro querría salvar a Jesús de la cruz. Jesús, en cambio, está tratando de salvar a Pedro de una vida dedicada a salvarse a sí mismo.

 

Porque es posible pasar toda una vida protegiéndose de lo que nos expone al juicio, de una relación que podría hacernos daño, de una elección que no ofrece garantías.

 

Salvamos las apariencias, el papel que desempeñamos, la tranquilidad, nuestras razones. Nos defendemos tan bien que, al final, puede que no quede ya nada por lo que merezca la pena exponerse.

 

Es en este punto donde Jesús habla de negarse a uno mismo.

 

No está invitando a despreciarse a uno mismo y mucho menos a hacer de la mortificación un programa de vida.

 

Renunciar a uno mismo significa dejar de considerarse el ombligo del mundo.

 

Significa reconocer que no todo puede medirse en función de lo que me conviene o de lo que me hace estar tranquilo.

 

Hay momentos en los que la pregunta «¿qué gano yo con esto?» debe dar paso a otra: «¿a qué estoy llamado a ser fiel?»


También hay que aclarar algunos malentendidos sobre la cruz.

 

Jesús no está alabando el sufrimiento, no elige la muerte por la muerte, no va a Jerusalén porque Dios necesite su dolor, va hasta el final porque no quiere que sea el miedo el que decida cuánto puede amar.

 

La cruz es lo que una vida encuentra cuando no retira su entrega a pesar de que esta se vuelve costosa.

 

«El que quiera salvar su vida, la perderá».

 

No está hablando Jesús solo del martirio. Sino que habla de ese continuo intento de conservar la vida para uno mismo, como si vivir significara sobre todo evitar pérdidas.

 

Y, en cambio, hay personas que casi no han perdido nada, pero en realidad casi no han dado nada.

Han defendido todo —tiempo, afectos, energías— (¡y se han defendido de todo!), pero la vida que se guarda solo para uno mismo, tarde o temprano, se encoge, se muere.

 

¿Qué ventaja tendrá un hombre si gana el mundo entero pero pierde su propia vida?

 

La pregunta está más cerca de nosotros de lo que parece.

 

¿Qué ventaja hay en lograr siempre salvar la propia posición y perder la libertad? ¿En conseguir el consenso y ya no poder decir ni una sola palabra verdadera? ¿En no dejarse herir por nadie, pero también en no poder volver a amar a nadie?

 

Pedro quería evitarle una pérdida a Jesús, pero aún no había comprendido que hay cosas que se pierden precisamente cuando intentamos retenerlas y otras que solo se vuelven nuestras después de haberlas donado.

 

Por eso Jesús no le dice «vete lejos de mí», sino «ven detrás de mí»: detrás de mí todavía hay un lugar para ti, Pedro, pero ese lugar está detrás de mí.

 

Es el lugar que también nosotros debemos volver a encontrar continuamente, sobre todo cuando estamos muy seguros de saber cómo deberían ir las cosas: detrás de Él, no delante.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 13 de agosto de 2026

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -.

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -

Cuando Mateo escribe esta página, todo ha sucedido ya: el sufrimiento en Jerusalén, el rechazo de los ancianos, los jefes y los escribas, la cruz y la resurrección. Todo ha sucedido ya, Jesús ya ha vivido hasta el final su respuesta tan personal a la vida; esta no es una página que anticipe un final, sino unas líneas escritas para la memoria, para no olvidar, para no perdernos de vista: que del amor no se entiende nada. Nunca. 

Escritas para no olvidar que en cada uno de nosotros siempre habrá un Simón y un Pedro, dos miradas del mismo corazón, dos nombres del mismo rostro, dos hombres en lucha encerrados en el mismo cuerpo. Dos formas diferentes de entender la vida. 

Y para no olvidar que el amor abre el camino al conflicto sobre la esencia profunda de nuestro ser en el mundo; el amor es espada; el amor no es la solución a los problemas de la vida, sino el problema serio de la vida. 

Lo digo desde el principio: Pedro no debe vencer a Simón, eso no es lo que debe suceder; el amor no pide vencedores, sino solo discípulos dispuestos a seguir caminando... a veces haciendo tantos equilibrios.  

«Amor» es la palabra más ambigua que se puede usar; yo mismo, en mi pequeña medida, me doy cuenta, de que a menudo no nos entendemos. El amor se escapa, provoca; el amor es escándalo. El amor no es la sonrisa bondadosa que calma las tormentas, no es la dulzura que llena el abismo de la muerte. Quizás no deberíamos hablar más de amor. 

Pedro no debe imponerse a Simón; son dos visiones opuestas, pero inmaduras, de la vida. Para Simón, el amor es la respuesta a las necesidades, una promesa consoladora; si ha abandonado, como cada uno de nosotros, la orilla de su propio lago, es por haber intuido un buen negocio. Para Pedro —nombre nuevo que le dio el Maestro—, el amor es sacrificio («nunca te traicionaré»), para convertirse en el primero entre los discípulos, cueste lo que cueste. 

Para Jesús, el amor es un embarazo. Un parto. Un nacimiento. Una muerte. Para Jesús, el amor va más allá del corazón romántico de Simón, va más allá de una visión feliz de la historia, va más allá de una respuesta fácil a las expectativas de la gente. Para Jesús, el amor va más allá de la visión sacrificial de Pedro, que estaría dispuesto a sacrificarlo todo con tal de afirmarse a sí mismo (cuántas vocaciones quemadas en esta locura…). 

Para Jesús, el amor es la cruz. Y cada uno de nosotros tiene su propia cruz. Para Jesús, hablar de amor es hablar de la cruz. Y es la única forma de intentar comprendernos. Pero hay que saber perderse. 

El amor crucificado es vulnerable: violentado y derrotado. Seduce, como dice muy bien Jeremías: el amor primero nos lleva a territorios desconocidos, empujándonos a gestos y decisiones más grandes que nosotros mismos, y luego, cuando ya no podemos dar marcha atrás, nos pide que decidamos únicamente encontrar la manera de morir. Como Jesús. 

Claro que no nos entendemos cuando hablamos de amor porque hablamos de muerte, de vidas crucificadas. Porque amar, y esto vale para todos, es nuestra cruz personal, es aprender a liberarnos de nosotros mismos, aprender a perdernos, a cambiar, a dejar que la vida nos seduzca y luego nos pida que aprendamos una identidad diferente. El amor es descubrir un rostro nuevo y poco tranquilizador de nosotros mismos. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, no basta con hacerse religioso o presbítero, no basta con casarse; eso es solo el principio. Hay que tener el valor, cada día, de perder nuestra identidad, aquella construida con tanta paciencia; hay que aprender a perdernos para poder reconocernos en los ojos misericordiosos del Crucificado. 

El amor es sentirse morir por haber errado tanto y sentirse renacer gracias a Su amor. El amor es muerte y vida; el amor es un parto, un embarazo; el amor son lágrimas de liberación. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, hay que perder la cara ante los demás. «Me han convertido en objeto de burla cada día; todos se ríen de mí», la aprobación de quienes nos rodean es importante, sobre todo de niños, pero luego… 

Entonces, el Simón que hay en nosotros buscará la aprobación de la gente y eso será una traición al amor, como cuando la Iglesia hace pasar por Evangelio su necesidad de ser importante para la gente. O bien, el Pedro que se mueve en nosotros buscará verdugos para encontrar la aprobación entre el núcleo duro de los creyentes que siempre quiere un mártir al que venerar. 

En cambio, el amor es incómodo, el amor no se deja utilizar, el amor es la cruz, el amor es aceptar no ser comprendido (¿y por qué deberían los demás comprender nuestra vida si a nosotros mismos nos ha costado aceptarla? ¿Por qué deberían entender los demás si nosotros mismos primero no la acabamos de entender?), el amor es la soledad de quien hace morir su propia imagen de sí mismo y no pretende que los demás le comprendan. 

El amor es morir, pero no por amor al puro sacrificio, no convirtiendo a los demás en culpables, sino comprendiendo sinceramente su desconcierto: «no saben lo que hacen», y realmente no lo saben. Porque el amor crucificado no se conoce. 

Simón y Pedro se mueven y luchan dentro de nosotros y son dos nombres, uno antiguo y otro nuevo, pero con el mismo problema: «conformarse a este mundo» (Romanos 12, 1-2. Simón, amoldado a las expectativas de toda religión; Pedro, a las expectativas de toda institución. 

En cambio, «dejad que os transforme», Pedro y Simón, hasta que os unifiquéis en un símbolo de opuestos, en una lucha que solo en el Padre encontrará descanso; dejad que hable únicamente el Crucificado. 

El amor y la Cruz se encontrarán en un Cuerpo santificado por el amor. Y nosotros seremos amor cuando logremos unificarnos en una muerte sin rencor, tras haber perdido nuestra falsa imagen de nosotros mismos, la esclavitud al juicio ajeno, y haber desvelado el rostro de Dios. Inútil y hermoso, útero del nacimiento definitivo. 

Cuando hablamos de amor, nunca nos entendemos. Simón y Pedro siempre nos confundirán. No nos queda más que intentar aprender a perder, a perdernos. Y cuando incluso las palabras nos hayan abandonado, si en nuestros ojos no hay rastro de rencor, entonces, y solo entonces, no por sacrificio sino por elección, seremos hermosos y libres, como solo el amor crucificado sabe serlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El alto precio del discípulo del Siervo - San Mateo 16, 21-27 -.

El alto precio del discípulo del Siervo - San Mateo 16, 21-27 -

Pedro respondía a Jesús —quien interrogaba a sus discípulos sobre su identidad— con una confesión de fe: «Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Precisamente por esta revelación recibida del Padre que está en los cielos, Simón, el pescador de Galilea, es constituido por Jesús como la Roca, la primera piedra de la construcción de su Iglesia (cf. Mt 16,18). 

Pero he aquí la orden perentoria de Jesús de no revelar a nadie su identidad de Mesías y, al mismo tiempo, el comienzo de una nueva revelación. 

De hecho, está escrito que «desde entonces Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos…». No solo a decir, a enseñar, sino a mostrar, es decir, con palabras y con su comportamiento, que «era necesario que él fuera a Jerusalén y padeciera muchas cosas por parte de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los escribas, y que fuera asesinado y resucitara al tercer día». 

Mateo cuenta que Jesús, tras el asesinato de Juan el Bautista (cf. Mt 14,1-12) y las críticas y el rechazo por parte de los escribas y los fariseos (cf. Mt 15,1-20; 16,1-12), se había alejado de Galilea hacia las tierras del norte, más allá de las fronteras de la Tierra Santa, pero ahora regresa y decide emprender el camino hacia Jerusalén, la ciudad santa, aunque él también la conoce como «la ciudad que mata a los profetas» (Mt 23,37). 

Jesús siente que «es necesario», que «debe» emprender este viaje, no porque el destino lo decida por Él, sino porque su misión así lo exige, incluso a costa de una muerte violenta. Esta necesidad es, ante todo, humana, está inscrita en la historia humana, en los acontecimientos del mundo: en un mundo injusto, el justo solo puede recibir rechazo, persecución e incluso la muerte. 

Si Jesús quiere cumplir su misión con palabras y obras según la voluntad de su Padre, si quiere mantenerse coherente con lo que ha predicado, debe cumplir su misión incluso yendo a la ciudad santa, incluso enfrentándose al odio y al rechazo de los sacerdotes, los escribas y los hombres religiosos dotados de autoridad y poder entre el pueblo del Señor. 

Esta necesidad humana se convierte así también en necesidad divina. Pero no porque Dios, el Padre de Jesús que está en los cielos, desee la muerte del Hijo, sino porque quiere que Jesús lo describa fielmente como Dios de amor, Dios desarmado y manso, Dios que acepta ser golpeado antes que golpear. 

Hay que velar continuamente por no proyectar sobre Dios la imagen perversa de un Padre que desearía la muerte y el sufrimiento del Hijo. No, esto ocurre así porque es una lógica inherente al mundo, tal y como había leído y profetizado el autor del libro de la Sabiduría, desenmascarando los razonamientos de los impíos y su persecución del creyente justo y pobre en el Señor, quien confiesa a Dios como Padre (cf. Sab 1,16-2,20). 

En un mundo injusto, el justo solo puede conocer el sufrimiento, y Jesús, desde aquel momento inmediatamente posterior a la confesión de Pedro, lo demuestra. Cabe señalar que Jesús hace este anuncio tres veces durante el camino a Jerusalén (cf. Mt 16,21; 17,22-23; 20,17-19), por lo tanto, con una insistencia y una intención precisas: los discípulos que le siguen deben comprender que en su vocación, en su identidad de Mesías, está contenida toda la vocación del Siervo del Señor, que conoce el sufrimiento y la muerte (cf. Is 52,13-53,12). 

Lo esencial del anuncio-profecía es la necesidad de la pasión como sufrimiento padecido, como rechazo por parte de la autoridad religiosa legítima, como muerte violenta, desenlace humanamente fallido de una vida y de una misión. 

Pero, precisamente tras este final, tendrá lugar la resurrección de entre los muertos al tercer día, como obra del Padre sobre él, el Hijo: resurrección no como venganza contra la muerte, sino como fruto de la pasión y de la muerte. Y no son solo las palabras de Jesús, sino que también su comportamiento enseña a sus discípulos esa necesidad: la vida y las palabras concurren en su «anunciar la palabra abiertamente» (cf. Mc 8,32). 

Ante este anuncio, la Roca de la Iglesia, Pedro, recién instituido como tal y proclamado «bienaventurado» por Jesús (cf. Mt 16,17-19), reacciona. Se lleva a Jesús aparte, casi al margen de los demás discípulos, y comienza a reprenderlo diciéndole: «¡Que (Dios) te preserve, Señor! ¡Esto nunca te sucederá!». 

Pedro invoca a Jesús como Kýrios, Señor, lo reconoce en su identidad, pero precisamente por eso lo reprende, al considerar que sus palabras son absurdas, porque la pasión y la muerte no pueden sucederle al Mesías. 

No nos escandalicemos por las palabras de Pedro: también Jesús sentía rechazo y repugnancia por lo que le esperaba y, en Getsemaní, se lo mostrará a los discípulos con una angustia visible y con una oración al Padre para que alejara de Él el cáliz de ese miserable final (cf. Mt 26,36-46). El sufrimiento y la muerte, los nuestros y los de quienes amamos, pero también los de los demás, nos duelen y nos repugnan. Eso es lo que está diciendo Pedro. 

Pero para Jesús esas palabras suenan como una tentación renovada por parte de Satanás. Aquel que lo había tentado en el desierto, ofreciéndole un camino mesiánico sin cruz y sin muerte, sino hecho solo de éxito y poder (cf. Mt 4,1-11), se manifiesta ahora en las palabras del discípulo a quien él había constituido como Roca. 

Por eso Jesús le grita: «No seas un obstáculo en mi camino, porque tus pensamientos son humanos, no son pensamientos de Dios». ¡He aquí por qué a la Roca se le puede llamar Satanás! No se trata de una desmentida de la investidura anterior ni de la bienaventuranza dirigida a Pedro, sino de una clara advertencia: incluso la Roca puede acabar razonando de manera mundana y ser un obstáculo en el camino del Señor. 

Y para que esta «revelación» de la necesidad de la pasión sea una palabra definitiva, en este momento Jesús dice a los discípulos: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga». 

Así es como se define el discipulado para todos: no consiste solo en seguir a un maestro sabio y autoritario, no consiste solo en seguir a un profeta capaz de obrar milagros, sino que significa involucrarse en la vida de Jesús, significa renunciar a conocerse y afirmarse a uno mismo, significa tomar la propia cruz, el instrumento de muerte del hombre mundano, del «hombre viejo» (Rom 6,6; Ef 4,22; Col 3,9), y seguir a Jesús allá donde vaya (cf. Ap 14,4). 

¡Un discipulado que tiene un alto precio! Un discipulado que no exime del escándalo, de la prueba, del sufrimiento. Un discipulado que nos sitúa del lado de Jesús, el Siervo sufriente, y del lado de todos los que sufren en este mundo. Sí, bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que son perseguidos (cf. Mt 5,1-12)… 

La pérdida de uno mismo, del yo mundano, es necesaria para que pueda surgir el propio yo auténtico, aquel que se encuentra en Jesús. Los cristianos, que proclaman la verdadera identidad de Jesús como Hijo del Dios vivo, no deben olvidar ni ocultar jamás al crucificado. De hecho, toda la gloria de cada cristiano reside precisamente en tomar su propia cruz y seguir a su Señor en la pasión, la muerte y la resurrección. 

He aquí, pues, a continuación, algunas palabras de Jesús centradas en la palabra «vida». La vida no es, ante todo, aquella que uno intenta conservar a toda costa, siguiendo el impulso de vivir incluso sin los demás y en contra de ellos, en una lógica de autoconservación, lógica que no reconoce la dinámica de la entrega de uno mismo a Dios y a los demás. 

Por el contrario, se puede incluso gastar la vida hasta perderla al darla, y en este caso se recupera en el poder de la resurrección que Dios obra como palabra última e íntima sobre nuestras vidas. 

La verdadera vida, además, no significa ganarse el mundo, no se identifica con el tener, con el poseer, porque nadie puede pagar a Dios su propia redención ni salvar su propia vida (cf. Sal 49,8-9). 

Esta verdad se manifestará cuando venga el Hijo del Hombre en la gloria del Padre, con todos sus ángeles, en lo que será «el día del Señor», anunciado por los profetas y confirmado por Jesús como el día del Hijo del hombre (cf. Mt 24,44; 25,31). Entonces, mediante un juicio último y definitivo, se revelará la verdad de la vida de cada uno de nosotros y cada uno recibirá de Dios un juicio acorde con lo que haya vivido y obrado en la tierra. 

En el horizonte último de la historia nos espera, pues, a todos nosotros, la venida en gloria de Cristo, Hijo del hombre e Hijo del Dios vivo, aquel que fue crucificado y resucitó al tercer día.

Y si hemos intentado seguir a Jesús, pero, como Pedro, la Roca, ante la persecución solo nos hemos reconocido a nosotros mismos, hasta el punto de decir de Jesús: «No lo conozco» (cf. Mt 26,69-75), en el arrepentimiento conoceremos la mirada misericordiosa de Jesús. ¡Como le sucedió a Pedro (cf. Lc 22,61-62)! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Pasión por Dios - San Mateo 16, 21-27 -.

Pasión por Dios - San Mateo 16, 21-27 -

La obediencia a la Palabra de Dios lleva al profeta a denunciar las injusticias y la violencia que se cometen dentro del Pueblo de Dios y, por ello, a enfrentarse a la oposición, la marginación y las burlas por parte de aquellos a quienes profetiza Jeremías; el seguimiento de Jesús introduce al discípulo en un camino marcado por la asunción de la cruz y cuyo horizonte es la pérdida de la vida. 

La experiencia espiritual de Jeremías, tras el entusiasmo de la adhesión al Señor y la dulzura y la belleza vividas en los momentos iniciales de la llamada, cuando la Palabra del Señor era para él «el gozo y la alegría de su corazón» (cf. Jer 15,16), se ha convertido, con el paso de los años y el desarrollo de su ministerio profético, en una experiencia de amargura y sufrimiento. 

El profeta se siente engañado por Dios: ¿fue una verdadera vocación? ¿O se trató de un error? ¿De un engaño? ¿Dios lo llamó o lo obligó? 

En el centro de la crisis, en la que el profeta se ve tentado a abandonar el ministerio recibido («Ya no hablaré más en su nombre»: Jer 20,9), Jeremías encuentra la renovación y la confirmación de su vocación en lo más profundo de sí mismo, en el corazón aún encendido por la Palabra de Dios. Si el Señor es una pasión, entonces también la crisis será un momento de verdad para la fe y la vocación. El Señor como pasión: este es el reto para los cristianos de hoy. 

Pedro, Cefas, la «roca», aquel a quien se le ha llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), a quien el Señor ha confiado una tarea fundamental en la Iglesia (cf. Mt 16,18), puede convertirse en «escándalo», es decir, piedra de tropiezo en el camino de la fe. Jesús incluso le reprende duramente, llamándole «Satanás» (Mt 16,18). 

Y esto ocurre cuando Pedro se aparta del seguimiento para situarse delante de Jesús y darle una lección. Entonces demuestra que no siente ni piensa según Dios, sino de manera mundana. Así, la bienaventuranza que Jesús dirige a Pedro en Mt 16,17 no queda, desde luego, anulada, sino relativizada por esta reprimenda que sitúa a Pedro bajo una luz muy realista. Único es el fundamento de la Iglesia: Jesucristo (cf. 1 Cor 3,11; 1 Pe 2,4-5). El servicio de Pedro está al servicio de ese carácter único. 

La cruz es siempre un escándalo: solo integrando el escándalo de la cruz en nuestro camino de fe podemos evitar convertirnos nosotros mismos en motivo de escándalo para el Evangelio y escandalizarnos ante el Mesías crucificado (cf. Mt 26,31: «Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche»). 

Pedro, en su rebelión contra la cruz de Jesús, expresa esa actitud de repulsión que a menudo es también la nuestra y que nos lleva a confesar correctamente la fe y a desmentir esa confesión en la práctica. 

La cruz es el elemento más radicalmente ajeno al «mundo»: el Pedro que se rebela contra ella muestra su conformismo mundano, su ajustarse a los parámetros y criterios de la mundanalidad, su pensar y sentir conforme a los hombres y no según Dios. 

Las palabras de Jesús al discípulo hablan de la pérdida de uno mismo necesaria para estar en contacto con el propio yo verdadero (cf. Mt 16,24-26). Hay una negación de uno mismo, un dejar de conocerse a uno mismo, una salida de una vida egocéntrica, de la búsqueda de autojustificaciones, que permite al discípulo encontrar, como don, y ser alcanzado, por gracia, por la verdadera vida. 

Se trata del paso pascual de la vida como posesión y como poder, a la vida como don y como gracia. Es la vida vivida en Cristo y para Cristo, es la vida de Cristo en nosotros: «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 16,25). 

«¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?» (Mt 16,26). El texto vislumbra la situación de unos hombres empeñados en poseer, en extender su actuar y su acumulación más allá de sí mismos, fracasando de hecho en su propia vida, perdiéndose a sí mismos. 

Seguir a Jesús significa poner la propia vida en su vida por amor. Lo que se pierde por amor, en realidad no se pierde, sino que se entrega. Y lo que se entrega por amor, se recupera en la relación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La locura y necedad se convierten en inteligencia y sabiduría - San Mateo 16, 21-27 -.

La locura y necedad se convierten en inteligencia y sabiduría - San Mateo 16, 21-27 -

Tras la confesión mesiánica de Pedro en Cesarea de Filipo, comienza una nueva etapa del ministerio de Jesús y una fase decisiva de su vida. Mateo lo subraya al escribir: «Desde entonces, Jesús comenzó a mostrar …» (Mt 16,21). 

El estrecho paralelismo con la fórmula de Mt 4,17 («Desde entonces, Jesús comenzó a predicar y a decir»), que inaugura el ministerio de Jesús tras la detención de Juan el Bautista, marca literariamente este nuevo comienzo, cuyos rasgos característicos se definen a partir del primer anuncio de su pasión, muerte y resurrección (Mt 16,21). 

Lo que Jesús explica, y que constituye la única señal de su identidad mesiánica, es su pasión, muerte y resurrección; es decir, la señal de Jonás: «¡Una generación malvada y adúltera exige una señal! Pero no se le dará ninguna señal, salvo la señal del profeta Jonás. Así como Jonás permaneció tres días y tres noches en el vientre del pez, así también el Hijo del hombre permanecerá tres días y tres noches en el seno de la tierra» (Mt 12,39-40). 

Jesús, a quien Pedro acaba de reconocer como Mesías, especifica ahora en qué consiste su identidad mesiánica, la vocación tan personal que ha recibido de Dios. Incluso el conocimiento «correcto» de Jesús mostrado por Pedro, que ha contado con la aprobación del propio Jesús, debe ser corregido, ¿y por quién, si no por el propio Jesús? 

Jesús está desvelando su propio misterio, el secreto de su identidad profunda, íntima y muy personal, identidad recibida de la voluntad de Dios contenida en las Escrituras. La necesidad («tenía que ir a Jerusalén y sufrir mucho»: Mt 16,21) de su pasión está inscrita en su obediencia a las Escrituras y a su ministerio profético («Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas»: Mt 23,37) y le lleva a su redefinición muy personal de la vocación mesiánica. 

La vocación es siempre el encuentro entre la palabra y la voluntad de Dios contenidas en la Escritura y la libertad de un hombre que se siente interpelado personalmente por esa palabra y esa voluntad. En ese encuentro se manifiesta la acción del Espíritu y se expresa la obediencia creativa de la persona. 

Pero las palabras de Jesús provocan la reacción indignada de Pedro. Una reacción verbal, pero también física. Pedro «se lleva» a Jesús, lo «atrae hacia sí», y acompaña este gesto con palabras de escándalo y reproche: «¡Que Dios te libre, Señor, eso nunca te sucederá!» (Mt 16,22). 

Para Pedro, lo que Jesús ha dicho es sencillamente inaceptable. La idea del Mesías que Pedro tiene en mente es absolutamente incompatible con el destino de sufrimiento y muerte. Pero Pedro está proyectando en Jesús sus propios deseos, su propia imagen del Mesías. 

Ya el profeta Isaías advertía que los pensamientos de los hombres no son los pensamientos de Dios: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (Is 55,8); ahora Jesús dirige esta reprimenda a Pedro: «No piensas según Dios, sino según los hombres», o tal vez incluso: «No tienes sentido para las cosas de Dios, sino para las de los hombres» (Mt 16,23). 

Y Jesús reacciona también con un gesto: Jesús «se aparta», «se da la vuelta» y reenvía a Pedro detrás de Él, en la posición del discípulo que sigue al maestro. Y Jesús no escatima palabras duras para con Pedro: el beneficiario de la revelación del Padre es ahora tildado de «satanás», el destinatario de la bienaventuranza es ahora motivo de escándalo, la roca es ahora piedra de tropiezo. 

En Pedro conviven estas dimensiones contradictorias, al igual que en todo creyente conviven la posibilidad de la fe y de la falta de fe, de la comprensión y de la ignorancia, de la fidelidad y del abandono, de la humildad y de la arrogancia. En particular, de la fe y de la suficiencia, de la adhesión al Señor y de la presunción de sí mismo. 

Y para que quede claro lo que implica el seguimiento, y por tanto la fe, he aquí que Jesús pronuncia unas palabras contundentes e incluso chocantes. Es decir: tras anunciar su pasión, Jesús anuncia la pasión del discípulo. 

Especialmente dura es la expresión de Mt 16,24: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». 

Renunciar a uno mismo y tomar la cruz son mandatos que indican acciones concretas, establecidas de una vez por todas y consideradas en su conjunto, aunque abarquen todo el tiempo del seguimiento. El tercer imperativo «que me siga» indica una acción que se prolonga en el tiempo. 

Renunciar a uno mismo y tomar la propia cruz significa renunciar a defenderse y a justificarse, y asumir y llevar el instrumento de la propia condena a muerte. Para el discípulo se trata de renunciar a la idolatría de sí mismo, de salir de los mecanismos de autojustificación y de abandonarse totalmente al Señor en una locura en la que reside el secreto de la libertad del discípulo del Señor. Secreto que implica la conciencia de que el seguimiento llega hasta la muerte y que contempla la posibilidad de perder la vida. 

Es más, la locura evangélica hace que perder la vida por el Señor y por el Evangelio sea, en verdad, encontrarla, estar plenamente inmerso en ella. Seguir a Jesús significa poner la propia vida en su vida por amor. Lo que se pierde por amor, en realidad no se pierde, sino que se entrega. Y lo que se entrega por amor, se recupera en la relación. 

Por eso, argumenta Jesús: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su propia vida?» (Mt 16,26). El texto vislumbra la situación de unos hombres empeñados en poseer, en extender su actuar y su acumulación más allá de sí mismos, fracasando de hecho en su propia vida, perdiéndose a sí mismos. 

Si Pedro había manifestado su oposición a la perspectiva de la pasión y muerte de Jesús, es evidente que también la asunción de la cruz resulta igualmente inaceptable para el discípulo. Aquí hay que decir que, en la vida cristiana, la cruz no se elige, sino que se recibe, y siempre se trata de algo indeseable, es más, de algo inaceptable, de algo que sentimos como absolutamente rechazable, porque es absurdo, inhumano, injusto, repugnante, y contra ella nos rebelamos con todas nuestras fuerzas. 

Hasta que, finalmente, nos damos cuenta de que quizá precisamente ahí, en ese indeseable que ha sucedido, en ese impensable que se nos ha abatido encima, se esconde la forma de nuestra cruz: «que tome su cruz». 

Podemos preguntarnos: ¿cómo vivió Jesús la negación de sí mismo, la pérdida de sí mismo, el tomar la cruz? Y podemos responder que no fue la cruz la que hizo grande a Jesús, sino que la vida de Jesús dio sentido también a la cruz cuando fue colgado de ella

Es la vida de Jesús dedicada a amar, a reconocer y a salir al encuentro del otro en su necesidad; es la vida de Jesús marcada por la fraternidad, los afectos, la contemplación de la creación, los encuentros desinteresados; es la vida de Jesús sostenida por la fe sencilla y radical en Dios, atravesada por la oración al «Abba» y por la escucha filial de su palabra, que ha imbuido a la cruz (símbolo de una muerte injusta y cruel, signo del pecado del hombre) con el sello de la fidelidad y la solidaridad radical de Jesús. 

La fidelidad a Dios y la solidaridad con los hombres se sintetizan en un único amor a Dios y al prójimo. Jesús nunca tuvo como fin la autodestrucción, la pérdida de su propia vida, sino vivirla plenamente y con alegría, persiguiendo la libertad y el amor. 

Y amando libremente hasta el final, hasta el extremo, hasta el punto de no retorno. Jesús vivió entregando vida: a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los despreciados; Jesús supo —es decir, eligió y quiso— dar vida. Su perder la propia vida fue una entrega de tiempo, de fuerzas físicas y espirituales, de energías psíquicas y afectivas: Jesús entregó su vida dando vida a los demás. 

No fue una mera pérdida, sino una entrega, una generación, una transmisión. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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