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viernes, 17 de abril de 2026

El verano de la mano de Antonio Vivaldi.

El verano de la mano de Antonio Vivaldi


 

Miremos donde miremos, nos vemos inundados de anuncios, escaparates, vallas publicitarias y canciones, todos con un único mensaje: el verano ha llegado. Nosotros también celebraremos la llegada de la bella estación junto al Maestro Antonio Vivaldi: escucharemos, de hecho, el Concierto en sol menor para violín, cuerdas y continuo «El verano» de Las cuatro estaciones.

 

Abro un paréntesis. Solamente para recordar que la famosa colección Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi consta de cuatro conciertos solistas para violín: Primavera, Verano, Otoño e Invierno. Estos sirven de introducción a la que quizá sea la obra más famosa del gran maestro veneciano, titulada «Il cimento dell’armonia e dell’invenzione», compuesta en 1725 y formada por 12 conciertos. Esta colección no solo refleja los gustos de la época, sino que aporta una gran innovación: todos son conciertos de tipo solista.

 

En Las cuatro estaciones Antonio Vivaldi acentúa el contraste agónico entre los movimientos alegres iniciales y finales, y los movimientos lentos centrales, muy profundos y expresivos, en los que el violín solista entrelaza su voz predominante con la de la orquesta, que actúa como masa sonora.

 

En cada partitura, se recurre a un violín solista, un cuarteto de cuerda compuesto por un primer violín, un segundo violín, una viola y un violonchelo, y un bajo continuo que puede interpretarse, a elección, con un clavicémbalo o un órgano.

 

Otra innovación introducida por el Maestro es la denominada «música programática», es decir, composiciones de carácter descriptivo. Son imágenes sonoras las que Antonio Vivaldi representa en su colección dedicada a las estaciones, imágenes sugeridas por un soneto descriptivo que acompaña a cada concierto. Hasta aquí el paréntesis.


También el Verano, al igual que los demás, se basa en un soneto: 

Allegro non molto

Bajo dura estación por el Sol encendida
languidece el hombre, languidece el rebaño, y arde el pino;
suelta el cuco la voz, y cuando la entienden
cantan la torcaz y el jilguero.
El Céfiro dulce sopla, pero en disputa
se mueve Bóreas de improviso a su lado;
y llora el zagal, porque suspendida
teme a la fiera borrasca, y su destino.
 

Adagio

Roba a sus miembros laxos el reposo
el miedo al relámpago, y los fieros truenos
¡y de las moscas, y moscones, el tropel furioso!
 

Presto

¡Ah, que son sus temores verdaderos!
Truena y fulmina el cielo y el granizo
trunca las cabezas de las espigas y los granos altera.
 

Tal vez el Verano sea el único concierto del ciclo que refleje con eficacia la carga explosiva de la estación; además, puede considerarse en su conjunto, sin distinción entre los distintos movimientos. La descripción fluye ininterrumpida y crea un clímax ascendente que culmina en el famosísimo último movimiento. Pero no nos adelantemos.


El verano —«Languidez por el calor»—, como reza el subtítulo del primer movimiento de la partitura en sol menor, se abre con un Allegro non molto. En esta composición, de forma aún más eficaz que en las demás, el verano se plasma de una manera, como mínimo, palpable. 


El oyente tiene la oportunidad de sentir en carne propia el bochorno opresivo de los meses de verano a través de las notas iniciales de los profundos violonchelos, las pausas significativas y los agudos violines que se alternan, se persiguen, se encuentran y se entrelazan. Un preludio musical rico y, sobre todo, eficaz a la hora de plasmar el calor veraniego.

 

Tras esta aparente calma se esconde, sin embargo, una tormenta que se gesta en el horizonte. El pastor se encuentra, pues, exhausto por este calor asfixiante, que se vuelve aún más insoportable por la imposibilidad de encontrar un poco de sombra donde descansar y agua en la cantimplora para saciar su sed. 


Al igual que él, la naturaleza que lo rodea yace indefensa bajo los rayos cegadores del sol abrasador. Al levantar la vista al cielo, grandes nubes grises se acercan amenazantes, hasta el punto de oscurecer el sol, y él no sabe si alegrarse o entristecerse por la inminente tormenta, ya que las tormentas de verano no son agradables y, a veces, no traen consigo un gran frescor. Decide, pues, volver a casa.

 

En el siguiente Adagio —«Miedo a los relámpagos y a los truenos»— la inquietud va en aumento. El pastor, agotado, encuentra un árbol cuya sombra le ofrece un respiro momentáneo. Se tumba para intentar descansar, pero se ve continuamente molestado por moscas y mosquitos, lo que queda bien reflejado en el motivo insistente de los violines. 


Un trueno lejano lo hace sobresaltarse, pero, sin alarmarse demasiado, sigue descansando. Al segundo trueno le sigue una serie de retumbos que, gracias a la maestría de la masa orquestal, anuncian la llegada cada vez más inminente de la tormenta. El pastor, cuyo estado de ánimo cada vez más intimidado representa el primer violín, no tiene tiempo de pensar qué hacer antes de quedar atrapado por la fuerte lluvia torrencial que se desata.

 

En el tercer movimiento, Presto, – «Tiempo impetuoso de verano» – la estructura compositiva se basa en un tema inicial interpretado por toda la orquesta que reaparece periódicamente, alternándose con el violín solista, el cual, en este tercer movimiento, se presta a grandes muestras de virtuosismo técnico y tímbrico, alcanzando grandes picos de dramatismo. 


La tormenta ya ha estallado, privando al pobre pastor de un refugio seguro. Al igual que él, toda la naturaleza a su alrededor se ve devastada por los grandes torrentes de agua que desestabilizan el terreno y arrancan las hojas de los árboles. La tormenta es la protagonista indiscutible del movimiento, que hace alarde de todo su poder, contra el cual ni siquiera el hombre puede hacer nada. Ahora está a merced de los elementos y solo puede esperar salir vivo de allí.


En El verano de Antonio Vivaldi, la progresión de los estados meteorológicos y, por tanto, emocionales, que pasan de la «Languidez por el calor» al «Temor a los relámpagos y los truenos» hasta el «Tiempo impetuoso de verano», lleva al oyente a vivir sensaciones absolutamente envolventes y exaltantes, gracias a una escritura musical que evoca imágenes casi visibles.

 

Bueno, como siempre, y llegados a este punto, lo más importante es tu ejercicio de audición. Aquí te dejo el link con una de las versiones que a mí más me gustan: https://youtu.be/RvDt_KtOzbc?is=0M1ZzzzLHfuEcZfs 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 4 de febrero de 2026

¿Qué más se le puede pedir a la vida? - La Primavera de Antonio Vivaldi -.

¿Qué más se le puede pedir a la vida? - La Primavera de Antonio Vivaldi - 

Después de un largo invierno en el que la nieve cubre de blanco el paisaje, llega la primavera como una explosión de colores, flores, mariposas y pájaros que cantan un himno de alegría que se puede saborear gracias a esta estación. Los gorriones se suman a la alegría general con sus trinos y gorjeos (representados por tres violines solistas), y a lo lejos se puede escuchar el suave murmullo del arroyo cantarín. Por supuesto, incluso en primavera no pueden faltar las terribles tormentas que se anuncian con la amenaza de relámpagos y truenos.

 

Se dibuja una escena en la que un pequeño pastorcillo se ha quedado dormido, el viento suave y ligero produce un hermoso susurro y los violines solistas describen el sueño tranquilo y sereno del pastorcillo.

 

Y al final se describe una fiesta pastoral, llena de alegría, entre cantos y bailes, para celebrar la llegada de la tan soñada primavera.

 

Vamos allá con un primer ejercicio de audición: https://www.youtube.com/watch?v=3LiztfE1X7E

 

¿De qué estamos hablando? De la primavera que ha llegado.


Los días se alargan cada vez más, las temperaturas suben, de vez en cuando nos sorprende un chaparrón, el polen se divierte haciéndonos estornudar y enrojecernos los ojos... El canto de los pájaros y el calor de los días nos invitan a dormir plácidamente.

 

Antonio Vivaldi debía de tener muy presente este sentimiento general de ociosidad, porque lo menciona en su obra más famosa, el Concierto para violín, cuarteto de cuerda y bajo continuo «La Primavera», RV 26.

 

Ejemplo típico de «música programática» - composición de carácter puramente descriptivo -, La Primavera forma parte de un ciclo de cuatro conciertos denominado Las cuatro estaciones, que también incluye El invierno, El verano y El otoño.

 

Cada uno de estos tres conciertos presenta tres movimientos (Allegro o Presto el primero y el último, Largo o Adagio el del medio) y es acompañado de un soneto de autor desconocido. Por lo tanto, la música se basa íntegramente en las palabras del poema. El soneto de La Primavera es el siguiente: 

Allegro 

Ha llegado la primavera y festivos

los pájaros la saludan con alegre canto,

y las fuentes, al soplar la brisa

con dulce murmullo fluyen entretanto: 

Cubren el aire de negro amanto,

y relámpagos y truenos elegidos para anunciarla.

Luego, en silencio, los pajaritos

vuelven a su canto encantador. 

Largo 

Y entonces, en la florida y agradable pradera

al querido murmullo de las ramas y las plantas

duerme el pastor con su fiel perro a su lado. 

Allegro 

Al son festivo de la gaita pastoral

bailan ninfas y pastores en el amado techo

de la primavera al aparecer brillante. 

El violín solista interpreta el papel del pastor dormilón, mientras que el cuarteto de cuerda sustituye al entorno circundante. 

En el primer movimiento nos sumergimos inmediatamente en la alegría de la primavera a través del famosísimo tema inicial, que describe la danza alegre de la naturaleza que despierta tras el frío invierno. El violín solista se divierte con el otro violín imitando el canto de los pájaros, que vuelan hacia una fuente de agua cuyo tranquilo fluir es representado por los instrumentos de cuerda (excepto el contrabajo). 

Pero se acerca una tormenta: mientras los bajos describen los poderosos truenos, el violín solista se mueve como un rayo. Las notas agudas son muy rápidas y dan la idea de una impresionante descarga de relámpagos. 

Pero la tormenta es ahuyentada por la fuerza y la alegría de la bella estación: el tema recupera fuerza, pero se transforma en una reflexión sobre el ciclo de la vida y la muerte. La danza de la naturaleza se reanuda, los pájaros vuelven a cantar y el ambiente vuelve a ser bucólico. 

En La Primavera, Antonio Vivaldi describe tres elementos: el susurro de las ramas (confiado a los violines en pianísimo), el pastor que duerme (representado por el violín solista que toca una melodía cantabile muy dulce) y el perro que ladra (interpretado por la viola, que con su ritmo obstinado parece reproducir un ladrido).

 

Hay una escena relajada cuando el pastor ha sido vencido por la somnolencia primaveral y se ha olvidado de sus obligaciones y se ha quedado dormido a la sombra.

 

Al final el pastor se despierta en un momento dado y oye música a lo lejos. De hecho, en el tercer y último movimiento comienzan las danzas. El pastor ve a las ninfas bailando. Abandona definitivamente a las ovejas y se une a las ninfas que, riendo, lo invitan a pasar una agradable velada con ellas. En la fiesta se encuentra con otros pastores: «¿Qué tal, hermano?», se dicen entre ellos. Las ninfas son preciosas, el vino es excelente, la música es genial: ¿qué más se puede pedir en la vida? El violín solista y el cuarteto intercambian el tema, que sirve de estribillo durante todo el movimiento.

 

Este canto de alegría bien merece otro ejercicio de audición ¿verdad?: https://www.youtube.com/watch?v=HPxOKCc-FFw


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 16 de diciembre de 2025

El Invierno de la mano de Antonio Vivaldi.

El Invierno de la mano de Antonio Vivaldi

Comienzo con una muy breve presentación del Invierno según el Maestro Antonio Vivaldi.

 

El Invierno comienza - momento 1 - con un escalofrío y el azote de los vientos. La gente se apresura hacia sus casas, castañeteando los dientes y caminando para alejar el frío implacable.

 

Notarás que las primeras notas, con un ritmo suave y persistente, describen la lenta caída de los copos de nieve, y el rápido trino de los violines representa el temblor de los dientes provocado por el intenso frío. Y escucharás una ráfaga de viento que agita la caída de los copos de nieve, representada por el primer solo de violín, y poco a poco aumenta la fuerza de la música, hasta llevarnos a un tema grandioso y majestuoso.

 

Por contraste, corriendo a refugiarse junto al fuego - momento 2 -, el solista se relaja con una melodía tranquila y reposada, mientras fuera llueve y las cuerdas punteadas del violín simulan el tintineo de las gotas de lluvia.

 

Es la lluvia la protagonista… y una persona se encuentra feliz, protegida del frío exterior, cerca del calor de su hogar, mientras observa cómo los cristales de su ventana producen el clásico sonido «enérgico» que producen las gotas de lluvia típicas del invierno. Podrás escuchar el sonido rítmico, sobre la base de este ritmo, el violín solista canta una melodía encantadora, que nos expresa toda la felicidad de estar cerca del fuego de casa, mientras disfrutamos del espectáculo de la lluvia exterior.

 

El último movimiento - momento 3 - nos devuelve al frío glacial. El violín solo hace un breve intento de recuperación, casi como para vencer el hielo, pero el final vuelve a ser la tormenta junto con el frío viento del norte.

 

Todo se abre con un solo de violín, acompañado inmediatamente después por toda la orquesta, como imitando una ligera ráfaga de viento que crece poco a poco, hasta alcanzar toda su majestuosa fuerza, hasta la llegada de la aterradora y tan temida tormenta invernal, donde los vientos procedentes del Mediterráneo se unen a las tormentas procedentes del Norte, interpretadas de una manera que realmente deja sin palabras, por el violín solista y la orquesta, terminando con un final emocionante… esa emoción que no querrías que terminara nunca porque te embarga hasta sobrecogerte.

 

Antonio Vivaldi describe así el contraste de emociones que provoca el invierno… porque el invierno puede ser duro y difícil… pero precisamente esa es su gran fuerza y belleza.

 

Como bien sabes, al Invierno (como al resto de las estaciones) le acompaña su propio soneto. La música siempre trata de ser descriptiva, tratando de evocar los ambientes, los sonidos y los estados de ánimo descritos en los sonetos. Esta capacidad de pintar con la música hace que sea especialmente importante inspirarse en estos textos para comprender plenamente su contenido.

 

Al explorar los versos de este soneto que tienes más adelante, es posible sumergirse en las emociones y las imágenes evocadas por la propia música, transportándonos a un viaje sensorial a través del Invierno.

 

Las palabras del soneto y la música se entrelazan, creando una experiencia sinestésica en la que las palabras de la poesía cobran vida a través de las notas de la música.

 

Detente y explora, por favor, el texto del soneto que tienes a continuación (es una traducción del italiano), y te permitirá comprender mejor la profundidad y la belleza de esta composición. El Invierno se convierte en un mundo en sí mismo, una narración sonora que pinta la atmósfera y los detalles de la melancólica reflexión de esta estación.

Momento I. Allegro non molto (en fa menor) - es la acción despiadada del viento gélido - 

Helado tiritar entre la nieve plateada
al severo soplo del horrido viento
correr batiendo los pies en todo momento;
y por el soberbio castañetear los dientes.
 

Momento II. Largo (en mi bemol mayor) - es la lluvia que cae sobre el suelo helado - 

Estar junto al fuego, tranquilos y contentos,
mientras afuera la lluvia moja a ciento.
 

III. Allegro (en fa menor) - es la serena aceptación del rigor del clima invernal - 

Caminar sobre el hielo, y a paso lento
por miedo a caer avanzar con cuidado;
ir firme, resbalar, caerse al suelo,
de nuevo ir sobre el hielo y correr rápido
sin que el hielo se rompa, y se desmenuce;
sentir que sale de las puertas herradas
siroco, boreal, y todos los vientos en guerra.
Esto es el invierno, pero tal, qué alegría nos trae.
 

Antes de pasar a tu ejercicio de audición, y para acabar, te dejo un apunte personal de mis sensaciones a propósito de esta música. 

Creo que el Invierno de Antonio Vivaldi es una parábola del estado de ánimo. Y es que asocio inmediatamente esta música con mi estado de ánimo. 

Antonio Vivaldi no describe un día de invierno tranquilo y apacible. Por el contrario, el Maestro escribió esta melodía para recrear la impresión de un viento fuerte, quizás una tormenta de nieve,…, algo imparable. Su rápido desarrollo tiene como objetivo transportar al oyente como si fuera un copo de nieve en la despiadada tormenta de la música. 

Automáticamente, la estructura cíclica de la melodía se asocia con una ventisca giratoria. Su tono agudo se asocia con el viento helado y el clima gélido. Si el doloroso impacto de la nieve en la cara durante una ventisca pudiera sonar, el Invierno de Antonio Vivaldi sería su sonido… 

Esta melodía representa el movimiento rápido, la prisa veloz, un proceso natural tan poderoso que el ser humano no puede controlarlo. La atmósfera dramática de esta melodía está diseñada para recordarnos a las personas las fuerzas de la naturaleza que no se pueden domar y que deben respetarse, temerse y admirarse. 

El ritmo creciente y decelerado es una fatalidad inminente para obedecer a las poderosas fuerzas de la naturaleza. Los breves compases interpretados por la orquesta de cuerda mantienen despiertos y altos los niveles de tensión, haciendo que esperemos el siguiente clímax, el desarrollo de la melodía, y nos preguntemos adónde nos llevará a continuación y cómo se desarrollará. 

Ésta es una admirable obra de arte rebosante de dramatismo y emociones poderosas. Es una de esas melodías que recrean la impresión real de dejarse llevar por la música. El Invierno es una excelente demostración del efecto que la música puede tener en el estado del alma del que lo escucha. 

Ahora sí. Acabo ya. El Invierno de Antonio Vivaldi es una invitación a tomar tiempo para disfrutar de la belleza, a regalarse una experiencia envolvente, a dialogar con la música, a dejarse sumergir y llevar por las imágenes que evoca con su maravillosa armonía.  

Sí, una llamada a dejar que fluyan por la mente imágenes de paisajes helados, lagos congelados, patinadores sobre hielo y copos de nieve. También una llamada a fijar la mirada en las llamas de la chimenea mientras fuera el repiqueteo de la lluvia, rítmico, infunde paz y serenidad. Tomarse tiempo estar simplemente para disfrutar... de la magia del invierno.

 

Aquí tienes esta audición que te propongo entre las muchas y diversas que puedes encontrar y que seguramente conocerás: https://www.youtube.com/watch?v=ZPdk5GaIDjo


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de noviembre de 2025

Allegro - Antonio Vivaldi -

Allegro - Antonio Vivaldi -

La infelicidad es la falta de sorpresas. La vida está llena de ellas, pero somos nosotros los que aletargamos dormidos. La vida, en el fondo, es un entrenamiento para estar despiertos y preparados para recibirlas.

 

Por eso es necesario inventar siempre un llamamiento diferente para «despertar» el cuerpo y el alma.

 

Te propongo que escuches el primer movimiento del concierto para violín n.º 1 de Vivaldi: La primavera. En concreto, el famosísimo Allegro, quizás una de las piezas más conocidas de la música clásica en el mundo. Dura algo más de 3 minutos.

 

Te pongo a continuación el link: https://www.youtube.com/watch?v=s2lbGix2wtE

 

Seguramente la reconocerás inmediatamente, aunque quizá no recuerdes el nombre y el autor. Verás que es una música que sorprende. La sorpresa es, de hecho, el primer peldaño de la felicidad.

 

Las verdaderas sorpresas (del latín super prendere: agarrar desde arriba, estar «elevado», «levantado») aportan una ligereza que no es huida, sino plena posesión de la vida, liberan porque «sorprenderse» es experimentar la gratuidad, es decir, sentir que la vida es un regalo, gratis, incluso en su repetición de cada día.

 

Un arco iris siempre es sorprendente, al igual que el Allegro de La primavera de Antonio Vivaldi. ¿Cómo podemos entonces estar abiertos de forma habitual al efecto sorpresa de la realidad, sin el cual es imposible ser felices?

 

En este año 2025 ese concierto de Antonio Vivaldi cumple 300 años.

 

Era 1725 cuando se publicaron en Ámsterdam las partituras de «La prueba de la armonía y de la invención», 12 conciertos (originalmente una forma musical en tres tiempos en la que el solista dialoga con los demás instrumentos) para violín solista y cuerdas, de los cuales los cuatro primeros son las famosísimas Estaciones.

 

En aquella época, al no existir soportes de grabación, la música solo permanecía cuando se publicaba, y eso solo ocurría con los más grandes. Sin embargo, la primera interpretación tuvo lugar unos años antes en Venecia, en un orfanato, «sorprendiendo» a todos.

 

De hecho, Antonio Vivaldi, presbítero católico, enseñaba violín a las jóvenes acogidas en una de las instituciones benéficas para huérfanos y pobres de la ciudad: el Ospedale della Pietà, específico para niñas, que de otro modo estarían destinadas a la calle...

 

En este contexto, se les enseñaba canto e instrumentos (¿por qué en nuestras escuelas este arte indispensable para la educación se reduce a lo que se reduce?), logrando resultados que han pasado a la historia. Puedes escuchar, por ejemplo, el ‘Stabat Mater’ o el ‘Gloria’ de Antonio Vivaldi.

 

Y Antonio Vivaldi dirigía a las niñas ocultas tras rejas de madera ante un público procedente de toda Europa para escuchar su encanto.

 

En Las estaciones, en particular, el músico se divirtió imitando los sonidos de la naturaleza: pájaros, truenos, hojas, vientos helados... hasta el punto de sorprender a todos por su genialidad compositiva, interpretativa y social, un fenómeno único en una época en la que a las mujeres se les prohibía tocar en Iglesias y teatros.


Si esta música te «sorprende» quiere decir que hasta te eleva a un nivel de vida alegre y liberada de las cargas del siglo XXI para experimentar lo «gratuito». 


Lo contrario de esta experiencia es, de hecho, «dar por sentado», expresión nacida para indicar algo adquirido (en el sentido de comprado).

 

Solo la experiencia de la vida dada «gratis» y no «por sentado» (que, de hecho, se ha convertido en sinónimo de «ya no me sorprende») provoca el despertar y la unión, los dos elementos de la gratitud, sin los cuales no es posible ser feliz.

 

El día en que se da algo o alguien por sentado, se acaba la alegría, porque la felicidad es tan grande como el asombro: la sorpresa de un rostro o un objeto se apaga.

 

No es la felicidad lo que nos hace agradecidos, sino la gratitud lo que nos hace felices.

 

Hay personas que, a pesar de tenerlo todo, no son felices, y personas que, teniendo poco, lo son. ¿Por qué?

 

La diferencia está en la práctica (es una acción) de la gratitud, que nos hace capaces de recibir el instante como un regalo, algo que, por desgracia, a menudo solo conseguimos cuando perdemos algo o a alguien (quienes han y hemos sufrido por amor o por una pérdida lo saben y sabemos).

 

Esto significa que la capacidad de sorprendernos está en nosotros: es interior y hay que entrenarla.

 

De hecho, tradiciones espirituales y filosóficas milenarias y muy diferentes entre sí nos invitan a despertar y velar, y no porque nos quieran insomnes y ansiosos, como ocurre hoy en día, sino porque nos quieren agradecidos, es decir, felices.

 

El cristianismo debería producir una ética de la alegría porque todo es gracia para quien tiene confianza (fe) en la vida, que es, de hecho, «eucaristía» (en griego, «acción de gracias»), rito en el que la vida misma de Dios se da gratuitamente, a menudo resuelto en una práctica que hay que realizar.

 

Es verdad, a veces las sorpresas también pueden referirse a cosas negativas… Pero lo que importa es que nos están sucediendo a nosotros, que somos libres, es decir, capaces de decidir qué hacer con ellas. El problema no es lo que sucede, sino lo que hago con ello.

 

Por ejemplo: ¿qué hace un músico genial como Antonio Vivaldi con unas chicas abandonadas? Las convierte en una Primavera inmortal. Para aquellas chicas sin apellido, salvo el apelativo «della Pietà», la música fue salvación y redención. Una verdadera «sorpresa».

 

La tumba de la felicidad es lo «dado por sentado» o «dado por descartado». Quien da por «sentado» o «descartado» no recibe, quien no recibe no está agradecido, quien no está agradecido no es feliz.

 

Y la escuela de la vida es precisamente todo lugar o momento donde se aprende a estar siempre abierto a la vida, donde se entrena para ser despierto, sorprendido, agradecido, feliz, vivo. 


Empezando por un poco de buena música. Quizás un Allegro de Antonio Vivaldi.

 

Aquí tienes otra versión... de una belleza sin igual: https://www.youtube.com/watch?v=bQujhuIst5E


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 2 de octubre de 2025

La espiritualidad barroca: Gloria en Re mayor de Antonio Vivaldi.

La espiritualidad barroca: Gloria en Re mayor de Antonio Vivaldi 

De los tres Gloria compuestos por Antonio Vivaldi - uno de ellos desaparecido -, el Gloria en Re mayor 589 forma parte del grupo de las obras más importantes del compositor y también de las más populares.

 

La composición se remonta a la colaboración que Antonio Vivaldi inició en 1703 con La Pietà, uno de los cuatro orfanatos-conservatorios venecianos para niñas. De hecho, es a esa época y a esas circunstancias a las que se remonta la composición de este Gloria.

 

Nuestro Gloria probablemente fue compuesto entre 1713 y 1717. La datación no es muy precisa porque, como suele ocurrir con Antonio Vivaldi, la cronología de las composiciones sigue siendo, a día de hoy, difícil de determinar.

 

De hecho, a diferencia de los de otros compositores, organizados en secuencia cronológica, su catálogo es sistemático. Está ordenado por géneros musicales. Por ejemplo, las sonatas para un instrumento vienen primero, luego están los conciertos, las sinfonías y así sucesivamente.

 

Obviamente, dada la abundante producción que caracteriza a todos los compositores del periodo barroco, incluido Antonio Vivaldi, el número de catálogo es fundamental para poder localizar con precisión una determinada pieza musical.

 

Lo primero que llama la atención de esta composición es la notable variedad de situaciones sonoras y tímbricas. Me esplico.

 

Hay piezas en las que el coro tiene una importancia especial. Luego tenemos duetos para voces, o para voz e instrumento, arias solistas. Hay movimientos en los que el ritmo crea una atmósfera casi pastoral, y también momentos solistas con el coro respondiendo. A veces, la composición parece adquirir connotaciones teatrales, incluso operísticas. 

El Gloria 589 de Antonio Vivaldi se divide en estas doce partes: 

  1. Gloria in excelsis Deo - Allegro (re mayor)

Coro y todos los instrumentos

  1. Et in terra pax - Andante (si menor)

Coro, cuerdas y bajo continuo

  1. Laudamus te - Allegro (sol mayor)

2 sopranos, cuerdas y bajo continuo

  1. Gratias agimus tibi - Adagio (sol mayor)

Coro, cuerdas y bajo continuo

  1. Propter magnam gloriam - Allegro (mi menor)

Coro, cuerdas y bajo continuo

  1. Domine Deus Rex celesti - Largo (do mayor)

Soprano, violín, oboe y bajo continuo

  1. Domine Fili unigenite - Allegro (fa mayor)

Coro, cuerdas y bajo continuo

  1. Domine Deus - Adagio (re menor)

Contralto, coro, cuerdas y bajo continuo

  1. Qui tollis peccata mundi - Adagio (do mayor)

Coro, cuerdas y bajo continuo

  1. Qui sedes ad dexteram Patris - Allegro (si menor)

Contralto, cuerdas y bajo continuo

  1. Quoniam tu solus sanctus - Allegro (re mayor)

Coro, trompeta, oboe, cuerdas y bajo continuo

  1. Cum Sancto Spiritu - Allegro (do mayor)

Coro, trompeta, oboe, cuerdas y bajo continuo 


El primer movimiento («Gloria in excelsis Deo»), una de las piezas más famosas de la literatura musical barroca, con sus octavas repetidas, muestra una característica específica de Antonio Vivaldi: la de ser capaz de desarrollar energía a partir de células absolutamente elementales que, precisamente en esa simplicidad, encuentran su razón de ser musical y estructural.


El segundo movimiento («Et in terra pax hominibus») se caracteriza por un diseño armónico poco predecible; en el estilo del fugato, el proceso de modulación se lleva a cabo a través de recorridos casi elaborados, produciendo efectos de gran interés.

 

El tercer movimiento («Laudamus te») se confía a las dos voces solistas que se remiten mutuamente el tema, a veces repitiéndolo tal cual, a veces variándolo.

 

El cuarto movimiento («Gratias agimus tibi») es una pieza muy breve de solo seis compases: se compone de una sucesión de acordes con la función de introducir la pieza siguiente.

 

El quinto movimiento («Propter magnam gloriam») es una fuga típica; la inician las sopranos, seguidas por las contraltos, los tenores y los bajos; más adelante, en la segunda sección, el orden de las entradas es simétricamente contrario: bajos, tenores, contraltos, sopranos.

 

El sexto movimiento («Domine Deus») se caracteriza por el tempo siciliano, con ese ritmo tranquilo y arrullador típico de este género; la solista expone una amplia melodía con desarrollos y variaciones, pero destaca sobre todo el papel del oboe solista, que confirma el carácter pastoral de la pieza (no hay una motivación relacionada con el texto, y aquí sale a relucir otra peculiaridad del estilo vivaldiano, es decir, la de interpretar espléndidamente la palabra pero, después de presentarla, desarrollar los motivos de forma independiente del significado de las propias palabras, dejando siempre traslucir esa especial inclinación hacia la música instrumental).

 

El séptimo movimiento («Domine Fili Unigenite»), confiado al coro, se caracteriza por el ritmo punteado obsesivo y las vocalizaciones fuertemente acentuadas: también aquí es difícil encontrar una relación entre el significado de la palabra y la composición musical, lo que confirma una vez más la impresión de que este Gloria es una especie de concierto instrumental confiado a las voces.

 

El octavo movimiento («Domine Deus Agnus Dei») tiene un tono introvertido y reflexivo; el violonchelo tiene un papel dominante y anticipa las intervenciones de la voz solista intercaladas con intervenciones del coro que musicalmente funcionan como acordes.

 

El texto del noveno movimiento («Qui tollis peccata mundi») ya se había expuesto, en su primera semifrase, en el fragmento anterior, cuando el coro se alternaba con la solista. Ahora retoma las mismas palabras, pero las concluye con la frase «suscipe deprecationem nostram». La pieza se divide en dos partes: en la primera, de solo siete compases en tempo de Adagio, hay acordes lentos y solemnes; en la segunda parte, sobre las palabras «suscipe deprecationem nostram», persiste el movimiento homofónico, pero en tempo de alegro.

 

El décimo movimiento («Qui sedes ad dexteram patris») está confiado a una solista; toda la pieza se desarrolla en una alternancia de intervenciones solistas y orquestales.

 

En cuanto al undécimo movimiento («Quoniam tu solus Sanctus»), se trata de la repetición del tema del principio («Gloria»), pero en versión abreviada.

 

El duodécimo movimiento («Cum Sancto Spiritu») es una fuga clásica cuyo tema (se denominan tema y contratema al primero y al segundo de los temas que constituyen la estructura de una fuga) está claramente caracterizado melódicamente, mientras que el relativo contratema, basado como era habitual en valores más breves, se contrapone a él de forma muy visible. 

Antonio Vivaldi no fue el primer compositor italiano en incorporar recitativos y arias de ópera a la música de la Iglesia católica, pero este Gloria es una prueba del poder expresivo que la ópera podía otorgar a la experiencia religiosa. 

Entre las muchas grabaciones que se pueden encontrar he escogido ésta. Espero que disfrutes de esta música: https://www.youtube.com/watch?v=5v3W3QQY6n4&list=RD5v3W3QQY6n4&start_radio=1 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Desahuciados en vida!

¡Desahuciados en vida! Hace unos meses publicaba en mi blog esta reflexión: “ ¡A la calle! Desahucios y desalojos… la fuerza y el castigo de...