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lunes, 31 de agosto de 2026

Responsabilidad cristiana.

Responsabilidad cristiana

En nuestra época, hablar de responsabilidad ética a la luz del Evangelio significa evitar dos reducciones opuestas, pero igualmente engañosas.

 

Yo diría la de una fe «anestesiada», reducida a un calmante, a un bálsamo que promete consuelo futuro sin incidir en el presente. Y diría, también, la de una religión reducida a mera operatividad, valorada únicamente por su capacidad de intervenir en lo social (educación, sanidad, inmigración, caridad organizada…).

 

La primera corre el riesgo de someter el mensaje evangélico a un poder que lo utiliza para mantener el statu quo, transformándolo en un Evangelio que no perturba, no provoca, no libera.

 

Pero también la segunda, más sutil, vacía a la fe de su núcleo vital: el mundo del trabajo social exige hoy a la Iglesia más acción que Espíritu, más presencia concreta que visión trascendente.

 

El cristianismo no puede ni debe reducirse ni a ideología ni a servicio, porque es increíblemente más que eso.

 

No es solo una promesa futura, ni únicamente una ONG comprometida con lo social.

 

En su esencia, une el cielo y la tierra, la acción y la contemplación, la liberación material y la salvación espiritual, en un equilibrio muy delicado.

 

Escribe San Pablo: «Que el Dios de la paz os santifique por completo, y que todo vuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— se conserve irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5,23).

 

Es esta visión integral del hombre y de la historia la que propone el Evangelio: una fe que actúa en el presente, pero que nunca pierde de vista la eternidad; que se convierte en caridad concreta, pero siempre arraigada en la verdad y en la gracia.


Me doy cuenta, al tener la suerte de dialogar con quienes tienen más experiencia que yo podemos caer en el error de simplificar el mensaje evangélico para que se adapte a nuestro punto de vista. Aunque la intención no sea maliciosa, el resultado es arriesgado.

 

La nuestra, en más de una ocasión, puede ser una instrumentalización de la Palabra, realizada desde una perspectiva. Y el resultado acaba siendo el de una desnaturalización engañosa del mensaje evangélico.

 

Incluso una Iglesia que se limita a hacer el bien, reducida a una ONG, puede acabar, sin darse cuenta, sirviendo a un sistema injusto. Puede convertirse en un instrumento de un orden que acepta la pobreza siempre que esté controlada, y el sufrimiento siempre que se silencie. Se curan las heridas, pero no se abordan las causas. E incluso las buenas obras pueden convertirse en una forma de anestesia.

 

La cuestión es que Jesús no se limita a consolar: su acción en la historia es profunda e intrínsecamente liberadora.

 

Y sus palabras, sobre todo las más duras, siguen siendo piedras vivas que nos invitan a servir a lo eterno a través de lo mundano —a estar en el mundo, desde las calles hasta las salas del poder, con el reto de no pertenecer a él—.

 

Las bienaventuranzas de las que habla Jesús son el movimiento vertical hacia lo eterno: la referencia a la justicia de Dios, a la dulce promesa que supera la medida de nuestro actuar falaz. Las maldiciones opuestas —tal y como aparecen en el Evangelio de Lucas— son el movimiento horizontal: nos llaman a la acción concreta, a la responsabilidad de tomar posición en la historia.

 

La tensión entre verticalidad y horizontalidad queda simbolizada a la perfección por la cruz.

 

Mucho más que un mero signo religioso, la cruz es la figura teológica en la que se encuentran el cielo y la tierra, lo inmenso y lo finito.

 

El eje vertical indica la apertura al Padre y la confianza en su justicia; el eje horizontal es el abrazo a toda la humanidad, con sus alegrías y sus desgracias.

 

Sin la verticalidad, la horizontalidad se reduce a un activismo vertiginosamente agitado que se persigue a sí mismo, pero sin rumbo. Sin horizontalidad, la verticalidad se convierte en un espiritualismo evanescente, ajeno a la carne del mundo.


Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, encarna la Cruz. Es el Verbo Eterno y, al mismo tiempo, el Hijo del Hombre; la mejilla ofrecida al agresor y la mesa volcada; la mirada dirigida al cielo y las manos sumergidas en el polvo de las calles; es el amor universal y la concreción de un hombre que toca, sana, llora y sufre.

 

En el Cristo crucificado, el horizonte divino y el humano se cruzan de manera definitiva y perfecta.

 

La cruz se convierte así en el lugar donde Dios se deja tocar, el punto en el que el Infinito entra en la historia.

 

El Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros (Jn 1,14)

 

No es casualidad que Jesús se encarnara entre los pobres. Si hubiera nacido entre los más ricos y poderosos, difícilmente habríamos podido captar la profundidad de su humanidad.

 

La riqueza protege, aísla, distorsiona la mirada y sacia el hambre y la sed. La pobreza, en cambio, revela, abre, involucra.

 

La pobreza, tanto material como del corazón, de las relaciones y de las certezas, crea un espacio de espera, de vulnerabilidad, de silencio. Es ahí donde Dios decide entrar, llamando a una puerta que nos corresponde a nosotros abrir.

 

Porque el Evangelio no se impone desde arriba, sino que se deja acoger por quienes tienen hambre y sed de Dios.

 

Isaías lo había profetizado con palabras sorprendentes: «No tiene aspecto ni belleza que atraiga nuestra mirada» (Is 53,2). El Mesías no es reconocible por su belleza física, ni por su rango social: es reconocible porque comparte las heridas del hombre, y es precisamente este compartir lo que permite a la humanidad reconocer en él el rostro de Dios.

 

Esta es la pobreza que revela: aquella que nos obliga a dejar de fingir autosuficiencia. Revela porque nos libera de la necesidad de aparentar. Abre porque derriba las barreras del orgullo. Involucra porque nos obliga a reconocer en el otro, frágil como nosotros, una parte de nosotros mismos. Y precisamente en esta desnudez del encuentro, se abre paso el rostro de Dios.


Ante Dios debemos ser como niños, completamente dependientes de los padres/madres para nuestras necesidades más vitales; solo así podemos revestirnos verdaderamente de mansedumbre, que es la virtud de los fuertes, pues nos permite renunciar al ego y secundar la fuerza que viene de lo eterno.

 

En el fondo, la pobreza evangélica no es un ideal social, sino un camino espiritual: nos enseña a saber recibir y a confiar. A encontrarnos con Dios no en el poder orgulloso, sino en el compartir gozoso. No en la fuerza prepotente, sino en el amor humilde que se rebaja.

 

Jesús no eligió a los pobres por ideología, sino porque solo quien sabe que tiene necesidad está dispuesto a dejarse salvar.

 

Dios no ha elegido el camino de la gloria perfecta, que ya le pertenecía, sino el camino de la imperfección humana, de la existencia herida. Y precisamente allí, donde todo parece faltar, se revela la perfección de su amor.

 

La responsabilidad ética del cristiano nace de esta mirada: ver en cada fragilidad una llamada, en cada pobreza un lugar teológico, en cada dolor una ocasión para encarnar la justicia del Reino, caminando por una cuerda tensada entre la acción y la contemplación, entre el misticismo y la presencia en el mundo.

 

El Evangelio nos regala una mirada vertical capaz de convertirse en acción horizontal, porque la cruz hace posible lo imposible.

 

Y solo en el punto en el que se entrelazan la responsabilidad humana y la justicia divina podemos encontrar el Reino que viene —y que comienza aquí, ahora, en nuestras decisiones cotidianas—.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 24 de agosto de 2026

Esa falsa conciencia apocalíptica.

Esa falsa conciencia apocalíptica 

Para empezar, la problemática del Apocalipsis tiene su miga. Y me explico. 

No existe en la cultura griega clásica. 

Los estoicos hablan de «ekpyrosis», de un Fuego universal que lo incinera todo, pero luego el mundo renace, según el esquema cíclico de los griegos. 

En las culturas de inspiración confuciana, hindú o budista no hay rastro alguno de ello: si este mundo acaba, nace otro. 

¿De dónde surge hoy esa conciencia apocalíptica que impregna las decisiones privadas y públicas de millones de personas? 

El mundo del Occidente colectivo ya no domina el planeta. Los imperios occidentales —el español, el portugués, el neerlandés, el británico, el francés, el alemán y, hoy en día, el estadounidense— han agotado su ciclo de dominio desde el siglo XVI en adelante. 

Hasta aquí, nada históricamente anómalo: las sociedades, las naciones y los imperios crecen y decaen. Su duración se cuenta en siglos y milenios; nuestra historia personal dura un suspiro. 

El fin del mundo se entrelaza con la categoría judeocristiana de la esperanza. Seguramente el virus de la esperanza fue introducido en el pensamiento político de Occidente por el judaísmo y el cristianismo. 

Y esto ha trastocado la concepción greco-clásica de la historia como una repetición cíclica de acontecimientos. 

Según la filosofía cíclica, no tiene sentido esperar una mejora irreversible de la propia condición histórica. Si no esperas, tampoco te desesperas. Te abandonas a los acontecimientos o intentas contrarrestarlos, pero sin ilusiones. 

La esperanza sería la verdadera enfermedad de Occidente. Hoy en día, Occidente está «en declive», y por lo tanto disminuyen las esperanzas occidentales y, en consecuencia, crece el miedo al futuro. 

En realidad, los biblistas nos informan de que «apocalipsis» deriva del griego antiguo - ἀποκάλυψις -, que significa «revelación». Tiene el significado de profecía, no como una previsión amenazadora del futuro, sino como el desvelamiento de un presente ya «redimido». 

El Apocalipsis, escrito en Patmos por San Juan —quizá el apóstol, quizá otro—, no es un libro que predique la ruina, sino un libro de esperanza. 

El libro nos habla en el lenguaje metafórico e imaginativo de los cuatro grupos de siete, de las siete cartas a las siete iglesias, de los siete sellos, de las siete trompetas, de los siete azotes que brotan de las siete copas de la ira de Dios, de los cuatro jinetes, pero no promete la realización en esta tierra de un reino de mil años ni amenaza con ninguna catástrofe. 

¿Cómo ha sucedido que, tras Patmos, la esperanza se haya transformado en utopía, en milenarismo y en catastrofismo? 

Ha sido la secularización de la esperanza la que ha contribuido a distorsionar la idea del Apocalipsis. 

Por un lado, la esperanza se ha transformado en la ideología de un progreso sin fin, ya sea evolutivo-lineal o mediante una ruptura revolucionaria. El límite, el mal, lo negativo, la violencia y la ferocidad animal del homo sapiens se consideran redimibles mediante el desarrollo económico, la ciencia y la tecnología, el proletariado y la nación... Y han sido expulsados de nuestra conciencia histórica como imperfecciones provisionales. 

En realidad, nunca habían desaparecido ni de la historia colectiva ni de la biografía de los individuos. El descubrimiento de que en la historia humana existen el mal, la violencia y el enemigo parece estar dando un vuelco al panorama intelectual de Occidente. 

Hay quien hizo este dramático «descubrimiento» por ejemplo después de que las Torres Gemelas fueran devoradas el 11 de septiembre de 2001 por una «ekpyrosis» infernal. Aquel 11 de septiembre, y todo lo que vino después, han confirmado que el Occidente histórico, el del progreso infinito, ya no dicta la agenda del mundo. Por lo tanto, como tal, está llegando a su fin. Así, el fin de un mundo se está convirtiendo en el fin del mundo, según la expresión del Papa Francisco. 

En este contexto aparece en escena el apocalipsis, entendido en el sentido de una catástrofe sin salvación. ¿Cómo escapar del destino apocalíptico? Es necesario identificar un Katechon, capaz de derrotar al Anticristo que se avecina. 

Hay quien dice que el Katechon es la tecnología llevada al máximo de su potencial. O, por ejemplo, si la democracia es un estorbo… deshagámonos de ella. Esto y más, con tal de defender la libertad, que es el principio constitutivo de Occidente. Para algunos, el «katechon» es el propio Donald Trump… 

«El Apocalipsis» se está convirtiendo en una ideología improvisada, exegéticamente infundada, que solo sirve para expresar la angustia por el declive del Imperio. 

El bipolarismo geopolítico ha llegado a su fin y los intentos de monopolio imperialista han fracasado. 

Construir un nuevo orden multipolar concertado parece ser la tarea necesaria. 

Y tal vez, en este sentido, la apocalíptica es aquella falsa conciencia que encubre la negativa a pensar o construir un nuevo orden mundial. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 19 de agosto de 2026

Espacios de humanidad.

Espacios de humanidad 

«En un mundo incomprensible y en constante cambio, las masas habían llegado al punto de creer simultáneamente en todo y en nada, de pensar que todo era posible y que nada era verdad». 

Son palabras de Hannah Arendt, en su obra clásica sobre el sistema totalitario. Son palabras que pueden ilustrar tal vez una parte del clima actual de nuestra sociedad. 

Por un lado, anuncios futuristas sobre una sociedad digital que nos garantizaría, en el marco de una globalización feliz, un futuro maravilloso. 

Por otro, personas elegidas en los parlamentos políticos que se lanzan mutuos reproches por escándalos de todo tipo, guiándose por las encuestas que les sirven de brújula. 

Esta yuxtaposición de un mundo en el que el progreso técnico hace creer que «todo es posible» y de una clase política que deja cada vez más al ciudadano con el sabor amargo de que «nada es verdad» contribuye a la crisis de la convivencia. 

¿Cómo podría funcionar de otra manera una sociedad con un individualismo exacerbado y para la que la economía y las finanzas se han convertido en la medida de todas las cosas? 

Una sociedad no puede sobrevivir eternamente a este doble juego en el que Hanna Arendt ve el nacimiento del totalitarismo. De hecho, yuxtaponer el «todo es posible» y el «nada es verdad» conduce al «todo está permitido». 

Ante este riesgo, ya no basta con invocar el bien común, la ciudadanía y la famosa modernización. Hay que comprometerse en un trabajo crítico sobre las llamadas evidencias que nos impiden pensar en el arte de vivir en lo cotidiano. 

En las sociedades primitivas, el individuo venía definido por su matriz micro-social de origen. Se pertenecía a un pueblo, se profesaba la religión del propio clan, se ejercía el oficio de los padres, y las relaciones matrimoniales dejaban de lado las subjetividades para garantizar el fin primordial de la perpetuación del grupo. 

En esos universos, caracterizados por la escasez, las leyes de la hospitalidad y la solidaridad del clan eran condiciones de supervivencia. La solidez de esa solidaridad tenía como contrapartida la negación de la libertad individual. La supervivencia colectiva se imponía a todos. 

La historia de la modernidad está formada por «átomos sociales» que han roto con esa matriz sociológica primaria. 

Esta ruptura fue preparada por la evolución filosófica del pensamiento individual: en el ámbito religioso en Occidente, por Lutero y la Reforma; en el ámbito político, por la Ilustración; y en el ámbito económico, por la urbanización y la industrialización. 

El contrato de trabajo indefinido fue el instrumento jurídico que permitió a cada individuo existir al margen de su propio clan. Pero la desaparición de las formas tradicionales de regulación de la vida colectiva ha dejado a los individuos cada vez más sumidos en su soledad.

Y la urbanización, al igual que la gran industria, ha creado «las masas», un término que carecía de sentido en una sociedad tradicional. 

Dos «líneas maestras» han pretendido guiar a estas «masas»: el «socialismo científico» y el mercado. 

Ante la alienación de las masas urbanizadas, desarraigadas de su matriz original, algunos buscaron y encontraron una «ciencia» del desarrollo de las sociedades de tipo marxista como referente político. Bastaba con que un partido político portador de dicha ciencia tomara el poder, y se habría avanzado hacia el más dichoso de todos los porvenires. 

En cambio, hemos sufrido trágicas secuelas. 

El liberalismo ha confiado la gestión del individuo desarraigado a la «mano invisible» del mercado. Las crecientes fracturas sociales, los desastres humanitarios y ecológicos desmienten cada día la capacidad del mercado para hacer frente a las crisis actuales. 

Entonces, es grande la tentación de volver «al origen». Es el comienzo de todo integralismo, de todo nacionalismo, de todo fundamentalismo. 

Cuando uno ya no sabe adónde se va, cuando ya no se tienen proyectos, se corre el riesgo de caer en la tentación de la regresión. 

¿No habría que intentar pensar y actuar de un modo alternativo? 

En lugar de buscar aquello que hemos perdido, la tarea podría consistir en dar a luz un mundo nuevo. 

Si tantas personas descubren que están y que son, que nacen y que mueren «solas», como decía Blaise Pascal, ¿no habrá que crear oasis de humanidad y de fraternidad? 

Yo recuerdo que la pandemia nos pilló por sorpresa. No sé si a partir de aquello hemos aprendido o no a acostumbrarnos a que surja lo inesperado. 

Tantas veces no vivimos más que lo inesperado y la costumbre de las crisis. En nuestro mundo se despierta tantas veces la imaginación creativa, pero por otro también este mundo provoca miedos y retrocesos mentales. Buscamos la salvación providencial, pero no sabemos cómo. 

Y, sin embargo, hay que aprender que, en la historia, lo inesperado ocurre y vuelve a ocurrir. Creemos que vivimos de certezas, de estadísticas, de previsiones y de la idea de que todo es estable. 

Pero… muchas cosas han comenzado y siguen comenzando a entrar en crisis. A veces no nos damos cuenta. Y debemos aprender a vivir con la incertidumbre, es decir, con el valor de afrontar y estar preparados para resistir también a las fuerzas negativas. 

La crisis nos vuelve más locos y más sabios. Ambas cosas. La mayoría de la gente pierde la cabeza y otros se vuelven más lúcidos. La crisis favorece a las fuerzas más contrarias. 

Yo creo pertenecer al grupo de los que quisieran creer que sean las fuerzas creativas, las fuerzas lúcidas y aquellas que buscan un nuevo camino las que se impongan, aunque todavía estén muy dispersas y sean débiles. 

Podemos indignarnos con razón, pero no debemos encerrarnos en la indignación. 

Hay algo que olvidamos. Hace años, no me atrevo a cuantificar, ha comenzado en el mundo un proceso de degradación. La crisis de la democracia no se da solo en los países europeos… Predomina el beneficio ilimitado que lo controla todo en todos los países. Lo mismo ocurre con la crisis ecológica. 

La mente debe afrontar las crisis para dominarlas y superarlas. De lo contrario, somos sus víctimas. 

Hoy vemos cómo avanzan elementos del totalitarismo. Un totalitarismo que no tiene nada que ver con el del siglo pasado. Disponemos de todos los medios de vigilancia: drones, teléfonos móviles, reconocimiento facial... Y existen todos los medios para dar lugar a un totalitarismo de la vigilancia. 

El reto es impedir que estos elementos se unan para crear una sociedad totalitaria e inhabitable para nosotros. ¿Qué podemos desearnos? Podemos desearnos fuerza, valor y lucidez para no caer en la lógica terrible de la ley de la selva... Necesitamos crear y vivir en pequeños oasis de humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de agosto de 2026

En un mundo de ignorantes.

En un mundo de ignorantes 

Casandra lo sabe. Sabe que Troya caerá. Sabe que el caballo de madera esconde la ruina de la ciudad. Sabe que la catástrofe ya ha traspasado las murallas que los habitantes creen haber defendido. Y, sin embargo, nadie le cree. 

Desde hace siglos interpretamos esta historia como la de una profecía ignorada. Pero quizá Casandra habla de algo más inquietante. 

No de la ignorancia de quien no sabe, sino de la ignorancia de quien sabe y sigue creyendo lo contrario. 

Su tragedia, como tantas veces la nuestra, no nace de la falta de información. 

Todo se ha dicho, todo se ha mostrado, nada está oculto. 

Lo que falta es la capacidad de reconocer como cierto lo que se sabe. 

Es una situación que me resulta sorprendentemente familiar. 

A nuestra época le encanta considerarse como aquella que finalmente ha declarado la guerra a la ignorancia. 

Nunca antes los seres humanos habíamos tenido acceso a una cantidad tan vasta de información: cada pregunta parece encontrar una respuesta inmediata, cada incertidumbre, una laguna temporal que subsanar. 

Y, sin embargo, algo no cuadra. 

Nunca hemos sabido tanto y nunca nos hemos sentido tan a menudo incapaces de comprender el mundo en el que vivimos. 

La pandemia, las guerras, la crisis climática y la inteligencia artificial han puesto de manifiesto una paradoja inesperada: la acumulación de conocimiento no coincide con un aumento de la comprensión. 

Cuanto más sabemos, más crece lo que ignoramos. 

Tal vez ni seamos capaces de definir con exactitud qué es conocer… aunque tampoco la ignorancia se deja delimitar. 

Quizá porque la ignorancia no coincide con la ausencia de información: el problema nunca ha sido solo lo que sabemos, sino la relación con lo que sabemos. 

La cultura occidental ha concebido el saber como una frontera en avance —lo desconocido que retrocede, la razón que conquista—: una de las imágenes más poderosas de la Ilustración. 

Pero otras voces - la filosofía, la literatura,… - dicen otra cosa: el saber no avanza contra la ignorancia, nace de ella y se encuentra con ella como su propio límite. 

La ignorancia no coincide con la falta de información, sino con su gestión. 

En un mundo que pretende que todo sea calculable, el saber se reduce a una función administrativa: se recogen datos, se elaboran previsiones, se construyen modelos… 

Pero esta proliferación genera nuevas formas de ceguera ignorante. La ignorancia no se elimina: se incorpora a los dispositivos que pretenden gobernarla. 

Es verdad. Ojalá la nuestra fuera la ignorancia que hiciera posible el pensamiento, aquella que abriera un espacio para la investigación, para el deseo, para la invención... Ojalá ésta fuera nuestra ignorancia. 

En nuestra cultura occidental Sócrates es quizás el primero en comprenderlo: el «sólo sé que no sé nada» no es modestia, sino el descubrimiento de que el pensamiento nace de una carencia. 

No se busca lo que ya se posee; la pregunta solo es posible allí donde una certeza se desvanece. 

Ojalá la nuestra fuera aquella ignorancia docta de un tal Nicolás de Cusa. 

Pero me temo que, salvo honradas excepciones (y yo no soy una de ellas), no es así. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 15 de agosto de 2026

Tiempo al tiempo.

Tiempo al tiempo 

Miro lo que ocurre en el mundo y me convenzo de que, si la inteligencia humana se refleja en sus acciones… la inteligencia empieza a escasear, mientras que la estupidez, los egoísmos de aquellas prioridades nacionales y el desprecio por los derechos van viento en popa a toda vela… 

Hay una mala conciencia contemporánea: aquella de la anestesia moral de la costumbre. Multiplicado por mil, el dolor del individuo pierde su rostro y se convierte en estadística. El sufrimiento se reduce a ruido de fondo, mientras que la costumbre o la inercia se convierten en la etapa suprema de la deshumanización. La pérdida de humanidad es el verdadero drama de nuestro tiempo. Es la medida de nuestra decadencia ética. 

En las masacres del Mediterráneo o entre los escombros del genocidio en Gaza, o en… el horror compartido anula la singularidad del drama. 

Contemplamos a la multitud que se agolpa contra las vallas de Ceuta, pero no percibimos la desesperación humana, la mujer desplomada o el niño que llora. Vemos cifras, no personas. Es aquella deshumanización indispensable para tolerar lo intolerable. 

La palabra clandestino se utiliza en el discurso público para infundir miedo, evocar amenazas y ocultar rostros. La humanidad en fuga se convierte en «humanidad excedente», aquella que hay que descartar, por decirlo con el Papa Francisco en Fratelli tutti, un llamamiento que hoy no se escucha. 

También el Papa León XIV tiene palabras de fuego contra la deshumanización de la política, pero apenas encuentra eco. 

En este vacío ético echa raíces el virus del soberanismo. La idea de Nación (prioridad nacional y análogos y sinónimos…) se ha transformado en un instrumento para sembrar el odio, un tótem identitario que lanzar contra el extranjero. 

Es la miseria política de los patriotas al mando: un Estado contra otro, una persona contra otra, una frontera moral contra el vecino. Cuando los derechos dejan de ser universales y se vinculan a la ciudadanía o a la fuerza, el derecho se reduce a privilegio. Y el privilegio exige muros. Así es como se está matando a Europa. 

Ante esta locura identitaria, la realidad es más sencilla: la vida es un cruce de culturas, una identidad formada por estratificaciones y migraciones. 

Podemos y debemos acoger sin perder nuestra identidad, porque la acogida no destruye nuestra sociedad, sino que la hace más humana. 

Pero Europa hace lo contrario: cede al miedo, vuelve a abrir la puerta a los viejos nacionalismos identitarios y corre el riesgo de acabar a merced de las derechas más groseras. 

Los migrantes son los invisibles que ponen al descubierto este devastador dislate. Con su presencia, hacen patentes las abismales desigualdades de la globalización: económicas, sociales, políticas y medioambientales. Son el espejo incómodo de nuestra mala conciencia.

Y es aquí donde se forja la ideología de la nueva derecha: convierte la solidaridad en delito. Hoy en día, cualquiera que intente humanizar a estos cuerpos extraños, los migrantes, y reivindique el derecho a la libre circulación para una vida digna es tachado de peligroso subversivo. 

La compasión se convierte en culpa, el derecho internacional en un obstáculo. 

En este clima se produce la erosión de la democracia. Su fuerza no reside en el conformismo impuesto ni en la paz garantizada por el miedo, sino en la capacidad de gestionar la complejidad a través del choque pacífico de ideas. Cuando las derechas sustituyen el debate por el culto a la frontera, la democracia pierde su savia vital. 

Las próximas citas electorales serán una prueba de fuego decisiva para nuestro futuro. Nos dirán si encontraremos el valor para defender nuestros valores fundacionales o si nos deslizaremos definitivamente hacia el oscurantismo soberanista que, como nos enseña la memoria, nunca ha sido defensor de la convivencia pacífica. 

Entonces, no antes, sabré si estas líneas están dictadas por un exceso de pesimismo o por una visión cruda e inevitable de la realidad. 

Pero una cosa parece ya muy clara: la deshumanización del otro siempre acaba deshumanizando a quien la practica… y a quien la tolera. 

Si la indiferencia sigue imponiéndose, la primera víctima real de la caída seremos nosotros. 

Tiempo al tiempo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 24 de julio de 2026

La parábola de la cabeza gacha.

La parábola de la cabeza gacha 

Una imagen que capta por un instante con el rabillo del ojo, y de la que es imposible apartar la mirada. 

Ella tiene la cabeza gacha, la mirada fija en la tarjeta de colores; hay cuadraditos, números, estrellitas; predominan el amarillo y el rojo. No puede esperar y se apoya en un cubo de basura que han dejado allí a la espera de ser vaciado, justo al lado de la puerta del estanco. Todo el deseo del mundo concentrado en una fina capa plateada que hay que rascar rápidamente, para ver si la suerte está de nuestro lado. La moda ha dotado a quienes la siguen de unas uñitas de colores afiladas, perfectas para este fin, y se ve por ahí a gente rascando con las uñas, pero la persona a la que ha visto no tiene las uñas cuidadas, ni tampoco el pelo ni la ropa. Utiliza una simple moneda. 

Otra imagen. Una joven camina por una acera de la ciudad, con la cabeza gacha y la mirada fija en el móvil. De repente, se detiene en seco y teclea algo. El señor que camina detrás de ella, a pocos pasos, choca contra ella. Él también tenía la cabeza agachada sobre el móvil, aunque en ese momento no tenía nada que escribir. Se enfrentan con palabras mordaces. Se alejan enfadados, van en la misma dirección, la distancia entre ellos se alarga solo un poco, pero si uno de los dos no levanta la vista, volverá a ocurrir. 

La cabeza gacha es una realidad y, al mismo tiempo, una metáfora de gran parte de nuestra vida. 

También está la cabeza gacha de los trabajadores sometidos a chantaje. Quien la levanta, es arrinconado, alejado, despedido… La precariedad crónica legaliza el chantaje, y ser siervos ya casi no es motivo de escándalo. Es más, en un momento dado, las redes sociales lanzan coros furiosos contra quienes denuncian la explotación: que se curtan la piel, que sepan lo que es la vida, los jóvenes están llenos de pretensiones, no saben lo que es el sacrificio,…, escriben en los comentarios. 

Pero la dignidad se aprende si se reconoce socialmente; la benevolencia, la curiosidad hacia las personas, la generosidad y el propio sacrificio se aprenden, por así decirlo, al haberlos visto en la práctica y haberlos experimentado en primera persona. Nos van moldeando poco a poco. 

La cabeza gacha con la que vivimos nuestros días es la normalización de tantas formas de esclavitud a las que nos enfrentamos sin vigor, como si hubiéramos dejado de creer que podemos actuar en contra. 

Y es que, en realidad, los cristianos somos hermanos nacidos del anuncio de la libertad más radical que se pueda imaginar. La libertad de la esclavitud del miedo y de la muerte. 

La Biblia contiene páginas preciosas que expresan el encanto que nos sorprende cuando levantamos la cabeza: desde el salmo 121, casi al principio de la historia de la salvación, «Alzo los ojos hacia los montes: / ¿de dónde vendrá mi ayuda? / Mi ayuda viene del Señor, / que hizo el cielo y la tierra», hasta el pasaje del Evangelio de Lucas 21, que habla del fin de los tiempos: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, levantaos y alzad la cabeza, porque vuestra salvación está cerca». 

Debemos decirnos a nosotros mismos que levantar la cabeza y la mirada es libertad. Es Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 17 de julio de 2026

De una identidad obsesionada.

De una identidad obsesionada 

Uno de los pilares lógicos de cierta ideología política se resume en un dogma pretendidamente indiscutible: la inmigración masiva sería un cataclismo para los pueblos. 

Lástima que la realidad, esa realidad obstinada a la que le da igual la propaganda, cuente una historia diametralmente opuesta. 

Las cifras hablan claras: y, sin embargo, se sigue vociferando que hay una invasión que «compromete la identidad nacional». ¿Pero qué identidad? ¿La estática y polvorienta de un museo abandonado de arqueología? 

La identidad de un pueblo es un organismo vivo que se enriquece con el encuentro. Encerrarse en sí mismo solo significa condenarse a la atrofia cultural y al envejecimiento prematuro. 

Porque hay millones de inmigrantes que no están «sustituyendo» a nadie, sino que, literalmente, mantienen a flote el sistema. Sí, millones de trabajadores, miles de empresas y millones de euros en cotizaciones netas pagadas al Estado. 

Un sistema de bienestar que no se derrumba: A fin de cuentas, la balanza entre lo que el Estado gasta en acogida y lo que ingresa gracias a los migrantes presenta un amplio superávit. 

Y no hablemos de guardería y colegios. Sin los miles de alumnos de origen extranjero, miles de aulas ya habrían cerrado sus puertas debido a nuestro invierno demográfico. 

Y hay quien alude a que esta inmigración masiva supone una traición a los valores. También a los valores cristianos. 

Pero a este respeto hay una contradicción difícil de ignorar. 

Quienes invocan las raíces cristianas de Europa para atacar a la inmigración acaban alejándose de una parte significativa del magisterio católico contemporáneo. 

Y es que los Papas de las últimas décadas, desde Juan Pablo II hasta Benedicto XVI, pasando por Francisco y León XIV, han recordado en repetidas ocasiones que las migraciones son una realidad que hay que acompañar con humanidad y responsabilidad, protegiendo la dignidad de las personas sin renunciar a la legalidad. 

Reducir al migrante a una amenaza permanente significa adoptar una perspectiva que difícilmente encuentra fundamento en esa enseñanza cristiana y católica. 

Los discursos de «prioridad nacional», y análogos, no son más que un intento nostálgico y peligroso de invertir el curso de la historia. 

A Dios gracias la soberanía pertenece al pueblo, y el pueblo cambia, evoluciona y se regenera también a través de quienes eligen este estado como su nuevo hogar. 

El resto no es más que propaganda impregnada de miedo, buena para arañar algunos votos, pero pésima para gobernar el futuro. 

Porque en este tema de los inmigrantes, como en tantos y tantos otros temas, es necesario distinguir entre la realidad y la percepción. En los últimos años me ha tocado darme más cuenta, en Vic (Barcelona), que entre lo que se percibe y lo real se interpone la retórica del miedo. 

Que, en algunos casos muy concretos, se convierte, abiertamente, en la “fábrica del miedo”. 

En funcionamiento permanente y que ha construido un discurso que, en muchas ocasiones, ha alimentado y alimenta la xenofobia de una parte —a veces considerable—. 

No hace falta mucho. Y se alimenta de frases efectistas. «Los inmigrantes llegan en número cada vez mayor a nuestras costas, quitando trabajo y recursos del sistema de bienestar social». «Todos son africanos y musulmanes». «La mayoría de los delitos los cometen extranjeros que, no por casualidad, llenan “nuestras” cárceles». 

Y así sucesivamente. 

Sí, la realidad de la inmigración es compleja y, desde luego, no es fácil de abordar. El fenómeno es cada vez más estructural y no coyuntural, pero —por el bien de todos y, sobre todo, por la verdad— se hace necesario razonar a partir de datos concretos. 

Porque el problema es realmente grave y sencillo: inmigrantes: entre realidad y percepción. 

Y los problemas —que nadie ignora— no se resuelven apelando a los instintos de la gente. Y es bueno recordarlo cuando asistimos a ciertas peroratas identitarias. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...