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martes, 8 de julio de 2025

El caso Rupnik… ¿arte o vida?: mi aproximación a la relación entre arte y moral.

El caso Rupnik… ¿arte o vida?: mi aproximación a la relación entre arte y moral 

Después de que se ha calmado, al menos un poco, el justo revuelo y el merecido escándalo sobre el «caso Rupnik», a la espera de tener una visión más clara no solo de lo que ha sucedido, sino también de lo que sucederá y de lo que el ex jesuita esloveno está haciendo o dejando de hacer -tras la excomunión de 2020 y su remisión, y tras ser expulsado de la Compañía en 2023 por «desobediencia»-, me gustaría intentar razonar con calma sobre la conveniencia o no de exponer sus obras artísticas, tratando de ir más allá del mérito de los abusos cometidos por Rupnik. 

La cuestión que me planteo es: ¿qué hacer con los cientos de obras realizadas por Rupnik? ¿Retirarlas, cubrirlas, dejarlas como están? 

El tema es, en sí mismo, un tema ya clásico: ¿qué relación hay entre el arte y la moral? ¿Y cómo se vincula este nexo con el caso Rupnik? 

Sabemos que, por un lado, hay quienes consideran que hay que proceder como si nada hubiera pasado, recordando los casos de Miguel Ángel, Caravaggio, etc., para quienes el arte es válido más allá de la moral. Por otro lado, están aquellos que, a veces cayendo en un poco de moralismo, están a favor de la eliminación completa (suele ser curioso señalar que quienes abogan por la eliminación son a veces aquellos que luchan contra la llamada «cultura de la cancelación», pero eso es otro tema). 

La relación entre estética y ética se ha debatido durante siglos, igualmente con una gran variedad de posiciones. Y no se puede identificar un camino correcto, ya que el abanico de respuestas es muy amplio, sobre todo porque en la modernidad se ha ido afianzando la idea de la autonomía del arte y del gusto estético. Por lo tanto, cada persona puede tener su propia opinión sobre el vínculo entre el arte y la moral. 

Por mi parte, quizá haya encontrado una respuesta provisional en un texto muy fértil y rico, cuya lectura recomiendo: se trata de Arte y moral, de Tzvetan Todorov, que luego pasó a componer la segunda parte de un libro-joya, El arte o la vida. El caso Rembrandt. En él, el gran crítico literario y filósofo franco-búlgaro trata, con agudeza y síntesis, la cuestión moral en el arte y en la vida de Rembrandt, y luego el lector encuentra esa valiosa lección que es, precisamente, Arte y moral, donde el autor repasa los términos del debate, desde la antigüedad hasta el siglo XXI. 

Ahora bien, Rembrandt fue un genio absoluto y, sin embargo, también fue un hombre moralmente miserable, como sabe cualquiera que haya tenido alguna noticia biográfica del artista holandés. Pero ¿nos impide esto conmovernos ante El regreso del hijo pródigo (sobre el que también escribió intensas meditaciones Henri Nouwen), o incluso rezar? Por supuesto que no. 

Creo que Todorov capta muy bien el tema en cuestión: 

«A un artista, en el momento de la creación, le pedimos que demuestre ciertas cualidades, y no pensamos en la amabilidad (hacia los personajes u otros miembros de la especie humana), ni en la benevolencia, ni en la generosidad, ni en la voluntad de proteger. Preferimos, en cambio, que sea despiadado —con él mismo y con la humanidad— para ir más allá de sus predecesores en la búsqueda de una verdad nueva y más profunda del ser humano, para ampliar los límites de lo que conocemos. Es esta verdad la que en el arte llamamos «belleza». De los grandes pintores no esperamos una prueba de su virtud ni una condena de los vicios ajenos, sino la capacidad de comprender y hacernos comprender al ser humano, a los ladrones y a los asesinos, como a los santos y a los héroes». 

Y en cuanto al pintor holandés, Todorov escribe: 

«Rembrandt pertenece a esta misma estirpe de artistas para quienes el río de la vida se divide en dos ramas que no se comunican entre sí. El pintor es sensible a la humanidad de todos, desde el dios crucificado hasta el niño que aprende a caminar; por su parte, los seres que lo rodean están al servicio de la creación y del creador». 

¿Absolver, pues, al hombre Rembrandt? No es eso lo que sostiene Todorov. Sin duda, sigue existiendo una distancia con respecto a lo que hizo desde el punto de vista ético, pero a Rembrandt no le pedimos coherencia en su vida, le pedimos belleza —que alimente nuestra vida, también desde el punto de vista íntimo— y una mirada sobre el ser humano —que nos ayude a comprender mejor la vida. 

Tanto es así que Todorov escribe en Arte y moral: 

«El creador da lo mejor de sí mismo en la obra que realiza, no hay que buscar la misma intensidad en el resto de su existencia. La humanidad que emana de los cuadros de Rembrandt no está presente en las relaciones del pintor con sus compañeras. A menudo, esta disparidad se refleja también en la obra: el mensaje que transmite la calidad de la ejecución va más allá o contradice lo que el autor pone deliberadamente en boca de sus personajes». 

En definitiva, ningún artista parece estar a la altura de su obra, y hay casos en los que esto es evidente: Rembrandt, Caravaggio, …, pero los ejemplos podrían ser muchos. ¿Quién está realmente a la altura de sus ideas sobre el mundo y la vida? 

Volviendo al caso Rupnik, si intento adaptar los criterios de Todorov, que me parecen razonables, está claro que su conducta en la vida no está a la altura del arte que ha expresado. Aquí, sin embargo, el agravante, por así decirlo, es que se trata de «arte sacro» y que el artista es un religioso (pero esto tampoco es una absoluta novedad en la historia). 

Quizás el 'quid' de la cuestión sea otro, y tenga que ver con la contemporaneidad del asunto, su estrecha actualidad, la coexistencia en el tiempo presente de «víctimas y verdugos», cosas que deben hacernos tomar partido por la verdad en primer lugar, y por lo tanto por quienes han sufrido la violencia: desde un punto de vista moral, no habría duda. Y tal es, de hecho, una respuesta ética. 

Pero ¿qué hacer con los cientos de mosaicos del artista esloveno? ¿Qué respuesta estética y hermenéutica dar? 

Creo que habrá que aplicar el sabio criterio de la prudencia y la claridad (que evita los equívocos), por lo que es muy conveniente evitar la difusión amplia de las imágenes de Rupnik en los instrumentos formativos, en los canales informativos cuyo tema es principalmente religioso y moral, en los subsidios de oración, porque no debe transmitirse el mensaje de que el uso de esas imágenes justifica la ética del autor. Del mismo modo, deberán evitarse las citas de sus libros en los que trata cuestiones de la vida afectiva o religiosa. 

Es el respeto sagrado por las víctimas lo que exige esta prudencia, es la necesaria protección de los débiles lo que exige claridad. Y esto hasta que el paso del tiempo haya «desactivado» el escándalo en el espectador, de modo que, solamente tal vez y mucho tiempo después, el espectador pueda acercarse serenamente a esas imágenes sin sentir ya un rechazo interior, como ocurre hoy con las obras de artistas y escritores de siglos atrás. Es el criterio del tiempo el que nos permite leer, observar, admirar una obra sin sentir el peso de la biografía del artista. Pero hoy en día, quien no se siente capaz de rezar ante una imagen creada por Rupnik, quien siente una oposición, tiene motivos para ello y, por lo tanto, no es conveniente ofrecer instrumentos con esas representaciones. 

¿Pero qué pasa con los mosaicos que se encuentran en iglesias, incluso de importancia capital y muy frecuentadas? También en este caso, será conveniente que no se detengan en esos lugares quienes encuentren una dificultad interior para estar allí. Pero quitar los mosaicos o cubrirlos no me parece el camino más adecuado; yo creo que es mejor no ocultar la dificultad, aclarar que esas imágenes pueden transmitir un buen significado del Misterio, aunque el autor no haya estado a la altura de lo que comunicaba, sugerir que no se está señalando al artista como modelo de vida, tal vez con explicaciones y notas sobriamente explicativas. 

Al menos hasta que, también aquí, el tiempo haya hecho su curso y se pueda observar un mosaico de Rupnik con la serenidad necesaria, sin perturbaciones interiores, como ocurre ante La vocación de San Mateo, de Caravaggio, o El anuncio a María, de Paul Claudel. 

Por último, dos notas me parecen obligatorias: la primera es que esos mosaicos son también fruto del taller de Rupnik, y esto no debe olvidarse; sin duda, Rupnik fue su inspirador artístico, elaboró su estilo y refundó una gramática estética reconocible. Pero también había un taller, cuyo trabajo debe respetarse en cualquier caso. 

La segunda nota se refiere a una modalidad eclesial que en el siglo XX, y también en el nuestro, no ha sido positiva, y se refiere a la transformación de un estilo artístico en el único (o casi único) estilo artístico del momento. 

Ante la gran dificultad de encontrar gramáticas estéticas adecuadas a la contemporaneidad, cuando se pensó en adoptar una eficaz, se abrazó hasta tal punto que se convirtió en una moda y saturó todos los espacios, excluyendo automáticamente otras vías. Así, el neo-bizantinismo de Rupnik se convirtió en la gramática figurativa de la Iglesia católica occidental durante treinta años, a la que había que buscar e imitar y proponer. 

Entonces vale la pena recordar que, frente a los enamoramientos artísticos (de cualquier rama del arte), siguen siendo legítimas otras vías de elaboración estética y de gusto, otras poéticas, otras formas de representación e interpretación del Misterio: si muchas son las vidas, si muchas son las sensibilidades, muchas son también las vías del arte. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de enero de 2025

Sin ética no hay estética… sobre el caso Marco Rupnik.

Sin ética no hay estética… sobre el caso Marco Rupnik 

El "caso Rupnik" trae consigo una enormidad de cuestiones, que van más allá de la persona que cometió lo que ha salido a la luz en los últimos meses y de las víctimas de sus actos. Ciertamente, el problema más cercano a los hechos en cuestión se refiere a toda esa red de encubrimientos, silencios, complicidades que ha permitido a Marko Rupnik llevar a cabo, sin ser molestado durante más de treinta años, graves actos de carácter sexual contra monjas y, al mismo tiempo, mostrarse como un maestro del arte litúrgico y de la espiritualidad, llamado a todas partes, incluso al Vaticano, para predicar retiros, ejercicios, dar conferencias. Una red que cada poco tiempo se enriquece con nuevos nombres, que hasta ahora siguen permaneciendo tranquilamente en sus puestos. 

También está la cuestión de la increíble cantidad de obras artísticas y libros que el jesuita ha producido a lo largo de todos estos años. Si se echa un vistazo a sus publicaciones, nos damos cuenta de que, en efecto, es difícil, si no imposible, preservar estos escritos de su autor. En efecto, se trata en su mayoría de escritos sobre espiritualidad. Por ejemplo, a ‘El examen de conciencia. Para vivir como redimidos’ o ‘El camino de la vocación cristiana. De resurrección en resurrección’. Títulos significativos de algunos de sus libros. Pensar que es un religioso que ha vivido constantemente en pecado grave, justificándolo "teológicamente", quien orienta sobre estos importantes aspectos de la vida cristiana, no puede dejar indiferente. No menos problemas plantea el libro dedicado a la vida religiosa, “De la experiencia a la sabiduría: profecía de la vida religiosa”. 

En cuanto a las obras artísticas, en particular la realización de mosaicos en las iglesias, la situación es aún, si cabe, incluso más compleja. Hay más de doscientas realizaciones, situadas principalmente en Europa, que afectan a lugares muy importantes para la fe católica, pero también a pequeñas capillas de comunidades religiosas. Ha habido algunas posturas en defensa de los logros de Rupnik. José Ignacio González Faus esgrimió como principal argumento una "razón de coherencia". 

El "caso Rupnik" quizá tiene una peculiaridad particular en toda su obra: el jesuita, de hecho, durante una larga carrera dentro de las estructuras oficiales de la Iglesia, presuntamente se ha beneficiado de su autoridad como sacerdote, teólogo y artista sagrado para hacerse profeta de un evangelio en el que el pecado es virtud y la virtud pecado. Según las acusaciones, el padre Rupnik no sólo convencía habitualmente a los demás para que pecaran con él, sino que los convencía de que no era verdadero pecado pecar con él, para que pudieran participar en su seudo-misticismo carnal. 

Por tanto, no se trata tanto de un pecado, por grave que sea, como de una falsa fe y un falso misticismo, que sustentaron la forma de ser y actuar de Rupnik prácticamente durante toda su vida religiosa y sacerdotal y que sedujeron a sus víctimas. Los detalles no hablan de un hombre frágil, de una caída en la tentación, sino de la encarnación de un verdadero pensamiento seudo-teológico, según el cual lo que Rupnik realizaba sexualmente debía considerarse una expresión encarnada de la perichoresis trinitaria y la encarnación de la charitas divina: una blasfemia demencial, un falso evangelio difícil de separar de sus obras, artísticas y escritas. Tanto más cuanto que Rupnik gozó de una considerable libertad artística con el beneplácito de las más altas esferas de la Iglesia. 

El problema de Marko Rupnik no es, yo creo, el problema de otros artistas. Su pecado tiene su origen y justificación en una aberrante perspectiva "teológica". Desconozco si las obras de arte de Rupnik son comparables a las de otros grandes artistas de dudosa moralidad o de nula ética cristiana. Ciertamente la influencia de Rupnik en los círculos eclesiásticos ha sido y hasta puede seguir siendo fuerte. Hay quien habla de la glorificación del Rupnik-artista independientemente de su conducta personal. 

¿Qué hacer con las obras de Marko Ivan Rupnik? La cuestión, que ya había surgido al mismo tiempo que las acusaciones de abusos perpetrados por el ahora ex jesuita y artista, y sobre la que hay una investigación en curso, volverá al centro del debate mientras se intentar evitar exponer o utilizar sus obras de arte de forma que puedan sugerir una actitud de "absolución o sutil defensa" o de que puedan indicar "indiferencia ante el dolor y el sufrimiento" de las víctimas. ¿Hay que dejar los mosaicos donde están? ¿Hay que destruirlos? ¿Hay que retirarlos o exponerlos en otro lugar? No hay consenso sobre ninguna de las propuestas. 

Eliminar, preservar, recomponer… son los verbos de este debate y que no tiene respuestas pre-confeccionadas. Y es difícil no detectar cómo se agitan formas ideológicas de resistencia y ondas emocionales en torno a los mosaicos de Rupnik. ¿Responde todo esto a una exigencia de justicia, a la que tienen derecho las presuntas víctimas, el presunto autor y las presuntas obras de arte? 

Sería bonito seguir creyendo que la estética y la ética van de la mano. Por desgracia, las obras de arte no pueden juzgarse por la moralidad del autor. Por supuesto, en el caso de Marko Rupnik, la herida está abierta y el escándalo es mayúsculo. Pero es de suponer que los numerosos encargos que recibió se debían a que se reconocía a su obra una validez estética y teológica. Si es así, si esas obras son estética y teológicamente válidas, quizá deban sobrevivir, porque su contenido es bueno más allá del autor y de sus pecados. Si, por el contrario, no es así, no sólo deberíamos eliminarlas, sino que ni siquiera deberíamos haberlas encargado. Esto sería aún más cierto, y grave, si reconociéramos la perversión del autor. 

Tal vez, sin embargo, la respuesta a la pregunta sea otra: estas imágenes, más sencillamente, eran una solución, no sé si fácil y popular, que respondía a un deseo de compromiso. Las célebres obras de Marko Rupnik cumplían la ilusión de un arte que era a la vez moderno y restauraba el icono cristiano. No eran ninguna de las dos cosas y, de hecho, simulaban ambas: como decoración y como halo imposible y nostálgico. El debate, por tanto, no debería olvidar reflexionar también sobre los procesos de encargo, un discernimiento útil -aunque nunca exento de riesgos- para el futuro. Quizá ciertos planteamientos eclesiales y eclesiásticos no parecen exentos de morbosa hipocresía. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...