Año de Gracia – Año de Jubileo
El inminente inicio del Jubileo “Peregrinos de la
Esperanza” nos retrotrae al Jubileo, institución central para el pueblo de
Israel. Para captar su significado según el testimonio bíblico y la necesidad a
la que pretendía responder, se puede volver a los dos acontecimientos
fundacionales de la historia del pueblo elegido, que están estrechamente
relacionados: el éxodo de Egipto y la alianza en el Sinaí, al cual Israel se
remitirá continuamente para definir su identidad y el significado de su
existencia.
El éxodo y la alianza
En Egipto, Dios se reveló como Aquel que defendió
libremente a un pueblo oprimido y lo arrebató de las manos del Faraón. Así lo
expresa Levítico 26,13: Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la
tierra de Egipto para que dejaras de ser su esclavo. He roto tu yugo y te he
hecho caminar con la cabeza bien alta. Sin embargo, la liberación de la
esclavitud egipcia no agota la intervención de Dios. En efecto, después de
haber sido sacado de una relación alienante, es necesario introducirse en una
nueva, liberadora, porque sólo así se puede acceder a una auténtica condición
de vida. De hecho, es fundamental vivir en relaciones que no mortifiquen, sino
que exalten a nuestra persona en su dignidad y valor. En otras palabras, el
éxodo tiende hacia la alianza. Por eso Israel, liberado de un régimen de esclavitud,
es exhortado a entrar en un régimen de servicio, pactando con el Señor.
Se puede añadir entonces que la alianza, término que
remite a la idea de «vínculo», de «familiaridad», presupone el éxodo. Hacer una
alianza, por tanto, es optar por vincularse a un compañero, es el nacimiento de
una relación, que inaugura una nueva forma de existir y de actuar. Ésa era la
intención de Dios cuando intervino en Egipto: tomando partido por Israel, había
deseado vivamente hacer de ese pueblo su pueblo (cf. Éxodo 19,4). La alianza,
más que un punto de llegada, constituye así el comienzo de una historia, que
los dos socios se comprometen a realizar juntos. Cada uno depende del otro en
su identidad y su futuro y se define por la relación de pertenencia con el otro:
el Señor es el Dios de Israel; Israel, a su vez, es el pueblo del Señor. Una
alianza así sólo puede establecerse entre dos sujetos libres, capaces de
decidir sin coacción vincularse el uno al otro. Por eso, la alianza concluida
en el monte Sinaí presupone los acontecimientos del éxodo: habiendo recuperado
la dignidad de pueblo que puede caminar con la cabeza alta, los israelitas
pueden elegir libremente pactar con el Señor.
El don de la Ley y el mandamiento del sábado
Al hacer un pacto, los dos miembros de la pareja se
comprometen a una fidelidad mutua, observando las cláusulas del pacto que les
vincula. En el pacto sinaítico, estas cláusulas vienen dadas por la Torá, de la
que las «diez palabras» (Decálogo) constituyen el documento fundamental. El
término hebreo Torá, que traducimos como «Ley», incluye también el significado
de «enseñanza», «instrucción». En consecuencia, el Decálogo (y toda la
legislación posterior) contiene la indicación del camino a seguir para
preservar y promover la libertad y la bendición recibidas gratuitamente del
Señor. La Torá, por tanto, es la Palabra autorizada que Israel debe seguir para
no reproducir la situación de esclavitud vivida en Egipto: No harás como en la tierra de
Egipto donde moraste (Levítico 18, 3). Para los rabinos, de hecho, la
Torá fue dada a Israel porque era más
fácil para Dios sacar a los judíos de Egipto, que Egipto de los judíos. Es
difícil erradicar del corazón de los oprimidos la lógica del Faraón, que hunde
sus raíces en el culto idolátrico del poder, la riqueza y el interés propio.
Por eso la Ley es indispensable como enseñanza fundamental sobre el camino a
seguir, para salvaguardar la vida y la libertad de todos en cualquier
circunstancia.
Esto se expresa claramente en el mandamiento del Decálogo
sobre el sábado, del que la Biblia tiene dos versiones (Deuteronomio 5, 12-15 y
Éxodo 20, 8-11). En la primera, el sábado se pone explícitamente en relación
con la liberación de la esclavitud egipcia: al suspender el trabajo el séptimo
día para observar el sábado, el israelita afirma que es libre porque ha sido
liberado. También en Éxodo 20, 8-11, el sábado se presenta como el día del
recuerdo, pero está relacionado con el «hacer» original de Dios (Éxodo 20, 11).
El israelita está llamado a celebrar la obra del Creador, reconociendo que su
vida y su futuro, en el fondo, no dependen del trabajo de sus manos.
Además de ser el día del recuerdo, el sábado es el día de
compartir el don recibido. En ambos textos (cf. Éxodo 20, 10 y Deuteronomio 5,
14), el mandamiento está dirigido al pater
familias para que dé descanso a los que dependen de él, los hijos, los
criados, el inmigrante e incluso los animales domésticos. Esto significa que el
don (de la vida, de la liberación, del descanso) sólo se recibe verdaderamente
si a su vez se da. La intención del precepto sabático consiste, pues, en
articular el recuerdo del don de la vida y de la libertad con el compromiso de
promover la vida y la libertad de los demás. Aquí reside el valor simbólico del
precepto sabático. Porque sugiere que la
ley «central del israelita es la de dar libremente lo que ha recibido. De
ahí que hacer el sábado sea perdonar y curar, ayudar y enseñar, comunicar la
propia sabiduría y espíritu, para que el otro, sometido a esclavitud, viva del
único don que es vida para todos. En este sentido Jesús, con los «signos» que
realizó el día de sábado, no transgredió, sino que llevó a cumplimiento el
sentido del mandamiento.
El baluarte «sabático» de la libertad: el año sabático
El profundo significado del descanso del séptimo día se
encuentra también en dos instituciones especiales -el año sabático, que se
celebra cada siete años, y el año del Jubileo, que se celebra cada siete
semanas del año (Levítico 25, 8), es decir, cada cincuenta años- que responden
a problemas muy concretos que surgieron en la sociedad israelita tras el
asentamiento en la tierra prometida.
El libro de Josué se detiene durante nueve capítulos
(13-21) en cómo se distribuyó la tierra entre las doce tribus y se repartió
entre las familias pertenecientes a cada una de ellas. El reparto de la tierra
es un hecho original y define a Israel como un pueblo de iguales, en el que
todos disponían de los medios necesarios para ganarse la vida con su trabajo.
Sin embargo, esta condición se vio repetidamente socavada por la aparición en
Israel de extensas bolsas de pobreza debidas a causas naturales o a las
guerras. Los que caían en la indigencia no tenían más remedio que endeudarse
para sobrevivir. El deudor, a menudo incapaz de pagar la deuda, se veía
obligado a venderse a sí mismo (como fuerza de trabajo) al acreedor e incluso a
enajenar la tierra familiar (las cosechas pasaban al acreedor). Se creaba así
una situación sin salida en la que el deudor estaba de hecho condenado a
trabajar para siempre para otro.
Se re-proponía así la condición de esclavitud vivida en
Egipto, condición que contradecía la historia original de Israel y la
intervención de Dios, socavando los cimientos de su identidad. Era necesario,
por tanto, elaborar normas capaces de eliminar o, en todo caso, contener los
efectos devastadores desencadenados por la multiplicación de los casos de
indigencia y las subsiguientes situaciones de dependencia permanente,
identificando caminos viables para salvaguardar la libertad y la igualdad de
todos los que residían en la tierra de Israel, en primer lugar los más débiles
e indefensos. Esta necesidad condujo a la institución de los dos «años santos».
El año sabático se menciona en todas las colecciones
legislativas de la Biblia. La más antigua, llamada Código de la Alianza (Éxodo
20, 22-23, 19), prescribe que cada siete años se deje la tierra en barbecho
(23, 10-11a). La tierra también debe gozar de descanso. Respetarla y cuidarla
incluye una atención especial a los pobres e incluso a los animales salvajes,
para que puedan encontrar el alimento que necesitan para alimentarse (23,
11b-12). Como se ve, la misma intencionalidad está en el origen tanto del
sábado como del año sabático: cuidar de
aquello sobre lo que y de aquellos sobre los que se tiene poder, renunciando en
su favor a un dominio total. El Código Deuteronomista (Deuteronomio 12-26),
redactado después del código de la alianza, presenta el séptimo año como aquel
en el que se perdonan las deudas (15, 2) y todos aquellos que se habían vendido
como esclavos, al no poder devolver lo que habían recibido en préstamo,
recuperan su libertad (15, 12-14). La motivación que se da es, como en el caso
del precepto del sábado, la de la liberación de la esclavitud egipcia: el que
ha sido liberado está llamado a convertirse, a su vez, en promotor de la
libertad.
El año jubilar: redención plena
El Código más reciente, conocido como Ley de Santidad
(Levítico 17-26), además de retomar la legislación relativa al año sabático
(25, 1-7), introduce la legislación relativa al Jubileo (25, 8-17). Esta última
establece que cada cincuenta años cada israelita volverá a poseer el campo
asignado a su familia al entrar en la tierra de Canaán. Declararás santo el año cincuenta
y proclamarás la liberación en la tierra para todos sus habitantes. Será un
jubileo para vosotros; cada uno de vosotros volverá a su propiedad y a su
familia (Levítico 25, 10). El quincuagésimo año se presenta como un
tiempo de liberación (derôr), en el
que los desposeídos no sólo recuperan su libertad, sino también -y sobre todo-
los medios (casas y campos) para seguir siendo libres.
En este florecimiento de la libertad reside todo el
sentido del jubileo. El término «jubileo»
procede del hebreo jôbel, que significa cuerno
de carnero y se utilizaba para convocar a la asamblea del pueblo. El año de
la liberación también se anunciaba con el sonido del cuerno, lo que explica la
presencia del término en el pasaje del Levítico. San Jerónimo, en la versión
latina de la Biblia que editó, tradujo jôbel por annus iubilaei, basándose
en la asonancia entre el término hebreo e iubilum (canto festivo), subrayando
el componente de exultación y alivio que experimentaban quienes vislumbraban la
posibilidad de una nueva vida con el jubileo.
También señalamos el valor simbólico que tenía el número
cincuenta. Evocaba un tiempo de madurez, la plenitud de la edad de una persona,
ya que el lapso de cincuenta años representaba el promedio de vida. Establecer
el jubileo cada cincuenta años significaba dar a cada israelita la oportunidad
de revivir, al menos una vez en la vida, la experiencia liberadora del éxodo.
Los eruditos afirman que, con toda probabilidad, la ley
relativa al año de jubileo nunca llegó a aplicarse. Pero si se ha conservado en la ley, significa que su significado humano
y teológico es esencial. En efecto, esta ley impone un límite al dominio humano
sobre la tierra y los demás, y defiende el derecho de los pobres contra los
inevitables abusos de poder de los que son víctimas. De nuevo, esta ley es una
ley de libertad: que el poderoso sea libre frente a su poder y que el rico no
sea esclavo de su sed de posesión.
En la versión griega de Levítico 25, 10, los términos
hebreos jôbel y derôr se traducen como aphesis
(perdón, remisión), una opción que mantiene la referencia a la emancipación de
los deudores y la recuperación de la tierra, al tiempo que contempla una
liberación más radical: la redención de la esclavitud del pecado en una nueva relación
con Dios.
En esta dirección se mueve también el texto de Isaías 61,
1-3, que se abre con la misión de un enviado de Dios para llevar la buena nueva
a los pobres. Se traduce en la proclamación de la liberación de los esclavos,
afirmación que remite al jubileo por la repetición del verbo qara
(proclamar) y el sustantivo derôr (liberación), recurrente en
Levítico 25, 10. Por tanto, el año de
gracia mencionado por Isaías no puede sino indicar el año del jubileo. Un tiempo de liberación inesperada, que debía
marcar el renacimiento de Israel como pueblo tras la catástrofe del exilio en
Babilonia, pero también un tiempo de gracia inmerecida, ya que la condición
miserable de los israelitas se consideraba la consecuencia dramática de haber
abandonado al Señor (cf. las confesiones de pecados del pueblo en Isaías 59 y
63, 7-64, 11).
El texto de Isaías es retomado por Jesús en la sinagoga
de Nazaret, cuando pronuncia su discurso programático (Lc 4, 16-30), en el que
se presenta como el enviado del que habla el profeta. Investido del Espíritu de
Dios, anuncia y realiza con su acción mesiánica el tiempo decisivo de la
salvación. Con su venida, se hace presente el jubileo definitivo (aphesis,
ya utilizado en el Levítico y en Isaías), que lleva a cumplimiento las expectativas
de liberación suscitadas por los años santos anteriores. Es un tiempo de
gracia, que es ante todo perdón de los pecados y reconciliación con Dios y con
los demás.
De la Sinagoga de Nazaret al siglo XXI
La promoción de una fraternidad y un reparto reales en el
seno de Israel condujo a la creación del año jubilar. Se trataba de tener en
cuenta los mecanismos que, en situaciones concretas, corrían el riesgo de
comprometer definitivamente la igualdad de todos los miembros de la comunidad.
De ahí surgió una normativa que conserva todo su valor como ideal que debe
perseguirse en todo momento. En su centro está la conciencia de que la vida de
cada uno está marcada por un don original y de que el hombre lo es
auténticamente en las relaciones vividas en el signo de la igualdad y la
fraternidad.
A esta dimensión está unida la experiencia fundamental
del perdón, en la que siempre han insistido los jubileos convocados por la
Iglesia católica desde 1300. Esto no significa que la dimensión social del jubileo
deba pasar a un segundo plano, sino que si la conciencia de las personas no se
libera de la ambición y la codicia, de nada servirán las reformas
institucionales. Al mismo tiempo, si el cambio a nivel personal no se traduce
también en un compromiso para cambiar las estructuras sociales, entonces sería
estéril, ya que el encuentro con la misericordia de Dios y la promoción de
relaciones con los demás y con la naturaleza, marcadas por el cuidado y el
respeto, deben ir de la mano.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF