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miércoles, 3 de junio de 2026

Ave Verum Corpus KV 618 - Wolfgang Amadeus Mozart -.

Ave Verum Corpus KV 618 - Wolfgang Amadeus Mozart -  


La gran música clásica es un arca de la que nunca se dejarían de extraer perlas valiosas desde el punto de vista cultural y espiritual. Escuchar un motete, es decir, una composición más o menos breve para varias voces e instrumentos, puede representar para los creyentes un momento de oración en el que la palabra de la Biblia o de la Liturgia resalta con especial claridad gracias a los sonidos y las pausas, a los «piano» y los «forte» de la voz, a los colores de las notas que amplían o resaltan el valor de la Palabra. 

Para los que no creen, esa misma música puede representar un momento de recogimiento íntimo y de pausa en medio del frenesí de la vida. 

Para ambos, escuchar un tipo de música diferente, como la clásica, a la que estamos cada vez menos acostumbrados por diversas razones, puede constituir sin duda la ocasión de una intensa experiencia de retorno a uno mismo, durante la cual las cuerdas del alma comienzan a vibrar con las del que canta. 

Es el milagro de la música, y en particular de un cierto tipo de música que tiene la capacidad de susurrar al corazón emociones que no pueden entenderse con un lenguaje ordinario, de liberar energía positiva en la negatividad que nos rodea, de despertar la nostalgia de la belleza y de ese Alguien que en el momento de la creación decidió regalar al hombre la capacidad de extraer infinitas y hermosas melodías del estrecho espacio armónico de solo siete notas. 

Desde ese día, el hombre no ha dejado de dar voz al anhelo que lo habita, de reunirse con esa belleza que, oculta en los pliegues de lo cotidiano, no espera más que poder brillar en el corazón del individuo y de toda la humanidad. 

Como aprendiz y amante de la música clásica, te voy a proponer una pieza muy especialmente para la Eucaristía: es el Ave Verum de Wolfgang Amadeus Mozart. 

Vamos a comenzar, si te parece, con una primera audición: https://www.youtube.com/watch?v=NK8-Zg-8JYM

Sin entrar en detalles sobre el genio de Salzburgo (cualquiera que navegue por Internet encontrará noticias útiles para componer la trama de su breve pero grandiosa vida), solo diré algunas palabras sobre la pieza en cuestión que, por supuesto, no sustituyen el ejercicio de tu audición. 

En primer lugar, presento el texto en latín, tomado de la liturgia, y la traducción: 

Ave, Verum Corpus, natum de Maria Virgine

Vere passum, immolatum in cruce pro homine,

Cujus latus perforatum unda fluxit aqua et sanguine,

Esto nobis praegustatum in mortis examine.

 

Ave, oh Verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María,

que verdaderamente padeciste y fuiste inmolado en la cruz por el hombre,

de cuya costado abierto brotaron agua y sangre:

haz que podamos gustarte en la suprema prueba de la muerte. 

El texto, que se remonta a una antigua poesía religiosa del siglo XIV, se centra en la presencia real del cuerpo de Cristo en la Eucaristía. 

Se utiliza dos veces la expresión «verdaderamente» («verum corpus», «vere passum») para expresar la presencia real del «verdadero cuerpo» de Cristo en ese pequeño trozo de pan que el cristiano se alimenta por mandato del mismo Cristo durante su última cena («Tomad y comed todos... Haced esto en memoria mía»). 

Cristo, nacido del vientre de la Virgen María, inmolado en la cruz por el hombre («pro homine»). La referencia a la sangre y al agua que brotaron del costado de Cristo remite al Evangelio de Juan: «Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34). La gran tradición patrística ha visto en la sangre y en el agua, respectivamente, la Santa Cena y la Eucaristía (cf. San Agustín de Hipona, Comentario al Evangelio de San Juan, Homilía 120, 2). 

La música de Mozart, que incluye un coro de cuatro voces, orquesta y órgano, se concentra y recoge en torno a las pocas palabras de la oración. La conmovedora belleza de las notas amplía y sostiene las verdades de fe contenidas en el texto. ¿Cómo reconocer «verdaderamente» en un pedazo de pan el «verdadero» cuerpo de Cristo sin un estremecimiento de emoción? 

Todo esto expresa la música en una devota recogimiento, en un silencio sordo. Es como si todo se detuviera para dejar espacio al fe que se arrodilla ante la verdad de un trozo de pan («todo está en el todo y en la parte», diría Santo Tomás de Aquino) que pretende contener, en su terrenal materialidad y cotidianidad (¿qué alimento más común que el pan?), al Dios que los cielos no pueden contener. 

Las notas se vuelven un poco más sombrías en las palabras «cuius latus perforatum...». A lo largo de unos versos, la música cambia de tonalidad y pasa a cantar con resignada tristeza el costado herido de Cristo. Pero es solo un momento. De hecho, en las palabras «esto nobis» vuelve el tono inicial, Re mayor, restableciendo así el clima de devoción y adoración inicial. 

Una última sugerencia: el canto, después de alcanzar su máxima altura y expansión en las palabras «cruce» y, aún más, en «mortis», como queriendo concentrar la atención en la dolorosa historia de Cristo que ahora se esconde en el pan blanco de la Eucaristía (la teología llamaba sacrificio con sangre el que se realizaba en la Cruz y sin sangre el que se realizaba en el altar), vuelve a hacerse pequeño y tenue en la última palabra, «examine». 

«Haz que podamos saborearte en la prueba suprema de la muerte». ¿Es solo una casualidad que Mozart se dedicara a este texto cuando faltaban pocos meses para su muerte y lograra expresar lo inexpresable en solo 46 compases? 

Para decirlo con las palabras del poeta alemán Heinrich Heine: cuando las palabras se acaban, comienza la música...   

Y es que Mozart, además de la capacidad de concebir ideas luminosas, tenía la capacidad aún mayor de saber cómo hacerlas resonar en el espacio con una luminosidad ininterrumpida, casi como un anhelo de belleza y perfección absolutas.   

Una extraordinaria mezcla de emoción y melancolía íntima - en voz baja es la única indicación dinámica de este Ave Verum - acentúa esa referencia directa al Cuerpo del Señor, para luego convertirse en un discurso más agitado con palabras de creciente intensidad: «passum», «immolatum» e «in crucem». Tanto la línea melódica como el camino armónico sellan una atmósfera fuertemente expresiva. La segunda parte nos da la imagen del costado traspasado que el coro está llamado a cantar con un conmovedor y recogido sentimiento de dolor.   

Pero lo que más emociona de este canto eucarístico tan noble, acompañado por el órgano y un cuarteto de cuerdas, es el comienzo, cuando los instrumentos suben poco a poco hasta la nota la, con la que comienza el canto, y el movimiento arrullador que lo impregna -ahora acercándose a las líneas vocales, y luego alejándose de ella-, consiguen crear una atmósfera de íntima e irrepetible calidez espiritual y de intensa devoción en quien canta, en quien toca y en quien escucha.

La música de Mozart es especialmente difícil de interpretar. Es admirablemente clara y exige una limpieza absoluta, el más mínimo error destaca como el negro sobre blanco - así escribía Camille Saint-Saens -. Esencial, simple, natural, requiere una ejecución igualmente lineal y sin artificios - decía Gabriel Fauré -. Cuanto mayor sea la sencillez con la que se ejecute, armonizando la forma de la composición con el sonido, mejor se saboreará. 

La clave del Ave verum de Mozart, de esta obra maestra absoluta de concisión musical, es su sencillez. Sobre todo, hay que adaptarse a la sinceridad emocional que impregna esta maravillosa página musical. Una música que expresa la profundidad de los sentimientos más verdaderos, cuya escritura es tan cristalina como el cristal. El más mínimo error puede mancharla.   

Una página clara y transparente como una fuente de agua que brota. En su desarmante pureza y sencillez se esconde su enorme expresividad. Solo unos pocos compases que condensan la profundidad del fervor y la perfección de la belleza clásica en tan poco espacio.   

Y, para finalizar, nada mejor que volver escuchar esta breve página musical en toda su belleza y profundidad: https://www.youtube.com/watch?v=NK8-Zg-8JYM


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 2 de abril de 2026

El lavatorio de los pies - San Juan 13,1-15 -.

El lavatorio de los pies - San Juan 13,1-15 - 

En el corazón de la vida cristiana está el gran misterio de la Pascua, aquellos acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús que celebramos de manera especial en estos días de Semana Santa. 

Hoy en día, muchos de nosotros los cristianos lo damos casi por sentado (al menos por costumbre) y no nos damos cuenta del alcance de lo que celebramos, y subestimamos el esfuerzo que a menudo conlleva. 

San Pablo dice que la cruz es «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1,23), y para muchas personas sigue siendo un escándalo, en el sentido etimológico, es decir, una piedra de tropiezo. ¿Por qué el cruel y sangriento asesinato por crucifixión, una de las peores torturas que se puedan imaginar, tiene un valor salvífico para nosotros y para todos? 

Jesús, sin embargo, nos ofrece una respuesta. La noche antes de su Pasión, realiza dos gestos que dan una clave de lectura a su pasión: 

        a.- la institución de la Eucaristía, recordada por San Pablo en su Primera Carta a los Corintios (1             Cor 11,23-25) y los Evangelios Sinópticos (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,15-20), 

        b.- y el lavatorio de los pies, recordado en el Evangelio de San Juan (Jn 13,1-15). 

En la Misa In Cena Domini del Jueves Santo, la Iglesia nos ofrece los dos pasajes (1 Cor 11 y Jn 13) y los dos gestos: el lavatorio de los pies y la eucaristía. Porque el lavatorio de los pies y la eucaristía van juntos, y juntos ofrecen la clave de lectura del misterio pascual. 

Para la lectio de hoy, me detendré en el lavatorio de los pies, en Juan 13,1-15. 

Encontrado un lugar tranquilo para rezar, podemos hacer también la oración introductoria, y pedir la gracia, con la oración de San Ricardo de Chichester: 

Oh Redentor de infinita piedad, amigo y hermano,

que yo te conozca más claramente,

te ame más profundamente, y te siga más de cerca. 

Pasemos a una primera lectura tranquila del pasaje completo, y luego veamos también algunas notas de comentario. 

[1] Los amó hasta el final. El Evangelio según Juan no nos cuenta la institución de la Eucaristía. No porque no esté al corriente: si acaso, Juan es el Evangelio con el discurso de Jesús como «pan de vida» (Jn 6,22-58). En cambio, la acción de amor que relata Juan es la del lavatorio de los pies. 

[2] Es interesante observar que este momento tiene lugar durante la cena, cuando Judas Iscariote todavía está presente. Jesús también lava los pies de su propio traidor. 

[4] Se quitó el manto, tomó un paño y se lo ató a la cintura. Llevar agua para lavar es un gesto de acogida (Gn 18,4; Lc 7,44), pero lavar los pies es un gesto que suelen hacer los sirvientes o los esclavos, no el dueño de la casa. 

[6] Señor, ¿tú me lavas los pies a mí? Pedro se escandaliza y, en un primer momento, rechaza la acción de Jesús.

[7] Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo entenderás después. Es casi una buena advertencia para la misma Pasión. 

[8] Si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Encuentro muy interesantes las palabras de Jesús. Habla del lavatorio de los pies en términos de participación, de comunión. 

[9] ¡Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza! El típico exagerado, Pedro parece no saber de términos medios: nada o todo. 

[14] Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies... El lavatorio de los pies no es habitualmente tarea del señor o del maestro, sino del siervo. Aquí Jesús subraya este hecho. 

«... también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Estas palabras son tomadas como un mandamiento por parte de la Iglesia, que traduce en términos prácticos el gran mandamiento: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, así también os améis unos a otros» (Jn 13,34). Litúrgicamente, esta acción se vive de manera solemne el Jueves Santo, una acción que sigue siendo poderosa cuando se vive bien, y una de las más fuertes por su elocuencia y plasticidad. La Regla de San Benito (53,13), tan fundamental para el monacato en Occidente, exige que el abad y los monjes laven los pies de sus huéspedes, entre los diversos gestos de bienvenida. 

Ahora te invito a releer el pasaje. También podría ayudarte a imaginar la escena: Jesús lavando los pies y la conversación entre Pedro y Jesús, el mandato de Jesús a todos los Apóstoles. 

También puedo reflexionar sobre mí mismo y considerar: 

a.- Jesús elige la acción más humilde para expresar su amor. Dios hecho hombre, el Señor del Universo, elige hacerse siervo en lugar de amo. El amor, el amor hasta el final, está marcado por el servicio. ¿Cómo me deja esto? 

b.- Jesús lava los pies de Judas, que lo traicionará, de Pedro, que lo negará, y de los Apóstoles, que huirán y lo dejarán solo. Dios no vive un amor de do ut des, un amor que es casi una transacción económica, que requiere reciprocidad. Sino que se da sin condiciones. ¿En qué momento de mi vida estoy llamado a darme sin una aparente recompensa? 

c.- Pedro rechazó inicialmente la señal de Jesús. ¿En qué momento de mi vida no me dejo amar por el Señor? ¿En qué momento me cuesta aceptar que Dios me ama, me sirve, quiere lavarme los pies? 

d.- Jesús nos manda hacer lo que Él hizo, amar como Él nos ama. Jesús no solo nos habla, sino que nos muestra cómo hacerlo, nos modela el amor al que estamos llamados. ¿Cómo me deja esto interiormente? ¿Dónde me cuesta más amar en mi vida? 

Lleva esta reflexión a la conversación con el Señor. ¿Cómo te deja todo esto? Háblale de ello, «como un amigo habla con un amigo». ¿Qué es lo que le querrías pedir? Quizá perdón por algo, o una gracia especial. 

Detente en presencia del Señor. Quizás quieras detenerte a contemplar uno de los cuadros de esta historia, en particular Jesús a los pies de Pedro, lavándole los pies. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 1 de abril de 2026

Reconciliarse con las propias sombras - El lavatorio de los pies según Sieger Köder -.

Reconciliarse con las propias sombras



La enseñanza de Jesús se resume en el doble mandamiento del amor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Mt 22,37-40; Mc 12,29-31; Lc 10,27; Dt 6,5). Pero la medida de este amor se convierte en el amor desmesurado del mismo Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34). Jesús retoma el «mandamiento antiguo» (1Jn 2,7), pero lo llena de una nueva medida. La medida del amor, según él, es esta: amar sin medida.

 

Jesús no era un charlatán. No enseñó solo con bellas frases, sino con gestos y palabras íntimamente conectados (cf. Dei Verbum 2). Si San Juan nos exhorta a amar «no de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Jn 3,18), es porque este fue el ejemplo impartido con rigor y coherencia por la vida de Jesús.

 

Ahora me centro en tres gestos de Cristo que se explican entre sí. Cada uno arroja luz sobre los otros dos mostrando matices que de otro modo permanecerían en la sombra: el lavatorio de los pies, el don de la eucaristía y la muerte en la cruz.

 

El Evangelio de San Juan nos sorprende. En el capítulo sexto nos presenta una maravillosa conversación de Jesús sobre el pan de vida. Esperamos, por tanto, encontrar a continuación la cena del Señor, presente por otra parte en los otros Evangelios, pero no la encontramos. El capítulo decimotercero abre el «libro de la Gloria» con dos revelaciones sobre Jesús: un saber y un amar.

 

Jesús sabe que ha llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, conoce a quien lo traicionaría, sabe que el Padre le ha dado todo en sus manos y que de Dios ha salido y a Dios vuelve.

 

Y Jesús ama a los suyos, presentes en el mundo, «hasta el final». El eis télos implica el amor hasta el final de los tiempos, pero también hasta la máxima medida (San Juan Crisóstomo). La expresión elocuente de este amor en el último momento de intimidad con sus discípulos es el lavatorio de los pies.

 

San Juan pone de relieve este acontecimiento para revelar el sentido profundo de la eucaristía. En la época en que se escribió el Evangelio de San Juan, había divisiones en las comunidades con respecto a la celebración de la Cena del Señor. San Juan quiso entonces subrayar el profundo significado del don del Cuerpo y la Sangre del Señor.

 

Un amo judío no podía dejar que un esclavo judío le lavara los pies. Jesús hace una obra profundamente humillante para la cultura de la época. Se despoja de sí mismo, desciende hasta los pies de sus discípulos. El texto nos dice que Jesús «se despoja» de sus vestiduras, señal de toda su vida entregada por nosotros, y se inclina a los pies de los Apóstoles.

 

La objeción de San Pedro nos abre una primera brecha sobre el sentido de lo que Jesús está haciendo. Simón se niega, ¡la acción es indigna del Maestro! Pero Jesús, a San Pedro que no capta el sentido de la acción, le dice: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo».

 

Si no permites que Dios descienda a tus infiernos, no podrás experimentar el cielo de su rostro y de su misericordia. Permanecerás encerrado en una idea retributiva de un Dios que te da porque tú le das, que te ama porque tú haces. Este no es el Dios de Jesucristo. El Padre no nos ama porque seamos dignos, sino que nos hace dignos porque nos ama. Si no aceptas su humildad, no verás el verdadero rostro de Dios.



Es muy significativo que en el cuadro El lavatorio de los pies de Sieger Köder, Jesús se muestre profundamente inclinado, absorto en el gesto de servicio. No se ve directamente el rostro, solo se ve en el reflejo del agua sucia, donde están los pies de San Pedro. Buscamos a Dios en lo que es excelso, pero Dios está ahí, a nuestros pies, lavándolos.

 

Cuando Jesús lavó los pies de los apóstoles, los miró de abajo hacia arriba, y en ese momento nos dijo quién es Dios. Buscamos a Dios en Marte, mientras Él nos lava los pies.

 

Es necesario un gran trabajo sobre la imagen que tenemos de Dios, hay que «evangelizar» nuestra idea de Dios y esta evangelización pasa por el rostro de Jesús que se refleja en el agua sucia.

 

Dios se revela en lo que constituye el aspecto más profundo de su divinidad y manifiesta su gloria precisamente haciéndose nuestro servidor, lavando los pies a sus criaturas.

 

No es fácil acostumbrarse a este Dios incómodo, inoportuno, que no está hecho a la medida de la grandeza humana. Todo el camino de la vida cristiana se resume en este paradójico aprendizaje: aprender a acoger la sorpresa, el Evangelio del amor de Dios por nosotros.

 

No es fácil aceptar ser amado infinitamente, incondicionalmente y gratuitamente. El gran escritor Georges Bernanos también lo captó y, al final de su obra maestra Diario de un cura rural, resume ese momento de toma de conciencia de la gracia como reconciliación con su propia pobreza: Esa especie de desconfianza que tenía de mí mismo, de mi persona, se ha disuelto, creo, para siempre. Esta lucha ha llegado a su fin. Ya no la entiendo. Estoy reconciliado conmigo mismo, con mi pobre persona.

 

Y el cura concluye con estas palabras tan agudas como verdaderas: Es fácil odiarse a uno mismo, más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse de uno mismo. Pero cuando todo orgullo haya muerto en nosotros, la gracia de las gracias será amarnos humildemente a nosotros mismos, como uno de los miembros sufrientes de Jesucristo.

 

Es mirarse con los ojos de Cristo lo que redime el camino del hombre, su propia realidad frente a sus contradicciones, porque si «nuestro corazón nos reprende, Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,20).

 

Quiero terminar con una reflexión de Madeleine Delbrel que nos recuerda que la acción de Jesús se comprende mejor cuando se vive. Por otra parte, el Señor y Maestro nos dio un ejemplo para que nosotros también hagamos lo que él hizo por nosotros: 

Si tuviera que elegir una reliquia de tu Pasión, elegiría esa palangana llena de agua sucia, viajar por el mundo con ese contenedor y envolverme en la toalla de cada pie y agacharme mucho, sin levantar nunca la cabeza más allá de la pantorrilla para no distinguir a los enemigos de los amigos y lavar los pies del vagabundo, del ateo, del drogadicto, del preso, del asesino, del que ya no me saluda, de ese compañero por el que nunca rezo, en silencio, hasta que todos comprendan tu Amor en el mío. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 31 de marzo de 2026

Jueves Santo: sacerdotes y poetas.

Jueves Santo: sacerdotes y poetas

Hoy es el día que la Iglesia dedica al sacerdocio de los ministros ordenados. El día en que todos los presbíteros renuevan sus promesas a Dios. El día en que toda la Iglesia se detiene con asombro para agradecer a Dios por habernos dado presbíteros. 

Sorprendido, sí, porque no estaba en absoluto dado que Jesús se haría sacerdote por nosotros. Él es el prototipo, el modelo único, el primer y verdadero sacerdote, todos nosotros no somos más que clones aproximados, copias descoloridas. 

No era en absoluto un hecho que se nos daría un mediador, uno que se interpusiera entre nosotros y Dios, haciéndose puente para llegar a Él, uno que se dejara absorber totalmente por su misión, hasta el punto de ser llamado más a menudo por su función (Cristo) que por su nombre (Jesús). 

Así como nos pasa a nosotros los presbíteros, que la mayoría de las veces somos simplemente “el don” o “el padre” y aún cuando alguien nos llama por nuestro nombre siempre lo hace añadiendo la función. 

Sacerdote, es decir, hombre de lo sagrado, aquel que da lo sagrado. El que recuerda a los hombres que todo es sagrado y lo sagrado es todo. 

¿Tiene todavía sentido esta vocación, esta misión, en un mundo cada vez más técnico y práctico, donde la vida se reduce a una ecuación matemática y el amor y el pensamiento a un juego de hormonas? ¿Tiene sentido hablar de lo sagrado en un mundo donde el misterio ha desaparecido, a veces incluso de nuestras Iglesias y de nuestras liturgias? 

Sí, tiene sentido y por muchas buenas razones. 

En primer lugar porque el misterio no se puede eliminar de la vida. Nos guste o no, no existe una respuesta técnica satisfactoria a los dos gigantescos enigmas de nuestro origen y nuestro destino, al doble problema que plantean nuestro nacimiento y nuestra muerte, y el mundo tiene una necesidad imperiosa de que alguien le recuerde que las preguntas sin respuesta, las más profundas, son también las más verdaderas y las únicas verdaderamente esenciales. 

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿De qué me sirve conocer cada tornillo del tren, conocer perfectamente su velocidad y conocer todos los mecanismos de poder que regulan su compleja jerarquía y funcionamiento, de qué me sirve ser el más poderoso y el más rico de los pasajeros si no sé hacia dónde va? ¿Y de dónde viene? 

Ser sacerdote siempre tendrá que ver con el nacimiento y la muerte, con el origen y el fin de la vida. 

Y quizá por eso el nacimiento y la muerte son los dos frentes en los que hoy se libra más duramente la batalla por la desacralización. Como si el hombre quisiera apoderarse de ellos, desmitificarlos. 

Pero el precio es demasiado alto, el precio es privar a la vida de todo misterio y una vida sin misterio, sin lo sagrado, es una vida insoportablemente aburrida, mortalmente aburrida. 

Y no sólo eso, despojada de su misterio, reducida a un problema técnico, la vida se vuelve despiadada. En una vida enteramente técnica ya no hay espacio para la generosidad y el amor, como tampoco lo hay en la vida de una máquina. 

La paradoja es que el cristianismo comenzó su historia desacralizando el mundo, tanto que se acuñó el adjetivo ateo -ironía de la historia- para identificar a los cristianos que dieron la espalda a los dioses paganos, sacando al mundo de las nieblas de la magia en nombre de la razón. 

Sí, el sacerdote es quien tiene la delicadísima tarea de hacer el equilibrio entre el mago y el tecnócrata, de decir a todos que el mundo tiene una racionalidad profunda e íntima, y ​​por tanto no está confiado a un capricho arbitrario y que, de hecho, esta racionalidad puede ser escrutada e investigada, y al mismo tiempo que el mundo tiene sus raíces en un misterio que nos supera por todos lados y que, por tanto, sólo puede ser recibido como un don, nunca plenamente conquistado. 

Ni siquiera nosotros estamos exentos de este riesgo. También nosotros, los presbíteros, corremos el riesgo de desviarnos hacia un lado o hacia el otro, de convertirnos en magos o tecnócratas… ¡Es tan fácil revestir lo sagrado de magia y superstición! Tanto como transformarnos en burócratas, en gestores de la Iglesia. 

Pero para que los puentes sean eficaces, para no resbalar hacia un lado o hacia el otro, es necesario mantener un pie firme en cada una de las dos orillas que debemos unir. Ser «Aquel que da lo sagrado» significa estar tan cerca de los hombres como de Dios. No en una equidistancia imposible, sino, si se me permite el neologismo, en una equi-proximidad siempre perfectible. 

Precisamente por esto, sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de perder el sentido del Misterio, de transformar incluso la vida presbiteral y el servicio sacerdotal en un problema técnico, en una serie de procedimientos y protocolos, como si la oración fuera una mercancía a producir, la liturgia un espectáculo a realizar y la caridad un conjunto de cosas a hacer. 

Por eso hoy a mis tres promesas sacerdotales he añadido una cuarta, privada, íntima. La promesa de conservar siempre el alma de un poeta, porque es la poesía la que siempre nos devuelve al Misterio, porque como nos lo recordaba alguien: 

No niego que debe haber sacerdotes para recordar a los hombres que un día tendrán que morir. Sólo digo que en ciertos tiempos extraños, como el que vivimos, es necesario tener otro tipo de sacerdotes, llamados poetas, para recordar a los hombres que todavía no están muertos”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 30 de marzo de 2026

¿Quién es el más grande?

¿Quién es el más grande? 

El discurso del Maestro a sus discípulos da un giro a la perspectiva humana y dibuja una nueva forma de sentarse a la mesa y compartir las relaciones. Por eso es un mensaje sobre la verdadera grandeza. 

«¿Quién es más grande, el que está sentado a la mesa o el que sirve?», pregunta Jesús a sus comensales en la Última Cena. Última en su vida terrenal, según acaba de anunciar: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi pasión, porque os digo que no la comeré hasta que se cumpla en el reino de Dios» (Lc 22,15-16). 

¿Por qué esta extraña pregunta en la alegre mesa de Pascua? El Maestro había trastocado los cánones de la fiesta judía, rompiendo no la carne del cordero junto con las hierbas amargas, sino su propio cuerpo y el mar amargo de su sangre, para que se convirtiera en un abrazo de comunión ecuménica. 

Su cuerpo abierto como una tierra prometida donde habría lugar para todos: judíos y gentiles, hombres y mujeres, esclavos y libres. Lejos y cercanos. Su sangre como vínculo de fraternidad entre amigos y enemigos. Para Pedro y Judas, para Juan y Magdalena. Carne y sangre «derramadas por vosotros y por todos» por manos asesinas, pero recogidas en el cáliz que ahora os ofrezco para una economía de paz. 

Pero ellos, sus comensales, ¿comprendían las palabras y los gestos del Maestro? ¿O sus pensamientos no estaban en absoluto en los pensamientos de Él? Cuando Jesús los sorprende diciendo «uno de vosotros me traicionará», ellos «se preguntaban unos a otros quién lo haría». Nadie excluía que pudiera ser él mismo. Nadie confiaba en quien estaba sentado a su lado. En lugar de preocuparse por la incipiente condena a muerte de Jesús, provocada precisamente por quien lo traicionaría, se preguntaban «quién de ellos era el más grande» (Lc 22,24). Quién ocuparía su lugar, quién sería su sucesor. Y he aquí el motivo de la pregunta de Jesús: «¿Quién es el más grande?». 

Ni siquiera a los Apóstoles les resultaba fácil superar el ansia de poder y cambiar de opinión sobre quién tenía realmente en sus manos el destino de su país. Como siempre y como hoy en día, también nosotros, que como esclavos miramos con inquietud las chimeneas de los presidentes, las salas o los jardines de los palacios donde, entre místicos guirnaldas de rosas y violetas, se reúnen y se besan «los grandes». Para luego sentarse a banquetes suntuosos servidos por camareros con guantes blancos. 

Los discípulos de Jesús esperaban que «fuera Él quien restaurara el reino de Israel» (Hch 1,6), que aquella entrada triunfal, ocurrida unos días antes en Jerusalén, fuera la señal del Mesías. Jesús los desconcierta, les pide que abran los ojos y lo vean: «¿Quién es el mayor? ¿El que está a la mesa o el que sirve? Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27), (del griego, el diácono). He aquí la diferencia entre quien se sienta a la mesa como un dominador, un extraño que se apropia de lo que no le pertenece, y quien, en cambio, se sienta como un diácono, compartiendo y honrando las necesidades y los derechos humanos y civiles de todos. Empezando por los pobres. Por los hambrientos, los sin tierra, los oprimidos, los perseguidos por causa de la justicia. 

La diferencia entre Jesús y ese Mesías «político» anhelado, poderoso e incluso armado, restaurador del Reino de Israel, está en esa diaconía que el Papa Francisco, en ‘Fratelli tutti’, llamaba «amor político», la forma más elevada de la caridad. 

Jesús, el Dios diácono, no se inclina ante el poder de turno, como le sugería el diablo en el desierto; tiene el valor de la libertad soberana del Amor, la dignidad de quien respira en los cuerpos de las víctimas, en la carne destinada al matadero y crucificada con los crucificados. 

Él no hace el milagro de transformar «la piedra en pan», como hacen los poderosos que juegan en la bolsa y transforman en miles de millones el «pan» de unos pocos, mientras reducen a miles de millones de personas a masticar piedras. 

Es terrible lo que ocurre en nuestros centros de repatriación: chicos retenidos durante meses y meses en condiciones diez veces peores que las de una cárcel, que entre mil gestos de autolesión llegan incluso a ingerir trozos de hierro y de cristal. 

Entre las criaturas, todas igualmente hijas y hermanas, rechazadas, desgarradas, destrozadas, quemadas, privadas de justicia y de derechos, está ese Hijo del Hombre que invita a sus comensales diciendo: «Tomad y comed... Tomad y bebed». 

La carne de Jesús vendida, despreciada incluso por los suyos, injuriada, borrada en un vídeo de inteligencia artificial, enterrada bajo el manto de la banalidad y el cinismo, tirada como basura, resiste y resurge como flor de trigo, terreno fértil de una nueva humanidad, brote hermoso de un mundo diferente, de otra primavera. 

Una paradoja casi impensable y, sin embargo, es el misterio (= el sacramento) de la fe cristiana. Esas criaturas que, como Jesús, son asesinadas pisoteando el derecho nacional e internacional, el de Roma y el del Templo; esas criaturas que, debido a la cobarde complicidad entre los «grandes», no son defendidas por nadie, como Jesús, que vio cómo se reunían, al dar muerte a un inocente, dos antiguos enemigos: Herodes y Pilato. 

Después de su Última Cena, Él sigue esperando poder celebrar otra Pascua. Es tarea de los creyentes hacerse diáconos, en la tierra, de ese Reino de Dios donde Él pueda hacerlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La Última Cena - de la mano de Sieger Köeder -.

La Última Cena - de la mano de Sieger Köeder - 

Un cuadro, un icono, una partitura musical,…, son como portales del misterio y nos invitan a entrar en un misterio contemplando, gustando, orando…Hoy me gustaría ofrecerte una imagen que me es muy querida: se trata de la última cena, pintura de Sieger Köder (1925-2015), sacerdote católico alemán.

 

Antes de nada, es necesario detenerse en silencio ante la imagen misma. Hay varias versiones de la imagen. Yo te ofrezco ahora la siguiente: 


 

Antes de comenzar, y si eres creyente, te propongo que reces esta oración: Oh Redentor de infinita piedad, amigo y hermano, que yo te conozca más claramente, te ame más profundamente, y te siga más de cerca.

 

Como con un texto bíblico, es necesario detenerse para mirar bien, para «leer» en detalle. Sobre esta imagen me gustaría hacer algunos comentarios. 

1.- La sombra en forma de cruz. La última cena no puede entenderse si no es a la luz de la cruz misma. Las palabras de Jesús repetidas durante la consagración — Este es mi cuerpo ofrecido en sacrificio por vosotros, Esta es mi sangre... derramada por vosotros y por todos — son palabras sin sentido sin su cumplimiento el Viernes Santo. 

2.- El pan partido con el chi-rho. En el centro de la mesa encontramos el pan ácimo partido, con los espacios que forman el monograma compuesto por las letras X (la chi griega) y P (la rho griega), las dos primeras letras de ΧΡΙΣΤΟΣ / Christos, el título dado a Jesús, el Cristo, que significa mesías, o ungido del Señor. El pan partido es Cristo mismo. 

3.- Judas, que sale en la noche. Como narra Juan (13,30): Él, tomando el bocado, salió en seguida. Y era de noche. Judas participa en el banquete eucarístico, pero traiciona al Señor. Es de noche, no solo en sentido físico, sino también en sentido figurado. Judas abraza la oscuridad en lugar de la luz. 

4.- Los Apóstoles. Es interesante observar los rostros: algunos muestran atención hacia Jesús, otros parecen angustiados, asustados. 

5.- A la derecha de Jesús, probablemente está el discípulo amado, recibiendo el pan de las manos de Jesús. Al recibir el pan eucarístico, al comerlo, masticarlo, nosotros también estamos llamados a vivir ese momento. 

6.- Por último, las manos de Jesús y el reflejo en el cáliz. El autor normalmente no representa el rostro de Jesús de forma directa, aquí Jesús solo es visible en sus manos: con la derecha ofrece el pan al discípulo, y el rostro se refleja en el cáliz. Esto me lleva a tres observaciones. 

a.- Es como si no nos encontráramos con Jesús directamente, sino a través de los signos. 

b.- Es la invitación a ver la última cena desde el punto de vista de Jesús mismo. 

c.- Como presbítero, he notado el reflejo de mi rostro en el fondo del cáliz cuando celebro, y me recuerda el llamado del presbítero (y de la Iglesia) a vivir este momento in persona Christi. 

Vuelve ahora sobre la imagen, y detente un rato en silencio. Si eres creyente, puedes reflexionar sobre ti mismo y sobre lo que la imagen suscita en ti. 


1.- ¿Dónde me encuentro yo en la imagen? ¿Con el apóstol asustado y angustiado? ¿Quizás esforzándome porque todavía me siento en la noche? ¿O con la atención puesta en Jesús? ¿Como el discípulo amado, a su lado? 

2.- ¿Qué sentimiento me suscita sentir a Jesús que se entrega por nosotros? ¿Que se entrega por mí? ¿Qué significa para mí que Jesús me ama, hasta el extremo, hasta el fondo, hasta la muerte en la cruz? 

3.- ¿Cómo vivo la eucaristía? ¿Encuentro en el banquete eucarístico el encuentro con la persona, con la vida, con el destino de Jesús? 

Deja, si quieres, que la reflexión se abra a la conversación, que el pensamiento desemboque en la oración. ¿Qué pregunta llevo dentro de mí, que tanto me gustaría expresar al Señor? ¿Cómo me gustaría alabarlo, darle las gracias? ¿Por qué me gustaría pedir perdón? ¿Qué gracias pedir? ¿Qué siento que el Señor está tratando de decirme en lo más profundo de mi corazón?

 

Por último, me detente en silencio en presencia del Señor. Como entre amigos de verdad y entre enamorados, la presencia misma vale más que mil palabras.

 

Esta oración te puede ayudar:

 

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh buen Jesús, escúchame.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me separe de ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Haz que yo venga a ti para alabarte

con todos los santos por los siglos de los siglos.

Amén. 

Ahora, si te es posible, te invito a que vuelvas a contemplar detenidamente la imagen de la Última Cena:

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...