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jueves, 19 de febrero de 2026

La balsa de la Medusa: ayer y hoy.

La balsa de la Medusa: ayer y hoy

No es solo una lista de desgracias. «¿Por qué no se quedaron en sus casas?», «¿Tenemos que acogerlos a todos?», «Se lo han buscado...». Nuestra memoria es débil o prefiere no recordar. Los náufragos de ayer y los de hoy ya no son noticia. A menudo, los de hoy, como los de ayer, no tienen nombre.

 

Los emigrantes han pasado de una vida llena de esperanzas a una muerte anónima. Hoy, como ayer, la muerte en el fondo del mar está decretada por las decisiones políticas de las potencias institucionales, por los acuerdos entre países tiranos que alimentan el tráfico de esclavos, por los miedos inducidos hacia la emigración, fuente de inseguridad y de dudas sobre los privilegios.

 

Al volver contemplar el famoso cuadro de Théodore Géricault, «La balsa de la Medusa», pintado al óleo sobre lienzo en 1818-19 y conservado en el Louvre de París, uno siente curiosidad por conocer las noticias sobre los naufragios que afectaron a nuestros emigrantes desde finales del siglo XIX hasta principios del XX.


Cuando se expuso en el Salón Oficial de París, el cuadro de Théodore Géricault generó controversia, condenas oficiales y comentarios negativos por parte de los críticos de la época. Adquirido por el Louvre tras la muerte del artista a los 33 años, hoy en día el cuadro se considera un punto de inflexión y una ruptura con el neoclasicismo imperante. Es un icono del prerromanticismo y ha influido en las obras de Delacroix, Turner, Courbet y Manet.

 

La fragata francesa «Medusa» naufraga en julio de 1816 frente a las costas de Mauritania por encallamiento e incompetencia del comandante. Más de 250 personas se salvaron con los botes salvavidas, pero otras 150 (las más desfavorecidas socialmente) se embarcaron en una balsa improvisada de 20 metros de largo y 7 de ancho.

 

La balsa fue remolcada inicialmente por los botes salvavidas, pero el peso excesivo de la carga humana hizo que se rompieran las cuerdas. A partir de ese momento comenzó un viaje al límite de toda experiencia humana.

 

Tras 13 días a la deriva, los supervivientes fueron rescatados por el barco Argus, que pasaba ocasionalmente por ese tramo de mar. Solo 15 personas, de las 150, regresaron a casa. Un cirujano-barbero que se encontraba en la balsa habló en el juicio de la discriminación hacia los desfavorecidos en el momento del naufragio: negros, grumetes, jóvenes trabajadores, casi todos de origen africano.

 

Los periódicos más ilustrados de la época ilustraron la tragedia y siguieron el juicio, dando al naufragio una resonancia internacional.

 

Toda nuestra sociedad está a bordo de esa balsa. El hombre de color que iza un trapo en el mástil para señalar la posición al barco de rescate es seguramente hasta el símbolo de la lucha por la abolición de la esclavitud.

 

El Mediterráneo sigue siendo hoy escenario de trágicos naufragios.


Las noticias duran pocos días. Casi nunca duran más de dos días en las portadas de los medios de comunicación para desaparecer de la atención de la opinión pública, al igual que desaparecieron en el fondo del mar los migrantes.

 

Los traficantes en tierra y mar son criminales asesinos, pero los gobernantes de ambos lados del Mediterráneo - Mare Nostrum - son cínicos, inhumanos y cómplices deliberados.

 

No se quiere controlar los flujos de personas en movimiento. Se firman contratos abusivos con los países que retienen a los migrantes en campos de concentración y los hacen partir en embarcaciones imposibles tras el pago de cantidades considerables. Las capitanías de puerto hacen la vista gorda. Se atacan los barcos humanitarios.

 

En una palabra, se ignora por completo el derecho marítimo internacional y se pisotean sistemáticamente los principios humanitarios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 16 de julio de 2025

Qué integración de la segunda generación de la inmigración.

Qué integración de la segunda generación de la inmigración 

Ya había sucedido antes y se había hablado de ello. Y volverá a suceder, hasta que las razones del fenómeno sigan presentes en la sociedad: quizá latentes, interpretadas como un ligero malestar, pero listas para resurgir en cualquier momento, como parece haber ocurrido recientemente con los actos violentos en Torre Pacheco (Murcia).   

La firmeza puede ser útil, pero no será la amenaza de más cárcel, penas más severas, …, lo que resolverá el problema. Es una pseudo-solución cómoda desde el punto de vista político y electoral, pero no resuelve nada, precisamente porque llega cuando todo ya ha sucedido. Sobre todo, no resuelve las situaciones que se han dejado enconar porque nadie quiere ocuparse de ellas, aunque precisamente esa debería ser la tarea de la (buena) política. 

Lamentablemente, tal y como se destaca más, porque es noticia y es obvio, la mala movida y la falta de integración —aunque sean el proverbial árbol que cae y hace más ruido que el bosque que crece, que no vemos ni oímos—, también las respuestas que prevalecen son las de la mala política, todo eslóganes, frases hechas, tópicos, …, y falta tanto de reflexión más profunda y de un debate sereno como de acciones preventivas que se sitúen en un itinerario y horizonte de integración y normalización. 

La integración es como un matrimonio: solo funciona si ambos miembros lo desean. Sin embargo, a menudo prevalece el rechazo, a veces atribuido a los inmigrantes que no quieren integrarse, y otras veces que practicamos los autóctonos. Por eso hay que invertir y gastar para que tenga éxito. Sabiendo que las segundas generaciones viven problemas específicos que se suman a otros problemas. 

Como inmigrantes - aunque lo sean sus padres, no ellos -: el porcentaje de familias por debajo del umbral de la pobreza, entre los inmigrantes, suele mayor que entre los autóctonos; y el nivel salarial, a igualdad de trabajo y sector, puede ser incluso miles de euros al año inferior al de los autóctonos. Y como jóvenes: diferentes de sus padres, con los que a menudo es difícil encontrar un lenguaje común - porque ellos miran hacia adelante, aquí, mientras que sus padres suelen mirar hacia atrás, hacia los lugares de donde vienen, allí -; pero también diferentes de sus coetáneos, porque a veces carecen de la “ciudadanía” y, objetivamente, tienen peores perspectivas. 

La rabia está ahí. Y si bien por sí sola no justifica nada - y nada debe justificarse, por otra parte -, algo puede ayudar a explicarla. De hecho, es la rabia y el deseo perverso de emerger de las segundas generaciones de todos los tiempos y de todas las latitudes, si el camino que siguen no es el del éxito personal, la elevación de la posición social, el reconocimiento. 

Las bandas étnicas y las subculturas criminales existen y son peligrosas (tampoco es nada nuevo, si recordamos West Side Story). A ellas se suman nuevas formas de socialización al margen de las normas, de diversión incapaz de encontrar otras válvulas de escape, que empezamos a experimentar cada vez con más frecuencia, como las “rave parties” (free parties / fiestas rave) y las concentraciones autoorganizadas (antes a través de Facebook y ahora, con edades cada vez más bajas, en TikTok u otras redes sociales). 

Sin embargo, estas formas no tienen nada que ver con la etnia. Hay que tratar de evitar generalizaciones demasiado fáciles. Y luego está la lógica de la manada. Por último, está el odio racial. Que, sí, puede tener diferentes formas y chivos expiatorios, y debería ser sancionado más severamente, también en el plano moral: empezando por los estadios y el fanatismo de las hinchadas ultra organizadas y politizadas, que deberían ser prohibidas en lugar de ser justificadas, cuando no aduladas, como tantas veces ocurre hoy en día. 

Hay quehacer para todos. La escuela, las asociaciones, el deporte, los barrios, las ciudades, las regiones, el Estado. Y también hay un papel para las comunidades inmigrantes: hay que involucrarlas y responsabilizarlas, y enfrentarlas a sus propias contradicciones, pero sin demonizarlas ni marginarlas simplemente por serlo. Porque pueden desempeñar un papel muy valioso. 

En nuestro país está aumentando el número de familias migrantes en las que conviven al menos dos generaciones, una situación que pone de relieve la cuestión crucial del proceso de transmisión y negociación de los valores y estilos de vida entre la primera y la segunda generación y su impacto en los procesos de integración. De hecho, las segundas generaciones, a pesar de experimentar negociaciones culturales muy complejas tanto dentro como fuera de la familia, son sin duda las protagonistas del cambio hacia la construcción de nuevas formas de integración y vínculo con la comunidad de acogida. 

Me imagino que habrá que analizar esa compleja dialéctica entre la fuerza del vínculo con la cultura de origen y el deseo de diferenciación. Integrar de manera constructiva universos culturales diferentes no es una tarea sencilla ni evidente. Esto es válido para las primeras generaciones, pero sobre todo para las segundas, que, nacidas y criadas en nuestro país, se enfrentan a un doble reto en su proceso de crecimiento debido a expectativas a menudo contradictorias: como hijos de inmigrantes, viven las expectativas y los mandatos de la familia de origen y, al mismo tiempo, como segunda generación, se ven presionados por las expectativas que la sociedad de acogida tiene sobre ellos. 

La dialéctica entre los dos universos culturales (el de origen y el del país de inmigración) seguramente hasta se experimenta de manera diferente por los hombres y las mujeres de la segunda generación. Para las mujeres, el vínculo con la cultura de origen y con la religión sigue siendo indispensable y «no negociable», en mayor continuidad con las orientaciones de las primeras generaciones. El miedo a perder las propias raíces queda bien reflejado en el valor simbólico del velo: aunque no está impuesto por ninguna norma jurídica o religiosa claramente definida, a menudo se convierte en símbolo de una identidad cultural (y no tanto o no solo religiosa) que diferencia y especifica la procedencia y los orígenes de las mujeres. 

En el caso de los hombres, quizá exista una mayor discontinuidad con respecto a las primeras generaciones: de hecho, se muestran más orientados a la asimilación de la cultura española, menos identificados con el islam y menos practicantes. Los chicos tienen más libertad, en parte porque el proceso de transmisión sigue la línea femenina: son las mujeres las que se ocupan del patrimonio y se encargan de transmitirlo. 

El biculturalismo, cuando se adopta, resulta claramente una estrategia más femenina que masculina. Aunque las jóvenes sienten con fuerza el peso de la diferencia cultural, es precisamente de ellas de quien surge una demanda más consciente de integración y la asunción de un papel de interlocutora tanto con la familia como con la sociedad española. Me imagino que es mayor y más decisiva la competencia típicamente femenina para establecer vínculos y tender puentes entre posiciones y mundos aparentemente irreconciliables. 

Creo que dentro del mundo musulmán el debate sobre el papel de la mujer está presente y parece más vivo de lo que cabría esperar. De hecho, surgen posiciones variadas, algunas más «tradicionalistas» y patriarcales, otras más «modernas» (sobre todo entre los jóvenes, donde la cuestión no parece plantearse). Este tema también resulta problemático para aquellas mujeres más orientadas al diálogo, que se ven atrapadas entre la mirada de los otros (los españoles) y la mirada de su propia comunidad (los musulmanes). 

Lo que puede ser tal vez claro es que se encuentran en la difícil búsqueda de un nuevo lugar en el espacio público y de una redefinición de sí mismas que tenga en cuenta el deseo de abrirse al nuevo contexto, pero al mismo tiempo no quieren decepcionar ni defraudar los mandatos tradicionales y las expectativas que la comunidad musulmana tiene depositadas en ellas. 

Las características del nuevo contexto sociocultural en el que viven las familias inmigrantes ejercen un impacto considerable en los procesos identitarios posmigratorios. En el contexto histórico actual, marcado por el miedo hacia las comunidades musulmanas y por una no decreciente islamofobia, se presta especial atención a los factores relacionados con las dinámicas intergrupales (conflictos entre la comunidad autóctona y la comunidad musulmana, prejuicios y estereotipos negativos). 

La discriminación percibida por los musulmanes constituye un obstáculo para los procesos de integración y adaptación, en particular de las generaciones más jóvenes. La percepción de ser discriminados y tratados injustamente está relacionada, de hecho, con estrategias encaminadas a la defensa de la propia identidad étnica y religiosa, con la dificultad de abrirse al nuevo contexto cultural, así como con signos de malestar psicológico. 

Este tipo de procesos identitarios y adaptativos basados en el cierre y la separación en el propio universo cultural son más evidentes en las generaciones más jóvenes que en las primeras: pueden ser, de hecho, los hijos de inmigrantes, nacidos y/o criados en España, los que sienten más el peso de la brecha entre sus expectativas de integración/éxito y una realidad exterior que dista mucho de ser fácil y que es más bien compleja y difícil.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una lectura personal de los últimos sucesos en Torre Pacheco (Murcia).

Una lectura personal de los últimos sucesos en Torre Pacheco 

Han pasado cinco años desde que, el 25 de mayo de 2020, George Floyd, afroamericano, fue asesinado durante su detención por Derek Chauvin, un policía blanco. La brutalidad de las imágenes publicadas inmediatamente en Internet y en las redes sociales por los presentes, en las que se ve a Floyd agonizando bajo la rodilla de Chauvin, que lo asfixia, pronunciando repetidamente las palabras «I can't breathe» -«No puedo respirar»-, provocó una ola de protestas en muchas partes del mundo. 

El comportamiento racista de la policía no es nada nuevo en Estados Unidos: el lema «Black Lives Matter» -«Las vidas negras importan»- y el movimiento que se identifica con él dieron sus primeros pasos en 2013-2014, a raíz de episodios similares al de Minneapolis. La crónica muestra que estos episodios no dan señales de disminuir. Hasta, por ejemplo, pueden recrudecerse en un abanico pluriforme de fenómenos análogos. Tal vez lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Torre Pacheco (Murcia). 

En todo caso, más allá o más acá de fenómenos locales en nuestro país, todo indica que hay un preocupante aumento del racismo y la xenofobia en una Europa cada vez menos inclusiva. Basta con acercarse al Informe sobre los Derechos Fundamentales 2025 de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea: https://fra.europa.eu/es/publication/2025/fundamental-rights-report-2025-fra-opinions Es un documento "aún caliente" del 10 de junio del presente año 2025.

La cuestión racial sigue, por tanto, planteándose como un problema sin resolver, tanto en Estados Unidos como, en general, también en Occidente. Es cierto que hay que condenar toda violencia injustificada, venga de donde venga, pero sería simplista pensar que todo se puede resolver con la represión de comportamientos individuales erróneos. Al igual que en otras situaciones similares, como los casos de feminicidio, la repetición de los episodios es indicio de un problema estructural más amplio y profundo, que va mucho más allá de los hechos individuales, por muy graves que sean. 

Afrontar la galaxia del racismo es una cuestión tan urgente como compleja, sobre todo por las reacciones de resistencia que se desencadenan en cuanto se traspasa el umbral de las declaraciones de principios. Vale la pena detenerse a pensar en las dificultades de Europa para reconocer su propio racismo, a menudo camuflado con la xenofobia o las cuestiones relacionadas con la inmigración. 

Cuando comienzo esta reflexión quiero hacer dos precisiones finales. En primer lugar, el discurso aquí expuesto está inevitablemente situado, ya que lo escribe un blanco para un público mayoritariamente blanco: puede parecer obvio, pero, quizá o seguramente, es el quid de la cuestión. La segunda es que algunas ideas resultarán incómodas y molestas, empezando por el uso del término «blanco», porque subvierten muchos lugares comunes que se dan por sentados. Es un esfuerzo que hay que afrontar si realmente se quiere avanzar.

¿Privilegio blanco? 

Aparte de los miembros de algunos grupos extremistas, nadie se declara abiertamente racista; al contrario, la mayoría de las personas afirman con vehemencia que no lo son en absoluto, que tienen amigos (o familiares) de diferente color y que han aprendido a no hacer diferencias. Al menos estas son las reacciones típicas de los blancos. 

Sin embargo, los datos hablan por sí solos. Por ejemplo, en Estados Unidos, los afroamericanos tienen peores perspectivas en casi todos los ámbitos: ingresos, desempleo, probabilidades de contraer determinadas enfermedades o de ser condenados a muerte; incluso ante el mismo delito, la sentencia suele ser más severa cuando el acusado es negro y la víctima blanca. 

La composición de la clase dirigente tampoco refleja la demográfica, salvo algunas excepciones. La identidad de quienes ocupan los puestos de poder en este país no ha cambiado: son blancos, hombres, de clase media-alta y sin discapacidades físicas. 

Dentro de una estructura social asimétrica, hay por tanto un grupo que se beneficia de la situación y disfruta de un privilegio, es decir, los blancos. 

Los blancos son el grupo que más se resiste a aceptar que la discriminación racial es una realidad, a partir de la conciencia de pertenecer él mismo a una raza, entendida obviamente como un constructo sociocultural y no como un dato biológico. Tener una identidad racial es la condición de todo ser humano. Sin embargo, hablar de los blancos en términos raciales resulta poco habitual y, sobre todo, desagradable para los propios blancos. 

Aún más difícil es aceptar la noción de privilegio blanco: para quienes lo disfrutan toda su vida, por ser blancos en una sociedad dominada por los blancos, parece obvio considerarlo un hecho, una condición normal. Es difícil considerar un privilegio el hecho de poder desplazarse e incluso cruzar una frontera sin tener que mostrar los documentos a las fuerzas del orden, o poder alquilar un apartamento u obtener un préstamo sin problemas. 

Cabe destacar que se disfruta de este privilegio precisamente en virtud de la propia pertenencia racial, independientemente de las convicciones o comportamientos personales o de la ciudadanía. El hecho de considerarlo «algo natural» convierte a los blancos en defensores, más o menos conscientes, del statu quo del que se derivan las ventajas: si se niega la existencia del problema, se impide que este salga a la luz y se trate. 

Las «trampas» culturales 

Por el contrario, darse cuenta de que el racismo es un problema estructural, arraigado en la cultura que nos precede y en la que todos estamos inmersos, y no solo vinculado a actos puntuales, es de gran importancia para poder intentar realmente desmantelar el sistema. 

Al mismo tiempo, abordar los patrones culturales de los que depende puede resultar complejo debido a algunos elementos característicos que la cultura occidental ha asimilado y de los que ya no es consciente: el individualismo, la presunción de objetividad y el consiguiente enfoque moralista de los problemas. 

Por un lado, la perspectiva individualista crea, inculca, reproduce y refuerza la creencia de que cada uno de nosotros es único y distinto de los demás, y que las pertenencias grupales, como la raza, la clase social o el género, no influyen en las oportunidades a las que tenemos acceso. Según esta visión, la raza es irrelevante, a pesar de que la realidad diga lo contrario. 

Pero, evidentemente, esto se convierte en la base ideológica para negar el problema. En la cultura a la que pertenecemos, recibimos mensajes precisos sobre el significado de pertenecer a un grupo específico, sobre la diferencia y, sobre todo, sobre la jerarquía entre unos y otros. 

Por ejemplo, aprendemos que un determinado grupo es «mejor» que su «opuesto»: por ejemplo, es mejor ser joven que viejo, rico que pobre, culto que analfabeto, hombre que mujer, heterosexual que homosexual, o blanco que negro. Y no es fácil afrontar con honestidad el sentimiento de superioridad que hemos interiorizado por el hecho de ser blancos. 

Por otro lado, la pretensión de objetividad lleva a suponer que es posible estar libre de todo tipo de prejuicios. Pero tomar conciencia de la pertenencia a un grupo significa darse cuenta de que se ve el mundo desde una perspectiva original e irremediablemente parcial. Y, sobre todo, que no puede ser de otra manera. 

A muchos blancos les resulta difícil reflexionar sobre su pertenencia e identidad racial, porque se nos ha enseñado que adoptar esa perspectiva equivale a ser prejuicioso. Esta es la «trampa» que perpetúa los prejuicios, porque negar que los tenemos nos exime de cuestionarlos. 

Si es complicado reorientar nuestras formas de juzgar la realidad, aún más difícil es aceptar que otros nos incluyan en una categoría, la de los blancos, basándose en el color de nuestra piel, cuestionando así simultáneamente nuestra singularidad individual y la universalidad de nuestro punto de vista. Para muchos blancos, sufrir una «generalización» de este tipo resulta tan incomprensible como inaceptable. 

Pero es imposible comprender las dinámicas de las formas modernas de racismo sin la capacidad y la disposición a explorar las generalizaciones relacionadas con la pertenencia a un grupo y sus efectos sobre los individuos. 

Aceptar existencial y personalmente la generalización que vincula el ser blanco con el racismo está lejos de ser algo obvio. Especialmente para aquellos que se consideran abiertos al respeto de todas las personas y las diferencias culturales, ser asociados con el grupo que discrimina no puede sino suscitar resistencia. 

Sin embargo, el racismo no se reduce a comportamientos maliciosos e intencionados de rechazo consciente del otro por motivos raciales: la discriminación racial es un elemento estructural de nuestra sociedad, que prescinde de las intenciones de los individuos. Es algo que nos precede, en cuyo seno crecemos, y que se convierte en la base de experiencias vitales divergentes, de las que se derivan visiones del mundo igualmente diferenciadas. 

Desde esta perspectiva, se entiende por qué la distinción habitual entre «buenos» —cultos, progresistas, abiertos, democráticos— y «malos» —groseros, ignorantes, cerrados, reaccionarios, violentos— no ayuda. Difícilmente se aceptaría formar parte de la segunda categoría y poner en juego la propia respetabilidad. 

El racismo impregna las estructuras de nuestra sociedad y representa un condicionamiento inevitable para cada uno de nosotros, a pesar de las mejores intenciones y del sincero compromiso por cambiar las cosas. Si queremos desmantelar este constructo social, el camino es aceptar con honestidad que forma parte de nuestras vidas y reconocer las formas en que actúa en nuestra sociedad. 

Esto no significa negar la responsabilidad personal de quienes cometen actos de violencia o discriminación, ni afirmar que «la culpa es del sistema», con la des-responsabilización que ello conlleva. Solo la conciencia de formar parte de un sistema social que se basa en la discriminación racial y la reproduce abre el espacio para una activación auténticamente ética de la responsabilidad de cada uno: si este es el sistema en el que estoy insertado, más allá de mis elecciones, ¿cómo puedo habitarlo de manera responsable para intentar modificarlo en el sentido de una mayor justicia racial? 

La forma en que funciona el sistema no es «culpa» nuestra, es así desde mucho antes de que naciéramos. Nuestra responsabilidad es más bien encontrar la manera de no ser cómplices y construir espacios de resistencia y alternativas: para preservar el sistema y perpetuar sus disfunciones, basta con vivir tranquilamente y mirar hacia otro lado. 

Por eso es necesario insistir en la importancia fundamental de tomar conciencia y cultivarla cada día. Y yo diría, incluso, más y mejor lo siguiente. Es necesario mantener la guardia alta, a nivel personal y aún más en toda agrupación y/o colectivo de las que formamos parte: también ellas están atravesadas por la cultura de la discriminación. 

Esto vale para las instituciones, las asociaciones y las organizaciones de la sociedad civil, el mundo del trabajo y el del deporte (¡pensemos en los cánticos en los estadios!), y también vale para la estructura eclesial. Hay que mirar con lupa ciertas manifestaciones verbales de los políticos de derecha y de extrema derecha en nuestro ámbito estatal, por ejemplo vinculando estrechamente delincuencia e inmigración, porque no parece que sean de recibo desde el punto de vista cristiano de la ética y moral. Llegado el caso hay que salir al paso de ello incluso para evitar equívocos malentendidos. 

Un segundo frente de compromiso, estrechamente relacionado con el primero, es el de la labor educativa con vistas a la elaboración progresiva de una cultura diferente. Se trata de un reto que interpela de manera particular al mundo de la educación escolar, que en muchos contextos se revela como un poderoso instrumento de reproducción del sistema social, con sus defectos, al igual que los ámbitos de la educación extraescolar, pero que no es ajeno a la vida cotidiana de cada uno. 

Los pequeños gestos con los que se intenta romper la lógica de la discriminación racial no representarán la solución milagrosa y definitiva del problema, pero reforzarán en quienes los realizan y en quienes los observan la convicción de que otro mundo es posible y la determinación de alcanzarlo. 

Afrontar el racismo es un proceso complicado que nos llevará toda la vida, pero también es una experiencia auténtica y, sobre todo, profundamente generativa y alternativa. Por supuesto, ni qué decir tiene, es una experiencia evangélica. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

 

 

 

 

sábado, 12 de julio de 2025

De la pasión por la raza y el populismo racial.

De la pasión por la raza y el populismo racial 

Durante mucho tiempo hemos pensado que la idea de un tiempo cíclico era cosa de los ancestros, de los primitivos, de los salvajes, …, a lo que contraponíamos nuestro tiempo lineal, una línea recta que avanza hacia un futuro cada vez más radiante. 

Pero no, por desgracia parece que cosas que ya habíamos visto, y que esperábamos olvidar, vuelven a aparecer. Así, en ciertas reflexiones en voz alta aparece, asomando, el discurso de la xenofobia. ¿Es posible que nada haya cambiado? Sí, es posible. «Ha sucedido, podría volver a suceder», escribió alguien - Primo Levi -, y de hecho parece que hasta está sucediendo. 

Y no se trata solo de un episodio anecdótico, o de las palabras alborotadas por ejemplo de algunos políticos, sino de un goteo de reflexiones contra los otros - de raza, de lengua, de religión, de ideología, …, de “status” - que se perpetúa desde antiguo. Una xenofobia que la cultura democrática y sus leyes han pretendido borrar, pero que que se transmite a través de las miradas, de las palabras, de las poses, del rechazo (a una ciudadanía, a un trabajo, a una vivienda, …), de la desconfianza, … 

«El racismo es una enfermedad muy grave. Más que otra cosa, es extraña: afecta a los blancos, pero mata a los negros», dijo Albert Einstein. Una enfermedad que tiene raíces profundas y antiguas, capaz de mutar continuamente, de adoptar diferentes rostros y diferentes declinaciones, pero siempre letal. En lugar de “negros”, que también, se puede entender “inmigrantes”. El resultado es análogo, si no, el mismo. 

En la base de todo está la actitud etnocéntrica innata que caracteriza a todo grupo humano. Según Claude Lévi-Strauss: «La humanidad cesa en las fronteras de la tribu, del grupo lingüístico, a veces incluso del pueblo». Y es que ciertos etnocentrismos pueden implicar una cierta ceguera o sordera hacia otros valores. Y que puede llegar hasta su rechazo. Incluso, hasta su negación. 

El problema radica en las prácticas de un etnocentrismo que puede manifestarse de diferentes maneras: el otro puede ser objeto de burla, de antipatía, de indiferencia siempre basada precisamente en la caricatura, en el estereotipo del otro. Ciertamente la xenofobia tiene muchas caras aunque no todas se traducen necesariamente en violencia. 

Como escribió Zygmunt Bauman, casi parafraseando el inicio de Anna Karenina: «Todas las sociedades producen extranjeros, pero cada una produce un tipo particular, según modalidades únicas e irrepetibles». 

El etnocentrismo y la xenofobia son sin duda puntos de partida, cimientos sobre los que se puede construir una idea de racismo. Ni siquiera la intolerancia religiosa puede definirse como expresión racista, porque el intolerante o el integrista condenan y persiguen a los demás por lo que creen, no por lo que son intrínsecamente. Podemos hablar de racismo en sentido amplio cuando las diferencias culturales se consideran innatas, un producto de la naturaleza, indelebles e inmutables. 

Los primeros síntomas del racismo, entendido en este sentido, los encontramos en la tristemente famosa ley de la Limpieza de sangre, aplicada en la España de los siglos XV y XVI, aunque la idea de «raza» propiamente dicha surge con los primeros estudios clasificatorios de la época de la Ilustración. 

Al catalogar, con resultados muy dispares entre sí, las supuestas razas humanas, los primeros científicos sentaron las bases sobre las que las políticas de varios Estados erigirían la discriminación por motivos raciales. Si el espíritu de aquellos estudiosos era principalmente científico (aunque sus conclusiones estaban fuertemente viciadas por el etnocentrismo), la aplicación de sus clasificaciones estará marcada por una constante voluntad de sometimiento, de exclusión, si no de eliminación. 

El racismo, entendido como práctica discriminatoria, ha adoptado diferentes formas: en Estados Unidos se desarrolló un racismo de explotación, el negro era esclavo, mano de obra gratuita; mientras que en la Alemania nazi el judío era una amenaza para la sociedad alemana y, por lo tanto, debía ser eliminado. Aún más diferente es el caso del apartheid sudafricano, donde la línea del color de la piel coincidía con la de la clase social: una élite blanca que dominaba a un proletariado negro. 

Tras la liberación de Nelson Mandela en 1992, muchos nos ilusionamos con la idea de que el racismo había quedado finalmente relegado a los polvorientos estantes de la historia, para ser archivado definitivamente ... pero seguramente estamos equivocados. El racismo es como el reflujo de las mareas o, mejor aún, el reflujo gástrico persistentemente regular. 

El descubrimiento del ADN (1953) y los posteriores estudios genéticos nos han demostrado que no es posible clasificar a la humanidad en función de la raza, pero esto no ha bastado para hacer desaparecer el pensamiento racista. La ciencia ha echado a la calle a la raza, pero no al racismo. 

No basta con convencer a la gente de que la raza es un concepto irrelevante e incoherente para que el racismo desaparezca. 

La relación entre raza y racismo, de hecho, no es la misma que existe entre materia y materialismo o ideas e idealismo. En estos casos, tendemos a pensar en los primeros términos como raíces y en los segundos como derivados. 

En el caso del racismo, la relación se invierte: es el racismo la causa desencadenante, la que impulsa a teorizar o, más simplemente, a concebir la raza. La raza no es la causa del racismo, sino su pretexto, su coartada. La raza no es una idea pura y abstracta, sino un «concepto icónico», una palabra y una noción que funcionan como un talismán cargado de magia. 

Hasta el punto es así que Jean-Paul Sartre escribió que el antisemitismo, como el racismo en general, es sobre todo una pasión que se alimenta hasta convertirse en una concepción del mundo. La raza es tanto una ilusión como una realidad, que resiste a las demoliciones críticas y a los intentos de sustitución por conceptos como «etnicidad», «nacionalidad», «civilización» o «cultura». 

Si intentamos esquematizar la retórica política expresada por los principales partidos y movimientos identitarios, observamos que el modelo es prácticamente el mismo y se basa en conceptos como «pueblo» o «etnia», «autenticidad», «raíces» y «tradición». 

Un esquema que podríamos resumir así: dado que cada pueblo tiene derecho a su cultura, se declara que debe ser defendida y protegida y, por lo tanto, para evitar el peligro de las contaminaciones que surgen del contacto con otras culturas, es necesario que cada uno se quede en su casa. 

El término «pueblo» ha sido expropiado del diccionario tradicional de la izquierda para ser declinado en un nuevo sentido, que en realidad resulta muy antiguo. Si para los grupos y movimientos de izquierda el pueblo representaba la clase más baja de la sociedad, la que debía conquistar el poder que le negaban las clases acomodadas, para los neorracistas el «pueblo» es una entidad formada por autóctonos, indisolublemente ligados a su tierra. Una tierra que determinaría sus características fundamentales: los individuos pertenecientes a ese pueblo tendrían determinadas aptitudes, tradiciones, comportamientos, en otras palabras, tendrían una cierta cultura, por haber nacido en ese lugar concreto. 

Al naturalizar la esencia humana, la cultura, y vincularla a la tierra, el «nosotros» se convierte inevitablemente en un «ellos». El “ethnos” ha sustituido al “demos”. 

La autenticidad se convierte así en una nueva interpretación de la raza, una declinación basada en la tierra de nacimiento. Esa tierra que, a través de las raíces, proporciona sangre a un pueblo determinado. Una ecuación que huele mucho a tribalismo y que está en la base de un discurso cada vez más fuerte por parte de los partidos y movimientos xenófobos y racistas, que reclaman con cada vez más fuerza un «nosotros» formado por gente nacida aquí, hija de gente nacida aquí, nieta, bisnieta, descendiente de otra gente que nunca se ha movido de aquí. Se afirma una continuidad que no solo prevé un hilo ininterrumpido de sangre que une a las generaciones a lo largo de los siglos, de los milenios, sino que niega cualquier aportación externa. 

De ahí el éxito de la metáfora de las «raíces». No es casualidad que en la retórica de muchos soberanismos populistas, «raíces» sea uno de los términos más recurrentes, lo que sugiere que los seres humanos son similares a los árboles, cuyo vínculo con la tierra que los ha producido es casi indisoluble. Se trata de una concepción que expresa la cerrazón hacia el otro y que contiene los gérmenes de aquella concepción nazi del “Blut und Bloden”, es decir: tierra y sangre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

El racismo institucional en pocas palabras: la gran solución.

El racismo institucional en pocas palabras: la gran solución 

Son personas que, a partir del 16 de octubre, han comenzado a ser trasladadas a los dos centros construidos por el gobierno italiano en Albania. Tras haber salido en busca de protección, acabarán en estado de detención, a la espera de que sus solicitudes de asilo se tramiten mediante procedimientos acelerados. El pacto con Albania es una pieza más en las políticas de externalización y disuasión de los flujos migratorios por parte de los países de la UE, tras los acuerdos con Turquía, Libia y Túnez. Italia es uno de los principales defensores de estas políticas. En los últimos días, el gobierno italiano ha expresado su satisfacción por los miles de migrantes que se dirigían a las costas europeas interceptados en el mar y devueltos sanos y salvos a Libia y por las decenas de miles a los que las autoridades tunecinas impidieron partir hacia Europa: datos utilizados sin pudor ni sentido del ridículo para demostrar su supuesto éxito en la reducción de muertes en el mar. 

Más de 1.200 personas murieron o desaparecieron a lo largo de la ruta del Mediterráneo central en los nueve primeros meses de 2024. En cuanto a las operaciones de devolución «seguras» de los guardacostas libios, basta con escuchar las palabras de las personas rescatadas por el Geo Barents, el buque de búsqueda y salvamento marítimo de Médicos Sin Fronteras: «Ante nuestra negativa a detenernos, los libios dispararon contra el bote. Nos lanzaron una cuerda, insultándonos. Ayudamos a las mujeres a subir mientras el bote se hundía. Dos hermanos, un maliense y un guineano, se ahogaron y sus cuerpos fueron abandonados. Desembarcados en Libia, nos llevaron a una de sus cárceles». El relato de los varados en Túnez es igualmente espeluznante. «La guardia nacional nos llevó a la frontera con Libia. Éramos más de mil personas, con muchas mujeres y niños. Pasamos unas dos semanas en el desierto, sin comida ni agua. La guardia nacional venía todas las mañanas a disparar gases lacrimógenos. Huimos a Libia, pero los libios nos hicieron retroceder: no pudimos escapar de ninguno de los dos lados». 

Con la obsesión de mantener a los inmigrantes fuera del país, se ha alquilado y gestionado un trozo de Albania con leyes italianas y -mucho- dinero italiano. Las consecuencias serán graves. El escueto modo de control, primero en un barco frente a Lampedusa y luego en centros en Albania, no permitirá identificar los casos vulnerables (por ejemplo, por razones médicas), que según el mismo pacto deberían ser desembarcados en Italia. Incluso el acceso o no al procedimiento de asilo, la validez o no de las solicitudes y por tanto su aceptación o rechazo de las personas en sus países de origen se decidirá por procedimientos sumarios, sin la garantía de acceso a las formas de protección previstas por la ley, con abogados al otro lado del Adriático. La detención, hipócritamente definida como «leve» por el gobierno italiano, tendrá un impacto devastador en la salud de los refugiados y migrantes, como ya se ha documentado ampliamente en los últimos años en relación con los centros de detención en Italia y en las islas de Grecia y Nauru, cárceles al aire libre para personas que no han cometido delitos… salvo el de huir del infierno a la tierra de promisión. 

La Unión Europea, no solamente Italia, es responsable, directa o indirectamente, de las vidas perdidas por la ausencia de un sistema específico de búsqueda y salvamento en el mar, es responsable del sufrimiento causado en la interceptación de guardacostas libios y tunecinos y de las redadas y deportaciones en Libia y Túnez. Del mismo modo, es responsable del sufrimiento, sin testigos, en el interior de los contenedores de Albania. Derechos humanos violados y leyes internacionales despreciadas: todo por unos cuantos tuits propagandísticos que ensalzan la defensa a ultranza de las fronteras patrióticas. 

Se trata de aligerar el sistema de asilo de personas. Un vistazo al diccionario nos da todo el significado simbólico del término: es decir, descargar lastre, quitar una carga, deshacerse de un peso molesto. Irónicamente, no podemos evitar pensar en los grandes barcos que cruzaron los océanos, dando lugar a la primera globalización del comercio. Un momento crucial que organizó y estableció lo que todavía hoy está en el origen de las desigualdades económicas y sociales, pero también de las guerras y conflictos en nuestro mundo: la colonización. 

La metáfora del mar -utilizada en un momento en que Europa, incluida Suiza, se dispone a adoptar una postura más dura en materia de migración con el nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo- no puede sino recordarnos las decenas de miles de niños y adultos que han muerto en el mar Mediterráneo en las últimas décadas, embarcados en balsas improvisadas. Tras siglos de extra activismo, apropiación de recursos, explotación y empobrecimiento de generaciones de personas nacidas en África, Asia, América y Oceanía, es ahora a fuerza de políticas inhumanas y de externalización cuando Europa y Suiza pretenden atrincherarse cada vez más y deshacerse de esos migrantes que consideran indeseables. 

Pero volvamos al término en sí: a-ligerar es decir des-cargar. La elección de las palabras es importante, y ésta es aterradora. Porque encierra toda la retórica anti-asilo de los últimos cincuenta años: la distinción ilusoria entre verdaderos y falsos refugiados, la lucha contra los abusos, la derivación, pero también el asilo como un problema que hay que resolver, una carga que hay que soportar y de la que hay que des-hacerse. Sobre todo, asusta porque deja al descubierto la forma en que nuestros políticos y administraciones perciben a los seres humanos: como una carga, un inconveniente, sacos de lastre que hay que clasificar, apartar, trasladar, reubicar y tirar como quien se desprende de lo innecesario, de lo superfluo, de lo dañino… Cuando hablamos de lastre, dejamos claro que para nuestros políticos unas vidas importan más que otras, que es más fácil deshacerse de unas vidas que de otras. 

Ésta es la política institucional que parece que algunos países de Europa piensan y dirigen principalmente a las personas procedentes del continente africano. Una muestra más, clara y expresa, del racismo institucional que sigue sustentando la gestión de las fronteras y todo el régimen migratorio suizo y europeo. Una estrategia que nada tiene que ver con una política de asilo digna de tal nombre. Ésta es la gran solución que ha ideado el racismo institucional al menos de una parte de este continente europeo adalid de la cultura, la democracia, los derechos, el progreso. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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