Mostrando entradas con la etiqueta Sacramento del matrimonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sacramento del matrimonio. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de julio de 2026

Los dos son una sola carne - Génesis 2, 24 -.

Los dos son una sola carne - Génesis 2, 24 - 

En el relato bíblico de la Creación, es Dios quien decide convertirse directamente en protagonista de la creación de la mujer. 

Y lo hace provocando un letargo (el término hebreo indica que se trata de un letargo profundo que solo Dios puede otorgar, cfr. Génesis 15, 12 o 1 Samuel 26, 12) que subraya cómo en lo que está a punto de suceder no hay ninguna intervención ni intención del hombre. 

El hombre no sabrá nada del proceso de formación de la mujer. Para él seguirá siendo siempre un misterio y un don de Dios. 

El camino de la humanidad estará destinado a una acogida recíproca de lo que Dios ha creado en la diferencia de género y en la posibilidad de ser el uno para el otro un apoyo, de igual a igual, como frente a frente. 

En medio de este letargo tiene lugar la acción que el relato narra así: Dios le quitó una de las costillas y cerró la carne en su lugar […] y formó con la costilla, que le había quitado al hombre, una mujer. 

Pocas imágenes bíblicas han marcado tan profundamente la imaginación de toda la humanidad occidental como la de la costilla de Adán. 

Pero también hay que decir con la misma fuerza que son muy escasas las representaciones literarias y pictóricas del episodio que respeten la formulación hebrea del texto. 

El término que se utiliza, de hecho, nunca significa el hueso que nosotros llamamos «costilla». Más bien, su significado más común es el de «lado», «parte». 

Incluso el texto griego de la Biblia lo había traducido así: «Dios tomó uno de los dos lados del cuerpo y volvió a cerrar la carne en su lugar». Solo será el latín el que propondrá simplemente «Deus tulit unam de costis eius et replevit carnem pro ea», lo que facilita el desliz hacia el hueso en el que estamos tan acostumbrados a pensar. 

Si se trata de un costado o de una parte de huesos y carne de Adán que Dios utiliza para formar a la mujer, esto significa básicamente dos cosas. 

La primera es que el Adán inicial no existe tal y como había sido creado, y el resultado final es la existencia de un hombre y una mujer que Dios presenta el uno al otro

Es decir que no debemos pensar que al principio existiera un varón y que, a costa de uno de sus huesos perdidos, Dios añadiera una mujer. 

El relato bíblico sugiere más bien la idea de que el Adam solitario ya no existe

En su lugar, existe lo que el texto ya había propuesto: «Y Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó». 

Es curioso que precisamente a partir de este conocimiento del significado original de los términos, la teología rabínica siempre ha propuesto la idea de que el Señor Dios partió en dos a un ser humano hasta entonces indiferenciado, llegando incluso a proponer para el ser humano originario una forma casi esférica. 

Separado de esta manera, Dios formó, por un lado, cerrando la carne, al ser humano varón y, por otro, al ser humano mujer. 

La segunda consecuencia es que la mujer, a diferencia de los animales, formados del suelo, está formada de la misma materia que el hombre. Es igual en todo y en todos los aspectos al hombre. 

Hay que subrayar además que, en la lengua hebrea, «hombre» y «mujer» son simplemente el masculino y el femenino de la misma raíz - respectivamente, ish e ishah -. 

Desde esta perspectiva no es posible ninguna supremacía. La diversidad no es más que la posibilidad de estar frente a frente en la relación. 

De hecho, Dios, que los conduce el uno hacia el otro, sella el final del proceso. 

A partir de ahora, la humanidad estará constituida por dos géneros diferentes, que no pueden concebirse independientemente el uno del otro. 

Ni uno ni otro podrán pretender invocar un derecho a la plenitud, o a la bondad, en su propia «soledad». 

Solo a partir de la aceptación recíproca de la «igualdad en la diversidad», de la ayuda recíproca como dos que se encuentran frente a frente, se pueden configurar las propias identidades de género. 

El relato bíblico permite de esta manera configurar buenas relaciones entre lo masculino y lo femenino en la humanidad. 

Y hacer esto es decisivo por ejemplo: 

a.- frente a visiones integristas (de carácter religioso y no religioso) que apelan continuamente a la dependencia absoluta de la mujer respecto al hombre, 

b.- y frente a visiones absolutistas, que apelan continuamente a supuestas definiciones de dignidad de lo masculino y lo femenino, independientemente de su relación recíproca de ayuda como entre iguales. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Sobre la nota doctrinal "Una caro. Elogio de la monogamia".

Sobre la nota doctrinal “Una caro. Elogio de la monogamia. El valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca” 

«Unión exclusiva y pertenencia recíproca»: así define el matrimonio la Nota doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, es decir, como una «unión indisoluble». El documento —aprobado por el Papa León XIV el pasado 21 de noviembre, memoria litúrgica de la Presentación de la Santísima Virgen María, y presentado a la prensa el 25 de noviembre— se titula «Una caro (una sola carne). Elogio de la monogamia». 

En el documento se explica que solo dos personas pueden entregarse plena y completamente la una a la otra, ya que, de lo contrario, se trataría de una entrega parcial que no respeta la dignidad de la pareja. 

En la base del documento hay tres motivaciones en el origen del texto: 

1.- el actual contexto global de desarrollo del poder tecnológico que lleva al ser humano a considerarse una criatura sin límites y, por lo tanto, alejado del valor de un amor exclusivo y reservado a una sola persona; 

2.- los debates con los obispos africanos sobre el tema de la poligamia, recordando que estudios en profundidad sobre las culturas africanas desmienten la opinión común sobre la excepcionalidad del matrimonio monógamo; 

3.- el crecimiento del «poliamor» en Occidente, es decir, de formas públicas de unión no monógama. 

En este contexto, la Nota quiere destacar la belleza de la unidad conyugal que, con la ayuda de la gracia, representa también la unión entre Cristo y su amada esposa, la Iglesia. 

Aunque destinada en primer lugar a los Obispos, la Nota también quiere ser de ayuda para los jóvenes, los novios y los esposos, para que comprendan la riqueza del matrimonio cristiano, de modo que se estimule una reflexión serena y una profundización detenida y prolongada sobre el tema. 

El documento está dividido en siete capítulos. A los que hay que añadir las Conclusiones. La Nota reafirma que la monogamia no es una limitación, sino la posibilidad de un amor que se abre a la eternidad. 

Hay dos elementos parecen decisivos: la pertenencia recíproca y la caridad conyugal. 

Por lo que se refiere a la pertenencia recíproca, ésta se funda en el libre consentimiento de los dos cónyuges que es reflejo de la comunión trinitaria y que se convierte en fuerte motivación para la estabilidad de la unión. Se trata de la pertenencia del corazón, donde solo Dios ve y donde solo Él puede entrar, sin perturbar la libertad y la identidad de la persona. 

Esta pertenencia mutua propia del amor recíproco exclusivo implica un cuidado delicado, un santo temor a profanar la libertad del otro, que tiene la misma dignidad y, por lo tanto, los mismos derechos. 

Quien ama sabe que el otro no puede ser un medio para resolver las propias insatisfacciones y sabe que el propio vacío nunca debe llenarse a través del dominio del otro. 

A este respecto, la Nota lamenta las tantas formas de deseo malsano que desembocan en diversas manifestaciones de violencia explícita o sutil, de opresión, de presión psicológica, de control y, finalmente, de asfixia. Se trata de falta de respeto y reverencia ante la dignidad del otro. 

Un «nosotros dos» sano implica la reciprocidad de dos libertades que nunca se violan, sino que se eligen mutuamente, dejando siempre a salvo un límite que no se puede sobrepasar. Esto ocurre cuando la persona no se dispersa en la relación, no se funde con la persona amada, respetando todo amor sano «que nunca pretende absorber al otro. 

A este respecto, la Nota subraya que la pareja podrá comprender y aceptar un momento de reflexión o algún espacio de soledad o autonomía solicitado por uno de los cónyuges, ya que el matrimonio no es posesión ni pretensión de tranquilidad absoluta, ni liberación total de la soledad (solo Dios, de hecho, puede llenar el vacío que siente un ser humano), sino confianza y capacidad para afrontar nuevos retos. 

Al mismo tiempo, se invita a los cónyuges a no rechazarse mutuamente, porque cuando la distancia se hace demasiado frecuente, el “nosotros dos” se expone a su posible eclipse. Un diálogo sincero permite sanar las causas del distanciamiento mutuo y encontrar el equilibrio adecuado. 

Esta pertenencia recíproca se expresa también en la ayuda mutua entre los cónyuges para madurar como personas. En esto, la oración es un medio precioso con el que la pareja puede santificarse y crecer en el amor. 

De este modo, se realiza la caridad conyugal, potencia unificadora «afectiva, fiel y total, don divino pedido en la oración y alimentado en la vida sacramental y que, precisamente en el matrimonio, se convierte en la mayor amistad entre dos corazones cercanos, próximos, que se aman y se sienten en casa el uno en el otro. 

Gracias al poder transfigurador de la caridad, será además posible entender la sexualidad en cuerpo y alma, es decir, no como un impulso o un desahogo, sino como un maravilloso regalo de Dios que orienta a la entrega de uno mismo y al bien del otro, asumido en la totalidad de su persona. 

La caridad conyugal se derrama también en la fecundidad, aunque esto no significa que este deba ser el fin explícito de todo acto sexual. Por el contrario, el matrimonio conserva su carácter esencial aunque no haya hijos. 

En el contexto socio cultural actual que tantas veces niega el fin unitivo de la sexualidad y del matrimonio, ¿cómo se puede preservar la posibilidad de un amor fiel? 

La respuesta, afirma el documento, se encuentra en la educación: «El universo de las redes sociales, donde la modestia se desvanece y proliferan las violencias simbólicas y sexuales, muestra la urgencia de una nueva pedagogía». 

Es necesario preparar a las generaciones para acoger la experiencia amorosa como un misterio antropológico, presentando el amor no como un mero impulso, sino como una llamada a la responsabilidad y capacidad de esperanza de toda la persona. 

La educación en la monogamia no es «arcaísmo» ni coacción moral, sino que constituye una iniciación a la grandeza de un amor que trasciende la inmediatez y anticipa de alguna manera el misterio mismo de Dios. 

La caridad de la unión conyugal se ve también en las parejas que no se encierran en su individualismo, sino que se abren a proyectos compartidos para hacer algo bello por la comunidad y por el mundo, ya que el ser humano se realiza a sí mismo relacionándose con los demás y con Dios. 

De lo contrario, es solo egoísmo, autorreferencialidad, endogamia que hay que combatir, por ejemplo, practicando el sentido social de la pareja que se compromete, juntos, en la búsqueda del bien común. 

La Nota reitera que todo matrimonio auténtico es una unidad compuesta por dos individuos, que requiere una relación tan íntima y totalizante que no puede compartirse con otros. 

Por lo tanto, entre las dos propiedades esenciales del vínculo matrimonial —unidad e indisolubilidad—, la primera es la que fundamenta la segunda: la fidelidad solo es posible a partir de una comunión elegida y renovada. Solo así el amor conyugal será una realidad dinámica, llamada a un crecimiento y un desarrollo continuos en el tiempo, en una promesa de infinito. 

El documento ofrece también un amplio excursus teológico, filosófico y poético sobre el tema de la monogamia, a partir del capítulo 2 del Génesis - «Los dos serán una sola carne» - y pasando por los Padres de la Iglesia, entre ellos San Agustín, que describe la belleza de la unidad conyugal como «un caminar juntos, uno al lado del otro». 

No faltan, además, las referencias a las principales intervenciones magisteriales en la materia: desde el Papa León XIII, que vincula la defensa de la monogamia a la defensa de la dignidad de la mujer, hasta el Papa Pío XI, autor de la Encíclica Casti connubii. Son numerosas también las citas del Concilio Vaticano II, en las que se destaca cómo el amor monógamo es espejo de la «igual dignidad de cada uno de los cónyuges». 

Otros puntos de reflexión surgen de los pasajes del Papa Pablo VI que, en la Encíclica Humanae vitae, subraya el significado procreativo del matrimonio, pero, al mismo tiempo, muestra también otro, inseparable del primero, es decir, el significado unitivo. 

Del Papa Juan Pablo II se recuerda, en cambio, la hermenéutica del don: el ser humano, imagen de Dios, ha sido creado para donarse al otro y solo en este don de sí mismo lleva a cabo el verdadero significado de su existencia. Además, dado que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, creándolo varón y mujer, se deduce que la humanidad, para parecerse a Dios, debe ser una pareja. 

De Karol Wojtyła se retoma también la reflexión filosófica realizada como joven Obispo, en particular el «principio personalista» que exige tratar a la persona de manera correspondiente a su ser y no como un objeto al servicio de otra persona. 

Al mismo tiempo, el futuro Papa niega la tesis rigorista que considera la sexualidad matrimonial solo con fines procreativos, sosteniendo en cambio que existe una alegría conforme tanto a la unión física como a la dignidad de la persona. Porque el otro puede ser amado como persona y, al mismo tiempo, deseado. 

Amplias citas remiten también a Deus caritas est y Amoris laetitia: con la primera Encíclica del Papa Benedicto XVI se recuerda que el matrimonio recoge y lleva a cabo esa fuerza disruptiva que es el amor que, en su dinámica de exclusividad y definitividad, no quiere mortificar la libertad humana sino que abre la vida a un horizonte de eternidad. De la Exhortación Apostólica del Papa Francisco se retoma en particular el capítulo IV, con una descripción detallada del amor y la caridad conyugal. 

Por último, del Papa León XIV se cita sobre todo el mensaje con motivo del décimo aniversario de la canonización de los padres de Santa Teresa del Niño Jesús. En él, el Papa describe a los cónyuges como un modelo de fidelidad y atención al otro; de fervor y perseverancia en la fe; de educación cristiana de los hijos, de generosidad en el ejercicio de la caridad y la justicia social; un modelo también de confianza en la prueba. 

El documento repasa también el pensamiento de algunos filósofos del siglo XX, como Emmanuel Lévinas, que ve en la unión exclusiva del matrimonio “un cara a cara” que reivindica para sí la pertenencia recíproca exclusiva e intransferible fuera de ese “nosotros dos”. Del pensador Jacques Maritain se recuerda, en cambio, la concepción del amor como una donación completa e irrevocable del uno al otro, en busca del bien del otro hasta la unión total con Dios. 

Un capítulo aparte está dedicado a la palabra poética: los famosos versos de autores como Whitman, Neruda, Montale, Tagore y Dickinson profundizan en el sentido de pertenencia que se siente en el “nosotros dos” y que llega a percibirse como totalizador, indestructible e intransferible. 

Después de esta somera presentación de algunos rasgos del contenido de la Nota, me permito una valoración más personal. 

En los años 70/80, la frontera de la moralidad sexual para la Iglesia parecía seguir siendo el de las relaciones prematrimoniales. Una batalla perdida hace tiempo y de la que ya nadie habla. Hoy en día, ese límite, en la percepción del Magisterio, ha retrocedido mucho, hasta situar el debate en la cuestión de la monogamia. 

Ya sea por la pérdida de autoridad de la Iglesia, o por el cambio radical que ha experimentado el mundo entretanto, o por la aparición de diferentes generaciones de cristianos, la sensación que transmite la lectura de esta Nota no es la de una Iglesia en trinchera. 

El intento, declarado por los redactores, y por tanto consciente, es, de hecho, mostrar la belleza y el atractivo de la monogamia, en comparación con otras formas de amor sexual, sin la presión de defender posturas que hoy ya sería difícilmente defendibles 

En mi opinión algunas luces del documento pueden ser, por ejemplo, las siguientes: 

1.- Su lenguaje. Fluido y no destinado a expertos, salvo por algunas citas de autores, entre las muchas que se incluyen, que complican un poco la lectura. Pero, en general, un texto realmente legible, aunque declaradamente largo para ofrecer abundante material a quienes quieran utilizarlo con fines educativos, formativos, pastorales… 

2.- El notable intento de reconstruir la historia del pensamiento eclesiástico sobre la monogamia ampliando la mirada a autores menos conocidos pero muy interesantes para el tema, al área oriental de la Iglesia cristiana y a las tradiciones asiáticas arraigadas en otras religiones. 

En esto, destaco el valor de situar a Santo Tomás de Aquino en la sección de perspectivas filosóficas y culturales, y no incluirlo entre los autores teológicos medievales. Salvo para retomarlo luego en la síntesis teológica de la sexta parte, pero en pasajes mucho menos «escolásticos» y más «antropológicos». 

3.- El evidente esfuerzo por releer la monogamia fuera del horizonte moralista, como un rasgo atractivo del amor pleno, posible en la tierra. Esto se ve al dar un espacio interesante a las voces poéticas sobre la monogamia, ofreciendo una lectura en dirección a la belleza y la plenitud del amor y del matrimonio. Y dando espacio en varios puntos a la afirmación decidida y explícita de que la relación sexual tiene como valor primario la unión de los dos cónyuges y no la procreación. 

Entre las sombras destacaría particularmente estas dos: 

1.- El no haber abordado la relación entre la unidad interna de la persona y la unidad de la relación de pareja. Cuando se pregunta cómo se puede preservar un amor monógamo, se da casi por sentado que todavía es posible en la práctica para las personas de hoy. Y la respuesta genérica es la educación. 

Quizás el texto no quería abordar este aspecto del problema, pero, en mi opinión, un documento así debería haberse planteado la cuestión de por qué hoy en día la monogamia está en crisis, sin limitarse a constatar y denunciar la situación actual. 

Tal vez se podría haber escrito que la condición media de las personas de hoy en día es estar fragmentadas por dentro, en una situación existencial en la que a menudo ya se da por perdido que las dimensiones intelectuales, emocionales, volitivas, …, puedan realmente reunificarse. Sobre esto no hay ni una palabra. 

Y se podría haber observado que hoy en día las relaciones se basan en las emociones y no en los valores, donde el nacimiento auténtico de los sentimientos como base efectiva para mantener una relación monógama es realmente difícil de llevar a cabo. 

Entiendo que falta una asunción seria de la condición antropológica real de las personas de hoy, quizás también porque aún se perciben los ecos de una antropología de las «partes» que componen a la persona, en la que el alma, el cuerpo y el espíritu se siguen considerando elementos diferentes, reunidos en la persona, en la que la cabeza debe guiar a los otros dos. 

2.- La dificultad del texto para centrar la representación de la vida monógama como algo que produce placer, no solo sexual, sino existencial. El mundo actual espera una respuesta sobre esto, porque de este elemento depende también la credibilidad de una propuesta existencial atractiva. 

En cambio, el texto menciona a menudo el placer como un elemento disfuncional del que se hace un uso incorrecto, mientras que se muestra vacilante a la hora de mostrar el valor teológico positivo de las experiencias conyugales de placer, indicadas, no por casualidad, en los mismos números en los que se describe un uso incorrecto del placer. 

La confianza fundamental en la experiencia del placer como lugar de la presencia de Dios en la persona aún no es nada segura y se termina por recurrir a la voluntad, entendida como un dato más racional que sensible, cuando este placer ya no existe o se debilita. 

Entiendo que esta Nota a modo de elogio del matrimonio pretende ser proactiva y propositiva. Y, precisamente por eso, puede enriquecer la reflexión sobre el matrimonio y constituir una aportación útil para la lectura, el estudio, el diálogo en las comunidades cristianas eclesiales en general y, particularmente, en aquellas laicales y en los grupos matrimoniales. 

La palabra ‘elogio’, en una Nota doctrinal como ésta, no indica simplemente un aprecio, sino un verdadero canto de alegría. 

Y quiero pensar que esta Nota doctrinal, precisamente a través de este término de ‘elogio’, ofrece una clave para interpretar el amor conyugal como alianza de vida, es decir, como promesa de infinito.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 13 de noviembre de 2025

La misión de la pareja cristiana: un esbozo de reflexión.

La misión de la pareja cristiana: un esbozo de reflexión

¿Existe una misión de los esposos cristianos? Y si existe, ¿se trata de una misión genérica o de una misión específica para cada pareja? 

Estas preguntas se sitúan, obviamente, en el contexto más amplio de la profundización sacramental del matrimonio cristiano, que comenzó de manera significativa solo en el siglo pasado, después del Concilio Vaticano II y, en particular, con el pontificado de San Juan Pablo II. 

El Catecismo recuerda que el matrimonio, al igual que la ordenación ministerial, es un sacramento al servicio de la comunión y encierra una llamada a la edificación del Pueblo de Dios. (cf. CCC, 1534). Así que sí, no hay duda, ¡existe una misión de los esposos inscrita en el sacramento! Pero ¿de qué se trata? 

Antes de responder a esta pregunta, tal vez hasta sea oportuno pararse a reflexionar un momento sobre la palabra «misión». 

Se trata de algo que descansa más o menos veladamente en cada corazón humano: cada uno de nosotros siente que no ha nacido por casualidad y experimenta el deseo de ser llamado de alguna manera a dejar huella en esta tierra. 

Pero, además de esto, no podemos dejar de tener en cuenta algunos elementos que condicionan nuestro imaginario. 

En primer lugar, algunos de nosotros, que hemos crecido con las películas de Misión imposible, relacionamos fácilmente la misión con hazañas heroicas, así como con la expectativa de éxito, reconocimiento y estima por parte de los demás. En el ámbito católico, además de asociarse con la evangelización - pensemos por ejemplo en las misiones -, el término «misión» casi siempre se relaciona con la propuesta de actividades pastorales. 

Vale la pena tener todo esto en cuenta porque no es raro que ciertos estímulos sobre el matrimonio como sacramento para el servicio a los demás generen, lamentablemente, malentendidos. 

Quiero destacar tres en particular, que no solo desvían la atención, sino que incluso corren el riesgo de desgastar a la propia pareja. Todos tienen un denominador común: la idea de que la misión es «hacer algo» o, mejor dicho, hacer algo por Dios. 

1.- El primer malentendido yo lo definiría «clerical» y se refiere a la comparación con el sacramento del orden. 

Me explico: durante mucho tiempo, el sacramento del matrimonio se ha tratado como algo «de segunda categoría» en comparación con la vocación al celibato por el Reino, por lo que para muchos esposos lo que escribe el Catecismo suena casi como una reivindicación de su propio valor y de su propio espacio, tan a menudo menospreciado o instrumentalizado por los presbíteros. 

Pero más allá del sentido de revancha, que ya de por sí no es «según Dios», el problema aquí es que los esposos corren el riesgo de entender su misión en términos «clericales», reivindicando así espacios, roles y responsabilidades y acabando por imitar un modelo que no les corresponde. 

Esto lleva a considerar como más noble todo lo que es «pastoral» en sentido estricto: cursos, testimonios, encuentros, evangelización, momentos de oración, en comparación con lo que concierne a la vida ordinaria. 

Pero ¿qué es más grande? ¿Cambiar un pañal o dirigir un momento de oración? ¿Salir a comer un helado con la familia o hablar a un grupo de novios? ¿Invitar a cenar a los vecinos o ir a una convivencia con jóvenes? 

2.- El segundo malentendido está relacionado con el primero y se refiere a nuestra necesidad de afirmación y reconocimiento. 

Es decir, el riesgo de idealizar la misión como una empresa extraordinaria y emocionante que, de éxito en éxito, nos realizará personalmente y como pareja. Algo que nos llevará a ser reconocidos, a ser «alguien», a que nos digan: bonito, bien hecho, gracias... 

Pero ¿es este el fin de la misión inscrita en el sacramento del matrimonio? ¿Un triunfo que no prevé la Pascua? 

3.- El tercer gran malentendido se refiere, en cambio, a la deriva voluntarista: «¡tenemos que ponernos manos a la obra!». 

Ciertos estímulos sobre la misión de los esposos, aunque sean de buena fe, imponen a las parejas una expectativa, un ideal que alcanzar y un consiguiente impulso a «hacer». Se corre el riesgo de consolidar así la idea de que la misión es algo que debemos producir nosotros con nuestros esfuerzos y nuestro compromiso. 

Pero ¿es acaso una pareja de esposos un «equipo» que produce cosas? 

La cuestión es que no es haciendo cosas como se cumple la misión de los esposos. 

Es más, todo este impulso por «hacer cosas» conlleva riesgos muy graves: en primer lugar, crea una excelente excusa para no abordar las dificultades concretas que surgen poco a poco en la pareja y descuidar la propia vocación de esposa/esposo (madre/padre, …). 

Además, todo esto corre el riesgo inexorable de crear parejas que se consideran de primera categoría porque «hacen» y otras que se consideran de segunda categoría porque «no hacen». 

Todo esto acaba generando ansiedad por el rendimiento o la sensación de que el propio valor depende de lo que se hace y del reconocimiento que se obtiene por ello. 

Y creo que estos malentendidos residen precisamente en cómo se entiende el sacramento del matrimonio. 

Éste es un tema que requeriría un tratamiento mucho más amplio y articulado, pero me contento con algunas pequeñas ideas útiles para iniciar una reflexión. 

Comienzo recordando que los sacramentos son los acontecimientos/encuentros de la Gracia a través de los cuales Jesucristo continúa su obra de salvación y, en particular, en el sacramento del matrimonio, el don de la gracia se produce precisamente sobre el amor entre el hombre y la mujer, sobre la relación entre el esposo y la esposa. 

Es esta relación la que constituye el signo sacramental del matrimonio. Es esta relación la que está habitada por el misterio de la Pascua de Jesucristo. La vida de dos esposos es, pues, un sacramento en constante acción, o al menos debería serlo. 

La primera llamada (o misión) de dos esposos es, por tanto, acoger y tomar en serio el misterio de la presencia de Jesucristo salvador en su relación. No en vano, el Papa Francisco decía que el sacramento del matrimonio es ante todo un don para la salvación y la santificación de los esposos (cf. Amoris Laetitia 72). 

A menudo se acaba considerando el amor matrimonial como un esfuerzo o un deber, o como una meta que alcanzar, pero el sacramento nos recuerda que el Amor, con mayúscula, es un don que se nos ha dado gratuitamente y que estamos llamados a acoger para poder amarnos. 

Es interesante observar también que en los diversos pronunciamientos del Magisterio de la Iglesia, cuando se habla de la «misión de los esposos», no hay ninguna indicación sobre «hacer cosas», sino más bien invitaciones sinceras a acoger y manifestar el Amor del que se han hecho partícipes. 

He aquí algunos ejemplos: 

«Los esposos, en virtud del sacramento, reciben una verdadera misión, para que puedan hacer visible, a partir de las cosas sencillas y ordinarias, el amor con que Cristo ama a su Iglesia, continuando a dar la vida por ella» (Amoris Laetitia 121). 

«La misión quizás más grande de un hombre y una mujer en el amor es esta: hacerse mutuamente más hombre y más mujer» (Amoris Laetitia 221). 

«La familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia, su esposa» (Familiaris Consortio 17). 

La invitación es clara: el protagonista de la misión de los esposos no es la pareja, sino el mismo Dios, que pide ser acogido y manifestado en las cosas sencillas y ordinarias de la vida. Esas cosas cotidianas que, en el fondo, si se ven bien, si están habitadas por el amor, no son menos extraordinarias que las «extraordinarias». 

¡La misión de los esposos es una sola! ¡La misión no es hacer, sino dejarse hacer! 

¡Dejarse hacer por Dios! ¡Dejarse regenerar por el Amor, permanecer en el Amor! Dejarse guiar por Él por el camino que ha pensado para nosotros, que la mayoría de las veces es muy diferente del que fantaseamos o del que habríamos elegido. 

Y este camino tiene su origen solo en el Amor custodiado y acogido entre los esposos, porque ¡solo allí se genera la Vida! Y entonces será la Vida, la Vida de Dios, la que se manifestará y se expandirá a su manera más allá de los límites familiares para edificar la Iglesia. 

El amor verdadero, de hecho, y el camino espiritual nunca conducen al aislamiento intimista, siempre amplían el número de personas involucradas, siempre se expanden y, juntos, generan responsabilidad por el bien del otro. 

El amor verdadero nunca conduce a dos corazones y una casa, sino que siempre tiene como horizonte la «gran familia», la Iglesia, en las mil formas que el Espíritu adapta a cada pareja. 

Al fin y al cabo, de hecho, este camino tiene sentido y se cumple en la medida en que nos hace cada vez más hombres y mujeres, cada vez más esposos, y en virtud de nuestra unión entre nosotros y con Dios, nos hace cada vez más padres y madres (en un sentido mucho más amplio que el de la vida biológica). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 2 de noviembre de 2025

Qué es (y qué no es) una relación de pareja.

Qué es (y qué no es) una relación de pareja 

Ante la complejidad del vínculo de pareja, quizá podamos declinar algunas de sus articulaciones, para comprender por qué tan a menudo este hilo se enreda y se rompe. 

Todavía hay quienes sostienen la teoría de las dos mitades de la manzana 

Ser la mitad de algo no significa que juntos formemos un todo. E incluso si lo lográramos, este todo sería para uno solo y se perdería un capital humano considerable. El mito del Andrógino de Platón, un ser perfecto, mitad hombre y mitad mujer, sigue considerándose un patrón significativo para las relaciones de pareja, y así hay quienes imaginan ir en busca del «alma gemela» que devuelva la totalidad a las dos mitades del Andrógino, divididas por los dioses envidiosos y obligadas a vagar por el mundo hasta que puedan recomponer la unidad con la otra mitad de la que fueron separadas. 

Hay quienes se entregan de forma unilateral 

Amar de forma unilateral, sin esperar nada a cambio, es bonito en los cuentos de hadas. Pero en la vida real, un amor maduro requiere un delicado equilibrio entre dar y recibir, porque todo lo que no es recíproco alimenta expectativas ocultas y rencores y se deteriora muy rápidamente de forma irremediable. 

Hay quienes asumen el liderazgo de una vez por todas y quienes se dejan guiar 

En todo caso, se trata de una relación adulto-niña o adulto-niño, en la que uno de los dos debe ser guiado, protegido, educado, y el otro asume el liderazgo y la responsabilidad por ambos. Ocasionalmente, en momentos específicos o en relación con habilidades particulares de uno u otro, también puede funcionar, pero solo si se juega también la carta de la reciprocidad. Una pareja no puede caminar solo con dos piernas, debe caminar con cuatro. Una pareja no puede actuar dentro o fuera con solo dos brazos y una sola mente. Debe actuar, dentro y fuera, con cuatro brazos y dos mentes en diálogo. 

Hay quienes necesitan estar constantemente vinculados a la otra persona 

Esta puede ser la fórmula de la fase inicial, felizmente simbiótica, en la que se siente un solo corazón y un solo alma. Sirve para cruzar el umbral entre el yo y el tú, para poder confiar y entregarse, pero es solo un salto inicial, que debe evolucionar y atravesar una fase de redefinición de las subjetividades individuales para luego llegar a construir el espacio del nosotros. Un espacio vivo, que no anula los espacios personales, sino que crea un nuevo nivel de relación. A menudo nos encontramos añorando la fase inicial de fusión, pero si nos quedáramos atrapados allí, no habría espacio para crecer, ni como individuos ni como pareja. 

Hay quienes están convencidos de ser transparentes y quienes piensan que no es necesario intuir 

Ciertas conversaciones en las que no se hace el esfuerzo de traducir los propios sentimientos en palabras comprensibles y, por otro lado, se omite escuchar o se cierra la conversación, terminan pareciéndose a un ejercicio en el que se practica el deporte extremo del malentendido. Ciertos no diálogos se convierten en el campeonato mundial del desconocimiento del propio mundo interior y del ajeno. Sin una disposición a la apertura y a la escucha, y sin una profunda empatía mutua, no hay relación de pareja. 

Hay quienes imaginan dejarse llevar totalmente por la voluntad de la otra persona 

Avanzar en la vida de pareja con los ojos vendados, delegando totalmente las decisiones y las responsabilidades en la otra persona, se asemeja más bien a una fascinación; es confiar ciegamente y totalmente y dejarse llevar, renunciar a ser responsable de la propia existencia, delegando la dirección en el otro, en la otra. Amar con todo uno mismo no significa perder de vista el propio camino. 

Hay quienes sienten que deben solicitar desesperadamente la atención del otro, de la otra 

Cada intento angustioso, insistente, reiterado, doloroso, llevado a cabo para despertar el interés que falta por parte de la otra persona, para llamar su atención, obtener su mirada, configura fácilmente una situación de dependencia. En el juego de los roles, esto implica que el otro asume el poder de validar o invalidar la existencia de la pareja. Un juego muy peligroso, que no terminará bien. 

Hay quienes se comprometen a mantener a la otra persona dentro de una esfera de cristal 

Esta situación puede confundirse con una forma de protección; en realidad, es un intento de conservar un instante inmutable, como en una imagen eterna congelada, o más precisamente, un intento de controlar a la otra persona. Estamos muy lejos de reconocer la subjetividad y las competencias del otro, estamos muy lejos de una relación de pareja sana y enriquecedora. 

Hay quienes creen que deben acurrucarse a los pies de la otra persona 

Puede parecer gratificante para quien está en posición de dominio y tranquilizador para quien ha asumido la posición de sumisión, pero simplemente no funciona, debido al exceso de desequilibrio en los roles. 

Hay quienes creen que deben llevar al otro, a la otra, aferrado a sí mismo, en brazos o sobre los hombros 

Podría parecer algo muy romántico... pero, en realidad, uno de los dos ha renunciado a caminar con sus propias piernas y el otro se comporta como si tuviera un bebé en brazos. En pequeñas dosis puede ser muy dulce, pero si fuera así la mayor parte del tiempo, se convertiría en una niñera, no en una pareja. 

Hay quienes calculan que pueden aferrarse a la fuerza vital del otro, de la otra, y sacar provecho de ella 

Esta posibilidad también podría parecer romántica, pero no lo es en absoluto. En todo caso, es una forma de recibir un servicio unilateral, mientras que todo lo demás desaparece y quien parecía más fuerte se va consumiendo poco a poco. No estamos ahí, no estamos ahí en absoluto. 

Hay quienes están seguros de poder exigir amor sin darlo a cambio 

Este tipo de relación se convierte en una relación unilateral de servicio, en la que uno de los dos exige un servicio y no tiene en cuenta que debe corresponder de ninguna manera. Lo que ocurre es que, por un lado, uno se acostumbra a exigir y, por otro, pronto empieza a albergar un profundo resentimiento. 

Hay quienes se reservan el acceso al mundo, manteniendo a la otra persona en un recinto interno 

Se trata de una situación en la que los roles de género se definen de forma extrema, con la separación entre una esfera pública, donde solo uno de los dos está presente, es competente y activo, mientras que la otra persona está confinada en la esfera privada, sin autonomía respecto al mundo exterior, indefensa, si no ineficaz. Simplemente es una posición que ha quedado superada por la historia. Solo sigue vigente en culturas aún muy tradicionales. 

Hay quienes siguen esperando en la ventana de la torre a que llegue el otro a caballo 

En todo caso, esto podría ser una breve fase del cortejo, pero, si fuera más allá, en esencia reafirmaría una división de roles muy tradicional, en la que por un lado estaría la espera pasiva y por otro la acción activa. Por un lado, estar encerrada, «protegida» —pero también, de forma implícita, por conquistar— y, por otro, ir, actuar, dar un paso adelante, proponerse. Por supuesto, esta división de roles también incluye el poder de «despertar» a una bella, que se supone más o menos dormida, y presupone su consentimiento automático, una vez producido el «despertar». 

Hay quienes están convencidos de que, cuando las cosas no van bien, la responsabilidad es del otro 

Es el caso de una famosa pareja en la que, según la literalidad de la tradición, ella parece haber sido forjada a partir de una costilla de él que, según cuentan algunos, le fue extraída mientras dormía, y que ella fue creada para ayudarle y para que no estuviera solo. Siempre según la tradición literal, parece que él se eximió inmediatamente de su responsabilidad acusándola a ella de haberlo inducido a cometer un delito, tan pronto como el delito fue denunciado, en flagrante delito, por una autoridad superior. En su caso, se pone de manifiesto un problema básico: el de no haberse elegido, sino simplemente haberse encontrado, sin saber nada el uno del otro, en un magnífico lugar de vacaciones, del que, según la citada lectura literal, fueron irremediablemente expulsados por el propio propietario. 

Hay quienes ven el amor como un regalo mutuo de comprensión y alegría 

El amor verdadero contiene el elemento de la amabilidad amorosa, que es la capacidad de ofrecer felicidad. Para hacer feliz a una persona hay que estar ahí. Hay que aprender a mirarla, a hablarle. Hacer feliz a otra persona es un arte que se aprende. 

El segundo elemento que compone el amor verdadero es la compasión, la capacidad de eliminar el dolor, de transformarlo en la persona que amamos. También en este caso hay que practicar la mirada profunda para poder ver qué tipo de sufrimiento tiene esa persona en su interior. 

A menudo ocurre que la otra persona, comprendida y apoyada, será capaz de afrontar más fácilmente las dificultades de su vida, porque sentirá que estás de su lado. 

El tercer elemento es la alegría. El amor verdadero debe traerte alegría y felicidad, no sufrimiento día tras día. 

El cuarto y último elemento es la libertad. Si al amar sientes que pierdes tu libertad, que ya no tienes espacio para moverte, eso no es amor verdadero. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...