Sobre la nota doctrinal “Una caro. Elogio de la
monogamia. El valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca”
«Unión exclusiva y pertenencia recíproca»:
así define el matrimonio la Nota doctrinal del Dicasterio para la
Doctrina de la Fe, es decir, como una «unión indisoluble». El
documento —aprobado por el Papa León XIV el pasado 21 de noviembre, memoria
litúrgica de la Presentación de la Santísima Virgen María, y presentado a la
prensa el 25 de noviembre— se titula «Una caro (una sola carne). Elogio
de la monogamia».
En el documento se explica que solo dos personas pueden
entregarse plena y completamente la una a la otra, ya que, de lo contrario, se
trataría de una entrega parcial que no respeta la dignidad de la pareja.
En la base del documento hay tres motivaciones en el
origen del texto:
1.- el actual
contexto global de desarrollo del poder tecnológico que lleva al ser
humano a considerarse una criatura sin límites y, por lo tanto, alejado del
valor de un amor exclusivo y reservado a una sola persona;
2.- los debates
con los obispos africanos sobre el tema de la poligamia, recordando que
estudios en profundidad sobre las culturas africanas desmienten la opinión
común sobre la excepcionalidad del matrimonio monógamo;
3.- el
crecimiento del «poliamor» en Occidente, es decir, de formas públicas
de unión no monógama.
En este contexto, la Nota quiere destacar la
belleza de la unidad conyugal que, con la ayuda de la gracia, representa
también la unión entre Cristo y su amada esposa, la Iglesia.
Aunque destinada en primer lugar a los Obispos, la Nota
también quiere ser de ayuda para los jóvenes, los novios y los esposos, para
que comprendan la riqueza del matrimonio cristiano, de modo que se
estimule una reflexión serena y una profundización detenida y prolongada sobre
el tema.
El documento está dividido en siete capítulos. A los que
hay que añadir las Conclusiones. La Nota reafirma que la monogamia
no es una limitación, sino la posibilidad de un amor que se abre a la eternidad.
Hay dos elementos parecen decisivos: la pertenencia
recíproca y la caridad conyugal.
Por lo que se refiere a la pertenencia recíproca, ésta se
funda en el libre consentimiento de los dos cónyuges que es reflejo
de la comunión trinitaria y que se convierte en fuerte motivación
para la estabilidad de la unión. Se trata de la pertenencia del
corazón, donde solo Dios ve y donde solo Él puede entrar, sin
perturbar la libertad y la identidad de la persona.
Esta pertenencia mutua propia del amor recíproco
exclusivo implica un cuidado delicado, un santo temor a profanar la libertad
del otro, que tiene la misma dignidad y, por lo tanto, los mismos derechos.
Quien ama sabe que el otro no puede ser un medio
para resolver las propias insatisfacciones y sabe que el propio
vacío nunca debe llenarse a través del dominio del otro.
A este respecto, la Nota lamenta las tantas
formas de deseo malsano que desembocan en diversas manifestaciones de violencia
explícita o sutil, de opresión, de presión psicológica, de control y,
finalmente, de asfixia. Se trata de falta de respeto y reverencia ante la
dignidad del otro.
Un «nosotros dos» sano implica la
reciprocidad de dos libertades que nunca se violan, sino que se eligen
mutuamente, dejando siempre a salvo un límite que no se puede sobrepasar.
Esto ocurre cuando la persona no se dispersa en la relación, no se funde
con la persona amada, respetando todo amor sano «que nunca pretende absorber al
otro.
A este respecto, la Nota subraya que la pareja
podrá comprender y aceptar un momento de reflexión o algún espacio de soledad o
autonomía solicitado por uno de los cónyuges, ya que el matrimonio no es
posesión ni pretensión de tranquilidad absoluta, ni liberación total de
la soledad (solo Dios, de hecho, puede llenar el vacío que siente un ser
humano), sino confianza y capacidad para afrontar nuevos retos.
Al mismo tiempo, se invita a los cónyuges a no rechazarse
mutuamente, porque cuando la distancia se hace demasiado frecuente, el
“nosotros dos” se expone a su posible eclipse. Un diálogo sincero
permite sanar las causas del distanciamiento mutuo y encontrar el equilibrio
adecuado.
Esta pertenencia recíproca se expresa también en la ayuda
mutua entre los cónyuges para madurar como personas. En esto, la oración
es un medio precioso con el que la pareja puede santificarse y crecer en el
amor.
De este modo, se realiza la caridad conyugal, potencia
unificadora «afectiva, fiel y total, don divino pedido en la oración y alimentado en la vida sacramental y que,
precisamente en el matrimonio, se convierte en la mayor amistad
entre dos corazones cercanos, próximos, que se aman y se
sienten en casa el uno en el otro.
Gracias al poder transfigurador de la caridad, será
además posible entender la sexualidad en cuerpo y alma, es decir, no
como un impulso o un desahogo, sino como un maravilloso regalo de Dios
que orienta a la entrega de uno mismo y al bien del otro, asumido en la
totalidad de su persona.
La caridad conyugal se derrama también en la fecundidad, aunque
esto no significa que este deba ser el fin explícito de todo acto sexual. Por el contrario, el matrimonio conserva su carácter esencial aunque no
haya hijos.
En el contexto socio cultural actual que tantas veces
niega el fin unitivo de la sexualidad y del matrimonio, ¿cómo se puede
preservar la posibilidad de un amor fiel?
La respuesta, afirma el documento, se encuentra en la
educación: «El universo de las redes sociales, donde la modestia se
desvanece y proliferan las violencias simbólicas y sexuales, muestra la
urgencia de una nueva pedagogía».
Es necesario preparar a las generaciones para
acoger la experiencia amorosa como un misterio antropológico, presentando
el amor no como un mero impulso, sino como una llamada a la
responsabilidad y capacidad de esperanza de toda la persona.
La educación en la monogamia no es «arcaísmo» ni coacción
moral, sino que constituye una iniciación a la grandeza de un amor que
trasciende la inmediatez y anticipa de alguna manera el misterio mismo de Dios.
La caridad de la unión conyugal se ve también en las
parejas que no se encierran en su individualismo, sino que se abren a proyectos
compartidos para hacer algo bello por la comunidad y por el mundo, ya que el ser humano se realiza a sí mismo relacionándose con los demás y
con Dios.
De lo contrario, es solo egoísmo, autorreferencialidad,
endogamia que hay que combatir, por ejemplo, practicando el sentido social de
la pareja que se compromete, juntos, en la búsqueda del bien común.
La Nota reitera que todo matrimonio
auténtico es una unidad compuesta por dos individuos, que requiere una relación
tan íntima y totalizante que no puede compartirse con otros.
Por lo tanto, entre las dos propiedades esenciales del
vínculo matrimonial —unidad e indisolubilidad—, la primera es la
que fundamenta la segunda: la fidelidad solo es posible a partir de una
comunión elegida y renovada. Solo así el amor conyugal será una
realidad dinámica, llamada a un crecimiento y un desarrollo continuos en el
tiempo, en una promesa de infinito.
El documento ofrece también un amplio excursus
teológico, filosófico y poético sobre el tema de la monogamia, a partir del
capítulo 2 del Génesis - «Los dos serán una sola carne» - y
pasando por los Padres de la Iglesia, entre ellos San Agustín, que describe la
belleza de la unidad conyugal como «un caminar juntos, uno al lado del
otro».
No faltan, además, las referencias a las principales
intervenciones magisteriales en la materia: desde el Papa León XIII, que
vincula la defensa de la monogamia a la defensa de la dignidad de la mujer,
hasta el Papa Pío XI, autor de la Encíclica Casti connubii. Son
numerosas también las citas del Concilio Vaticano II, en las que
se destaca cómo el amor monógamo es espejo de la «igual dignidad de cada
uno de los cónyuges».
Otros puntos de reflexión surgen de los pasajes del Papa
Pablo VI que, en la Encíclica Humanae vitae, subraya el significado
procreativo del matrimonio, pero, al mismo tiempo, muestra también
otro, inseparable del primero, es decir, el significado unitivo.
Del Papa Juan Pablo II se recuerda, en cambio, la
hermenéutica del don: el ser humano, imagen de Dios, ha sido creado
para donarse al otro y solo en este don de sí mismo lleva a cabo el verdadero
significado de su existencia. Además, dado que Dios hizo al hombre a su imagen
y semejanza, creándolo varón y mujer, se deduce que la humanidad, para
parecerse a Dios, debe ser una pareja.
De Karol Wojtyła se retoma también la reflexión
filosófica realizada como joven Obispo, en particular el «principio
personalista» que exige tratar a la persona de manera
correspondiente a su ser y no como un objeto al servicio de otra
persona.
Al mismo tiempo, el futuro Papa niega la tesis rigorista
que considera la sexualidad matrimonial solo con fines procreativos,
sosteniendo en cambio que existe una alegría conforme tanto a la unión
física como a la dignidad de la persona. Porque el otro puede ser
amado como persona y, al mismo tiempo, deseado.
Amplias citas remiten también a Deus caritas est
y Amoris laetitia: con la primera Encíclica del Papa Benedicto
XVI se recuerda que el matrimonio recoge y lleva a cabo esa fuerza
disruptiva que es el amor que, en su dinámica de exclusividad y definitividad,
no quiere mortificar la libertad humana sino que abre la vida a un horizonte de
eternidad. De la Exhortación Apostólica del Papa Francisco se retoma en
particular el capítulo IV, con una descripción detallada del amor y la caridad
conyugal.
Por último, del Papa León XIV se cita sobre todo el
mensaje con motivo del décimo aniversario de la canonización de los padres de Santa
Teresa del Niño Jesús. En él, el Papa describe a los cónyuges como un
modelo de fidelidad y atención al otro; de fervor y perseverancia en la fe; de
educación cristiana de los hijos, de generosidad en el ejercicio de la caridad
y la justicia social; un modelo también de confianza en la prueba.
El documento repasa también el pensamiento de algunos
filósofos del siglo XX, como Emmanuel Lévinas, que ve en la unión
exclusiva del matrimonio “un cara a cara” que reivindica para sí la pertenencia
recíproca exclusiva e intransferible fuera de ese “nosotros dos”. Del
pensador Jacques Maritain se recuerda, en cambio, la concepción del amor
como una donación completa e irrevocable del uno al otro, en busca del
bien del otro hasta la unión total con Dios.
Un capítulo aparte está dedicado a la palabra
poética: los famosos versos de autores como Whitman, Neruda, Montale,
Tagore y Dickinson profundizan en el sentido de pertenencia que se siente en el
“nosotros dos” y que llega a percibirse como totalizador,
indestructible e intransferible.
Después de esta somera presentación de algunos rasgos del
contenido de la Nota, me permito una valoración más personal.
En los años 70/80, la frontera de la moralidad sexual
para la Iglesia parecía seguir siendo el de las relaciones prematrimoniales.
Una batalla perdida hace tiempo y de la que ya nadie habla. Hoy en día, ese
límite, en la percepción del Magisterio, ha retrocedido mucho, hasta situar
el debate en la cuestión de la monogamia.
Ya sea por la pérdida de autoridad de la Iglesia, o por
el cambio radical que ha experimentado el mundo entretanto, o por la aparición
de diferentes generaciones de cristianos, la sensación que transmite la
lectura de esta Nota no es la de una Iglesia en trinchera.
El intento, declarado por los redactores, y por tanto
consciente, es, de hecho, mostrar la belleza y el atractivo de la monogamia, en
comparación con otras formas de amor sexual, sin la presión de defender posturas
que hoy ya sería difícilmente defendibles…
En mi opinión algunas luces del documento pueden ser, por
ejemplo, las siguientes:
1.- Su lenguaje.
Fluido y no destinado a expertos, salvo por algunas citas de autores, entre las
muchas que se incluyen, que complican un poco la lectura. Pero, en general, un
texto realmente legible, aunque declaradamente largo para ofrecer abundante
material a quienes quieran utilizarlo con fines educativos, formativos,
pastorales…
2.- El notable
intento de reconstruir la historia del pensamiento eclesiástico sobre la
monogamia ampliando la mirada a autores menos conocidos pero muy
interesantes para el tema, al área oriental de la Iglesia cristiana y a las
tradiciones asiáticas arraigadas en otras religiones.
En esto, destaco el
valor de situar a Santo Tomás de Aquino en la sección de perspectivas
filosóficas y culturales, y no incluirlo entre los autores teológicos
medievales. Salvo para retomarlo luego en la síntesis teológica de la sexta
parte, pero en pasajes mucho menos «escolásticos» y más «antropológicos».
3.- El evidente
esfuerzo por releer la monogamia fuera del horizonte moralista, como un rasgo
atractivo del amor pleno, posible en la tierra. Esto se ve al dar un
espacio interesante a las voces poéticas sobre la monogamia, ofreciendo una
lectura en dirección a la belleza y la plenitud del amor y del matrimonio. Y dando
espacio en varios puntos a la afirmación decidida y explícita de que la
relación sexual tiene como valor primario la unión de los dos cónyuges y no la
procreación.
Entre las sombras destacaría particularmente estas dos:
1.- El no haber
abordado la relación entre la unidad interna de la persona y la unidad de la
relación de pareja. Cuando se pregunta cómo se puede preservar un amor
monógamo, se da casi por sentado que todavía es posible en la práctica para las
personas de hoy. Y la respuesta genérica es la educación.
Quizás el texto no
quería abordar este aspecto del problema, pero, en mi opinión, un documento así
debería haberse planteado la cuestión de por qué hoy en día la monogamia está
en crisis, sin limitarse a constatar y denunciar la situación actual.
Tal vez se podría
haber escrito que la condición media de las personas de hoy en día es estar
fragmentadas por dentro, en una situación existencial en la que a menudo ya se
da por perdido que las dimensiones intelectuales, emocionales, volitivas, …, puedan
realmente reunificarse. Sobre esto no hay ni una palabra.
Y se podría haber
observado que hoy en día las relaciones se basan en las emociones y no en los
valores, donde el nacimiento auténtico de los sentimientos como base efectiva
para mantener una relación monógama es realmente difícil de llevar a cabo.
Entiendo que falta
una asunción seria de la condición antropológica real de las personas de hoy,
quizás también porque aún se perciben los ecos de una antropología de las
«partes» que componen a la persona, en la que el alma, el cuerpo y el espíritu
se siguen considerando elementos diferentes, reunidos en la persona, en la que
la cabeza debe guiar a los otros dos.
2.- La
dificultad del texto para centrar la representación de la vida monógama como
algo que produce placer, no solo sexual, sino existencial. El mundo
actual espera una respuesta sobre esto, porque de este elemento depende también
la credibilidad de una propuesta existencial atractiva.
En cambio, el texto
menciona a menudo el placer como un elemento disfuncional del que se hace un
uso incorrecto, mientras que se muestra vacilante a la hora de mostrar el valor
teológico positivo de las experiencias conyugales de placer, indicadas, no por
casualidad, en los mismos números en los que se describe un uso incorrecto del
placer.
La confianza
fundamental en la experiencia del placer como lugar de la presencia de Dios en
la persona aún no es nada segura y se termina por recurrir a la voluntad,
entendida como un dato más racional que sensible, cuando este placer ya no
existe o se debilita.
Entiendo que esta Nota a modo de elogio del matrimonio pretende
ser proactiva y propositiva. Y, precisamente por eso, puede enriquecer la reflexión sobre el matrimonio y constituir
una aportación útil para la lectura, el estudio, el diálogo en las
comunidades cristianas eclesiales en general y, particularmente, en aquellas
laicales y en los grupos matrimoniales.
La palabra ‘elogio’, en una Nota doctrinal como ésta, no
indica simplemente un aprecio, sino un verdadero canto de alegría.
Y quiero
pensar que esta Nota doctrinal, precisamente a través de este término de ‘elogio’,
ofrece una clave para interpretar el amor conyugal como alianza de vida, es decir, como promesa de infinito.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF