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lunes, 17 de agosto de 2026

Qué tienen que ver Ceuta y Gaza (por poner un ejemplo).

Qué tienen que ver Ceuta y Gaza (por poner un ejemplo)

A principios de agosto, Ceuta dejó de ser solo un pequeño enclave español en el continente africano y a orillas del Mediterráneo para convertirse en el punto en el que se han cruzado algunas de las contradicciones más profundas de la Europa contemporánea. 

Más de setenta mil personas, en el transcurso de unos pocos días, cruzaron la frontera procedentes de Marruecos, mientras que un centenar perdieron la vida al intentar llegar a ese pedazo de tierra. 

El debate público comenzó casi de inmediato a hablar de invasión, emergencia, seguridad y devoluciones; se ha hablado mucho menos de las personas. 

En cuestión de unos días, la situación se ha normalizado en alguna medida…: la inmensa mayoría de quienes habían cruzado la frontera han sido devueltos a Marruecos o han regresado allí espontáneamente. En Ceuta han quedado un par de miles, sobre todo menores extranjeros no acompañados, que siguen buscando una vía de escape de las guerras, la opresión, el hambre o de una existencia carente de cualquier perspectiva. 

Una primera observación se refiere al lenguaje. Me explico. 

Definir lo ocurrido como una «invasión» no es una simple elección léxica, sino que significa interpretar un fenómeno humano extremadamente complejo exclusivamente a través de la categoría de la amenaza. 

El lenguaje no solo describe la realidad: contribuye a construirla, orientando la percepción de la opinión pública y allanando el terreno para las decisiones políticas. 

La historia europea debería habernos enseñado que la deshumanización no comienza con la violencia, sino mucho antes, cuando las palabras dejan de evocar rostros, historias y destinos individuales y convierten a los seres humanos en números, flujos o problemas de orden público. 

Las causas de este flujo migratorio masivo son múltiples y no pueden reducirse a una única explicación. 

Guerras, persecuciones, crisis económicas, hambrunas, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, inestabilidad política y profundas desigualdades siguen empujando a miles de personas a lo largo de las rutas migratorias que, desde Oriente Medio, Asia y África, conducen hacia Europa. 

La situación particular de Marruecos y las tensiones diplomáticas con España han contribuido sin duda a que lo ocurrido en Ceuta fuera excepcional. 

No sé si es cierto que los migrantes marroquíes partieron animados por el Gobierno de Rabat, un Gobierno en sintonía con las derechas estadounidenses y europeas, para las que la emigración es siempre objeto de una burda instrumentalización electoral. 

En todo caso ese éxodo forma parte de un fenómeno mucho más amplio, que desde hace años atraviesa el Mediterráneo y que ninguna interpretación reducida únicamente a la emergencia es capaz de explicar. 

Ceuta constituye, de hecho, algo más que una crisis migratoria: es uno de esos lugares en los que las democracias europeas están llamadas a poner a prueba su fidelidad a los principios en los que declaran basarse. 

Las fronteras no son solo espacios en los que se controlan las entradas: son el banco de pruebas en el que un Estado demuestra hasta qué punto está dispuesto a mantenerse fiel a los valores que proclama, precisamente cuando estos se vuelven más difíciles de aplicar. 

Nadie puede negar seriamente la complejidad de la situación. Pensar que fenómenos de esta envergadura pueden gestionarse exclusivamente a través de la generosidad de los ciudadanos o del trabajo de las organizaciones de voluntariado resulta no solamente poco prudente y sensato… sino lo que sigue. 

Pero la crónica de aquellos días también cuenta otra historia, que merece al menos la misma atención que se ha prestado a las tensiones y las polémicas. 

Mientras una parte del debate público alimentaba la retórica de la invasión y algunas fuerzas políticas —de extrema derecha— intentaban sacar partido del suceso desplazándose al lugar para obtener apoyo a sus posturas xenófobas e islamófobas, numerosos ciudadanos, asociaciones y organizaciones repartían miles de comidas, agua, ropa y artículos de primera necesidad entre quienes acababan de llegar a la costa. 

No, no resolvían la crisis migratoria, ni podrían haberlo hecho pero sí impidieron que la emergencia borrara lo que está por encima de cualquier valoración administrativa: el reconocimiento del otro como ser humano. 

Es cierto que también en Ceuta se manifestaron miedos, tensiones y reacciones hostiles —ninguna sociedad, al fin y al cabo, es inmune a los contrastes y las contradicciones— y sería ingenuo idealizar esa respuesta sin tenerlos en cuenta. 

Pero es precisamente esta pluralidad de actitudes la que confiere un significado político a lo ocurrido: ante el mismo suceso, una parte de la ciudadanía optó por interpretar la vulnerabilidad como una amenaza, mientras que otra —mayoritaria— reconoció en ella, ante todo, una petición de ayuda, rechazando abiertamente las consignas xenófobas. 

No se trata solo de una sensibilidad moral diferente, sino de una forma distinta de entender el derecho, la democracia y, en definitiva, la propia relación con el otro. 

El caso de Ceuta plantea así una pregunta que está llamada a acompañar a todo el continente europeo. ¿Qué ocurre cuando los principios en los que una democracia afirma inspirarse entran en conflicto con las exigencias de la seguridad, el consenso político o los intereses geopolíticos? 

Es en este espacio, tan discreto como decisivo, donde se mide la credibilidad de las instituciones. De hecho, toda crisis humanitaria somete a los Estados a la misma prueba: por un lado, el derecho internacional, que afirma la universalidad de la protección de la persona; por otro, la razón de Estado, que tiende a subordinarla a las prioridades de la política, la seguridad o la diplomacia. 

Pero es precisamente esta tensión la que se encuentra, de una forma incomparablemente más dramática, en la tragedia del pueblo palestino. 

Ceuta y Gaza pertenecen a contextos históricos, políticos y jurídicos profundamente diferentes, y equipararlas sería un grave error. 

Lo que las une no es la naturaleza de los acontecimientos, sino la pregunta que ambas plantean a las democracias europeas: ¿hasta qué punto los principios proclamados como universales siguen siéndolo cuando su aplicación entra en conflicto con intereses estratégicos, alianzas políticas o conveniencias diplomáticas? 

Nadie cuestiona seriamente que Israel tenga derecho a vivir en seguridad y a defender a su población de los ataques terroristas o de las amenazas externas. Pero precisamente porque ese derecho corresponde a todo Estado, se enfrenta a un límite insuperable en el derecho internacional humanitario, que prohíbe el castigo colectivo de la población civil, impone la distinción entre combatientes y no combatientes y prohíbe el uso del hambre, la destrucción indiscriminada y el asedio como instrumentos de guerra. 

Y es en este terreno, y no en el de las afiliaciones ideológicas, donde debería centrarse el debate. Desde hace muchos meses, las Naciones Unidas, organismos independientes, organizaciones de prestigio en materia de derechos humanos y una parte cada vez mayor de la comunidad científica denuncian la gravedad de las violaciones cometidas en la Franja de Gaza. 

La Corte Internacional de Justicia, al pronunciarse sobre las medidas provisionales solicitadas por Sudáfrica en el marco de la Convención sobre el Genocidio, ha reconocido la verosimilitud del riesgo denunciado y ha impuesto a Israel obligaciones específicas de prevención; paralelamente, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas ha documentado violaciones gravísimas del derecho internacional humanitario, mientras que un número cada vez mayor de juristas y expertos en derecho internacional considera que los elementos que han salido a la luz hasta ahora podrían constituir los elementos del delito de genocidio. 

Los órganos institucionales competentes actúan con extrema prudencia a la hora de pronunciarse sobre las responsabilidades de genocidio en cuestión, analizando en profundidad sus interpretaciones e implicaciones jurídicas con respecto a lo establecido en el derecho internacional. 

Con todo, la prudencia de las instancias y del lenguaje jurídicos no puede convertirse en vacilación ético-moral. 

Cuando decenas de miles de civiles son asesinados o heridos, los hospitales, las escuelas y las infraestructuras esenciales son destruidas sistemáticamente, el hambre se convierte en un arma de presión y familias enteras se ven obligadas a desplazarse sin encontrar un lugar seguro en el que refugiarse, y se bloquean la ayuda humanitaria y las ONG, la cuestión ya no consiste únicamente en determinar qué definición jurídica adoptar. Se convierte, ante todo, en una prioridad de responsabilidad política y de conciencia civil. 

Más aún cuando existe un ataque deliberado contra los niños, que representan alrededor del 30 % del total de víctimas del conflicto. 

El informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, presentado ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU del 18 al 23 de junio de 2026, llega a la siguiente conclusión: las fuerzas israelíes han matado y herido deliberadamente a niños palestinos, no como daño colateral, sino como parte de una estrategia intencionada para destruir el futuro de la comunidad palestina, ya que los niños representan su continuidad biológica y social. 

Las conclusiones jurídicas hablan de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en Gaza, así como de crímenes de guerra en Cisjordania, incluida Jerusalén Este. 

Sí, lo repito, Ceuta y Gaza siguen siendo historias diferentes, pero tal vez transmiten una misma lección: hay un vacío dejado por una política a menudo paralizada por el miedo, los intereses o las conveniencias diplomáticas, en el que hay que recordarnos que la dignidad de la persona no es un valor negociable ni un principio que deba aplicarse de forma selectiva. 

Quizá sea esta la diferencia más profunda entre una democracia que se limita a administrar el presente y una democracia que sigue reconociéndose en los valores de los que extrae su legitimidad. Ignorarla, a la luz de la reconstrucción histórica, puede traducirse en complicidad con actos atroces como un genocidio. 

La solidez de las democracias no se debe únicamente a la solidez y credibilidad de sus instituciones. 

También se debe al valor y a la movilización de las mujeres y los hombres que, en los momentos decisivos, impiden que el derecho sea absorbido silenciosamente por la razón de Estado. No siempre —de hecho, casi nunca— logran cambiar el curso de los acontecimientos; pero saben impedir que la injusticia sea aceptada como un hecho inevitable y que la conciencia civil se resigne a la lógica del más fuerte. 

Por eso, hoy en día, el problema no se limita a Ceuta y Gaza, España o Marruecos, Israel o Palestina, sino que también nos concierne a todos y cada uno de nosotros, y al modelo de democracia que queremos legar a las generaciones futuras. 

Si los derechos fundamentales dejan de ser universales y pasan a depender de la identidad de las víctimas, de la fuerza de los Estados o de los equilibrios geopolíticos del momento, no es solo una población la que se ve privada de su protección: es el propio orden jurídico el que pierde su credibilidad. 

Una democracia, al fin y al cabo, no empieza a perder su alma cuando se ve llamada a defender una frontera, sino cuando, para vigilar esa frontera o salvaguardar un interés estratégico, olvida la razón por la que se redactó la ley: proteger la dignidad de la persona, precisamente cuando está más expuesta a la fuerza del poder. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 24 de mayo de 2026

Sin rastro de humanidad.

Sin rastro de humanidad

El gesto de acurrucarse en el suelo, apoyándose en las rodillas y cubriéndose al mismo tiempo la cabeza, es sin duda un acto de protección.

 

También puede adquirir el significado de un acto de oración: uno se arrodilla ante la divinidad y toca repetidamente la tierra con la cabeza, apoyando la frente en ella en señal de reverencia.

 

En las fotografías difundidas por el ejército israelí en la web tras el asalto a los barcos de la misión humanitaria «Flotilla» y el traslado de los detenidos a buques o a tierra firme, se ve a las personas dispuestas en esta posición con un significado totalmente distinto y con las manos atadas a la espalda: se les obliga a permanecer en una postura no solo evidentemente incómoda, sino decididamente humillante. No se ve ningún rostro, ni masculino ni femenino, solo espaldas.

 

¿Es una forma de impedir que los soldados israelíes miren a los ojos a estos hombres y mujeres, es decir, de establecer con ellos siquiera un simple contacto visual?

No se trata solo de un castigo que tiene algo de brutal, sino también de la negación de esa relación que se crea naturalmente en el simple contacto visual entre seres humanos. Es precisamente eso lo que se quiere ignorar mediante esta imposición forzosa.

 

Además, los detenidos, sus cuerpos, se transforman de esta manera en enemigos a los que castigar —y no lo son—, peor aún, en cosas: sacos sin identidad ni valor alguno.

 

¿Qué guerra es esa que libran las embarcaciones de la Flotilla?

 

Ninguna guerra, ninguna agresión; de hecho, no hubo resistencia alguna en el momento del abordaje de las embarcaciones: agredidos, arrastrados, atados y tirados al suelo, imponiéndoles ese acto de humillación.

 

Resulta extraño ver esta escena sacada precisamente por quienes son los descendientes, o los herederos, de los judíos exterminados en los campos nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Son ellos quienes han asumido la crueldad del poder absoluto y de la fuerza bruta para degradar a un grupo de 400 personas que, con sus embarcaciones desarmadas, se dirigían hacia Gaza.

 

Hombres y mujeres indefensos, como aquellos judíos que el ejército alemán expulsaba de sus hogares en los guetos europeos. Una vez más las víctimas pueden transformarse en verdugos, los humillados en perseguidores y en torturadores.

 

Nadie está a salvo de este peligro.

 

La actual multiplicación de imágenes acaba borrando todo, superponiendo una imagen sobre otra, de modo que se anula incluso lo que parece inhumano y perturbador.

 

En esta imagen hay una voluntad deliberada de documentar un acto de opresión, unida en este caso a una advertencia provocadora para quien la mira, algo que quedó claro con vehemencia y arrogancia en las palabras del ministro israelí que acudió al lugar.

 

Pase lo que pase hay en esta imagen digital una premonición que hipoteca nuestro futuro, y ante la cual no podemos permanecer indiferentes. Estamos advertidos: la barbarie más inhumana ha sucedido y puede volver a suceder.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 21 de abril de 2026

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado.

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado

El Crucificado es una persona, frágil, un hombre.

 

Es alguien que vivió pobre entre los pobres, mal visto por los poderosos, despreciado por los bien-pensantes y santones religiosos, condenado injustamente, víctima a la vez del poder político y religioso, sufriendo entre los condenados a muerte.

 

Es el emblema de toda injusticia humana, de toda opresión sobre los débiles… ¡y decía ser Dios!

 

¿Quién puede seguir teniéndole miedo, quién puede temer de un hombre clavado en una cruz?

 

Toda confesión cristiana tiene como emblema la Cruz y al Crucificado; para los musulmanes, Jesús es un profeta venerado; para los budistas, ninguna religión supone un problema; y para los hindúes, un dios más no molesta en absoluto.

 

¿Quién puede sentirse ofendido por un Crucificado?

 

Sin duda, a los poderosos y a la fuerza bruta le molesta esa indefensión desarmada y desnuda.

 

Todo credo, ya sea laico o religioso, aspira al dominio. La convicción de tener la ley y la razón de su parte sustenta la arrogancia de los poderosos.

 

La misma cruz se ha utilizado como signo de poder y superioridad a lo largo de la historia. La cruz sí, es cierto, pero el Crucificado no.

 

La cruz por sí sola es un simple signo. Pero es algo muy distinto si hay un hombre clavado en ella.


Porque muestra —a quienes tienen en sus manos la acción política, social o religiosa— al ser humano con sus límites y fragilidades.

 

Porque indica cuál es el lado correcto de la historia: el que protege a los pobres y a los frágiles del poder desmesurado de los poderosos; de lo contrario, la historia no es más que la ley de la selva elevada a derecho.

 

Porque recuerda que la justicia a menudo condena a los inocentes, cuando es el camino más fácil.

 

Porque revela que toda condena a muerte es una violencia. Y pide que quien sufre en cuerpo y alma sea protegido, socorrido, consolado.

 

Es un hombre, el Crucificado, el que impide —a quien usa el poder para su propia soberbia— proclamar que tiene a Dios de su parte.

 

La cruz puede ser un objeto de moda, el Crucificado, en cambio, habla de violencia y muerte.

 

Habla de nosotros. Sin palabras, grita a los oídos de un poder político que ha perdido de vista —si es que alguna vez la tuvo— el sentido de su deber que no es otro sino el  servicio al ser humano.

 

Toda institución debería colocar bien a la vista a ese Hombre clavado en la cruz.

 

Ecce Homo! Él es el Hombre: el que ha dado esperanza a miles de millones de personas a lo largo de dos milenios de historia y ha inspirado a la humanidad y algunos de sus mejores ejemplos.

 

Toda persona a quien se le ha confiado el destino de otros debería subir a ella, a la cruz, para mirar desde allí el mundo y la historia, junto a ese Hombre, para descubrir su propia fragilidad, su propia necesidad de justicia y fraternidad, para hacerse compañero de camino de cada uno.

 

Seguramente, desde arriba de la cruz, la maquinaria del poder político al servicio de la fuerza bruta se descubriría ser humano como todos y al servicio del lado correcto de la historia que tiene que ver con el derecho del débil y la justicia del inocente. Lo contrario a eso es una profanación de lo más sagrado que es precisamente la vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de abril de 2026

La arrogancia del poder.

La arrogancia del poder 

La arrogancia prepotente es una especie de indigestión de poder. 

La historia ofrece grandes ejemplos y, como enfermedad, es tan antigua como la humanidad. 

No solo es frecuente entre los políticos, sino que aparece con frecuencia entre los directores generales, los presidentes de empresas prestigiosas o entre los profesionales que alcanzan un alto nivel de poder en su sector. 

La peculiaridad es que quienes la padecen acaban siendo destructivos para la organización o la empresa que dirigen y para su propio entorno. 

La razón por la que muchos partidos políticos, empresas, organizaciones sociales,…, echan por tierra los buenos propósitos por los que fueron creados es precisamente tener al mando a una persona que padece la enfermedad de la arrogancia prepotente. 

No me refiero a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgredir los límites cuando la insolencia y la arrogancia dominan. 

Carisma, encanto, capacidad de inspirar, amplitud de miras, disposición a asumir riesgos, grandes aspiraciones, audacia, autoestima… suelen asociarse con un liderazgo exitoso. 

¿Dónde está el límite? ¿En qué momento estos aspectos transforman a un líder resuelto e intrépido en un peligro? 

La línea divisoria es, precisamente, la arrogancia, la impulsividad, la negativa a escuchar o aceptar consejos y una forma particular de incompetencia debida precisamente a la impulsividad insolente.   

La arrogancia extrema constituye un conjunto de características —o síntomas— desencadenadas por un «gatillo» específico que es, precisamente, el poder. Y, por lo general, termina cuando se pierde el poder. 

La clave es que esta enfermedad es un trastorno de la posesión del poder —en particular, el asociado a un éxito abrumador— mantenido durante un cierto número de años con mínimas restricciones para el líder. 

Quienes la padecen tienen una propensión narcisista a ver su mundo como un escenario sobre el que ejercer el poder y buscar la gloria; en consecuencia, muchas de las acciones emprendidas servirán más que nada para mejorar y reforzar la imagen, por la que sienten una preocupación desproporcionada, perdiendo de vista los objetivos de su propio papel.

Se identifican con la nación, o con la organización que representan, hasta el punto de considerar que los puntos de vista y los intereses son idénticos, es decir, perfectamente superponibles. 

Desprecian los juicios y los tribunales «terrenales» que critican su inmoralidad y su desprecio por la ética; solo serán juzgados por los dioses y por la historia y, en su mente, absolutos y reivindicados sin sombra de duda. 

Seguramente el escenario hasta es similar a otros trastornos de la personalidad (narcisismo…) pero en este caso el detonante es el poder, especialmente si va acompañado del éxito. 

Las personas en posiciones de poder pueden volverse más impulsivas, menos conscientes de los riesgos y, sobre todo, menos capaces de considerar los hechos desde el punto de vista de otras personas. 

Los síntomas pueden atenuarse o desaparecer, junto con la pérdida del poder que los «desencadenó». 

Las personas humildes, dotadas de sentido del humor, de autocrítica y de autocontrol, corren menos riesgo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 29 de octubre de 2025

El colonialismo en Cisjordania y Gaza.

El colonialismo en Cisjordania y Gaza 

A pesar de que los bufones de la corte y de los estómagos bien alimentados, la descripción de la situación en Gaza como genocidio, confirmada por instituciones y voces autorizadas, circula desde hace meses en la esfera pública. 

Al registrar este fracaso político e intelectual de una grande parte de la clase dirigente europea y occidental, sería hora de dar un paso más y trasladar la cuestión a otro plano, con el fin de cuestionar la brutal ocupación de nuestro lenguaje y su uso para justificar los crímenes contra la humanidad perpetrados por Israel con la anuencia de Occidente. 

Insistir en la palabra clave «colonialismo» incluso permite abrir la atroz situación del Mediterráneo oriental a una nueva narrativa y a una serie de consideraciones históricas y críticas que llevan mucho más allá de la banalidad del mal que sustenta las explicaciones actualmente en boga. 

El simple hecho de que el concepto de colonialismo no esté permitido en los estudios de televisión, en los debates parlamentarios, en la prensa es incluso una alerta sobre algo inquietante desde el punto de vista léxico y político. 

Recordar la constitución colonial del presente, de nuestro presente, que emerge de manera inequívoca de las ruinas de Gaza, lleva a cuestionarse la estructura de las actuales relaciones políticas, culturales y económicas que enmarcan el mundo reflejando una perspectiva monocordemente unívoca. 

Es cómodo pensar que el colonialismo, como capítulo histórico, ha sido superado y relegado a los márgenes de la historia europea, acabando en el olvido del pasado. Pero tal vez el tiempo histórico no sea simplemente lineal. 

Cualquier análisis del pasado es siempre un acto contemporáneo, sostenido y suspendido por lenguajes actuales que permiten que la historia aparezca entre nosotros. De esta manera, el pasado sigue interrogándonos, planteando preguntas contra cualquier intento de domesticarlo con fines puramente políticos e instrumentales. 

Reducir la historia exclusivamente a nuestra forma de verla implica la negación de los derechos de los demás. Así, la narrativa de los vencedores occidentales se presenta como la única y, por lo tanto, universal. Este esquema representa un verdadero fracaso historiográfico, filosófico y político. 

Ante la arrogancia de Occidente, que defiende las acciones indefendibles del Estado de Israel no solo desde 2023, sino desde hace décadas, nos encontramos ante la continuidad colonial. 

En otras palabras, el colonialismo no es un acontecimiento histórico concluido, sino un proceso abierto que sigue apropiándose de las riquezas y los recursos del planeta, persiguiendo el imperativo del capital y creando una jerarquía racial del mundo para justificarlo. 

Ahora, sin pudor, a la luz del sol, el vínculo intrínseco entre colonialismo, capitalismo y racismo, por el que algunas vidas cuentan más que otras y la defensa de la supremacía blanca es cada vez más explícita, se manifiesta en toda su brutalidad. 

En este escenario atroz, Palestina se presenta como el laboratorio sangriento de la modernidad. Presentada y explicada como una «cuestión» intrínsecamente violenta e irresoluble, Gaza y Cisjordania traicionan la continuidad colonial que ha sustentado nuestro «progreso» durante cinco siglos. Mientras tanto, las empresas constructoras europeas, occidentales,…, se preparan para la reconstrucción de Gaza. 

Introducir en el debate público el concepto de colonialismo como clave para liberar el presente de la brutalidad de la narrativa dominante nos permite también salir de la claustrofobia del momento, que nos sumerge en los detalles de las conspiraciones del poder, sin llegar a las profundas estructuras que regulan la formación del mundo contemporáneo. 

En la percepción del espacio-tiempo de la modernidad, en la que los parámetros habituales solo confirman nuestra soberanía, debemos darnos cuenta de que las pretensiones globales del capitalismo y el exterminio de las poblaciones indígenas e «inferiores» han sido el dispositivo central para establecer, económica, política y filosóficamente, la modernidad occidental como medida del mundo. 

Ese es el orden europeo y occidental, avanzado y progresista, que no se quiere desmantelar y que se desea seguir apuntalando en sus pretensiones universalistas. De ese orden no surgen perspectivas más abiertas y democráticas. Toda otra voz disonante con ese orden, toda otra opinión que resista y se niegue a someterse y a desaparecer bajo los escombros y las ruinas de ese orden es declarada enemiga de ese pensamiento único que intenta capturarnos —desde la política hasta la poética—. Hoy no se permiten opiniones disonantes. Hoy se prohíben voces nos autorizadas según el orden. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 27 de octubre de 2025

La paz como profecía, no como estrategia.

La paz como profecía, no como estrategia

Hablar de paz hoy en día puede parecer un acto ingenuo. Sobre todo cuando nos enfrentamos a conflictos complejos y prolongados, marcados por profundas heridas históricas y dolores reales que no se borran con un tratado o una rueda de prensa. 

La guerra entre Israel y Hamás, que se ha reavivado de forma devastadora en los últimos años, tras el 7 de octubre de 2023, ha dejado tras de sí no solo escombros materiales, sino también un tejido humano y espiritual desgarrado. 

En 2025, el mundo fue testigo de un acontecimiento esperado y controvertido: la propuesta de un acuerdo de paz, promovido por Estados Unidos de América. Este pacto, anunciado como un paso importante hacia el fin del conflicto, suscitó reacciones encontradas: hay quienes lo acogieron como una apertura y quienes lo vieron como el enésimo compromiso impuesto, construido más sobre la fuerza política que sobre la justicia real. 

Al ver y oír al presidente Donald Trump evocar repetidamente el nombre de Dios, me pregunto cómo, ante este acontecimiento, un cristiano debe preguntarse si puede interpretar este acuerdo a la luz del Evangelio. ¿Cómo discernir, como cristianos, si lo que se nos presenta como «paz» es realmente tal? ¿Y cuál debe ser, en este contexto, nuestro compromiso cristiano? 

La Biblia nos enseña que no todo lo que se presenta como paz lo es realmente. 

Ya en el profeta Jeremías leemos: «Curarán a la ligera la herida de mi pueblo, diciendo: «¡Paz, paz!», pero no hay paz» (Jer 6,14). Hay paz que no es más que una tregua encubierta. Hay acuerdos que prometen prosperidad, pero lo hacen a costa de quienes no tienen poder. Y, sobre todo, hay paz que no se basa en la verdad y la justicia, sino en la exclusión y la humillación del otro. 

Cuando se propone la paz como un compromiso unilateral, cuando se presenta a una parte como ganadora y a la otra como destinataria pasiva, cuando se ofrecen concesiones mínimas a cambio de la renuncia a derechos fundamentales, nos encontramos ante una paz aparente. Una paz que tal vez pueda detener las armas por un momento, pero que no cura las heridas, no reconstruye la confianza, no genera reconciliación. 

El acuerdo anunciado en 2025, mediado por Estados Unidos de América, preveía una serie de medidas concretas: el cese de los bombardeos y de la destrucción total de Gaza, la liberación de los rehenes israelíes, la liberación de los presos palestinos, la retirada parcial de las fuerzas armadas israelíes de Gaza y la reapertura de los corredores humanitarios. 

Son elementos importantes y significativos. Pero estoy convencido de que la mirada evangélica nos pide que vayamos más allá de la superficie. ¿Cuál es el precio humano de este acuerdo? ¿Qué justicia se ha reconocido y cuál se ha ignorado? 

Un acuerdo solo es verdaderamente de paz cuando reconoce la plena humanidad de ambas partes y devuelve la dignidad real, no solo la supervivencia. Si uno de los dos pueblos sigue viviendo bajo ocupación, si se niega o se reduce la libertad de movimiento, la seguridad, la soberanía y la memoria histórica, eso no es paz. Es gestión del conflicto, es contención. 

La historia nos muestra que, cuando los poderosos quieren establecer un nuevo orden, a menudo sacrifican a alguien. 

Quizás no en el sentido antiguo del término —no con altares y ritos—, sino en el sentido social y político: se «acepta» que un pueblo viva en condiciones inferiores, se legitiman las desigualdades estructurales, se imponen condiciones imposibles a cambio de la supervivencia. Todo ello para mantener una frágil estabilidad. 

El Evangelio, sin embargo, nos pide otra lógica: no sacrificar más a alguien por la paz de los demás, sino elegir hacerse cargo del otro, incluso cuando es enemigo. 

Jesús no venció a sus adversarios con la fuerza, sino que se dejó clavar en la cruz, y desde allí abrió el camino del perdón y la reconciliación. 

Una paz verdadera, por lo tanto, no exige el sacrificio del otro, sino el nuestro. El sacrificio del orgullo, del odio, del deseo de venganza. 

En este sentido el mencionado acuerdo de 2025 solo será verdadero si ambas partes están dispuestas no solo a firmar documentos, sino a emprender un camino de profunda transformación. 

En todo esto, ¿cuál es el lugar del cristiano? Es fácil caer en la polarización, elegir un bando, animar, juzgar. Pero el Evangelio nos pide que no elijamos «un bando» en sentido político, sino que estemos siempre del lado de lo humano, de los heridos, de los humillados. 

Nuestra tarea es: 

  • Vigilante: para no dejarnos seducir por paz ilusorias o narrativas simplificadas. 
  • Compasiva: para llorar con quienes sufren, en cualquier lado del conflicto. 
  • Profética: para denunciar lo que deshumaniza, incluso cuando se presenta como necesario o realista. 

El cristiano está llamado a ser levadura de paz verdadera, no espectador o repetidor de opiniones parciales. Y esto requiere formación, valentía y, sobre todo, arraigo en el Evangelio. 

La verdadera paz, la evangélica, no nace de estrategias de poder, sino de conversiones del corazón. No se impone con tratados, sino que se construye día a día, al reconocer el rostro del otro como el de un hermano, no como un obstáculo. 

El plan de 2025 puede ser un primer paso, pero solo si va acompañado de una verdadera voluntad de escuchar, de justicia y de reconocimiento mutuo. Solo si se abordan también las peticiones incómodas. Solo si ya nadie es considerado sacrificable. 

La paz, nos recuerda el Evangelio, es una bienaventuranza, pero también una cruz. 

Quien trabaja por la paz será llamado hijo de Dios, pero a menudo también será criticado, aislado, malinterpretado. Sin embargo, es el único camino que se nos da para ser verdaderamente discípulos de Jesús en el mundo de hoy. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de octubre de 2025

Sharm el-Sheikh. ¿Hay alguna solución?

Sharm el-Sheikh. ¿Hay alguna solución?

Me imagino que habrá no pocas dudas sobre la posibilidad de dar forma definitiva y consensuada al mapa geográfico y político de Oriente Medio a partir del texto de los acuerdos firmados en Sharm el-Sheikh el lunes 13 de octubre. Es decir: por un lado, dar una solución estatal a quienes llevan más de setenta años sin Estado y, por otro, estabilizar la línea fronteriza del Estado de Israel. 

José Saramago escribía que las personas «son esencialmente el pasado que han tenido». Para construir un futuro, por lo tanto, no basta con imaginarlo, es necesario hacerse cargo del presente y de los actores en juego, que son el presente en virtud de lo que tienen detrás, el pasado que han tenido. 

Pero hay otro elemento, y es que también hay quienes se han movido en la dirección contraria —no sin incertidumbres, duplicidades y contradicciones—, eliminados de la escena pública no por el enemigo, sino por aquellos «suyos» que no estaban de acuerdo: aquellos que no querían ningún proceso de paz o lo consideraban (y aún lo consideran) un «obstáculo» para su sueño. Y esto es válido para ambas partes en el conflicto israelí-palestino. 

Dentro de unas semanas, el 4 de noviembre, conmemoraremos el trigésimo aniversario del asesinato de Yitzhak Rabin: es una fecha que conocemos y que casi nadie recuerda. Era el 4 de noviembre de 1995. Su asesinato fue expresión de un clima de odio interno que tiene como líderes de referencia a Benjamín Netanyahu y Ariel Sharon. Treinta años después, hasta me imagino que el panorama no ha cambiado sustancialmente mucho. 

La expresión más evidente de este punto muerto es la inexistencia de un posible liderazgo político alternativo que haga posible un proceso de paz que contemple el reconocimiento del otro. Este aspecto queda patentemente demostrado incluso por la ausencia de una delegación israelí y de una delegación palestina en Sharm El Sheik. En cierto modo su ausencia sería delegada a los demás. 

Pero mientras que para Israel los demás son una realidad que existe (para Estados Unidos de América, en primer lugar), la realidad interna de los palestinos es la de un enfrentamiento entre una pluralidad de políticas que tienen como principal preocupación el control de la «plebe» y rehúyen cualquier propuesta de proyecto político de desarrollo, se niegan a reconocer que existe una sociedad política palestina formada por grupos políticos legítimos y que la hegemonía no se conquista eliminando físicamente a la parte política adversaria. 

Al pueblo palestino le queda el papel de víctima: las víctimas no son actores políticos capaces de hacer política por sí mismas, siempre necesitan a alguien que las proteja. Esta condición tiene por lo menos dos efectos: la dependencia de su futuro de una parte de los países árabes y musulmanes —desde Arabia Saudí hasta Turquía y Qatar—; y la ausencia de crecimiento o maduración política. 

En este sentido se perfila, pues, un camino que no conduce a un Estado, sino que perpetúa una política de dependencia, conduce a un nuevo reasentamiento en una «tierra de nadie», a una reconstrucción, da igual dónde, de campos de refugiados. Depender de alguien no es asumir la responsabilidad de elegir. 

Cualquier proceso de paz que pretenda resolver un conflicto radical y de larga duración nace de una condición: la derrota reconocida de una de las dos partes y el acuerdo entre los vencedores para gobernar la situación. Ocurrió en 1815 con el Congreso de Viena; volvió a ocurrir en 1945 con los acuerdos sancionados en Yalta. La posguerra es un periodo que se abre sobre la base de un acuerdo por zonas de influencia. Hoy no es el caso de este acuerdo. Y por eso Palestina e Israel, siguen y seguirán mirándose con desconfianza y animadversión. 

No lo sé a ciencia cierta pero hasta dudo de que en ninguna de las dos partes, Israel y Palestina, exista una clase política capaz de pensar en el futuro o que tenga una visión del mañana que prevea la presencia del otro diferente. La política es elección, renunciar a algo para poder realizar otra cosa. Si la acción política se limita a ser una afirmación de identidad, el resultado solo puede ser el dominio como único horizonte de acción. 

Esa afirmación fundamentalista, es decir, intransigente de identidad, y su consiguiente resultado de querer dominar, hace eterno el conflicto. Seguramente el giro fundamentalista no haya sido solo teológico tanto para judíos como para musulmanes, sino también en la narración de esa identidad cultural. 

Y no es menos verdad que para que haya paz es necesario que exista un orden internacional en el que las partes que se han hecho la guerra o que han luchado por conquistar áreas de influencia lleguen a un acuerdo. Este escenario internacional no existe actualmente, por no pocas razones creo que hasta evidentes. 

Así las cosas, los márgenes para «dos pueblos, dos Estados» son bastante estrechos. Lo mismo ocurre con la hipótesis del «Estado binacional»: más allá del eslogan, no es capaz de dar forma a una hipótesis de vida viable que no sea un sueño, o solo un deseo que no tiene en cuenta la ira acumulada en estos ochenta años, ni tampoco las formas de poder real que atraviesan las sociedades civiles de esas dos realidades sociales y políticas que son Israel y Palestina. 

No sé si la paz es una proyección sin fundamento. Por supuesto, soñar es lícito y también humano, pero es necesario poner en marcha prácticas, salir de los lugares del disenso para encontrar vías de acción, yendo en contra del sentido común de las partes en conflicto: privilegiar a una de ellas como si fuera la única tiene como efecto el atrincheramiento de la otra y el aumento de la retórica victimista. 

Y, todo lo anterior, incluso sin tener en cuenta las profundas contradicciones de una opinión pública europea-occidental que tiene una visión sesgada de ese conflicto: mientras centra su atención en un escenario, deja de lado otros, no por distracción, sino por convicción. La nuestra es una moral también ambigua. Pero eso, seguramente, es otra historia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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