Sin rastro de humanidad
El gesto de acurrucarse en el suelo, apoyándose en las rodillas y cubriéndose al mismo tiempo la cabeza, es sin duda un acto de protección.
También puede adquirir el significado de un acto de
oración: uno se arrodilla ante la divinidad y toca repetidamente la tierra con
la cabeza, apoyando la frente en ella en señal de reverencia.
En las fotografías difundidas por el ejército israelí
en la web tras el asalto a los barcos de la misión humanitaria «Flotilla» y el
traslado de los detenidos a buques o a tierra firme, se ve a las personas
dispuestas en esta posición con un significado totalmente distinto y con las
manos atadas a la espalda: se les obliga a permanecer en una postura no solo
evidentemente incómoda, sino decididamente humillante. No se ve ningún rostro,
ni masculino ni femenino, solo espaldas.
¿Es una forma de impedir que los soldados israelíes
miren a los ojos a estos hombres y mujeres, es decir, de establecer con ellos
siquiera un simple contacto visual?
No se trata solo de un castigo que tiene algo de
brutal, sino también de la negación de esa relación que se crea naturalmente en
el simple contacto visual entre seres humanos. Es precisamente eso lo que se
quiere ignorar mediante esta imposición forzosa.
Además, los detenidos, sus cuerpos, se transforman de
esta manera en enemigos a los que castigar —y no lo son—, peor aún, en cosas:
sacos sin identidad ni valor alguno.
¿Qué guerra es esa que libran las embarcaciones de la
Flotilla?
Ninguna guerra, ninguna agresión; de hecho, no hubo
resistencia alguna en el momento del abordaje de las embarcaciones: agredidos,
arrastrados, atados y tirados al suelo, imponiéndoles ese acto de humillación.
Resulta extraño ver esta escena sacada precisamente
por quienes son los descendientes, o los herederos, de los judíos exterminados
en los campos nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Son ellos quienes han asumido la crueldad del poder
absoluto y de la fuerza bruta para degradar a un grupo de 400 personas que, con
sus embarcaciones desarmadas, se dirigían hacia Gaza.
Hombres y mujeres indefensos, como aquellos judíos que
el ejército alemán expulsaba de sus hogares en los guetos europeos. Una vez más
las víctimas pueden transformarse en verdugos, los humillados en perseguidores
y en torturadores.
Nadie está a salvo de este peligro.
La actual multiplicación de imágenes acaba borrando
todo, superponiendo una imagen sobre otra, de modo que se anula incluso lo que
parece inhumano y perturbador.
En esta imagen hay una voluntad deliberada de
documentar un acto de opresión, unida en este caso a una advertencia
provocadora para quien la mira, algo que quedó claro con vehemencia y
arrogancia en las palabras del ministro israelí que acudió al lugar.
Pase lo que pase hay en esta imagen digital una
premonición que hipoteca nuestro futuro, y ante la cual no podemos permanecer
indiferentes. Estamos advertidos: la barbarie más inhumana ha sucedido y puede
volver a suceder.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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