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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Otro mundo… del revés.

Otro mundo… del revés

«Muchos de los primeros serán los últimos, y los últimos serán los primeros».

 

He aquí que nuestros ojos ven un mundo al revés, y sin embargo lo llamamos justo.

 

Corremos hacia la cima, nos agolpamos por los primeros puestos, pisoteamos a nuestros hermanos y hermanas para arrebatar una pizca de gloria efímera.

 

Pero el Misterio mira desde lo alto y derriba nuestros tronos.

 

La lógica del Misterio no es la lógica de la carne: obra en silencio, desbarata nuestros cálculos y confunde a los sabios.

 

¿Cómo podremos sobrevivir al día en el que todo se volverá del revés?

 

¿Cómo podremos mantenernos en pie cuando los últimos sean los primeros y los primeros sean arrojados al polvo de su propia miseria?

 

Esa luz que está a punto de revelarse no busca nuestros trofeos, sino nuestras llagas; no interroga nuestros perfiles resplandecientes, sino el vacío de nuestros corazones.


Gritamos, con la garganta seca por el terror: «¡Es imposible! ¡Este juicio no es justo!».

 

Y decimos la verdad. Para nosotros es imposible.

 

Para el hombre y la mujer de la vieja guardia, moldeados en el fango de la competencia, esta palabra no es más que una locura.

 

Para quienes han hecho de su propio yo el único ídolo que adorar en el altar de la eficiencia, el Revés no es salvación, sino una condena sin apelación.

 

No podemos respirar el aire del Espíritu si nuestros pulmones están llenos del polvo de hacer la carrera... también eclesial.

 

Escuchemos, de nuevo, el camino que se nos abre: el camino del discipulado.

 

La escucha del Evangelio, "sine glossa" (que creo que dijo alguien), es tiempo del desierto y de la purificación.

 

No hay un salto inmediato, sino una peregrinación del espíritu lenta y exigente.


Se nos pedirán rupturas radicales con el pasado.

 

Tendremos que romper las cadenas del consenso humano, abandonar los ídolos del éxito y arrancar el velo de la hipocresía.

 

Costará tiempo, costarán lágrimas, exigirá una dedicación total.

 

Solo a través de este fuego nuestra conciencia se vaciará de lo superfluo.

 

Se convertirá en un espacio virgen, un campo abierto donde la semilla de la nueva lógica evangélica podrá finalmente germinar.

 

Surgirá entonces un pueblo nuevo.

 

Hombres y mujeres que ya no buscarán el primer lugar, sino que descenderán con alegría hacia el último.

 

No por desesperación, sino por amor.

 

Se convertirán en el mundo en el signo de una diferencia absoluta, una luz que contrasta con las tinieblas de la ambición circundante.


En esta santa diferencia se cumplirá la vida verdadera, aquella conforme al Evangelio.

 

Quien abraza el último lugar ya no teme el juicio del mundo, pues ha dejado de buscar la gloria de los hombres.

 

Su corazón está fijo en la única recompensa eterna: la mirada del Padre, que es también Madre, y que en lo secreto cuida, acoge y eleva a los pequeños.

 

Los primeros de hoy llorarán su miseria, pero los últimos, los invisibles, los olvidados, se regocijarán ante el trono de la Gracia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 14 de mayo de 2026

El rey va desnudo: o cuando el líder necesita a su lado un bufón.

El rey va desnudo: o cuando el líder necesita a su lado un bufón

Tantas veces he pensado que cuanto más se asciende en la jerarquía del poder, más difícil resulta encontrar personas que digan la verdad, niños inocentes que se atrevan a gritar: «¡El rey va desnudo!».

 

El rey va desnudo es una famosa frase del cuento «El traje nuevo del emperador», de Hans Christian Andersen.

 

En el cuento se narra la historia de un rey al que le encantaban los trajes y que cayó en una trampa que se cuenta así:

 

Una vez llegaron dos impostores: se hicieron pasar por tejedores y afirmaron saber tejer la tela más hermosa que jamás se pudiera imaginar. No solo los colores y el diseño eran extraordinariamente hermosos, sino que las ropas que se confeccionaban con esa tela tenían el extraño poder de volverse invisibles para los hombres que no estaban a la altura de su cargo y para los muy estúpidos.

 

Los estafadores fingieron trabajar en las telas, obviamente inexistentes, pero nadie se atrevió a denunciar el engaño precisamente por ese mecanismo que preveía que quienes no vieran las telas fueran los incapaces y los estúpidos.

 

El desenlace creo que es conocido: al rey le visten con las ropas inexistentes y desfila desnudo por la ciudad:

 

Y así, el emperador encabezó el desfile bajo el hermoso dosel y la gente que estaba en la calle o en las ventanas decía: «¡Qué maravilla son las nuevas ropas del emperador! ¡Qué espléndida cola lleva! ¡Qué bien le quedan!».

 

Nadie quería dar a entender que no veía nada, porque de lo contrario habría demostrado ser estúpido o no estar a la altura de su cargo.

 

«¡Pero si no lleva nada puesto!», dijo un niño. «Señor, ¡escuche la voz de la inocencia!», replicó el padre, y todos se susurraban unos a otros lo que había dicho el niño. «¡No lleva nada puesto! ¡Hay un niño que dice que no lleva nada puesto!». «¡No lleva absolutamente nada puesto!», gritaba al final toda la gente. Y el emperador se estremeció porque sabía que tenían razón, pero pensó: «Ahora ya tengo que quedarme hasta el final». Y así se enderezó aún más orgulloso y los chambelanes lo siguieron sosteniendo la cola que no existía.

 

¿Cómo no asociar las figuras alegóricas del cuento de Hans Christian Andersen por ejemplo al protagonista de un equipo de fútbol en nuestros días, que se encuentra solo con el juguete de su poder, rodeado de colaboradores que viven en un estado de servilismo y sumisión jerárquica?


En realidad, los líderes necesitarían personas sinceras, bufones o locos que, recurriendo al arma del humor, logren limitar las consecuencias de la arrogancia y la hostilidad. En este sentido, el poder del líder necesita de su locura. O un bufón a su lado.

 

El rey Lear de Shakespeare tenía un bufón de la corte, cuya función, de gran importancia, era decirle la verdad al poder. El rey Lear fracasa porque, en cierto sentido, no escucha las palabras de su bufón y se queda anclado en un único punto de vista.

 

El príncipe Hal, en cambio, se convierte en un gran soberano porque sabe escuchar los consejos y las lecciones de otro extraordinario personaje cómico: Falstaff, un sinvergüenza memorable, pero también un maestro inimitable de sabiduría popular.

 

Son individuos como Falstaff y el Bufón, que se mueven lejos de ciertas lógicas de la organización, los que le dicen la verdad al líder y le recuerdan la naturaleza terrenal y provisional de su poder.

 

También Erasmo de Róterdam, en su «Elogio de la locura», examina la relación entre el líder y el bufón. Bajo la apariencia de la locura, el bufón puede decir lo que para otros es indecible; utilizando los recursos del humor, el bufón protege al rey del riesgo de volverse arrogante y enfermar de narcisismo.

 

En tiempos pasados, por tanto, a algunos soberanos les gustaba el bufón de la corte, al que se le permitía decir, riendo y haciendo reír, la verdad, por ejemplo, sobre lo efímero que es el poder. Eran, en definitiva, la conciencia crítica, aunque oculta, del rey.

 

En toda organización hay un liderazgo y un seguimiento: son roles interrelacionados. Pero uno desea que el seguimiento no acabe siendo sumisión ni una espera silenciosa de la llegada del líder como si fuera el Rey Sol. También espera que el líder no padezca de narcisismo, es decir, que no tenga una personalidad que la psicología clínica define como maníaca.

 

A menudo nos cuesta decir las cosas, ir al grano o tocar una fibra sensible. El valiente que grita «el rey va desnudo» no es un señor de gran respeto, sino un niño cualquiera.

 

A ese niño del mencionado cuento con el que he comenzado esta reflexión lo podemos ver como símbolo de libertad y transparencia.


¿Por qué ocultar? Es cierto que hay situaciones en las que una mentira piadosa lo resuelve todo fácilmente, pero no siempre lo resuelve para todos y en todo.

 

Yo soy el primero en tener un pequeño ratoncito que roe mi conciencia como si fuera un queso gruyer, recordándome las cosas no dichas, las situaciones que acabaron mal, las meteduras de pata que podría haber remediado, los momentos en los que decir la verdad parecía el camino más difícil, mientras que al final lo habría resuelto todo si hubiera tenido el valor de abrir la mente y el corazón a la otra persona.

 

Hoy en día navegamos también entre mentiras, excusas y justificaciones, especialmente en el mundo del poder. Y algunas reacciones son las más fáciles para salir del paso, para ponerse a la defensiva y para acercarse a la razón incluso cuando se está equivocado, pero todas ellas dejan al rey desfilando desnudo por la ciudad.

 

Y este es el terreno en el que se sitúa inconscientemente la mayoría de la gente, también la que está en el poder, y que lucha tanto física como psicológicamente por tener la razón y ser reconocida. No cuesta trabajo darse la razón a uno mismo. En realidad, es lo más fácil y sencillo. Cuántas veces no entendemos que estamos en lo incorrecto y acabamos echando la culpa a los demás.

 

Incluso la ironía se presenta como una solución demasiado fácil: zanjar los asuntos con una broma, o presunta broma, chiste supuestamente gracioso, para obtener la risita forzada de un público entregado al aplauso fácil.

 

En todo caso, siempre es una tarea abierta y nunca terminada esa que nunca le pone ninguna chaqueta al rey desnudo.

 

Suelo pensar que el mundo necesita una pizca de empujón de coraje y audacia. Un presbítero anciano de Vitoria-Gasteiz, ya difunto, me decía en su momento: “Joseba, vivimos en la cultura de la mentira”.

 

Y allí donde las mentiras se vuelven cada vez más esenciales, la verdad se pierde y el control con ella. Y entonces se vuela hacia el mundo de lo extraño, de lo caótico y de lo falso, donde el rey desnudo se vuelve casi normal, mientras que el niño es suprimido y el pueblo deja pasar los días, viendo desfilar al rey cada vez más (y siempre desnudo) y quizá riendo cada vez menos, normalizando lo anormal y pasando las riendas a los embaucadores o a los serviles que se encuentran con el campo libre, mientras los más honestos y sabios se preguntan, se confunden... y hasta se callan a pesar del despropósito de la desnudez del rey...


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 20 de noviembre de 2025

Ejercicio de la autoridad en nuestra Iglesia.

Ejercicio de la autoridad en nuestra Iglesia

Dentro de la Iglesia, el tema del poder es una cuestión muy delicada, cargada de consideraciones ideológicas que pueden favorecer los abusos y la arbitrariedad en el ejercicio de su función.

 

El propio término «poder» puede producir, en algunos entornos, miedo o juicio. Esta ignorancia puede ser la causa de un ejercicio del poder en sus formas degenerativas: de dureza, de dominio o, por el contrario, de evitación o acedia.

 

Los documentos eclesiales recuerdan la necesidad de una formación específica para aquellos que están llamados a asumir funciones de gobierno.

 

«Sería importante incluir en la formación continua una seria iniciación al gobierno, ya que esta tarea se confía a veces de forma improvisada y se lleva a cabo de manera inadecuada y deficiente» (Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Para vino nuevo odres nuevos. Desde el Concilio Vaticano II, la vida consagrada y los retos aún pendientes 2017).

 

Sin embargo, el riesgo es repetir modelos de gobierno y liderazgo eclesial que ya no son adecuados.

 

A esto se añade la cuestión de la madurez de los sujetos, como ya analizaba puntualmente San Gregorio Magno a finales del siglo VI en La Regla Pastoral.

 

La reducción del número de religiosos y religiosas también determina la dificultad de encontrar entre ellos figuras adecuadas para asumir funciones directivas dentro de las numerosas obras que aún gestionan los Institutos y Congregaciones.

 

La sinodalidad, como llamada e invitación de la Iglesia en este momento y como replanteamiento profundo del ejercicio de la autoridad y el poder en los contextos eclesiales, representa un desafío profético que requiere una postura adulta.

 

La sinodalidad no deja espacio a infantilismos que inevitablemente se oponen a ella, ignorándola o presentando críticas o cuestiones alimentadas más por el sistema vigente que por la escucha de los signos de los tiempos.

 

Ante la complejidad y la rapidez de los cambios, una personalidad infantil tiende a buscar con todas sus fuerzas mantener el control, poder seguir ordenando todo, mantener procesos lineales de camino y de gobierno.

 

Por ejemplo, tantas veces se asiste a la creación de comisiones, equipos, órganos intermedios,…, con sus respectivas funciones, que se suman a los anteriores según la vía de la especialización, la representación o la diversidad de los roles jerárquicos.

 

Ésta suele ser una articulación que eleva aún más si cabe la estructura jerárquica, ya que quienes están en la cima consideran que deben/pueden determinar la acción de cada uno de sus componentes.

 

Esto genera la ilusión de control pero en realidad determina su pérdida total. De hecho, se pasa de estructuras complejas a estructuras complicadas. Suelen ser estructuras en las que los procesos son largos y farragosos, ralentizados por un control desde la cima que a menudo interviene pasando por encima de todos en base a una legitimidad superior.

 

Habría que habitar la complejidad permaneciendo complejos. De lo contrario se acaba en la complicación, es decir, como los dinosaurios, criaturas complicadas que no fueron capaces de adaptarse ante un cambio de época. Permanecer complejos no significa vivir en la complicación Como tampoco en el caos.

 

Habitar la tensión del gobierno exige, en este momento, la madurez de desplazarse al plano de las conexiones, o uniones sistémicas, aumentando los lugares y los tiempos en los que las partes pueden encontrarse, responsabilizarse mutuamente y narrarse.

 

Se trata de habitar la complejidad sin reducirlo todo a uno, sin anular las diferencias, sino aumentando los lugares para escucharse e intercambiar aprendizajes.

 

En este sentido, la sinodalidad anima a vivir la realidad de forma adulta, sin ser objeto de ansiedades, miedos a la pérdida de control y de poder. Y garantiza la armonía de forma madura, permitiendo la coexistencia en el cuerpo eclesial tanto de órganos como de uniones (Ef 4,16).

 

La especialización diferenciadora era propia de una época de cristiandad madura, en la que era útil gestionar la multiplicidad de presencias que había en los territorios. Hoy en día resulta totalmente disfuncional y un impedimento para una acción eficaz y ágil de anuncio.

 

A veces nos ocurre que queremos huir de la complejidad refugiándonos en la simplificación, propia del pensamiento clásico y no del pensamiento complejo. Las Curias y sus oficinas representan bien una visión aún clásica de la realidad. Una visión complicada pero no compleja.

 

Con el término «simplificación» no me refiero a menos oficinas o servicios. Al contrario. Es precisamente su proliferación lo que expresa esa voluntad de poder simplificador, que desea descomponer la realidad en subelementos para simplificarla y controlarla en nombre de la eficiencia, de la competencia —de un pequeño grupo de expertos más que en nombre del sacerdocio común—.

 

La complejidad reduce porque se encuentra en el momento presente, la simplificación aumenta porque no tolera la incertidumbre y lo indeterminado.


 

A estas alturas ya sabemos que la sinodalidad se enfrenta a obstáculos tanto teológicos como canónicos que deberán abordar los expertos. Yo, ciertamente, no lo soy.

 

Entre ellos se encuentra un verticalismo que encuentra su legitimidad en clave ontológica.

 

El Obispo ha alcanzado la plenitud del sacramento del orden y, ontológicamente, es un ser diferente de todos los demás componentes del Pueblo de Dios. Sobre estas bases, establecidas por la teología tradicional, la aplicación de la sinodalidad corre el riesgo de quedarse en un simple entretenimiento.

 

Superar la diferenciación ontológica no significa poner en tela de juicio la estructura jerárquica eclesial, ya que bastaría con legitimarla de otra manera, reconociendo un carisma propio de guía a algunos sujetos.

 

Yo creo que, valga la imagen, se nos pide que realicemos un acto de ‘profanación’. Es decir, se nos pide, y con urgencia, que revisemos la carga simbólica asociada a la figura del Obispo.

 

En un plano antropológico, «profanar» significa devolver a la disponibilidad del ser humano lo que le había sido sustraído, lo que no era tocable, utilizable.

 

La ‘profanación’ neutraliza lo que profana. Porque lo que se profana pierde su aura y se devuelve al uso. Hablo sí de “profanación” porque hay que desactivar los dispositivos del poder.

 

Profanar no significa simplemente abolir y borrar las separaciones, sino aprender a hacer un nuevo uso de ellas, a jugar con ellas.

 

Profanar no es quitar valor a un sujeto u objeto, sino atribuirle nuevos significados, permitir nuevas lecturas, posicionarlo de manera diferente dentro de un sistema de relaciones.

 

El hecho de pasar de una distinción ontológica que establece una distancia insalvable, al reconocimiento de un carisma propio dentro de una comunión aún mayor, no anularía la estructura jerárquica de la Iglesia, sino que llevaría a reinterpretar los roles de una manera nueva dentro de las dinámicas y las relaciones eclesiales.

 

El tema del ministerio laical, de la corresponsabilidad en los roles de gobierno y, más en general, de la sinodalidad, adquiriría así un valor efectivo y no solo afectivo.

 

Es decir, un reequilibrio entre lo vertical y lo horizontal que extrae de ambos polos energía transformadora, además de reducir una carga simbólica que ya no es sostenible ni justificable.

 

Los dispositivos de poder tratan de sustraer la posibilidad de profanación, es decir, la oportunidad de abrir nuevos usos, experiencias y posibilidades. Los dispositivos de poder también hacen deseable el papel, la verticalidad distintiva y diferenciadora.

 

El Concilio Vaticano II abrió el camino a una nueva auto-comprensión de la Iglesia: la eclesiología de comunión. Hoy la teología trata de retomar este tema subrayando su necesidad a la luz de los últimos acontecimientos en el ámbito sinodal y ministerial.

 

Con la eclesiología de comunión toma forma una visión de la Iglesia diferente de la figura jurídica tradicional. La comunidad eclesial toma conciencia del carácter único que une a todos los hermanos y hermanas en Cristo, el llamado «sacerdocio común», sin oscurecer ni contraponerse al sacerdocio ministerial.

 

En otras palabras, no se trata tanto de una Iglesia totalmente ministerial como de una Iglesia totalmente sacerdotal, una Iglesia Pueblo de Dios.

 

Los expertos nos dicen que para guiar a una comunidad, un grupo, un equipo o, más en general, a otras personas, un líder debe ocuparse al menos de tres dimensiones:

 

·        la dimensión estratégica y de orientación,

·        la dimensión relacional,

·        y la dimensión decisoria y correctiva.

 


Incluso se pueden traducir estas tres funciones de gobierno con los tria munera bautismales, esos elementos de gracia que cada uno ha recibido en el sacramento inicial de su camino cristiano, que potencialmente posee cada individuo, no solo un ministro ordenado.

 

El Bautismo ha infundido en nosotros un espíritu de profetas, reyes y sacerdotes.

 

Un líder eclesial debe reconocer el valor de estos tres elementos que se pueden sintetizar así:

 

·        profeta, como la capacidad de elaborar una estrategia, una visión, dentro de la cual poder caminar juntos;


·        sacerdote, como la capacidad relacional, el cuidado de las personas, el saber generar comunión;


·        rey, como el hecho de conseguir tomar decisiones para ser generativos, transfigurar la realidad y la autoridad para corregir a quienes actúan en detrimento de los demás o de la comunidad.

 

A estas alturas, y después de unos años de experiencia de gobierno local, provincial y congregacional, ya me he dado cuenta de que ningún ser humano es capaz de desempeñarlas eficazmente las tres funciones.

 

Hay líderes más eficaces en el plano relacional, otros más en el plano estratégico y otros más en el plano decisorio; pueden ser buenos o desenvolverse bien en una primera o en una segunda función, pero serán deficientes en la tercera.

 

Y creo que hay un sano carácter de “incompleto” que nos caracteriza a todos y cada uno de nosotros. Digo ‘sano’ porque lo no completo permite que ocurra algo más allá de nosotros mismos. Lo incompleto es una invitación a la participación, a la corresponsabilidad.  

 

Una autoridad, una institución, genera vida si remite a algo más allá de sí misma. Y ésta es la cuestión: de la autoridad en singular, que se remite a sí misma, única referencia, confirmando su poder, a las autoridades que se remiten unas a otras.

 

El plural permite otras cosas. Permitir significa lo que «no se es» sin el otro. La unidad, la comunión, se define dividiéndose, no reduciendo todo a uno. De este modo se crea un espacio común y compartido para «ser».

 

El riesgo que encuentro en algunos Obispos (también en presbíteros, superiores religiosos y líderes cristianos) es que no toman en serio esta carencia congénita de su persona, el profundo valor de este límite grabado en su persona.

 

Algunos entran en crisis precisamente porque se sienten obligados a ser capaces en las tres funciones. Se enferman porque se sienten culpables de no ser lo que no son… y lo que nunca serán.

 

Sin embargo, para ser buenos líderes, se trata de aceptar plenamente lo que somos y partir de esta conciencia, reconociendo en esta limitación la posibilidad de crecimiento de la comunidad.

 

Un líder está llamado a reconocer la importancia de las tres funciones de liderazgo, pero también sus propias limitaciones, fragilidad y comprensión de que esta limitación es una posibilidad para algo más que uno mismo, para una corresponsabilidad efectiva.

 

Allí donde el líder sea más débil, será importante supervisar a aquellos a quienes decida delegar esa tarea o a quienes atribuya un papel de ayuda y asesoramiento.

 

Y allí donde el líder sea más fuerte, será necesaria una supervisión externa sobre él, precisamente para no confiar demasiado en sí mismo y actuar de forma demasiado directiva, perdiendo de vista algunos elementos de la realidad.

 

Porque es donde somos más fuertes donde actúa el tentador y no donde somos, aunque torpes, simplemente inofensivos.

 

Un Obispo, por lo tanto, debe reconocer las tres funciones de guía propias de cada bautizado, y está llamado a hacer que las tres se realicen, pero no solo él. Él desempeñará un papel de supervisión (episcopè), más que de ejecución o decisión.


 

Quiero ir finalizando con una reflexión que, creo, viene al caso de la comprensión y del ejercicio del poder en la Iglesia.

 

¿Qué es la Tradición, esa que escribimos con mayúscula, que no es una simple costumbre o hábito ligado al pasado? ¿Debe incluirse en el ámbito de la continuidad/círculo o en el de la discontinuidad/ruptura? ¿Es una referencia a un origen mítico, entendido como una edad de oro a la que volver, o el origen de un dinamismo siempre nuevo y actual?

 

Los grandes fundadores, por ejemplo, San Antonio María Claret (de cuya Congregación formo parte), tuvieron todos una clara visión inicial que les llevó a desafiar la realidad para transfigurarla: darle un rostro humano.

 

Esta visión no solo les impulsó a actuar a ellos. Constituyó la base de la participación en esta aventura de muchas otras personas.

 

La cuestión del sueño original, del carisma, encuentra resistencias cuando se pide replantearlo en el presente. El carisma de los fundadores, aunque constituye una orientación radical, deja espacio para formas de actualización.

 

Esta actualización fue solicitada por la propia Iglesia después del Concilio Vaticano II, sin embargo, en la práctica surgieron las mayores dificultades: las personas, al igual que los grupos, no siempre lograron transformar su mentalidad.

 

A esto se sumó la resistencia estructural de las obras y empresas dirigidas por los religiosos, y una resistencia, organizada incluso como fidelidad a la Tradición, que trataba de limitar los avances inevitables y favorecía la restauración del pasado. En esta etapa, todos invocaban el carisma del fundador más que dejarse interpelar por él, cada grupo tendía a servirse de él.

 

En la Biblia, el término «crear» significa origen, no comienzo. Si el comienzo o inicio es un punto de partida histórico que se completa cuando la realidad evoluciona, el origen es una fuente de la que siempre brota agua nueva.

 

En este sentido, la verdadera Tradición no consiste en conservar las cosas intangibles y mudas, sino en despejar el espacio en el que finalmente pueden abrirse y hablarnos.

 

La Tradición es una corriente viva y creadora que hace posible transmitir y dar testimonio. La Tradición es un movimiento incesante de re-contextualización y reinterpretación: estudiar la Tradición significa, en primer lugar, buscar la continuidad en la discontinuidad, la identidad en la pluralidad de fenómenos siempre nuevos que surgen en un proceso de evolución.

 

Un sueño carismático, como la Tradición, es continuidad en la discontinuidad, ya que tiene, como Dios, un anhelo profundo y continuo: hacer que la vida continúe, seguir creando y re-creando.

 

Nos puede ayudar la distinción entre ‘heredero’ y ‘archivero’.

 

El ‘archivero’ se limita a conservar, como si ese comienzo bastara por sí mismo y volviera por sí solo a hablar. Vive del pasado.

 

El verdadero ‘heredero’ es aquel que parte de un vacío, de una carencia, y permite decir otra cosa a partir de esa orden inicial: decir lo que el fundador no pudo o no le fue permitido decir, hacer lo que el fundador no pudo o no le fue permitido hacer.

 

El ‘heredero’ activa una respuesta, en la que no está en juego la transmisión del conocimiento, sino la continuación de la vida. Y esto convierte al ‘heredero’ en un ‘traidor’: la fidelidad al origen consiste, por tanto, en una ‘traición’ que genera una ruptura de la recurrencia mortífera de algunas tradiciones para dejar que el carisma siga hablando hoy en día.

 

Esta visión del carisma y, por tanto, del motivo ideal de una institución (congregación, empresa,…) puede purificar algunas formas de opresión sobre la gestión y devolver a la institución la capacidad de crear esperanza.

 

Solo partiendo del origen se puede hacer florecer de nuevo la creatividad. La organización no demuestra la existencia de un carisma: la creatividad sí. El carisma no tiene por qué ser grandioso, pero es necesariamente vital; puede carecer de originalidad, pero siempre será original.

 

Re-escribir hoy el propio sueño, purificándolo de la organización de antaño, de las obras del pasado, de…, es vital. No en un plano ideal, sino de desarrollo y crecimiento, de implicación y participación.

 

Este sueño pedirá, de hecho, ser narrado y compartido con cada sujeto que entre en contacto con esa realidad eclesial. Es este sueño el que legitima la iniciativa, el que autoriza a arriesgarse en el anuncio.

 

El cara a cara con la propia historia, con la biografía eclesial de la propia realidad, exige una libertad adulta y sabia.

 

No se trata de seguir las modas —las tendencias más en boga en la Iglesia en un determinado momento histórico— ni de encontrar ajustes meramente funcionales u oportunistas.

 

Valga la imagen, se trata de una lucha, de un cuerpo a cuerpo del que salir, como Jacob, una vez habiendo luchado con el Ángel, con una bendición (un nuevo recurso simbólico con el que operar nuevas narrativas y determinaciones), un nuevo nombre (una nueva atribución de rol en el sistema relacional y organizativo) y una herida (un mayor contacto con la propia realidad y con la realidad en la que se vive).

 

Una lucha necesaria si se quiere poder perseguir la vida y garantizarla también para los demás.

 

Es la misma lucha que se nos exige a cada uno de nosotros para desprendernos de las narrativas infantiles y convertirnos en adultos.

 

Es una lucha sin ganadores, en la que hay que mirar de frente a nuestra «sombra» (personal u organizativa, entendida como cultura que hemos interiorizado), en la que hay que mirarnos a fondo sin juzgar, integrándonos, impidiendo la transferencia de la parte de nosotros que rechazamos a los demás.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

Algunas ideas sobre el gobierno y la gestión en nuestra Iglesia.

 Algunas ideas sobre el gobierno y la gestión en nuestra Iglesia 

Existen dos tipos diferentes de cambio: uno que tiene lugar dentro de un determinado sistema, que en sí permanece inmodificado, y otro, cuya aparición cambia el sistema mismo” (Paul Watzlawick). 

Después de estos años de experiencia de gobierno, provincial y congregacional, en mi congregación claretiana, y también en algunas otras instituciones eclesiales, entiendo que las «clases dirigentes» (las voy a llamar así refiriéndome a Obispos, Superiores Mayores, Consejos...) parecen que no pueden dejar de alimentarse del pensamiento sistémico y estratégico en esta fase histórica en este mundo (no en el imaginario hipotético supuesto). 

Nada de lo que ocurre, dentro de los sistemas eclesiales regionalizados (diocesanos, congregacionales…) y a escala mundial, puede ya abordarse, analizarse y gobernarse por separado del resto. Esto nos obliga a pensar sistémicamente, a trabajar cada vez más en las interrelaciones que conducen, al mismo tiempo, a la integración y a la desintegración. Necesitamos desarrollar una cultura sistémica y de síntesis, capaz de comprender los procesos históricos, los condicionantes recíprocos (no inevitables) y los límites y potencialidades que de ellos se derivan. 

También necesitamos un pensamiento estratégico, abierto, complejo, crítico y libre. Junto al dato de la interrelación sistémica hay que añadir el de la imprevisibilidad que vemos crecer en el mundo desigual, a-polar y cada vez más marcado por complejidades (también amenazas y debilidades) a-simétricas. 

En una expresión, el pensamiento sistémico y el pensamiento estratégico pueden resumirse como pensamiento de proyecto. La Iglesia, y en particular los «equipos eclesiales de gobierno» (salvo algunas excepciones de lo que yo he alcanzado a conocer y que es muy limitado), no tienen una mentalidad capaz de captar y acoger los «signos de los tiempos». Lo cual quiere decir, entre otras cosas, que seguimos atados, con especial referencia al pensamiento eclesial, al siglo XX que ya no existe, a la separación entre blanco y negro, amigo y enemigo, lo yuyo y o mío, lo nuestro y lo suyo. Todo ello mientras la realidad, la real, va en dirección obstinada y contraria. Cambiar nuestros paradigmas de referencia, pues, no es sólo una opción posible, sino la llamada de la realidad-en-nosotros. Ya no podemos permitirnos no atenderla. 

Yo entiendo que un pensamiento sistémico las cosas se llaman por su nombre. Si una situación es complicada se trata como tal, evitando simplificarla artificialmente con el único fin de poder tomar una decisión rápida. La complejidad debe ser respetada y tratada como un elemento ineludible de la vida cristiana y eclesial. En otras palabras, la facilidad de una solución no se confunde con su bondad ni su eficacia con la eficiencia. 

El pensamiento sistémico nos ayuda a identificar las fuerzas del sistema -que al fin y al cabo ha sido creado por todos nosotros- y las formas de intervenir en él; nos recuerda que la voluntad de los individuos se vierte en él con efectos a menudo contrarios a los deseados y, para conjurar estos peligros, nos revela sus leyes profundas y sus dinámicas ocultas. No importa quiénes seamos o a qué nos dediquemos, cuáles sean nuestras competencias o nuestra misión (profesión, trabajo…). Todo lo que hacemos y observamos, en nuestra vida individual, eclesial, congregacional…, en nuestro tiempo libre o en el trabajo, está inervado, marcado y dirigido por las leyes de los sistemas: el pensamiento sistémico es un meta-conocimiento necesario, una plataforma interdisciplinar indispensable en la que no se excluye ninguna dimensión. 

Seguramente hemos oído hablar del «efecto mariposa», el principio por el que un aleteo de alas de mariposa en Brasil puede desencadenar un tornado en Texas. Quizá incluso merezca la pena mencionarlo en este momento. Nos guste o no, cada uno de nosotros vive dentro de algún sistema (y seguramente todos compartimos al menos uno, ¿verdad?). 

Además, es igualmente cierto que nuestro sistema, nuestro entorno, nuestro espacio y tiempo vitales son cada vez más complejos, interconectados, difíciles de desentrañar; añadamos a esto la sobre-especialización del conocimiento y el enfoque sintomático de los problemas, una combinación que ciertamente no mejora las cosas... ¿Realmente somos conscientes de las decisiones micro y macro tomadas, y de su transcendencia, en los últimos años en nuestras instituciones eclesiales -diocesanas, congregacionales,…-? Hay incluso quien en el ámbito de gobierno dice: “no importa esta decisión, este endeudamiento,…, patada a seguir”. 

Los gobiernos eclesiales, diocesanos, congregacionales,…, disponen hoy de una cantidad de información cada vez mayor, pero distinguir cuál de ella es realmente útil es un reto difícil; ser pragmático y previsor es una ambición loable, pero cómo conseguirlo es otro asunto totalmente distinto. 

El pensamiento sistémico nos proporciona reglas y modelos que nos permiten comprender de qué está compuesto un sistema y cómo funcionan los vínculos entre los acontecimientos que lo animan: esto es especialmente importante porque cuanto más complejo es un sistema, más probable es que se desencadene un «efecto mariposa» y que éste sea especialmente significativo. 

Trato de finalizar. Un pensamiento sistémico eclesial - diocesano, congregacional…- significa cambiar algunos (¿muchos?) hábitos de pensamiento y adoptar varios comportamientos nuevos. No quiero citar ejemplos. Lo siento. Pero tengo muchos y diversos ejemplos en mi mente después de casi 18 años de gobierno en mi congregación. Ciertamente un pensamiento sistémico:

 

1.- debe determinar cuáles son los límites de nuestro sistema actual,

 

2.- debe descubrir qué conexiones existen con otros puntos del sistema y cómo actúan éstos,

 

3.- debe identificar el punto de apalancamiento y de impulso.

La extraordinaria ventaja que tiene un pensamiento sistémico sobre un pensamiento analista es que mientras este último centra su atención y sus esfuerzos en el problema y su pensamiento «aquí y ahora», el pensamiento sistémico identifica un punto, aunque sea un punto lejano del sistema en (o a partir de) el que llevar a cabo una intervención para que el propio sistema la amplifique en la medida necesaria. 

Porque cuando analizamos un problema solemos buscar cómo resolverlo, mientras que cuando analizamos un sistema tenemos que buscar qué es lo que impide que funcione correctamente, el mejor equilibrio alternativo; una vez eliminado el enclavamiento, el engranaje gira. 

Las decisiones y actividades eclesiales son sistemas, pero tantas veces nos centramos en instantáneas de partes del sistema: luego nos preguntamos por qué nunca se resuelven nuestros desafíos, retos,…, problemas. 

Desde la escuela nos enseñan a «analizar» lo complejo, es decir, a descomponerlo en sus distintas partes, porque el todo es demasiado «difícil». Al hacerlo, podemos acabar perdiendo no sólo la visión de conjunto, sino también el sentido, el significado y el alcance de ese mismo elemento en su contexto: lo observamos como si fuera una entidad separada. Pero desgraciadamente no es así: sería como pensar en curar un corazón enfermo sin molestarse en comprobar si el organismo que tendrá que seguir albergándolo está sano. 

Abordar la complejidad con el único recurso del análisis del ver, juzgar y actuar… corre el riesgo de aumentar el grado de confusión y frustración. De hecho, los sistemas eclesiales son dinámicos, precisamente porque están compuestos por personas (individuos, grupos…), y no responden a las «reglas de la lógica» ni siguen ecuaciones o funciones matemáticas: la lógica tradicional es inadecuada para tratarlos porque utiliza secuencias causa-efecto en lugar de considerar las múltiples combinaciones de factores que, influyéndose mutuamente, dan vida y mantienen el sistema eclesial. 

¿Cómo se generan los problemas en nuestra vidas y cómo podemos solucionarlos? ¿Es la solución acertada hacer más de lo mismo?” (Paul Watzlawick). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...