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martes, 28 de julio de 2026

Betania, la casa de la amistad.

Betania, la casa de la amistad 

En Betania, una casa tenía una reputación extraña. Allí vivían dos hermanas que no estaban casadas. Su hermano también era soltero. A quien lo criticaba, Lázaro respondía: «Id a la región desértica de Judea y veréis cuántos hombres no están casados». El Reino de Dios está cerca. 

Un Maestro como Jesús que entraba en la casa de dos mujeres era soberanamente libre de ir donde le llevara el corazón. Sin embargo, los fariseos no animaban a los hombres a hablar libremente con las mujeres, ni siquiera con su propia esposa. Hablar demasiado con las mujeres alejaba del estudio de la Torá. 

En la casa de Marta y María, Jesús encontró la acogida y la hospitalidad que le habían negado en Samaria. 

Marta y María tenían un carácter diferente. Se complementaban muy bien. Ambas esperaban la visita de Jesús en su casa, que el Maestro llamaba la casa de la amistad. 

«Pasar de la preocupación por lo que debo hacer por Él, al asombro por lo que Él hace por mí», solía repetir Marta después de cada visita del Maestro. 

«Pasar de Dios como una obligación a Dios como un deseo», repetía María, que amaba sentarse a los pies de Jesús para escuchar sus palabras. Sabiduría del corazón de una mujer, intuición que elige lo que es bueno para la vida y regala paz, libertad, horizontes y sueños: la Palabra de Dios. 

María, que conocía bien a Jesús, sabía escucharlo con asombro; sabía dejarse encantar como si fuera la primera vez. El milagro de María consistía una vez más en beber sus palabras y sus silencios y contemplar sus ojos. Ella sabía que Jesús no buscaba sirvientes, sino amigos; no buscaba personas que hicieran cosas por Él, sino gente que le dejara hacer cosas grandes. 

«El Todopoderoso ha hecho grandes cosas en mí», repetía ella también. El centro de la fe es lo que Dios hace por mí, no lo que yo hago por Dios. 

María, después de cada visita de Jesús, le decía a su hermana: «El primer servicio que se le debe rendir a Dios es escucharlo. La relación comienza con la escucha, porque te contagias de una especie de luz cuando estás cerca de un maestro como Él, un contagio de luz cuando estás cerca de la luz». Marta respondía: «Has encontrado un nido y un corazón que escucha, tienes un rabino solo para ti, para ti una mujer, a la que nadie enseñó». 

A María le debía arder el corazón aquel día. A partir de ese momento su vida cambió. María se había hecho fecunda, vientre donde se custodiaba la semilla de la Palabra, apóstol: enviada a donar, en cada encuentro, lo que Jesús había sembrado en su corazón. 

«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por demasiadas cosas», había dicho Jesús, afectuosamente doblando el nombre, no contradiciendo el servicio sino la preocupación, no cuestionando el corazón generoso de Marta, sino la agitación. 

Estaba atento a un exceso que acecha, a un exceso que puede surgir y tragarte, demasiado trabajo, demasiados deseos, demasiada prisa. Primero importaba la persona, luego las cosas. Sentarse a los pies del maestro permitía aprender lo más importante: distinguir entre lo superfluo y lo necesario, entre lo ilusorio y lo permanente, entre lo efímero y lo eterno. 

Jesús no soportaba que Marta se empobreciera en una función de servicio marginal, que se perdiera en las demasiadas tareas del hogar: «, le decía Jesús, eres mucho más. Tú no eres las cosas que haces; puedes estar conmigo en una relación diferente, compartir no solo servicios, sino pensamientos, sueños, emociones, sabiduría y conocimiento». 

Las actitudes de María y Marta eran complementarias. Marta no podía prescindir de María, porque su servicio tenía una única fuente que hacía grande su corazón. María no podía prescindir de Marta porque no había amor de Dios que no debiera traducirse en gestos concretos. La amiga y la sierva eran dos formas de amar, ambas necesarias, los dos polos de un único mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios y amarás a tu prójimo». Solo contaba una única bienaventuranza: «Bienaventurados los que escuchan la Palabra, bienaventurados los que la ponen en práctica». 

Las dos hermanas se cogían de la mano, y cuando nada separe al hombre de Dios, entonces nada separará al hombre del servicio al hombre (Lc 10, 38-42). Son posibles dos actitudes ante la acogida de Jesús: el servicio generoso al huésped, grato y respetuoso, y la escucha atenta de las palabras del Señor. 

Marta desempeñaba el papel tradicional, y es perfecta (Pr 30), de ama de casa. María, por el contrario, inauguraba un papel nuevo y esencial para una mujer: estar a los pies del Maestro como discípula (Hch 22, 3). 

En realidad, Marta daba más importancia a las apariencias que a la escucha, de la que había perdido el sentido. En consecuencia, el sentido de su afán: está preocupada, ansiosa, tensa, insegura, impaciente, mordaz. Marta es la imagen de quien vive momentos de temor, de miedo, sin saber ya regalar una sonrisa y sin saber cuál es exactamente su identidad (o mejor dicho, solo la que le han endilgado). 

Escuchar a Dios era para María la roca de su salvación: «Tú, oh Dios, eres la roca de mi salvación» (Sal 89, 27). La Buena Noticia que se deriva de la meditación consiste en el hecho de que Dios tiene una Palabra para mí, y puedo escucharla, en silencio y en paz, de tal escucha me alimento, crezco en la fe y me realizo como ser humano: «Esta parte mejor no te será quitada». 

Una teología de la humildad de Dios recorre transversalmente las Sagradas Escrituras y recorta historias y personajes que remiten al espejo humanísimo de la fragilidad. Todos aparecen con rasgos humanos, ni perfectos ni perfectamente virtuosos. La Biblia no narra la historia de los ángeles, sino la de los hombres. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Betania: elogio de la hospitalidad y acogida.

Betania: elogio de la hospitalidad y acogida 

Jesús se dirige a Jerusalén y en este camino se alternan escenas de acogida y de rechazo, de hospitalidad afectuosa y de invitaciones provocadoras. A lo largo de este camino tiene lugar un encuentro con dos mujeres: 

"Mientras iban de camino, entró en una aldea y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María que estaba sentada a los pies de Jesús, escuchaba su Palabra" (Lc 10,38-39). 

Es casi espontáneo un lado u otro, atribuyendo más valor a la escucha que al servicio. Conviene partir de la premisa de que Marta y María encarnan dos maneras de ser que a menudo están presentes juntas también en nosotros. Una no excluye a la otra... quizás ¡éste es el verdadero reto! 

Marta interpreta el papel tradicional de la mujer: el de la perfecta anfitriona y ama de casa (Pr 30). María, por el contrario, inaugura un papel nuevo y esencial para una mujer: ponerse a los pies del Maestro como discípula del Maestro (Hch 22, 3). 

Lucas presta especial atención no sólo al servicio y los cuidados que las mujeres en la comunidad, sino también a su tarea para la edificación de la Iglesia (Hch 9, 36; 16, 14; 18, 26). 

Este episodio de la vida de Jesús sigue inmediatamente al del "buen samaritano", de modo que no parece que el "hacer" sea un "hacer" cualquiera, sino un "hacer" del "buen samaritano", un "hacer" que viene de dentro, del íntimo. 

María se sienta a los pies de Jesús, se pone públicamente a su escuela, siguiéndole, y es fácil imaginar el escándalo. Para comprender el gesto revolucionario no olvidemos la condición de la mujer en aquella época. Pensemos en el murmullo de la gente que estaba alrededor: '¿Cómo, esta mujer, en vez de estar en la cocina, va a la escuela de teología? ¿Pero qué quiere? ¿Qué se cree que es? ¿Qué quiere llegar a ser? ¿Cuáles son sus ambiciones? De ahí la reacción de Marta. 

María descubre que la belleza de su vida reside en la capacidad de escuchar al Maestro, una escucha que no permanece pasiva, es una escucha que hace temblar, que implica, que se convierte en servicio... en Marta. 

María, junto con Marta, son la imagen de un ser humano que alcanza la autenticidad, la claridad y la conciencia de que la condición humana se juega en la escucha y acogida del Otro/Otredad, para aprender a realizarnos en el don y la gratuidad. 

La atención al Maestro, la escucha de su Palabra es para el discípulo la "mejor parte", la que no le será arrebatada. Pero la escucha de la Palabra lleva a la acción concreta y exigente (Lc 8, 15). 

Un segundo aspecto que se desprende del pasaje y que nos puede orientar como discípulos de Jesús es el hecho de que Marta y María están en casa, son las "discípulas de la casa". Casa aquí no es casa, sino discípulos de la vida cotidiana y en la vida cotidiana. 

El hogar, el pueblo, son el 'templo' de la vida ordinaria... el templo de la 'laicidad', el lugar donde ordinariamente los fieles viven su experiencia diaria de fe; es el lugar donde uno puede encontrar a Cristo como el verdadero "Señor" de su vida... pero también se puede encontrar a muchos otros a los que nunca se encontraría en los lugares o en el tiempo' 'reservados' sólo para uno. 

Acoger es una apertura: significa dejar entrar y dejar que la que entra participe en algo propio. 

En la Palabra de Dios acoger significa abrir la puerta, permitir la entrada a la propia casa. Acoger es algo muy visible y tangible. 

La hospitalidad da significado a la presencia del otro. Es, por tanto, una elección: llevar a la persona acogida con uno mismo. 

Acoger significa hacer espacio para los demás en el entorno de vida de uno. Significa desencadenar un proceso de transformación mutua: doy la bienvenida al otro si parcialmente me "convierto" en el otro, y si el otro a su vez se convierte en parte en mí. 

Esta vocación de la acogida no es como una invitación a perder la propia especificidad, las propias ideas, la propia identidad. En la acogida real, en la aceptación mutua, no nos reducimos a uno sino que nos convertimos en tres porque se genera una nueva realidad cuando acogemos. 

La acogida es la virtud de quien sabe reconocer la diversidad como una riqueza y dejar que la propia vida venga cambiada por el encuentro con el otro. Es la virtud de quien sabe crear, inventar espacio el uno para el otro. La virtud de quien quiere buscar y sabe encontrar un idioma común, lugares y espacios para compartir el encuentro. 

Acoger en nuestra casa… 

Hoy existe una obligación urgente de que seamos generosamente prójimos de cada ser humano. 

Si una comunidad es amorosa atrae es porque la acogida es necesariamente atractiva. La vida llama vida. Hay una gratuidad extraordinaria en su poder de procreación y creatividad. Es maravillosa la forma en la que un ser vivo genera otros seres vivos. 

El amor es constantemente movimiento, nunca puede permanecer estático. Si el corazón humano no progresa, retrocede. Si no se abre más y más, se cierra y entra en proceso de muerte espiritual. Una comunidad que empieza a decir "no" a la hospitalidad, por miedo, por cansancio o por motivos de inseguridad o comodidad, entra igualmente en el proceso de la muerte espiritual. 

Pronunciar y realizar en la vida la dimensión de la acogida y de la hospitalidad nos abre el corazón. Es humano y divino sentir la bienvenida. Todos queremos a alguien que nos reciba tal como somos y si hemos experimentado que alguien nos 'acoge' y nos ama sin querer cambiarnos, hemos probado, por un momento, lo que significa la felicidad. 

Nuestro camino discipular nos lleva hacia muchos otros a los que acoger pero también nos empuja a reflexionar, a comprender, a discernir nuestra capacidad real de acoger. Pero, ¿esta capacidad es innata o puede aprenderse? 

Que aprendamos a acoger como discípulos amados y con el Corazón de Jesús. Y cultivemos esa hospitalidad. 

Porque el discípulo amado es el que acoge en su casa (Juan 19, 27). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Betania: el hogar de la amistad y el refugio del corazón.

Betania: el hogar de la amistad y el refugio del corazón 

La Liturgia nos invita a celebrar juntos a los tres hermanos de Betania, porque la Iglesia latina dudó durante siglos sobre la identificación de María, superponiéndola a la Magdalena y a la mujer pecadora de la que habla el evangelista Lucas, que a su vez realiza el gesto de ungir los pies de Jesús (cf. Lc 7,36-50). 

Después del Concilio Vaticano II, María de Betania fue distinguida tanto de la Magdalena como de la pecadora anónima del Evangelio de Lucas. 

Sin embargo, solo a partir de la edición del Martirologio Romano de 2001 se conmemora a santa María de Betania junto con sus hermanos Marta y Lázaro (recordados anteriormente el 17 de diciembre). 

Síntoma de todos estos cambios histórico-litúrgicos es también la propuesta, en el Leccionario, de dos pasajes del Evangelio que, en mi humilde opinión, son ambos inadecuados (o al menos insuficientes) para celebrar a los tres hermanos de Betania: 

1.- el primero presenta a Marta y María afligidas por la muerte de su hermano Lázaro y el diálogo de Jesús con Marta sobre la resurrección; 

2.- el segundo es el pasaje que conocemos de memoria y que hemos maltratado convirtiéndolo en una página ejemplar para la distinción (o, peor aún, la contraposición) entre la vida activa y la vida contemplativa. 

Para esta ocasión, yo habría elegido el relato joaneo de la unción de Betania, y en particular los tres primeros versículos: 

Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María tomó entonces trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy preciado, lo derramó sobre los pies de Jesús y se los secó con sus cabellos, y toda la casa se llenó del aroma del perfume (Jn 12,1-3). 

Pero solo leyendo juntos todos los pasajes del Evangelio que nos hablan de esta casa comprendemos el clima de amistad, afecto e intimidad que Jesús encontraba allí. 

El evangelista Juan, al comienzo del largo relato de la resurrección de Lázaro, anota: Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro (Jn 11,5). 

El verbo griego utilizado para indicar este tipo de amor es agapào (que en latín se traduce por caritas): significa amor desinteresado, inmenso, desmesurado, y se utiliza en la teología cristiana para indicar el amor de Dios hacia la humanidad. 

En la casa de Betania, Jesús experimentó el espíritu familiar y la amistad sincera y desinteresada de estos tres hermanos: esto se entiende por el clima de sencillez, cotidianidad y confianza que se desprende de los rasgos con los que se describen los distintos episodios. 

En particular, se entiende por el contexto en el que Jesús va a «buscar refugio» en esta casa. En el relato de Lucas, el Maestro se dirige ya decididamente hacia Jerusalén (cf. Lc 9,51) y está a punto de afrontar el momento crucial de su vida. Ya ha recibido varias veces la confirmación de que Jerusalén, la gran ciudad, «mata a los profetas y apedrea a los que Dios le envía» (cf. Lc 13,34), y ya lo ha anunciado sin rodeos incluso a sus amigos más cercanos (cf. Lc 9,22 y 9,44). Así, en el relato de Juan, nos encontramos ya «seis días antes de la Pascua»: no una Pascua cualquiera, sino su Pascua, la de la Pasión y la muerte. 

Son momentos de tristeza, de angustia... Jesús necesita paz, amistad, acogida, un refugio. En estos momentos no puedes acudir a cualquiera. En esos momentos se necesitan los verdaderos amigos. Son momentos de la vida en los que se necesita un amigo de verdad, de esos que solo se encuentran dos o tres en toda la vida, a los que se puede llamar incluso a la madrugada y ellos están ahí. 

¡Cuántas veces quizá hemos vivido también nosotros también esta experiencia! Cuando nos hemos sentido abrumados por… Es entonces cuando sentimos una fuerte necesidad de refugiarnos en los afectos más queridos, en las amistades más verdaderas y sinceras. Necesitamos descansar física, mental y «afectivamente». Otras veces tenemos el honor (y la carga) de ser «buscados» por alguien que ha encontrado en nosotros ese refugio. 

Jesús «no se avergüenza de llamarnos hermanos», dice la carta a los Hebreos (Hb 2,11). El misterio de la encarnación del Verbo ha hecho a Jesús hermano universal de la humanidad. Jesús tampoco se avergüenza de llamarnos amigos. Lo declara abiertamente a sus discípulos en la última cena: «Ya no os llamaré siervos, sino amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). El título de amigo, atribuido a Jesús, no es una pretensión ilusoria de sus discípulos de ayer o de hoy, sino un don de su corazón misericordioso. 

El Evangelio no es prerrogativa de nadie. La palabra de Jesús es un don para todos, como lo es su persona. Sin embargo, el mensaje evangélico y la persona de Jesús tuvieron diferentes resonancias en el corazón de quienes lo escuchaban y lo encontraban: acogida o rechazo, entusiasmo o indiferencia, correspondencia u oposición. Incluso entre quienes lo acogieron hay un crescendo de intimidad, que va desde las multitudes que seguían al Maestro para escucharlo y ser sanadas, hasta el grupo de los Setenta y las mujeres que lo acompañaban y lo ayudaban con sus bienes (Lc 8,1-3). 

Jesús vivió una relación muy especial con los Doce, y entre ellos aún más intensa con Pedro, Santiago y Juan, a quienes Pablo llamará las columnas de la Iglesia primitiva (cf. Gál 2,9). Entre las personas que estuvieron cerca de Jesús destacan Juan, el discípulo más joven, el amado, que apoyó la cabeza en el pecho del Maestro durante la última cena, y María Magdalena, que, liberada del poder del mal, siguió a Jesús hasta el Calvario y con tanta tenacidad lo buscó en el jardín de Pascua y se convirtió en la primera testigo de su resurrección. 

Entre los amigos de Jesús figuran también los tres hermanos de Betania: Marta, María y Lázaro, a quien Jesús mismo llamó «amigo» (Jn 11,11), como nos señala el Evangelio cuando Jesús dice: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo». Totalmente humana y divina la amistad de Jesús en Betania. La amistad de Jesús se expresa en su llanto ante las lágrimas de las hermanas y ante la tumba de su amigo. Pero Jesús no está prisionero de las lágrimas y de la impotencia humana ante la muerte, su amistad divina devuelve la vida al amigo que lleva ya cuatro días en la tumba. 

Uno de los títulos más hermosos que los enemigos de Jesús atribuyen al Maestro de Nazaret es el siguiente: «Amigo de los publicanos y de los pecadores». ¡Cuán consoladora resuena esta frase para nosotros y para todos los que creen e invocan el amor misericordioso de Cristo! Jesús es criticado por los bienpensantes de su tiempo por su manera humana y amistosa de acercarse a la gente, sobre todo a los que eran considerados alejados, pecadores públicos, como los recaudadores de impuestos y las prostitutas. 

Jesús, que conoce el corazón humano, sabía bien que la amistad es el octavo sacramento, capaz de abrir los corazones de todos, sin prejuicios ni prevenciones. «¿Me amas más que a estos?» (Jn 21,15-19) - fue la triple pregunta que Jesús hizo a Pedro después de la resurrección. La conciencia de su propia fragilidad hizo que Pedro dudara en su respuesta. Cuán verdadero y cercano nos resulta ese Pedro temeroso que responde avergonzado a la inquietante triple pregunta del Resucitado: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». 

Caen las comparaciones de superioridad, caen las expectativas demasiado altas y nace en nosotros la confianza en el conocimiento que Él, el Señor, tiene de nosotros, y en la confianza que Él deposita en nosotros... Jesús, que había sostenido a Pedro con la oración (Lc 22,32), no culpa al discípulo sincero y generoso, aunque débil. «Tú, sígueme», repite Jesús a Pedro, después de haberle hecho comprobar en su interior el amor por el Maestro, que ni siquiera la experiencia del pecado y la fragilidad habían borrado. «Si me amas... ¡No importa si de manera perfecta o más que los demás! Si realmente me amas, cuida de mis hermanos, de mis ovejas, de mis corderos. Sígueme, Pedro, ámame tal como eres, porque si esperas amarme cuando seas perfecto, nunca estarás listo para amarme y servirme». 

La amistad de Jesús no disminuye su grandeza, y su grandeza no oculta su amistad. La amistad es la gramática de la Buena Noticia del Reino. Lázaro, María y Marta fueron testigos de ello en aquel hogar que fue para Jesús refugio de su corazón. 

Creo, pues, que podemos y debemos invocar la intercesión de estos tres hermanos que fueron capaces de convertirse en los amigos más especiales nada menos que de Jesús en persona. Se trata de aprender la hospitalidad. Y se trata, incluso más aún, de convertirnos realmente en «una casa de Betania» para todos aquellos que, también hoy, nos conceden el inmenso honor de acoger al Maestro: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 25 de julio de 2026

Mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -.

Mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 - 

«Mi tesoro…», sisea Gollum con su voz ronca, ¡completamente sometido por el poder del anillo que quiere conservar a toda costa! Gollum es un personaje fundamental en la historia de «El Señor de los Anillos», de J. R. R. Tolkien, que, en un mundo imaginario poblado por personajes fantásticos, narra el enfrentamiento entre el bien y el mal, y todo gira en torno a un anillo mágico que se apodera de quien lo posee, llevándolo incluso al lado del mal. 

Eso es lo que le ocurre al pobre Smeagol, quien, tras hacerse con el anillo forjado por el Señor Oscuro Sauron, se ve transformado en el ambiguo Gollum con tal de no perderlo, y precisamente por su codicia acabará él también destruido, junto con el anillo, en el abismo ardiente de Orodruin. 

El Señor de los Anillos se ha convertido en una saga cinematográfica gracias al director Peter Jackson, que supo retratar bien a Gollum en su continua ambigüedad entre el bien y el mal, precisamente a causa del terrible anillo. 

Jesús, al hablar del Reino de los Cielos —es decir, de la presencia y la acción de Dios en el mundo—, utiliza dos ejemplos que, de alguna manera, guardan relación con esta historia de Tolkien. 

En la parábola del hombre que encuentra un tesoro en el campo, llama la atención la determinación de este hombre por hacerse con el campo que esconde el tesoro. El hombre está dispuesto incluso a engañar con tal de quedarse con ese campo que no es suyo. Esconde el tesoro que ha desenterrado, no dice nada, y mucho menos al propietario, y vende todo lo que tiene para comprarlo. Ese tesoro es suyo, aunque quizá no tenga derecho a él. Al igual que el buscador de perlas que encuentra la perla que buscaba y, para hacerla suya, está dispuesto a arriesgar todo lo que posee. 

En estos relatos del Evangelio me parece ver realmente la codicia de Gollum y de todos aquellos que, en la saga de Tolkien, están dispuestos a cualquier cosa, incluso a perderse a sí mismos, con tal de hacerse con ese tesoro. 

Jesús quiere aprovechar este profundo deseo del tesoro para impulsarnos a preguntarnos cuánto nos importa realmente Dios en nuestra vida. ¿Son Dios, su Palabra, su presencia y su acción en mi historia realmente un tesoro para mí? ¿Qué estoy dispuesto a dar por este tesoro? ¿Lo siento realmente como «mi tesoro»? 

Jesús, obviamente, no está pensando en Dios como una idea abstracta, sino en Dios como una elección de vida, como un «reino» concreto en el mundo. 

Considerar a Dios como el tesoro de mi vida no es simplemente y de forma abstracta «creer que Dios existe», sino tener a Dios como punto de referencia concreto para cada una de mis decisiones concretas de cada día, en cada situación. 

Dios, al igual que, en cierto modo, el anillo de la historia de Tolkien que posee a quien lo posee, quiere poseerme a mí y transformar mi vida en lo más profundo. Pero mientras que el anillo forjado por Sauron es para el mal, Dios quiere conducirme hacia el bien y transformar la historia humana para bien a través de mí. 

Jesús, por tanto, me invita a escarbar con atención en el terreno de mis días, en las relaciones que mantengo con las personas, en mi comunidad cristiana a la que pertenezco, e incluso en lo que hay en mi corazón, para descubrir el tesoro de Dios, la perla preciosa de su presencia. 

Debo escarbar a fondo y buscar con atención, evitando así quedarme siempre en lo superficial y distraído como actitud de vida espiritual; de lo contrario, corro el riesgo de no darme cuenta del tesoro de Dios que tengo bajo mis pies o delante de mis narices. 

Si soy discípulo de Jesús, aprendo a encontrar y a custodiar la preciosidad de Dios en mi vida, que se convierte ella misma en un verdadero tesoro que otros pueden encontrar. Y sentiré en lo más profundo de mi corazón la voz de Dios que, tomándome de la mano, me susurra: «¡Mi tesoro!». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

La vida avanza como un río kárstico. Fluye bajo la tierra incluso cuando todo parece estar quieto. Crece en silencio, mientras nosotros solo vemos lo poco, el fragmento, el esfuerzo. 

Así es el Reino de Dios. Jesús habla del Reino como de un descubrimiento. «Es como un tesoro». Cuando lo encuentras en ti, cambia para siempre tu forma de ver la vida. 

Hay un hombre que tropieza con un tesoro. Hay un comerciante que por fin encuentra la perla preciosa. Y ambos, a partir de ese momento, ya no son los mismos. La vida los atrapa. La belleza los conquista. Una pasión los guía. Y todo lo que antes parecía importante se relativiza, se pone en su sitio y así recupera su valor. 

Podemos comprender la parábola del tesoro y de la perla a través de la experiencia más elemental del amor humano. 

Cuando dos personas descubren que se aman, se dan cuenta de que entre ellas ha ocurrido algo que ninguna de las dos puede darse a sí misma. Ha aparecido una Presencia, un Tercero, que transforma su relación y las abre a ambas a una vida más grande. Un sentimiento de sorpresa las invade: «Hay algo entre nosotros». 

Es quizás el descubrimiento más sorprendente del amor. Pero ese «algo» no es simplemente una emoción, ni la suma de dos vidas que se encuentran. Es la presencia de un «Tercero». Un misterio que ninguno de los dos produce y que ninguno de los dos posee. Es el tesoro escondido, la perla preciosa: una Presencia que, precisamente al unirlos, los abre más allá de sí mismos. 

El amor auténtico no encierra a los dos en un círculo, sino que los abre a un Tercero. Es este «algo más» lo que, en la atracción entre ambos, se manifiesta con vistas a su enriquecimiento. Donde cada uno de los dos crece porque recibe continuamente vida «del otro del Otro».

Es exactamente la lógica evangélica del Reino: el tesoro no es simplemente el otro, «tú eres un tesoro», sino Aquel que se manifiesta en la relación entre mí y el otro y la hace fecunda. El Reino de Dios que anuncia Jesús no es un bien que se suma a los demás, sino la Presencia que transfigura todos los bienes. 

Quien encuentra el tesoro no pierde la vida: la recupera. La alegría precede a toda renuncia, porque nadie lo deja todo por el vacío, sino por una plenitud mayor. El Evangelio no estrecha el corazón: lo ensancha. No resta: aumenta. La vida crece por atracción, no por coacción. Como la semilla. Como la levadura. Como un manantial que, al dar agua, ensancha su curso. 

El Reino introduce una dinámica de crecimiento sin fin: lo que recibes se convierte en don, lo que das vuelve fecundo. El amor no se agota en quien ama, sino que se multiplica abriéndose al Tercero que lo habita. 

Jesús no ocupa un lugar en la vida: se convierte en su centro gravitatorio, generador. Todo permanece —los afectos, el trabajo, los bienes, los deseos—, pero todo recupera su justo orden según la justicia. 

Para comprender el alcance de la parábola evangélica, podemos ahora medirnos con la oración de Salomón de 1 Reyes 3, 5. 7-12: 

«Pues bien, yo no soy más que un muchacho; no sé cómo actuar. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo elegido, un pueblo numeroso que, por su cantidad, no se puede calcular ni contar. Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa hacer justicia a tu pueblo y distinga el bien del mal; pues, ¿quién puede gobernar a este pueblo tuyo tan numeroso?». 

Salomón podría haber pedido riqueza, éxito o poder. En cambio, pide un corazón capaz de discernir el bien del mal. Y ese es precisamente el propósito de las parábolas. 

También aquí la sabiduría que Salomón pide no es un don que se suma a los demás, sino más bien aquello que permite al rey gobernar bien todo lo demás: la riqueza, la responsabilidad y el poder. Pide un corazón que sepa reconocer lo que realmente vale. El discernimiento es la forma más elevada de sabiduría. 

Por eso la tradición cristiana habla de discernimiento. Discernir no significa simplemente analizar. Significa escuchar los movimientos del corazón, reconocer lo que conduce a la vida y lo que la limita, distinguir lo que ensancha lo humano de lo que lo empobrece. 

Discernir es un acto que involucra a la vez la inteligencia, los afectos, la libertad y la conciencia. Discernir es un don del Espíritu. Lo que denominamos discernimiento es algo que no se puede reducir a ninguna forma innovadora de cálculo o recuento. 

Hoy en día, este don se vuelve aún más valioso. Vivimos en la era de la inteligencia artificial. 

Las máquinas procesan, calculan, predicen. Pero ningún algoritmo puede discernir. Puede reconocer patrones. Pero no puede reconocer el bien. Puede procesar probabilidades. Pero no puede asumir una responsabilidad. Puede clasificar un rostro. Pero no puede mirarlo ni admirarlo. 

La conciencia no es un algoritmo más refinado. Es el lugar donde la libertad, la verdad, los afectos y la responsabilidad se encuentran ante el bien. 

Por eso, el Papa León XIV insiste con fuerza en la necesidad de educar el discernimiento, reservando momentos de silencio, estudio, diálogo e incluso un saludable «ayuno de inteligencia artificial», para que el corazón humano no sea sustituido por la eficiencia del cálculo (Magnifica Humanitas, 140). El futuro de una persona nunca es calculable. Cada hombre habita siempre la posibilidad. 

Porque ningún sistema de cálculo puede sustituir a una conciencia que discierne. El riesgo no es solo tecnológico: es creer que todo puede medirse. Así, la sabiduría es sustituida por la eficiencia, la relación por el rendimiento, el juicio por la puntuación (Magnifica Humanitas 140). 

Pero el futuro de una persona nunca es calculable. Allí donde un algoritmo ve una probabilidad, Dios sigue viendo una posibilidad. Una herida puede convertirse en manantial. Un error puede dar lugar a una conversión. 

Por eso necesitamos silencio, oración, momentos en los que madure el corazón. El discernimiento crece lentamente, como la semilla en el campo (Magnifica Humanitas 140). 

Es precisamente este entrelazamiento de instituciones justas, testimonios creíbles y fidelidades cotidianas lo que mantiene viva la esperanza. La humanidad, magnífica y herida, no debe ser sustituida ni superada. Puede acoger las innovaciones que alivian los sufrimientos y abren nuevas posibilidades, siempre que no renuncie a lo que la hace ser ella misma: la capacidad de relacionarse y de amar (Magnifica Humanitas 126). 

La belleza de Dios es el tesoro de la vida. Y es una belleza que no humilla al hombre, sino que lo hace florecer. 

El tesoro en el que hay que invertir es la vida humana en su totalidad, es cada persona en su condición de imagen del Único y en relación con los demás, sus semejantes. Se compra el campo. Se encuentra el tesoro. Pero nunca se compra al hombre. Ninguna persona puede convertirse en mercancía. Cada vez que un ser humano es vendido, explotado, reducido a un instrumento, se vulnera la dignidad del hombre y se traiciona el Evangelio. 

El Papa León XIV recuerda que la lucha contra toda forma de trata y de esclavitud moderna pertenece al corazón mismo de la fe (Magnifica Humanitas 177). Jesús nos enseña a contemplar en el rostro de cada hombre una «magnífica humanidad» (Magnifica Humanitas 233), llamada a la plenitud de la vida (Magnifica Humanitas 1). 

La técnica puede aliviar muchos sufrimientos. Pero no puede sustituir al corazón. La humanidad no debe ser superada, sino custodiada, porque solo el hombre sabe amar, perdonar y entablar relaciones (Magnifica Humanitas 126). 

Allí donde se reconoce detrás de cada rostro a una persona a la que amar y no a un dato que procesar, allí está el tesoro del Reino. La fe en Jesús custodia un tesoro que ninguna economía ni ningún poder pueden medir: la dignidad inviolable de cada persona. 

El futuro de una persona nunca es completamente predecible. Dios mismo sigue sorprendiendo a la historia a través de lo que parece improbable. El discernimiento crece con el tiempo, como la semilla en el campo. No nace de la rapidez de la respuesta, sino de la paciencia de la maduración (Magnifica Humanitas 140). 

Así retrata Jesús el rostro del escriba convertido en discípulo del Reino. El escriba del Reino «saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Son las cosas nuevas las que permiten no solo custodiar, sino también transmitir la Tradición, generando vida y dejando que la Escritura siga haciéndose carne en el seno de la historia. 

Muchas veces sabemos repetir bien las palabras antiguas. Más difícil resulta encontrar palabras nuevas que devuelvan la vida al Evangelio para los hombres de nuestro tiempo. El discípulo no es el guardián de un archivo. Es el servidor de una fuente. 

Este tesoro lo tenemos en vasijas de barro. Frágiles somos nosotros. Frágil es la Iglesia. Frágil es el corazón humano. Y, sin embargo, Dios sigue depositando en este barro su oro vivo. Mucho permanece oculto. Mucho germina en el silencio. Ningún acto de amor se pierde. Ninguna fidelidad es inútil. Cada gesto de bondad sigue circulando por el mundo como una fuerza secreta de resurrección. 

El tesoro, más que un cofre, es un seno. Como María, guardamos este tesoro en el corazón, para que el Evangelio siga mostrando al mundo la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios (Magnifica Humanitas 245). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 24 de julio de 2026

Santa María Magdalena: el deseo de la fe.

Santa María Magdalena: el deseo de la fe 

La traducción de 1 Corintios 13,9 no me convence del todo. «Cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá». 

Porque hay que entender que ese «perfecto» hace referencia a lo que está consumado, a lo que ha llegado a su plenitud. Tanto es así que lo contrario es «lo que aún es parcial». Por lo tanto: lo que está consumado y lo que está inconcluso. 

Esto ya insinúa una duda sobre ese «desaparecerá». Cuando llega la plenitud, de hecho, lo que está inconcluso no desaparece, sino que queda contenido en su interior, es absorbido, es —precisamente— acompañado hasta su plenitud, como ocurre con las fases de la luna, hasta la luna llena. 

Cristo es plenitud en el sentido de que en Él se recapitula todo (cf. Ef 1,10): todo es acompañado hasta su cumplimiento, es decir, hasta su realización; y, por tanto, con esta plenitud, todo lo que antes estaba incompleto —todo lo que era solo una parte del Todo— es absorbido, es hecho propio por Cristo, es conservado en Él. 

Si esto no fuera cierto, Cristo sería algo que se añade, que se yuxtapone —pero no puede haber nada que se yuxtaponga al Infinito; la fórmula no es «Cristo y la realidad», sino «Cristo es la realidad». 

Cuando llegue la plenitud, lo que solo era una parte —lo que estaba incompleto— no desaparecerá, pero ya no tendrá sentido, porque solo tenía sentido en la medida en que preparaba para la plenitud. 

La hermenéutica correcta de la afirmación paulina puede ayudar a despejar el terreno de las fórmulas que menosprecian los valores humanos y que aún persisten en ciertas narrativas del cristianismo, y sobre todo del catolicismo. 

No existe ninguna oposición entre lo que es «imperfecto» y lo que es «perfecto» —entre Cristo y los valores humanos—, entre una humanidad glorificada y una humanidad aún sujeta al sufrimiento. 

Es como la luna y sus fases. 

La realidad es una sola —toda recapitulada en Cristo—, quien acompaña todo hacia una plenitud que no conoce ninguna castración ni censura de la humanidad. 

Y María Magdalena es una figura ejemplar de todo esto. 

Cuando llega la plenitud, la humanidad de María de Magdala no desaparece. No desaparece su deseo, con sus formas imperfectas, apasionadas, humanas. Basta pensar en el gesto extremadamente sensual de ungir los pies de Jesús y secárselos con su cabello (Lc 7,36); o a la decisión temeraria de correr al sepulcro, de madrugada —una mujer, a las primeras luces del alba, en aquellos tiempos—, con tal de ir a perfumar el cuerpo del Señor; o al impulso totalmente físico con el que se lanza hacia Jesús cuando lo reconoce, resucitado, en el huerto, hasta tal punto que el Maestro debe detenerla: «No me toques» (Jn 20,17) . 

María ama exactamente con las mismas formas y con la misma intensidad de deseo con que amaba y deseaba antes de encontrar a Jesús, hasta tal punto que, en algunos casos, esos gestos siguen siendo tachados de exceso impúdico por los presentes en la escena y, como tales, serían tachados también hoy. 

Es un deseo «imperfecto», son formas incompletas, que ya no tienen significado, que ya no tienen sentido, porque ahora ha llegado la plenitud —hasta tal punto que el propio Jesús, precisamente, la detiene y le pide que vaya más allá: «No me retengas». 

Pero no han desaparecido, ni Jesús se las reprocha, aunque le indique un más allá; es más, si Jesús reprende duramente la incredulidad y la confusión de los demás que se encuentran con Él resucitado, para ella no hay ninguna palabra de reproche. 

María Magdalena, sin duda, buscaba a Jesús de manera imperfecta; desde el punto de vista de la fe, no estaba plenamente a la altura, pero tenía un amor inmenso, una pasión intensa por Jesús, y Él premia ese amor suyo, va más allá de todas las imperfecciones teológicas para llegar al corazón de esta mujer y revelarse primero a ella. 

En María Magdalena no hay ninguna castración ni censura del deseo ni de su humanidad. Es más, son precisamente los caminos trazados por su deseo los que, al final, la llevan a la plenitud. Es la humanidad sin censura, con toda la fuerza de su deseo, la que prepara la plenitud. 

Me gusta recordar una frase de Paul Claudel: «Dios mío, te ofrezco este inmenso deseo de vivir». 

Porque cierta corriente espiritualista nos ha enseñado y sigue enseñándonos que este deseo de vivir —inmenso— debe ser censurado, sacrificado, castrado… 

Y, sin embargo, el deseo es lo más propio que tenemos, aunque ese deseo pueda parecer que adopta formas censurables, impropias, porque reconocemos que ese deseo, en última instancia, está hecho de Él. 

Ese deseo es ese «imperfecto», ese inacabado, ese parcial, que cuando la luna esté llena «desaparecerá», pero solo porque será acompañado hasta su plenitud. 

María Magdalena ofreció este inmenso deseo suyo de vivir —que es deseo del Otro, deseo de ser deseada por el deseo del Otro— sin castrarlo, sin censurarlo: Ella era la que ardía más que los demás. Y así, de deseo en deseo, sin darse cuenta, se prepara para el Encuentro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


miércoles, 22 de julio de 2026

A paso de discípulo: esbozo de una espiritualidad peregrina.

A paso de discípulo: esbozo de una espiritualidad peregrina 

Entre las muchas pistas posibles para abordar el tema de la peregrinación, he escogido una con siete pasos que caracterizan la experiencia y la vida del peregrino: decidir, prepararse, partir, caminar, llegar, volver y contar. 

Estos son los mismos pasos que acompañan a los peregrinos, individuos o grupos, a lo largo y ancho de la Biblia. Son pasos que me ayudan a reconocer las actitudes de mi propio ser-en-peregrinación. Descubro que estos pasos no son secuenciales ni definidos, ni consecuentes, sino que se entrecruzan y dialogan de manera impredecible. 

La peregrinación es una experiencia profundamente personal, aunque se viva en compañía: cada peregrino recorre (y decide recorrer) su propio camino, eligiendo cada día cuál será el siguiente paso por dar en su vida. 

1.- Decidir 

Decidir es el paso decisivo y el más difícil. La peregrinación no comienza cuando nos ponemos en camino, sino cuando surge en nuestro corazón el deseo de partir: un camino nunca comienza con la partida, sino mucho antes, con el pensamiento y la preparación; en otras palabras, con la pregunta de por qué emprender ese camino. 

Las motivaciones del peregrino pueden ser muy diferentes: emprender un camino de búsqueda de sí mismo, realizar un acto de devoción, dar gracias por una gracia recibida o hacer un gesto de penitencia y conversión; caminar para pedir una intercesión... 

Muy a menudo, la motivación no está clara ni siquiera para el peregrino, que no es consciente de lo que le impulsa. Sin embargo, lo que todos tienen en común es un deseo: la búsqueda de una estrella, que en última instancia, y allí en lo profundo, se revela como una misteriosa nostalgia de Dios, un gran deseo de Dios. 

2.- Prepararse 

Sin embargo, no se puede improvisar ser peregrino: la peregrinación es una experiencia que debe prepararse adecuadamente. El verbo “prepararse” se declina en varias dimensiones: física, cultural, espiritual y práctica. 

La peregrinación es una larga oración hecha con el cuerpo no una actividad deportiva, pero sin duda, y sobre todo en el caso de las peregrinaciones más largas y exigentes, será importante preparar adecuadamente el cuerpo. 

También es importante conocer el recorrido, los pueblos por los que se va a pasar, los puntos peligrosos, las etapas y las paradas, por lo que es necesario hacerse con un mapa. 

Por último, la preparación espiritual debe entenderse en un sentido amplio y no solo religioso: significa dialogar con uno mismo para cuestionarse las motivaciones profundas, el sentido y el estado de ánimo con el que se quiere partir, las preguntas que nos hacen caminar. ¿Quién, qué y cómo estamos buscando? 

Incluso la preparación de la mochila se convierte en un ejercicio «espiritual», en el que debemos elegir qué llevar y, sobre todo, qué no llevar, dejando en casa lo superfluo. 

3.- Partir 

Partir requiere la capacidad de dejar ir: antes que el valor para partir es necesario tener el valor de dejar atrás. En este sentido, partir significa romper, desgarrar e interrumpir el curso ordinario de la vida y reconocer en el camino mismo un nuevo y poderoso centro de gravedad. 

Este aspecto excepcional de la partida puede parecernos extraño, pero podemos comprenderlo recordando a los peregrinos medievales, para quienes partir en peregrinación era un hecho trascendental. Se partía en peregrinación sin la certeza de volver a casa, después de haber vendido probablemente todo lo que se tenía. 

El entusiasmo de partir debe tener en cuenta sobre todo el esfuerzo del primer paso, el que desde el umbral seguro, la puerta de casa conduce a caminos desconocidos y potencialmente peligrosos. Partir también significa separarse de los afectos, de los seres queridos: una separación temporal, no definitiva, pero que puede redefinir, purificar y, a veces, romper vínculos y relaciones. 

Por último, partir nos reconecta con todos los pueblos de refugiados y desesperados que abandonan el lugar que representaba para ellos la seguridad, a veces mínima, por un lugar desconocido y quizás para siempre. 

4.- Caminar 

La esencia de la peregrinación es el camino y la materia que lo compone son los pasos, cuantitativamente incalculables. La experiencia de caminar es una experiencia vasta, hecha de encuentros, esfuerzos, cambios de rumbo y elecciones, pero no solo eso. Cuando no caminamos físicamente, son nuestra mente y nuestro corazón los que caminan. La dinámica del camino ya es evidente en los textos sagrados: Dios se pone en camino con Israel; Jesús es el hombre que camina, es Dios-con-nosotros. 

Muchos filósofos y pensadores, en diferentes épocas históricas y procedentes de diferentes escuelas de pensamiento, han elaborado filosofías «del caminar», desde los paseos socráticos hasta las caminatas precisas y puntuales de Kant; muchos han reconocido que la acción de caminar conecta el cuerpo con el pensamiento. 

Sin embargo, nadie ha escrito que sea una actividad fácil, sencilla y cómoda: para caminar hay que estar apoyado, no solo físicamente con un bastón, sino también socialmente (¡la importancia de los compañeros de viaje!) y espiritualmente. 

Además, en la peregrinación, las características positivas de caminar se elevan a un nivel superior, al camino físico se une un triple camino del cambio: el camino de la purificación, el camino de la iluminación y el camino de la unificación: nuestra vida se purifica de los aspectos superfluos para volver a lo esencial, los pensamientos se iluminan y el cuerpo y la mente se unifican. 

5.- Llegar 

Llegar a la meta no es el único objetivo, sino la coronación de la experiencia: si no fuera así, seríamos vagabundos, no peregrinos. Aunque está muy de moda el eslogan «el camino es la meta», esto no es del todo cierto: la meta a alcanzar no es indiferente, porque orienta nuestro camino y el deseo de alcanzarla constituye un fuerte estímulo para superar las fatigas de la peregrinación. Y, sobre todo, su consecución se convierte en «un lugar privilegiado de encuentro con Dios. 

La verdadera meta es nuestra conversión, entendida en sentido dinámico, que transforma toda nuestra vida, para renovarla siempre. Imaginemos entonces que no queremos llegar a un lugar cerrado y finito, sino atravesar un arco, un umbral desde el que continúa el camino. 

6.- Regresar 

Cambiados por la peregrinación, es importante subrayar que a partir de ese momento nos convertimos en peregrinos: una vez purificados, es costumbre regresar a la normalidad diferentes de como éramos al partir. 

No se regresa al punto de partida, sino que todo es nuevo, renovado, por redescubrir desde el principio. Es decir, se reanuda el camino, con nuevas preguntas y nuevas conciencias, con la mochila llena de todo lo que hemos recogido y aprendido en el camino de ida: no es, por tanto, el final de la peregrinación, sino una nueva dinámica del camino. 

La peregrinación no es un paréntesis en la vida ordinaria del discípulo, una suspensión de la gris rutina cotidiana: el reto es precisamente volver a la propia vida transformados. Volver no significa mirar atrás, sino habitar de una forma nueva la vida cotidiana. 

7.- Contar 

El séptimo y último paso, contar, es la dimensión comunitaria: dar testimonio de lo vivido, con entusiasmo y pasión, dando testimonio del don recibido. Muchos peregrinos escriben un diario de su experiencia y la tradición cristiana nos ofrece ejemplos espléndidos, desde el Diario de viaje de Egeria hasta Cuentos de un peregrino ruso. 

El peregrino escribe para no olvidar la experiencia vivida y para comunicarla a los demás, con el deseo de animar también a otros a emprender el peregrinaje. 

Pero atención, se comparte la gracia de la propia experiencia in itinere: nadie puede decir que ha terminado, que ha llegado, ni puede hablar de su camino de vida como algo pasado. 

Al contrario, nos contamos a nosotros mismos en camino, situados, y acogemos las historias de los demás, escuchando las vidas de quienes no están en nuestro mismo barco, pero sí en la misma tormenta. 

Ultreia et Suseia! 

¡Buen camino! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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