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lunes, 9 de febrero de 2026

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -.

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -

¿Quieres curarte?

 

Es la pregunta que el Señor Jesús nos plantea a cada uno de nosotros. Todos vivimos, al igual que el paralítico, cerca de ese lugar llamado Betesda, que significa «casa de la misericordia». Ese hombre vive en esa casa, pero en realidad parece excluido de la posibilidad de que se le tenga misericordia.

 

En esa casa hay un tipo de humanidad que Juan resume en tres categorías: ciegos, cojos y paralíticos. Estas tres categorías son una representación de la condición real del ser humano al que se dirige Jesús: predominan la ceguera, la falta de libertad de movimiento y la parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

A primera vista, parece una pregunta obvia, como preguntarle a un hambriento si quiere comer. Sin embargo, si lo pensamos bien, no es una pregunta retórica. De hecho, no pocas veces el dolor, la soledad y el abandono nos obligan a entrar en una especie de letargo del que es difícil salir.

 

Hay muchas cosas que nos bloquean y nos impiden volver a caminar: ansiedades, preocupaciones, inquietudes. Ese hombre había convertido su enfermedad en una excusa para no asumir ninguna responsabilidad: no en vano culpa a otros de la prolongación de su enfermedad. Es la enfermedad la que «lo hace ser»: la pretensión de ser ayudado es más fuerte que la voluntad de curarse.

 

El hombre enfermo del Evangelio está resignado, desanimado, tan consciente es de su impotencia. No hay ninguna oración en su boca, ninguna petición, ninguna invocación. Quizás ni siquiera sabe quién es ese hombre que tiene delante.

 

Jesús no se detiene ante estas resistencias, llama con insistencia para que se le abra el corazón: ¿quieres curarte?

 

Ese hombre necesitaba a alguien que lo sacudiera de su apatía y lo obligara a asumir la libertad de salir de su victimismo.


No tengo a nadie... es un hombre solo. No tiene a nadie que le ayude a conseguir la tan ansiada curación. Ningún punto de referencia. Sin embargo, no abandona ese pórtico: sigue asistiendo al ondular de las aguas y viendo a otros más afortunados que él.

 

Todo esto desde hace treinta y ocho largos años. Abandonado por todos, creía estar abandonado incluso por Dios. Alrededor de esa agua hay gente suspendida en una tradición y prisionera de la competencia. ¡Cuántas promesas vacías! ¡Cuántos años llevo yo también parado al borde de una piscina esperando que pase algo!

 

Jesús conoce su condición y por eso se acerca a él y le pregunta: ¿Quieres curarte?

 

¿O quieres seguir aferrado a una tradición que te permite sobrevivir, pero te mantiene en tu parálisis?

 

Es el único caso en el que Jesús va a buscar a un enfermo: normalmente se los llevaban a él. Se acerca a quien pensaba que estaba definitivamente excluido del corazón de Dios. Tanto le importa a Dios que, por él, Jesús pondrá en peligro su propia existencia.

 

El paralítico no tarda en responder que sus expectativas se han visto defraudadas desde hace tiempo: esa agua que tiene ante sí promete una curación que nunca llega, al menos para él. Ese hombre tendrá que comprender que hay otra agua con la que dejarse lavar y que está a su disposición solo si realmente lo desea.


Levántate... confía en mí, que he venido a buscarte, abandona todo lo que te mantiene atrapado, da el salto.

 

Toma tu camilla... rompe una ley de muerte que condena a un rito y a la observancia de una regla vacía.

 

Camina... que tu horizonte sea el camino y ya no esta piscina. Aprende a conocer la vida.

 

No te está permitido... Es extraño decirlo: parecen prevalecer el miedo y el vínculo con una tradición. Nada puede hacer frente a aquellos que, para permanecer fieles a una ley que ya no es para la vida, eligen una adhesión formal a Dios en lugar de dejarse interpelar por lo nuevo que el Espíritu está suscitando.

 

Los judíos, de hecho, ven en el gesto de Jesús la violación del sábado y no la curación de un hombre. Les llama más la atención esa camilla bajo el brazo que el hecho de que ese hombre camine. No pueden admitir que ese hombre pueda ser para ellos una oportunidad de curación: prefieren permanecer en su parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

Esta pregunta atestigua a un Dios que se encuentra en el umbral de la puerta de nuestra vida, suplicando que le necesitemos. De hecho, es él quien toma la iniciativa.

 

Aunque quizá no necesitemos salud física, todos necesitamos una curación interior.

 

Pero no es fácil reconocerlo y, como el paralítico, ponemos mil objeciones que se resumen en una sola: siempre soy el último en llegar. Jesús repite: no importa. Eso no es lo que cuenta. ¿Qué quieres?

 

Esa pregunta se nos repite para que tomemos conciencia de nuestra impotencia estructural, pero también del hecho de que toda nuestra capacidad reside en el deseo que habita en nuestro corazón.

 

Él tiene el poder de venir a nuestro encuentro si aceptamos no retroceder ante las limitaciones que nos imponen nuestras condiciones de vida personales, limitaciones que a menudo reprochamos y tras las cuales no pocas veces nos escondemos.


¿Quieres curarte?

 

Es decir, ¿estás dispuesto a tomar conciencia de tu verdadera condición?

 

Lo que importa, lo que puede significar un posible cambio, es reconocer que necesitamos a Jesús. Si esto es cierto, no hay obstáculos que nos detengan: también nosotros podemos levantarnos. Ningún límite puede vencer las palabras de Jesús.

 

Hay una necesidad en nuestro corazón, hay una carencia que solo él puede llenar. Y no hay piscina que pueda hacerlo.

 

La pregunta de Jesús nos invita, por tanto, a no maldecir el hecho de sentirnos necesitados o carentes. Esta carencia y esta necesidad, que a veces vuelven con imperiosidad, no pueden satisfacerse de manera improvisada. El antídoto es solo el Señor Jesús.

 

Y tú, ¿quieres curarte?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dar la palabra al magisterio de los enfermos.

Dar la palabra al magisterio de los enfermos

El obstáculo se convierte en oportunidad, el impedimento en ocasión.

 

Captar la belleza de la vida precisamente allí donde parece revelar solo dificultad y dolor: esta capacidad es lo que Dios sigue revelando a los pequeños.

 

Hay una revelación continua de Dios que se puede ver y reconocer en muchos gestos que para nosotros tienen todo el carácter de lo absurdo. 


Y los pequeños y los pobres son capaces de reconocer esa revelación.

 

Cuánta sabiduría hay en la vida de personas que no han hecho más que ponerse en la escuela de la vida.

 

En esta escuela hay que aprender, por tanto, ante todo, a estar en contacto con los límites.

 

Jesús nos invita a aprender de su capacidad de percibir el estilo sorprendente de Dios: «Dios ha elegido lo que en el mundo es débil» (1 Cor 1,26 ss.).

 

Y así, lo que podía parecer prerrogativa de algunos —los sabios— se ha compartido con otros —los pequeños—.

 

Un Dios convertido al encanto de la pequeñez.

 

Los pequeños, hombres y mujeres que, aunque no conocen el lenguaje teológico, viven una relación particular con el Padre, hecha de mirada sabia y de corazón capaz de confiar y entregarse.

 

Los pequeños capaces de comprender los misterios del reino, es decir, cómo funcionan las cosas de la vida.

 

¿Quiénes son los pequeños a los que Dios sigue poniendo en la cátedra, maestros de los que debemos ser oyentes y discípulos? ¿A quién y a qué estamos llamados a conceder el derecho a la palabra, primero en nosotros mismos y luego a nuestro alrededor?


En la escuela de la mansedumbre y la humildad, en la escuela de la pequeñez, en la escuela de la humilde medida de Dios.

 

Una escuela hacia la que nos corresponde dar los pasos: «Venid a mí...». Para aprender lo que inmediatamente reconocemos que no nos pertenece.

 

Y la invitación se dirige a quienes se reconocen fatigados, es decir, agobiados por la preocupación por muchas cosas. Fatigados son aquellos que están a punto de ceder ante las dificultades que encuentra la esperanza. A ellos se dirige la llamada a seguirle.

 

Mansedumbre, humildad, pequeñez que hay que aprender: «aprended de mí...».

 

La mansedumbre, dejar que el otro sea lo que es; la humildad, la justa consideración de sí mismo que se abre para dar espacio al otro, una grandeza que se contrae, al estilo de Dios, que llega incluso a considerar al otro superior a sí mismo.

 

La pequeñez, la medida humilde de Dios. Dios devuelve la palabra al pequeño, que se convierte, por tanto, en la nueva medida de las cosas del ser humano.

 

Los pequeños, destinatarios privilegiados para captar el alcance del mensaje evangélico.

 

Espacio, pues, para los pequeños.

 

Palabra a los pequeños, a aquellos que, aunque no participan del poder, del saber o de otro título de reconocimiento, Dios les confiere la tarea de ser maestros de humanidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 10 de enero de 2026

Yo estaré contigo cada día hasta el final - una meditación en la cama del enfermo -.

Yo estaré contigo cada día hasta el final - una meditación en la cama del enfermo - 

Vivir mucho tiempo con la enfermedad, además de exigir presencia, requiere el desarrollo de unas habilidades específicas para la vida. 

Una es la habilidad de «lidiar» con la propia vulnerabilidad, aceptada y asumida. 

Esta competencia permite reorganizar las condiciones de limitación y posibilidad en la vida personal y social, cultivando y practicando el equilibrio afectivo y la fortaleza psicológica necesarios. 

Esta competencia requiere otras: por ejemplo, la de cuidar la dimensión simbólica, y no solo la proyectual, de los gestos en los que se expresan la atención, el cuidado, la escucha, la delicadeza, la profundidad, …. 

Vivir bajo el signo de la disminución y el declive exige, además, la capacidad de no oscilar entre la libertad imaginaria y la reducción del horizonte de expectativas, y puede capacitar para mantener el sueño dentro de la realidad. 

Un sueño con los ojos abiertos que capta el valor propio de las cosas, que capta la espera. Espera de respeto, de cultivo, de encuentro, de escucha, de diálogo, de atención. 

Es una competencia suave y delicada que nace del encuentro entre aquellos que son capaces de confiar y exponerse, de ser promesa sin otras certezas que la de aquella palabra sublime que se regala. Solamente con aquella palabra tantas veces callada y silenciosa: “no te abandonaré”. 

Ocurre, a veces ocurre, que allí donde las personas más frágiles corren el riesgo de ver anulada toda posibilidad, precisamente allí se pueden tejer tramas de búsquedas concretas que pueden llevar a decir: «Creo que puedo, puedo intentar poder»; es más, «debo intentar poder porque tú estás ahí». 

Lo desconocido, la reaparición de la suspensión entre el ser y la nada, pone a prueba la capacidad de permanecer en lo abierto… 

Lo desconocido, lo abierto que nos da miedo y que tememos; lo desconocido, lo abierto que nos protege, nos custodia, nos defiende. 

Lo evitamos, lo negamos y, sin embargo, en la rendición y el abandono, se puede abrir paso un asombro sin fin. 

En el reflejo de la gracia encontrada, de la belleza captada y conservada, de la inocencia que se nos confía, en la remisión de las deudas y las culpas no confesadas, ahí está la vida. 

La vida puede retirarse… y puede seguir dándose… La vida puede estará apagándose hasta morir… y alumbrándose en una vida nueva y más plena… 

Lo esencial está en los pliegues, en las vidas arrugadas; o un poco desgarradas, remendadas e incluso retorcidas. Donde se vuelve a empezar un poco por necesidad y un poco por deseo… pero puede ser volver a intentar desear, volver a nacer… 

Nos encontramos en la vida, precisamente: gracias a otros, con y entre otros. Y, a veces, caemos en la cuenta de que «ya no nos pertenecemos», poco a poco lo sentimos con claridad. 

Y no tememos ver reflejada nuestra pequeñez y nuestra insignificancia, nuestros miedos y nuestras impotencias. 

Y el cuerpo, poco a poco, siente el gemido y el final, y quizás también la belleza, el placer, del don de una presencia cercana; siente la bondad, el placer de una presencia que acompaña y sostiene: “no temas, yo estoy contigo”. 

En la pobreza y en la fuerte torpeza de los cuerpos, las palabras a menudo no logran articularse, entonces pueden intentar sentir ese silencio de la vida del que una palabra debe renacer continuamente. 

Quizás solo en la pasividad del cuerpo que ya no aguanta, del ser humano que toca su fin, es posible volver a aprender las palabras y el silencio, la vigilia y la espera. 

Cuando nos ha ocurrido pensar desde los márgenes de la vida (los nuestros y los que encontramos o en los que nos situamos), vivimos como una disolución. 

El tiempo ya no se desenrolla como un proyecto sino que se sorprende como lugar de una promesa de verdad y de bondad, de un tesoro escondido de redención y de sanación salvadoras. 

La enfermedad es también, tantas veces lo es, un vivir declinando. Y que recuerda la necesidad y la posibilidad de encontrar nuevas formas y tiempos para vivir, precisamente declinando... disminuyendo. 

Cada «ruptura» que se determina en la biografía personal, relacional…, impone y permite volver a buscar una forma, una dimensión, un nuevo destino al tiempo vivido y al tiempo que resta. 

Saber resistir, re-existir, comenzar, terminar y entregar, cuidar los legados, recapitular, desear, regenerar y hacerlo disminuyendo: buscar encontrar este cuidado de uno mismo puede requerir un nuevo, inédito y diferente aprendizaje de la relación con el tiempo. 

Marcado de manera muy diferente al tiempo del querer poder, del controlar y dominar, del disponer, del aumentar, del crecer, del multiplicar, de la eficiencia... 

Me he encontrado con personas que lo viven en el ámbito del cuidado durante la enfermedad, en el que se siente que uno ya no dispone de sí mismo, que ya no se pertenece a sí mismo. 

La enfermedad, a veces, se convierte en un lugar existencial, un lugar de significado, …, un lugar de vida. Y esto es obra solamente de la gracia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 19 de agosto de 2025

La atención y el cuidado: descalzarse en el terreno sagrado del enfermo.

La atención y el cuidado: descalzarse en el terreno sagrado del enfermo

Cuidamos de los demás y los demás cuidan de nosotros. Una experiencia fundamental, vital. 

La exposición al cuidado, que puede convertirse en una tranquila confianza, conlleva en cierta medida también el temor a la dependencia. ¿Quién sabe en qué manos acabaré? ¿Cómo me atenderán? ¿Cómo me cuidarán esas manos? 

Es la gran verdad de la película de Ingmar Bergman Fresas salvajes. 

La nieta del médico, después del viaje en tren, le pregunta a su tío: «Entonces, ¿qué debería decir finalmente un médico a su paciente?». Y él, que había sido un médico duro, bastante frío y distante, que había aspirado al poder, responde: «Debería pedir perdón». 

Durante el viaje, en el exigente diálogo con su sobrina, se había dado cuenta de la verdad de la cura. «Debería pedir perdón» porque, inevitablemente, un médico durante la cura ha tenido que distanciarse de alguna manera, «abandonar» al paciente, vivirlo como un caso, examinar solo los síntomas y «disponer» de él visitándolo y sometiéndolo a exámenes. 

A veces, el médico no vuelve a ver a esa persona después de esta operación, que es una operación un poco violenta de lectura del otro: a veces no vuelve a ver a esa mujer, a ese hombre, poniéndose a su disposición, dialogando sobre cómo redefinir la vida desde dentro de una nueva evidencia de fragilidad. 

Si falta este «retorno», la cura se olvida de dónde proviene, mientras que es muy importante tenerlo presente, para que la cura pueda intentar mantener abierto el tiempo. 

Una enfermedad, una discapacidad adquirida, un declive de las facultades pueden convertir el tiempo en un «pantano y laberinto», como escribe María Zambrano, que de forma recurrente tuvo que enfrentarse a graves enfermedades. 

Pero el tiempo puede verse «comprometido» o roto por una culpa o una ofensa sufrida, que comprometen la espera del bien, que aplastan en el juicio y en el dolor, o en el sufrimiento. Que pueden herir el deseo de vivir y llevar cerca el abandono. Aquí solo una proximidad que cuida puede acoger y cuidar un poco un futuro posible, una dignidad personal, un reconocerse en otro... 

El cuidado es vida puesta en común, cultivada en comunión, un don de gracia. También el cuidado lleva en sí mismo elementos de conflicto. 

No es fácil escuchar un diagnóstico problemático, por ejemplo, pero tampoco es fácil que te pregunten: «¿qué sentido tiene su terapia, si no voy a ver nacer a mi nieto?». Sin embargo, todo esto se puede humanizar, se puede intentar vivirlo. 

Cuando se hace, se reabre, en cierto sentido, el tiempo, el tiempo vuelve a ser habitable. En el sentido más simple: se puede desear despertarse mañana por la mañana, en lugar de no despertarse. 

Esto no solo vale para las personas enfermas, sino también para muchos adolescentes o para muchos adultos que no necesariamente desean despertarse mañana. 

Vivir estas cosas, decirlas en tiempos difíciles y de guerra como los nuestros, tiempos en los que nuestra vulnerabilidad queda al descubierto y se revelan las contradicciones que llevamos dentro, es especialmente importante hoy en día: la tentación de ver al otro solo como una amenaza es fuerte. 

Queremos defendernos del otro y, a menudo, para hacerlo, creamos bandos que construyen al enemigo, que justifican nuestra distancia y nuestra frialdad. Y que pronto justifican también el uso de la fuerza. 

Tantas veces nos descubrimos capaces de la guerra, y participamos en ella simbólicamente, afectivamente, en el ejercicio de la fuerza que otros están llevando a cabo. Es la polarización de la guerra: envenena inmediatamente nuestras conciencias. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 19 de julio de 2025

De apestados a hombres libres - San Lucas 17, 11-19 -.

De apestados a hombres libres - San Lucas 17, 11-19 - 

Jesús sube a Jerusalén, toda su vida está proyectada hacia el encuentro con esa ciudad, cuna de la fe, pero también nido de avispas de una religiosidad agresiva y obtusa. 

Sube con determinación, «con el rostro endurecido», escribe Lucas. 

Atraviesa Samaria y Galilea. 

Camina hacia lo absoluto. Camina hacia el ajuste de cuentas. Camina hacia lo sagrado. 

Pero mientras tanto atraviesa la vida, las ciudades. Se encuentra con la gente, se confronta, actúa, vive. 

Su vida interior no es algo aparte, lejano, inaccesible. No lo convierte en un extraño. 

El Señor está presente. En sí mismo y en el mundo. Ve. Se da cuenta. Tiene compasión. 

Tendría motivos para encerrarse en sí mismo, para meditar y reflexionar. 

Pero no. 

En el camino se le acercan diez leprosos que gritan desde lejos. 

Si estamos en camino, toda la humanidad se nos acerca gritando. Podemos hacer como el rico que no ve a Lázaro, o aceptar el desafío de quienes esperan la salvación. Jesús ha hecho su elección. 

Desde hace tiempo. 

Gritan 

Gritan los leprosos. Deben detenerse a distancia. Para que los escuchen, gritan. 

Como sigue ocurriendo hoy en día, en nuestras caóticas vidas, en nuestras grandes y anónimas metrópolis, donde el ruido, las opiniones y las discusiones ahogan cualquier palabra pronunciada en voz baja. 

La nuestra es una época en la que se grita. 

Tienen que gritar para pedir piedad. Porque si callan, nadie se da cuenta de ellos. 

Los rabinos decían que un leproso era como un muerto y solo podía contaminar a quien lo tocaba. 

Y que la lepra era el máximo castigo que Dios infligía al pecador. 

Son diez. Diez son los dedos de una mano, el número diez indica, en Israel, la totalidad. Todos estamos enfermos, todos somos leprosos, todos necesitados. 

Su vida se consume viendo cómo su cuerpo se descompone, se pudre. Su alma, hace tiempo, murió, devorada por el juicio de la gente y por los sentimientos de culpa que les hacen creer culpables ante el dios despiadado de los fariseos. Colgados del juicio despiadado de los demás, como nosotros, a menudo. 

De los diez, uno es extranjero, enemigo, un samaritano. 

La enfermedad y el dolor unen a todos los hombres, sin distinción de religión o etnia. El sufrimiento es y sigue siendo la experiencia más común del vagar humano. 

Gritan su dolor, su abandono, su lenta e inexorable putrefacción. 

Piden piedad, la compasión que nadie les ofrece. Y, tal vez, esperan una limosna. 

Jesús les pide que vayan a los sacerdotes para ser curados. 

A veces, Jesús nos cura a plazos, nos pide que nos pongamos en camino para ver los resultados. 

A veces, Jesús, con su simpatía, nos pide que vayamos a un sacerdote para ser curados. 

El Templo 

Es una herencia del antiguo Israel, cuando el sacerdote también hacía las veces de médico oficial: solo él podía certificar la curación y la reinserción de un leproso. 

El Señor los envía a los sacerdotes, respeta el pasado de Israel, no ha venido a cambiar ni una letra ni una coma, sino a cumplir, a devolver a su origen el proyecto de Dios. 

La curación no es instantánea, requiere un camino, obliga a confiar; Dios no ama los milagros espectaculares, siempre pide conciencia, camino, confianza, mediación. 

Se necesita toda la vida para curarse de la lepra del pecado y la soledad. No hay cambios definitivos que no requieran tiempo y paciencia, constancia y confianza. 

Los diez se van, quizá decepcionados por no haber visto su piel sanada al instante y, mientras caminan, se dan cuenta de que están curados. 

A muchos de nosotros también nos pasa que nos curamos por el camino, cuando dejamos de poner condiciones a Dios y a nosotros mismos. Solo caminando hacia el Templo somos purificados de toda lepra del corazón. 

Asombrados, desconcertados, conmocionados, los leprosos curados cumplen la petición de Jesús y van al sacerdote. Excepto uno, el que no tiene Templo, ni sacerdotes, ni religión. 

Su Templo, en el monte Garizim, ha sido arrasado por los judíos. 

No sabe adónde ir y vuelve sobre sus pasos. No tiene un Templo propio adónde ir. Vuelve a otro Templo. 

Al verse curado 

Al verse curado, cuenta Lucas. 

Por fin se ve a sí mismo. Ve lo que es, de verdad. Por fin se ve con una mirada nueva. Ve que ha cambiado, que ya no es el mismo. 

Ahora está curado. Por dentro y por fuera. La piel está sana, ahora le toca sanar la mirada. 

Acostumbrado a considerarse maldito por Dios, víctima elegida, destinatario de un destino horrible.

Su pensamiento se cura. Su alma se cura. 

Descubre que es amado. 

Al verse curado. 

Eso es lo que nosotros también podemos hacer. Dios nos cura, claro, pero solo si nos ponemos en camino, solo si nos vemos por dentro, solo si nos observamos, solo si tomamos conciencia. 

No es nuestra vida la que cambia, es la mirada que tenemos sobre ella. 

De víctimas a protagonistas. De apestados a hombres libres. 

Alabando 

Solo uno vuelve para dar las gracias, lleno de fe. 

Jesús, descorazonado, constata que diez han sido sanados, pero solo uno salvado. 

El samaritano regresa alabando a Dios en voz alta, no puede callar, grita su alegría, su soledad y su marginación han terminado por fin. ¿Y los demás? Pregunta Jesús. 

Nada, desaparecidos, se han esfumado. 

Curar a los hombres de su ingratitud es mucho más difícil que curarlos de sus enfermedades. 

Ser curado no significa ser salvado. 

Los nueve ingratos son el icono perfecto de un cristianismo muy extendido, que recurre a Dios como a un poderoso sanador al que invocar en momentos de dificultad. Qué triste imagen de Dios se fabrican aquellos que recurren a Él cuando lo necesitan, que dejan a Dios muy lejos de sus decisiones, de su familia, para luego enfadarse y sacarlo a colación cuando algo sale mal en sus planes. Los nueve están curados: han obtenido lo que pedían, pero no están salvados. 

Encerrados en su visión parcial y distorsionada de Dios, curados de la lepra de la piel, ni siquiera ven la lepra que tienen en el corazón. 

El Dios al que han invocado es el Dios de los remedios imposibles, no el Templo en el que habitar, el Poderoso al que corromper y convencer, no el Dios que, en la curación, da testimonio de que ha llegado el tiempo mesiánico. 

Es hora de caminar, confiando en el Señor. 

Es hora de vernos con una mirada diferente, curados, por fin. 

Es hora de volver gritando a voz en cuello la gloria de Dios y las obras que realiza en nosotros. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Esa curación que abre el corazón.

Esa curación que abre el corazón 

Diez leprosos aparcados a la distancia prudencial; manos lejanas, con las que ya ni siquiera se les permite acariciar a un hijo, solo ojos y voz: «Jesús, ten compasión». 

Y Jesús, en cuanto los ve, inmediatamente, sin esperar ni un segundo más, porque ya han sufrido demasiado, les dice: «Id a los sacerdotes». Se acabó. Id. Ya estáis curados, aunque todavía no lo veáis. El futuro ha entrado en vosotros con el primer paso, como una semilla, como una profecía. 

La Providencia solo conoce a los hombres que caminan, gente que se ha levantado y camina, por un anticipo de confianza concedido a Dios y a su propio mañana. Del mismo modo, solo por un anticipo de confianza dado a cada hombre, incluso al enemigo, nuestra tierra tendrá un futuro. 

Y mientras iban, fueron sanados. Parten para un viaje que les estaba prohibido: la lepra aún es evidente, pero más evidente es la esperanza; la promesa es más fuerte que las llagas y los miedos. 

Los diez se ponen en camino, todos tienen fe en la Palabra de Jesús, parten y el camino ya es curación. 

Pero solo uno pasa de estar simplemente curado a estar salvado, el único que regresa, al que Jesús dice: «Tu fe te ha salvado». 

El Evangelio está lleno de curados, son la comitiva gozosa que acompaña el anuncio de Jesús. Sin embargo, ¿cuántos de estos curados están también salvados? ¿A cuántos el renacer de la carne les hace florecer nuevas relaciones con Dios, con los hombres, consigo mismos? 

A los nueve que no regresan les basta la curación. No regresan, tal vez porque se pierden en el torbellino de su felicidad, en los abrazos recuperados. Y Dios se alegra por su alegría, como antes se había entristecido por su dolor. 

Tal vez no regresan porque consideran la salud como algo que les corresponde, no como un don; como un derecho, no como un milagro. Sin embargo, todo milagro es una historia inconclusa, una historia que comienza: el hombre no es solo su cuerpo. Su plenitud consiste en pasar de simplemente curado a salvado, en encontrar la «vida plena» entrando en comunión con el Dador y no solo con sus dones. El Dador se da a sí mismo. Nada menos. Y su vida en tu vida. 

En el único que ha vuelto, lo importante no es tanto el acto de agradecimiento, como si Dios buscara nuestro agradecimiento, necesitara una contrapartida; el leproso de Samaria se salva no porque pague el tributo, aunque santo, de la gratitud, sino porque entra en comunión. Con su propio cuerpo, con sus propios sentimientos, con el Señor. 

«Y da gloria a Dios». Porque «la gloria de Dios es el hombre vivo» - San Ireneo -. 

Solo el samaritano está verdaderamente vivo: el doblemente excluido, que sigue más a su corazón que a las prescripciones de la Ley, como los otros nueve, e interrumpe su viaje, vuelve atrás, canta por el camino, se arroja a los pies de Jesús y le grita su agradecimiento. 

Solo el samaritano es gloria de Dios porque ha vuelto a ser hombre y ha vuelto a ser vuelto hijo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La salvación es la verdadera curación.

La salvación es la verdadera curación 

Diez leprosos se detienen a distancia; solo sus ojos y sus voces; sus manos ya no son capaces ni siquiera de acariciar a un hijo: Jesús, ten compasión. 

Y tan pronto como los ve (inmediatamente, sin esperar ni un segundo más, porque siente dolor por el dolor del mundo) les dice: Id a los sacerdotes. La distancia ha terminado. 

Id. Ya estáis curados, aunque aún no lo veáis. El futuro entra en nosotros mucho antes de que suceda, entra con el primer paso, como una semilla, como una profecía, entra en quien se levanta y camina por un anticipo de confianza concedido a Dios y a su propio mañana. Solo por este anticipo de confianza dado a cada hombre, incluso al enemigo, nuestra tierra tendrá un futuro. 

Se ponen en camino, y la esperanza es más fuerte que la evidencia. Pero quien quiera quedarse con la evidencia, que se resigne a ser solo el guardián del pasado. Se ponen en camino y el camino ya es curación. Y mientras iban, fueron curados. 

Pero el corazón de este relato reside en la última palabra: tu fe te ha salvado. El Evangelio está lleno de curados, una larga procesión gozosa que acompaña al anuncio. Sin embargo, ¿cuántos de estos curados son también salvados? 

Nueve de los leprosos curados no regresan: se pierden en el torbellino de su felicidad, en la salud, la familia, los abrazos recuperados. Y Dios se alegra por su alegría, como al principio se había entristecido por su dolor. 

No regresan también porque obedecen la orden de Jesús: id a los sacerdotes. Pero Jesús quería que le desobedecieran, a veces la obediencia formal es una traición más profunda. «A veces hay que ir contra la ley para serle fiel en profundidad» (Dietrich Bonhoeffer). Como hace Jesús con la ley del sábado. 

Solo uno regresa, y pasa de curado a salvado. Ha intuido que el secreto no está en la curación, sino en el Sanador. Es el Dador al que quiere alcanzar, no sus dones, y poder rozar su océano de paz y fuego, de vida abundante y plena que no falta. 

En el leproso que regresa, lo importante no es el acto de dar las gracias, como si Dios buscara nuestro agradecimiento, necesitado de una contraprestación; está salvado no porque pague el peaje de la gratitud, sino porque entra en comunión: con su propio cuerpo, con los suyos, con el cielo, con Jesús: abraza sus pies y canta a la vida. 

Los nueve curados encuentran la salud; el único salvado encuentra la salud y un Dios que hace florecer la vida en todas sus formas, que da piel de primavera a los leprosos, un Dios cuya gloria no son los ritos, sino el hombre vivo. 

Volver a ser hombres, volver a Dios: estas son las dos tablas de la ley última, los dos movimientos esenciales de toda salvación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo   La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El ...