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domingo, 26 de julio de 2026

El silencio se convierte en fuego: Arde la tierra.

El silencio se convierte en fuego: Arde la tierra 

«El uso del fuego, además, marcó la primera gran diferencia entre el ser humano y los animales… Al domesticar el fuego, los seres humanos adquieren el control de una fuerza totalmente manejable y potencialmente ilimitada…», afirma Yuval Noah Harari en “Sapiens. De animales a dioses: Breve historia de la humanidad”. 

En busca del “arché”, del origen de la realidad que conocemos, los filósofos presocráticos señalaron los cuatro elementos fundamentales —Agua, Aire, Tierra y Fuego— y este último elemento fue elegido por Heráclito como el principio del que se generan todas las cosas, a través de procesos de rarefacción y condensación. 

Si el gran filósofo griego volviera a la vida hoy, habría tenido que añadir que el fuego también puede suponer el fin de la fauna y la flora de este planeta, empezando por los sapiens. De hecho, si continúa la tendencia actual, nos vamos enfrentando y enfrentaremos a incendios cada vez más frecuentes e intensos, capaces de convertir en humo superficies cada vez más extensas. 

Marginado casi siempre del debate mediático y político hasta estas fechas incendiarias, arrinconado por el momento de todo interés por un acuerdo o pacto medioambiental de Estado, ignorado en gran medida por los movimientos sociales—con algunas excepciones loables—, el aumento de los incendios forma parte de los fenómenos extremos generados por el cambio climático como respuesta del ecosistema a las actividades antropogénicas insostenibles. 

Me imagino que no todo nuestro planeta se ve afectado de la misma manera, ni con la misma intensidad, por unos incendios cada vez más frecuentes e intensos. El fuego es un elemento natural y me imagino que deberían arder unas cuentas hectáreas de nuestro país cada año. El problema es que ahora los incendios son más violentos. Y ocurre que en algunas zonas de riesgo viven personas. 

Pero por lo que respecta a nuestro país, eso sí, uno tiene la sensación de que a menudo, y también sobre este tema, la clase política demuestra estar tan poco preparada que roza lo ridículo. Para variar. 

No sé si los incendios han aumentado tanto en número como en intensidad y violencia, en parte debido a los vientos impetuosos e implacables. Se trata de un crecimiento hiperbólico que se potencia a sí mismo con el tiempo, debido a la retroalimentación entre el calentamiento global, la sequía resultante y el material inflamable que, en consecuencia, aumenta. A su vez, los incendios forestales liberan a la atmósfera una cantidad cada vez mayor de CO₂, lo que contribuye a agravar el efecto invernadero, empeora el cambio climático y crea las condiciones para que los incendios tengan efectos cada vez más devastadores. 

Lo que ocurre, también, es que a pesar de la complejidad del fenómeno, imprevisible y vinculado a diversas causas - naturales o no naturales -, el enfoque de las instituciones ha sido hasta ahora el clásico de la política de emergencia. La única forma de prevención que se suele generalizar, y no siempre, entre los países industrializados ha sido el aumento del número de medios para extinguir los incendios una vez que la alarma llega a las autoridades competentes. No, tampoco hay que dejar de mencionar que, en una fase de privatización de los servicios públicos como la que estamos viviendo, incluso la extinción de incendios se ha convertido en una oportunidad de negocio. 

Las causas estructurales no se tienen en cuenta en absoluto y, a menudo, tienen su origen en el cambio de la relación entre la población y el territorio. Esto es especialmente cierto en algunos países de la zona del Mediterráneo, donde, en las regiones más o menos montañosas, de colinas, etc., asistimos desde hace décadas al abandono de tierras que antes eran cultivadas y custodiadas por pastores y agricultores. De ser un bien común, gestionado según antiguas tradiciones comunitarias, muchos de estos territorios abandonados se han convertido en res nullius, abandonados al descuido y a los efectos nefastos de la sequía. 

Llegados a este punto, ya no verano sin ese sabor a ceniza en la garganta: ya no son unas vacaciones, ya no es el relato idílico de una tierra de postal, sino un boletín de guerra diario en el que el humo oscurece el cielo y la dignidad de todo un territorio. Hace unos días, asistimos a cómo literalmente las llamas devoran, lo que dejó a unas comunidades de rodillas, obligando a la evacuación de emergencia de viviendas y exigiendo la intervención desesperada de medios aéreos y equipos de tierra en un intento por salvar lo salvable de un infierno de fuego y humo. 

Pero hay que decir toda la verdad. Y hacerlo con una lucidez de la que hasta ahora carecen tanto quienes gobiernan: lo que está ocurriendo no es una trágica fatalidad, no es un destino cínico y traicionero, sino un fracaso sistémico, político (cultural, económico, social,…) total. Dejemos de una vez por todas de culpar al ‘calor récord’ o al cambio climático para limpiarnos la conciencia colectiva, porque la autocombustión es un cuento para niños y la naturaleza no se suicida por sí sola. 

Detrás de cada metro cuadrado de tierra quemada se esconde la mano criminal del ser humano: ya sea la locura dolosa de un pirómano que disfruta viendo arder el mundo, o la negligencia igualmente criminal de aquellos que limpian los campos provocando incendios fuera de control en busca de un atajo cómodo y económico, o de los otros que utilizan maquinaria agrícola prohibida, o de…, el resultado no cambia y las responsabilidades son igualmente imperdonables. 

En todo caso, la tierra se ve reducida a un inmenso mechero social y medioambiental, listo para estallar ante la primera chispa, debido a una ausencia total y vergonzosa de mantenimiento ordinario. Las carreteras provinciales bordeadas por muros de maleza seca, kilómetros de campo abandonados a la degradación más absoluta, biomasa abandonada a su suerte porque los pequeños propietarios carecen de los recursos y un viento constante que convierte cada foco de incendio en una tormenta perfecta no son imprevistos, sino el relato de un desastre ampliamente anunciado. ¿Hay algo que pueda complicar este desolador panorama? 

Todo eso supone tener millones de antorchas naturales a punto de estallar, un combustible potencial que convierte cualquier chispa en una bomba medioambiental devastadora. Y ante todo esto, la actuación de las instituciones políticas resulta sencillamente vergonzosa y se limita a perseguir la emergencia con parches, derramando lágrimas de cocodrilo ante las cámaras y prometiendo drones, aviones y refuerzos en los servicios de rescate cuando el daño ya está hecho. 

¿Dónde está la prevención estructural, esa que se lleva a cabo en invierno? ¿Dónde están las políticas medioambientales activas con asesoramiento de los técnicos especialistas? La verdad es que existe una inacción generalizada y una habituación al desastre que dan miedo. O lo siguiente. 

La tragedia es el reflejo de una tierra que se está rindiendo a la negligencia inhumana del ser humano y al abandono del Estado, donde los ciudadanos se ven cada año temblando mientras miran al horizonte y solo esperan que el viento no empuje las llamas hacia sus casas. Si seguimos con esta indolencia, dentro de unos años simplemente ya no quedará nada que quemar y una grande parte quedará reducida a una extensión desolada. 

Ya es hora de acabar con las publicaciones de solidaridad en las redes sociales, con las farsas de mesas redondas técnicas y con las falsas lamentaciones. Se necesita, también, un pacto de Estado sobre la emergencia climática a la altura del presente y del futuro. Además de tolerancia cero, de penalización más severa para quien encienda un fuego en verano, de incautación de los terrenos abandonados, de planes de reforestación y de gestión del territorio que no busquen el beneficio inmediato, …, antes de que uno de nuestros últimos retazos de identidad se convierta en un simple montón de cenizas. Ésta sí que es una prioridad nacional.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de marzo de 2026

No es otra ola de calor: la vida se cuece en el planeta.

No es otra ola de calor: la vida se cuece en el planeta 

En estos días, el calor ya no es una molestia pasajera. Aparte del alivio momentáneo de algún chaparrón, se trata de una ola infernal que nos aplasta y nos recuerda que la crisis climática ya no es un futuro lejano: es nuestro presente. 

Temperaturas que rozan los 40 grados, asfalto que se derrite, glaciares que se derriten... y nosotros, bajo el sol, sudando sin tregua. El aire parece pesado, inmóvil. El verano ya no es lo que era. Es algo diferente, y no en el buen sentido. La crisis climática ha llegado para cambiarlo todo. 

La crisis climática: el calor no es solo una molestia, es una realidad que transforma la vida 

Creo que fue el verano de 2023 el más caluroso de la historia, y 2025 parece querer seguir la misma tendencia. Entre incendios, inundaciones y desastres naturales, el Mediterráneo europeo, y España en particular, se han convertido en epicentros del calentamiento global. Y la situación ya no es cuestión de «adaptarnos»: es una carrera contra el tiempo para actuar, y hacerlo ya. 

El calor sofocante no solo afecta al medio ambiente, sino también a las desigualdades sociales

Quienes viven en casas sin aislamiento térmico, quienes trabajan bajo un sol abrasador, quienes no pueden permitirse un aire acondicionado todo el día, son los primeros en pagar el precio de esta crisis. Y esto no lo podemos ignorar. 

La crisis climática es también una cuestión de justicia social. Los más vulnerables, los que ya tienen dificultades para salir adelante, son los que más sufren. 

No es demasiado tarde, todavía podemos cambiar de rumbo 

La buena noticia es que no todo está escrito. Todavía podemos cambiar nuestra trayectoria. Pero para ello se necesita valentía, voluntad política y un fuerte compromiso social

Hay que actuar con políticas concretas, como el transporte público descarbonizado, la construcción sostenible, la agricultura regenerativa y un impulso acelerado hacia las energías renovables. Y, sobre todo, debemos pensar en la justicia social: nadie debe quedarse atrás. 

Estamos «salvando el planeta» para aue esta casa común que nos alberga siga existiendo de alguna forma. Pero también estamos tratando de salvarnos a nosotros mismos. Si la casa común adolece, es también nuestro estilo de vida el que está en peligro. 

Un llamamiento a la responsabilidad común 

La lucha por el clima no es solo cosa de activistas o ecologistas radicales. Es una lucha que nos concierne a todos. Si has sudado solo para ir a tu trabajo o has visto los ríos casi secos y las tormentas repentinas, entonces sí: ya estás dentro de la crisis climática. No es algo que sucederá «mañana», es hoy. 

Las olas de calor no son solo veranos más calurosos, son fenómenos extremos que ponen en peligro la vida de quienes trabajan al aire libre, de quienes viven en barrios sin zonas verdes y de quienes no tienen recursos para hacer frente al calor. Y no solo sufren los ancianos y los niños. 

Calor e desigualdad: el calor no afecta a todos por igual 

Hay quienes viven en la ciudad, rodeados de cemento, sin árboles que den sombra, quienes trabajan en ambientes sobrecalentados y sin refrigeración, quienes se ven obligados a resistir mientras otros, más afortunados, pueden escapar al frescor. 

El calor no es una simple «molestia»: es una condena social. Quienes ya se encuentran en dificultades se ven obligados a soportar condiciones de vida cada vez más duras. 

Y detrás de todo esto hay un modelo económico que ha construido ciudades sin zonas verdes, que han propiciado la contaminación de las industrias y aquellas políticas que, lejos de lograr cambiar nada a mejor, han provocado un hábitatiñ inhóspito e insano para vivir. 

El negacionismo climático es el verdadero peligro 

Ya no podemos permitirnos ignorar o minimizar la realidad del cambio climático diciendo que «el calor era normal» incluso cuando éramos pequeños. No, no lo era de esta manera.

Hoy, cuando el termómetro alcanza los 40 grados, no se habla solo de «un verano más caluroso»: se habla de una amenaza real. El negacionismo no es solo ignorancia: es peligroso. 

Cada minuto que perdemos en discusiones inútiles es un minuto que nos acerca al punto de no retorno. 

Todavía hay esperanza 

A pesar de todo, hay esperanza. La gente de todo el mundo está despertando y comprendiendo que la crisis climática no es solo un problema medioambiental, sino también social, político y ético. 

Las comunidades energéticas, las ciudades que plantan árboles para combatir el calor, los trabajadores que exigen protección, los jóvenes que se manifiestan, …, nos dicen que las demandas de cambio están creciendo. 

Es un movimiento con mil caras, pero con una única misión: hacer algo antes de que sea demasiado tarde. 

La justicia climática: el futuro que queremos 

La justicia climática no solo tiene que ver con el medio ambiente. Es la lucha por un mundo en el que el aire que respiramos sea puro para todos, en el que el calor no sea una condena y en el que nadie sufra más que otros. 

Queremos un mundo con más árboles, menos cemento, más energía limpia para todos, trabajo sano y digno y políticas que protejan a los más vulnerables. Una economía que ponga la vida, y no el beneficio, en el centro. 

La mecha del cambio debe encenderse ahora 

No podemos resignarnos. No podemos aceptar que la humanidad se encamine hacia su propia extinción. Es hora de actuar. La crisis climática es una batalla que nos concierne a todos y debe convertirse en la nueva cuestión social. Porque, si el calor nos asfixia, no es solo culpa del sol. Es nuestro silencio lo que lo alimenta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 14 de agosto de 2025

Fuego en derredor: una consecuencia más de la negación del calentamiento global.

Fuego en derredor: una consecuencia más de la negación del calentamiento global

En Estados Unidos de América, Elon Musk ha defendido una drástica reducción del personal meteorológico del Servicio Meteorológico Nacional, una decisión que ha comprometido las previsiones de las devastadoras inundaciones que han azotado Texas. 

En Europa, Ursula von der Leyen, por su parte, ha dado marcha atrás en algunas disposiciones del Pacto Verde, retirando normativas contra el greenwashing y suavizando las normas sobre pesticidas y emisiones. 

Y España arde y se quema… de vacaciones.

Los políticos y los representantes institucionales parecen ignorar a menudo la gravedad de la crisis climática, subestimando sus implicaciones medioambientales, sociales y sanitarias. En la misma línea se sitúa también una parte de la población mundial, que sigue negando el fenómeno o minimizándolo. 

Pese al escepticismo incrédulo de algunos los científicos llevan mucho tiempo lanzando una alarma unánime: el cambio climático existe y está causado por la actividad humana. Un mensaje que, lamentablemente, no siempre se recibe debido, sobre todo, a creencias erróneas, desinformación e intereses partidistas. 

Como señalan muchos psicólogos, la emergencia medioambiental se considera a menudo una cuestión alejada de la experiencia cotidiana. La palabra clave en este caso es «distancia»: 

1.- En primer lugar, una distancia temporal, ya que el futuro catastrófico que se avecina se percibe como lejano, un hecho que, en todo caso, afectará a las próximas generaciones. 

2.- Luego, una distancia espacial, que lleva a localizar las crisis más graves en lugares remotos, como el deshielo del Ártico o las inundaciones en Asia. 

3.- Por último, la distancia social: la vulnerabilidad percibida disminuye cuando un problema afecta a la colectividad y no al individuo. En grupo, nos sentimos más seguros y audaces, mientras que solos tendemos a ser más prudentes. En otras palabras, el riesgo compartido parece menos peligroso. 

A la percepción de la distancia se suman otros elementos, que los expertos denominan sesgos cognitivos, es decir, automatismos mentales que conducen a conclusiones rápidas y a menudo distorsionadas. 

1.- Entre ellos, el optimismo irrealista, es decir, la tendencia a creer que el futuro será más prometedor de lo que podría ser, y la procrastinación, que lleva a posponer las medidas preventivas útiles, privilegiando las ventajas inmediatas frente a los beneficios futuros, aunque sean más importantes. 

2.- Y luego está la confirmación, que lleva a interpretar la realidad en función de las creencias preexistentes, seleccionando la información que confirma las propias ideas e ignorando o minimizando todo lo que es discordante. 

3.- Por último, el hábito: cuando los fenómenos climáticos negativos se vuelven comunes, nos adaptamos sin comprender su gravedad. 

Además del nivel individual, existe el colectivo, en el que muchos subestiman el consenso social hacia las acciones en favor del clima. 

A esto se suma la responsabilidad de los medios de comunicación, que, por un lado, sensibilizan a la opinión pública y, por otro, corren el riesgo de caer en el llamado equilibrio artificial. Históricamente, no pocos medios de comunicación, sobre todo anglosajones, han concedido un espacio excesivo a los escépticos, presentando el debate como si hubiera dos opiniones equivalentes. Además, existe la cuestión de la cobertura insuficiente. 

Una forma estructurada y a menudo deliberada de rechazo, más arraigada que las convicciones individuales y más organizada que las incertidumbres colectivas, es el negacionismo climático, una postura que se convierte en parte de la identidad de pensamiento. 

Para defender sus argumentos, los negacionistas recurren, de forma selectiva, a algunos argumentos: el clima siempre ha cambiado por sí solo, en la Edad Media la Tierra era más cálida que hoy, un solo vuelo aéreo no supone ninguna diferencia, los verdaderos responsables son China y la India. Por supuesto, detrás de afirmaciones como estas se esconden intereses económicos e industriales. 

Sea como fuere, los negacionistas siguen estando estrechamente vinculados a la política. Los partidos y líderes conservadores a menudo cuestionan las medidas medioambientales para proteger su ideología. 

Por ejemplo la negación afecta a los partidos: los conservadores utilizan la duda climática como tema electoral, adoctrinando a parte de la opinión pública y debilitando el consenso en torno a las medidas medioambientales, mientras que los progresistas defienden acciones contundentes. Esto crea fracturas que complican la adopción de políticas coherentes: cuando el tema medioambiental se polariza, las intervenciones se vuelven más fragmentadas. 

Vivir en la negación ayuda a reducir el malestar a corto plazo, pero a largo plazo será nuestra ruina. Tendemos a esconder la cabeza bajo el ala, pero debemos sacarla, y rápido. 

Ante esto es necesario gestionar mejor los mensajes transmitidos por las instituciones, organismos y asociaciones. Algunos expertos sugieren reducir la distancia, insistiendo en los peligros inmediatos y concretos, como las olas de calor, los incendios y las inundaciones... En realidad hoy son los incendios... mañana lo será la gota fría...

Para invertir la tendencia, se necesita un sistema de información capaz de transmitir al público mensajes constantes sobre la gravedad de la crisis, con el fin de contrarrestar las noticias falsas y los vídeos conspirativos que circulan en las redes sociales. 

En definitiva, es necesario crear una realidad compartida, sin cansarse de desmentir activamente los mitos del negacionismo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

 

Encuentro y diálogo.

Encuentro y diálogo   Dos historias, dos religiones que se encuentran, dialogan y no se demonizan.   Se despiden con respeto, y el Sultán ...