viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro y diálogo.

Encuentro y diálogo 

Dos historias, dos religiones que se encuentran, dialogan y no se demonizan. 

Se despiden con respeto, y el Sultán ofrece a Francisco unos regalos. 

Entre ellos, un cuerno de marfil, un instrumento creado para la caza o para llamar a la oración, convertido en símbolo de una tregua real. 

Recordar esta historia en tiempos como estos es un acto de resistencia civil y espiritual. 

De hecho, de forma latente, crece un desprecio hacia el otro y hacia su fe que se alimenta de algoritmos, ignorancia y cinismo político. 

Vivimos en la era de la polarización exacerbada, donde la identidad se construye por sustracción: yo existo en la medida en que te destruyo, te menosprecio o te demonizo. 

El diferente ya no es un misterio por descubrir ni alguien con quien confrontarse, sino un blanco cómodo sobre el que proyectar nuestros miedos colectivos. Una amenaza de la que hay que protegerse con alambradas, reales o mentales. 

En un escenario alimentado, lamentablemente, también por muchos que se profesan cristianos, lo que ocurrió en Damieta en 1219 deja de ser un capítulo desvanecido de la historia medieval y se convierte en un manifiesto geopolítico de gran actualidad. 

Alrededor de aquella tienda se oía el estruendo de la Quinta Cruzada, convocada por el Papa Inocencio III para golpear el poder musulmán en Egipto y utilizarlo como moneda de cambio para recuperar Jerusalén: la sangre, el fanatismo ideológico, los cálculos de poder, el derecho de la fuerza. 

Afuera se clamaba por la «guerra santa» desde ambas orillas del Mediterráneo. 

Pero dentro de esa tienda, Francisco y al-Malik al-Kamil llevaron a cabo el único milagro verdadero posible en tiempos de guerra: se miraron a los ojos sin que el prejuicio se interpusiera entre ellos. 

Ninguno de los dos cedió ni un milímetro en su fe. 

No hubo lugar para un sincretismo débil o de fachada. 

Francisco siguió siendo el loco de Dios, el cristiano radical; el Sultán siguió siendo el firme defensor del Islam. 

Y, sin embargo, descubrieron que la fidelidad a las propias raíces no tiene por qué cavar trincheras, sino que puede tender puentes. 

Hablaron no a pesar de sus fe, sino a través de ellas, reconociendo en el otro el mismo deseo de lo Absoluto. 

El cuerno de marfil es el vestigio arqueológico de una paz olvidada. Ese regalo nos dice que el encuentro siempre deja huella, influye en el futuro y desarma las manos. 

Hoy, mientras el desprecio insidioso amenaza con adormecer nuestras conciencias, necesitamos desesperadamente recuperar el valor de Damieta. 

El valor de cruzar las líneas enemigas, no para conquistar o convertir por la fuerza, sino para dar cabida a la escucha. 

Porque la alternativa al diálogo no es la victoria de una civilización sobre otra, sino la ruina común y definitiva de nuestra humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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