“¿Qué importa? Todo es gracia” (‘Diario de un cura rural’ Georges
Bernanos) - San Mateo 20, 1-16 -
Porque
mis pensamientos no son vuestros pensamientos (Is 55, 8)
Este
versículo del profeta Isaías puede ser clave para interpretar el Evangelio.
Existe
una diferencia inconmensurable de mentalidad, de forma de pensar y de ver las
cosas entre nosotros y la propuesta de Jesús en el Evangelio.
Son
formas diferentes de ver y, a partir de ahí, se comprende muy bien por qué su
mensaje encontró resistencia entre las personas religiosas de la época y la
sigue encontrando hoy.
Esto
significa que el pensamiento de Jesús no es expresión de ninguna religión, sino
únicamente de algo más que hay que buscar. Hay una diferencia en los
contenidos, en la forma de pensar y actuar a distintos niveles.
El contenido
que Jesús pone en tela de juicio con la parábola es la doctrina del mérito, que
se encuentra en las antípodas del criterio del don gratuito visible en la vida
de Jesús.
El reino de los cielos se asemeja a un dueño de casa que salió al amanecer para contratar jornaleros para su viña
Los discursos de Jesús no son teóricos, sino que tienen como referencia
un objetivo preciso: explicar a sus discípulos lo que significa formar parte de
una humanidad cuyos criterios de comportamiento no son las lógicas del mundo,
sino aquellas que provienen de otra parte.
Es el Reino de los Cielos lo que Jesús intenta explicar con sus
parábolas, un reino en el que se hace visible la presencia de Dios en medio de
quienes lo acogen.
En este Reino de los Cielos hay un movimiento constante de salida. El
dueño sale de casa para llamar a jornaleros para su viña a todas horas. No se
queda, pues, encerrado en casa esperando a que alguien venga a llamar a la
puerta, sino que sale.
Si la Iglesia, la comunidad cristiana, desea ser una manifestación del
Reino de los Cielos propuesto por Jesús, debe aprender a salir, a ir al
encuentro de la humanidad, a llamar a cualquier persona sin ningún tipo de
distinción. Es la Iglesia en salida la que llama a todos y acoge a todos.
Acordó
con ellos un denario al día y los envió a su viña
El
dueño sale a llamar para trabajar en la viña y ofrece algo. Es un relato muy
similar a la parábola de los talentos. ¿Qué podría representar este dinero en
la vida de fe? El dinero representa el salario diario por el tiempo, que
permitía a la persona vivir.
Pero también ellos recibieron cada uno un denario. Al recogerlo, sin embargo, murmuraban contra el amo diciendo: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado como a nosotros, que hemos soportado el peso de la jornada y el calor»
Este
es el núcleo de la parábola y aquí encontramos el contenido que Jesús intenta
desmontar para adentrarnos en la lógica del Reino.
Existe
una lógica del mérito, de naturaleza puramente mundana, que se ha infiltrado en
la lógica de la religión. Esta lógica nos enseña que, para obtener algo,
debemos merecérnoslo y, para merecérnoslo, debemos realizar una serie de gestos
y pruebas.
Desde
esta perspectiva del mérito, Dios no es más que un vendedor de cosas y quienes
pueden obtenerlas son los mejores, los más dotados, aquellos que, de una forma
u otra, logran hacer todo lo que les permite alcanzar el objetivo.
Explicada
de este modo, se comprende muy bien cómo esta lógica se encuentra en las
antípodas del Evangelio. Pero se nos ha inculcado tanto en la mente que
consideramos justa y religiosa una lógica semejante. Al fin y al cabo, la
religión de la obediencia a los preceptos, las normas, los ritos y los
sacrificios se sitúa precisamente en esta dirección, que no es la que enseñó
Jesús.
«Amigo,
no te hago ningún agravio. ¿No acordaste conmigo por un denario? Toma lo tuyo y
vete. Pero yo quiero dar también a este último lo mismo que a ti: ¿no puedo
hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que estás envidioso porque yo soy bueno?»
Esta
es la lógica de Dios Padre, tal y como Jesús la manifestó a la humanidad. Un
Dios que no responde a la lógica del mérito, sino a la del don gratuito y
desinteresado. Un don gratuito que todos pueden acoger independientemente de su
condición social y de sus supuestos talentos, porque es Dios el protagonista de
nuestra salvación y no nosotros.
De
hecho, mientras que el Dios inventado por los hombres, aquel que responde al
criterio del mérito, descarta a los más débiles y premia a los llamados «mejores», el Dios que Jesús nos ha
revelado permite que cualquiera entre en el Reino de los Cielos y esto es así
porque, como dice la parábola, Dios es bueno.
Hay
bondad en la propuesta de Jesús, una bondad concedida gratuitamente que solo
exige ser acogida, hacerle un hueco.
En
este camino, los pequeños, los excluidos, los pobres y todos aquellos que
sufren algún tipo de discriminación en este mundo del mérito, se ven
favorecidos porque el mundo les ha despojado de su dignidad y Jesús, con su
propuesta, ha venido a devolvérsela.
Así, los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos
Esta
conclusión no es casual, sino el fruto de lo que la parábola ha querido
expresar. ¿No habrá que ponerse en la fila de los últimos? ¿No habrá que
salirse de las filas de aquellos que quieren ser grandes en este mundo pero que
luego pierden su alma? ¿No habrá que despojarse de la religión del mérito para
revestirnos de la bondad de Dios Padre?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




