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martes, 7 de abril de 2026

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real.

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real 

Se intenta por todos los medios demostrar que, en nuestro país, la violencia se concentra únicamente en algunos casos llamativos, como, por ejemplo, el asesinato y el feminicidio. Algo anecdótico, esporádico,..., casual.

Ignoramos —o queremos ignorar— que la violencia no se agota en estos episodios: existen formas encubiertas que deberían ser reveladas porque se manifiestan como un susurro continuo, un murmullo que atraviesa los días, una forma de estar en el mundo que hemos aprendido a llamar normalidad. 

Es una presión que se siente en los huesos, en los pasillos de las oficinas, en las esperas en las consultas, en las frases que pasan de boca en boca sin que nadie las cuestione. 

No sirve de nada negarla: basta con dejarla fluir, como una corriente subterránea que todos perciben pero que nadie quiere nombrar. 

Llevamos años diciéndonos que la violencia de género coincide casi exclusivamente con el homicidio, mientras que se ejerce de muchas formas sobre las mujeres, las personas mayores y los niños. 

Todo lo demás —la explotación, la precariedad, la soledad institucional— se considera un complemento, un detalle, un ruido de fondo. 

Es una forma cómoda de no mirar la estructura. De no ver que la violencia no es un incidente, sino una infraestructura. No es un gesto, sino un entorno. No es un hecho privado, sino una forma que atraviesa la vida cotidiana. 

La violencia se reconoce en los contratos a tiempo parcial impuestos, en las entrevistas en las que se pregunta «¿tiene intención de tener hijos?», en las madres que vuelven al trabajo como si el parto fuera un paréntesis que hay que cerrar rápidamente. Se reconoce en las consultas vacías, en los servicios que se desvanecen, en las ciudades diseñadas sin pensar en quienes se mueven con un cuerpo vulnerable. 

Se reconoce en los titulares de los periódicos que convierten a una chica asesinada en un enigma que hay que resolver a través de lo que llevaba puesto, por dónde caminaba, qué llevaba consigo. Es siempre el cuerpo de la mujer el que tiene que justificar su propia existencia. 

La violencia está dentro del trabajo precario, mal pagado, menospreciado... tantas veces "en negro".

Hay episodios que parecen «no tener nada que ver», pero que en realidad hablan y deberían cuestionar nuestra supuesta madurez adulta. Episodios que no deben moralizarse sino escucharse. 

No son un meteorito caído del cielo. Hay un entorno donde la violencia está presente en formas sutiles pero generalizadas. Se deja sola a la escuela, se deja solos a los mayores, los jóvenes crecen en un clima social, político y económico que no enseña a convivir con el otro, sino a defenderse y a competir. 

No son casos aislados: son un síntoma. Los síntomas no se juzgan, se interpretan. 

Convertir la violencia contra las mujeres en un paradigma analítico puede ayudarnos a superar las reducciones que definen a las mujeres a través de su relación con un hombre —madre, hija, esposa— y nunca como cuerpos que deciden, desean, actúan. Nunca como sujetos políticos, nunca como presencias autónomas. Es una reducción que no surge por casualidad: es un dispositivo. 

Y sirve para mantener el orden, para garantizar que la libertad femenina siga siendo siempre un poco sospechosa, un poco excesiva, un poco que hay que contener. Es una forma de decir: puedes ser todo, siempre y cuando no sea demasiado. 

Hay un antifeminismo que no necesita declararse. Vive en los tonos suaves, en las frases de cortesía, en los comentarios que parecen cumplidos y, en cambio, son una cruz. Vive en el paternalismo que dice «te protejo» mientras decide por ti. 

Vive en la retórica que invita a respetar a las mujeres «porque podrían ser vuestras madres», como si la dignidad fuera un reflejo y no un derecho. Es un antifeminismo que no ataca: acompaña. No prohíbe: sugiere. No impone: orienta. Es una mano en el hombro que parece afecto y, en cambio, es control. 

Cuando las mujeres salen del lugar que se les ha asignado —cuando salen a la calle, ocupan el espacio, pintan una pared, rompen la quietud— la superficie se agrieta. La rabia emerge. 

La misoginia, que parecía haber desaparecido, vuelve a salir a la luz con la rapidez de un reflejo. Nunca se fue: solo estaba esperando un pretexto. Basta un gesto fuera de lugar para hacerla estallar. 

Las instituciones viven en esta hipocresía. Por un lado celebran la igualdad, inauguran campañas, organizan jornadas dedicadas; por otro, restringen los espacios de autodeterminación, recortan los servicios, tratan la libertad como un problema de orden público. 

Es una esquizofrenia que permite decir todo y lo contrario de todo: alabar a las mujeres mientras se limita su autonomía, condenar la violencia mientras se ignoran las condiciones que la hacen posible. Es una forma de mantener la distancia de seguridad: reconocer el problema sin llegar nunca a tocarlo de verdad. 

En este escenario, la resistencia es una de las pocas fuerzas que aún habla desde lo concreto, no desde la abstracción. Es una resistencia que no se conforma con la retórica, que no se deja domesticar. Vive en las plazas, en los consultorios, en los colectivos, en los centros antiviolencia. 

Vive en las palabras que no piden permiso. Vive en los gestos cotidianos de quienes se niegan a ser educados en el miedo. Vive en las mujeres que ya no aceptan que otros hablen por ellas. Vive en la conciencia de que la libertad no es un concepto: es una realidad. 

No hace falta negar la violencia para perpetuarla. Basta con hacerla invisible. Basta con transformarla en estadística. Basta con contarla como un problema individual, no estructural. Basta con trasladarla a otra parte: a otra región, a otra clase social, a otra narrativa. 

La tarea del feminismo hoy es precisamente esta: impedir el desplazamiento. Mantener la violencia en el centro del discurso, sin permitir que se diluya, se suavice, se normalice. Devolverle su peso, su materia, su presencia. 

Porque la violencia existe. Es sistémica. Mientras no la nombremos por lo que es, seguirá fluyendo bajo la superficie, como una corriente que atraviesa los cuerpos y los expone. 

La política, si quiere estar a la altura, debe partir de aquí: del cuerpo que permanece, del cuerpo que resiste, del cuerpo que ya no acepta ser tratado como un detalle. 

Se necesitaría una educación en la no violencia masiva que comenzara en la escuela primaria: la no violencia no puede ser solo una cuestión para los pacifistas, sino que debe convertirse en un estilo de vida social. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 6 de febrero de 2026

Calladita estás más guapa.

Calladita estás más guapa

Seguramente ya nadie se acuerda de aquella vez en la que un Presidente de un Estado democrático se dirigió a una periodista con las palabras «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, mientras ella le pedía aclaraciones sobre los documentos relacionados con un caso.

 

Me refiero a este hecho: https://www.youtube.com/watch?v=ayM_qd2JrBU

 

No es la primera vez, ni será la última, que el Presidente de los Estados Unidos de América utiliza un lenguaje de este tipo hacia una mujer.

 

Dándole vueltas a algunos de los acontecimientos recientes del circo político en el que vivo - prefiero obviar nombres de los líderes políticos en cuestión - hasta imagino que cierto tipo de gesto no debe interpretarse como un episodio puramente personal, sino que forma parte de una dinámica social consolidada que está experimentando un nuevo resurgimiento.

 

“Calladita estás más guapa”. “Más discreta estás mejor”. “El silencio te favorece”. “Te ves mejor en silencio”,…, son algunas frases de cierta arrogante preponderancia masculina… Estas, y otras, son formas más o menos groseras y obscenas del lenguaje para herir la dignidad de las mujeres.

 

El lenguaje siempre ha funcionado como un instrumento de poder: el cuerpo y la voz femeninos se convierten en el terreno en el que poder reproducir y ejercer un orden de género muy arraigado.

 

Por ejemplo, la historia muestra un patrón claro: los hombres hablan de los cuerpos de las mujeres, los juzgan y los ridiculizan, mientras que las mujeres rara vez hablan de los cuerpos masculinos y, cuando lo hacen, su impacto público es mínimo.

 

La voz masculina es la medida del mundo y casi siempre son los hombres los que se permiten gestos y comentarios de esta magnitud. 

La crítica a una mujer en base a su forma, talla o apariencia de su cuerpo - en inglés se llama ‘bodyshaming’ - representa el primer campo de batalla. 

El primero porque a él se suman otras formas de menosprecio, como las formas de comentarios indeseables, gestos poco elegantes, silbidos, persecuciones, insinuaciones sexuales persistentes y manoseos - catcalling - y aquellas otras formas en las que se explica algo a alguien en un modo que sugiere que la otra persona es estúpida, y que es usado especialmente cuando un hombre explica a una mujer algo que ella en realidad ya entiende - mansplaining -. 

Nada de esto es anecdótico, episódico, ocasional…, sino casual porque refleja una construcción cultural milenaria en la que el poder, público y privado, es históricamente masculino y se ha normalizado toda forma de arrogante prepotencia.

 

Hablar, juzgar y ridiculizar a las mujeres sigue siendo, en parte, socialmente tolerado, mientras que la voz femenina, cuando intenta imponerse, se percibe como anómala, fuera de lugar o agresiva.

 

El privilegio masculino también se manifiesta en la libertad de utilizar el lenguaje como arma sin sufrir consecuencias equivalentes.

 

Alguien pensará que las arenas del poder han cambiado. Puede ser. Pero, incluso si así fuera, la estrategia persiste: se declina en las redes sociales, en los editoriales y en los debates públicos.

 

Las formas cambian, la función permanece. 


Por ejemplo, cuando se discrepa. Discrepar no significa necesariamente hacerlo con agresividad, pero parece que para muchos hombres esta es la única forma posible.

 

El cuerpo de las mujeres ha sido considerado históricamente como una propiedad, una metáfora moral y un objeto de control, y la frecuencia con la que los hombres lo comentan sigue indicando la sistematicidad del sexismo lingüístico.

 

Hablar de ello es un ejercicio de dominio y, aún hoy, el lenguaje cotidiano conserva estos códigos, a menudo sin plena conciencia.

 

Este mecanismo también se observa en las interacciones cotidianas: los comentarios sobre la ropa, el peso, la voz o la forma de hablar siguen siendo objeto de debate o denigración, aunque de forma diferente.

 

No es una cuestión de «políticamente correcto» o de deslizamientos morales individuales, sino una cuestión cultural.

 

Cada insulto, cada comentario ofensivo, cada…, contribuye a consolidar jerarquías y a definir roles sociales.

 

Para las generaciones jóvenes, crecer en un contexto en el que la voz femenina se ve sistemáticamente minimizada significa interiorizar normas de desigualdad. Por eso, el reto es cultural.

 

No basta con decir «no insultes», sino que hay que explicar cómo el lenguaje estructura las relaciones de poder, hay que mostrar que cada palabra conlleva una historia, un contexto y un peso simbólico.

 

Hay que educar en la conciencia semántica, mostrando que la palabra puede construir o destruir, liberar o dominar. Seguramente, también necesitaríamos una educación en afectividad… pero eso es otra historia.

 

Aquel episodio «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, lo traigo aquí porque es otro claro ejemplo de cómo el sexismo se reproduce en privado y en lo público, incluso también en las más altas esferas de nuestra política estatal.

 

Ignorarlo significa legitimar un orden de género existente, mientras que lo que deberíamos hacer es comprender, denunciar, debatir y transformar. También los partidos políticos.

 

Sí, hay que censurar ciertos términos o comportamientos. Negro sobre blanco. Sin paliativos. 


Pero se trata también de educarnos y enseñarnos a leer la cultura del lenguaje, a reconocer códigos y jerarquías y a desarrollar el sentido crítico. 


Solo así, tal vez, podamos construir espacios públicos en los que reconocer la dignidad de la mujer y en los que habitar de manera más equitativa.

 

Si has llegado hasta aquí, te propongo este ejercicio para tu reflexión. Se trata de ver y de escuchar. Y ojalá, también, de reflexionar: https://www.youtube.com/watch?v=l7iNejWP3kE

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 24 de noviembre de 2025

Feminicidio: una reflexión tan incómoda como necesaria.

Feminicidio: una reflexión tan incómoda como necesaria 

Hay cosas sobre las que no me gustaría escribir, porque desearía que no existieran. Que no fueran un tema de debate. Una de ellas es el feminicidio. 

Y uno desearía no tener que seguir escuchando, leyendo, pensando con otros para revisar culturalmente nuestra sensibilidad colectiva en materia de violencia de género. 

Y uno desearía que se pudiera considerar un patrimonio compartido que la violencia es un concepto cualitativo, no cuantitativo: un poco de violencia no es menos grave que mucha violencia. No es como saltarse la dieta, que se puede hacer una vez y no es grave. Hay cosas que son graves y punto, y el mero hecho de ponerlo en duda las hace aún más peligrosas. 

El 25 de noviembre no es una fecha diferente a las demás. No se trata de un día en el que hay que estar más atentos, ser más respetuosos o estar más sensibilizados. 

Es solo una ocasión para decir una vez más que la violencia contra las mujeres en nuestro país tiene ya los contornos estructurados del fenómeno, con el que llevamos años lidiando, con escasos… resultados. 

Pero ¿por qué se utiliza el término feminicidio? 

A menudo, cuando se habla de feminicidio, no pocas personas desaprueban el término porque seguramente hasta desconocen la especificidad del fenómeno. Es una forma de violencia, es una forma de homicidio —se oye decir—, ¿por qué darle un estatus aparte? Es un tipo de objeción que proviene de personas, probablemente incluso de buena fe, pero sobre la que conviene aclarar algunas cosas. 

En realidad, cuando hablamos de feminicidio, no estamos diciendo simplemente que se ha asesinado a una mujer. El feminicidio no indica el género de la víctima, sino que una mujer ha muerto a manos de un hombre en un contexto social que permite esa violencia. 

En una sociedad como la nuestra, quien mata a su pareja o ex pareja porque es incapaz de aceptar su voluntad de dejarlo o de autodeterminarse comete un feminicidio. 

Quien agrede y causa la muerte de una chica desconocida en la calle porque está íntimamente convencido de que puede disponer del cuerpo de las mujeres a su antojo comete un feminicidio. 

El feminicidio indica, por lo tanto, el móvil de un asesinato: las mujeres son asesinadas por ser mujeres y, concretamente, por ser mujeres libres. 

Libres de amar a quien quieran, libres de salir con quien quieran, libres de vestirse como quieran. Libres. 

Una objeción más frecuente cada vez que se habla de estos temas es «not all men», no todos los hombres. 

Replicar diciendo que no todos los hombres son culpables y no hacerlo, por ejemplo, cuando se trata de otros tipos de delitos, es profundamente significativo. 

De hecho, la misma refutación no se esgrime como defensa de toda la categoría masculina cuando el caso del día no afecta a las mujeres, como si lo importante fuera desmarcarse de esa comparación específica para no tener que reconocer a las mujeres como víctimas de un sistema sociocultural que las perjudica desde tiempos inmemoriales. 

Asimismo, decir que no todos los hombres matan/violan/son violentos es una banalidad colosal, además de ser lo mínimo que se puede decir. 

Es evidente que no todos los hombres matan, violan, acosan, agreden, abusan física o psicológicamente de las mujeres, ni todos los hombres intercambian fotos íntimas de sus exnovias en los chats con sus amigos. Nadie piensa eso. 

Y es igualmente evidente que hay muchos hombres que nunca se atreverían a hacer cosas así. 

De hecho, el argumento no es que todos los hombres sean violentos, sino que la violencia de género es un problema que nos concierne a todos. 

Dicho esto, la cuestión es que la precisión «not all men» corre el riesgo de hacer pasar los episodios de violencia como casos aislados perpetrados por «monstruos» ajenos a la sociedad en la que vivimos. Como si la violencia fuera una cuestión individual, no sistémica. 

Cuando nos apresuramos a decir que «no todos los hombres» son así, en realidad estamos diciendo «yo no soy así, mi compañero, mi marido, mi… no es así», quedándonos al margen del debate. Nos estamos defendiendo de una representación de nosotros mismos o de los hombres que conocemos que no nos gusta. 

Y esta es la segunda razón por la que decir «not all men» es problemático: porque el centro ya no está la cuestión de la violencia contra las mujeres, sino una defensa de género basada en la experiencia personal. Por lo tanto, sí, es cierto, no todos los hombres acosan, agreden, etc. 

Pero todas las mujeres están expuestas porque este tipo de cultura existe y está arraigada en todos nosotros, hombres y mujeres. 

Por eso la violencia de género es tristemente ‘democrática’. Afecta a todas las mujeres, en cualquier contexto y sin tener en cuenta su origen, clase social y contexto cultural. Lo más difícil de entender es precisamente esto: todas están constantemente expuestas. 

Y también los hombres están constantemente expuestos a una cultura que sigue considerando la desigualdad de género como el principal indicador de poder. 

Uno tiene la sensación de que los hombres, los padres, los maridos, los compañeros, los… que no son violentos merecerían una medalla al valor, serían una excepción a una regla implícita… 

Imagino que aún estamos muy lejos de erradicar definitivamente ciertas reglas implícitas, pero hablar de ello, seguir hablando de ello, llamar a las cosas por su nombre es una de las cosas que hay que hacer para conseguirlo. 

A veces pienso que ante las víctimas de los feminicidios no debiéramos hacer un tiempo de silencio sino un tiempo de ruido... 

Me refiero a un ruido que inquiete porque manifieste una verdad incómoda… 

Un ruido que sea una señal de que nos hemos dado cuenta de que la medida de la violencia está llena, de que un vaso de lágrimas y dolor se ha desbordado. 

No hay mejor ruido que el que sirve para poner al descubierto una verdad incómoda. Y los feminicidios requieren quizás no el ejercicio de una verdad unánime, sino el de una verdad incómoda. Quizás solo eso les debemos a las víctimas. 

Y digo que es una verdad incómoda porque hay algo sospechoso en el hecho de que todos, prácticamente todos, reconozcan la violencia de ciertos comportamientos. Porque si todos estamos de acuerdo, nadie es realmente culpable y esa violencia será prerrogativa de los monstruos, de los bestias, de los anormales. 

Si todos, absolutamente todos, reconocemos la violencia, entonces nadie reconocerá que el origen de esa violencia es un conflicto. Cultural, material, estructural, social, cultural, simbólico, económico… 

La violencia de género es el efecto de un conflicto generado por una determinada comprensión de la masculinidad que acaba de-generando en dominación masculina. 

He aquí una verdad incómoda: no hay mayor falsedad que ser todos solidarios contra la violencia, pero ocultando el conflicto que la ha generado y la alimenta, la justifica, la sostiene. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 19 de noviembre de 2025

El dolor que no se dice y la violencia que no se ve.

El dolor que no se dice y la violencia que no se ve

Cada día, las noticias nos hablan de guerras y conflictos lejanos, pero la violencia más extendida e invisible a menudo se consume cerca de nosotros: dentro de los hogares, en las relaciones afectivas, entre personas que deberían protegerse mutuamente. 

Es la violencia privada —física, psicológica, económica o digital— que afecta a mujeres, hombres, menores y ancianos. 

Tantas veces se hiere en silencio, a menudo sin dejar rastros visibles, pero dejando marcas profundas en el alma y en la confianza hacia los demás. 

Vivimos en una sociedad que sabe contarlo todo, excepto el dolor. Vivimos en una época en la que todo se puede compartir: imágenes, emociones, éxitos. Pero todavía se habla poco del dolor. 

Se nos enseña a «reaccionar», a ser fuertes, a «superarlo». Sin embargo, el dolor no se supera: se atraviesa. Es una parte esencial de la vida, una voz que pide ser escuchada. 

En la cultura de las apariencias, el sufrimiento se considera un fracaso, algo que hay que ocultar. Y así, quien sufre se queda solo, mientras la violencia crece en silencio. 

Hoy en día, la violencia no solo se manifiesta con las manos o las palabras. Sino que tiene nuevos rostros… también el rostro digital. 

Las nuevas tecnologías han abierto espacios de agresión invisibles pero devastadores: persecuciones en línea, amenazas, difusión de imágenes íntimas, campañas de odio y humillación pública. 

Son formas de violencia psicológica que aíslan, destruyen la autoestima y empujan al silencio. Una violencia que puede surgir en la red, pero que acaba afectando a la vida real.  

Muchas víctimas ya habían pedido ayuda. Habían hablado, pero no les creyeron. El dolor a menudo se minimiza, se califica de «asunto privado», como si la violencia fuera un asunto de pareja y no un problema colectivo. 

El silencio, en estos casos, se convierte en cómplice: del miedo, de la indiferencia, de una cultura que aún tiene dificultades para reconocer y proteger. 

Las cifras cuentan vidas rotas. Pero las estadísticas, seguramente hasta necesarias, se quedan obsoletas cada día que pasa. En todo caso, detrás de cada cifra hay una historia, un dolor, una voz que no fue escuchada a tiempo. 

Y las estadísticas indican también que son frecuentes los casos en los que el agresor es una persona de confianza. Una señal de que la violencia sigue escondiéndose donde debería haber amor. 

La respuesta no puede limitarse a la represión o a la indignación del momento. 

Se necesita una cultura de escucha, de prevención, de educación afectiva y de los sentimientos. Hay que enseñar desde pequeños el valor del respeto, la empatía, los límites. 

Escuchar el dolor no significa compadecerse, sino reconocer. Dar voz y dignidad a quienes sufren. 

Cuando el dolor es acogido, puede convertirse en conciencia y renacimiento; cuando es ignorado, se transforma en ira, aniquilación, muerte. 

En una sociedad que idolatra la fuerza, aprender a escuchar el dolor es un gesto revolucionario. 

Significa reconocer que la fragilidad no es una culpa, sino una condición humana; que el cuidado y la escucha son formas de resistencia civil. 

En este sentido, la no violencia no puede limitarse a ser un principio contra la guerra: es un estilo de convivencia, una forma cotidiana de vivir las relaciones con respeto, atención y responsabilidad. 

Ser no violento significa elegir la palabra en lugar de la agresión, el diálogo en lugar del dominio, la comprensión en lugar del juicio. 

Es un camino lento pero necesario, porque solo así la paz deja de ser una utopía y se convierte en una práctica posible. 

Cada vez que una persona muere o es destruida psicológicamente a manos de otra, no es una tragedia privada: es una derrota para todos. 

Las leyes no bastan si no cambia la mentalidad. Las condenas no bastan si no surge la escucha. La violencia crece en el silencio y en los prejuicios. Reconocerla, nombrarla, escucharla: ese es el verdadero punto de partida. 

Solo cuando el dolor se convierta en una voz común, la sociedad podrá considerarse verdaderamente libre y, por fin, verdaderamente viva. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 23 de septiembre de 2025

La violencia doméstica: el enemigo en casa.

La violencia doméstica: el enemigo en casa

Hay una frase de Honoré Balzac en “Papá Goriot” que dice así: «Cuando me convertí en padre, entonces comprendí a Dios».

 

Lo que ocurre en la violencia doméstica puede interpretarse como exactamente lo contrario: como la comprensión del diablo.

 

Independientemente de si existe o no el Príncipe de las Tinieblas, sin duda existe el fenómeno que ha generado su imagen en la mente de casi todas las civilizaciones humanas, es decir, la terrible capacidad del ser humano para el mal y que se denomina «diabólico»...

 

Los lazos familiares son los más intensos y los más inextirpables de un ser humano. Algunos de esos lazos dependen de la libertad, como en el caso de los lazos afectivos que dan origen a la pareja y que pueden romperse aunque hayan formado parte intrínseca y necesaria del individuo.

 

Se pueden disolver… pero sin herir la dignidad de la persona.

 

Etimológicamente, diablo significa «divisor», «el que separa», del verbo griego «diaballein», literalmente «lanzar» y, por tanto, «desgarrar».

 

Por eso, el maltrato y asesinato a la compañera, o a los hijos de la compañera, tiene un tufillo diabólico, el del mal sin otra razón que la simple necesidad de hacer daño, del mal.

 

Episodios de este tipo siempre han ocurrido, tanto en nuestro país como en otros lugares, tanto en nuestra época como en el pasado. Prueba de ello es un texto del profeta Miqueas de hace unos 2700 años en el que se lee que «los enemigos del hombre son los de su propia casa» (Miqueas 7,6).

 

El pasaje impresionó mucho a Jesús, que lo retomó literalmente en un discurso recogido en el capítulo 10 del Evangelio de San Mateo.

 

Aquí, naturalmente, lo que importa es el dato sociológico: ya hace 2700 años se constataba la dura enemistad entre los miembros de una familia.



Y si ampliamos la mirada a la literatura mundial seguramente encontramos la misma constatación: prueba de ello es el asesinato del padre Layo por parte de Edipo. Ciertamente, ese asesinato no fue intencionado (aunque predicho por el destino).

 

Todo esto me lleva a considerar la tremenda ambigüedad en la que hemos caído al nacer.

 

Plauto, dramaturgo latino, escribe en una de sus comedias más famosas: «Homo homini lupus», lo que significa que el ser humano es algo bestial para el otro ser humano. ¿Tenía razón?

 

Por un lado, parece que sí, pero por otro lado no podemos olvidar la réplica que le reservó otro dramaturgo latino, Cecilio Stazio: «Homo homini deus», es decir, que el ser humano es algo divino para el otro ser humano.

 

Y así, a la frase de Miqueas retomada por Jesús, según la cual los enemigos del hombre son los de su propia casa, se le puede añadir la afirmación contraria: el refugio más seguro para el ser humano es el de su propia casa.

 

Ambas frases son ciertas, pero uno quisiera creer que la segunda sea más cierta que la primera, en el sentido de que en las familias sea mucho más amplia la dimensión del afecto, la protección y el cuidado que lo contrario.

 

Sin embargo, la presencia de la antítesis llama a la precaución y vigilancia, no tanto en el sentido de la vigilancia nocturna, sino en el sentido de la vigilancia evangélica, que implica un discernimiento atento de la vida propia y de los demás.

 

Vivir no es fácil, es el arte más complejo.

 

Y, en algunos casos, el enemigo está en la propia casa… y tiende una trama diabólica, una trampa mortal.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Desahuciados en vida!

¡Desahuciados en vida! Hace unos meses publicaba en mi blog esta reflexión: “ ¡A la calle! Desahucios y desalojos… la fuerza y el castigo de...