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jueves, 20 de noviembre de 2025

Ejercicio de la autoridad en nuestra Iglesia.

Ejercicio de la autoridad en nuestra Iglesia

Dentro de la Iglesia, el tema del poder es una cuestión muy delicada, cargada de consideraciones ideológicas que pueden favorecer los abusos y la arbitrariedad en el ejercicio de su función.

 

El propio término «poder» puede producir, en algunos entornos, miedo o juicio. Esta ignorancia puede ser la causa de un ejercicio del poder en sus formas degenerativas: de dureza, de dominio o, por el contrario, de evitación o acedia.

 

Los documentos eclesiales recuerdan la necesidad de una formación específica para aquellos que están llamados a asumir funciones de gobierno.

 

«Sería importante incluir en la formación continua una seria iniciación al gobierno, ya que esta tarea se confía a veces de forma improvisada y se lleva a cabo de manera inadecuada y deficiente» (Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Para vino nuevo odres nuevos. Desde el Concilio Vaticano II, la vida consagrada y los retos aún pendientes 2017).

 

Sin embargo, el riesgo es repetir modelos de gobierno y liderazgo eclesial que ya no son adecuados.

 

A esto se añade la cuestión de la madurez de los sujetos, como ya analizaba puntualmente San Gregorio Magno a finales del siglo VI en La Regla Pastoral.

 

La reducción del número de religiosos y religiosas también determina la dificultad de encontrar entre ellos figuras adecuadas para asumir funciones directivas dentro de las numerosas obras que aún gestionan los Institutos y Congregaciones.

 

La sinodalidad, como llamada e invitación de la Iglesia en este momento y como replanteamiento profundo del ejercicio de la autoridad y el poder en los contextos eclesiales, representa un desafío profético que requiere una postura adulta.

 

La sinodalidad no deja espacio a infantilismos que inevitablemente se oponen a ella, ignorándola o presentando críticas o cuestiones alimentadas más por el sistema vigente que por la escucha de los signos de los tiempos.

 

Ante la complejidad y la rapidez de los cambios, una personalidad infantil tiende a buscar con todas sus fuerzas mantener el control, poder seguir ordenando todo, mantener procesos lineales de camino y de gobierno.

 

Por ejemplo, tantas veces se asiste a la creación de comisiones, equipos, órganos intermedios,…, con sus respectivas funciones, que se suman a los anteriores según la vía de la especialización, la representación o la diversidad de los roles jerárquicos.

 

Ésta suele ser una articulación que eleva aún más si cabe la estructura jerárquica, ya que quienes están en la cima consideran que deben/pueden determinar la acción de cada uno de sus componentes.

 

Esto genera la ilusión de control pero en realidad determina su pérdida total. De hecho, se pasa de estructuras complejas a estructuras complicadas. Suelen ser estructuras en las que los procesos son largos y farragosos, ralentizados por un control desde la cima que a menudo interviene pasando por encima de todos en base a una legitimidad superior.

 

Habría que habitar la complejidad permaneciendo complejos. De lo contrario se acaba en la complicación, es decir, como los dinosaurios, criaturas complicadas que no fueron capaces de adaptarse ante un cambio de época. Permanecer complejos no significa vivir en la complicación Como tampoco en el caos.

 

Habitar la tensión del gobierno exige, en este momento, la madurez de desplazarse al plano de las conexiones, o uniones sistémicas, aumentando los lugares y los tiempos en los que las partes pueden encontrarse, responsabilizarse mutuamente y narrarse.

 

Se trata de habitar la complejidad sin reducirlo todo a uno, sin anular las diferencias, sino aumentando los lugares para escucharse e intercambiar aprendizajes.

 

En este sentido, la sinodalidad anima a vivir la realidad de forma adulta, sin ser objeto de ansiedades, miedos a la pérdida de control y de poder. Y garantiza la armonía de forma madura, permitiendo la coexistencia en el cuerpo eclesial tanto de órganos como de uniones (Ef 4,16).

 

La especialización diferenciadora era propia de una época de cristiandad madura, en la que era útil gestionar la multiplicidad de presencias que había en los territorios. Hoy en día resulta totalmente disfuncional y un impedimento para una acción eficaz y ágil de anuncio.

 

A veces nos ocurre que queremos huir de la complejidad refugiándonos en la simplificación, propia del pensamiento clásico y no del pensamiento complejo. Las Curias y sus oficinas representan bien una visión aún clásica de la realidad. Una visión complicada pero no compleja.

 

Con el término «simplificación» no me refiero a menos oficinas o servicios. Al contrario. Es precisamente su proliferación lo que expresa esa voluntad de poder simplificador, que desea descomponer la realidad en subelementos para simplificarla y controlarla en nombre de la eficiencia, de la competencia —de un pequeño grupo de expertos más que en nombre del sacerdocio común—.

 

La complejidad reduce porque se encuentra en el momento presente, la simplificación aumenta porque no tolera la incertidumbre y lo indeterminado.


 

A estas alturas ya sabemos que la sinodalidad se enfrenta a obstáculos tanto teológicos como canónicos que deberán abordar los expertos. Yo, ciertamente, no lo soy.

 

Entre ellos se encuentra un verticalismo que encuentra su legitimidad en clave ontológica.

 

El Obispo ha alcanzado la plenitud del sacramento del orden y, ontológicamente, es un ser diferente de todos los demás componentes del Pueblo de Dios. Sobre estas bases, establecidas por la teología tradicional, la aplicación de la sinodalidad corre el riesgo de quedarse en un simple entretenimiento.

 

Superar la diferenciación ontológica no significa poner en tela de juicio la estructura jerárquica eclesial, ya que bastaría con legitimarla de otra manera, reconociendo un carisma propio de guía a algunos sujetos.

 

Yo creo que, valga la imagen, se nos pide que realicemos un acto de ‘profanación’. Es decir, se nos pide, y con urgencia, que revisemos la carga simbólica asociada a la figura del Obispo.

 

En un plano antropológico, «profanar» significa devolver a la disponibilidad del ser humano lo que le había sido sustraído, lo que no era tocable, utilizable.

 

La ‘profanación’ neutraliza lo que profana. Porque lo que se profana pierde su aura y se devuelve al uso. Hablo sí de “profanación” porque hay que desactivar los dispositivos del poder.

 

Profanar no significa simplemente abolir y borrar las separaciones, sino aprender a hacer un nuevo uso de ellas, a jugar con ellas.

 

Profanar no es quitar valor a un sujeto u objeto, sino atribuirle nuevos significados, permitir nuevas lecturas, posicionarlo de manera diferente dentro de un sistema de relaciones.

 

El hecho de pasar de una distinción ontológica que establece una distancia insalvable, al reconocimiento de un carisma propio dentro de una comunión aún mayor, no anularía la estructura jerárquica de la Iglesia, sino que llevaría a reinterpretar los roles de una manera nueva dentro de las dinámicas y las relaciones eclesiales.

 

El tema del ministerio laical, de la corresponsabilidad en los roles de gobierno y, más en general, de la sinodalidad, adquiriría así un valor efectivo y no solo afectivo.

 

Es decir, un reequilibrio entre lo vertical y lo horizontal que extrae de ambos polos energía transformadora, además de reducir una carga simbólica que ya no es sostenible ni justificable.

 

Los dispositivos de poder tratan de sustraer la posibilidad de profanación, es decir, la oportunidad de abrir nuevos usos, experiencias y posibilidades. Los dispositivos de poder también hacen deseable el papel, la verticalidad distintiva y diferenciadora.

 

El Concilio Vaticano II abrió el camino a una nueva auto-comprensión de la Iglesia: la eclesiología de comunión. Hoy la teología trata de retomar este tema subrayando su necesidad a la luz de los últimos acontecimientos en el ámbito sinodal y ministerial.

 

Con la eclesiología de comunión toma forma una visión de la Iglesia diferente de la figura jurídica tradicional. La comunidad eclesial toma conciencia del carácter único que une a todos los hermanos y hermanas en Cristo, el llamado «sacerdocio común», sin oscurecer ni contraponerse al sacerdocio ministerial.

 

En otras palabras, no se trata tanto de una Iglesia totalmente ministerial como de una Iglesia totalmente sacerdotal, una Iglesia Pueblo de Dios.

 

Los expertos nos dicen que para guiar a una comunidad, un grupo, un equipo o, más en general, a otras personas, un líder debe ocuparse al menos de tres dimensiones:

 

·        la dimensión estratégica y de orientación,

·        la dimensión relacional,

·        y la dimensión decisoria y correctiva.

 


Incluso se pueden traducir estas tres funciones de gobierno con los tria munera bautismales, esos elementos de gracia que cada uno ha recibido en el sacramento inicial de su camino cristiano, que potencialmente posee cada individuo, no solo un ministro ordenado.

 

El Bautismo ha infundido en nosotros un espíritu de profetas, reyes y sacerdotes.

 

Un líder eclesial debe reconocer el valor de estos tres elementos que se pueden sintetizar así:

 

·        profeta, como la capacidad de elaborar una estrategia, una visión, dentro de la cual poder caminar juntos;


·        sacerdote, como la capacidad relacional, el cuidado de las personas, el saber generar comunión;


·        rey, como el hecho de conseguir tomar decisiones para ser generativos, transfigurar la realidad y la autoridad para corregir a quienes actúan en detrimento de los demás o de la comunidad.

 

A estas alturas, y después de unos años de experiencia de gobierno local, provincial y congregacional, ya me he dado cuenta de que ningún ser humano es capaz de desempeñarlas eficazmente las tres funciones.

 

Hay líderes más eficaces en el plano relacional, otros más en el plano estratégico y otros más en el plano decisorio; pueden ser buenos o desenvolverse bien en una primera o en una segunda función, pero serán deficientes en la tercera.

 

Y creo que hay un sano carácter de “incompleto” que nos caracteriza a todos y cada uno de nosotros. Digo ‘sano’ porque lo no completo permite que ocurra algo más allá de nosotros mismos. Lo incompleto es una invitación a la participación, a la corresponsabilidad.  

 

Una autoridad, una institución, genera vida si remite a algo más allá de sí misma. Y ésta es la cuestión: de la autoridad en singular, que se remite a sí misma, única referencia, confirmando su poder, a las autoridades que se remiten unas a otras.

 

El plural permite otras cosas. Permitir significa lo que «no se es» sin el otro. La unidad, la comunión, se define dividiéndose, no reduciendo todo a uno. De este modo se crea un espacio común y compartido para «ser».

 

El riesgo que encuentro en algunos Obispos (también en presbíteros, superiores religiosos y líderes cristianos) es que no toman en serio esta carencia congénita de su persona, el profundo valor de este límite grabado en su persona.

 

Algunos entran en crisis precisamente porque se sienten obligados a ser capaces en las tres funciones. Se enferman porque se sienten culpables de no ser lo que no son… y lo que nunca serán.

 

Sin embargo, para ser buenos líderes, se trata de aceptar plenamente lo que somos y partir de esta conciencia, reconociendo en esta limitación la posibilidad de crecimiento de la comunidad.

 

Un líder está llamado a reconocer la importancia de las tres funciones de liderazgo, pero también sus propias limitaciones, fragilidad y comprensión de que esta limitación es una posibilidad para algo más que uno mismo, para una corresponsabilidad efectiva.

 

Allí donde el líder sea más débil, será importante supervisar a aquellos a quienes decida delegar esa tarea o a quienes atribuya un papel de ayuda y asesoramiento.

 

Y allí donde el líder sea más fuerte, será necesaria una supervisión externa sobre él, precisamente para no confiar demasiado en sí mismo y actuar de forma demasiado directiva, perdiendo de vista algunos elementos de la realidad.

 

Porque es donde somos más fuertes donde actúa el tentador y no donde somos, aunque torpes, simplemente inofensivos.

 

Un Obispo, por lo tanto, debe reconocer las tres funciones de guía propias de cada bautizado, y está llamado a hacer que las tres se realicen, pero no solo él. Él desempeñará un papel de supervisión (episcopè), más que de ejecución o decisión.


 

Quiero ir finalizando con una reflexión que, creo, viene al caso de la comprensión y del ejercicio del poder en la Iglesia.

 

¿Qué es la Tradición, esa que escribimos con mayúscula, que no es una simple costumbre o hábito ligado al pasado? ¿Debe incluirse en el ámbito de la continuidad/círculo o en el de la discontinuidad/ruptura? ¿Es una referencia a un origen mítico, entendido como una edad de oro a la que volver, o el origen de un dinamismo siempre nuevo y actual?

 

Los grandes fundadores, por ejemplo, San Antonio María Claret (de cuya Congregación formo parte), tuvieron todos una clara visión inicial que les llevó a desafiar la realidad para transfigurarla: darle un rostro humano.

 

Esta visión no solo les impulsó a actuar a ellos. Constituyó la base de la participación en esta aventura de muchas otras personas.

 

La cuestión del sueño original, del carisma, encuentra resistencias cuando se pide replantearlo en el presente. El carisma de los fundadores, aunque constituye una orientación radical, deja espacio para formas de actualización.

 

Esta actualización fue solicitada por la propia Iglesia después del Concilio Vaticano II, sin embargo, en la práctica surgieron las mayores dificultades: las personas, al igual que los grupos, no siempre lograron transformar su mentalidad.

 

A esto se sumó la resistencia estructural de las obras y empresas dirigidas por los religiosos, y una resistencia, organizada incluso como fidelidad a la Tradición, que trataba de limitar los avances inevitables y favorecía la restauración del pasado. En esta etapa, todos invocaban el carisma del fundador más que dejarse interpelar por él, cada grupo tendía a servirse de él.

 

En la Biblia, el término «crear» significa origen, no comienzo. Si el comienzo o inicio es un punto de partida histórico que se completa cuando la realidad evoluciona, el origen es una fuente de la que siempre brota agua nueva.

 

En este sentido, la verdadera Tradición no consiste en conservar las cosas intangibles y mudas, sino en despejar el espacio en el que finalmente pueden abrirse y hablarnos.

 

La Tradición es una corriente viva y creadora que hace posible transmitir y dar testimonio. La Tradición es un movimiento incesante de re-contextualización y reinterpretación: estudiar la Tradición significa, en primer lugar, buscar la continuidad en la discontinuidad, la identidad en la pluralidad de fenómenos siempre nuevos que surgen en un proceso de evolución.

 

Un sueño carismático, como la Tradición, es continuidad en la discontinuidad, ya que tiene, como Dios, un anhelo profundo y continuo: hacer que la vida continúe, seguir creando y re-creando.

 

Nos puede ayudar la distinción entre ‘heredero’ y ‘archivero’.

 

El ‘archivero’ se limita a conservar, como si ese comienzo bastara por sí mismo y volviera por sí solo a hablar. Vive del pasado.

 

El verdadero ‘heredero’ es aquel que parte de un vacío, de una carencia, y permite decir otra cosa a partir de esa orden inicial: decir lo que el fundador no pudo o no le fue permitido decir, hacer lo que el fundador no pudo o no le fue permitido hacer.

 

El ‘heredero’ activa una respuesta, en la que no está en juego la transmisión del conocimiento, sino la continuación de la vida. Y esto convierte al ‘heredero’ en un ‘traidor’: la fidelidad al origen consiste, por tanto, en una ‘traición’ que genera una ruptura de la recurrencia mortífera de algunas tradiciones para dejar que el carisma siga hablando hoy en día.

 

Esta visión del carisma y, por tanto, del motivo ideal de una institución (congregación, empresa,…) puede purificar algunas formas de opresión sobre la gestión y devolver a la institución la capacidad de crear esperanza.

 

Solo partiendo del origen se puede hacer florecer de nuevo la creatividad. La organización no demuestra la existencia de un carisma: la creatividad sí. El carisma no tiene por qué ser grandioso, pero es necesariamente vital; puede carecer de originalidad, pero siempre será original.

 

Re-escribir hoy el propio sueño, purificándolo de la organización de antaño, de las obras del pasado, de…, es vital. No en un plano ideal, sino de desarrollo y crecimiento, de implicación y participación.

 

Este sueño pedirá, de hecho, ser narrado y compartido con cada sujeto que entre en contacto con esa realidad eclesial. Es este sueño el que legitima la iniciativa, el que autoriza a arriesgarse en el anuncio.

 

El cara a cara con la propia historia, con la biografía eclesial de la propia realidad, exige una libertad adulta y sabia.

 

No se trata de seguir las modas —las tendencias más en boga en la Iglesia en un determinado momento histórico— ni de encontrar ajustes meramente funcionales u oportunistas.

 

Valga la imagen, se trata de una lucha, de un cuerpo a cuerpo del que salir, como Jacob, una vez habiendo luchado con el Ángel, con una bendición (un nuevo recurso simbólico con el que operar nuevas narrativas y determinaciones), un nuevo nombre (una nueva atribución de rol en el sistema relacional y organizativo) y una herida (un mayor contacto con la propia realidad y con la realidad en la que se vive).

 

Una lucha necesaria si se quiere poder perseguir la vida y garantizarla también para los demás.

 

Es la misma lucha que se nos exige a cada uno de nosotros para desprendernos de las narrativas infantiles y convertirnos en adultos.

 

Es una lucha sin ganadores, en la que hay que mirar de frente a nuestra «sombra» (personal u organizativa, entendida como cultura que hemos interiorizado), en la que hay que mirarnos a fondo sin juzgar, integrándonos, impidiendo la transferencia de la parte de nosotros que rechazamos a los demás.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 8 de octubre de 2025

A propósito del título de “Vicario de Cristo” aplicado al Papa.

A propósito del título de “Vicario de Cristo” aplicado al Papa

El Papa León XIV, en su discurso a los Caballeros de Colón del pasado 6 de octubre de 2025 (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/october/documents/20251006-cavalieri-colombo.html) empleó el título “Vicario de Cristo” para referirse al Papa: “Quisiera expresar mi profunda gratitud a ustedes, Caballeros de Colón, por su generosidad al hacer posibles estos proyectos. Son un signo visible de su constante devoción al Vicario de Cristo”. 

Era el Anuario Pontificio 2020 del 25 de marzo de aquel año en el que innovaron los títulos del Papa cuando el Papa Francisco aparecía presentado únicamente con el título de “Obispo de Roma”, mientras que los otros siete títulos se colocaban al pie de la página bajo la rúbrica «Títulos históricos» - títulos que señalaban la continuidad de la consideración que la figura del Papa ha tenido a lo largo de los siglos -: 

«Vicario de Jesucristo / Sucesor del Príncipe de los Apóstoles / Sumo Pontífice de la Iglesia Universal / Primado de Italia / Arzobispo y Metropolitano de la Provincia Romana / Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano / Siervo de los Siervos de Dios». 

Para entender aquella novedad sobre los títulos papales había que tener en cuenta una sugerencia de la Comisión Teológica Internacional, tal y como la refiere Yves Congar en el artículo «Títulos dados al Papa», publicado en Concilium 108 (1975) pp. 194-206, en un número todo él dedicado a la renovación de la Iglesia en las postrimerías del siglo XX: 

«La Comisión Teológica Internacional, en su sesión de 1970, recomendó casi por unanimidad evitar títulos que pudieran dar lugar a malentendidos, como por ejemplo Jefe de la Iglesia, Vicario de Cristo, Sumo Pontífice; y recomendó utilizar en su lugar: Papa, Santo Padre, Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, Pastor supremo de la Iglesia». 

La preferencia del Papa Francisco por el título de «Obispo de Roma», y que se remontaba al comienzo de su pontificado, seguramente se podría poner en relación con aquella sugerencia de la Comisión Teológica Internacional. 

De hecho, y para ser más exactos, el título en cuestión, «Vicario de Cristo», tiene dos significados: uno que puede referirse a cualquier Obispo y otro que, partiendo de esa comunión, se ha convertido en exclusivo del Papa. 

En su momento, el Papa Francisco lo aceptó en su primer significado, que lo acercaba a los demás Obispos, pero prefirió no utilizar ese título, aunque sea históricamente significativo, porque en aquel momento parecía sonar como un distanciamiento de la figura papal con respecto a los demás Obispos. 

Esa era otra prueba más de su preferencia por el título de «Obispo de Roma», que precisamente lo acercaba a los demás sucesores de los Apóstoles: primero entre ellos, pero uno de ellos. 

En el texto citado, Yves Congar recordaba que en la Iglesia antigua el título de «Vicario de Cristo» se atribuía a todos los Obispos y documentaba cómo este uso generalizado se mantuvo desde el siglo V hasta el XII, para acabar restringiéndose progresivamente al Obispo de Roma. 

También señalaba cómo el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, recoge el título de «Vicario de Cristo» atribuido a todos los Obispos. 

En concreto, y para esta recuperación del uso antiguo, remite, en particular, al capítulo III de la mencionada Constitución Dogmática: 

1.- «De hecho, la tradición, tal y como se desprende especialmente de los ritos litúrgicos y del uso de la Iglesia tanto de Oriente como de Occidente, muestra claramente que, mediante la imposición de las manos y las palabras de la consagración, se confiere la gracia del Espíritu Santo y se imprime el carácter sagrado, de tal manera que los obispos, de forma eminente y visible, ocupan el lugar del mismo Cristo maestro, pastor y pontífice, y actúan en su nombre» (n. 21); 

2.- «Los obispos gobiernan las Iglesias particulares que les han sido confiadas como vicarios y legados de Cristo, con el consejo, la persuasión, el ejemplo, pero también con la autoridad y la potestad sagrada, de la que, sin embargo, no se sirven sino para edificar a su rebaño en la verdad y la santidad, recordando que el que es más grande debe hacerse como el más pequeño, y el que es jefe, como el que sirve (cf. Lc 22, 26-27). Esta potestad, que ejercen personalmente en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e inmediata, aunque su ejercicio esté sometido en última instancia a la autoridad suprema de la Iglesia» (n. 27). 

Al utilizar el título de «Vicario de Cristo» para el Papa, pues, hay que tener en cuenta que, en origen, se aplicaba al Obispo de Roma, ya que se daba a todos los Obispos: y en ese sentido deberíamos entenderlo también hoy. 

Es decir, y en otras palabras, ese título atribuido en exclusiva por el Obispo de Roma diría demasiado. Tal vez, y precisamente para evitar decir demasiado, el Papa Francisco lo colocó entre los «títulos históricos». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 7 de mayo de 2025

¿Quién es el Papa? ¿Para qué sirve el Papa?

¿Quién es el Papa? ¿Para qué sirve el Papa? 

Las Iglesias protestantes, ortodoxas y anglicanas no tienen Papa ni querrían tenerlo jamás. Juan Pablo II, en cambio, reafirmaba «la convicción de la Iglesia católica de haber conservado, en fidelidad a la tradición apostólica y a la fe de los Padres, en el ministerio del obispo de Roma, el signo visible y garante de la unidad»; reconocía, al mismo tiempo, que precisamente esta convicción de los católicos, paradójicamente, «constituye una dificultad para la mayoría de los demás cristianos» (Ut unum sint 88). 

A decir verdad, en las últimas décadas, por parte de ortodoxos y anglicanos se ha despertado un cierto interés por la función que, de una u otra manera, un primus inter pares entre obispos y patriarcas podría ejercer útilmente al servicio de todas las Iglesias, como punto de referencia de la unidad de todo el cuerpo cristiano. 

En la fe de la Iglesia católica, compartida por los ortodoxos y, en cierta medida, también por los anglicanos, los diáconos, los presbíteros y los obispos ejercen su ministerio particular en virtud y con la gracia del sacramento del Orden. 

Según una antigua tradición, este sacramento se celebra en tres grados diferentes: el de diácono, el de presbítero y el de obispo. Tres grados también para los católicos, no cuatro: el papado no es un grado del sacramento del Orden, ni el Papa es papa en virtud de un nuevo sacramento posterior al del episcopado. El Papa es un Obispo como todos los demás. 

Esto es lo primero que hay que aclarar para formarse una idea correcta del papado, liberándolo de las superposiciones que, sobre todo en los dos últimos siglos, han amplificado desmesuradamente su figura y su papel. 

No han faltado formas de culto al Papa muy pintorescas, como el ser llevado en voladizo sobre la silla gestatoria. 

Desde el Papa Juan XXIII en adelante, se han desmantelado muchos rituales y se han simplificado todos los protocolos. Sin embargo, aún hoy, no por culpa de los teólogos, ni de los liturgistas, ni de los canonistas (si es culpa de los curiales, no sabría decirlo), sino de la televisión y las redes sociales, el papel del Papa, en el imaginario colectivo y en la opinión pública, está sobredimensionado con respecto a su ministerio, tal y como se considera en la fe de la Iglesia católica. 

El hecho es que el Obispo de Roma, y ningún otro Obispo en el mundo (aunque quisiera y tuviera el carisma para hacerlo dignamente), es capaz, de hecho, hoy en día, de hacer oír la voz de la Iglesia en todo el mundo. 

El papado actual es el fruto de una historia milenaria. Por poner un ejemplo concreto, la Santa Sede (no el Estado de la Ciudad del Vaticano), solo en virtud de la tradición de su función histórica, religiosa y diplomática secular, goza de personalidad jurídica internacional, hasta el punto de participar en las actividades de la ONU en calidad de observador permanente, de poder celebrar acuerdos con los Estados y adherirse a convenios internacionales. 

Este es el punto de llegada actual de la larga historia de una institución que se ha ido formando lentamente, desde los primeros siglos del cristianismo, haciendo del obispo de Roma la autoridad suprema de la Iglesia universal. 

¿Por qué Roma y no Londres? ¿Por qué no Jerusalén o Antioquía, la Antioquía de los Apóstoles, en Turquía, o Alejandría, en Egipto? 

A pesar de los grandes debates sobre el tema, en las infinitas polémicas entre católicos, protestantes y ortodoxos, la razón es, en definitiva, muy simple: porque el Apóstol Pedro fundó la Iglesia de Roma, en Roma fue martirizado, en Roma, al pie de la colina vaticana, fue enterrado, y en Roma, bajo el altar y el baldaquino de Bernini, se encuentra el lugar de su tumba. 

Además, en Roma también fue martirizado el Apóstol Pablo y, fuera de las murallas, en dirección a Ostia, se puede venerar su tumba. 

En realidad, el centro de gravedad del cristianismo en los primeros siglos fue, más que Roma, Bizancio, la Constantinopla creada por el primer emperador cristiano, la nueva Roma. 

El papel de los emperadores bizantinos en la vida de la Iglesia fue imponente y el cuadro institucional de los primeros siglos fue policéntrico, en el marco de la pentarquía, es decir, de los cinco patriarcados, todos en Oriente, excepto el de Roma.

Los grandes Concilios de la antigüedad se celebraron todos en Oriente, al igual que los responsables de las herejías contra las que se reunían. 

A pesar de la imponente carga de los recuerdos sagrados depositados en Roma y de su prestigio como cuna y capital del Imperio, el papel de su Obispo frente a las demás Iglesias fue emergiendo muy lentamente. 

Un episodio de gran relevancia fue lo que ocurrió en el siglo V en el Concilio de Calcedonia, donde los Padres llegaron al consenso sobre la Profesión de Fe en la persona de Jesús verdaderamente hombre y verdaderamente Dios, solo aceptando y haciendo suyo el dictado de la «carta del beatísimo y santísimo arzobispo de la máxima y más antigua ciudad de Roma, León, escrita al arzobispo Flaviano, de santa memoria, para refutar la mala interpretación de Eutiques, en cuanto concuerda con la confesión de fe del gran Pedro y columna común, en defensa de las ideas perversas y en confirmación de las justas afirmaciones de la fe». 

A pesar de la progresiva emergencia del papel del Obispo de Roma como punto de referencia para la ortodoxia de la fe y la unidad de la Iglesia, durante todo el primer milenio las cuestiones emergentes fueron abordadas por Sínodos y Concilios particulares en los que los Obispos de las diferentes regiones tomaban las decisiones necesarias para sus Iglesias, cuya autoridad, en muchos casos, era reconocida también fuera de su región, a nivel de la Iglesia universal. 

Es después de la separación del gran cuerpo de las Iglesias orientales y su rechazo de la autoridad papal cuando el papado se afirmará en Occidente en todo su esplendor. Este desarrollo se verá alimentado también por el Imperio reconstituido, criatura papal, «sagrado y romano», pero siempre generador de una viva dialéctica plurisecular entre el Papa y el Emperador. 

Tras pasar por sus periódicas crisis internas de Papas y Antipapas y el intento de subordinar al Papa al Concilio y hacerlo dependiente de sus decisiones, tras el Concilio de Trento, la institución papal se afirmará de manera cada vez más amplia, teológicamente bien fundamentada y dogmáticamente imperativa. 

Será, sobre todo después de la Revolución Francesa y en defensa de las políticas jurisdiccionalistas de los gobiernos de la Restauración, que tendían a reducir los episcopados a estructuras de la propia sociedad civil, cuando el papado se erigirá como el único poder capaz de hacer frente al peligro de la reducción de la Iglesia católica a un conjunto de Iglesias nacionales. 

No en vano, esto es lo que ocurrió en las Iglesias protestantes, en consonancia con su tradición, y en las Iglesias ortodoxas bajo la ola de guerras de independencia de las distintas naciones y la creación de nuevos patriarcados correspondientes. 

El desarrollo histórico del papado se produjo bajo el impulso de una amplia gama de factores sociales y políticos, y el papado aún hoy lleva las marcas de ello en su cuerpo. 

Sin embargo, su alma vive de la convicción de la fe en Jesús que, habiendo enviado a los Apóstoles a constituir y gobernar la Iglesia, «quiso que sus sucesores, es decir, los obispos, fueran pastores de su Iglesia hasta el fin de los tiempos. Para que el episcopado fuera uno y no dividido, puso al frente de los demás apóstoles a san Pedro y en él estableció el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión» (Lumen Gentium 18). 

Así, los Obispos de las diversas Iglesias esparcidas por el mundo transmiten de generación en generación, a través del sacramento del Orden, el ministerio de los Apóstoles al servicio de las Iglesias particulares, mientras que, en la designación legítima de uno de ellos para presidir la Iglesia de Roma, se prolonga en el tiempo el ministerio del Apóstol Pedro, al que el Señor había encomendado la tarea de ser la roca que salvaguarda la unidad de la Iglesia y la tarea de confirmar en la fe a sus hermanos (Mt 16,13-20; Lc 22,31-32). 

El ministerio del sucesor de Pedro, en virtud del sacramento, es el mismo ministerio pastoral de los demás Obispos al servicio de la Iglesia de Roma, mientras que, en virtud de su legítima destino a la Iglesia que fue de Pedro, está al servicio de todas las Iglesias, como centro de su comunión universal en la unidad de la misma fe. 

En este contexto, queda claro que la autoridad del Papa no desciende desde lo alto sobre los demás Obispos y sobre las Iglesias particulares esparcidas por el mundo, sino que surge desde el interior del cuerpo episcopal. 

Desde el punto de vista doctrinal, fue sobre todo el Concilio Vaticano II el que sacó al papado de su soledad, en la que el Papa reinaba por encima de los Obispos, que parecían gobernar las Iglesias particulares en su nombre, más que en el del Señor, y propuso una visión del papado en el marco de la colegialidad episcopal. 

Desde el punto de vista pastoral y canónico, ha sido el Papa Francisco quien ha iniciado un proceso, que está lejos de haber concluido, de desarrollo de la sinodalidad, es decir, de la participación de todos los fieles en las decisiones que se toman en la Iglesia, en todos los diferentes niveles de su articulación, desde el más bajo, con la promoción en las Diócesis de órganos colegiados representativos de la comunidad, con los que el Pastor comparte la responsabilidad de las decisiones que se toman; hasta el nivel más alto, con la intención de valorizar más las Conferencias Episcopales y con la previsión de que el Papa pueda ejercer su ministerio específico cada vez menos solo y cada vez más compartiendo con los Obispos y los fieles su discernimiento sobre las necesidades de la Iglesia y las decisiones que se toman en consecuencia. 

No es casualidad que, en las Congregaciones de cardenales en preparación para el Cónclave, entre las muchas propuestas que han surgido, no faltó la de la oportunidad de crear un consejo permanente de Obispos con el que el Papa pueda consultar habitualmente. 

En el camino sinodal, querido por el Papa Francisco, y en el Sínodo de los Obispos 2021-2024, ha surgido de forma evidente y contundente la necesidad de la participación de los fieles en las responsabilidades de la reflexión y de las decisiones de los Pastores. 

De cara a los futuros desarrollos de la misión de la Iglesia, el Papa Francisco le ha legado el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad, rico en múltiples y fecundas sugerencias que, esperemos, no queden sin respuesta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 30 de marzo de 2025

Sobre la elección y nombramiento de los Obispos.

Sobre la elección y nombramiento de los Obispos 

La reforma de la Iglesia católica, anunciada varias veces por el Papa Francisco y que va tomando cuerpo durante estos años, no puede ignorar, entre los muchos problemas estructurales que hay que afrontar, el de la elección de los Obispos. Una reflexión sobre este tema no es fácil pero es necesaria e indispensable para aquellos que no quieren otra Iglesia sino una Iglesia diferente. 

Hay quien alude a una crisis de la Iglesia jerárquica. Y es que, si hay un problema de credibilidad, si el Evangelio hoy lucha por hacerse presente y fecundo, sin buscar coartadas, hay que reconocer que esto sucede también por responsabilidad, por la insuficiencia de la estructura eclesiástica. Es decir, no se puede achacar apresuradamente la actual crisis eclesiástica a sus bases, a la difusión de modas contrarias al Evangelio, al mundo con sus vicios y a su oposición invasiva a lo sagrado, a la realidad tan dolorosa como triste de los abusos,... Tampoco puede ser responsabilidad de los laicos el no encontrar cauces capaces para dialogar con un tiempo que cambia rápidamente, considerando que los laicos en la Iglesia, a pesar de su generosa presencia, no tienen responsabilidad en las decisiones de su gobierno. 

No sé cuánto tiempo queda aún por recorrer para un laicado consciente y protagonista, pero sí creo que el proceso de nombramiento de un Obispo debe ser un proceso eclesial en clave sinodal, que no puede ser tratado como un asunto privado. ¿Quién podrá tomar en serio la “paternidad episcopal” en una gestión tan opaca de la elección y nombramiento episcopales? 

Hay un proverbio que dice que no hay regla sin excepciones, pero que puede llegar un momento en que la excepción pueda o deba convertirse en la regla. La historia demuestra, creo, que no se trata de un mero juego de palabras. 

No somos pocos los que creemos que el Pueblo de Dios - los fieles de una determinada, los laicos, los religiosos, los ministros ordenados - deberían tener voz y voto en la elección de sus obispos. Otra cosa sería el encontrar aquellos mecanismos de acuerdo con las respectivas sensibilidades culturales, para garantizar una adecuada representación de todo el Pueblo de Dios de una determinada Diócesis. 

No me estoy refiriendo, y lo digo ya desde el principio de mi reflexión, a que la elección de los candidatos y el procedimiento de elección se concibieran como una campaña electoral democrática. Dicho en positivo, sería más bien un proceso de discernimiento espiritual el que presidiera y condujera a la decisión más unánime posible. Dado que la Iglesia en una diócesis es “plenamente Iglesia, pero no toda la Iglesia”, también deben incluirse las diócesis más inmediatamente vecinas, así como el Papa, quien debe confirmar la elección. Si así fuera, debería ser una excepción que el nombramiento lo hiciera únicamente el Papa. En la Iglesia latina la regla es que el Papa nombre libremente a los obispos. 

Llama la atención, por ejemplo, que en las Diócesis suizas de Basilea y San Galo, sin embargo, constituyen una excepción a nivel mundial. Aquí no es el Papa quien propone los candidatos. En lugar de designarlos, nombra al Obispo legítimamente elegido por el cabildo catedralicio. Este derecho se basa en el llamado Concordato de Viena de 1448. Hoy en día este procedimiento es una excepción. Sin embargo, en los tiempos antiguos, hasta podría ser lo habitual y normal. 

Solemos decir que fue solamente con la publicación del Código de Derecho Canónico (CIC) en 1917 cuando el derecho de elegir obispos fue expresamente atribuido al Papa. 

La afirmación del derecho de nominación papal se ha consolidado con el tiempo, haciendo que otros modelos de elección de obispos aparezcan como un mero acto de gracia del Papa. La historia de la Iglesia demuestra que esto no es cierto. Al comienzo de la historia de la Iglesia, en la elección de un Obispo fue fundamental la participación más amplia posible de los fieles y de las diversas autoridades eclesiásticas. Famosa es la formulación del principio de San León Magno: «Quien debe presidir a todos debe ser también elegido por todos». 

También hoy en Alemania existen distintos procedimientos para la elección de personas para las distintas sedes episcopales. En la mayoría de las Diócesis, es el capítulo catedralicio el que elige a un candidato de una lista de tres personas presentada por el Vaticano. La elección es luego confirmada por el Papa. En cambio, en las diócesis bávaras el Papa tiene plena libertad para nombrar un Obispo. Los capítulos catedralicios sólo pueden presentar al Vaticano una lista de candidatos que consideren idóneos. La diversidad de procedimientos depende, sin embargo, de los distintos concordatos con la Santa Sede que se aplican en Alemania según la región. 

Seguramente un factor importante, juntos otros, de la renovación de la Iglesia puede ser el cambio en la elección de los Obispos. Esta elección fue – en una larga tradición de la Iglesia – el fruto de un acuerdo católico entre la voluntad de los fieles directamente interesados ​​y la responsabilidad de la Santa Sede de asegurar y garantizar la unidad de la fe y la comunión eclesial. 

Este antiguo criterio podría hoy implementarse legalmente mediante una simple (y al mismo tiempo revolucionaria) modificación del actual canon 377 §1: «El Sumo Pontífice nombra libremente a los Obispos, o confirma a los que han sido legítimamente elegidos». 

Si solamente en circunstancias excepcionales fuera el Papa el que los nombrara libremente se convertiría en habitual y normal lo que en un momento no fue excepcional: la intervención del Pueblo de Dios. Y lo que hasta ahora ha sido rutina (nombramientos episcopales desde la Santa Sede) sería extraordinario. Sería un pequeño cambio que, además de recuperar lo mejor de la tradición, permitiría hablar de una verdadera primavera eclesial en un horizonte de una mayor sinodalidad. Y no sólo -aunque ya sería mucho- una posible reforma en los episcopados de los países. 

El papel desempeñado por los capítulos catedralicios podría ser asumido por los consejos pastorales diocesanos junto con los consejos diocesanos de laicos, del presbiterio y de los religiosos, dejando siempre abierta la posibilidad, donde las condiciones lo permitan, de participación directa de todos los bautizados o, al menos, de todos los consejos pastorales de la diócesis, incluidos los parroquiales. 

Todo lo anterior sirve, hasta donde sirva, para mostrar la posibilidad de un procedimiento diferente para el nombramiento de los Obispos retornando a una tradición anterior, desde los primeros tiempos de la Iglesia. Si el nombramiento de Obispos por parte del Papa se estableció fundamentalmente a partir del siglo XIII, y si durante varios siglos la Iglesia Católica incluso aceptó que existían diferentes sistemas de nombramiento en algunos Estados -Francia, Austria, España, Portugal-, entonces la motivación teológica del nombramiento por parte del Papa no parece suficientemente fuerte ni fundada. Más bien, para decirlo con claridad y con el coraje evangélico parece tratarse ante todo de una motivación de otro tipo histórico-político. 

El hecho de que a partir del siglo XIII el papado se reservara el nombramiento de obispos (a pesar de las diferencias que hemos visto entre Francia, España y Portugal en los siglos XVI-XIX) puede considerarse una consecuencia de la reforma gregoriana del siglo XI. Esta última consideró que la primacía de jurisdicción del Papa era recibida inmediatamente de Dios y la desconectó de su ordenación episcopal sacramental como Obispo de Roma. 

Pero es la consagración como Obispo la que configura al hombre a imagen de Jesús Pastor, a imagen de Cristo «pastor y obispo de nuestras vidas» (1 P 2, 25), porque en el cuerpo de los Obispos se hace presente el único episcopado de Jesucristo. Y según los Hechos de los Apóstoles, aquellos a quienes el Espíritu Santo designa Obispos están autorizados para gobernar la Iglesia (Hechos 20,28). 

Una base teológica la podemos encontrar en el hecho de que el nombramiento de Obispos sólo puede basarse en la designación por el Espíritu (Hechos 20,28). Y el descenso del Espíritu Santo sobre una asamblea está atestiguado en Hechos 10,44-45 y 19,6-7. El actual carácter centralizado y secreto del procedimiento no hace muy evidente la designación por parte del Espíritu Santo. Y hay que notar también que el fundamento de la autoridad en la Iglesia lo constituye el Espíritu Santo, que es dado a todos (Hch 2,17; 10,44-45; 1 Co 12,3; 2 Co 13,13) y que no sólo a los dirigentes, sino a todos los que tienen dones y carismas, les ha sido conferida la autoridad (Rm 12,3-8; 1 Co 12,4-28). 

Fue la eclesiología del Concilio Vaticano II la que afirmó la existencia de un colegio episcopal, del que se llega a ser miembro en virtud de la consagración, y del que también es miembro el Papa (Lumen Gentium, 22). Esta colegialidad de principios, sin embargo, parece contrastar con la persistencia a nivel jurídico del hecho de que los Obispos son elegidos y nombrados por el Papa y pueden ser removidos y transferidos en cualquier momento con un acto incuestionable del Papa. Es decir, no parece que el actual sistema de nombramiento refleje la colegialidad como propiedad esencial del ministerio episcopal. 

Además, existe una profunda conexión entre el ministerio episcopal y la Iglesia como misterio de comunión. La eclesiología de comunión encuentra su fundamento en numerosos pasajes bíblicos: “Permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4); “Que todos sean uno” (Jn 17,21); “Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas” (Hechos 2:44); “La comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros” (2 Co 13,13); “Tenemos comunión unos con otros” (1 Juan 1,7). 

La comunión entre los creyentes no puede tener sólo un aspecto místico e invisible; sino que indica también una práctica relacional, interpersonal, histórica y visible. Hay una espléndida expresión de San Cipriano (200-258 d.C.) que resume la comunión entre el obispo y su Iglesia: «El Obispo está en la Iglesia y la Iglesia está en el Obispo» (Epístola 69, 8). Y ciertamente esa eclesiología de comunión es la idea central y fundamental en los documentos del Concilio Vaticano II. La comunión corresponde al ser de la Iglesia, recuerda el destino de todos los carismas al ágape, a la comunión en la unidad, en el mismo designio de salvación, en el mismo proyecto eclesial. 

El ministerio episcopal se inscribe en esta eclesiología de comunión y misión que genera una acción en comunión, una espiritualidad y un estilo de comunión. La Iglesia particular, la comunidad del Pueblo de Dios, con los sacerdotes, los diáconos, las personas consagradas y los laicos, converge en el Obispo. Si el clero y los laicos convergen en el Obispo y si todos los carismas están destinados al mismo proyecto eclesial, la intervención del clero, de los religiosos y de los laicos en el nombramiento del Obispo parece natural. 

Una observación ulterior proviene del hecho de que el nombramiento de todos los superiores religiosos, en todos los niveles, no lo hace el jefe del nivel superior, sino que se produce mediante una elección de sus hermanos. Es normal y ha sido una práctica durante siglos que los mismos religiosos disciernan quién entre ellos es el más indicado para dirigir la Congregación. 

Una propuesta más concreta, por ejemplo, podría ser la siguiente. 

Cuando queda vacante una sede episcopal, un legado nombrado por el Papa (que puede ser también un obispo) convoca y preside un colegio electoral, integrado por: todos los sacerdotes de la Diócesis, todos los diáconos de la Diócesis; todos los miembros del Consejo Pastoral Diocesano; un representante laico de cada Consejo Pastoral Parroquial. 

Este colegio se reúne durante un día entero dedicado a la oración, la reflexión y la invocación del Espíritu Santo. Al final del día, la elección se realiza mediante votación secreta y resulta elegida la persona que recibe al menos dos tercios de los votos. En caso de que nadie obtenga los dos tercios de los votos, se utiliza el mismo procedimiento vigente para la elección del Papa. Puede ser elegido Obispo de una Diócesis cualquier presbítero, incluso de otra Diócesis, que tenga al menos treinta años de edad y haya sido presbítero durante cinco años. Está claro que la elección no debe incluir candidaturas formales anteriores. 

Una razón que algunos dan para mantener el sistema actual es la presencia de posibles divisiones en las Diócesis y en el clero local. Pero ésta es una razón que parece insuficiente, porque las diferencias de opinión y de valoración, así como pueden existir localmente dentro de la Diócesis, pueden existir también -y negarlo sería como esconderse detrás de un dedo- dentro de la Curia romana. 

En cuanto a los traslados de un Obispo de una Diócesis a otra, siempre serían posibles, a condición, por ejemplo, de que el Obispo elegido en una Diócesis pueda permanecer allí durante un cierto número de años. 

En todo caso, y esto es lo más importante, discernir posibles sistemas de nombramiento de Obispos favorecería el acercamiento del Obispo a los fieles de la Diócesis, ayudaría a establecer una mejor relación entre la jerarquía y los laicos y contribuiría a mostrar mejor a todos la Iglesia como Pueblo de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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