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lunes, 7 de septiembre de 2026

Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -.

Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -

Jesús se encontró ante una clase religiosa que, poco a poco, había perdido el contacto con la realidad.

 

No se trataba solo de una rigidez moral o de un exceso de celo: había ocurrido algo más profundo.

 

La Ley, que había surgido como luz para guiar el camino del pueblo, había sido despojada de su espíritu original.

 

Lo que Dios había dado para que Israel pudiera caminar por el sendero de la vida se había convertido, en manos de los hombres de religión, en un sistema cerrado, una red de obligaciones capaz de aprisionar la existencia en lugar de protegerla.

 

En el Antiguo Testamento, los mandamientos no aparecen como una carga arbitraria impuesta desde arriba, sino como una palabra de alianza.

 

Dios señala a su pueblo un camino para que no se pierda, para que no entregue su libertad a los ídolos, para que aprenda a vivir en la justicia, en la memoria, en la fraternidad.

 

El mandamiento es, por tanto, un umbral abierto hacia la vida: educa el deseo, protege al débil, recuerda al hombre que no es dueño absoluto del mundo, sino un hijo llamado a recibir y a compartir.

 

Pero con el paso del tiempo, cuando el mandamiento se separa de la vida concreta de las personas, corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo.

 

Ya no remite al Dios que libera, sino al control de quienes pretenden poseer a Dios. Ya no abre un camino, sino que establece límites insuperables. Ya no acompaña al hombre en su fragilidad, sino que lo juzga desde fuera.

 

Es aquí donde tiene lugar el proceso más peligroso: el vaciamiento del significado.

 

La forma permanece, pero el corazón está ausente; la norma sigue pronunciándose, pero ya no lleva en su interior el aroma de la misericordia.


Cuando la Ley se convierte en instrumento de opresión, significa que ha dejado de servir a la vida.

 

Una Ley nacida para hacer la existencia más humana puede transformarse, si es manipulada por el poder religioso, en una carga insoportable.

 

Entonces el sábado, que debía ser memoria de la liberación y espacio de descanso, se convierte en tribunal; el precepto, que debía proteger al hombre de la esclavitud, se convierte él mismo en una nueva esclavitud.

 

En nombre de Dios se acaba haciendo insoportable la vida que Dios mismo ha amado y bendecido.

 

Jesús se adentra en este engaño y lo desenmascara, no aboliendo el mandamiento, sino devolviéndole su significado profundo.

 

Él no desprecia la Ley: la lleva de vuelta a su origen.

 

Muestra que cada palabra de Dios se da para que el hombre viva, para que la mujer y el hombre recuperen la dignidad, el respiro, la posibilidad de un futuro.

 

Por eso puede decir que el Hijo del Hombre es señor del sábado: no porque el sábado carezca de valor, sino porque su valor reside en servir a la vida del ser humano; como recuerda el Evangelio según San Marcos 2, 27: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado».

 

En Jesús, el mandamiento vuelve a ser un amanecer: no una piedra colocada sobre el pecho de los vivos, sino una luz que surge para orientar los pasos.

 

La verdadera fidelidad no consiste en custodiar una norma vacía de su esencia, sino en dejarse guiar por su sentido más profundo.

 

El mandamiento es un don precioso cuando señala el camino de la vida y no el de la muerte, cuando abre a la libertad y no al miedo, cuando genera misericordia y no condena.

 

La religión, entonces, ya no es una prisión construida en torno al nombre de Dios, sino el espacio en el que el hombre vuelve a aprender a respirar, a reconocerse como hijo, a caminar en la luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 3 de septiembre de 2026

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte

Hubo una época en la que la espiritualidad cristiana parecía casi una competición olímpica para ver quién sufría más. Las vidas de los santos se leían como catálogos de sufrimientos ofrecidos a Dios: ayunos extremos, castigos corporales, enfermedades soportadas con alegría porque eran «ofrendas» para la salvación de las almas. Y, en la predicación habitual, el mensaje predominante que se transmitía era claro: sufrir es hermoso, sufrir es meritorio, sufrir te acerca a Dios.

 

¿Y si todo esto fuera un gigantesco malentendido? ¿Y si el Dios de Jesucristo nunca hubiera pedido sacrificios, y si la cruz no hubiera sido tanto una ofrenda grata al Padre como el crudo resultado de la violencia de un mundo que rechaza el amor?

 

Para replantearse radicalmente esta «imagen de Dios», existe una visión teológica del «Dios que es solo y siempre amor» que está surgiendo con fuerza en los últimos años, y que encuentra en la «teología sapiencial» y en una exégesis bíblica más atenta sus herramientas privilegiadas.

 

No se trata en absoluto de negar la cruz ni el misterio pascual, sino de liberarlos de siglos de interpretaciones que han acabado por transformar al Dios de Jesús en un soberano sediento de sangre, que exige víctimas para apaciguar su ira.

 

Durante siglos, el cristianismo ha luchado por liberarse de una imagen de Dios que se asemejaba demasiado a un soberano oriental: un soberano ofendido por el pecado de la humanidad, que exigía un sacrificio —el sacrificio de su Hijo— para apaciguar su ira. Desde esta perspectiva, la cruz era el precio que había que pagar, y el sufrimiento de Jesús se convertía en el modelo para los creyentes: tal y como él sufrió, también nosotros debemos aceptar el sufrimiento.

 

Esta teología, denominada por los estudiosos «teoría de la satisfacción» o «teoría penal de la redención», tiene raíces antiguas.

 

Fue sistematizada por Anselmo de Aosta (siglo XI) y se convirtió en el paradigma dominante de la teología occidental, sobre todo tras la Reforma protestante. Desde esta perspectiva, el pecado es una ofensa al honor divino, una deuda infinita que solo un sacrificio infinito —la muerte del Hijo de Dios— puede saldar. La cruz se convierte así en un instrumento de justicia, una equivalencia jurídica: Dios mata a su Hijo para satisfacer su propia justicia.

 

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿es realmente este el Dios revelado por Jesús? ¿Es este ese Padre al que Jesús llama con amor «Abba»? Es decir, ¿un Padre simplemente interesado en un intercambio: la muerte del Hijo a cambio del perdón?

 

La propia Sagrada Escritura ofrece una perspectiva radicalmente diferente. El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Jesús las palabras de un salmo:

 

«No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo. No te complacieron ni los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: “He aquí, yo vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad”» (Hebreos 10,5-7).

 

El sentido es claro: el sistema de sacrificios de animales del Antiguo Testamento no es el centro de la relación con Dios. Lo que cuenta es la ofrenda total de sí mismo, simbolizada por el «cuerpo» que Dios preparó para Cristo, y su plena adhesión a la «voluntad» del Padre.

 

Pero atención: esta voluntad no es la exigencia de un sacrificio sangriento. Es la obediencia del amor, la entrega de sí mismo que Jesús lleva a cabo hasta el final.

 

El propio Jesús, en los Evangelios, cita al profeta Oseas para corregir una interpretación legalista y superficial de la religión: «Misericordia quiero y no sacrificio» (San Mateo 9,13; 12,7). No se trata de una crítica al culto en sí mismo, sino de una jerarquía de valores: el amor y la misericordia hacia el prójimo valen más que cualquier práctica cultual que sea un fin en sí misma.

 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, transforma radicalmente el concepto de sacrificio: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Romanos 12,1).

 

Ya no se habla de un sacrificio de muerte, sino de la propia vida del creyente, ofrecida a Dios en las decisiones cotidianas. Es una ofrenda hecha con el «cuerpo», es decir, con toda la propia existencia concreta, que se convierte en «culto espiritual».

 

Esta perspectiva da un vuelco completo a la concepción tradicional de la cruz. La cruz no es un sacrificio querido por Dios, sino la consecuencia de la violencia del mundo contra aquel que denunció toda lógica de dominio.

 

Jesús no muere porque Dios lo exija, sino porque su mensaje de libertad y de amor incondicional amenaza a los poderes religiosos y políticos de su tiempo.

 

En la cruz no vemos a un Dios que exige víctimas, sino a un Dios que se hace víctima de la violencia humana para mostrar que la última palabra no es la muerte, sino la vida.

 

Como nos recuerda el teólogo Jürgen Moltmann, Dios no es aquel que mata a su Hijo para apaciguar su ira; es aquel que, en su Hijo, sufre la muerte por amor a la humanidad pecadora.

 

Esta perspectiva ha sido ampliamente desarrollada por la teología del siglo XX, en particular por autores como Dietrich Bonhoeffer, que hablaba de un «Dios débil», sumiso al dejarse expulsar del mundo en la cruz, y el Papa Benedicto XVI, quien en su Encíclica Deus Caritas Est subraya que «El amor de Dios por nosotros es una cuestión de vida. Por eso, el verdadero centro de la fe cristiana es el amor de Dios que se entrega, que no pide nada a cambio, que no exige sacrificios, sino que se ofrece a sí mismo».


Si la cruz no es «un sacrificio a Dios», entonces la resurrección no puede interpretarse como la «recompensa» por el sacrificio realizado. La resurrección es, por el contrario, la negación definitiva de la lógica del sacrificio.

 

La muerte, en su violencia contra Jesús, pretende tener la última palabra. Afirma: «Quien se opone al dominio es aniquilado y su historia termina aquí». La resurrección es la negación divina de esta afirmación. Dios dice: «No, tú, muerte, no tienes la última palabra. Mi palabra sobre la vida es más fuerte que tu palabra de aniquilación».

 

Esta no es una negación abstracta. Es una negación concreta de la muerte como principio de dominio.

 

Si la muerte es el fundamento último de todo dominio —pues se sustenta en la amenaza de matar—, entonces la resurrección de una víctima del dominio desarticula este mecanismo desde la raíz. Demuestra que la vida puede existir incluso más allá de la muerte violenta. Este es un acontecimiento que cambia la estructura de la realidad: la muerte ya no es una divinidad invencible, sino un poder derrotado.

 

¿Qué cambia, entonces, en la forma de vivir la fe?

 

Primero: dejamos de buscar el martirio. La santidad no se mide por el número de cruces que llevamos, sino por la calidad del amor que sembramos. No hay necesidad de inventarse sufrimientos para agradar a Dios. La verdadera pregunta no es «¿cuánto sufro?», sino «¿cuánto amo?».

 

Segundo: aprendamos a indignarnos. El sufrimiento injusto no debe aceptarse con resignación, sino combatirse con fuerza. El creyente que sigue al Dios de Jesús no es un pasivo soportador del mal, sino un activo constructor de justicia. Denunciar la opresión, ponerse del lado de los más desfavorecidos, luchar contra toda forma de dominación: este es el auténtico signo del seguimiento.

 

Tercero: ya no somos víctimas. La espiritualidad cristiana ha sido a menudo una espiritualidad de la victimización: «Soy un pobre pecador», «no valgo nada», «solo merezco castigos». El Nuevo Testamento nos recuerda que el cristiano está llamado a ser hijo, no esclavo. La filiación adoptiva de la que habla San Pablo no es un título honorífico, sino una realidad: somos amados no porque suframos, sino porque existimos. Somos valiosos no por nuestros sacrificios, sino porque Dios nos ha elegido.

 

Cuarto: la oración cambia de rostro. ¿Cuántas oraciones han sido peticiones de sufrimiento? «Hazme sufrir como tú, Señor», «Te ofrezco mi dolor», «Acepta este mi sufrimiento». Si el Dios de Jesús no pide sacrificios, estas oraciones se vuelven incomprensibles. La oración auténtica es el grito de quien confía en un Dios que es Padre, no juez. Es la petición de fuerza para combatir el mal, no de resignación para aceptarlo. Es la espera de un futuro en el que se secará cada lágrima y la muerte será derrotada definitivamente.

 

En una época marcada por guerras, injusticias y sufrimientos inmensos, esta perspectiva ofrece un cristianismo que no es una huida del mundo, sino un compromiso en el mundo. Un cristianismo que no consuela con palabras fáciles, sino que se ensucia las manos en la historia. Un cristianismo que no santifica el dolor, sino que lo combate.

 

No se trata de negar la cruz. La cruz sigue siendo el corazón de la fe cristiana, pero no como un sacrificio exigido por Dios, sino como revelación del amor de Dios hasta el final.

 

Un amor que no pide víctimas, sino que se hace víctima para romper el ciclo de la violencia. Un amor que, en la resurrección, muestra que la vida es más fuerte que la muerte, que la justicia es más poderosa que el dominio, que la esperanza es mayor que la resignación.

 

La Carta a los Hebreos, tras explicar la ineficacia de los antiguos sacrificios, indica cuáles son los sacrificios agradables a Dios en la nueva alianza:

 

«Por medio de él, pues, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. Y no os olvidéis de la caridad y de compartir vuestros bienes con los demás, porque Dios se complace en tales sacrificios» (Hebreos 13,15-16).

 

El «sacrificio de alabanza» y las obras de «caridad» y de compartir son los nuevos sacrificios. Ya no se trata de ofrecer animales, sino la propia gratitud y el amor concreto al prójimo. Y, como escribe San Pablo a los Filipenses, la ofrenda más grata es la vida misma: «Para mí, en efecto, vivir es Cristo y morir es ganancia» (Filipenses 1,21). No porque la muerte sea un valor, sino porque la vida vivida en Cristo ya es plenitud.

 

El Dios que Jesús nos ha revelado no es un Dios que ama los sacrificios. Es un Dios que ama la vida. No es un Dios que exige sangre, sino un Dios que entrega su propia sangre por la vida del mundo. No es un Dios que se complace en las lágrimas de sus hijos, sino un Dios que las seca.

 

Esto no significa que el sufrimiento desaparezca de la vida cristiana. Significa que el sufrimiento ya no es un valor en sí mismo, ya no es un título de mérito, ya no es un medio para apaciguar a un Dios airado.

 

El sufrimiento es un mal que hay que combatir, una injusticia que hay que denunciar, una herida que hay que curar. Es el grito que se eleva al cielo y que Dios escucha como el grito de su Hijo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Y al final, cuando todo se haya cumplido, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre y Dios sea «todo en todos», entonces ya no habrá más sufrimientos. Solo habrá la alegría de una comunión plena, donde cada uno será por fin él mismo y Dios será la fuente, el espacio y la alegría de esta plenitud plural. «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apocalipsis 21,4).

 

Quizá haya llegado el momento de dejarnos liberar por esta Buena Nueva. El Dios que no pide víctimas nos invita a vivir, no a morir. A luchar, no a sufrir. A esperar, no a resignarnos.

 

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La lógica del Templo.

La lógica del Templo

Las piedras soberbias, los tejados dorados que reflejan la luz del sol pero ocultan la oscuridad del corazón, no son la morada del Altísimo. El Templo no es la morada del Misterio, sino el monumento de la religión de los hombres: una fortaleza construida no para acercar al Creador a su criatura, sino para medir la distancia, para trazar límites, para rechazar.

 

He aquí la gran mentira que los señores de lo sagrado susurran en las salas del poder: que lo Absoluto se compra con la sangre de los sacrificios, que el Perdón es una mercancía custodiada por manos consagradas, que el acceso a la Vida es un privilegio para unos pocos justos.

 

Esta es la religión de los hombres, una jaula dorada diseñada para alejar a los hijos del Padre y mantener a las multitudes sometidas, encorvadas bajo la sombra del temor, para que unos pocos puedan dominar a muchos.

 

¡Pero una voz clama en el desierto y sacude los cimientos del atrio!


Jesús de Nazaret ha venido y no ha traído una nueva Ley que añadir a nuestros pergaminos amarillentos. Ha venido a arrancar de raíz la planta venenosa de nuestra religiosidad.

 

Nos hemos amparado en preceptos imposibles, hemos atado cargas insostenibles a los hombros de la gente pobre, convirtiendo la existencia en un tribunal perpetuo. Hemos sembrado la culpa para cosechar obediencia; hemos alimentado el terror y el miedo para asegurarnos el control.

 

Pero Su aliento hace temblar nuestras instituciones. Su Evangelio es exactamente lo contrario de nuestro imperio del terror.


¡Contemplemos el Misterio que Él viene a manifestar, aquellos que habíais sido excluidos!

 

No es un camino para iniciados, ni una escalada para los autoproclamados puros, sino un camino llano, un sendero de igualdad y de profunda misericordia.

 

Es el camino de los pobres, de los descartados, de los últimos de la tierra, que hoy caminan con la cabeza erguida.

 

Ya no hay barreras, ya no hay patios para los paganos ni recintos para los impuros. En su carne, Dios se hace cercano, borra la distancia y abraza a la humanidad sin pedir peajes ni rituales de purificación.

 

Esta es la afrenta suprema. Este es el delito imperdonable a los ojos de los guardianes del Templo.

 

Cuando Él volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los vendedores, no realizó un simple gesto de reforma: pronunció la sentencia de muerte del sistema sacrificial. Rompió el monopolio de la gracia.


Los señores del Templo comprendieron la amenaza: si el hombre es libre en el amor del Padre, su poder se desvanece como la niebla de la mañana.

 

Por eso lo llevaron al Gólgota. La cruz no es un incidente de la historia, ni un trágico malentendido. La cruz es el precio de Su negativa a doblegarse ante la religión de los hombres.

 

Es la señal clarísima, grabada en la madera y en la sangre, de una ruptura radical e irreversible: por un lado, la religión que mata para defenderse a sí misma; por otro, el Evangelio que muere para dar vida.

 

El Templo ha crucificado a la Verdad, pero precisamente en ese sacrificio el Templo ha caído para siempre. El Evangelio ha resucitado, y ninguna piedra podrá volver a aprisionarlo jamás.

 

Recordemos que Jesús no viene a bendecir el poder religioso, sino a desenmascararlo e inaugurar un camino de misericordia, libertad e igualdad para los más desfavorecidos.

 

El Templo, en su forma histórica y simbólica, no es simplemente un edificio de piedra: es el monumento erigido por la religión de los hombres, la poderosa construcción de un sistema que pretende hablar en nombre de Dios mientras que, en realidad, lo oculta tras un muro de ritos, prohibiciones, jerarquías y miedos.

 

Allí donde debería resonar la libertad de los hijos, se oye, en cambio, el lenguaje del dominio; allí donde debería brillar la misericordia, se acumulan cargas insoportables sobre los hombros de los pequeños.


El Templo se convierte así en el signo de una fe secuestrada por el poder, administrada por guardianes que no abren las puertas del Cielo, sino que las vigilan para decidir quién puede entrar y quién debe quedarse fuera.

 

Es contra esta religión contra la que Jesús se levanta con la fuerza de los profetas.

 

Él no viene a restaurar el Templo, ni a purificarlo para devolvérselo a sus administradores: viene a declarar su fin como lugar de control sobre el hombre.

 

Jesús desenmascara el corazón enfermo de toda religión construida para someter: una religión que no genera vida, sino dependencia; que no anuncia la cercanía de Dios, sino su lejanía; que no sana las conciencias, sino que las hiere con el veneno de la culpa.

 

Cuando la fe se reduce a un código, a una actuación, al miedo a equivocarse, ya no estamos ante el rostro del Padre, sino ante la caricatura de un poder sacralizado. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Evangelio: Año de Gracia de Dios.

Evangelio: Año de Gracia de Dios

Se necesita atención. Se necesita delicadeza. Se necesita esa vigilancia interior que no nace del miedo, sino del amor por lo que es santo.

 

El Evangelio no es una palabra cualquiera que se consuma a toda prisa, que se utilice como tema de discusión, que se exponga al ruido del mundo como se expone una mercancía en la plaza.

 

El Evangelio es semilla, fuego, espada, levadura.

 

Antes de ser anunciado con la boca, debe ser acogido en la carne; antes de convertirse en palabra dirigida a los demás, debe convertirse en aliento, juicio, mirada, elección.

 

Por eso, el camino de asimilación del Evangelio no puede ser violento ni superficial. No se entra en la mentalidad de Jesús como se cambia de opinión sobre un hecho de actualidad.

 

Se trata de renacer en el pensamiento. Se trata de aprender otra forma de ver el mundo, de habitar el tiempo, de interpretar las heridas de la historia y las promesas de la vida.

 

El Evangelio no se limita a añadir alguna idea religiosa a una existencia ya construida: viene a trastocar los cimientos, a purificar las intenciones, a liberar el corazón de las idolatrías que el mundo llama normalidad.

 

Cuando Jesús dice que no hay que dar lo santo a los perros ni arrojar las perlas delante de los cerdos, pronuncia una palabra dura, casi chocante, pero cargada de verdad.

 

No es desprecio hacia el hombre, no es una condena despectiva hacia quien no comprende. Es discernimiento.

 

Es protección. Es la sabiduría de quien sabe que algunas verdades, si se entregan a un corazón que no está dispuesto a acogerlas, son pisoteadas; y, tras ser pisoteadas, se convierten en motivo de agresión contra quien las ha ofrecido.

 

La palabra evangélica no es frágil, sino sagrada.

 

No teme la contradicción, pero no debe ser profanada por la vanidad. No necesita defenderse con la fuerza, pero pide hombres capaces de llevarla con pureza.

 

Quien no ha emprendido el camino de la conversión del pensamiento, no puede comprender hasta el fondo la lógica del Reino.

 

Porque el Evangelio piensa al contrario que el mundo: quien pierde encuentra, quien se humilla es exaltado, quien perdona vence, quien sirve reina, quien muere por amor vive de verdad.

 

Y he aquí el punto profético de nuestro tiempo: el mundo tolera muchas palabras, pero no soporta la verdad cuando esta se encarna.

 

Soporta el Evangelio como adorno, como memoria cultural, como sentimiento inofensivo; pero se rebela cuando el Evangelio se convierte en criterio, en denuncia, en libertad.

 

Cuando la verdad evangélica desenmascara la hipocresía, el poder se irrita.

 

Cuando revela la mentira que se esconde tras las palabras seductoras, la mentira se vuelve violenta.

 

Cuando libera al hombre del miedo, todos los mercaderes del miedo se sienten amenazados.


Por eso no todo debe decirse de inmediato, no todo debe entregarse en todas partes, no todos los lugares están preparados para recibir lo que es santo.

 

La prudencia evangélica no es cobardía; es fidelidad a la misión.

 

El silencio, a veces, no es una renuncia a la verdad, sino su seno.

 

Hay palabras que deben madurar en el desierto antes de convertirse en anuncio.

 

Hay verdades que deben atravesar la soledad antes de poder ser pronunciadas sin soberbia.

 

Hay perlas que deben guardarse hasta que se encuentre un corazón capaz de reconocer su valor.

 

Asimilar el Evangelio significa, pues, dejar que Él nos juzgue a nosotros antes que a nadie.

 

No podemos denunciar las mentiras del mundo si no hemos permitido que la Palabra desenmascare las nuestras.

 

No podemos hablar de libertad si seguimos siendo prisioneros de la necesidad de aprobación y de la religión de los hombres.

 

No podemos anunciar la luz si guardamos compromisos con las tinieblas.

 

El profeta no es aquel que grita más fuerte, sino aquel que ha sido herido por la verdad y, precisamente por eso, ya no puede venderla.

 

El camino, pues, continúa.

 

Continúa con confianza, incluso cuando el mundo se ríe. Continúa en silencio, incluso cuando todos exigen palabras inmediatas. Continúa en la búsqueda de un pensamiento auténtico y profundo, libre de las mentiras dominantes, libre de consignas, libre de las seducciones de las apariencias.

 

Quien pertenece al Evangelio no debe tener prisa por convencer a todos; más bien debe volverse verdadero.

 

Porque solo lo que es verdadero resiste. Solo lo que es puro atraviesa el fuego. Solo lo que nace de Dios no es devorado por el tiempo.

 

Llegará un día en que las palabras que grita el mundo caerán como polvo, y solo quedarán las palabras guardadas en el corazón de los pequeños.

 

Llegará un día en que las mentiras bien vestidas serán desnudadas, y aparecerá la verdad desnuda, mansa, invencible.

 

Hasta entonces, no malgastemos las perlas.

 

No profanemos lo que es santo.

 

Caminemos con ojos limpios y corazón vigilante, dejando que el Evangelio se convierta en nosotros no solo en pensamiento, sino en carne; no solo en doctrina, sino en vida; no solo en palabra, sino en profecía.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Evangelio: piedra angular del Reino que viene.

Evangelio: piedra angular del Reino que viene

Miremos a los poderosos de este siglo: erigen templos a la eficiencia, proclaman la gloria del vencedor y adoran el simulacro de la fuerza bruta.

 

El mundo habla y su voz es un trueno que impone, un decreto que aplasta, un espectáculo de luces artificiales diseñado para deslumbrar las conciencias y adormecer el espíritu.

 

Exige uniformidad mediante la coacción; utiliza la violencia del juicio y la espada del poder para esculpir la historia a su imagen y semejanza.

 

Pero en la profunda sombra de esta noche, surge la novedad inaudita y escandalosa del Evangelio.

 

Una Palabra que no clama en las plazas para reclamar dominios, sino que se abre paso como un arroyo silencioso, proponiendo un camino que apela a la inteligencia del amor y a la profundidad de la comprensión humana.

 

He aquí la gran paradoja, el secreto guardado desde el principio de los tiempos: el Misterio no edifica su Reino con los mármoles preciosos de los palacios imperiales, ni con las piedras angulares aprobadas por los arquitectos del éxito humano.

 

El Misterio desciende a los vertederos de la historia.

 

Recoge lo que el mundo desecha, recoge los fragmentos de una humanidad pisoteada, levanta las existencias apagadas por la indiferencia y las convierte en los pilares eternos de Su morada.

 

La lógica divina es la inversión total y definitiva de toda sabiduría terrenal.

 

La Escritura transmite esta lógica mediante imágenes muy poderosas.

 

La piedra desechada por los constructores se convierte en piedra angular; lo que se había juzgado inútil resulta ser esencial; lo que se había marginado se revela como fundamento.

 

Esto no es solo una figura poética: es la firma del Misterio en la historia.


El Señor no razona según las escalas del éxito, la eficiencia o la visibilidad. Él entra en el mundo no por la puerta del triunfo mundano, sino a través del umbral de la pequeñez.

 

Y cuando el mundo decreta que una vida es irrelevante, una palabra es débil, una presencia es incómoda o perdedora, precisamente ahí el Misterio puede hacer brotar el comienzo de algo nuevo.

 

La piedra desechada no es un accidente de la obra humana: es el lugar donde Dios desvela la falsedad de los criterios mundanos e inaugura su obra maravillosa.

 

Quien hoy decide abrazar el Evangelio y hacer de estas palabras el eje central y el sentido último de su vida, que no se haga ilusiones. Quien sigue al Nazareno debe contar, como moneda corriente de su viaje, con la experiencia viva y contundente del rechazo.

 

Seréis considerados inútiles por los eficientes, débiles por los violentos, necios por los sabios de este siglo. El mundo no ama el Evangelio, porque la Verdad desenmascara sus mentiras; no tolera la Nueva Lógica, porque esta desarma sus pretensiones de absoluto.

 

La mirada del Misterio sobre la historia humana es un fuego que purifica y no se deja engañar.

 

Mientras los hombres corren tras los focos de la fama, el beneficio y el consenso, el ojo del Altísimo se fija en las luces que el mundo está apagando, en las lucecitas de mecha humeante que la ferocidad social intenta sofocar. Allí, donde la marginación consume los días de los últimos, el Misterio está sembrando la semilla del futuro milenio.

 

Acoger al Espíritu significa recibir unos ojos nuevos. Significa despojarse de las lentes del conformismo para empezar a ver exactamente lo que Él ve: la belleza oculta en el fango, la majestad en la humillación, la victoria en el fracaso de la cruz.

 

Pero adentrarse en esta Nueva Lógica conlleva un precio altísimo, una consecuencia directa e inevitable: el odio del mundo se derramará sobre nosotros. Así como odió al Maestro antes que a nosotros, tampoco perdonará a los discípulos que se nieguen a inclinarse ante sus ídolos.

 

No temáis el rechazo, no os asustéis ante el exilio moral al que seréis condenados. Justo cuando os sintáis descartados y marginados por los engranajes del mundo, sabed que en ese preciso instante os habéis convertido en la materia prima en manos del Misterio.

 

La lógica de la fuerza ya está declinando bajo el peso de su propia ceguera; la Lógica de la Piedra Descartada, en cambio, está a punto de revelarse como la única roca capaz de sostener la eternidad.

 

Por eso, quien quiera seguir el Evangelio hasta el final, que deje de preguntarse dónde está ganando el mundo y comience a preguntarse dónde está actuando el Misterio.

 

Quizá no en los lugares del aplauso, sino en los de la fidelidad; quizá no en los centros del poder, sino en las heridas de la historia; quizá no en las palabras que dominan, sino en las que sirven; quizá no en lo que han elegido los constructores, sino en lo que han rechazado.

 

Allí, precisamente allí, puede esconderse la piedra angular del Reino presente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Aquella Palabra que transforma.

Aquella Palabra que transforma 

Lo que falta casi nunca es la luz. Tampoco es la llamada. No es la oportunidad, ni el paso del Misterio por el polvo de nuestras calles.

 

Lo que falta, mucho más a menudo de lo que estamos dispuestos a admitir, es el valor.

 

El valor puro, esencial y decisivo de quien acepta no quedarse donde está.

 

El valor de quien, al sentirse llamado a una vida diferente, deja de tratar esa voz como una hipótesis poética y empieza a reconocerla como una posibilidad real.

 

Ahí es donde se juega todo: no en la cantidad de palabras escuchadas, sino en la fuerza con la que se responde a una sola palabra cuando por fin nos alcanza.

 

Deshacerse del manto, como izo aquel ciego al borde del camino, significa precisamente esto. Significa renunciar a aquello que, aunque nos haya protegido, se ha convertido también en el símbolo de nuestra inmovilidad.


El manto no es solo un objeto: es la costumbre que nos justifica, es el dolor que hemos aprendido a llamar identidad, es el fracaso que ya narramos como destino, es la suma de los miedos que nos convencen de que quedarnos quietos es más sensato que arriesgarnos.

 

Hay personas que se acuestan sobre sus propios errores como sobre un lecho antiguo, y acaban confundiendo la herida con su propio hogar. Pero ninguna curación comienza hasta que surge la santa decisión de dejar en el suelo aquello que impide caminar.

 

La diferencia, pues, está precisamente ahí: en el valor de cambiar.

 

No en un cambio superficial, cosmético, exterior, sino en esa conversión concreta que vuelve a poner en pie el alma.

 

Porque hay vidas que no necesitan ser adornadas, sino resucitadas.

 

Y no se resucita sin un desgarro, sin un desprendimiento, sin una ruptura clara con todo aquello que nos mantiene clavados a una versión empobrecida de nosotros mismos.

 

Cambiar de verdad es a la vez un acto de fe y de lucha: es declarar que el pasado ya no tiene derecho a gobernar el presente, que el miedo ya no será nuestro consejero, que el cansancio no tendrá la última palabra.

 

Y, sin embargo, este impulso no surge de la nada. No es autosugestión. No es una técnica de motivación.


El nuevo comienzo cristiano nace siempre de una invitación real.

 

Hay Alguien que nos llama.

 

Hay una Palabra que atraviesa el ruido, interrumpe la resignación, abre una brecha en la inercia y dice que otra vida es posible.

 

El punto decisivo es este: la propuesta no proviene de nuestras fantasías, sino de una Presencia. Es la fuerza de una voz que nos precede y nos conoce.

 

Nosotros no inventamos la salvación; sin embargo, podemos reconocerla cuando pasa, y podemos elegir entre quedarnos tumbados o ponernos en pie.

 

Este es el Misterio: el espacio delicadísimo y poderoso en el que una vida diferente deja de ser un sueño y empieza a convertirse en historia.

 

El Misterio no es una evasión de la realidad, sino su corazón más profundo. Es el lugar en el que Dios no nos humilla recordándonos lo que hemos sido, sino que nos abre ante lo que podemos llegar a ser.

 

Y cada vez que esto ocurre, la existencia se vuelve más verdadera, más íntegra, más auténtica. No porque todo se vuelva fácil, sino porque todo encuentra por fin un centro.

 

La verdad de la vida no coincide con la ausencia de lucha; coincide con la presencia de un sentido que hace que incluso la noche sea transitable.


Por eso, la posibilidad de una vida nueva está encerrada en una Palabra. 


Una Palabra que, en apariencia, parece igual que las demás. 


Pasa entre mil discursos, se posa junto a las frases que escuchamos cada día y, sin embargo, lleva en sí un peso diferente, una densidad diferente, un poder secreto.

 

No alza la voz, pero cambia el corazón. No impone, sino que llama. No aplasta, sino que genera.

 

La Palabra de Dios no se reconoce por el estruendo, sino por sus efectos: donde es acogida, levanta; donde se cree, libera; donde se obedece, transforma. Y a menudo descubrimos su verdad solo después de haberle dado crédito, solo después de haber hecho lo que dice.

 

Por eso la Palabra no está hecha para ser conservada como un objeto sagrado que exhibir, ni para ser aprendida de memoria como una fórmula que repetir.

 

La Palabra está hecha para ser puesta en práctica. Para ser vivida. Para convertirse en carne en las elecciones, en orientación en los pasos, en libertad en las decisiones, en fuego en los huesos.

 

Una fe que se limita a recordar permanece estéril; una fe que obedece se vuelve fecunda.

 

El drama de muchos creyentes no es no haber escuchado lo suficiente, sino haber pospuesto durante demasiado tiempo el momento del «».

 

Quizá el tiempo que vivimos exige precisamente esto: hombres que no se limiten a comentar la Palabra, sino que se dejen despertar por la Palabra; personas capaces de dejar el manto en el umbral del pasado y de levantarse con la determinación de quien ha comprendido que la llamada es verdadera.

 

Porque cada vez que alguien encuentra el valor de creer hasta el final, el mundo se abre un poco más a la esperanza.

 

Y cada vez que la Palabra se vive en lugar de solo citarse, ocurre algo profético: la tierra vuelve a ver el cielo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...