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miércoles, 2 de septiembre de 2026

La libertad del peregrino para ponerse en camino.

La libertad del peregrino para ponerse en camino

Quien dice habitar en el Espíritu, pero permanece encadenado a sus propios límites, se miente a sí mismo.

 

La dimensión del Misterio no es un puerto seguro donde amarrar, sino un océano sin orillas que exige el valor de zarpar.

 

¡Ay de quienes se quedan quietos!

 

La vida sedentaria del alma es la tumba de la profecía.

 

Hemos construido recintos alrededor de nuestras tareas y muros alrededor de nuestros lugares, llamándolos seguridad. P

 

ero el Espíritu del Misterio no se deja secuestrar por nuestras costumbres, ni se domestica con la repetición de gestos vacíos de fuego.

 

Él es el Misterio del Éxodo, el soplo que empuja hacia fuera, la voz que llama a caminar por senderos que aún no existen.

 

Entremos en la nueva dimensión.

 

Acoger al Espíritu significa rasgar el velo del tiempo lineal y del espacio limitado. Es nacer a una libertad que el mundo no conoce: la libertad de no estar definidos por lo que hacemos, sino por Aquel que nos llama.

 

No somos nuestro papel, no somos nuestra tierra; somos caminantes del Infinito, dispuestos a cambiar de rumbo al más mínimo susurro del Viento.


No hay vuelo sin raíces sumergidas en el silencio. Nadie puede decirse libre si no se nutre a diario del Misterio, en un diálogo que no conoce descanso.

 

La libertad no es ausencia de vínculos, sino el abrazo constante con la Fuente. Todo fluye de Él y a Él todo debe volver.

 

Sin este contacto íntimo, perseverante y prolongado, vuestra libertad se convertirá pronto en un nuevo desierto, y vuestro movimiento en una huida vana.

 

Que este sea, pues, nuestro camino: busquemos su rostro en lo secreto, para ser fuego en la plaza. No temamos lo incierto, pues quien pertenece al Espíritu no tiene dónde recostar la cabeza, pero posee el universo entero.

 

La libertad espiritual no es la facultad de hacer lo que uno quiere, sino la capacidad de convertirse en lo que uno es en lo más profundo, liberándose de las cadenas invisibles que nos esclavizan.


Salir de la vida «sedentaria».

 

No se trata solo de movimiento físico, sino de desapego interior.

 

La libertad espiritual es la capacidad de habitar el mundo sin poseerlo.

 

Quien es libre no pertenece a ningún lugar, sino que es un peregrino. Esto le hace inmune a los chantajes de la comodidad y la seguridad material.

 

Es la libertad de quien sabe que su patria está en los cielos (o en lo Invisible) y, por eso, puede estar plenamente presente en cualquier lugar sin ser esclavo de nada.


Esta es la parte más paradójica: solo se es libre cuando uno se une a algo más grande. Sin el contacto diario con el Misterio (la meditación, la oración, el silencio), la libertad degenera en arbitrariedad o en soledad.

 

Al igual que una cometa solo es libre de volar mientras está atada al hilo, el ser humano alcanza su máxima plenitud cuando reconoce que «todo viene de Él y a Él vuelve».

 

La dependencia de la Fuente nos libera de las dependencias del mundo (el juicio ajeno, las dependencias emocionales, la ansiedad por el rendimiento…).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 1 de septiembre de 2026

Peregrinos audaces y portadores de un fuego nuevo.

Peregrinos audaces y portadores de un fuego nuevo

En verdad os digo: no convirtáis la carne y el nombre en vuestro ídolo eterno.

 

Las paredes de la casa paterna no son los límites del mundo, ni la sangre que corre por las venas es una cadena que ata el espíritu a la inmovilidad.

 

Escuchad la voz que clama en el desierto del presente: las relaciones familiares no son un absoluto.

 

Llegará el momento —y es este— en el que tendréis que apostar solo por aquello que genera vida aquí y ahora.

 

No os dejéis engañar por el mito del linaje: los lazos de sangre no son un destino escrito en las estrellas.

 

Solo se vuelven sagrados si se cultivan en el jardín del cuidado y del sentido, pero lo que se ha quedado árido, lo que se ha convertido en una prisión, puede y debe dejarse atrás. Sin culpa, sin mirar atrás.

 

Quien camina en busca del Misterio debe llevar las sandalias de la libertad.



No se puede escalar la cima del Infinito si se está lastrado por obligaciones que ya no tienen alma.

 

En un momento dado del camino, el profeta que hay en vosotros exigirá el valor de la salida: abandonar el hogar que ya no calienta, romper los sellos de los lazos que fueron necesarios para nacer, pero que ahora impiden convertirse.

 

He aquí la nueva alianza: una fraternidad que no nace del vientre materno, sino de la dirección del paso.

 

Encontraréis hermanos y hermanas a lo largo del camino, no porque compartáis el mismo apellido, sino porque miráis hacia el mismo horizonte.

 

Serán compañeros de viaje durante una temporada o por un instante; relaciones intensas como llamas que luego, con dulzura, desaparecerán de la escena para que el camino continúe.

 

No busquéis la verdad necesariamente en el camino de vuelta a casa.

 

La Luz del Misterio no habita en el pasado, sino que orienta el paso hacia lo desconocido. Exige una libertad radical, porque solo quien es verdaderamente libre puede vislumbrar la dirección.


 

Id, pues: dejad que los muertos entierren a los muertos y seguid la estela luminosa que os llama. Porque vuestra verdadera familia está compuesta por aquellos que, como vosotros, han tenido el valor de perderse para reencontrarse en el Todo.

 

Sí, escuchad: ha llegado el día en que el Espíritu sopla donde quiere, y quien tenga oídos para oír, que se despoje de las antiguas corazas.

 

No temáis ser caminantes sin patria, porque el Reino no está reservado para quienes se quedan, sino para quienes se atreven a partir.

 

La tierra prometida no se encuentra aferrándose a las raíces, sino desplegando las alas del corazón sobre abismos desconocidos.

 

No seáis como aquellos que, por miedo a la soledad, alzan muros cada vez más gruesos en torno a vínculos ya extinguidos.

 

La verdadera bendición se manifiesta a quien, en la noche, tiene el valor de abandonar el puerto seguro para perseguir un destello en el horizonte.


 

Recordad: también Abraham fue llamado a salir de la casa de su padre, y solo así se convirtió en padre de multitudes.

 

Sed audaces a la hora de acoger a hermanos y hermanas nacidos no de la sangre, sino del mismo sueño.

 

Sed madres de cada gesto que engendra vida, padres de cada palabra que abre caminos.

 

En estos tiempos, en los que el desierto parece avanzar y las certezas se desmoronan como arena entre los dedos, los sembradores de sentido reconocerán a sus semejantes en la sonrisa de un desconocido, en el abrazo inesperado, en la compasión que traspasa todas las fronteras.

 

Y cuando os sintáis solos, recordad: quien confía en lo Invisible nunca está abandonado.

 

Entre los recovecos del camino, el eco del Espíritu os alcanzará, y comprenderéis que ninguna cadena es lo suficientemente fuerte como para retener a quien está llamado a la libertad.

 

Porque la verdadera sangre que une es la de la esperanza compartida, de la fe que arde, del amor que no conoce límites.

 

Sed, pues, peregrinos audaces, portadores de un fuego nuevo.

 

Y cuando todo parezca perdido, allí, más allá de la sangre, descubriréis la familia de los corazones abiertos, la comunión de los buscadores, la casa sin muros, donde el Misterio espera a quienes saben reconocer la voz que llama desde el futuro.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 13 de julio de 2026

La escuela de María: los lugares espirituales marianos en el seguimiento de Jesús.

La escuela de María: los lugares espirituales marianos en el seguimiento de Jesús 

La liturgia de la fiesta de la Virgen del Carmen nos sugiere hacer una pausa en otro monte, el Calvario, donde una mujer y un hombre acogen el testamento del Hijo de Dios colgado en una cruz: “¡Mira, tu madre!… ¡Mira, tu hijo!…. 

Todo parece llegar a su fin. En breve, la muerte dirá la última palabra sobre una experiencia que tiene todas las características de un fracaso. El mismo Jesús, pocas horas antes, había dicho a los discípulos que, una vez golpeado el pastor, se dispersarían cada uno por su lado. Sin embargo, alguien parece desmentir esas palabras: María, las otras mujeres y el discípulo que Él amaba no tienen mejor lugar en el que estar que a los pies del Hijo en la cruz. Mientras los discípulos se han dispersado, lo femenino no huye. 

Estaba... ¡Qué riqueza de evocaciones en ese estar! En una experiencia de conflicto entre la resistencia y la fragilidad, lo femenino consigue inclinar la balanza hacia la primera, hacia la capacidad de perseverar. Cuando el drama se desata y se debate entre la coherencia interna y la adaptación al colectivo, María y lo femenino del Evangelio no traicionan la palabra dada. Los discípulos varones no han resistido la irrupción de los múltiples sentimientos que pueden prevalecer en un momento como ese: no logran manejar el miedo, el sufrimiento, la ira, la depresión, la angustia,… 

Estaba... para Juan, el estar, el permanecer es la forma en que se expresa el creer. La fe, de hecho, no es una experiencia de un momento, no tiene nada que ver con el escalofrío o la emoción que se desvanece en un instante. Estar al pie de la cruz no es el estar de quien no se aleja. Ese permanecer tiene un significado muy diferente. Ya es evidente que la historia humana de Jesús está a punto de naufragar. Humanamente, no quedaría más que dejar que los acontecimientos siguieran su curso, como sugiere precisamente la actitud de los discípulos varones. No queda más que dirigirse a otra parte. ¿Tiene sentido permanecer en el lugar de la derrota cuando no se puede hacer otra cosa que sufrir inútilmente una situación sin salida? 

Estaba... La actitud femenina, en cambio, sugiere salir de esta lógica de «lo tomas o lo dejas». María y lo femenino eligen expresar una fe capaz de habitar la contradicción: esta, de hecho, no se disuelve decidiendo marcharse. La vida misma, de hecho, es contradictoria y no por ello debe abandonarse. 

Estaba... se trata de estar para comprender, para no detenerse en las apariencias. Se trata del estar que sigue expresando afectos, tejiendo lazos y cultivando pasiones. Ante los ojos de aquellas mujeres no hay solo un hombre que sufre injustamente una pasión. Hay más bien un hombre que ha vivido con pasión, que ha hecho de esa muerte —como ya de su vida— una experiencia de revelación del rostro de Dios. 

Estaba... sin pretender captar al vuelo el sentido de lo que estaba sucediendo. Permanecer afinando la capacidad de escuchar. 

He aquí a tu madre... ¿Qué significa la entrega de María a los discípulos de todos los tiempos? Frecuentar los lugares de María, estar junto a Ella, para ser formados por Ella. 

Nazaret, ante todo, donde la encontramos escuchando la Palabra de Dios, tratando de discernir lo que el Señor pide a su vida y disponiéndose a acogerlo hasta convertirlo en carne de su carne. También nosotros tenemos un Nazaret en el que, gracias a nuestro sí, podemos permitir que la Vida venga a la vida. 

Belén, donde ella trata de comprender y guarda en su corazón todo lo que sucede en torno a ese niño. También para nosotros hay un Belén en el que no logramos conciliar el don de Dios y la desproporción de los signos con los que se manifiesta. 

Jerusalén, donde, mientras cumple la Ley, se le dice que estará estrechamente involucrada en la pasión de su Hijo, hasta el punto de que una espada le traspasará el alma. También hay para nosotros una Jerusalén que nos exhorta a donarnos hasta el final, una Jerusalén de la que con gusto apartaríamos la mirada y los pasos. 

De nuevo Nazaret, hecha de anonimato, pero caracterizada por una obra tan delicada como preciosa: la educación de Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. También para nosotros hay una Nazaret hecha de ocultamiento, pero no por ello irrelevante en la economía salvífica de Dios. 

El Calvario, donde entrega al Padre lo que le pertenecía, el Hijo Jesús, y acoge a cambio a todos los hombres y mujeres del mundo, encontrando así nuevas razones para seguir viviendo. También hay un Calvario para nosotros cuando somos llamados a acoger en nuestro seno un misterio de maldad que puede ser vencido sin devolver con la misma medida. 

Y, por último, el Cenáculo, donde se edifica la comunidad cristiana alimentándose de la oración y de la disponibilidad a dejarse guiar por el Espíritu de Dios. También hay un Cenáculo para nosotros, donde edificar nuestra comunidad, aceptando ante todo estar allí y luego con docilidad a la acción del Espíritu que nos guía por caminos que tal vez no habíamos previsto. 

Creo que todo esto significa acoger a María entre nuestras cosas, como hizo aquel día el discípulo que Jesús amaba. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Feliz día del aniversario de la fundación de nuestra Congregación de Hijos del Inmaculado Corazón de María – Misioneros Claretianos.

Feliz día del aniversario de la fundación de nuestra Congregación de Hijos del Inmaculado Corazón de María – Misioneros Claretianos 

La figura de María, Madre de Dios, es uno de los puntos centrales de la fe cristiana. Su presencia en la historia religiosa y en la vida de los creyentes ha tenido un impacto profundo y duradero. El privilegio de tener a María como Madre es un don de una belleza inconmensurable que va más allá de las palabras y las descripciones. Intentemos comprender juntos la extraordinaria belleza y el significado espiritual de tener a María como madre. 

La maternidad espiritual de María 

María fue llamada «Madre de Dios» porque llevó en su seno al Hijo de Dios, Jesucristo. Pero su maternidad no se limita solo a lo físico. María se convirtió en madre espiritual de todos los creyentes, una madre que nos acoge, nos guía e intercede por nosotros ante su Hijo. Este papel maternal de María se refleja en su amor incondicional, en su compasión y en su disposición a ayudarnos en el camino de la fe. 

La belleza del amor maternal de María 

El amor maternal es un sentimiento profundo y poderoso que supera todas las fronteras y barreras. María, como madre espiritual, nos ofrece su amor maternal de una manera única y especial. Su corazón maternal está lleno de ternura, compasión y misericordia. María comprende nuestras alegrías, nuestras preocupaciones y nuestros sufrimientos, y comparte con nosotros todos los aspectos de nuestra vida. Su amor maternal nos nutre, nos consuela y nos da la fuerza para afrontar los retos cotidianos. 

El ejemplo de humildad y devoción de María 

María es un ejemplo extraordinario de humildad y devoción. A pesar de haber sido llamada a una tarea tan grande y extraordinaria - ser la Madre de Dios -, acogió el anuncio del ángel con humildad y confianza absoluta en Dios. Su humildad se manifiesta también en estar siempre al servicio de los demás y en ponerse en segundo plano con respecto a su Hijo. María nos enseña la importancia de una vida de oración, de una confianza total en Dios y de una actitud de servicio hacia los demás. 

La intercesión de María 

Uno de los dones más hermosos de tener a María como madre es su intercesión ante Dios. María, a quien se le han atribuido muchos títulos como «Consoladora de los afligidos», «Salud de los enfermos» y «Ayuda de los cristianos», es una intercesora poderosa y amorosa. Podemos acudir a Ella con confianza, pidiendo su intercesión por nuestras necesidades espirituales y materiales. María escucha nuestras oraciones y las presenta a su Hijo con amor maternal, ayudándonos a obtener las gracias que necesitamos. 

La belleza de la unión con María 

Ser conscientes de tener a María como Madre espiritual nos une a una comunidad más amplia de creyentes que comparten este mismo don. En todo el mundo, millones de personas honran y se encomiendan al amor maternal de María. Esta comunión de fe y amor nos acerca unos a otros y crea un vínculo especial entre los fieles. Juntos, podemos crecer en la fe, encontrar consuelo y esperanza en la maternidad de María y dar testimonio de la belleza de tener a María como Madre. 

María es Madre de la humanidad 

La belleza de tener a María, Madre de Dios, como nuestra Madre espiritual es un don que supera toda medida. Su amor maternal nos envuelve, nos guía y nos sostiene a lo largo del camino de la vida. Su intercesión ante Dios es un tesoro inestimable, y su ejemplo de humildad y devoción nos inspira a vivir una vida de fe más profunda. Podemos celebrar esta belleza con gratitud y alegría, sabiendo que María está siempre presente como Madre amorosa, dispuesta a acogernos y acompañarnos hacia Cristo. 

Siguiendo el ejemplo del Padre Claret, de nuestros Cofundadores, de nuestros Mártires Claretianos, testigos de una devoción admirable por María, encomendemos a Ella toda nuestra vida, conscientes de que en Ella encontramos una Madre siempre dispuesta a acogernos, escucharnos y amarnos impulsándonos a la misión de su Hijo. 

Y aprendamos de Ella a vivir nuestra vocación claretiana y nuestro servicio misionero en el mundo y en la Iglesia como un ejercicio maternal de ayudar a gestar y alumbrar los nuevos cielos y la nueva tierra del Reino. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 13 de junio de 2026

En la escuela del Inmaculado Corazón de María

En la escuela del Inmaculado Corazón de María

Dios tiene un corazón…

 

De eso nos habla a los Misioneros Claretianos la Fiesta del Inmaculado Corazón de María.

 

Dios tiene un corazón… ¿y cómo lo manifiesta? Exactamente como lo haríamos nosotros: eligiendo a alguien con quien vincularse para siempre.

 

Dios, de hecho, elige a un pueblo al que pertenecer de manera única para que todos los demás pueblos puedan conocer lo que Él desea realizar con cada hombre. Israel se convierte en el signo de cómo Dios quiere establecer con cada uno de nosotros un vínculo fuerte y personal, un vínculo tan sólido que nada podrá romperlo jamás.

 

El Señor se ha unido a ti porque te ama…

 

Un amor que tiene su savia en la gratuidad: Israel no tendría características de importancia, de fuerza o de número. Es incluso el más pequeño de todos los pueblos. Su grandeza reside en el hecho de que el Señor ha posado su mirada sobre él y le ha entregado su corazón.

 

La señal más verdadera de este amor es la liberación de la condición de esclavitud. ¡Qué revelación para nuestras relaciones! Es amor cuando se reconoce al otro su dignidad y se le pone en condiciones de vivir fuera de un régimen de opresión.

 

Cuando Israel no conocía más que una experiencia de esclavitud, ese corazón transforma la condición del pueblo en un grito desgarrador que le lleva a intervenir para liberarlo. E Israel se descubre así llamado a hacer suyo el mismo corazón de Dios, a hacer que su corazón se transforme siempre en un corazón de carne.

 

Dios tiene un corazón…


Y el Corazón de María quiere ser una invitación a cruzar su umbral y morar en él para que el nuestro se dilate a la medida del Corazón de Dios.

 

Porque el corazón es el punto de vista desde el que contemplar el misterio de Dios.

 

A los Misioneros Claretianos nos gustaría hacer nuestro el gesto del discípulo amado que intenta descansar sobre el pecho de Jesús, casi para captar las razones de ese corazón. En este sentido, es cierto el dicho de Pascal: El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce (Pensamientos, 146)

 

Un corazón apasionado, ante todo. Es decir, un corazón que late, que palpita según la condición del corazón del hombre. Es la condición del hombre la que dicta sus latidos más o menos rápidos y la que lo hace estremecerse de compasión.

 

Qué hermoso es saber que el Corazón de María late según lo que yo estoy viviendo, según lo que estoy atravesando. Y es siempre un latir en el signo de la ternura.

 

Un corazón que tiene los rasgos de la experiencia materna: era para ellos como quien levanta a un niño hasta su mejilla; me inclinaba sobre él para darle de comer. Así lo atestiguará el profeta Oseas.

 

Corazón herido y traspasado… pero un amor fiel el que emana del corazón. Siempre un corazón maternal, nunca resentido, nunca endurecido. No conoce cerrazones ni exclusiones, y mucho menos expulsiones. Incluso cuando se siente herido y traspasado, ese corazón no deja de esperar.

 

Aprended de mí… es la invitación que nos dirige el Señor Jesús. Aprender del corazón de Dios. Aprender del Corazón de María.

 

¿Qué debemos aprender? La humildad y la mansedumbre: el sentir correcto de uno mismo y el dejar que el otro crezca y que yo disminuya. ¡Una escuela difícil de frecuentar pero cuán fecunda!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 7 de junio de 2026

El Corazón Inmaculado de la Madre.

El Corazón Inmaculado de la Madre 

El día 16 de julio de 1849, en una celda del Seminario de Vic, nacía la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María o Misioneros Claretianos. La gran obra de San Antonio María Claret comenzaba humildemente con cinco sacerdotes dotados del mismo espíritu evangelizador y misionero que el Fundador. 

La fundación se atribuye a la intervención de la Virgen María, a quienes sus Hijos tenemos como Patrona bajo el título de su "Inmaculado Corazón". Siendo y llamándonos "Hijos del Inmaculado Corazón de María" la veneramos con amor filial. Y nos entregamos a Ella para ser configurados con el misterio de Jesucristo y para cooperar con  su oficio maternal en la misión apostólica de la Iglesia y al servicio del Evangelio del Reino para que Dios sea conocido, amado, servido y alabado.

Un misionero claretiano habla al Corazón de María… Y es que no hay sonido para un hijo como el sonido del corazón de su madre… Los latidos del corazón de la madre se convierten en música y palabras para su hijo… 

Al leer los relatos posteriores a la Pascua se tiene la clara sensación de que la Iglesia nació de un impulso de esperanza. Por supuesto que es el Espíritu quien está en su origen, pero la acción del Espíritu se traduce en un movimiento de esperanza que cautiva. La resurrección de Jesús verdaderamente había "regenerado a sus discípulos con una esperanza nueva" (1 Pedro 1, 3). Con esta esperanza emprendieron los caminos de la historia. 

También hoy el anuncio del Evangelio necesita ser regenerado por la esperanza. Nada se hace sin esperanza. Los seres humanos van donde hay un aire de esperanza y huyen donde no sienten su presencia. Hoy es necesario anunciar, ofrecer, difundir esperanza en el mundo. Para dar esperanza a un mundo que ha perdido el sentido de esperanza y por eso está espiritualmente extinguido: quitemos la esperanza y toda la humanidad se adormece, borremos la esperanza y todas las artes y virtudes desaparecerán, robemos la esperanza y todo perecerá. 

¿Cómo es posible anunciar hoy la esperanza a un mundo, a una humanidad que vive el día a día, sin grandes entusiasmos e impulsos hacia el futuro? Ciertamente la esperanza no se transmite porque uno la estudia, la debate o la explica, sino sólo si se la posee o, mejor aún. Si se deja poseer por ella. 

Para ser "misioneros de la esperanza" creo que ante todo es necesario empieza por uno mismo. Necesitamos aprender a encender la esperanza dentro de nosotros. Las cosas "verdaderas" de la vida surgen siempre de dentro, ¡porque sólo en la interioridad y en el silencio pueden crecer y madurar! ¡Cuántas personas pierden la esperanza quizás precisamente porque pierden el camino hacia la interioridad del corazón! La esperanza sólo se vuelve posible y habitable si nosotros mismos, ante todo, creemos que es así. ¡Es el camino del contagio, del convencimiento! 

María nos invita a los misioneros claretianos: 

- a profundizar. Sólo los que tienen hambre aprecian el pan. Sólo quien ha cavado en sí mismo una verdadera necesidad de salvación puede esperar... sólo quien ha cavado en sí mismo un verdadero deseo de encuentro puede esperar… el abrazo pleno con Dios; 

- a educar nuestro ser en la belleza, en la bondad, en la verdad...en la experiencia y sentido de nuestros propios límites...en la experiencia y sentido del don gratuito...En decir 'no' a un proyecto de vida en el que queremos ser autosuficientes para nosotros mismos como si nos bastáramos a ser únicos recursos, única realización, única meta...; 

- a avanzar en la conversión: a descubrir que Dios, en Jesucristo, es el gran recurso, el proyecto maravilloso, la meta de la humanidad, ¡que sólo en Él todas nuestras expectativas encuentran cumplimiento!; 

- a creer que el Señor es, por su naturaleza, sorpresa que rompe nuestras soledades abandonados a nuestro egoísmo, a nosotros mismos. A aprender a contemplar detenidamente y con la inteligencia del corazón y con la sencillez de espíritu el entramado de las horas y de los días en el que Dios prepara siempre su novedad, su sorpresa. Nuestra reserva de alegría y esperanza proviene del asombro, de saber sorprendernos por lo que la mano de Dios realiza en nuestra vida y en la historia. 

María nos dice que ser misioneros de la esperanza es saber ser hombres de sorpresa para los demás, con un gesto de impredecible amor, con una palabra que alegra, con una visita que consuela, con una atención a aquellos cuya vida es oscura y monótona... 

¡María nos dice que ya tenemos una certeza! La espera, la esperanza es el alma de la existencia humana y para nosotros el Dios verdadero vendrá, aunque no sepamos cuándo ni cómo, ¡si al amanecer o a altas horas de la noche! ¡Por eso no debemos temer en nuestro corazón! 

Un medio para contagiarnos de esperanza es la alegría y la paz interior. San Pablo nos lo recuerda en la Carta a Romanos 15,13: "Que el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en la fe, para que abundéis en esperanza por la fuerza del Espíritu Santo". ¡La alegría y la paz interior revelan la presencia de la esperanza, como el aroma de una flor! 

¡Otra forma es esperarlo todo por amor! Aquí también escuchamos a San Pablo: ¡la caridad todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta! (cf. 1 Corintios 13, 7). Significa mantener abierta a todos, sin excluir a nadie, la posibilidad del bien. Esperando que "en cada momento exista la posibilidad del bien para el otro hombre; esta posibilidad del bien significa un progreso cada vez más magnífico en el bien, de perfección en perfección, o una resurrección de la caída, o una salvación de la perdición, etc.... Por tanto, no abandonéis a un hombre ni confiéis en él sin amor, porque es posible que hasta el hijo más perdido pueda salvarse, que hasta el enemigo más acérrimo pueda volver a ser tu amigo; es posible que el que ha caído tan profundamente resucite; es posible que el amor que eres una vez que se ha enfriado vuelves a arder: por tanto, nunca abandones a un hombre, ni siquiera en el último momento, no te desesperes, no, ¡espera todo!" (Soren Kierkegaard). 

No podemos limitarnos a denunciar las posibilidades del mal que existen en el mundo, en la sociedad. La experiencia demuestra que se logra mucho más con una vida positiva, insistiendo en las posibilidades del bien. Una pregunta: ¿pero de esta manera no nos exponemos a decepcionarnos y parecer ingenuos? 

Ésta es la gran tentación contra la esperanza, sugerida por la prudencia humana o por el miedo a que los hechos demuestren que estamos equivocados. Pero no es por esperar demasiado lo que uno se confunde, sino por esperar poco o por no esperar nada. Cuando por amor lo esperas todo, ¡nunca podrás confundirte! El apóstol Pablo también nos dice que "abundemos en esperanza", que no tengamos miedo de exagerar hasta la desmesura. No podemos darle al mundo un mejor regalo que ofrecerle esperanza. No esperanzas humanas y efímeras, sino esperanza pura y simple, también aquella que, sin saberlo, tiene la eternidad como horizonte y a Jesucristo y su resurrección como garante. Será entonces esta esperanza teológica la que actuará como trampolín para todas las demás esperanzas humanas legítimas. 

Como aprendices y discípulos, los misioneros claretianos compartimos con el resto de los creyentes ciertas razones para la esperanza: 

- la primera es la que proviene de la fe: Jesucristo ha vencido el mundo; 

- la segunda es la que viene de la historia: si la fe cristiana fue fermento en el pasado para un mundo diferente, ¿por qué no puede serlo hoy? ¿O no será nuestra fe la que ha disminuido?; 

- una tercera razón nos la da lo bueno y positivo que existe en los seres humanos hoy en día, y que no debe pasarse por alto. Necesitamos ser capaces de ver el anhelo de un mundo nuevo, presente también hoy, de muchas y diferentes maneras, para colaborar a todo ello con humildad, sin protagonismos. 

María, Tú que buscaste en esperanza, enseña a los hijos de tu Corazón Inmaculado, a mirar hacia los alto, hacia dentro, hacia adelante. 

En la Carta a los Hebreos 6,19-20, el autor habla de la esperanza utilizando la imagen del ancla: "es como un ancla de nuestra vida, segura y firme, que penetra hasta el interior del velo del santuario, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec". La imagen también es un poco extraña, en el sentido de que el ancla aquí no se echa en las profundidades del mar sino en las alturas del cielo: penetra más allá del velo... La esperanza, por tanto, está arraigada en el santuario celestial, donde Cristo ha entrado por nosotros como “precursor”. 

En referencia a ti, María, estas palabras me sugieren: 

- que tu esperanza va más allá de los límites del tiempo y del espacio: aunque construida en la "tierra", sólo se realizará en el "cielo", así como también Cristo se realizará en la plenitud de su gloria sólo con el Padre; 

- que tu esperanza no permaneció prisionera de objetivos puramente terrenales y humanos. ¡Cuántas esperanzas se extienden hoy! ¡El ser humano que sólo se tiene a sí mismo como meta de su futuro ya se encamina hacia alguna forma de "des-esperación"! 

- que el fundamento de tu esperanza era Cristo en la totalidad de su misterio, que comenzó en ti en la Encarnación y que se cumplirá con su exaltación ante el Padre, incluso con su regreso glorioso al final de los tiempos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

María, misionera del Reino, es gracia y don para todo misionero claretiano.

María, misionera del Reino, es gracia y don para todo misionero claretiano 

María es una joven judía, de una provincia remota del Imperio romano. Su nombre es común entre las mujeres del pueblo de Israel, la más famosa es Miriam, hermana de Moisés. Es una sencilla muchacha del campo que vive lejos del centro religioso de Jerusalén y del esplendor del Templo con su aristocracia sacerdotal. Como las demás mujeres del pueblo, habrá cosido ropa, cocinado, recogido leña para el fuego, ido a buscar agua al pozo y trabajado en el campo para ayudar a la familia. 

San Lucas, entre los evangelistas, es el que nos cuenta un poco más sobre ella. Por su Evangelio sabemos que la Virgen, tras el anuncio del arcángel Gabriel y al comienzo de su embarazo, emprende un viaje hacia una región montañosa para llegar a una de las ciudades de Judea (cf. Lc 1,39), donde vive su anciana pariente Isabel, que está a punto de dar a luz milagrosamente a un niño. 

María, nada más enterarse del sensacional acontecimiento, se dirige hacia ella y se pone en camino: el verbo griego - eporeuthe - utilizado es un verbo muy utilizado en el Nuevo Testamento para indicar el ir y el caminar de Jesús y sus discípulos (cf. Mt 19,15; Mc 10,17; Lc 7,11; 9,51.52.56.57; Jn 4,5); y lo que es aún más interesante, es el verbo utilizado por Jesús tanto en el discurso de la misión (cf. Mt 10,6.7), como en el momento de la entrega del mandato misionero a sus discípulos (cf. Mt 28,19 y Mc 16,17). Jesús, además, dirige esta misma orden de «¡ve!» también a una mujer, María de Magdala, en Jn 20,17. 

María es la «primera misionera» y hace que Jesús realice, llevándolo en su vientre por los polvorientos caminos de Judea, su «primer viaje misionero», anticipando también lo que será la acción de la comunidad cristiana; por ahora es María quien conduce a su hijo, él que de adulto estará siempre «en camino» y ni siquiera tendrá dónde recostar la cabeza (cf. Mt 8,20; Lc 9,58). Parece que María sienta las bases de su paso de pueblo en pueblo, en los años de su vida pública. 

El evangelista San Lucas añade también algunos detalles al camino de María. Nos dice que camina con celo y solicitud. Se mueve rápidamente, impulsada por un impulso interior que denota un compromiso serio. 

Es una descripción cualitativa del alma de María en ese momento, más que una indicación espacio-temporal: María camina rápido, tendida hacia la meta sin distraerse. Lo que la impulsa no es la ansiedad; no es la prisa dispersiva y distraída, sino la urgencia del Reino y el deseo misionero de anunciar el cumplimiento de las promesas, porque la fe tiene sus urgencias. Hay momentos en los que es necesario saber elegir, y hacerlo rápidamente. 

Santa María, mujer misionera, te imploramos por todos nosotros, misioneros claretianos, que hemos sentido el encanto conmovedor de ese icono que te representa como misionera del Reino de Dios junto a tu Hijo Jesús, el enviado del Padre, y hemos dejado otros afectos queridos para sr testigos y anunciar el Evangelio de la Gracia. 

Acompáñanos en el esfuerzo. Alivia nuestro cansancio. Protégenos de todo peligro. Dona a los gestos con los que nos inclinamos sobre los pies de aquellos a cuyo servicio estamos de los rasgos de tu ternura maternal y virginal. Pon en nuestros labios palabras de paz. Haz que la esperanza con la que promovemos el Año de Gracia adelante la esperanza de la humanidad de los cielos nuevos y de la tierra nueva. 

Llena nuestras horas de soledad. Atenúa en nuestros corazones los dolores de la nostalgia. Cuando tengamos ganas de llorar, ofrécenos y ábrenos tu regazo de madre. Haznos testigos de la alegría. Santa María, mujer misionera, tonifica nuestra vida de discípulos y enviados con ese ardor que te impulsó a ti, portadora de luz, por los caminos de Palestina. 

Ánfora del Espíritu Santo, derrama su crisma sobre nosotros, para que ponga en nuestro corazón la nostalgia de los confines de la tierra. Y aunque la vida nos ate a los meridianos y paralelos donde nacimos, haz que sintamos igualmente en nuestro corazón el aliento de las multitudes que aún no conocen a Jesús porque sabemos que nuestro corazón es para todo el mundo.

Ábrenos los ojos para que podamos ver con compasión las aflicciones del mundo. No impidas que el clamor de los pobres nos quite la tranquilidad. Tú, que en la casa de Isabel pronunciaste el canto más bello de la teología de la liberación, tu Magnificat, inspíranos la audacia de los profetas para que Dios sea conocido, amado, servido y alabado.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Contemplación claretiana de María misionera de Dios y de su Reino.

Contemplación claretiana de María misionera de Dios y de su Reino 

El Padre Claret aprendió que el conocimiento de la Escritura es conocimiento del Señor y es también conocimiento de María. Y del Enviado del Padre aprendió a ser auténtico discípulo de su Señor y a vivir como María, primera discípula, para ser testigo y misionero del Reino. 

Los misioneros claretianos hemos recibido como don y abrazado como tarea seguir los pasos de María presentes en el Evangelio para ser como Ella: discípulos, portadores y testigos del Reino al estilo de Jesús, su Hijo. 

El anuncio del ángel (Lc 1, 26-38). «Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo... Y he aquí que concebirás un hijo, lo darás a luz y le llamarás Jesús». 

Dios pidió a María su colaboración para hacerse hombre, para ser uno de nosotros y compartir lo que somos y vivimos. 

María es la mujer misionera en la libre disponibilidad a la llamada de Dios, acogiendo la invitación a entrar en su gran proyecto para la humanidad de todos los lugares y de todos los tiempos. «He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra»: al decir su sí, acoge en el mundo al Hijo de Dios que, «asumiendo la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres», entra en nuestra historia a través de María. 

Hoy Ella nos pide a los misioneros claretianos que demos a conocer al Señor y su Palabra. En el sí de María, también nosotros queremos decir nuestro sí a Dios. 

En la visita a Isabel (Lc 1, 39-56). «María se levantó y se fue rápidamente». 

Tras el anuncio del ángel, María se pone inmediatamente en camino para compartir su alegría y ayudar a su prima Isabel, que espera un niño al que llamarán Juan. Una partida organizada rápidamente para llevar una buena noticia, un anuncio. 

No es exagerado afirmar que bajo esa palabra (anuncio) se condensa la tarea misionera de la Iglesia que, tras la resurrección del Señor, tiene la misión de llevar en su seno a Jesucristo para ofrecerlo a los demás, como hizo María con Isabel. 

La atención y el amor al prójimo forman parte del anuncio y de la forma en que Dios expresa, a través de nosotros, su atención y su amor. María es la mujer misionera al servicio del prójimo cuando decide partir rápidamente para acompañar a Isabel en el ejercicio de la caridad, gratuitamente, compartiendo la alegría del Tesoro que lleva en su seno. 

Hoy María nos pide también a nosotros, misioneros claretianos, que nos hagamos prójimos, atentos y solícitos a las necesidades de los hombres y mujeres que cruzamos en los caminos de nuestra vida. 

En Belén (Lc 2, 1-20). «Dio a luz a su hijo». 

Con su sí, María se convierte en protagonista de una gran misión: permitir que Dios entre en la historia de los hombres en Jesús, Hombre-Dios. Con su sí a Dios, María se convierte en «mujer misionera», la que se hace morada del Hijo, tabernáculo viviente, lugar santo, santificado por la presencia de Jesús. 

María es la mujer misionera porque acepta convertirse en madre del Señor y hacerse compañera de su misión, siguiéndolo hasta el don supremo en la cruz y acompañando a la comunidad cristiana en cada cenáculo. 

Hoy María nos invita a los misioneros claretianos a acoger la Palabra de Dios para hacerla visible con nuestra vida. Estamos llamados a engendrar al Señor en los lugares y entre las personas que habitan nuestra existencia. 

La presentación de Jesús en el Templo (Lc 2, 22-40). «Llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor... Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «He aquí, él está destinado a la caída y a la resurrección de muchos en Israel, y a ser señal de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma». 

José y María ofrecen a Jesús a Dios. María es la mujer misionera que vive su vida como una continua ofrenda de sí misma en lo cotidiano de la existencia. 

Hoy María nos propone a los misioneros claretianos ofrecer nuestras vidas a Dios, para seguirlo como discípulos y ser misioneros, para que cada palabra y cada gesto puedan convertirse en manifestación del Señor. 

En la huida a Egipto (Mt 2, 13-23). 

Inmediatamente después de la visita de los Magos venidos de Oriente con sus ofrendas, el ángel le dice a José que no vuelva a Nazaret y que se vaya a Egipto. 

María es la mujer misionera al compartir lo que experimentan muchos migrantes, Ella también obligada a abandonar su tierra y su pueblo para huir del peligro que amenaza a su familia, en particular a Jesús; Ella se convierte así en compañera de tantos hombres y mujeres que viven el drama de la emigración en todas partes del mundo. 

Hoy María nos interpela a los misioneros claretianos a reconocer el rostro de Jesús extranjero, refugiado, pobre y a convertirnos en promotores de la acogida, la protección, la promoción y la integración. 

El hallazgo de Jesús en el Templo (Lc 2, 41-52). «Volvieron a buscarlo a Jerusalén... y lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y preguntándoles». 

Cuando Jesús tenía doce años, María y José lo llevaron a celebrar la Pascua al Templo de Jerusalén. En el camino de regreso a Nazaret, no lo encontraron en la caravana y, preocupados, se pusieron a buscarlo. Lo encontraron en el Templo. 

María es la mujer misionera que «perdió a Jesús», este hijo enviado por el Padre para sus designios, que a menudo Ella no comprendía plenamente. 

Hoy María nos exhorta a los misioneros claretianos a vivir con generosidad la voluntad de Dios, tanto en las situaciones hermosas como en las difíciles o dolorosas. 

En las bodas de Caná (Jn 2, 1-11). «Haced lo que él os diga», dice María a los que sirven a los invitados al banquete de bodas. 

El comienzo de los signos de Jesús en Caná de Galilea, cuando convierte el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María. 

María es la mujer misionera porque sabe prestar atención a los detalles que hacen especial cada instante de su vida y de la de los demás. 

También nosotros, misioneros claretianos, estamos invitados a hacer lo que el Señor nos pide. María nos sigue invitando a dar testimonio de la fe también a través de la atención a los pequeños detalles que a menudo marcan la diferencia en nuestro «ser misión». 

En Nazaret (Lc 2, 51-52). «Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres». 

La misión comienza por nosotros mismos y en los lugares habituales de nuestra vida. Como toda madre, María da la vida a su hijo no solo en la concepción, en los meses de embarazo y en el parto, sino también durante los años de su existencia. Una madre lleva a su hijo en su vientre durante nueve meses y después... lo lleva consigo toda la vida. 

María es la mujer misionera en su vida cotidiana en Nazaret, que al fin y al cabo es el lugar donde se construye la historia. 

Así, nuestro ser misioneros claretianos se desarrolla y crece a lo largo de la vida ordinaria. Hoy María nos exhorta a ser discípulos misioneros en los acontecimientos sencillos y a veces ocultos de nuestra existencia, pero no por ello menos fecundos. 

Al pie de la Cruz (Jn 19, 25-27). «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María de Magdala». 

María, al pie de la cruz, vive la mayor desolación y la pobreza extrema de perder lo que más quiere. Al mismo tiempo, expresa un amor inmenso por la humanidad. Jesús, con los brazos abiertos, es como si quisiera abrazar a toda la humanidad. La Cruz se convierte en el lugar donde el Cielo toca la Tierra y la Tierra toca el Cielo. 

María es la mujer misionera incluso en el momento del dolor, porque tiene el valor de permanecer junto a la Cruz de su Hijo, plenamente involucrada en la pasión. 

Hoy María nos invita a asumir nuestros sufrimientos, prueba de nuestra fe, y a estar cerca de aquellos que viven momentos de lejanía, incomprensión, dolor, cuando más aguda es su necesidad de sentir una presencia amiga, especialmente la presencia de Dios. La Cruz de Jesús nos impulsa a afrontar las dificultades de la vida, incluso en los momentos de oscuridad. 

En la mañana de Pascua resuena el grito de que el Señor ha resucitado, está vivo (Mt 28, 1-10). «Jesús, el crucificado, ha resucitado de entre los muertos, y he aquí que os precede en Galilea; allí lo veréis». 

Muchos se preguntan sorprendidos por qué el Evangelio, mientras nos habla de Jesús aparecido el día de Pascua a muchísimas personas, como Magdalena, las piadosas mujeres y los discípulos, no nos cuenta, en cambio, ninguna aparición de la Madre por parte del Hijo resucitado. 

Tal vez haya una respuesta: ¡porque no era necesario! No era necesario, es decir, que Jesús se apareciera a María, porque Ella, la única, estuvo presente en la Resurrección... Como estuvo presente, la única, en su salida de su vientre virginal de carne. Y se convirtió en la mujer de la primera mirada a Dios hecho hombre... Así tuvo que estar presente, la única, a la salida de Él del vientre virginal de piedra: el sepulcro «en el que aún no había sido depositado nadie». Y se convirtió en la mujer de la primera mirada al hombre hecho Dios. Los demás fueron testigos del Resucitado. Ella, de la Resurrección. 

María es la mujer misionera de la Resurrección, el acontecimiento que está en el centro de nuestra fe, de nuestra vida, de nuestro anuncio. 

Hoy María nos anima a los misioneros claretianos a nacer y renacer siempre en nuestro compromiso misionero. Con Ella aprendemos a ser tejedores de resurrección en un mundo tantas veces cosido por los lazos de la muerte.  «No basta con nacer. Es para renacer que hemos nacido. Cada día» (Pablo Neruda). 

En el Cenáculo (Hch 1, 14). «Todos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la Madre de Jesús». 

El Espíritu Santo, junto con la Eucaristía, es el mayor don que Jesús ha hecho a la Iglesia. El Espíritu de Dios es el principal artífice de la obra misionera. Es el Espíritu el que nos da fuerza y nos hace capaces de dar testimonio y anunciar la Palabra en todas las periferias geográficas y sociales. 

María es la mujer misionera que acogía con la comunidad de creyentes los dones del Espíritu y se dejaba guiar por Él. 

Así también para nosotros hoy, el Espíritu de Dios «nos enseña todas las cosas» para hacernos descubrir campos inexplorados de nuevas evangelizaciones. El Espíritu es creador y nos hace discípulos creadores. Hoy María nos exhorta a los misioneros claretianos a dejarnos modelar por el Espíritu para ser discípulos capaces de iniciar procesos de misión para llevar a la humanidad al Dios del Reino. 

María, puerta del Cielo. 

Unida a Jesús durante su vida terrenal, María está unida a su Hijo también en el Cielo. Para cada uno de nosotros, misioneros claretianos, se convierte en un signo de esperanza: sabemos que tenemos junto a Dios una Madre que nos atrae hacia Él, nos lleva a Jesús, nos ayuda en nuestra continua renovación misionera. 

María es la mujer misionera que nos precede en la eternidad de Dios y se convierte para nosotros en una inspiración misionera. Le pedimos que nos fortalezca en la fe, nos haga vigilantes en la espera y atentos en la caridad. 

Santa María, mujer misionera, concede a tu Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María la alegría de redescubrir, ocultas en la palabra ‘envío’, las raíces de nuestra vocación primordial. 

Ayúdanos a medirnos con el Hijo enviado del Padre y ungido del Espíritu Santo, y con nadie más: como Tú, que, apareciendo en los albores de la revelación neotestamentaria junto a Él, el gran misionero de Dios, lo elegiste como única medida de tu vida. 

Cuando se demore dentro de sus rutinas, donde no llega el grito de los pobres, dale el valor de salir de los campamentos. 

Cuando se vea tentada a petrificar la movilidad de su domicilio, aléjela de sus aparentes seguridades. 

Cuando se acomode en las posiciones alcanzadas, sacúdela de su vida instalada y sedentaria. 

Enviada por Dios para la salvación del mundo, nuestra Congregación está hecha para caminar peregrina, desinstalada, ligera de equipaje en cada cruce de los caminos y en todas las periferias. 

Nómada como Tú, pon en su corazón una gran pasión por los hombres y las mujeres. Muéstranos la geografía del sufrimiento. Llénanos de ternura hacia todos los necesitados. Y haz que no nos preocupemos por nada más que por poner los ojos fijos en Jesucristo y ofrecerlo al mundo como Tú hiciste. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...