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viernes, 19 de diciembre de 2025

Y José le dijo: “No temas, María, yo estoy contigo” - San Mateo 1, 18-24 -.

Y José le dijo: “No temas, María, yo estoy contigo” - San Mateo 1, 18-24 -

José es el hombre justo. Aunque la suya no es la justicia según la visión limitada que a menudo tenemos los seres humanos en nuestro intento de vida en común. Su justicia es divina, por eso es plenamente humana. 

José podía repudiar a María, desde lo alto de su bondad podía hacerlo incluso en secreto, y a nuestros ojos eso habría sido suficiente. Pero no habría sido justicia según Dios. 

La verdadera justicia, la divina, no hace espectáculo público, no utiliza el sufrimiento de los demás para sus propios proyectos, la verdadera justicia no hace espectáculo público de nada, ni siquiera de lo que tenemos más sagrado, como el amor, y esto bastaría para hacernos reflexionar, a nosotros que transformamos todo en un acontecimiento, a nosotros que hacemos un espectáculo público patético de todo, incluso del dolor. ¡Incluso de la fe! 

La justicia y la verdad necesitan silencio y soledad. De hecho, José, sin hacer espectáculo, calla, se detiene, se inclina sobre su corazón y desde allí «considera estas cosas»: José es alguien que piensa, que reza, que entra en los pliegues de la vida y se hace cargo de ella. 

José es un hombre justo, y un hombre justo no se limita a aplicar las normas, las leyes, los mandamientos; el hombre justo tiene el valor de sumergirse en la historia, en la suya, en la de María, porque cada historia es única y no se comprende si no se entra en ella. 

Tantas veces pensamos que basta con multiplicar las reglas y asegurar las penas para construir un mundo mejor… Y no nos damos cuenta de que hoy estamos llamados a comprender que la verdadera justicia es «considerar las cosas», ampliar la reflexión, la escucha humilde, la oración. 

Cuánto daño seguimos haciendo, incluso como Iglesia, proyectando sobre los demás reglas abstractamente perfectas que, sin embargo, no tienen en cuenta la historia de quienes tenemos delante. Y lo hacemos porque faltan hombres y mujeres que, como José, sepan detenerse a considerar la vida de los hermanos. Detenerse y escuchar. Detenerse y arriesgarse. Detenerse y comprometerse. Faltan hombres de fe, por eso falta justicia. 

Un corazón que medita siempre será visitado por Dios, un ángel del Señor se aparece en sueños a José y le dice que no tema. He aquí la justicia de Dios, el acercarse, Dios se hace cargo del tormento interior de José y le asegura su cercanía: «no temas». Sin este paso nunca habrá justicia. Pero tampoco habrá caminos seriamente educativos, ni siquiera amistad, sin este paso de encarnación del amor no hay verdad, no hay vida. 

A ninguno de nosotros nos sirven las personas que se limitan a decirnos lo que debemos hacer, aunque sus palabras sean impecables. Los que nos salvan son siempre y únicamente las personas que, como Dios, se acercan a nuestros dramas y nos dicen que no temamos, y están ahí. El hombre justo es aquel que comparte nuestros dolores. 

Lo que vive en el seno de María es engendrado por el Espíritu Santo. Dios, el justo, no se limita a dar instrucciones para que la humanidad pueda salvarse, el justo se hace criatura, para interceder, asume nuestra humanidad. La fe cristiana o asume esta actitud o es una religión estéril hecha de preceptos. 

«Cuando despertó del sueño, José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa». 

He aquí la fe, dar cuerpo a la íntima relación con Dios. He aquí la fe «tomar consigo», hacerse cargo. José se convierte para María en un ángel anunciador: «No temas, María, yo estoy contigo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 13 de diciembre de 2025

Juan el Bautista: El más grande es el que se hace el más pequeño - San Mateo 11, 2-11 -.

Juan el Bautista: El más grande es el que se hace el más pequeño - San Mateo 11, 2-11  - 

Juan el Bautista, ahora en la cárcel, siente que la muerte se acerca… pero Jesús no se acerca. El Mesías no interviene para liberarlo. 

Y Juan, desde la cárcel, convierte unas pocas palabras en una pregunta tal vez para tratar de entender… Nunca sabremos si el corazón del Bautista estaba lleno de dudas… 

Lo que sabemos es que Juan morirá en una prisión y no será liberado poderosamente por el Mesías. Lo que sabemos es que la fe, al final, en su corazón, se reduce a la mínima expresión. 

No hay multitudes alrededor, ni eventos, ni sucesos,…, ni camino de Adviento, ni liturgia solemne, ni espíritu navideño, nada… Nada de nada. 

Solo una pregunta y mucho silencio. Un denso y misterioso silencio. El Bautista, y nosotros con él, estamos llamados a convertirnos en silencio. 

¿Y todo lo anterior? ¿Toda aquella predicación, aquella actividad bautismal,…, aquel testimonio en el desierto? ¿Todo hay que olvidarlo? No, todo es valioso, pero todo hay que atravesarlo, todo hay que relativizarlo, todo hay que agradecerlo… y abandonarlo. 

Abandonarlo solo cuando y si llega el momento. No sé si la misma regla vale para todos. O solamente para quienes llegan a la noche oscura de la prisión donde se habita entre las dudas y se puede implorar una respuesta… 

Y Jesús no responde con una explicación. La verdad no se puede explicar. Jesús responde con signos: los que Él había realizado hasta ese momento. Que son gestos proféticos. Signos que, sin embargo, no liberarán al Bautista de la cárcel… ¡esta es la paradoja! 

Los signos están ahí, pero no son para todos. Los ciegos siguen estando ahí, al igual que los cojos, los leprosos, los sordos, los muertos. Solo signos, para algunos. Para decir que la muerte no es el destino definitivo. Para decir que el amor será la plenitud de la vida. 

Aunque Juan el Bautista, prisionero, no será liberado. Y aquí está el gran riesgo, el escándalo, el tropiezo que puede hacernos perder la fe. Imagino a Juan cerrando los ojos e intentando recordar cuándo y cómo se abrieron sus ojos, cuándo su camino se hizo seguro, cuándo y cómo desapareció su temor, cuándo se abrieron sus oídos y resucitó su vida. 

La única respuesta que el Bautista pudo darse, sin perder la fe, y para superar el escándalo del Mesías, es que todo sucedió en un desierto… 

Pero no en aquel desierto que él había elegido y en el que había vivido como profeta reconocido y venerado. 

No en aquellas pieles de camello, en aquel encanto rudo reconocido por todos, no sumergido en un río para bautizar, no cuando sus palabras eran seguras y liberadas, y era hermoso sentirse como el profeta rudo e incomprendido, no cuando se lanzaba contra los poderosos arrastrando consigo utopías revolucionarias… 

Sino en la cárcel. Solo en la cárcel, solo, injustamente condenado, abandonado, despojado de ese encanto de líder popular, allí, con la fe reducida a la mínima expresión, allí puede sumergirse en las promesas del Mesías y, finalmente, reconocerlas. Todo lo que había sucedido antes sirvió para llegar allí… a su pasión... 

Entonces Juan el Bautista, que no era ya el hombre fuerte que llamaba a la conversión, podía elegir realmente estar solo ante su Señor. Entonces el Bautista, desvestido de sus pieles de camello, podía estar desnudo ante su Señor. 

Entonces el profeta podía ser verdaderamente profeta pero sin gritar ninguna palabra al viento… sino solo en un silencio perplejo. 

Juan el Bautista es el más grande porque ya no le queda nada. Es el más grande porque ha dejado su espacio al Señor hasta quedar relegado en la cárcel. El más grande porque ha llegado al corazón dramático y luminoso de la fe. Juan el Bautista es el más grande porque se ha hecho el más pequeño dependiendo de su Señor. 

Juan el Bautista se quedó en sus manos. Y por eso se hizo libre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 11 de diciembre de 2025

El Dios que se ríe de los poderosos - San Mateo 11, 2-11 -.

El Dios que se ríe de los poderosos - San Mateo 11, 2-11 -

Hubo un día en el que el desierto quedó encerrado en una celda. La libertad gritada al mundo quedó atascada en la garganta y las certezas fueron barridas por un montón de preguntas… 

¿Qué quedaba de Juan el Bautista? 

La vida le preparó un final cínico y burlón, le golpeó con precisión, le robó todo lo que había construido en su vida, se burló de él, le despojó de su identidad hasta hacerle una caricatura… El hombre que aterrorizaba a las multitudes se convirtió en prisionero del caprichoso poder… 

Así ha sucedido y seguirá sucediendo. Y que Juan el Bautista es un muerto que respira… lo saben casi todos. Morirá en medio de una fiesta, morirá por intrigas palaciegas: en el poder, ciertas cosas siempre salen bien. Así se mueven las cosas, así las movemos nosotros. La vida es un ejercicio de poder. Enmascarado, tal vez, pero siempre poder. 

Convencer a otros de que confíen en nosotros y castigar a quienes se oponen, el mundo se sustenta en esto. Si tienes agallas y carisma, eres poderoso; si no los tienes, pero quieres sobrevivir, puedes ser astuto y convertirte en súbdito del poderoso adecuado. Así se mueve el mundo, así se moverá. Siempre y para siempre. 

Pero entonces sucede que el juego se atasca, que se encuentra un poderoso más poderoso, que se encuentra a alguien que pone fin a la dinámica, y que uno se ve obligado a rendirse. Se llama fracaso, y puede ser algo grandioso. 

Si hay algo que es sabio aprender, creo que es estar preparados en el momento exacto de la derrota, cuando el poder nos abandona, cuando nos volvemos dependientes de los demás, cuando nos encarcelan, cuando nos hacen pagar o, más simplemente, cuando enfermamos y dependemos de todos, en definitiva, cuando perdemos el poder. 

El Evangelio es una escuela para perder poder y recuperar la humanidad. En definitiva, hacerse pequeño. 

Es necesario permanecer atentos y abiertos a la vida. Para criticar el poder hay que seguir llamando a la puerta del sueño. Como Juan el Bautista, que sigue pidiendo noticias de Jesús

Y por sueño me refiero a nuestra propia obsesión, el corazón de nuestra verdadera identidad, lo que nos ha cautivado la mente y el corazón, el vínculo sin el cual estaríamos muertos. Realmente muertos. Aquello que queda cuando todo falla y llega a faltar. 

Juan el Bautista es un hombre milagroso, y parece claro que para él el vínculo vital fue el Mesías: en lugar de encerrarse en sí mismo y tratar de encontrar buenas estrategias para salir de la cárcel, Juan no se rinde, sigue preguntando por Él. 

Se puede encarcelar al profeta, pero si es un verdadero profeta, seguirá viviendo por lo que siempre ha vivido. 

El Bautista comprende, en el momento exacto en que ya no puede ejercer funciones de profeta, que no es el poder lo que nos hace grandes, sino nuestra capacidad de fidelidad a lo que nos ha cautivado el corazón hasta robárnoslo. 

En la cárcel, Juan el Bautista lo ha perdido casi todo, le queda algo pequeño pero invencible, le queda la espera del Mesías, le queda también allí, incluso lejos de la escena, sobre todo allí, eso es realmente el corazón de su vida. 

¿Qué queda cuando todo falla hasta faltar? Es importante descubrirlo porque el poder no puede llegar hasta allí, no lo consigue, y nosotros podemos hacernos pequeños, refugiarnos en nuestro amor y salvarnos. 

El poder, como mucho, puede matarnos, pero no puede arrancarnos de nuestra obsesión, de nuestro sueño. Descubrir cuál es nuestro sueño es un bonito ejercicio, y nunca termina, hasta un instante antes de morir. 

El poder se abalanza sobre Juan el Bautista. Se le puede privar de las insignias del profeta poderoso, arrebatarle la libertad del desierto, pero nada, ni siquiera muerto puedes arrebatarle lo que se ha convertido en su carne y su Espíritu. La espera del Mesías. Se puede resistir la arrogancia del poder aprendiendo a convertirse en la Palabra que escuchamos. Se necesita terquedad. 

Y Jesús responde a la pregunta

Y es su forma de responder lo que tranquiliza al Bautista, porque lo que Jesús hace es reírse del poder, cantar una lista de cosas que los poderosos no pueden hacer, no logran, no quieren hacer. Un canto que es una burla al poderoso. 

Y Juan el Bautista entiende, ahora puede entender, que lo que vendrá después de él no es el poderoso que corta de raíz la vida, sino el antídoto definitivo contra todo poder, contra todo abuso de poder… de aquel Dios que desde su trono se burla y se ríe de los poderosos (cf. Salmo 2, 4-8). 

Así se ríe en la cara de los poderosos Jesús: 

Regalando ojos nuevos mientras el poder solo prevé la obediencia ciega. 

Regalando caminos inéditos, mientras que los poderosos exigen marchas ordenadas. 

Regalando espacio para todos, cuando los poderes inventan nuevos males cada día (para permitir que los pobres culpen a otros pobres). 

Regalando palabras y sonidos para escuchar, mientras que los poderosos hacen ruido. 

Regalando segundas, terceras e infinitas posibilidades de renacimiento, mientras que el poderoso ordena la muerte de sus oponentes. 

Hablando con los pobres y anunciándoles la Buena Nueva, mientras que los poderosos los engañan y los utilizan. 

Convirtiéndose en un escándalo para los poderosos porque no puede haber Evangelio sin libertad. 

Juan el Bautista entiende, reconoce el sonido, comprende muy bien que el Mesías no vendrá a sacarlo de la cárcel, a devolverle la libertad, porque él ya es libre. Lo aprendió día a día, antes, en el desierto, cuando logró mantenerse fiel a sí mismo y a Dios, y cuando no se dejó engañar por los vientos del poder. Lo aprendió estando fuera, lejos de los palacios, lejos de las vestimentas del cargo y de los ropajes del poder. 

Pero lo comprendió de verdad solo allí, en la cárcel. Comprendió que no necesitaba ser liberado porque el encarcelado Juan el Bautista ya era libre para siempre… mientras Dios se burla y se ríe de los poderosos… 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Acercarse a la Navidad con José - San Mateo 1, 18-24 -.

Acercarse a la Navidad con José - San Mateo 1, 18-24 -

José, su esposo, como era un hombre justo, tuvo el valor de pensar en una alternativa valiente, pensando en su María, no quería acusarla públicamente, (por lo tanto) pensó en repudiarla en secreto. 

Pero, inexplicablemente, esa noche José no recibió el don de la paz que habita en los corazones de las personas que ponen todo en su lugar y, quizás por primera vez en su vida, comprendió que la justicia no salva de la enfermedad más terrible, de la condena más atroz, la justicia no salva del abandono. 

José, su esposo, como era un hombre justo, pensó que, por el bien de todos, lo más justo era distanciarse de María, distanciarse del hijo que iba a nacer, distanciarse de los proyectos de vida juntos para dejar tranquilos al pueblo y a la sinagoga, para respetar las normas, para obedecer la Ley, para no decepcionar a nadie. 

Incluso, había encontrado una solución discreta que, aparentemente, protegía la tranquilidad. Entonces, ¿por qué le faltaba el aliento? ¿Por qué no sentía una paz profunda? ¿Por qué tanta inquietud? 

Porque José se estaba convirtiendo en hombre, estaba a punto de nacer y no se nace alejándose de la vida, no se nace abandonando y olvidando, aunque el pensamiento común a menudo diga lo contrario. 

El día de Navidad no solo nace un niño, sino que nace y renace el hombre, nacemos y renacemos nosotros si, ante todo, aceptamos que no, no basta con ser justos, no es justo renunciar a algo o a alguien solo para mantener el equilibrio. Que el peor mal, quizás el único pecado verdadero al que nos crucificamos nosotros y los demás, es el abandono. Quizás un abandono en nombre de normas aparentemente intocables. José no soporta el abandono, ahí reside su grandeza.

Mientras consideraba estas cosas, se le apareció en sueños un ángel del Señor... Me imagino a aquel hombre dando vueltas en su corazón en una noche silenciosa, bajo un cielo cercano, incapaz de absolverse, incapaz de olvidar, incapaz de reducir el amor a la solución de un problema, incapaz de sobrevivir al recuerdo de una ausencia, incapaz de imaginarse viviendo con María abandonada a su destino. 

La Navidad es madurar y comprender que la vida no puede reducirse a la solución de problemas, porque hay un vacío, en el fondo de cada obstáculo, que tortura los corazones sensibles. José decide valientemente enfrentarse a ese vacío. 

La Navidad es nacer y renacer, es convertirse en hombres, y no se nace si no se está enamorado. Y José comienza a comprenderlo, comienza a sentir que la ley y el sentido común corren el riesgo de quemar el sentido profundo de la vida... José está enamorado, y si estás enamorado puedes hacer dos cosas al mismo tiempo: pensar y soñar. 

Mientras consideraba (...) se le apareció en sueños, no hay distancia en los territorios del amor: sueño y pensamiento, posibilidad y reflexión, cálculo e imaginación, su encuentro vuelve a poner en juego la vida. 

Esto nos hace realmente grandes, esto es la Navidad. Si fuéramos solo sueño, seguiríamos siendo eternos adolescentes; si fuéramos solo pensamiento, seríamos viejos cínicos desengañados. 

La Navidad es el sueño que hace el amor con el pensamiento. Y en ese momento las reglas ya no bastan. No se olvidan, pero ya no son los límites dentro de los cuales puedes moverte, no tienen la fuerza para sostener la trayectoria de la vida, un horizonte hecho solo de reglas hace imposible el camino y entonces José comprende que hacerse adulto es sumergirse en los rostros, en las historias, es dar nombre propio a las cosas. 

Es liberarse del mito inútil y triste de la tranquilidad a toda costa, es dejar de pensar en la vida «por principio» y empezar a sentirse único, es no reducir todo a un «caso» de manual, sino sentir que de José solo existe él y que María no es un problema, sino una mujer con la que le gustaría pasar el resto de su vida. María, precisamente María, solo María. Lo piensa. Lo sueña. Y comprende: ¿de qué sirve hacer lo «correcto» si luego te quedas solo? 

En el sueño le parece ver el rostro sonriente de Dios. No es que el miedo desaparezca por completo, pero José crece, es Navidad, deja de ser el niño obediente y empieza a cuestionarse seriamente sus deseos, deja de querer tranquilizar al mundo y siente una profunda conexión entre ese rostro de mujer que promete felicidad y ese Dios misterioso que no desea otra cosa. 

José, bajo ese cielo cercano y estrellado, en el pesebre de sus sueños, calentado por pensamientos finalmente adultos, da a luz un futuro que por fin le parece vivo, y todo nace, como cuando un niño se desliza en el mundo, una vez que ha pasado la cabeza con sus pensamientos, el resto es realmente una consecuencia. 

No temas..., lo que no significa dejar de tener miedo, sino no quedarse triste y solo en un rincón del mundo… No temas… Claro que José tiene miedo, pero consigue no temer lo que le espera porque María no es un recurso, es María. Y José elige a María. Y luego el niño. ¿Cómo llamarlo? Emmanuel, es decir, Dios con nosotros, porque será el Salvador del único pecado que el hombre puede cometer: obligar y obligarse a sí mismo a la soledad. Al abandono. 

La Navidad no es el recuerdo del nacimiento de un niño, no es el nacimiento de un Dios, es la muerte de la soledad, es el elogio de la fe que ha brotado en los corazones de todos aquellos hombres que han hecho amar al sueño y al pensamiento y han decidido no abandonarse porque el verdadero nombre de Dios es «con nosotros», es decir, comunión. 

José nació por primera vez ese día. Y leemos la historia de este hombre porque sentimos que también a nosotros se nos pide una Navidad prolongada, continua. Una conciencia que hay que recuperar cada vez que corremos el riesgo de actuar solo para vivir tranquilos, cada vez que inventamos excusas, que nos obligamos a soledades infernales, cada vez que no tomamos la vida con nosotros. 

José tomó consigo a su esposa. La Navidad es convertirse en útero de vida, tomar la vida tal como llama a nuestras puertas, a nuestros sueños y a nuestros pensamientos, tomar la vida y perder la tranquilidad, tomar la vida y casarse con ella sabiendo que alguien no lo apreciará, que casi nadie lo entenderá, que para vivir tranquilos había otros caminos que elegir. 

Pero la Navidad es una vida nunca tranquila, el amor es inquieto, el vientre de toda mujer lista para dar a luz es inquieto, el sueño de quien no se conforma con sobrevivir es inquieto. Y eso ya es una Buena Noticia… ¡bendita inquietud! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


José, el hombre que soñaba - San Mateo 1, 18-24 -.

José, el hombre que soñaba - San Mateo 1, 18-24 - 

Quizás José tenía miedo, o quizás sentía esa sensación de insuficiencia típica de los pobres y los justos. 

La vida estaba explotando, impredecible y divina, y él, en ese cálido susurro de milagros, se sentía de más… Demasiada vida, demasiado Dios, demasiado todo. 

Esa sucesión de acontecimientos milagrosos traspasaba los gestos habituales del justo, forzaba los límites de la fe sencilla y devota, la sorpresa divina chocaba con la simplicidad del carpintero. 

Incluso dudar de María era un sentimiento demasiado grande para José, se necesitaban actitudes del corazón que él había aplanado mucho antes de que brotara la sombra del orgullo. Se necesita predisposición al ataque para dudar, se necesita querer salvarse a sí mismo para acusar a la mujer que se ama. 

El sudor de un día de trabajo, sentarse al abrigo del hogar contemplando una puesta de sol, criar a los hijos, rezar y ser obediente a la Ley, eso era suficiente, esos eran los límites a los que se sentía preparado para responder. Y además bien. Él no habría traicionado. No tenía esa aptitud. 

¿Había traicionado María, en cambio? ¿O era este Dios inesperado el verdadero traidor, Aquel que le estaba pidiendo demasiado, Aquel que le estaba pidiendo que forzara los límites de su obediencia? 

No le importaba de quién fuera la culpa, eso no cambiaba las cosas, se sentía como una viga demasiado frágil bajo el peso de los acontecimientos, el riesgo de rotura era evidente, la decepción del colapso insostenible. Hubiera preferido echarse atrás, pedir perdón, pedir comprensión. 

Le parecía sencillo creer en Dios. Hasta ese momento, le parecía algo ordinario la fe, como creer en el sol, en el agua y en las montañas, y tenía razón, creer en el Creador, para quien tiene ojos que saben ver y manos que saben construir, no es nada difícil, todo habla de Él. 

José se sentía parte viva de una historia más grande, la historia de profetas, reyes y guerreros, la historia milagrosa de Israel, y esto le consolaba, le parecía haber nacido para no molestar, para mezclarse con el pueblo, para ser un fiel comparsa del éxodo, para sumergirse y dejarse llevar en la historia de la salvación. No habría traicionado, habría creído sin lugar a duda. Desaparecería en el calor del abrigo de la fe en Dios. 

No es difícil creer en Dios, lo difícil es aceptar que Él quiera creer en nosotros, cambiar nuestra vida y obligarnos a exponernos a una transgresión, a una redefinición de la identidad que exige un cambio radical, que exige morir antes de tiempo. Esto no solo parecía demasiado para José, sino que le parecía simplemente imposible. 

Una cosa es creer en la historia de la salvación, otra cosa es convertirse en parte viva y responsable de ella. Por eso José intentó dejarse atrapar por la oscuridad y el silencio. Intentó desaparecer. 

Quién sabe cómo fue ese sueño, quién sabe cuánto duró, quién sabe si sintió la burla de llamarse como aquel iluso soñador del Antiguo Testamento. Alguien dijo que José, a partir de ese momento, no dejó de soñar ni por un instante. Se durmió y, en el sueño, perdió el control y no supo recuperarlo, sus defensas cedieron y no fueron sustituidas por otros muros. 

El sueño de los justos es peligroso porque no tiene frenos, porque no se puede contener, porque no duda. En el sueño, los justos disfrutan de las revelaciones divinas, en el sueño es Dios quien habla al hombre, es una oración al revés. En el sueño no puedes escapar por miedo o por humildad, en el sueño estás expuesto. Los corazones sencillos tienen hambre de coherencia. 

No es que el sueño se hiciera realidad… Es que ya no habría diferencia entre sueño y realidad. Si eso era lo que el Señor le pedía, él lo haría, se convertiría en el sueño viviente de Dios, se convertiría en algo diferente de lo que esperaba, se dejaría atrapar, a costa de perderse, a costa de no reconocerse más. Pero, al fin y al cabo, ¿no es eso la fe? 

Empezó a tomar la vida tal y como venía. Eso hizo José. Y con la dura obstinación que tienen los tímidos después de decidirse. Tomó a María por esposa, tomó ese rostro en el que Dios le pedía que confiara, tomó los acontecimientos y las preguntas y los miedos. Un día también tomó al Hijo de Dios para llevarlo a un lugar seguro, a Egipto. Cuando Dios interpela al hombre, suceden cosas increíbles, como tener que salvar al Salvador. 

José maduró la firme decisión de dejarse habitar por Dios y ponerse en camino hacia lo desconocido. José comenzó a creer en el momento exacto en que se resignó a creerse digno de haber sido visitado, amado y elegido por Dios. Un acto de rendición y acogida, un verdadero acto de fe, creer que hoy las profecías, para cumplirse, todavía nos necesitan a nosotros. 

A José le consoló el nombre – Emmanuel -, el nombre de este Dios niño, de este enigma balbuciente y adorable. Le consoló el nombre, que es el nombre que solo pueden pronunciar las personas de fe. Emmanuel, Dios con nosotros. 

El sueño había permitido la intrusión del Misterio en la vida ordinaria de un hombre sencillo. Pero ese nombre - Dios con nosotros -, ese nombre para José tenía el sonido seco de un designio: Emmanuel, ahora Dios con nosotros, para siempre. Y aquel sueño le había elegido precisamente a él. Si todos los proyectos de una vida normal habían sido derribados por Su profecía, ahí estaba él, José, formando parte de aquel sueño. 

Un sueño en el que Dios se veía obligado a no abandonar nunca más a sus hijos, a implicarse en la historia de los hombres, a mezclarse e inmiscuirse aún más de lo que lo había hecho hasta ese momento, convirtiéndose en carne de la carne, divinizando la carne. Un sueño en el que el aquel carpintero, de nombre José, hombre bueno y justo, iba a tomar parte. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 9 de diciembre de 2025

Tiempo de abrir los horizontes e imaginar - contemplación meditativa -.

Tiempo de abrir los horizontes e imaginar 

Tantas veces vivimos en una época de extrema velocidad y abundancia: podemos encontrar a nuestro antojo todo tipo de información, relativa a cualquier ámbito del conocimiento humano, sin mover un dedo, desde el sofá de nuestra casa, en cuestión de segundos… 

Y, sin embargo, no parece que hayamos «ampliado» tanto nuestros horizontes en comparación con el profeta que grita en el desierto aquello de preparad un camino… allanad los senderos… 

Ampliar los horizontes… es tarea también del Adviento. 

Salir de los esquemas habituales de acción y pensamiento, probando nuevos caminos / experiencias con el fin de perfeccionar nuestra comprensión y, en definitiva, enriquecernos de humanidad. 

No miréis pasivamente la realidad que os rodea sino escrutadla nos diría el Profeta del desierto. 

Fijad la mirada en lo que ya está germinando de alternativo y de nuevo. 

Sed curiosos escrutadores, experimentad, estimulad la mente con lo nuevo, lo diferente; no os quedéis estancados en lo habitual, no recorráis caminos ya manidos y transitados (también literalmente), no os acomodéis en lo que ya conocéis y/o amáis. 

Vivid el Adviento como una puerta que se abre, un horizonte que se amplía, una brecha en los muros, un agujero en la red, una rendija en el techo, un puñado de luz en la penumbra. 

Para ayudarnos a empujar hacia arriba y hacia delante, con todas nuestras fuerzas. 

Más allá de la noche nos espera la visión de un nuevo cielo azul. 

No sabemos cuándo acontecerá, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana… pero una cosa es segura: que sucederá. 

Estad atentos y velad… La atención es una cualidad de la espera: es un tender a... 

Si conocemos días en los que la vida no tiende a nada… Si sabemos lo que es una vida distraída haciendo una cosa y teniendo la cabeza en otra parte… Si nos encontramos con una persona y no recordamos el color de sus ojos… Si caminamos por la tierra y pisoteamos tesoros de belleza… 

¡No nos distraigamos! 

El amor es atención.

La atención es ya una forma de oración, y es la gramática elemental del que está en vela deseando, esperando y aguardando. 

No permitamos que nadie nos duerma ni nos compre. 

Velemos por los primeros pasos de humanidad…, por la luz del alba que se posa sobre el muro de la noche..., o por el final de cada túnel de desesperanza… 

Velemos para custodiar cada brote de belleza, de bondad, de verdad... porque todo eso que nace y florece lleva una caricia y una sílaba de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La mirada de la persona del Adviento - contemplación meditativa -.

La mirada de la persona del Adviento 

«No importa lo que estés mirando, sino lo que eres capaz de ver» - Henry David Thoreau -.

Hay una diferencia entre mirar y ver: mirar es la acción de prestar atención a algo o a alguien, pero no va más allá. Ver (del latín ‘vĭdēre’) significa comprender, intuir, entender, darse cuenta de lo que nos rodea… 

¡Cuántas personas «miran» pero en realidad no consiguen «ver» nada! ¡Cuántos aman mirarse al espejo, pero no se ven a sí mismos y van más allá de su apariencia! 

En esencia, para mirar basta con los ojos, pero para ver se necesita la visión. 

Seguramente este pensamiento se puede aplicar a numerosos aspectos de nuestra vida. 

¿Tenemos la capacidad de ver más allá? 

La persona del Adviento ve lejos. Su mirada se pierde en el tiempo y en el espacio. 

Nada es tan sencillo como parece. Para comprender bien hay que saber ver a lo lejos. A lo lejos, donde llega la visión del hombre y de la mujer del Adviento, con la capacidad de ver más allá. 

Y así, la mirada aguda de los profetas del Adviento nos enseña algo que no es tan fácil de comprender: la vida está brotando de la muerte y la luz, tantas veces pábilo tembloroso y vacilante, brilla en la oscuridad. 

La persona del Adviento se caracteriza por ser hombre y mujer de mirada penetrante, aquel a quien le cae y se le quita el velo de los ojos. 

La mirada de la persona del Adviento sabe percibir lo que otros no ven, sabe sentir lo que está más allá, o lo que habita en la profundad de lo real, y sabe percibir los matices más íntimos y verdaderos de lo que ocurre y de lo que está por suceder. 

La suya es una mirada que se ha vuelto aguda y penetrante gracias al amor. 

Y es que todo es cuestión de una mirada. 

Se puede ver e intuir más de lo que parece, si se sabe percibirlo interiormente. Una cuestión de mirada, pero más aún de emociones a las que dar espacio, por las que dejarse llevar. Una cuestión de visión, podríamos decir, y de sentir. 

Tantas veces lo que vemos depende de lo que sentimos. No es lo que simplemente está ante nosotros, en una extrañeza que nos deja indiferentes, sino lo que nos involucra, nos implica; lo que sabemos llevar dentro de nosotros, en lo que nos sumergimos y por lo que nos dejamos atravesar. 

Esto es válido para las situaciones cotidianas y, más aún, para lo que llena nuestra existencia determinando su curso, para las relaciones y los afectos, para las elecciones que dan forma a la vida, para lo que nos sucede, para la historia que compartimos con otros allí donde estamos, para lo que sucede en el mundo en un lugar lejano pero en realidad muy cercano, que nos permite dejarnos conmover. 

Es una cuestión de mirada y de un sentir que puede ayudarnos a ver, a ir más allá de la mirada. 

Se trata entonces de preguntarse «¿qué ves?» (cf. Jr 1,11); ¿qué vemos, cuánto conseguimos ver, sentir la vida en nosotros y a nuestro alrededor? 

Es la pregunta que resuena continuamente en la Escritura y en el Adviento. 

Es la pregunta que se hace a los profetas y al centinela en la noche. 

Escudriñar el horizonte, la novedad que se avecina, solo es posible si la mirada se sumerge en lo que experimentamos cada día, si aprendemos el arte del ‘intus legere’, que es inteligencia, pero que es ante todo sabiduría de vivir, capacidad de percibir su sentido y su sabor, de dejarse sorprender, y a veces trastornar, pero también permitir que nos conmueva y rompa nuestras rígidas estructuras de defensa, derribe los muros de la indiferencia. 

Es la visión de Isaías y de Juan el Bautista que desbarata los esquemas de lectura habituales y que en lo cotidiano invita a reconocer el Reino de Dios que viene. Allí donde no se esperaría encontrarlo. 

Es una invitación a no quedarse en la superficie, a no dejar que nuestra mirada sea capturada por la parcialidad, el prejuicio, la lógica del dominio o del control. 

En una llamada provocativa a ver la cotidianidad, en los gestos más pequeños guiados por la costumbre, en las fatigas y los sufrimientos de la vida, en los momentos de fiesta y de vínculos recuperados. 

El Adviento es tiempo de alimentar una mirada que sepa proyectarse hacia adelante, capaz de captar el devenir y, por lo tanto, capaz de imaginar una vida diferente, de intuir y de poner nombre a los brotes de los nuevos cielos y la nueva tierra. 

Es precisamente una cuestión de sueños y de visiones, de recuperar una mirada que sepa mirar lejos porque sabe profundizar, que sepa liberar la fuerza utópica y constructiva ya presente en cada futuro, en el fondo de cada momento y en el horizonte de cada esperanza. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 6 de diciembre de 2025

Bieldo, hacha y fuego - San Mateo 3, 1-12 -.

Bieldo, hacha y fuego - San Mateo 3, 1-12 - 

En aquellos días, vino Juan el Bautista y predicaba en el desierto de Judea. 

Te doy gracias, Señor, por los desiertos, por los abismos de vacío que acallan mi caminar, gracias porque siempre los habitas, y siembras palabras en mis miserias, y transformas mis pecados en posibilidades de conversión. 

«¡Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca!». 

Gracias por tu paciencia, que cada día me acerca al Cielo, por el asombro que me produce sentir tu caricia sobre las heridas de mi insuficiencia. 

Gracias porque tu gracia sorprende mi miseria y me permite, a mí, pecador, continuar itinerarios de conversión, caminos en el desierto, éxodos de libertad. 

Él es, en efecto, aquel de quien habló el profeta Isaías cuando dijo: «Voz de uno que clama en el desierto: ¡Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas!». 

Gracias por Juan el Bautista, por Isaías y por todos los profetas que no se cansan de venir a buscarme al exilio que elijo por miedo, por cansancio, por comodidad. 

Gracias porque no te cansas de indicarme caminos de retorno a mí mismo, que es en realidad un derrumbarme en Ti. 

Y él, Juan, vestía un manto de pelo de camello y un cinturón de cuero alrededor de la cintura; su comida eran langostas y miel silvestre. Entonces Jerusalén, toda Judea y toda la zona a lo largo del Jordán acudían a él y se bautizaban en el río Jordán, confesando sus pecados. 

Gracias por Juan el Bautista, por Elías, a quien él mismo evoca, gracias por quien me recuerda que en el desierto no me dejarás morir de hambre, sino que precisamente allí podré descubrir finalmente lo esencial. 

Gracias porque en los profetas me aseguras que también mis desiertos están hechos para ser atravesados, que incluso el desierto de la muerte no es definitivo. 

Ayúdame, Señor, a comprender que aún es necesario perder, aligerar, volver a lo esencial. 

Al ver que muchos fariseos y saduceos acudían a su bautismo, les dijo: «¡Generación de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar de la ira que se avecina? Dad, pues, frutos dignos de la conversión, y no penséis decir dentro de vosotros: «Tenemos a Abraham por padre». 

Gracias por las palabras duras, por todas las veces que me ha atacado la verdad, gracias por quienes me han empujado con fuerza contra mis límites, perdóname por no haberte reconocido inmediatamente allí, perdóname por el orgullo que me ha hecho levantar muros, perdóname por las veces que me he alimentado solo de confirmaciones. 

Perdóname por haberte dado por sentado, por haberme sentido bien, hijo de Abraham, juzgando más que justificado. 

Porque os digo que de estas piedras Dios puede suscitar hijos a Abraham. Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles; por lo tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego. 

Gracias porque Tú, y solo Tú, puedes transfigurar mi corazón de piedra en corazón de hijo, gracias por el hacha puesta a la raíz, brilla el destino infligido a todo lo que no da fruto, porque no todo da igual, no todo es lo mismo, porque solo quedará lo que huele a gratitud, a eucaristía, a Ti. 

Yo os bautizo con agua para la conversión; pero el que viene después de mí es más fuerte que yo y yo no soy digno de llevarle las sandalias; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Tiene en la mano el bieldo y limpiará su era y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja con un fuego inextinguible». 

Gracias por la vida cuando me sumergiste en la humildad de mis límites, gracias por cuando elegí volver a ti, gracias por cuando los acontecimientos me bautizaron dolorosamente en la verdad, te pido perdón por las personas que tuvieron que pagar el precio. 

Gracias por el bautismo en el Espíritu Santo y en fuego, quema en mí, te lo ruego, todo lo que no da fruto, todo lo que es viejo, estéril, todo lo que no eres Tú. 

Limpia la era, y si alguna medida de trigo ha brotado, consérvala y, finalmente, hazme sentar a tu lado, nos iluminaremos ante la llama que devora la paja del pecado, fuego inextinguible que finalmente me entregará a la libertad eterna. 

Que en el fuego de tu juicio se complete el éxodo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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