Juan el Bautista: El más grande es el que se hace el más pequeño - San Mateo 11, 2-11 -
Juan el Bautista, ahora en la cárcel, siente que la muerte se acerca… pero Jesús no se acerca. El Mesías no interviene para liberarlo.
Y Juan, desde la cárcel, convierte unas pocas palabras en una pregunta tal vez para tratar de entender… Nunca sabremos si el corazón del Bautista estaba lleno de dudas…
Lo que sabemos es que Juan morirá en una prisión y no será liberado poderosamente por el Mesías. Lo que sabemos es que la fe, al final, en su corazón, se reduce a la mínima expresión.
No hay multitudes alrededor, ni eventos, ni sucesos,…, ni camino de Adviento, ni liturgia solemne, ni espíritu navideño, nada… Nada de nada.
Solo una pregunta y mucho silencio. Un denso y misterioso silencio. El Bautista, y nosotros con él, estamos llamados a convertirnos en silencio.
¿Y todo lo anterior? ¿Toda aquella predicación, aquella actividad bautismal,…, aquel testimonio en el desierto? ¿Todo hay que olvidarlo? No, todo es valioso, pero todo hay que atravesarlo, todo hay que relativizarlo, todo hay que agradecerlo… y abandonarlo.
Abandonarlo solo cuando y si llega el momento. No sé si la misma regla vale para todos. O solamente para quienes llegan a la noche oscura de la prisión donde se habita entre las dudas y se puede implorar una respuesta…
Y Jesús no responde con una explicación. La verdad no se puede explicar. Jesús responde con signos: los que Él había realizado hasta ese momento. Que son gestos proféticos. Signos que, sin embargo, no liberarán al Bautista de la cárcel… ¡esta es la paradoja!
Los signos están ahí, pero no son para todos. Los ciegos siguen estando ahí, al igual que los cojos, los leprosos, los sordos, los muertos. Solo signos, para algunos. Para decir que la muerte no es el destino definitivo. Para decir que el amor será la plenitud de la vida.
Aunque Juan el Bautista, prisionero, no será liberado. Y aquí está el gran riesgo, el escándalo, el tropiezo que puede hacernos perder la fe. Imagino a Juan cerrando los ojos e intentando recordar cuándo y cómo se abrieron sus ojos, cuándo su camino se hizo seguro, cuándo y cómo desapareció su temor, cuándo se abrieron sus oídos y resucitó su vida.
La única respuesta que el Bautista pudo darse, sin perder la fe, y para superar el escándalo del Mesías, es que todo sucedió en un desierto…
Pero no en aquel desierto que él había elegido y en el que había vivido como profeta reconocido y venerado.
No en aquellas pieles de camello, en aquel encanto rudo reconocido por todos, no sumergido en un río para bautizar, no cuando sus palabras eran seguras y liberadas, y era hermoso sentirse como el profeta rudo e incomprendido, no cuando se lanzaba contra los poderosos arrastrando consigo utopías revolucionarias…
Sino en la cárcel. Solo en la cárcel, solo, injustamente condenado, abandonado, despojado de ese encanto de líder popular, allí, con la fe reducida a la mínima expresión, allí puede sumergirse en las promesas del Mesías y, finalmente, reconocerlas. Todo lo que había sucedido antes sirvió para llegar allí… a su pasión...
Entonces Juan el Bautista, que no era ya el hombre fuerte que llamaba a la conversión, podía elegir realmente estar solo ante su Señor. Entonces el Bautista, desvestido de sus pieles de camello, podía estar desnudo ante su Señor.
Entonces el profeta podía ser verdaderamente profeta pero sin gritar ninguna palabra al viento… sino solo en un silencio perplejo.
Juan el Bautista es el más grande porque ya no le queda nada. Es el más grande porque ha dejado su espacio al Señor hasta quedar relegado en la cárcel. El más grande porque ha llegado al corazón dramático y luminoso de la fe. Juan el Bautista es el más grande porque se ha hecho el más pequeño dependiendo de su Señor.
Juan el Bautista se quedó en sus manos. Y por eso se hizo libre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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