Mostrando entradas con la etiqueta Transfiguración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Transfiguración. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de agosto de 2026

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo 

La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El lugar del acontecimiento es un monte alto, el Tabor según la tradición, pero es un hecho no esencial para los evangelistas. En la alta montaña, Jesús dialoga con Moisés y Elías, dos grandes personajes que el Antiguo Testamento sitúa a menudo en las cimas, en particular el diálogo con Yahvé. Jesús también busca a menudo la intimidad con el Padre en lugares desiertos, y en particular en las montañas. 

Según los exégetas, el fin último de la escena es revelar la persona de Cristo como señor de gloria, maestro, hijo de Dios y su misión de profeta y legislador perfecto y definitivo. 

La fecha del 6 de agosto depende de que según la tradición el episodio narrado por los Evangelios ocurrió cuarenta días antes de la Crucifixión de Jesús cuya fiesta, ya en la Iglesia oriental y luego también en la Iglesia occidental, se celebra el 14 de septiembre con la Exaltación de la Santa Cruz. 

El vínculo entre la Transfiguración y la cruz es ciertamente muy significativo pero, en mi opinión, es necesario repensar la decisión de no celebrar solemnemente esta importante fiesta. De hecho, cuando no cae en Domingo, la Transfiguración la celebran únicamente aquellos pocos feligreses fieles a la misa diaria. Por supuesto que no tiene sentido hacer un ranking de las fiestas cristianas, pero personalmente creo que la Transfiguración es la menos valorada en su importancia, entre otras cosas aún más en el mundo actual. 

Creo que en la sociedad actual, tan marcada por las apariencias más que por la verdad - a menudo también en la vida de las comunidades cristianas - la fiesta de la Transfiguración nos recuerda que la vida de fe, si es verdadera, no es un conjunto de prácticas religiosas, muchas veces superficialmente, sino que nos transforma, nos transfigura radical y completamente a imagen de Cristo. 

En la Transfiguración de Jesús podemos leer un misterio antropológico y cósmico: el hombre está llamado a transfigurarse como Jesús; el universo, la historia, el cosmos están llamados a entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. La humanidad gime y espera esta transformación y no es ella misma sino en el gemido que la tensa, que la lleva más allá de sí misma. 

Detrás de todo esto se capta evidentemente toda la reflexión paulina, por ejemplo en Rm 12, 2a: "No os conforméis a este mundo, sino dejaos transformar (metamorphoûsthe, es el mismo verbo que encontramos en Mt 17,2) por renovando tu forma de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios". A partir del bautismo, la vida cristiana es vida transfigurada, vida nueva, en Cristo. El Apóstol escribe también sobre esto en 2 Cor 3,18: Y nosotros todos, a cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados (metamorphoûmetha), en la misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor. La Transfiguración es vida bautismal, la vida en Cristo no es un esfuerzo voluntario ni una propuesta meramente moral, sino ante todo un don a acoger, o más bien el don: el Espíritu del Señor. 

Lejos de ser un episodio evangélico curioso y un tanto extraño, la transfiguración de Jesús es una revelación extraordinaria: de la gloria misteriosa de aquel que será crucificado y de la gloria reflejada de todos aquellos que, acogiendo el don del Espíritu, se convierten en espejos que reflejan la misma gloria. 

En el corazón del verano celebramos, pues, este misterio de luz que no atrapa envolviéndonos. Una celebración que indica plenitud, porque, al revelar la identidad de Cristo, dice lo que sobra y lo que sobrepasa la mente y lo que el corazón lucha por comprender. 

La racionalidad aquí es incapaz de captar ese misterio que, en cambio, sólo debemos dejarnos sorprender y sobrecoger. 

Jesús aparece radiante, "transfigurado", (su rostro brilla como el sol, sus vestidos blancos como la luz), sobre una alta montaña, en medio de Moisés y Elías: la Ley y los Profetas. 

La Ley, ante todo, no es letra muerta encerrada en un papel. La Palabra de los profetas, no un estudio de arqueología, sino algo vivo, que ahora en el rabino de Nazaret, se actualiza en esta cristofonía, anticipación de la revelación pascual. 

El misterio se desvela: Cristo, punto nodal en el que converge toda la fe bíblica. Alfa y Omega. Principio y Fin. Cristo, síntesis de lo divino, lo humano, lo cósmico. Cristo, a quien todo tiende y en quien todo se realiza. “En Él está toda plenitud” (Col 1, 19). 

En la transfiguración Jesús rasga el velo de su humanidad y revela el misterio escondido en su carne, el misterio de la gloria de Dios. En la revelación del cuerpo de Cristo se produce también la revelación del destino del hombre, "cuando seamos semejantes a Él" (1 Juan 3, 2). Éste es el destino de nuestra migración, la comunión con Dios que ya se construye con la comunión con los hombres. 

Debemos aprender a desear, esperar y acoger la claridad y el candor de la transfiguración: "sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente" (Mc 9, 3). Es el rostro glorioso del Dios Hombre, del que una voz atestigua: “Éste es mi Hijo querido; escuchadle” (Mc 9, 7). 

¡Escuchadle! No una recreación histórica fijada en una lápida, sino una realidad para cada "hoy". 

El discípulo es el que se deja contagiar por la luz del Resucitado. “Hoy” resuena el mandato de escuchar, que es la invitación a seguir. La transfiguración de Cristo se convierte entonces en la transfiguración del discípulo contagiado por la luz del Resucitado, porque, como dice Pablo, "reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen" (2 Cor 3, 18). 

Nosotros somos un fragmento de la luz divina. Así, en nuestra oscuridad, que se llama guerras, hambre, crueldad, corrupción, vulgaridad, egoísmo, explotación de los más pequeños, impotencia del Getsemaní, abismo de las tentaciones en el que caemos y el abismo del disparate... el cristiano, de alguna manera, es el ya "transfigurado", es aquel que lleva dentro de sí un fragmento de luz, reflejo del esplendor divino, para iluminar ese mundo que se olvida de Dios. 

El cristiano: la pequeña luz de Dios dentro de las texturas de la historia personal y de la historia del mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Venid conmigo a un sitio apartado.

Venid conmigo a un sitio apartado 

Como siempre, también estos días nos hundimos de repente en no pocas pesadillas. 

Miedos, duelos, limitaciones, oposiciones, cansancios, victimismos… ¿Podemos entrever algunos destellos de esperanza en el horizonte? 

La dichosa guerra… Sombras amenazantes… Imágenes de dolores y sufrimientos… 

¿Alguna alegría? 

Sí, tengo miedo y estoy cansado. Lo admito. 

Y quisiera huir pero no sé a dónde. 

Y veo a Dios, mi Dios, moviendo la cabeza. 

Le pedimos que detenga las guerras, después de que nosotros las hemos fomentado. 

Se necesita urgentemente un cambio. 

En mirada, en estilo, en acciones. De fe. 

Se necesita urgentemente una metamorfosis. 

Venid conmigo. Seguidme 

En la montaña 

Un cambio. Para superar la tentación de la desesperación. O de la violencia. 

Como nos decía Lucas el domingo pasado, la tentación, cuyo término significa “pasar a través”, es la dimensión habitual en la que vivimos y nos afecta precisamente porque somos creyentes y estamos llenos del Espíritu Santo. Paradójicamente es una buena señal ser tentado, significa que estamos en la lógica de la conversión. 

Si somos tentados es porque somos creyentes. 

Tabor es la meta de nuestra Cuaresma. La belleza y la alegría nos esperan, allí queremos ir, allí queremos orientar nuestras vidas. 

No para escapar de la pesada realidad, sino para transfigurarla. 

Vivimos en una época en la que se cultiva la desarmonía. En palabras, en discursos, incluso en nuestros barrios. En nuestras relaciones cotidianas. El lujo se confunde con la belleza, la riqueza con el esplendor. 

Pero sin belleza el corazón se marchita. Sin la belleza que toca lo bueno y lo justo, el alma se seca hasta quedar reseca. 

Una nueva mirada 

Aquel carpintero convertido en rabino lo conocían desde hacía mucho tiempo. 

Escucharon sus palabras, admiraron su profundidad y tranquilidad, amaron su visión de las cosas. Pero ahora, en Tabor, su forma de verlo cambia. 

La belleza está en nuestra mirada, no en las cosas ni en las personas. 

Y ahora los discípulos lo ven con los ojos del corazón. 

¡Qué hermoso es ver la belleza de Dios! ¡Cuánto reconocemos, en el rostro más humano del Señor Jesús, la transparencia sonriente del rostro del Padre! 

¡Y cuánta belleza falta en nuestra fe! Hemos forzado la experiencia de la fe a incluirse en las categorías de justicia y moralidad. 

Creemos que es correcto y apropiado creer en Dios. 

Es hermoso, responden los apóstoles. Una belleza que supera toda otra belleza, que ilumina y rebaja toda otra alegría que en Dios, y sólo en Dios, adquiere profundidad y esperanza de inmortalidad. 

Buscamos esta belleza cuando entramos en el desierto de la Cuaresma. 

En la locura del hombre que se cree Dios. 

Buscamos al Dios hermoso, nada más. 

En la oración 

Lucas escribe que Jesús subió al Tabor a orar y que está en oración, mientras se transfigura, como para indicar que sólo en un profundo camino de interioridad podemos descubrir la belleza de pertenecer a Dios. 

Por eso, es urgente redescubrir en nuestra fe el aspecto de la oración como encuentro íntimo y fecundo con la Palabra de Dios, para hacer de ella una lectura orante, prolongada y fecunda. 

Nos habla de su rostro transformado, que cambia de apariencia: como cuando estás enamorado, como cuando estás feliz, como cuando regresamos de una experiencia extraordinaria de fe. Se ve, si hemos descubierto la belleza de Dios no necesitamos hablar de ello por mucho tiempo. 

Jesús habla con Elías y Moisés, los profetas y la Ley, para dar plenitud a su revelación. Pero sólo Lucas nos dice que habla de su éxodo, de su partida. Han transcurrido ocho días desde que Jesús anunció a sus discípulos el terrible giro que estaban tomando los acontecimientos y su posible muerte estaba en el horizonte. 

Hoy aprendemos de Lucas que aquí mismo, en la gloria, Jesús recibe la confirmación de esto y una clave para entender el dolor que está a punto de afrontar. Cuando estamos en el Tabor comprendemos que la vida real también está hecha de cruces y derrotas, de dolores y desilusiones. Sólo en la belleza podemos afrontar el dolor. 

Los discípulos están oprimidos por el sueño, aquí como lo estarán más tarde en Getsemaní. Para ver la belleza de Dios debemos luchar duro, pelear, permanecer despiertos. Hoy día, ser y permanecer cristianos exige un esfuerzo inmenso, sobrehumano, que sólo el Espíritu nos permite realizar. Evitemos construir tiendas para “bloquear” al Señor en el momento de gloria. Si tenemos la alegría de ver la belleza de Dios, es para llevarla con nosotros a la ciudad. 

En la escucha 

La nuestra no es la fe de las visiones, sino de la escucha. 

Y esta página lo confirma. Si la oración nos lleva al lugar interior donde se encuentra la mirada de Dios sobre el mundo, la escucha de la Palabra es la invitación que el Padre nos dirige a todos. 

Un escuchar que requiere atención. 

Una escucha que requiere silencio. 

Un escuchar requiere deseo. 

Como cuando recogemos las preciosas palabras de una persona que amamos. 

Que esta subida al Tabor sea una oportunidad para escuchar mejor. Nuestro yo más profundo, en primer lugar, sin vivir en la superficie. Los que nos rodean, para mejorar la calidad de nuestras conversaciones. Hemos de desear a sopesar y pensar en las palabras a pronunciar. Retomar, cada día, el Evangelio que nos ayuda a releer la vida. 

Entonces nuestra mirada verá la metamorfosis, la transfiguración, que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros cuando tomamos a Dios en serio. 

Y quiero empezar por mí mismo: sabiéndome amado, quiero construir un metro cuadrado de paz absoluta a mi alrededor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Oración y transfiguración: transfigurar la mirada o la luz para afrontar la vida.

Oración y transfiguración: transfigurar la mirada o la luz para afrontar la vida 

Cada año, el 6 de agosto - fecha de mi cumpleaños -, en pleno verano, la Iglesia nos invita a contemplar el gran misterio de la transfiguración de Jesús, narrado en los Evangelios sinópticos. Lucas (9, 28-36), en particular, lo relaciona con el tema de la oración de Jesús. 

Lucas nos revela que «Moisés y Elías, aparecidos en gloria, hablaban con Jesús de su exodus que se iba a cumplir en Jerusalén», del exodus de este mundo al Padre que Jesús iba a vivir en obediencia a las Escrituras. La conexión entre el Tabor (monte de la transfiguración) y el Gólgota (monte de la pasión) es el levantamiento del velo sobre lo que le espera a Jesús al final del viaje emprendido hacia Jerusalén. 

Inmediatamente después de recibir la confesión de Pedro, que lo proclamó Mesías, Jesús hizo el primer anuncio de la «necesidad» de su pasión, muerte y resurrección (cf. Lc 9,22). Justo después de esta revelación, «unos ocho días después», se produce el acontecimiento de la transfiguración, para atestiguar que Jesús es el Cristo, como lo había proclamado Pedro (cf. Lc 9,20), pero también que su gloria contiene como necessitas la pasión y la muerte. 

Esta «necesidad», de la que Jesús habla a menudo en Lucas, no está ligada ni al azar ni a un destino querido por Dios: Jesús fue hacia la muerte en libertad y por amor. Su pasión estaba ligada ante todo a una necesidad humana: en un mundo de injustos, el justo es rechazado, perseguido y, si es posible, asesinado (como se lee en los dos primeros capítulos del libro de la Sabiduría). Jesús podría haberse pasado al bando de los injustos: entonces habría cesado la hostilidad hacia él; pero, al seguir siendo fiel a la voluntad de Dios y haciendo el bien, solo podía preparar su rechazo. 

Ahora bien, si Jesús, el Justo, afronta esta situación sin recurrir a la violencia, sino permaneciendo fiel a Dios, entonces la necesidad humana puede interpretarse también como divina: la libre obediencia a la voluntad de Dios, que pide vivir el amor hasta el extremo, exige una vida de justicia y amor, incluso a costa de la muerte. 

En esta perspectiva, Jesús había anunciado que algunos de sus discípulos verían el Reino de Dios antes de morir (cf. Lc 9,27). Y así sucede. Jesús toma consigo a Pedro, Juan y Santiago, y sube al monte a orar con ellos, para encontrar luz en su camino. Y he aquí que, durante la oración, se manifiesta la gloria de Dios en su persona: se produce una transformación de su rostro, que se vuelve resplandeciente, y de sus vestiduras, que se vuelven luminosas. ¿Es otro Jesús? No, es el hombre Jesús de Nazaret, pero contemplado en su gloria, en su vínculo inquebrantable con el Padre. 

Según los Padres de la Iglesia griega, la transformación, la metamorfosis, es un acontecimiento que afecta a los ojos y al corazón de los discípulos. Lo que se transfigura es la mirada de los tres, que por gracia han visto lo que no podían ver en la vida cotidiana. Se les concede la facultad de ver a Cristo en su realidad de Hijo de Dios, «oculta» en la vida terrenal de Jesús. 

¿Quieres saber si los discípulos, cuando Jesús se transfiguró ante los que había hecho subir al monte, vieron a Jesús bajo la forma de Dios, la que era la suya antes, habiendo tomado aquí abajo la forma de esclavo? Escucha estas palabras, en sentido espiritual, y fíjate en que no se dice solo «se transfiguró», sino «se transfiguró ante ellos» - Orígenes -. 

Esta experiencia de gloria es una revelación no solo para los discípulos, sino también para Jesús: para afrontar la prueba, no es necesario ser experto en el sufrimiento, sino simplemente haber visto la luz, en la fe, no con los ojos carnales. Hay que permanecer firmes en el Señor, creer que su camino es el de la vida, incluso a costa de perderla: perderla por Él es encontrarla, y quien tiene una razón por la que vale la pena dar la vida, hasta la muerte, ¡también tiene una razón para vivir! 

Jesús, pues, al comienzo de su viaje hacia Jerusalén, recibe del Padre la luz necesaria para afrontar el camino, incluso en la oscuridad del sufrimiento. También los discípulos están provistos de una luz que debe sostenerlos y hacerles comprender la necesidad de la pasión en todo camino de amor auténtico, que debe mantenerlos en la fe incluso en el escándalo de la pasión. 

Por eso, en la luz que Dios da a Jesús y a los discípulos aparecen Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, las Escrituras que contienen la Palabra de Dios, como confirmación del camino de Jesús y luz para los discípulos. Moisés y Elías hablan de la necesidad del éxodo de Jesús: en un mundo injusto, si el justo quiere permanecer en la lógica de la justicia y del amor —es decir, de Dios—, no puede sino «sufrir muchas cosas» (Lc 9,22). Es una verdad difícil de aceptar, pero el esfuerzo es un paso necesario en todo camino de amor fiel: no puede suprimirse en el camino de la humanización ni en el seguimiento de Jesús. 

Por otra parte, Jesús acaba de decirlo: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se despoje de sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará» (Lc 9,23-24). Si, pues, el discípulo, cada uno de nosotros, ha visto con los ojos de la fe la luz de Cristo, está equipado para la lucha espiritual, para vivir la paradoja del Evangelio. 

Esto supone en la dinámica de la oración que Jesús y los discípulos subieron al Tabor y subirán al monte de los Olivos (cf. Lc 22,39-46) para orar. Los discípulos vieron la gloria de Jesús en el Tabor porque permanecieron en oración; en cambio, no supieron contemplar a Jesús en el monte de los Olivos y seguirlo al Gólgota porque aquella noche no supieron orar. 

En ambas ocasiones estaban oprimidos por el sueño, pero en el Tabor se mantuvieron despiertos para orar y vieron la gloria de Jesús; en el Monte de los Olivos, en cambio, no pudieron velar, a pesar de que Jesús los había llamado a orar con Él, y así decidieron huir y renegar del camino recorrido. 

Nuestra oración está llamada a ser como la de Jesús: escucha de la palabra de Dios contenida en las Escrituras, coloquio con quien vive en Dios, experiencia de la comunión de los amigos y discípulos del Maestro de la Luz. 

En esta oración, Jesús encuentra la confirmación de su camino, orientado hacia la pasión, la muerte y la resurrección, en continuidad con la historia de la salvación. En esta oración, que se nos conceda renovar nuestra fe en la voz de Dios que repite cada día a nuestro corazón: «Este es mi Hijo, el amado, el elegido; escuchadle». 

El gran mandamiento «Escucha, Israel» (Dt 6,4) resuena ahora como: «Escuchadle a Él, el Hijo», Verbo hecho carne en Jesús (cf. Jn 1,14), Hombre en quien las Escrituras encuentran su cumplimiento (cf. Lc 24,44). 

Esto es lo esencial de nuestra fe y es el camino para seguir a Cristo: seguros de que nuestra lucha cotidiana, sostenida por la oración, se abrirá un día, ¿o no será que se abre cada día?, a la luz de la resurrección. Y confiando en la promesa transfiguradora de Jesús: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 28 de febrero de 2026

Nada, solo Jesús - San Mateo, 17, 1-9 -.

Nada, solo Jesús - San Mateo, 17, 1-9 -


A veces no se trata de pensar, de comprender; se trata de dejarse llevar.

 

De unirse a Pedro, Santiago y Juan, y con ellos hablar, reír, bromear por el camino, mientras la subida se hace cada vez más empinada y llega el cansancio.

 

A veces hay que dejarse llevar «a un lugar apartado, a un monte alto».

 

El Maestro no hace lo que había hecho con Él el Tentador, que lo había tomado y lo había llevado en un instante «a un monte muy alto» (Mt 4,8).

 

A veces no se nos ahorra el esfuerzo de la subida; el polvo que se levanta en las sandalias; el aliento que se acorta. Tal vez, en cierto momento, Jesús, que va delante, se detiene y se hace el silencio entre nosotros, que vamos detrás.

 

Tal vez se detiene, también Él jadea, y se vuelve para contemplar en silencio el panorama. Una sonrisa le ilumina el rostro, antes de reanudar la subida hasta llegar a la cima.

 

«Y se transfiguró delante de ellos: su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz».

 

A veces no tenemos más que estar ante este rostro, dejarnos seducir por esta belleza, como si Jesús supiera que, o pasa por el camino de la belleza, o nunca nos conquistará por completo, nunca del todo.

 

A veces debemos dejar que el Señor nos lleve lejos, a un lado.

 

No quiere hablar, no quiere enseñar, quiere que bajemos el tono y el ritmo de las palabras, como cuando se sube a la montaña, para dar espacio al aliento, a la respiración, al aire.

 

O quiere que nos detengamos, en el camino, para contemplar con Él el panorama: nada que ver con «todos los reinos del mundo y su gloria» (Mt 4,8) que el Tentador le había mostrado desde la montaña más alta: ¿para qué te sirve eso?

 

O quiere que nos detengamos a mirar las piedras, a mirar las flores que encontramos por el camino, a dejarse abrazar por el viento del Tabor que sopla como quiere y cuando quiere sin llegar a controlar de donde viene ni a dónde va.

 

O quiere que dejemos que nuestros ojos se llenen de belleza.


Porque podemos hablar durante horas, durante días, de lo hermoso que es el Reino de los Cielos, como la moneda perdida, como la perla preciosa por la que lo vendemos todo, como el tesoro más grande… Y esto hasta puede estar bien…

 

Pero para enamorarnos de Él, tenemos que vislumbrar su belleza.

 

Lo mejor que nos puede pasar en la vida es perder la cabeza por esta belleza.

 

Aquella mañana en el Tabor, Pedro también perdió la cabeza: ‘¡Señor, qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’.

 

Tal vez incluso el Maestro sonrió desarmado ante tu infantil «¡quedémonos aquí!» —de repente se te había pasado el sueño— «Es tan hermoso. Eres tan hermoso».

 

«Al levantar los ojos, no vieron a nadie, sino solo a Jesús».

 

«Nada, solo Jesús».

 

Esto es lo que nos queda, mientras bajamos de la montaña, con los ojos y el corazón confusos, incapaces de comprender, incapaces de abarcar toda la realidad.

 

El hecho es que, una vez que hemos estado en el Tabor, pasamos el resto de nuestra vida pensando: «Qué hermoso era allí. Qué hermoso era Él»; pasas toda la vida sin desear nada más «que solo a Jesús».

 

Y el corazón comenzará a estallar dentro de nosotros cuando, la mañana del Domingo, la túnica blanca como la nieve de aquel joven en el sepulcro, sentado sobre la piedra removida (Mt 28,3), nos recuerde, como en un destello, las vestiduras blancas del Maestro, de aquel día. Y entonces, por fin, lo entenderemos todo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


domingo, 22 de febrero de 2026

Transfiguración: Levantarse y seguir caminando sin miedo - San Mateo 17, 1-9 -.

Transfiguración: Levantarse y seguir caminando sin miedo - San Mateo 17, 1-9 -

«Levantaos y no tengáis miedo». Estas son las únicas palabras que Jesús, en el monte de la Transfiguración, dirige a sus discípulos. Estas son las únicas palabras de Jesús en el centro del acontecimiento de la Transfiguración. Solo Mateo recoge estas palabras de Jesús. Estas palabras nos llegan también hoy, aquí y ahora, a nosotros.

 

Las palabras de Jesús van al encuentro de la caída y el temor de los tres discípulos que se encuentran inmersos y perdidos en una nube que se revelará luminosa, una nube no de tinieblas y ausencia, sino de luz y presencia, pero que solo se revelará como tal gracias a la escucha de la palabra de Jesús. Y esta es la palabra decisiva: «Levantaos y no temáis».

 

Este relato nos lleva a lo esencial de la fe y de nuestra propia vida de fe y de discipulado, a su fundamento ineludible y que solo puede dar firmeza, sentido y perseverancia en el seguimiento.

 

«Seis días después»: así comienza nuestro texto y esta nota tiene dos significados.

 

Dentro de la narración de Mateo, vincula el acontecimiento en el que Jesús, en el monte Tabor, resplandece con la luminosidad de Dios mismo, con las palabras pronunciadas por Jesús sobre su próxima pasión y muerte, así como con la necesidad de que sus discípulos se nieguen a sí mismos y tomen la cruz para seguirlo (Mt 16,21-28).

 

Pero este vínculo con acontecimientos oscuros, sombríos y dolorosos tanto para Jesús como para sus discípulos, acontecimientos que hablan de sufrimiento y muerte, se reinterpreta a partir de esta manifestación de la que recibe un nuevo sentido y una nueva luz, luz y sentido ocultos, no inmediatamente perceptibles, pero auténticos, reales y vivificantes.

 

Mateo subraya que es el rostro de Jesús el que se vuelve resplandeciente como el sol. Ese Jesús que conversa con Moisés y Elías, los representantes de la Palabra de Dios que se expresa en la Ley y en la Profecía.

 

Y nos sugiere que toda la vida de Jesús, incluso su experiencia de Dios, así como la relación que vive con los discípulos, todo su ministerio y toda su vida, están guiados por la obediencia a la Palabra, orientados e iluminados por la escucha interiorizada de la Palabra de Dios contenida en las Escrituras. Escucha que se convierte en fuente interior de luz.


Jesús sube con tres discípulos al monte y he aquí que su rostro se vuelve resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la luz. ¿De dónde nace esta transparencia de luminosidad que habita en la persona de Jesús?

 

Mateo lo sugiere diciendo que Jesús conversaba con Moisés y Elías, es decir, con todas las Escrituras, con la Torá y los Profetas, y que de una nube luminosa salió una voz que proclamaba a Jesús como Hijo de Dios y pedía a los discípulos que le escucharan. Una voz que dice: «Este es mi Hijo, el amado, en él tengo mis complacencias. Escuchadle».

 

La experiencia de Dios vivida por Jesús es expresada por Mateo como un resplandor que brilla en el rostro de Jesús y es fruto del trabajo asiduo de escuchar y leer la palabra de la Escritura.

 

La Palabra que es luz para los pasos del hombre (Sal 119,105), la Palabra que, escuchada e interiorizada, transmite su vida, su luz, su fuerza, al cuerpo y al alma del hombre. No ocurre nada mágico ni sobrenatural, pero todo cobra un nuevo significado, todo lo humano cobra un nuevo significado, incluso el camino del sufrimiento y la muerte.

 

Sí, todo encuentra un nuevo sentido y así la vida encuentra una fuerza antes desconocida y una motivación profunda, radical.

 

La Transfiguración dice que el esplendor de la gloria de Dios resplandece en el rostro de Jesús, el Siervo obediente, el que cumple las Escrituras viviéndolas. Esto es vivir por la fe, vivir de la fe: dejarse guiar por la Palabra de Dios, no por nuestras palabras.

 

Nos dejamos iluminar por la Palabra de Dios y no nos dejamos engañar por nuestros proyectos o nuestros deseos. Aceptando los sufrimientos y las travesías de la oscuridad que esto conlleva.

 

Cuando en algún momento Pablo diga que caminamos por medio de la fe, no por la visión, afirma que la fe nos guía también en la tiniebla, en la oscuridad, nos orienta cuando estamos en la aporía.

 

Jesús avanza en la fe, afronta con fe y decisión su camino, un camino en el que ya ha vislumbrado claramente los rasgos de sufrimiento y muerte que le esperan, pero ahora conoce, por la fe y en la fe, también su destino vital.

 

Jesús sabe que ese es un camino de vida. No en vano, al bajar de la montaña, Jesús ordenará a los discípulos que no cuenten a nadie la visión «hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».


Para Mateo la Transfiguración es una experiencia de obediencia a las Escrituras. El Jesús transfigurado es el obediente a las Escrituras. Una obediencia que coincide con la fe misma. La fe de Jesús, por supuesto, pero también la fe a la que están invitados los discípulos. El relato nos invita a  escuchar una Palabra que se convierta en experiencia de fe.

 

«Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos y no temáis’». Este versículo, propio de Mateo, está en el centro del relato.

 

La Palabra de Dios escuchada llega de manera vital a los discípulos en la carne humana de Jesús, que se hace cercano a ellos, los toca con dulzura y ternura, y les dice que pueden levantarse, que tienen derecho a no tener más miedo, pero también les dice que tienen la responsabilidad de salir del miedo, que tienen el deber, la tarea de reunir fuerzas para levantarse.

 

Esas palabras son una orden que expresa una posibilidad: podéis levantaros, pero que también asigna una responsabilidad: estáis llamados a salir del miedo, de las excusas que os mantienen paralizados en el suelo, inertes, en posición de víctimas.

 

Esa orden: «Levántate» o «Levantaos» se dice a menudo a personas marcadas por enfermedades y postradas por el sufrimiento: un paralítico (Mt 9,5), un mendigo ciego (Mc 10,49), un hombre con una mano seca (Mc 3,3). Estas órdenes piden que se aparte la mirada de uno mismo, de la propia situación de sufrimiento, que se salga del victimismo y se dirija la mirada y se preste atención a la palabra del Señor. Esto es entrar en la fe, pero también crecer en humanidad. Ir en profundidad, lo que siempre es, tarde o temprano, ir hasta el fondo.

 

Este es el mensaje que nos llega de la palabra evangélica sobre la Transfiguración. Un mensaje sencillo y esencial, claro e inequívoco. Se nos recuerda una única cosa fundamental. Pero vital y poderosa, una palabra que, obedecida, es capaz de resucitar nuestras vidas, de hacernos poner en práctica el «levantaos» que Jesús nos dirige.

 

He aquí lo único verdaderamente bueno: renovar el fundamento de nuestra vocación cristiana, reencontrando esa escucha cotidiana de la Palabra de Dios que se condensa en la experiencia, en el conocimiento práctico de Jesús. Solo de Jesús. De Jesús que nos dice a cada uno y a todos nosotros: «Levantaos y no temáis».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfiguración: Escuchar al Hijo - San Mateo 17, 1-9 -.

Transfiguración: Escuchar al Hijo - San Mateo 17, 1-9 -

El segundo Domingo de Cuaresma presenta el relato de la Transfiguración de Jesús, indicando el resultado pascual del camino cuaresmal iniciado el primer Domingo con el episodio de las tentaciones.

 

El pasaje de la transfiguración según Mateo está precedido por unas palabras misteriosas con las que Jesús parece aludir a acontecimientos próximos que Él ya conoce: «Hay algunos de los aquí presentes que no morirán sin antes ver venir al Hijo del hombre con su Reino» (Mt 16,28).

 

Seis días después de estas palabras proféticas, Mateo presenta a Jesús realizando un gesto decidido: toma consigo a tres discípulos y los lleva a una montaña alta. Una palabra y un gesto bien relacionados, que dicen algo sobre la intención de Jesús, porque los tres discípulos estaban entre los presentes cuando pronunció las palabras sobre quién vería al Hijo del hombre venir en su Reino antes de gustar la muerte.

 

Además, la expresión «seis días después» sitúa precisamente este gesto. Lo sitúa después de la confesión mesiánica de Pedro (Mt 16,13-20), después de las duras palabras sobre la pasión, muerte y resurrección del Hijo del hombre (Mt 16,21), después de la reprimenda de Jesús a Pedro (Mt 16,22-23) y después de las exigentes palabras sobre el seguimiento (Mt 16,24-27).

 

Mateo subraya la iniciativa de Jesús: Él toma consigo a los discípulos y los lleva adonde quiere. Y los discípulos se dejan llevar.

 

Asistimos aquí a una especie de iniciación, a la introducción en un camino que comienza con una separación, un apartamiento, al que seguirá un momento de liminalidad, de incertidumbre y temor, y que concluirá con una reintegración (el regreso al pie de la montaña).

 

Es decir, es el típico camino iniciático. Jesús distingue a los tres discípulos del grupo de los demás, los toma y los guía. Ellos no hacen más que obedecer: al recordar más tarde ese acontecimiento, no podrán sino decir que fueron elegidos por el Señor, que no inventaron ellos ese camino, sino que solo obedecieron. Se dejan llevar y guiar sin saber a qué se enfrentan.


Jesús los lleva a una alta montaña. La expresión «alta montaña» se encuentra aquí y en el relato de las tentaciones (Mt 4,8). La montaña a la que Jesús lleva a los tres discípulos es un lugar tanto de tentación como de revelación. En particular, es el lugar donde Jesús manifiesta que su persona es comunión con Dios y con los hombres.

 

Dejarse guiar por Jesús, dice Mateo, significa ser conducidos a la comunión con Dios. Es más, ellos experimentarán la comunión con Dios y la comunión entre ellos.

 

Comunión con Dios, ante todo, como se ve en la montaña donde Jesús vence la tentación guardando la comunión con Dios mediante la obediencia a la Escritura (cf. Mt 4,8-11), o desde la montaña a la que se retira para orar (cf. Mt 14,23), o desde la montaña en la que el Resucitado proclama su plena comunión con Aquel que le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28,18).

 

Comunión también con los hombres, como se ve en el monte desde el que Jesús predica la palabra del Reino a las multitudes (cf. Mt 5,1), o en el monte donde realiza curaciones y da pan a las multitudes necesitadas (cf. Mt 15,29-39), o desde la montaña donde el Resucitado afirma su comunión con los discípulos, diciendo que estará con ellos todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20).

 

En el monte de la Transfiguración, los dos aspectos de la comunión vivida por Jesús están estrechamente relacionados: el resplandor de su rostro expresa su intimidad con el Dios que «es luz» (1 Jn 1,5), y la visión gloriosa de Moisés y Elías por parte de los discípulos, así como la escucha de la Palabra de Dios dirigida expresamente a ellos (cf. Mt 17,3.5), expresan la implicación de los discípulos en esa experiencia de comunión.

 

Este es el fin de la ascensión al monte que Jesús hizo hacer a los discípulos. En este lugar apartado, lejos de las multitudes, Jesús «se transfiguró delante de ellos». En el monte tiene lugar una experiencia: el Señor se da a conocer a los discípulos más profundamente con una experiencia que puede expresarse adecuadamente con el símbolo de la luz.

 

El conocimiento más profundo de Jesús, al que se quiere seguir hasta el final, cumpliendo las durísimas condiciones que Jesús acaba de imponer seis días antes (renunciar a uno mismo, tomar la propia cruz, perder la propia vida), confunde a los discípulos.

 

Tras la obediencia elegida, pero también sin plena conciencia, que lleva a seguir a Jesús y a subir adonde Él va, llegan el vértigo, el temor y la desorientación. Se dice que los discípulos cayeron sobre sus rostros, desfallecieron y se llenaron de gran temor.

 

En su carne, Jesús hace visible a Dios, lo acerca a los hombres. Los temores son vencidos en la medida en que se escucha: «mientras aún hablaba», una nube luminosa cubrió con su sombra a Jesús, Moisés y Elías y dirigió una orden: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». En el centro del episodio de la transfiguración está la voz de la nube que ordena escuchar a Jesús (cf. Mt 17,5).


En el monte de la Transfiguración se revela que Jesús es un hijo obediente al Padre a través de la escucha. La Palabra se convierten en la voz viva de Dios: «Este es mi Hijo, el amado, en quien tengo mis complacencias. Escuchadle».

 

Es la presencia luminosa que habita en Jesús y llega a los discípulos gracias a la voz de Dios que, a través de las Escrituras, proclama la identidad mesiánica de Jesús («Este es mi Hijo»: Sal 2,7), su ser siervo («En él me complací»: Is 42,1), el amado, el hijo único, como Isaac («el amado»: Gn 22,2) y el profeta («¡Escuchadlo!»: Dt 18,15).

 

Escuchar la Palabra de Dios es temible porque conduce al cambio, a transformar la vida haciendo de la Palabra escuchada el centro renovado e innovador de la propia existencia.

 

Este es el fin de la subida tras Jesús a la montaña alta: aprender a escuchar su palabra para conocerlo, para habitar su Palabra y así habitar en Él. Pero también para aprender a amar como Él ha amado y así vivir la condición humana y dar sentido al tiempo de la propia vida poniendo en práctica lo que escuchamos en el Evangelio.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...