sábado, 28 de febrero de 2026

Nada, solo Jesús - San Mateo, 17, 1-9 -.

Nada, solo Jesús - San Mateo, 17, 1-9 -


A veces no se trata de pensar, de comprender; se trata de dejarse llevar.

 

De unirse a Pedro, Santiago y Juan, y con ellos hablar, reír, bromear por el camino, mientras la subida se hace cada vez más empinada y llega el cansancio.

 

A veces hay que dejarse llevar «a un lugar apartado, a un monte alto».

 

El Maestro no hace lo que había hecho con Él el Tentador, que lo había tomado y lo había llevado en un instante «a un monte muy alto» (Mt 4,8).

 

A veces no se nos ahorra el esfuerzo de la subida; el polvo que se levanta en las sandalias; el aliento que se acorta. Tal vez, en cierto momento, Jesús, que va delante, se detiene y se hace el silencio entre nosotros, que vamos detrás.

 

Tal vez se detiene, también Él jadea, y se vuelve para contemplar en silencio el panorama. Una sonrisa le ilumina el rostro, antes de reanudar la subida hasta llegar a la cima.

 

«Y se transfiguró delante de ellos: su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz».

 

A veces no tenemos más que estar ante este rostro, dejarnos seducir por esta belleza, como si Jesús supiera que, o pasa por el camino de la belleza, o nunca nos conquistará por completo, nunca del todo.

 

A veces debemos dejar que el Señor nos lleve lejos, a un lado.

 

No quiere hablar, no quiere enseñar, quiere que bajemos el tono y el ritmo de las palabras, como cuando se sube a la montaña, para dar espacio al aliento, a la respiración, al aire.

 

O quiere que nos detengamos, en el camino, para contemplar con Él el panorama: nada que ver con «todos los reinos del mundo y su gloria» (Mt 4,8) que el Tentador le había mostrado desde la montaña más alta: ¿para qué te sirve eso?

 

O quiere que nos detengamos a mirar las piedras, a mirar las flores que encontramos por el camino, a dejarse abrazar por el viento del Tabor que sopla como quiere y cuando quiere sin llegar a controlar de donde viene ni a dónde va.

 

O quiere que dejemos que nuestros ojos se llenen de belleza.


Porque podemos hablar durante horas, durante días, de lo hermoso que es el Reino de los Cielos, como la moneda perdida, como la perla preciosa por la que lo vendemos todo, como el tesoro más grande… Y esto hasta puede estar bien…

 

Pero para enamorarnos de Él, tenemos que vislumbrar su belleza.

 

Lo mejor que nos puede pasar en la vida es perder la cabeza por esta belleza.

 

Aquella mañana en el Tabor, Pedro también perdió la cabeza: ‘¡Señor, qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’.

 

Tal vez incluso el Maestro sonrió desarmado ante tu infantil «¡quedémonos aquí!» —de repente se te había pasado el sueño— «Es tan hermoso. Eres tan hermoso».

 

«Al levantar los ojos, no vieron a nadie, sino solo a Jesús».

 

«Nada, solo Jesús».

 

Esto es lo que nos queda, mientras bajamos de la montaña, con los ojos y el corazón confusos, incapaces de comprender, incapaces de abarcar toda la realidad.

 

El hecho es que, una vez que hemos estado en el Tabor, pasamos el resto de nuestra vida pensando: «Qué hermoso era allí. Qué hermoso era Él»; pasas toda la vida sin desear nada más «que solo a Jesús».

 

Y el corazón comenzará a estallar dentro de nosotros cuando, la mañana del Domingo, la túnica blanca como la nieve de aquel joven en el sepulcro, sentado sobre la piedra removida (Mt 28,3), nos recuerde, como en un destello, las vestiduras blancas del Maestro, de aquel día. Y entonces, por fin, lo entenderemos todo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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