Nada, solo
Jesús - San Mateo, 17, 1-9 -
A veces no se trata de pensar, de comprender; se trata de dejarse llevar.
De unirse a Pedro, Santiago y Juan, y con ellos
hablar, reír, bromear por el camino, mientras la subida se hace cada vez más
empinada y llega el cansancio.
A veces hay que dejarse llevar «a un lugar apartado, a un monte
alto».
El Maestro no hace lo que había hecho con Él el Tentador,
que lo había tomado y lo había llevado en un instante «a un monte muy alto» (Mt
4,8).
A veces no se nos ahorra el esfuerzo de la subida; el
polvo que se levanta en las sandalias; el aliento que se acorta. Tal vez, en cierto
momento, Jesús, que va delante, se detiene y se hace el silencio entre
nosotros, que vamos detrás.
Tal vez se detiene, también Él jadea, y se vuelve para
contemplar en silencio el panorama. Una sonrisa le ilumina el rostro, antes de
reanudar la subida hasta llegar a la cima.
«Y se transfiguró delante de ellos: su rostro
resplandeció como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz».
A veces no tenemos más que estar ante este rostro,
dejarnos seducir por esta belleza, como si Jesús supiera que, o pasa por el
camino de la belleza, o nunca nos conquistará por completo, nunca del todo.
A veces debemos dejar que el Señor nos lleve lejos, a
un lado.
No quiere hablar, no quiere enseñar, quiere que bajemos
el tono y el ritmo de las palabras, como cuando se sube a la montaña, para dar
espacio al aliento, a la respiración, al aire.
O quiere que nos detengamos, en el camino, para
contemplar con Él el panorama: nada que ver con «todos los reinos del mundo y su
gloria» (Mt 4,8) que el Tentador le había mostrado desde la montaña más
alta: ¿para qué te sirve eso?
O quiere que nos detengamos a mirar las piedras, a
mirar las flores que encontramos por el camino, a dejarse abrazar por el viento
del Tabor que sopla como quiere y cuando quiere sin llegar a controlar de donde
viene ni a dónde va.
O quiere que dejemos que nuestros ojos se llenen de
belleza.
Porque podemos hablar durante horas, durante días, de lo hermoso que es el Reino de los Cielos, como la moneda perdida, como la perla preciosa por la que lo vendemos todo, como el tesoro más grande… Y esto hasta puede estar bien…
Pero para enamorarnos de Él, tenemos que vislumbrar su
belleza.
Lo mejor que nos puede pasar en la vida es perder la
cabeza por esta belleza.
Aquella mañana en el Tabor, Pedro también perdió la
cabeza: ‘¡Señor, qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una
para ti, otra para Moisés y otra para Elías’.
Tal vez incluso el Maestro sonrió desarmado ante tu
infantil «¡quedémonos aquí!» —de repente se te había pasado el sueño— «Es
tan hermoso. Eres tan hermoso».
«Al levantar los ojos, no vieron a nadie,
sino solo a Jesús».
«Nada, solo Jesús».
Esto es lo que nos queda, mientras bajamos de la
montaña, con los ojos y el corazón confusos, incapaces de comprender, incapaces
de abarcar toda la realidad.
El hecho es que, una vez que hemos estado en el Tabor,
pasamos el resto de nuestra vida pensando: «Qué hermoso era allí. Qué hermoso
era Él»; pasas toda la vida sin desear nada más «que solo a Jesús».
Y el corazón comenzará a estallar dentro de nosotros
cuando, la mañana del Domingo, la túnica blanca como la nieve de aquel joven en
el sepulcro, sentado sobre la piedra removida (Mt 28,3), nos recuerde, como en
un destello, las vestiduras blancas del Maestro, de aquel día. Y entonces, por
fin, lo entenderemos todo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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