El militarismo o comulgar con ruedas de molino
Hay un rasgo común en los discursos públicos actuales
sobre el rearme: la rapidez con la que se ha dejado de cuestionar el aumento
del gasto militar. Lo que hasta hace unos años habría generado debate,
oposición e interrogantes éticos y políticos, hoy transita casi sin resistencia
en el espacio público.
Ya van unos cuantos años consecutivos de aumento… No
sé si estamos aún en los tiempos de la Guerra Fría… pero Europa sí está dispuesta
a seguir sumando cantidades en el gasto militar…
Todo esto se presenta como un proceso natural, casi
inevitable, como si fuera una respuesta automática a condiciones externas y no
una elección política deliberada. Sobre todo, como si no tuviera consecuencias
directas sobre la sociedad civil.
El lenguaje que acompaña a esta transformación dista
mucho de ser neutral. Se habla de «capacidad productiva», de «resiliencia
industrial», de «equilibrio entre sistemas de alta gama y armamento de bajo
coste», de «software actualizado semanalmente».
La guerra se trata progresivamente como un problema de
eficiencia, logística e innovación tecnológica. Ya no es una cuestión política,
moral o humana, sino una variable industrial que hay que optimizar.
En este desplazamiento semántico, la palabra «paz» desaparece. No se cuestiona: simplemente, ya no es necesaria. En su lugar surge un léxico técnico que anestesia el conflicto, lo vuelve abstracto, lo sustrae de la esfera de la experiencia humana.
Me explico. Las víctimas ya no son el centro; en el
centro están los sistemas, el rendimiento, las cadenas de producción. Es un lenguaje
que no niega la guerra, sino que la hace aceptable.
Las guerras recientes han acelerado esta
transformación.
El conflicto en Ucrania se ha convertido en un
laboratorio para el uso de drones de bajo coste, fácilmente replicables,
adaptables y actualizables.
Paralelamente, otras potencias han seguido invirtiendo
en armamento altamente sofisticado: aviones de última generación, sistemas de
defensa integrados, bombarderos estratégicos.
Tanto el sistema basado en la economía de escala y la
accesibilidad, como aquél basado en la superioridad tecnológica conducen a la
misma conclusión: hay que producir más, más rápido y durante períodos más
largos.
La guerra ya no es un acontecimiento excepcional, sino una condición para la que hay que prepararse de forma permanente. En este contexto, la innovación tecnológica se presenta como inevitable. No como una elección orientada por prioridades políticas, sino como una trayectoria obligatoria. El futuro parece ya escrito: automatizado, militarizado, acelerado.
El punto crítico no es solo la cantidad de armas
producidas, sino el imaginario que las sustenta. Hablar de «guerras del futuro»
como si fueran un fenómeno meteorológico —algo que llega, independientemente de
las decisiones humanas— significa renunciar a la política como espacio de
posibilidades.
Este imaginario construye una forma de resignación: la
diplomacia se convierte en un residuo del pasado, la prevención de conflictos
en un lujo que ya no nos podemos permitir, la cooperación internacional en una
ingenuidad.
En nombre del realismo, se acepta un mundo en el que
el conflicto es permanente y la preparación para la guerra es la norma. Pero
este «realismo» es, en realidad, una construcción. No se limita a describir el
mundo: contribuye a producirlo.
Hay además una afirmación que se repite a menudo. Son
las armas, no los presupuestos, lo que desalienta. Pero es precisamente en los
presupuestos donde se leen las decisiones más profundas. Las armas son el
resultado visible; los presupuestos son el proceso que las hace posibles.
Cada aumento del gasto militar implica una redistribución de los recursos. Significa restar fondos a sectores como la educación, la sanidad, la construcción pública o la investigación civil. Significa dar prioridad a la industria armamentística frente a la cohesión social. Significa, en última instancia, redefinir las prioridades de una sociedad.
No se trata solo de cifras, sino de dirección. Un
presupuesto es siempre un acto político: indica qué se considera urgente, qué
es prescindible, qué se quiere construir a largo plazo.
La cuestión no es negar la complejidad del contexto
internacional, ni ignorar la existencia de amenazas reales. Sería una
simplificación ingenua. El problema es aceptar sin discusión que la única
respuesta posible sea la expansión continua del armamento.
Cada euro en armamento está sustraído a otros ámbitos:
a la medicina, a la gestión de emergencias, a la investigación medioambiental,
a… Los millones de euros destinados a un sistema de misiles es un cero invertido
en políticas sociales. Cada decisión de gasto construye un determinado tipo de
futuro, en detrimento de otros posibles. Presentar el rearme como algo
inevitable significa cerrar el campo de alternativas incluso antes de que se
formulen.
La era del rearme no es un destino. Es el resultado de
decisiones políticas, económicas y culturales. Y precisamente porque es
construida, puede ser cuestionada.
Repensar la seguridad significa salir de una lógica exclusivamente militar. Significa reconocer que la estabilidad de una sociedad depende también —y quizás sobre todo— de factores como la justicia social, el acceso a los servicios, la reducción de las desigualdades y la calidad de las relaciones internacionales.
La seguridad no nace solo de la disuasión, sino de la
confianza, de la cooperación y de la capacidad de prevenir los conflictos antes
de que estallen.
En un panorama dominado por la retórica de la
eficiencia militar, imaginar alternativas se convierte en un gesto radical. No
porque sea utópico, sino porque rompe con la idea de que existe un único camino
viable.
Recuperar un espacio de imaginación política significa
volver a situar en el centro las preguntas fundamentales: ¿qué sociedad
queremos construir? ¿Qué riesgos estamos dispuestos a aceptar? ¿Qué prioridades
pretendemos defender?
El verdadero realismo, tal vez, no consiste en aceptar
pasivamente un mundo armado, sino en reconocer que cada elección es
contingente, discutible, modificable. Y que, incluso dentro de una realidad
compleja e inestable, siempre existe la posibilidad de pensar —y construir—
algo diferente.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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