miércoles, 6 de mayo de 2026

El militarismo o comulgar con ruedas de molino.

El militarismo o comulgar con ruedas de molino

Hay un rasgo común en los discursos públicos actuales sobre el rearme: la rapidez con la que se ha dejado de cuestionar el aumento del gasto militar. Lo que hasta hace unos años habría generado debate, oposición e interrogantes éticos y políticos, hoy transita casi sin resistencia en el espacio público.

 

Ya van unos cuantos años consecutivos de aumento… No sé si estamos aún en los tiempos de la Guerra Fría… pero Europa sí está dispuesta a seguir sumando cantidades en el gasto militar…

 

Todo esto se presenta como un proceso natural, casi inevitable, como si fuera una respuesta automática a condiciones externas y no una elección política deliberada. Sobre todo, como si no tuviera consecuencias directas sobre la sociedad civil.

 

El lenguaje que acompaña a esta transformación dista mucho de ser neutral. Se habla de «capacidad productiva», de «resiliencia industrial», de «equilibrio entre sistemas de alta gama y armamento de bajo coste», de «software actualizado semanalmente».

 

La guerra se trata progresivamente como un problema de eficiencia, logística e innovación tecnológica. Ya no es una cuestión política, moral o humana, sino una variable industrial que hay que optimizar.


En este desplazamiento semántico, la palabra «paz» desaparece. No se cuestiona: simplemente, ya no es necesaria. En su lugar surge un léxico técnico que anestesia el conflicto, lo vuelve abstracto, lo sustrae de la esfera de la experiencia humana.

 

Me explico. Las víctimas ya no son el centro; en el centro están los sistemas, el rendimiento, las cadenas de producción. Es un lenguaje que no niega la guerra, sino que la hace aceptable.

 

Las guerras recientes han acelerado esta transformación.

 

El conflicto en Ucrania se ha convertido en un laboratorio para el uso de drones de bajo coste, fácilmente replicables, adaptables y actualizables.

 

Paralelamente, otras potencias han seguido invirtiendo en armamento altamente sofisticado: aviones de última generación, sistemas de defensa integrados, bombarderos estratégicos.

 

Tanto el sistema basado en la economía de escala y la accesibilidad, como aquél basado en la superioridad tecnológica conducen a la misma conclusión: hay que producir más, más rápido y durante períodos más largos.


La guerra ya no es un acontecimiento excepcional, sino una condición para la que hay que prepararse de forma permanente. En este contexto, la innovación tecnológica se presenta como inevitable. No como una elección orientada por prioridades políticas, sino como una trayectoria obligatoria. El futuro parece ya escrito: automatizado, militarizado, acelerado.

 

El punto crítico no es solo la cantidad de armas producidas, sino el imaginario que las sustenta. Hablar de «guerras del futuro» como si fueran un fenómeno meteorológico —algo que llega, independientemente de las decisiones humanas— significa renunciar a la política como espacio de posibilidades.

 

Este imaginario construye una forma de resignación: la diplomacia se convierte en un residuo del pasado, la prevención de conflictos en un lujo que ya no nos podemos permitir, la cooperación internacional en una ingenuidad.

 

En nombre del realismo, se acepta un mundo en el que el conflicto es permanente y la preparación para la guerra es la norma. Pero este «realismo» es, en realidad, una construcción. No se limita a describir el mundo: contribuye a producirlo.

 

Hay además una afirmación que se repite a menudo. Son las armas, no los presupuestos, lo que desalienta. Pero es precisamente en los presupuestos donde se leen las decisiones más profundas. Las armas son el resultado visible; los presupuestos son el proceso que las hace posibles.


Cada aumento del gasto militar implica una redistribución de los recursos. Significa restar fondos a sectores como la educación, la sanidad, la construcción pública o la investigación civil. Significa dar prioridad a la industria armamentística frente a la cohesión social. Significa, en última instancia, redefinir las prioridades de una sociedad.

 

No se trata solo de cifras, sino de dirección. Un presupuesto es siempre un acto político: indica qué se considera urgente, qué es prescindible, qué se quiere construir a largo plazo.

 

La cuestión no es negar la complejidad del contexto internacional, ni ignorar la existencia de amenazas reales. Sería una simplificación ingenua. El problema es aceptar sin discusión que la única respuesta posible sea la expansión continua del armamento.

 

Cada euro en armamento está sustraído a otros ámbitos: a la medicina, a la gestión de emergencias, a la investigación medioambiental, a… Los millones de euros destinados a un sistema de misiles es un cero invertido en políticas sociales. Cada decisión de gasto construye un determinado tipo de futuro, en detrimento de otros posibles. Presentar el rearme como algo inevitable significa cerrar el campo de alternativas incluso antes de que se formulen.

 

La era del rearme no es un destino. Es el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales. Y precisamente porque es construida, puede ser cuestionada.


Repensar la seguridad significa salir de una lógica exclusivamente militar. Significa reconocer que la estabilidad de una sociedad depende también —y quizás sobre todo— de factores como la justicia social, el acceso a los servicios, la reducción de las desigualdades y la calidad de las relaciones internacionales.

 

La seguridad no nace solo de la disuasión, sino de la confianza, de la cooperación y de la capacidad de prevenir los conflictos antes de que estallen.

 

En un panorama dominado por la retórica de la eficiencia militar, imaginar alternativas se convierte en un gesto radical. No porque sea utópico, sino porque rompe con la idea de que existe un único camino viable.

 

Recuperar un espacio de imaginación política significa volver a situar en el centro las preguntas fundamentales: ¿qué sociedad queremos construir? ¿Qué riesgos estamos dispuestos a aceptar? ¿Qué prioridades pretendemos defender?

 

El verdadero realismo, tal vez, no consiste en aceptar pasivamente un mundo armado, sino en reconocer que cada elección es contingente, discutible, modificable. Y que, incluso dentro de una realidad compleja e inestable, siempre existe la posibilidad de pensar —y construir— algo diferente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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