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sábado, 11 de abril de 2026

Una fe herida - San Juan 20, 19-31-.

Una fe herida - San Juan 20, 19-31-

En voz baja, como si no quisiera molestar, sin romper la poesía del silencio. De puntillas, como cuando el sol se pone y acaricia el valle con la oscuridad, envolviendo cada casa en un poco de calor.

 

La tarde de aquel día, el primero de la semana, mientras las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos estaban cerradas por temor a los judíos…

 

Se necesitan puertas cerradas y solo el temor. Se necesita silencio e intimidad, se necesita que no haya mucho más que lo esencial, un poco de pan y al menos algún rastro de calor humano. Se necesita una vida depositada, como resignada. Se necesita saber que es inútil hablar de resurrección, es algo íntimo, algo que brota por dentro.

 

En el interior, y en la oscuridad. Y en el silencio. Pronunciar la palabra «resurrección» en una plaza o en una Iglesia, a la luz del sol, mezclándola con el sonido de campanas demasiado estridentes, arrojándola a la refriega de las lenguas, pintándola en obras de arte, sumergiéndola en proclamas catequísticas será un acto blasfemo y, en esencia, inútil.

 

Ni siquiera Tomás creerá en el anuncio; no basta con decir «hemos visto al Señor». Cerrar las puertas, crear un seno protegido, saber que ni siquiera los amigos creerán por «oído decir». Que tampoco la nuestra puede llamarse fe si es solo por oído decir.


Es necesario que no se crea, ni siquiera por un segundo, que la resurrección sea como pasar la página de un libro. Creer es descender, descender hacia dentro, aprendiendo del Resucitado, adentrarse en silencio en las llagas de la vida. Que nunca serán borradas.

 

Yo esto sí que puedo creerlo: que vivir la resurrección no es abandonarse al sueño de que «todo irá bien», no es creer en la existencia de un lugar suspendido y angelical, no es abandonarse a la luz, no es un descanso eterno, no es liberarse de las angustias terrenales para diluirse en un Infinito sin límites…

 

Yo, como Tomás, quiero que las llagas se tomen en serio. No puedo creer que se olviden.

 

En nombre de esta vida, en nombre del milagro de nacer y morir, en nombre de quienes creyeron en ello, en nombre de cada lágrima derramada, de cada violencia sufrida, de cada injusticia. En nombre de quienes he visto morir mal. En nombre de todos los niños cuyo corazón se ha detenido, en nombre de quienes han sufrido la vida… pero también solo por mí, que en mi pequeña medida me he enamorado y he confiado en estos días que se convierten en años, solo por mí, que me he encariñado con las personas, que me he emocionado, que me he tomado en serio la tarea de comprender el drama humano, solo por mí, no puedo conformarme con una Iglesia que dice «hemos visto al Señor».

 

Yo he visto, como todos, las llagas y la sangre. Yo he creído, como tantos, que quizá hubiera sido mejor no nacer porque el dolor es realmente algo insoportable e injusto. Yo creo en la vida terrenal, con un acto de fe total; no me sirve de nada un Dios que habita en otro lugar, uno que se olvida de la sangre y del drama al que nos hemos visto obligados.


Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «¡Hemos visto al Señor!». Pero él les dijo: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mi dedo en la marca de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

 

¡Tiene razón Tomás, mi gemelo, mi semejante, tiene razón Tomás! ¿De qué sirve la repetición de palabras de esperanza que no tienen el valor de penetrar en las heridas del mundo? ¿De qué sirve una fe que ante mi sepulcro, ante mi dolor, que es sagrado (¡y que nunca debéis atreveros a comparar con el dolor de otros!), repite con molesta seguridad que Dios existe?

 

Vino Jesús, a puerta cerrada, se puso en medio y dijo: «¡La paz sea con vosotros!». Luego le dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y ponla en mi costado; ¡y no seas incrédulo, sino creyente!».

 

Hoy solo tengo apuntes desordenados, doctrinas frágiles, escombros existenciales. Pero si me atrevo a dejar caer siquiera unas pocas palabras sobre este fondo blanco es porque Jesús se llevó consigo las heridas. Incluso más allá de la muerte. Y me pidió que entrara en ellas. Yo creo en las heridas, tengo una fe inquebrantable en el dolor, puedo seguir entrando en las llagas.


 

La fe es un acto de inmersión, de descenso a los infiernos de la vida cotidiana. La fe es no olvidar, es mantener abierta una pregunta, es vivir como heridos. Expuestos.

 

No sé qué habrá después; yo, a la luz de este Evangelio, puedo decir que hoy mi dolor no está olvidado, que se toma en serio. Sé que Alguien no lo olvida, lo guarda. Sopla sobre él, como una madre. Y como una madre me dice que vuelva a caminar, y como una madre me dice que no viva resentido, me pide que perdone. Solo confío en quien se toma en serio mis heridas.

 

«Mi Señor y mi Dios», no serías «mío» si no habitaras mi dolor, mis dramas, mis angustias. No serías «mío» sin el recuerdo de mi vida, de a quienes he amado, de lo que he perdido. No me importa que otros te hayan visto, yo quiero aprender a sentirte mío. Como una herida grabada para siempre en mi carne. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

 


La fatiga de creer - San Juan 20, 19-31-.

La fatiga de creer - San Juan 20, 19-31-

Sin duda hay otro camino, un camino más ligero y luminoso; existe una fe sin sombras ni pesadumbres, consoladora, sonriente y segura, una fe que llena incluso el presente. Lo siento, yo no la conozco.

 

Por supuesto que también para mí la resurrección de Cristo es el centro de la fe y lo es cada vez más; también a mí la esperanza me abre los ojos cada mañana y me gusta reír y vuelvo a sorprenderme de las cosas a cada instante, pero sé que todo nace y renace continuamente de la oscuridad, del dolor, del misterio de la muerte que me parece que late en el corazón de cada instante.

 

Un vacío que es una boca abierta de par en par, un abismo de deseos, un vacío abismal de amor que ya habita en cada célula. Existe otro camino para llegar a Dios, eso es seguro, pero para mí es demasiado tarde, solo conozco este.

 

Y así, también esta página del Evangelio me sorprende no tanto por una supuesta luz resolutiva fruto del encuentro con el Resucitado, sino por la oscuridad cerrada de la que todo parte, por el abismo en el que finalmente han entrado los discípulos. Lo repito, estoy seguro, existe otro camino; soy consciente de que el riesgo de considerar inevitables el dolor y el desamparo puede lastrar el anuncio, pero yo, al leer este texto y ver a los discípulos encerrados en ese vientre de oscuridad y miedo, en esa ceguera, me reconozco.

 

Me parece que ellos también han entrado en su sepulcro. En compañía del ciego al borde del camino, de los leprosos, de los ladrones y de las prostitutas, de los paralíticos, de Lázaro, en fin, de toda esa gente que sentía la necesidad de tocar al menos el manto del Maestro.

 

Allí, en ese agujero oscuro y sepulcral, yo también puedo entrar y ponerme a esperar con ellos; siento que mis dolores se toman en serio, y mi hambre también, y nadie me dirá palabras demasiado consoladoras y definitivas; imagino el silencio tenso y listo para la sorpresa, imagino el respeto por el dolor ajeno; entraría de buen grado en una Iglesia así. Sé que existe otro camino, pero qué le vamos a hacer, cada uno elige el suyo, es el que encuentra, descifrando pacientemente las cartas de su propio destino.


«Vino Jesús, se quedó en medio de ellos». Como si brotara de allí, como si el Viviente necesitara nuestro hambre, esto me gusta. La vida nace desde dentro del dolor, la esperanza creíble no es una alternativa al duelo, del vientre del desamparo nace el camino transitable hacia el Más Allá.

 

Que Jesús no me haga sentir culpable, nunca, por mi intimidad con la oscuridad, por la afinidad con el dolor, por ese caminar en contacto muy estrecho con el desamparo; a este Jesús que brota de las lágrimas lo adoro y lo siento creíble.

 

No, no estoy idealizando el dolor ni tampoco la muerte; hay otros caminos, eso es seguro, pero yo estoy aquí, en mi lugar, dejándome interrogar codo con codo con quienes no han elegido la oscuridad, sino que la han encontrado. Y saben que el dolor no pasará. Al menos no ahora, al menos no aquí. Más vale habitarlo, interrogarlo, suplicarle que el Viviente brote de nuestras heridas; esto me da esperanza.

 

«La paz sea con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado». Estoy enamorado de este Jesús que se atreve a hablar de paz partiendo de las heridas. Miro las marcas de las manos y siento que es la huella de esa carne destrozada la que da sentido al deseo de paz. Estoy cansado de supuestas verdades que no se miden por el dolor.

 

La estéril exactitud de un concepto enunciado con cuidado me da miedo si no ha nacido del dolor, si no está embarrado y corrompido por el fango de la vida real. Sé que existe otro camino, pero no es el mío. No sé si lograré ser fiel a este sueño, pero me gustaría poder dar a luz solo palabras pulidas por la aspereza de la vida humana. Palabras dolidas y sangrantes.


«Dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A aquellos a quienes perdonéis…». Sé que existe otro camino, pero este lo conozco, el que parte de la vida que pide misericordia.

 

A aquellos a quienes perdonéis… porque la vida, por lo que yo sé, por los testimonios que recojo, tiene mucho que perdonar. Porque la vida a menudo miente, decepciona, cambia los finales. Hace morir a los hijos, se ensaña con las víctimas, no afloja el yugo de la enfermedad, mata al inocente…

 

Sé que existen otros caminos y que la vida es a menudo más ligera, pero ese camino no es el mío. No puedo dejar de partir de ahí, de una vida que pide ser perdonada. Y solo un don divino nos da el aliento para balbucear nuestro perdón. Un beso desde lo alto, leve como un silencio vaciado que, casualmente, se muestra en los bordes de una caverna, un silencio cargado y valiente que dice que la falta que oprime el corazón es solo la contracción materna de la vida que aquí mendiga la plenitud que será.

 

No ahora, no aquí, pero ya ahora y ya aquí puedo rogar al Eterno que tenga piedad de nosotros, que florezca, al menos por un instante, un destello de eternidad desde el corazón de nuestros dolores.


¿Qué decir de Tomás? Que él también debe entrar en el seno oscuro y fecundo del dolor compartido. Que un anuncio demasiado directo y desencarnado de los amigos no convence. ¿Qué decir de Tomás sino que lo entiendo? ¿Cómo creer sin ver las heridas?

 

«Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no han visto y han creído». No creo ser bienaventurado, yo he visto, sigo viendo, siento el Aliento del Eterno, a eso me aferro para creer. No soy bienaventurado porque he visto y sigo viendo.

 

Bienaventurado es quien permanece en las entrañas del dolor, marcado por el cansancio, y no ve, pero cree de todos modos en la vida. 


Bienaventurado es quien está convencido de que todo se consume aquí y no logra perdonarle a la vida, y sin embargo no vive en el resentimiento y, a veces, incluso sonríe. 


Bienaventurado es quien está decepcionado por la vida y, sin embargo, ama al hombre como lo ama el Resucitado. 


Bienaventurado será su asombro, no ahora, no aquí.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de abril de 2026

Mi camino de fe es el de Tomás - San Juan 20, 19-31 -.

Mi camino de fe es el de Tomás - San Juan 20, 19-31 -

Que el Resucitado llegue mientras aún permanecen cerradas las puertas de nuestro dolor. Que el Resucitado esté vivo y presente precisamente en el corazón de nuestras miserias, que consiga sorprender a la noche inventando un nuevo comienzo.

 

Que traiga paz a nuestros miedos, que no reniegue del dolor de las heridas, sino que las transforme en destellos de luz; que un aliento nuevo, como una primavera inesperada, descienda en forma de beso para resucitar caminos que parecían arenados para siempre; que se atreva incluso al desafío del perdón y que nosotros lleguemos incluso a creer en él; aunque todo esto parezca imposible, al final se puede, se puede ceder y creer, se puede sumergirse en la misericordia y volver a aliarse con la vida: se puede.

 

Lo verdaderamente difícil es otra cosa, lo que parece realmente imposible es cómo justificar ante quien no estaba allí la vida que regresa. ¿Cómo justificar una sonrisa a pocos días del sepulcro? ¿Cómo hablar de los brotes de una nueva vida si la esperanza acaba de ser crucificada y todos la han visto agonizar y hundirse en la sangre? ¿Cómo no avergonzarse de amar de nuevo si su cuerpo ha sido masacrado, envuelto y enterrado? ¿Cómo hablar de la resurrección?

 

«¡Hemos visto al Señor!», dicen los discípulos a Tomás, está vivo, lo hemos visto, la muerte ha sido derrotada en un prodigioso duelo, esto proclamamos sin cesar desde hace dos mil años, transformando en fiesta el majestuoso escándalo del amor, disipando en augurio lo que solo el Silencio puede custodiar.

 

Y así, yo estoy con Tomás, siempre estaré con él. Avergonzándome de cuando, como los primeros discípulos, también yo creí que bastaba con contar para convencer, que decir la verdad era ya compartirla.

 

Estoy con Tomás porque estoy cansado de quienes no intuyen el drama de la muerte y banalizan el duelo y no dejan tiempo al dolor. Estoy con Tomás porque si pierdes a una madre, a un marido, a una esposa, a un amigo, a un hijo… lo último que necesitas es un vacío anuncio pascual.


Y si el amor de tu vida ya no está, yo, junto a Tomás, estoy obligado a callarme y a no molestarme con teorías sobre la fe; obligado a callar sobre las oraciones que parece que hacen sentir bien, sobre el consuelo que habita en el corazón, sobre la seguridad de la fe que parece tan segura del paraíso pero que olvida la compasión por quienes aún caminan sobre esta tierra.

 

Yo estaré siempre con Tomás, porque estoy cansado de los devotos que repiten los anuncios pascuales pero son incapaces de cercanía, de empatía, de compartir.

 

Yo estoy con Tomás y me gustaría gritar con él que no me importa nada si ellos lo han visto, que soy yo, y solo yo, quien necesita un camino. Yo, y solo yo, debo llegar a Él. Solo cuando sea mi Señor, mi Dios. El mío, no el vuestro.

 

Y el Resucitado comprende.

 

En primer lugar, Él espera, ocho días, alarga el tiempo; ante todo, silencio, silencio y luego más silencio, para dejar que Tomás escuche su dolor, que se enfrente a la culpa de ser un discípulo que no logra creer.

 

Ocho días, como para admitir que el encuentro será, que la resurrección es posible, que lo veremos sin duda, pero será un octavo día, un día eterno, pleno y definitivo, y estará más allá, más allá de la repetición de las semanas.

 

Ningún sentimiento de culpa, pues; aquí se cree y se hunde, aquí se intuye y se precipita, caminantes torpes de esta larga semana que es nuestra vida: serán destellos y luego abismos y no se nos permitirá estar nunca demasiado seguros y habrá que cultivar siempre la humildad y la humanidad, pues la fe será, de todos modos, constantemente frágil y delicada, preciosa y vulnerable, un balbuceo. Hasta el octavo día, por fin.

 

Mientras tanto, el Resucitado se aparece, Tomás está con los discípulos y el Viviente le toca el corazón y lo hace con una delicadeza conmovedora; si los primeros discípulos proclamaban su experiencia, su aparente seguridad, Jesús, en cambio, parte de Tomás. Intercepta sus dudas y sus deseos, se toma en serio su vida.

 

He aquí, esto más que nada me parece un paso esencial: tomarse en serio la vida de fe de cualquier persona. ¿Tomás quiere meter los dedos en las llagas? Jesús parte de ahí. Sin juicio, sin culpa, es el Resucitado quien se adapta al ritmo del amigo. A los modos del amigo.


«No seas incrédulo, sino creyente», y Jesús llega incluso a decir esto, y Tomás lo acepta; es casi una imposición, casi una orden; si hubieran sido los discípulos quienes pronunciaran esta frase, Tomás no habría creído; en cambio, cede, y no tanto porque vea al Resucitado con sus propios ojos, sino porque, antes de creer, Jesús le ha creído a él.

 

Jesús puede pedirle a Tomás que le crea porque él, el Maestro, fue el primero en creer en la forma en que su discípulo lo buscaba. Solo si se nos cree podemos creer; solo si hemos experimentado el ser amados podemos amar; la nuestra será siempre y únicamente una respuesta, tímida, torpe, pero, en cualquier caso, siempre y únicamente una respuesta.

 

Para responder necesitamos a alguien que nos tome en serio, que acepte permanecer en nuestras dudas, que comparta el drama, que no tenga prisa por convencernos.

 

Siempre estaré con Tomás, hombre suspendido entre el ver y el creer. El Resucitado dice que bienaventurados serán aquellos que no han visto y sin embargo han creído.

 

Tomás ve solo porque el Maestro le ha creído; es el creer lo que permite ver, no es cierto lo contrario. Para creer no hace falta ver, pero para ver destellos de vida hay que creer: creer en las personas, creer en los caminos, creer que los errores pueden revelar espacios de vida nueva, creer en los amores inmaduros, creer en los recuerdos, creer en los sueños, creer en las vidas, creer en las palabras, creer en los hombres y mujeres con los que nos cruzamos a diario, creer en uno mismo, creer en el perdón, creer en el pasado, creer y confiar en las semillas para poder ver los frutos (si los hay).

 

Y así soportar el golpe de la traición, porque sucederá, solo quien cree puede ser traicionado, y sin embargo no dejar de creer. Decidir que no se puede dejar de creer. Como Jesús, crucificado por el amor hacia sus amigos.

 

Yo te necesito a Ti, Señor mío y Dios mío, y que Tú sigas dispuesto a seguir creyendo en mí para resucitarme a una vida nueva.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tú, mi única paz - San Juan 20, 19-31 -.

Tú, mi única paz - San Juan 20, 19-31 -´

Sí, a estas alturas ya he aprendido que nunca tendré la paz que buscaba.

 

Mi corazón nunca estará habitado por un océano de silencio y nunca me elevaré por encima de las pasiones del mundo. Quien cruce mi mirada difícilmente verá imperturbabilidad. Lágrimas de alegría o de dolor, esas sí las puedo derramar. Quizás no tengo suficiente fe o quizás Tú eres otra cosa.

 

¿Qué paz te habitaba cuando suplicabas en el huerto de los olivos? ¿O cuando te masacraban en la columna? ¿O en la cruz? Te venero mientras lloras, mientras tienes miedo, mientras no sonríes ante el dolor. Quiero tu paz, no la que promete el mundo, no quiero tranquilidad. Ni siquiera una vida sin conflicto. Te quiero a Ti, mi única paz.

 

Sé que también me arrepentiré de esta oración, pero no quiero serenidad, calma o impasibilidad. Si creo en Ti, si me esfuerzo por creer en Ti, si quiero vivir no solo por Ti, o contigo, sino en Ti, elijo tu paz, que tiene un alto precio, que es escandalosa, que es evangélica. Que eres Tú.

 

Tu paz, esa que viene a buscarme cuando me encierro en el cenáculo de mis oraciones, cuando sello las puertas de la vida y me protejo. Cuando me engaño creyendo que existen amenazas.

 

Ningún judío, ninguna estructura, ninguna ideología, ninguna modernidad, ningún acontecimiento, yo soy el único problema para mí mismo; la paz es no buscar excusas para alimentar el miedo que cultivo con insensato temor.

 

Mi paz será empezar a no tener más miedo de la vida, de los demás, ni siquiera de mí mismo. Si Tú estás en mí, si caminas sobre las aguas de mis debilidades, si duermes en mi barca, no me está permitido tener miedo. Incluso la tormenta será un espacio de epifanía.

 

Me muestras las manos y el costado, están marcados por los cortes de la violencia; la paz, tu paz en mí, prevé heridas. Te pido perdón por todas las veces que me he engañado creyendo que se podía acceder al paraíso sin pasar por las heridas. Mi paz y nuestra paz serán dolorosas, es inútil fingir, no propones otra cosa, pero si Tú estás en mí, yo deseo esta paz. Hazme, te lo ruego, digno de estas heridas de amor.

 

Tu paz no prevé protecciones, Tú sabes que esa es mi gran tentación. Tú sabes que me duele, y cómo desearía silencio, solo silencio, o al menos respeto por lo que ni yo mismo comprendo del todo. Tu paz prevé la complejidad de las dificultades. Todavía no soy capaz, no del todo. Pero si Tú vienes, si aún decides vaciarte hasta habitar mi miseria, Tú en mí harás posible todo.


La paz está en el perdón. Perdonar y ser perdonado, y sé que yo solo no puedo. Si Tú no me habitas, yo no puedo. Porque no se trata de condonar algunas injusticias sufridas; el perdón no es un gesto voluntarista de los buenos; perdonar es vivir sintiendo que todo es un don-para, que incluso el drama y la enfermedad, incluso mi pecado, son un don si se convierten en el espacio para poder encontrarte.

 

La paz, tu paz, es la fuerza que mueve a Tomás, que no se conforma con creer porque otros te han visto. Ha pasado el tiempo en que me conformaba con los testigos, yo también quiero verte, con mis propios ojos; no tengo verdadera paz sino en la búsqueda continua de Ti. Hundir mis manos en las heridas, pero no para comprobar su verdad, sino para contagiarme de tu sangre. La paz es mi carne que ruega ser traspasada por Ti.

 

Señor, mi amado, no quiero ver para creer; tu paz es creer, ceder, confiar, entregarse, no retenerse, sumergirse en el mundo, ponerse en manos del otro, entregarse, postrarse, movimientos evangélicos que no son fruto de la fe, sino que la suscitan. Dame la fuerza para vencerme a mí mismo, para no contenerme más, para seguir las huellas del Cordero, creer para ver, entregarme para aprender tu paz.

 

Muchas otras señales has realizado en estos dos mil años, lo sé, las he visto. De algunas conservo un recuerdo intacto.

 

Por Cristo, por los pobres, por la Iglesia, pero aún no es verdadera paz.

 

Con Cristo, cuando comprendí que caminas a mi lado, cuando hablo de Ti y me siento como uno de Emaús, cuando me pierdo y vuelvo a buscarte, pero aún no es verdadera paz.

 

En Cristo, esta sí, esta es la verdadera paz, Tú en mí y yo en Ti, pase lo que pase, ya no me engaño pensando que Te encontraré en ningún lugar sagrado, ni creo que haya fórmulas o ritos para atraparte.

 

La paz es experimentar que Tú estás en mí. Que yo soy tu pasión, que mi paz está en tu misericordiosa encarnación y resurrección


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Señor mío y Dios mío - San Juan 20, 19-31 -.

Señor mío y Dios mío - San Juan 20, 19-31 -

Sus heridas eran las nuestras, mientras nos hundíamos en sus estigmas, que se abrían de repente bajo nuestros pies; mientras las marcas de los clavos, como el velo del Templo rasgado, desvelaban nuevas verdades, esas heridas se convertían para nosotros en un corte profundo y fecundo, estábamos naciendo a nosotros mismos, con la conciencia de que ser discípulos es hundirse en los propios pecados para experimentar, precisamente allí y en ningún otro lugar, una paz recibida y sorprendente.

 

Sentir que no estamos llamados a otra cosa que a mostrar nuestras dolorosas heridas habitadas por un Amor incomprensible. No somos médicos de nadie, nunca seremos mejores que otros, somos pobres pecadores.

 

¿De qué deberíamos haber tenido miedo? ¿Qué sentido tenía estar encerrados en aquella casa? ¿Qué teníamos ya que perder? ¿No lo habíamos perdido ya todo? ¿No habíamos perdido ya el honor, la dignidad y la credibilidad?

 

Precisamente por eso nos habíamos vuelto creíbles. Su Iglesia será creíble cuando deje de querer parecer buena y fiable, cuando deje de jurar que purgará a los pecadores y a los mediocres, pues una Iglesia de puros es exactamente la contradicción del Evangelio.

 

Solo somos pecadores asustados y empedernidos, enfermos despreciados por el mundo, necios que balbucean verdades que los sabios ridiculizan; somos impresentables y poco fiables, somos así y somos amados. Esto es lo que podemos y nada más.

 

Fue un momento de gran conciencia, improbables y balbuceantes, desechos del mundo que importa, sentimos provenir del misterio del Cosmos la sístole del corazón de Dios, como el Padre me envió, como antes que vosotros los necios hablaron de Él, como los pobres, como los sencillos, como los pecadores que os precedieron, así también vosotros id por el mundo.


Nos sentimos arrollados e impulsados y acabamos por reencontrar el camino de la luz. Y sentimos que por fin habíamos encontrado nuestro lugar: los discípulos que seguían al maestro y los restos humanos sanados por Él mismo eran ahora una sola cosa, éramos nosotros, nada más que los perdonados.

 

Fuimos besados por el perdón, y comprendimos al Espíritu Santo; un escalofrío nos recorrió la espalda cuando Él dijo que no recibirían perdón aquellas personas a las que nosotros no perdonáramos. Pero ¿cómo podíamos pensar en no perdonar a nadie, precisamente nosotros, los más inadecuados para acceder a la misericordia? ¿Cómo podíamos no jurar que su amor era total y gratuito?

 

Tomás no estaba entre nosotros aquel día, y con razón no creyó en nuestras palabras; no se puede creer por lo que se oye decir, los testimonios ajenos nunca nos convencerán. Era necesario que también él se dejara llevar por el Resucitado, a su manera, porque cada uno de nosotros entra en el corazón del misterio a su manera, ya que la Resurrección es un itinerario personal e irrepetible.

 

Finalmente, también él lo llamó «mío», mi Señor y mi Dios. Volvimos a pensar a menudo en sus palabras, nos hicieron humildes, caminamos por el mundo escuchando cómo cada uno puede llegar a encontrarse con el misterio y puede hacerlo recorriendo caminos que sentíamos lejanos y extraños... impredecibles.

«Bienaventurados los que no han visto y han creído», es cierto, pero bienaventurados son aquellos que se sienten mirados con amor; bienaventurado soy yo cuando alzo los ojos y veo que lloras por mí; bienaventurado soy yo cuando, con los ojos cerrados, te siento cerca como la madre que ya no tengo; bienaventurado soy yo cuando dejo de querer ver y me miro con tus ojos de misericordia.

 

Dichoso soy cuando creo en el amor, cuando creo en la resurrección, cuando creo que estás aquí, ahora, vivo, conmigo, porque solo creyendo en Ti puedo sentir un mundo que canta al Eterno.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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