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domingo, 9 de agosto de 2026

Edith Stein: una mujer de síntesis.

Edith Stein: una mujer de síntesis 

La memoria de Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, sigue siendo tan actual hoy como siempre. Sin querer caer en los cánones o clichés de nuestra época, conviene subrayar que nos encontramos ante una personalidad muy peculiar para las décadas que vivió Edith Stein, a caballo entre finales del siglo XIX y la época del nazismo. 

Mujer, judía, convertida al cristianismo, asistente de filosofía del gran Edmund Husserl, iniciador de la fenomenología, y primera mujer aspirante a la docencia universitaria, que le fue denegada, entre otras cosas, por sus orígenes judíos. 

Durante su estancia en Gotinga en los años 10 del siglo XX, tuvo la oportunidad de colaborar con Husserl, quien apostaba por un nuevo concepto de verdad, yendo más allá del subjetivismo kantiano y recuperando el retorno al objetivismo. La fenomenología, corriente que Husserl inspiró y fundó, llevó a muchos de sus alumnos a acercarse a la fe cristiana. Edith Stein se graduó en 1916 con Husserl con una tesis titulada «Sobre el problema de la empatía». 

En esos años, durante el inicio de la Gran Guerra, la joven Edith también prestó servicio voluntario en un hospital para atender a los enfermos de tifus. 

En 1916, Edith Stein se graduó con Husserl con la mencionada tesis «Sobre el problema de la empatía», relativa a la forma de experimentar la conciencia de los demás para comprender sus razones, una obra que se sitúa entre la filosofía y la psicología. 

Edith Stein, otro elemento que hace que su biografía y su obra sean más que actuales, se comprometió profundamente con las mujeres de su época y con la lucha por los derechos de la mujer: entró a formar parte de la organización denominada «Asociación Prusiana por el Derecho al Voto de la Mujer». También dio numerosas conferencias por toda Alemania sobre estos mismos temas. 

Pensándolo bien, era una personalidad alternativa. De niña perdió la fe, que recuperó de adulta. Edith Stein no solo fue una filósofa, convertida del judaísmo al cristianismo (sin olvidar ni renegar nunca sus orígenes judíos), sino también una mística y religiosa, convencida de emprender la vida monástica de las Carmelitas, tras leer, en 1921, la autobiografía de Santa Teresa de Ávila, que supuso para ella un cambio radical. En ese momento comprendió que había encontrado la verdad. Sin embargo, no le resultó fácil emprender la vida religiosa. 

Tomó los primeros votos el 21 de abril de 1935, tras ser bautizada el 1 de enero de 1922. El 21 de abril de 1938 tomó los votos perpetuos e imprimió en la estampa de su profesión las palabras de San Juan de la Cruz (el gran místico que vivió en el siglo XVI, al que dedicaría su última obra antes de morir): «Mi única profesión será, de ahora en adelante, el amor». 

El 9 de noviembre de 1938, el odio de los nazis hacia los judíos se manifiesta ante todo el mundo. Las sinagogas arden. El terror se extiende entre la población judía. La madre priora de las Carmelitas de Colonia hace todo lo posible por llevar a la hermana Teresa Benedicta de la Cruz al extranjero. En la noche de Año Nuevo de 1938 cruza la frontera de los Países Bajos y es llevada al convento de las Carmelitas de Echt, en Holanda. 

Allí redacta su testamento el 9 de junio de 1939: «Ya ahora acepto con alegría, en completa sumisión y según Su santísima voluntad, la muerte que Dios me ha destinado. Ruego al Señor que acepte mi vida y mi muerte... para que el Señor sea reconocido por los suyos y que su reino venga en toda su magnificencia para la salvación de Alemania y la paz del mundo...». 

El 2 de agosto de 1942 llega la Gestapo. Edith Stein se encuentra en la capilla, junto con las demás hermanas. En cinco minutos debe presentarse, junto con su hermana Rosa, que se había bautizado en la Iglesia católica y prestaba servicio en las Carmelitas de Echt. Las últimas palabras de Edith Stein que se oyen en Echt están dirigidas a Rosa: «Ven, vamos a morir por nuestro pueblo». 

Edith Stein muere en Auschwitz el 9 de agosto de 1938 junto con otros 987 judíos, entre ellos su hermana Rosa. Juan Pablo II, con motivo de su beatificación, la celebró de esta manera: «Nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein, ilustre hija de Israel y al mismo tiempo hija del Carmelo. Sor Teresa Benedicta de la Cruz, una personalidad que lleva en su intensa vida una síntesis dramática de nuestro siglo, una síntesis rica en heridas profundas que aún sangran...». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Edith Stein: la ardiente peregrina de la pasión por la verdad.

Edith Stein: la ardiente peregrina de la pasión por la verdad

Edith Stein es una de las mujeres más eminentes y fascinantes del siglo pasado. Dada la originalidad y complejidad de los acontecimientos existenciales que la caracterizan, es difícil encajarla con fidelidad en un breve perfil biográfico.

 

Edith Stein nació en 1891 en Breslavia, ciudad que entonces pertenecía a Alemania, como capital de la Silesia prusiana (hoy Wroclaw, en Polonia). Era la última de siete hijos de una familia judía profundamente religiosa y apegada a las tradiciones. Nació en una festividad religiosa judía, el 12 de octubre, día del Yom Kippur, es decir, del Perdón. Inteligente, vivaz, iniciada desde muy temprana edad en los intereses culturales por sus hermanos mayores, en 1910 Edith se matriculó en la Universidad de Breslavia, única mujer que cursaba, en ese año, estudios de filosofía.

 

En 1913, la estudiante Edith Stein se trasladó a Gotinga para asistir a las clases universitarias de Edmund Husserl, de quien se convirtió en discípula y asistente, y con quien también se licenció. En Gotinga conoció al filósofo Max Scheler. Este encuentro despertó su interés por el catolicismo.

 

En 1916 siguió a Husserl como asistente en la Universidad de Friburgo. Se licenció con una tesis titulada «El problema de la empatía» (Einfuhlung). Al año siguiente se doctoró summa cum laude en la misma universidad. Primero por necesidad de estudios y luego por motivos de amistad, pasó largas temporadas de verano en Bergzabern, en el Palatinado, en casa del matrimonio Conrad-Martius. Fue en el verano de 1921, durante una de estas estancias, cuando Edith leyó, en una sola noche, la Vida de Santa Teresa de Ávila, escrita por ella misma. Al cerrar el libro, a las primeras luces del alba, tuvo que confesarse a sí misma: «¡Esta es la Verdad!».

 

Recibió el bautismo en Bergzabern unos meses después, el 1 de enero de 1922. Quiso y consiguió que su madrina fuera su amiga Hedwig Conrad-Martius, que era cristiana pero de confesión protestante. Añadió a Edith los nombres de Teresa y Edwige. En Friburgo, Edith comenzó a sentirse incómoda. Sintió las primeras llamadas interiores de la vocación a la consagración total a Dios de Jesucristo. Por lo tanto, dejó su trabajo como asistente de Husserl y decidió pasar a la enseñanza en el Instituto de las Dominicas de Espira.

 

El 30 de abril de 1933, durante la adoración del Santísimo Sacramento, sintió con claridad esa vocación a la vida religiosa monástica del Carmelo que había comenzado a sentir el día de su bautismo y tomó interiormente su decisión. Dios la llamaba para llevarla al desierto, hablar a su corazón, hacerla compartir la sed infinita de Jesús por la salvación de los hombres.

 

Libre y feliz, abandonó un mundo lleno de amigos y admiradores para entrar en el silencio de una vida austera y silenciosa, atraída únicamente por el amor de Jesús. El 15 de octubre de 1933, Edith ingresó en el Carmelo de Colonia. Tenía 42 años. Seis meses después, el Domingo 15 de abril de 1934, se celebró el rito de la toma de hábito y se convirtió en monja novicia con el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz. Se dedicó a completar la obra «Ser finito y ser eterno. Ensayo de una ascensión al sentido del ser», iniciada antes de entrar en el Carmelo.

 

En 1938 completó su formación carmelita y el 1 de mayo hizo su profesión religiosa perpetua. Pero el 31 de diciembre de 1938 se impuso a Edith el drama de la cruz. Para escapar de las leyes raciales contra los judíos, tuvo que abandonar el Carmelo de Colonia. Se refugió entonces en Holanda, en el Carmelo de Echt. Era un momento trágico para toda Europa y especialmente para aquellos que eran perseguidos por los nazis por ser de ascendencia judía. El 23 de marzo se ofreció a Dios como víctima expiatoria. El 9 de junio redactó su testamento espiritual, en el que destacaba la aceptación de la muerte por las grandes intenciones de la hora histórica, mientras se desataba la Segunda Guerra Mundial.

 

En 1941, por encargo de la priora del monasterio de Echt, comenzó y llevó adelante, hasta donde pudo, una nueva obra, esta vez sobre la teología mística de San Juan de la Cruz. La tituló: «Scientia Crucis». La obra quedó inconclusa, porque también en Echt fue alcanzada por los nazis. Las tropas de las SS la deportaron al campo de concentración de Amersfort y luego al de Auschwitz. «¡Vamos!», le dijo al salir con su pobre equipaje a su hermana Rose, que vivía en la casa de huéspedes del convento y fue capturada con ella, «¡vamos a morir por nuestro pueblo!».

 

Había pasado de la cátedra universitaria al Carmelo. Y después, de la paz del claustro, espacio de amor contemplativo, pasaba a los horrores de un campo de concentración nazi. Edith Stein, sor Teresa Benedicta de la Cruz, murió en las cámaras de gas de Auschwitz el 9 de agosto de 1942.

 

Fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia, en el aniversario de su consagración definitiva, el 1 de mayo de 1987. Fue proclamada santa por el mismo pontífice en Roma, en la plaza de San Pedro, el 11 de octubre de 1998. El corazón de la vida de Edith Stein, de santa Teresa Benedicta de la Cruz, se puede identificar en su pasión por la verdad. El mensaje que a lo mejor puede transmitir a la Europa del siglo XXI y, en general, a todo ser humano de hoy es esta pasión, que es la esencia de su vida.

 

Hoy en día, muy a menudo se buscan experiencias religiosas innovadoras y nuevos caminos espirituales, pero se descuida y se deja de lado la cuestión de la verdad, para evitar que se pongan trabas a la libre elección de las nuevas propuestas espirituales o que se cree entre ellas una jerarquía que, de alguna manera, privilegie unas y discrimine otras.

 

Para Edith Stein, el ser humano se caracteriza por ser un ser que, por naturaleza, busca la verdad, es decir, busca a Dios. Sin embargo, no como un ser condenado a una búsqueda que nunca podrá tener éxito, sino como un ser al que, en un momento dado, se le permite exclamar con Edith Stein: «¡La verdad está aquí!».


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 5 de agosto de 2026

Ahora que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular.

Ahora que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular

Lo ocurrido hace unos días en Ceuta es sin duda una trampa tendida por los mercaderes de la muerte y un suceso organizado y orquestado a sabiendas. Sin embargo, su valor simbólico es difícil de subestimar. 

Es la demostración evidente de un deseo de libertad y de vida que nos llega desde el Sur del mundo y que no puede tratarse únicamente como un problema de seguridad pública. 

Abandonar la propia tierra, el propio país, no es algo que ninguna mujer ni ningún hombre haga a la ligera. 

Partir significa adentrarse en lo desconocido, dejar atrás las seguridades, abandonar las costumbres y tradiciones que han marcado la propia vida, arriesgar la integridad física propia y la de los seres queridos. 

¿Cuántas personas han muerto al intentar cruzar el mar? 

Las contamos con frialdad, sin darnos cuenta de que son vidas humanas, rostros, sueños y deseos ahogados por la esperanza de una nueva patria. 

Más allá de las necesarias valoraciones políticas y de las medidas legislativas, acontecimientos como los de Ceuta siguen siendo el barómetro del enorme desequilibrio del mundo, de la distribución injusta de la riqueza, del recorte de las democracias en todo el planeta (y de los derechos sociales, civiles y económicos que estas conllevan), de la crisis climática. 

Y todo ello condensado en esa esperanza desesperada de los migrantes en Europa. 

Así se repiten sin fin hechos trágicos, en los que las esperanzas, las sonrisas y los cuerpos de tantas personas, en un instante, quedan destruidos por las decisiones de otros hombres, que se arrogan el derecho de quitar la vida a los demás, borrando como inútiles los muchos amores que los trajeron al mundo. 

Y el riesgo es precisamente la anestesia de la conciencia, que banaliza el mal. Crear letargo, crear conciencias adormecidas es el proyecto oculto de Occidente. 

Prueba de ello es la forma en que los gobiernos y los medios de comunicación del Viejo Continente (con la habitual y indefinible ramificación estadounidense) narran lo ocurrido en Ceuta. 

Una forma que resulta absolutamente terrible. Ningún respeto, ninguna implicación, ningún dolor, ningún sentido de la humanidad, ninguna explicación de las razones profundas. 

Solo la alarma del alarmismo, totalmente infundada desde el punto de vista jurídico, de una invasión de hecho imposible (hay mar, hay Gibraltar entre Ceuta y Europa); solo la descalificación absurda de toda política de acogida e inclusión. 

Y ese es el pecado original de la Europa actual frente a los migrantes: no querer admitir que se trata de un fenómeno mundial, irreversible, que hay que afrontar y gestionar con la política y no con los ejércitos; que nos enfrentamos a un éxodo al que no se puede responder solo medidas de seguridad de los pasos fronterizos. 

Y antes de caer en ese letargo que —como nos ha enseñado la Historia— nos impide percibir la violencia y su escándalo, hasta el punto de aceptarla como algo normal o incluso necesario. 

En Ceuta, Europa demuestra una vez más de manera flagrante la profunda crisis de su civilización y de sus valores. Se reniega a sí misma como patria del derecho y del reconocimiento de cada mujer y cada hombre como parte de una humanidad común, de una fraternidad universal que nos trasciende. 

No se da cuenta de que las soluciones del tipo ‘pañales calientes’ eliminan la molestia de un día, pero preparan la tragedia del mañana. 

Y, sobre todo, al negarse a pensar y actuar según sus propios principios y capacidades, Europa corre el riesgo de condenarse a muerte. 

Todo ello también, o precisamente ahora, que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular. Y la sociedad vuelve a la normalidad cotidiana de una realidad estructural y sistemática de injusticia.

P. Joseba Kmairuaga Mieza CMF

domingo, 2 de agosto de 2026

El guion habitual: crónica del desastre de siempre.

El guion habitual: crónica del desastre de siempre

Las imágenes procedentes de Ceuta, con miles de personas que en pocas horas han intentado llegar al enclave español, decenas de miles de repatriaciones, decenas de víctimas rescatadas en el mar y las consiguientes decisiones adoptadas por los gobiernos europeos, hasta la suspensión temporal del régimen de Schengen, no representan únicamente la crónica de una emergencia. 

Todo es símbolo de un fracaso político que viene de lejos y que hoy ya nadie puede seguir fingiendo no ver. 

Desde hace demasiados años, Europa solo aborda el fenómeno migratorio cuando estalla una crisis. Se interviene cuando las fronteras se ven sometidas a presión, cuando el número de desembarcos aumenta repentinamente, cuando las imágenes dan la vuelta al mundo y cuando la opinión pública exige respuestas inmediatas. 

Luego, una vez pasada la emergencia, todo vuelve a ser como antes. Se aplazan las decisiones, se posponen las reformas, se prefiere el enfrentamiento político a la construcción de una estrategia común. En realidad, nos seguimos limitando a comentar las emergencias. 

Pero sin convertirnos en protagonistas de las soluciones. 

Los acontecimientos de las últimas horas confirman lo necesario que es abordar la cuestión migratoria con equilibrio y responsabilidad. 

El Gobierno español ha comunicado que miles de migrantes ya han regresado a Marruecos, que no se registran nuevas entradas irregulares hacia la España peninsular y que ninguna de las personas que entraron en Ceuta ha llegado al territorio de la Península Ibérica. 

Pero persiste el dramático balance humano de las víctimas en el mar, lo que impone a Europa una reflexión seria sobre las causas profundas del fenómeno. 

Ante acontecimientos de esta magnitud, se requiere la cooperación entre los Estados miembros, la lucha contra los traficantes de personas, un control eficaz de las fronteras exteriores y políticas migratorias comunes. 

Las polémicas entre gobiernos, las confrontaciones ideológicas y las instrumentalizaciones políticas no pueden sustituir a una estrategia europea compartida, capaz de conciliar la seguridad, la legalidad, la protección de la dignidad de las personas y la responsabilidad institucional. 

Lo ocurrido no es un episodio aislado y no puede descartarse como un acontecimiento imprevisible. Es el resultado de décadas de políticas a menudo incoherentes, de acuerdos incompletos, de estrategias que nunca se han llevado a buen término y de una incapacidad crónica de Europa para abordar el fenómeno migratorio con una visión compartida. 

Europa ha fracasado. 

Y ha fracasado no porque hayan faltado los análisis o las cumbres, sino porque han faltado la continuidad, el valor y la voluntad política para transformar las propuestas en reformas estructurales sobre inmigración cualificada, cooperación internacional, inclusión, lucha contra los traficantes de seres humanos, planificación de los flujos migratorios… 

Y al observar lo que ocurre en las fronteras europeas, debemos reconocer con honestidad que muy poco tanto análisis y de tanta cumbre se ha traducido en políticas concretas. Esta es la verdadera derrota que debería hacer reflexionar a toda la clase política europea. 

Las imágenes de Ceuta deberían servir de lección para toda la clase política europea. Cuando se llega al punto de tener que suspender el acuerdo de Schengen, reforzar los controles fronterizos, contabilizar decenas de víctimas en el mar y miles de repatriaciones en pocas horas, significa que el sistema ya había fracasado mucho antes de que se produjera la emergencia. 

Durante años se ha preferido buscar el consenso en lugar de gestionar el fenómeno migratorio: por un lado, prometiendo reformas que nunca se han llevado a cabo; por otro, convirtiendo a los inmigrantes, las comunidades árabes, los musulmanes y los ciudadanos de origen extranjero en el blanco de una confrontación política permanente. 

De este modo no se protege ni la seguridad ni la inclusión, sino que solo se alimentan la desconfianza, las tensiones y las divisiones. 

¿Ha llegado el momento de salir de esta lógica? 

Las comunidades de origen extranjero no pueden seguir siendo consideradas un problema que solo hay que gestionar en situaciones de emergencia o un tema que utilizar durante las campañas electorales. Sino que deben convertirse en parte de la solución, contribuyendo con responsabilidad, competencia y espíritu constructivo a la definición de una política migratoria moderna, equilibrada y realmente capaz de conciliar seguridad, legalidad, derechos, deberes, integración… 

En los últimos años asistimos a una carrera incesante por la instrumentalización del tema de la inmigración. En muchos casos, los inmigrantes, las comunidades árabes, los musulmanes y los ciudadanos de origen extranjero se convierten en tema de propaganda, casi como si la complejidad del fenómeno pudiera resolverse alimentando miedos o señalando a comunidades enteras como responsables de los problemas de una ciudad, de una comunidad autónoma, de un país. 

Ese es un camino peligroso. 

Luchar contra la inmigración irregular es un deber del Estado. Defender las fronteras nacionales es una responsabilidad de las instituciones. Actuar con firmeza contra las organizaciones criminales que trafican con seres humanos es una prioridad absoluta. 

Pero todo esto no autoriza a nadie a confundir la delincuencia con millones de personas honradas que viven, trabajan, pagan impuestos, respetan las leyes y contribuyen cada día al desarrollo de nuestra sociedad. 

La política debería tener el valor de moderar el tono y abordar por fin el tema de la inmigración con seriedad, competencia y sentido del Estado, porque la seguridad no se construye a base de eslóganes y la inclusión no se logra mediante declaraciones carentes de consecuencias concretas. 

Tantas promesas de inclusión, con demasiada frecuencia, no se han traducido en políticas concretas. Mientras tanto, se alimenta esa continua carrera hacia la instrumentalización de la inmigración, el islam, los musulmanes, las comunidades árabes y, en general, de cualquier persona de origen extranjero. 

¿No se hace necesaria una política diferente? ¿Una política de equilibrio, de competencia, de seriedad y de responsabilidad? ¿Una política que rechace tanto las promesas irrealizables como la propaganda basada en el miedo? ¿Una política capaz de gestionar los fenómenos y no de ir a sus anchas, de resolver los problemas y no de convertirlos en instrumentos de consenso? ¿Qué política necesitamos a la altura del reto que supone lo sucedido en Ceuta? 

Las imágenes de Ceuta deberían suponer un punto de inflexión y no la enésima emergencia destinada a caer en el olvido en cuestión de unas semanas. 

Si esta crisis también se aborda exclusivamente con medidas temporales, sin una estrategia común europea y sin una revisión profunda de las políticas migratorias, dentro de unos meses nos encontraremos debatiendo el mismo problema, con los mismos tonos y con las mismas divisiones. 

Y volveremos a ser testigos del habitual guion de siempre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ceuta: la contradicción de una emergencia en una realidad ya crónica y endémica.

Ceuta: la contradicción de una emergencia en una realidad ya crónica y endémica

Sí, “emergencia” también es según la Real Academia de la Lengua Española “una situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata”. 

Decenas de muertos en el mar. Miles y miles de personas inundan una ciudad. La política europea llama a todo esto «emergencia». No lo es. Es la consecuencia previsible de décadas de decisiones erróneas, que se han mantenido así porque nadie ha querido asumir el coste político de cambiarlas. 

Ceuta se encuentra en la costa norteafricana, a pocas millas del estrecho de Gibraltar. Geográficamente pertenece a África. Políticamente es España y, por tanto, parte de la Unión Europea. 

Esta contradicción geográfica existe desde hace siglos. España está presente en Ceuta desde 1668. 

Una valla de ocho kilómetros la separa de Marruecos: dos barreras paralelas coronadas con alambre de púas, de seis metros de altura, con sensores, videovigilancia y luces cegadoras. Construida en los años noventa, reforzada con fondos europeos y actualizada constantemente. Nunca ha detenido a nadie que realmente quisiera cruzar. 

Es la única frontera terrestre entre la Unión Europea y África. Esto la convierte, estructuralmente, en uno de los puntos de mayor tensión del planeta. No desde esta semana. Desde siempre. 

Un detonante inmediato de la crisis actual es una sentencia del Tribunal Supremo español del 8 de julio de 2026. La resolución declaró ilegítimas las devoluciones inmediatas de los migrantes llegados por mar, imponiendo procedimientos individuales de identificación. 

El Gobierno español y Marruecos sostienen que las redes de traficantes han utilizado esa sentencia como instrumento de propaganda, convenciendo a miles de personas de que el paso se había vuelto más seguro. A ello se suman la pobreza, la falta de perspectivas, el efecto de las redes sociales… 

Es una explicación parcialmente cierta y totalmente insuficiente. 

Los traficantes no crean los flujos. Se aprovechan de ellos. Si miles y miles personas se lanzan a cruzar la barrera es porque esas miles y miles de personas ya habían decidido que eso era lo que había que hacer. O, peor aún, porque alguien (quizá más de uno) tiene un interés inmediato en que se produzca esa emergencia. La sentencia, como mucho, ha acelerado los plazos. 

Una parte considerable de los migrantes implicados estaría compuesta por ciudadanos marroquíes, junto con argelinos y una minoría procedente del África subsahariana. Para quienes huyen de los conflictos armados en el África subsahariana —donde Malí, Sudán y Guinea representan las principales nacionalidades de los solicitantes de asilo según el ACNUR—, la ruta hacia Ceuta se considera menos arriesgada que las travesías en embarcaciones improvisadas. 

Menos arriesgada... Esta semana, con decenas y decenas de cadáveres recuperados en el mar, resulta difícil defender esta idea. Pero en los últimos diez años (de 2016 a 2026), la ruta migratoria atlántica hacia las Islas Canarias, la principal alternativa, ha registrado más de 15 000 víctimas entre muertos y desaparecidos, con un repunte dramático y constante de los flujos y los naufragios a partir de 2020. Ceuta, para quienes parten, sigue siendo el mal menor entre males que no deberían existir. 

El nudo estructural al que nadie parece prestar atención es que la seguridad de la frontera de Ceuta depende de Marruecos. Siempre ha dependido. La relación entre España y Marruecos es asimétrica. 

La capacidad de interceptación en origen reside en Rabat. Cuando esa capacidad se intensifica, la presión disminuye. Cuando se relaja, estalla. 

En 2021, Marruecos relajó los controles en respuesta a una crisis diplomática con España sobre la cuestión del Sáhara Occidental. En pocos días entraron diez mil personas. No fue una oleada espontánea. Fue una respuesta política. 

Los patrones históricos demuestran que las fluctuaciones en la gestión de las fronteras marroquíes se han traducido repetidamente en cambios rápidos en los volúmenes de llegadas, consolidando la presión migratoria como un instrumento latente dentro de la agenda bilateral más amplia que abarca el Sáhara Occidental, el acceso a la pesca y las preferencias comerciales. 

Europa paga a Marruecos para que detenga a los migrantes. Marruecos utiliza a los migrantes para negociar con Europa. Es un sistema cínico, documentado y que funciona a la perfección para ambas partes. Los únicos que no se benefician de él son las personas que cruzan a nado y que, en ese tramo de mar, pueden perder la vida. 

Un país europeo como Italia responde a la crisis suspendiendo los controles de Schengen en la frontera con España. El Presidente español escribe a Bruselas: «La solidaridad y la empatía son opcionales. El respeto a los tratados europeos y a los datos, no». A continuación, ha enumerado los datos de Frontex: a través de Italia, entre 2021 y 2026, entraron 478 600 personas en situación irregular, el doble de las que entraron por España en el mismo periodo. Y ha recordado que Ceuta no forma parte del espacio Schengen. 

Se trata de un enfrentamiento que revela algo más profundo que la disputa entre dos gobiernos. Revela que el principio de solidaridad europea en materia de migración no existe en la práctica. Existe como retórica a la que recurrir cuando se es el país bajo presión y que hay que olvidar cuando se es el país que observa. 

En los primeros meses de 2026, las llegadas a Ceuta aumentaron un 164 % con respecto al mismo periodo del año anterior. La valla de ocho kilómetros está ahí. Los sensores están ahí. Los fondos europeos para reforzar la frontera se han destinado. Los resultados son los que se han visto esta semana. 

El modelo europeo de gestión de las fronteras exteriores se basa en la idea de que construir muros y pagar a terceros países para detener los flujos genera seguridad. Genera repatriaciones, genera tensiones diplomáticas, genera muertes en el mar. No genera una reducción estructural de la presión, porque esa presión tiene causas que se encuentran mucho más allá de cualquier valla. 

La combinación de crisis sociales en los países de origen, redes de tráfico, fragilidad estructural de los enclaves y sentencias judiciales hace probable que se repitan nuevas oleadas. Ceuta no es solo el escenario de una crisis migratoria. Es el punto en el que se materializan todas las contradicciones de una política que prefiere gestionar las consecuencias en lugar de abordar las causas. 

Y las causas se llaman cambio climático, que desertifica las tierras agrícolas del Sahel. Se llaman conflictos armados alimentados por armas europeas, acuerdos comerciales que protegen los mercados europeos y perjudican a las economías africanas. Se llaman políticas de desarrollo que transfieren fondos pero no cambian las estructuras de poder locales. 

Ninguna de estas cosas se debate cuando Europa discute sobre Ceuta. 

Se habla de devoluciones, de Schengen, de sentencias del Tribunal Supremo. Quienes eligen la ruta hacia Ceuta la consideran una alternativa menos arriesgada que las travesías marítimas en embarcaciones improvisadas. Menos arriesgada. Decenas y decenas de muertos esta semana. 

Las cifras de esta semana tienen nombres que nunca conoceremos. Algunos habían partido de Mali, de Sudán, de Guinea. Otros, de Marruecos, de Argelia. Algunos llevaban un teléfono en el bolsillo con la foto de sus hijos. Algunos eran hijos. Los cadáveres recuperados en el mar eran personas que habían hecho un cálculo preciso: el riesgo de morir al cruzar era menor que el riesgo de quedarse. 

Este es el dato que la política no es capaz de afrontar. No es el número de muertos, que se cita y se olvida en el transcurso de un ciclo de noticias. El cálculo que lo precede. La decisión racional, lúcida, de coger a un recién nacido en brazos y lanzarse al mar porque la alternativa era peor. 

Mientras esa decisión siga teniendo sentido, Ceuta, al igual que las embarcaciones improvisadas del norte de África, seguirá llenándose. Las vallas, las repatriaciones, las suspensiones del acuerdo de Schengen y los comunicados diplomáticos no cambian los términos de ese cálculo. Solo lo cambian las condiciones que lo hacen necesario. Y esas condiciones se encuentran al otro lado del mar, en lugares que Europa conoce bien, que financia de forma selectiva y que prefiere no visitar cuando decide sus políticas fronterizas. 

Europa puede seguir ignorándolo durante mucho tiempo. Lleva muchos años haciéndolo. Pero los muertos en el mar de Ceuta no esperan la siguiente cumbre europeas, o análisis, o debate… 

Cuando todo nos habla de “emergencia” la realidad nos recuerda que hay males no solamente frecuentes ni habituales sino crónicos o endémicos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 26 de julio de 2026

Enmascarar la mentira y ocultar la realidad.

Enmascarar la mentira y ocultar la realidad 

Las palabras nunca son neutras, nunca son inocentes: pueden describir la realidad o enmascararla; pueden hacer avanzar la convivencia o convertir el mundo en un lugar peor. 

La política lo sabe desde siempre: cambiar el nombre de las cosas es una de las formas más eficaces de cambiar la manera en que las percibimos. Para bien y, sobre todo, para mal. 

Por eso, cuando el debate público se centra en las palabras, incluso con interpretaciones capciosas, conviene detenernos y preguntarnos de qué estamos hablando realmente. 

Tomemos el término «deportación». Desde hace algún tiempo, algunos representantes de la extrema derecha sostienen que es erróneo utilizarlo para referirse al traslado forzoso de inmigrantes a sus países de origen: la deportación, afirman, sería otra cosa, porque significaría llevar a alguien a un lugar distinto de aquel del que procede; si, en cambio, se le devuelve a su país de origen, habría que hablar de «remigración». 

La objeción tiene un cierto poder de persuasión insidioso, pero no se sostiene. 

La palabra deriva del latín deportare: «de-» indica el alejamiento, «portare», el transporte. Llevarse, precisamente. En el derecho romano, la deportatio era una pena que consistía en el alejamiento forzoso ordenado por la autoridad, y el punto decisivo nunca era el lugar al que se enviaba a la persona, sino el hecho de ser enviada contra su voluntad. 

Así ha permanecido hasta hoy: los diccionarios definen la deportación como el traslado forzoso de personas ordenado por una autoridad, y el elemento esencial sigue siendo la coacción, no el destino. 

Sostener lo contrario significa confundir lo esencial con lo accesorio, un poco como pretender que un asesinato cometido con un cuchillo pertenezca a una categoría diferente de un asesinato cometido con una pistola: cambia el instrumento, no la naturaleza del hecho. 

Si una autoridad obliga a miles de personas a subir a autobuses, trenes o aviones y las aleja contra su voluntad, es ese traslado forzoso lo que define el acto; que las personas sean conducidas a un campo, a un tercer país o a su país de origen cambia el destino geográfico, no la naturaleza de la operación. 

La remigración y la deportación, por lo demás, ni siquiera son términos alternativos: pertenecen a planos distintos. 

La remigración es un término político que indica un objetivo —reducir drásticamente la presencia de inmigrantes devolviéndolos a sus países de origen—, pero no dice nada sobre la forma en que debería alcanzarse ese objetivo. 

El medio puede ser el retorno voluntario, o bien la expulsión individual decidida caso por caso respetando las garantías legales; pero también puede ser el traslado coercitivo y generalizado de categorías enteras de personas. Si el medio es este último, llamarlo «remigración» no elimina el problema: lo oculta, como hablar de «pacificación» para referirse a una ocupación militar. 

La palabra describe el fin declarado, no lo que ocurre en la práctica. 

La deportación conlleva un halo de violencia y racismo de Estado que pocos, incluso en la derecha, están dispuestos a reivindicar abiertamente: evoca los vagones sellados, las leyes raciales, un capítulo de la historia europea que nadie, salvo franjas declaradamente extremistas, quiere evocar en público. 

«Remigración», en cambio, suena neutra, casi técnica —y en parte lo fue durante décadas, en el léxico de la demografía, antes de que la retomaran los círculos de la extrema derecha identitaria europea. 

Utilizarla permite reivindicar un objetivo radical sin tener que cargar con su peso simbólico: la palabra suena aceptable y, precisamente por eso, puede pronunciarse en los programas electorales y en los programas de entrevistas, donde «deportación» resultaría repugnante e impronunciable. Obviamente, no se trata de un error terminológico ingenuo. Es una elección cínica de comunicación (y manipulación) política. 

También el derecho internacional establece esta distinción. 

Un Estado puede expulsar a un extranjero en situación irregular siguiendo procedimientos individuales y respetando las garantías previstas por el ordenamiento jurídico; otra cosa muy distinta es el traslado forzoso de grupos de personas identificados en función de su origen nacional o étnico. La diferencia, en este caso, no radica en el destino final, sino en la naturaleza del acto: individual o colectivo, voluntario o coercitivo. 

No toda repatriación forzosa es una deportación, pero si el objetivo declarado es alejar de forma coercitiva, y de manera generalizada, a miles y miles de personas por su pertenencia a una categoría determinada, el problema ético y jurídico no se resuelve inventando una palabra nueva: la realidad no cambia (ni debería cambiar) porque cambie el vocabulario. 

George Orwell señalaba que el lenguaje político sirve a menudo «para hacer que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato, respetable»: una frase extrema, escrita pensando en los totalitarismos del siglo XX, pero el mecanismo sigue siendo el mismo incluso cuando los resultados deseados no son tan aterradores. 

Se empieza atenuando el significado de las palabras y, casi sin darse cuenta, se acaba dispersando el sentido de las cosas y la estructura moral de las sociedades. 

En esto, como en muchos otros casos, es fundamental reflexionar sobre las ambigüedades y las manipulaciones deliberadas del discurso público: detrás de una disputa léxica se esconde, muy a menudo, un intento de ocultar la realidad y de corromper la política. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 5 de julio de 2026

San Benito, patrono de la Europa abierta que acoge.

San Benito, patrono de la Europa abierta que acoge 

La actitud y la fe básicas sobre la hospitalidad que San Benito, proclamado patrono de Europa por San Pablo VI, esbozó en la Regla, se expresan en un pasaje significativo: "Que todos los huéspedes que vengan sean acogidos como Cristo, porque él dirá: ‘Fui huésped y me acogisteis’" (Mateo 25, 35).  La opción de San Benito se forjó en un contexto político, social y económico de incertidumbre y de profundos cambios; se forjó en el alimento de la Palabra de Dios y en el testimonio de los Padres, pero sobre todo en su larga experiencia de vida monástica. En el ocaso de la gloria de Roma, con los nuevos pueblos ya establecidos dentro de las fronteras del antiguo imperio, el joven de Nursia se hizo eco de la voz del salmista: "¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?" (Salmo 34, 12ss). 

Ante las tragedias cotidianas que siguen ocurriendo en el Mediterráneo y a lo largo y ancho de las zonas de guerra, la solución no puede venir de la geopolítica emocional. La opción de San Benito es clara: acogida y hospitalidad. "El huésped y el pobre -escribió un gran monje, Evagrius Ponticus- son el colirio de Dios. Quien los acoge recupera pronto la vista". El monacato nunca ha dejado de ser fuente de inspiración y, ante el fenómeno arrollador de las migraciones, que se ha convertido en estructural, hoy puede ofrecer recetas auténticas e integrales, aunque lleven consigo una sana carga de provocación. Como cantaba Efrén el Sirio: "La jactancia de los cristianos es la acogida de los extranjeros y la compasión [hacia los pobres]. La jactancia y la salvación de los cristianos es tener siempre como comensales en su mesa a los pobres, a los huérfanos y a los forasteros, pues de una casa así Cristo nunca se irá". No sólo el monje, sino todo ser humano está invitado a ser imagen de Dios también en la hospitalidad. 

En el monasterio, la llegada de huéspedes es una bendición divina: el portero los acoge con las palabras "Deo gratias" o "Bénedic", con mansedumbre y temor de Dios; con estas fórmulas, San Benito indica que es el forastero quien llama a la puerta para bendecir al monje. A continuación, se rodea al huésped con el abrazo del rito, mediante una verdadera liturgia de la hospitalidad: el superior y los hermanos se reúnen con el huésped, rezan juntos, se intercambia el signo de la paz con un beso; primero se parte el pan de la oración con el huésped, llevándole al oficio divino de la comunidad, después se sientan con él, escuchando juntos la lectura de las Sagradas Escrituras. A continuación se le lavan las manos y los pies, de lo que se encarga el abad de la comunidad. Después rompen el ayuno -los hijos del Esposo no pueden ayunar mientras el Esposo está con ellos (Marcos 2, 18-22)- y cantan juntos: "Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia en medio de tu templo" (Salmo 47). Parece un juego de las partes, pero no es el pobre el que se beneficia de la hospitalidad, sino toda la comunidad implicada, porque recibe la misericordia del Señor. Como se puede imaginar, se trata de un verdadero compromiso que cuesta esfuerzo, en términos de tiempo y de medios materiales. San Benito era muy consciente de que siempre había que estar preparado: los forasteros y los huéspedes podían aparecer de improviso y, además, ser numerosos. Y no eran necesariamente buenos cristianos, bien vestidos y admiradores del canto gregoriano. 

"Acoged también con el mayor cuidado y solicitud a los pobres y a los peregrinos, porque en ellos se acoge aún más a Cristo". Para San Benito, una cosa es cierta: la presencia misteriosa, pero real, de Cristo resucitado es acogida en el huésped. Nosotros, que esperamos la segunda venida del Mesías, lo encontramos ya en el forastero que llama a nuestras puertas. La intuición de San Benito es profunda: los monjes saben que son peregrinos en este mundo; no acogen en sus casas a pobres y extraños, sino a semejantes en la casa de Dios. Y Dios llega las más de las veces de forma inesperada y casi secreta. 

Así pues, la revolución espiritual y cultural de la Regla no sirve para levantar los baluartes de un hortus conclusus, sino que es una forja abierta de civilización, que irradia desde el monasterio hacia el mundo. "Del pan de san Benito ha comido toda la Iglesia", recordaba el cardenal benedictino Alfredo Ildefonso Schuster. La pureza evangélica tan antigua y tan nueva del legislador de Nursia no puede dejar de tocar también nuestros corazones, en un momento en que el Santo Padre llama al Cuerpo de Cristo -de Aquel que se hizo pobre y extranjero por nosotros- a convertirse más eficazmente en una Iglesia para los pobres. Cercanía y proximidad a los pobres y a todos los que piden ser acogidos: la Opción de San Benito y la Opción Francisco no pueden estar más cerca. 

"Esto es precisamente lo que hizo San Benito" - decía el Papa Francisco a los participantes en la conferencia (Re)thinking Europe de 2017 - "No le importó ocupar los espacios de un mundo perdido y confuso. Sostenido por la fe, miró más allá y desde una pequeña cueva de Subiaco dio vida a un movimiento contagioso e imparable que rediseñó el rostro de Europa". En esta obra fue verdaderamente un mensajero de la paz, un realizador de la unidad y un maestro de la civilización. En una carta escrita en recuerdo del 10º aniversario de su visita a Lampedusa, escribía: "en estos días en que asistimos a la repetición de graves tragedias en el Mediterráneo, nos estremecen las masacres silenciosas ante las que aún permanecemos impotentes y atónitos. La muerte de inocentes, principalmente niños, en busca de una existencia más serena, lejos de las guerras y la violencia, es un grito doloroso y ensordecedor que no puede dejarnos indiferentes. Es la vergüenza de una sociedad que ya no sabe llorar y compadecerse de los demás". 

El quid de la cuestión está aquí: la globalización de la indiferencia, una grave falta de empatía y caridad. Evagrio Póntico escribía desde el desierto norteafricano: "Monje es aquel que se considera uno con todos, acostumbrado como está a verse en todos". Así pues, acoger a los pobres y a los extranjeros -y acoger al Señor en su persona- conserva todo su valor real, pero es también símbolo y preparación para otra acogida, más profunda e interior: la acogida que se da al Señor en el propio corazón y que es la finalidad de toda la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...