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jueves, 15 de enero de 2026

Una música de recuerdo y de esperanza - el tema principal de “La Lista de Schindler” -.

Una música de recuerdo y de esperanza - el tema principal de “La Lista de Schindler” - 

La banda sonora de la película La lista de Schindler fue compuesta por uno de los más grandes maestros de la música cinematográfica, John Williams. El compositor estadounidense ha compuesto música para todo tipo de películas, desde la ciencia ficción de Star Wars y E.T. hasta las aventuras de Indiana Jones. Por supuesto otras de sus obras que tú recordarás son Tiburón, Jurassic Park, Salvar al soldado Ryan, Superman, Harry Potter 

En esta reflexión te propongo esta música que acompaña a una película dramática, que trata sobre el genocidio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. 

Vamos a comenzar con una primera audición que tiene incluso un punto ‘añadido’ de emotividad como verás: https://www.youtube.com/watch?v=YqVRcFQagtI&list=RDYqVRcFQagtI&start_radio=1 

La lista de Schindler es una película del director Steven Spielberg, resultado de una producción muy importante y exigente, tanto por los medios empleados como por la dramaturgia del tema tratado. La película es casi en su totalidad en blanco y negro, con la famosa excepción de la niña con el vestido rojo, a la que se ve viva al principio de la película y cuyo cadáver se reconoce más adelante entre un montón de cadáveres. 

En un contexto tan cargado de emoción, la música también tiene una responsabilidad muy importante. No pretendo, por supuesto, analizar la banda sonora de La lista de Schindler, compuesta por John Williams. Mi reflexión seguramente no te ayudará a descubrir sus secretos. Solamente pretendo sugerirte alguna clave para tu audición y disfrute. 

Una buena ocasión para volver a la audición del tema principal de esta música (seguramente también del visionado de la película) puede ser el día 27 de enero. Y te explico la razón. Ese día 27 de enero se conmemora el Día de la Memoria, de la Shoá, del Holocausto. Esa fue la fecha que la ONU designó como Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto para recordar la liberación del campo de Auschwitz-Birkenau en 1945, rindiendo homenaje a los millones de judíos y otras víctimas del nazismo y promoviendo la educación para prevenir futuros genocidios.  

Como bien sabes, la historia dramática del pueblo de Isarel alcanzó su punto álgido milenios después de aquella historia que comenzó con Abraham: en concreto, con las leyes raciales nazis. Y, sin embargo, precisamente en el contexto de la formidable discriminación de la Alemania nazi de 1939, se inserta la increíble historia del empresario alemán Oskar Schindler, quien durante la Segunda Guerra Mundial salvó a unas 1100 personas judías del exterminio, utilizando el pretexto de emplearlas como personal necesario para el esfuerzo bélico en su fábrica de utensilios, la D.E.F. (Deutsche Emaillewaren-Fabrik), situada en Cracovia. 

Toda la historia se dio a conocer al gran público gracias al encuentro entre el escritor australiano Thomas Keneally y el comerciante Leopold Pfefferberg (llamado «Poldek»), un superviviente del exterminio gracias a Oskar Schindler, de quien, tras la guerra, se convirtió en amigo íntimo. Thomas Keneally, impresionado por la historia y tras establecer varios contactos con los demás Schindlerjuden (los «judíos de Schindler»), en 1982 escribió la novela La lista de Schindler, de la que posteriormente se adaptó la famosísima película La lista de Schindler en 1993. 

Entre 1933 y 1945, entre 15 y 17 millones de personas perdieron la vida de forma brutal, hombres y mujeres de todas las edades, sin distinción de ancianos y niños, entre ellos seis millones de judíos. Un grito desgarrador se elevó al cielo y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob vio cómo millones de hombres sucumbían bajo el yugo de aquellos a quienes deberían haber llamado «hermanos»: el pecado de Caín se repitió ex novo en la historia de la humanidad con proporciones que podríamos definir como apocalípticas y bíblicas. 

Es ésta la historia del pueblo de Israel, con sus victorias y sus dolores, la que está presente en la música de John Williams para la película La lista de Schindler. 

El tema principal es sin duda la pieza que ha tenido más éxito y podría definirse como el primer tema principal de toda la partitura de esta película: aparece en versión orquestal e interpretada por varios instrumentos solistas en ocho de las trece escenas musicales identificables en la película de Steven Spielberg. 

Es la emotiva escena final de la película con este tema principal: https://www.youtube.com/watch?v=BFP4dDheqHY 

Se trata del tema que evoca a Oskar Schindler y la lista, y por extensión también a todos los judíos que se salvaron gracias a ellos: la versión con el violín solista con toda la orquesta solo se puede escuchar íntegramente en la última escena de la película, en la que los actores acompañan a los verdaderos «judíos de Schindler» que sobrevivieron hasta 1993, en una procesión hacia la tumba de su salvador, con la intención de depositar sobre ella una piedra en señal de profundo agradecimiento. 

La melodía principal aparece por primera vez al comienzo de la película en el momento en que los judíos se ven obligados a abandonar sus hogares y trasladarse al gueto de Cracovia, lo que denota la desolación de los personajes en la pantalla ante las brutales iniciativas de los nazis. 

El tema transmite una sensación completamente diferente por ejemplo en la escena en la que, tras haber sido salvados por la lista, los trabajadores judíos son divididos en dos trenes, uno para las mujeres y otro para los hombres. Po una adversa casualidad, el tren que transporta a las mujeres se detiene en el campo de concentración de Auschwitz en lugar de llegar a la fábrica de Oskar Schindler. 

Este último se enfada y consigue salvar a las pobres mujeres «compradas» por los nazis, que finalmente cruzan las puertas de la fábrica acompañadas por esta melodía: el consuelo y el alivio se expresan en esta sublime música. De hecho, la misma melodía se utiliza para definir situaciones muy diferentes, para describir una intensa tristeza o un profundo consuelo. 

El tema de la lista, de Schindler y de todas las personas judías salvadas, en realidad ha pasado a ser el tema de la esperanza: una esperanza que podría materializarse en alegría, pero que corre el riesgo de convertirse en decepción y sufrimiento. Esta es, en realidad, una fe viva en que un peligro de muerte pueda transformarse en seguridad de vida. 

En otras palabras, la redacción de la lista, representada por este tema musical, permite a los judíos salvarse y seguir experimentando el recuerdo de lo que fue; los nazis no pudieron empañar la memoria identitaria de sus víctimas, una identidad victoriosa incluso después de la tormenta devastadora que representó el Holocausto. 

La redacción de la lista, como bien sabes, es un momento decisivo de toda la narración cinematográfica. Es, lo recordarás, el momento en el que Itzhak Stern bajo el dictado de Oskar Schindler incluye los nombres de todas las personas judías salvadas por el empresario alemán, que «compra» a los trabajadores uno por uno al terrible jefe de las SS Amon Goeth. Es el propio Itzhak Stern, después de escribir el último nombre, quien explica a Oskar Schindler el significado de esa lista salvadora: «Mire, la lista es el bien absoluto, ¡la lista es vida! Alrededor de sus márgenes hay un abismo». 

Un momento sublime de la película es precisamente la elaboración de la lista: https://www.youtube.com/watch?v=r3pqeNLbQBc 

Otro momento, no menos decisivo, es la escena en la que los soldados nazis leen los nombres de la lista y los trabajadores judíos son salvados. Todo está consumado: la lista es la esperanza concretada en la salvación, es la transformación de la muerte en vida. 

Los conceptos de esperanza y recuerdo son esenciales para la historia del pueblo de Israel y, por lo tanto, para los trabajadores judíos salvados por Oskar Schindler. La esperanza y el recuerdo permiten a los ‘schindlerjuden’ resistir a pesar de todo la devastación sufrida. 

De hecho, yo creo que en la película de La lista de Schindler y, más concretamente, en la descripción de la historia de Oskar Schindler, hay algo análogo a la vocación de Abraham en el origen de la historia del pueblo de Israel y a la liberación de Israel de la terrible mano de Egipto por obra de Moisés. 

Porque salvar la vida de 1100 personas —que se convirtieron en 6000 en la época del estreno de la película en 1993, y hoy en día son muchas más— tiene en sí mismo algo sensacional y confirma que incluso en la oscuridad más tenebrosa puede haber un rayo de luz: la esperanza de un futuro radiante y el recuerdo de un pasado que no debe caer en el olvido bajo ningún concepto. 

Para el final te dejo otra audición por ejemplo con esta versión cuya ejecución del violín es lo siguiente a sublime (y seguramente descubrirás porqué): https://www.youtube.com/watch?v=cLgJQ8Zj3AA&list=RDcLgJQ8Zj3AA&start_radio=1

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 16 de mayo de 2025

Con todas y cada una de las letras: Genocidio.

Con todas y cada una de las letras: Genocidio

Nadie es dueño de un idioma. Insistir en esta obvia afirmación, cuando los demás medios de la esfera pública están cada vez más sujetos a la censura, no significa simplemente mantener una distancia crítica.

 

Si, como insistía Hannah Arendt, lo que queda es el lenguaje, entonces esta afirmación también propone el inicio de un proceso para revertir su control por parte de la retórica mortal que actualmente intenta ejercerlo.

 

La paradoja del control del lenguaje en apoyo de la obscenidad homicida que se está produciendo en Gaza, es decir, el derecho de Israel a defenderse de quienes lo oprimen y masacran, ha llevado a desvincular el concepto de genocidio de una definición exclusivamente étnica y religiosa ligada a la experiencia judía moderna.

 

Inicialmente, en los días y semanas posteriores al 7 de octubre de 2023, incluso los comentaristas de izquierda mostraron cautela a la hora de aplicar el término «genocidio» a las crecientes masacres y asesinatos indiscriminados de civiles en la Franja de Gaza.

 

Sin embargo, con el paso del tiempo, las pruebas se acumularon y se retransmitieron en directo, además de ser confirmadas por declaraciones del Gobierno israelí que no dejaban lugar a dudas: todos los palestinos debían ser considerados animales, terroristas y combatientes a eliminar. Que comience la masacre. Y continúa.

 

Algunos medios internacionales como The Economist y The Financial Times han comenzado a criticar la brutalidad de la política israelí, y el ex alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, ha afirmado que se trata efectivamente de genocidio. Últimamente, el término ha aparecido aquí y allá. Quizás esté empezando a soplar otro viento.

 

Si las acusaciones de antisemitismo se han vuelto cada vez más absurdas en su aplicación indiscriminada a cualquier crítica, incluso cuando proviene de judíos disidentes, a Israel, al sionismo y a su arrogancia colonial subyacente, la controversia sobre la aplicación del término «genocidio» ha reabierto brutalmente un archivo colonial y su centralidad en la construcción de la modernidad occidental.

 

En 1905, Sir Roger Casement, posteriormente ejecutado por Londres por sus actividades como republicano irlandés, escribió un informe oficial para el Gobierno británico sobre los abusos de los derechos humanos de la población indígena del Congo belga. Documentó la esclavitud, las mutilaciones, las torturas, los asesinatos y el reinado del terror organizado para la extracción de caucho y marfil en el feudo privado del rey Leopoldo. Allí conoció a Joseph Conrad, el futuro autor de El corazón de las tinieblas. Posteriormente, llevó a cabo expediciones de investigación sobre abusos similares contra los putumayo por parte de los imperios del caucho en la Amazonia.

 

En Inglaterra, sus informes provocaron la indignación de la opinión pública y el inicio de procedimientos judiciales. Si en el Amazonas los muertos y las masacres se contaban por miles, en el Congo las víctimas fueron muchas más, tal vez hasta diez millones. En 1915, el historiador británico Arnold Toynbee preparó informes detallados para el Ministerio de Asuntos Exteriores británico sobre lo que describió como el exterminio de los armenios bajo los otomanos en Anatolia y en las marchas de la muerte en el desierto de Siria.


 

El término «genocidio» fue acuñado a principios de la década de 1940 por el abogado judío polaco Raphael Lemkin, quien reconoció la eliminación de los armenios como un caso de genocidio. Utilizó el concepto para describir la destrucción de una nación o un grupo étnico mediante la eliminación de su vida política, social, cultural y religiosa.

 

El término fue adoptado como base de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Genocidio en 1948. El documento final fue modificado y diluido por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial para proteger sus propias historias e intereses. De hecho, el propio Lemkin consideraba que el documento aprobado era un fracaso.

 

Elaborado como respuesta inmediata a la persecución de los judíos europeos y al Holocausto, Lemkin no excluyó explícitamente otras atrocidades históricas ni dudó en aplicar el concepto de forma retroactiva.

 

De hecho, él consideraba el genocidio una constante de la historia humana y, en la época moderna, profundamente ligado al colonialismo y al imperialismo. Si para gran parte del mundo la modernidad occidental ha significado simplemente colonialismo, a lo largo de su historia también ha representado un encuentro persistente con intenciones genocidas.

 

El salto temporal entre el eslogan «El único indio bueno es el indio muerto», pronunciado por los vaqueros en un salón, y «El único árabe bueno es el árabe muerto», escrito hoy en día en las calles de Israel, delata una coherencia mortal.

 

Así pues, nos encontramos conviviendo con el término «genocidio». No es, al igual que el colonialismo, simplemente algo del pasado, específico de un tiempo y un lugar, o restringido a la historia de un pueblo. Indica estructuras más profundas de poder, opresión y brutalidad que siguen configurando nuestras vidas.

 

En este caso, la semántica se sustrae a la pureza ideológica y a los guardianes de cada relato de la época. No digamos a lo políticamente correcto. El lenguaje siempre delata un exceso ineludible que se niega a quedar atrapado en los límites de un orden impuesto. Si al final es el lenguaje el que permanece, siempre sustenta un retorno que cuestiona el presente precisamente con lo que trata de negar.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 15 de mayo de 2025

¿Cuánto pesa una lágrima?

¿Cuánto pesa una lágrima?

Rahaf Ayad apenas puede hablar y mover los brazos y las piernas. Se le cae el pelo, tiene las costillas marcadas, calambres y dolores en todo el cuerpo, parpadea lentamente. Rahaf es una niña de doce años y estos son los síntomas de alguien que se está muriendo de hambre. En Gaza, los niños mueren de hambre. Siwar Ashour nació en noviembre y solo ha conocido la guerra. Ahora tiene seis meses y su madre, Najwa Aram, tiene 23 años. La dio a luz en la única habitación que quedaba de una casa destruida, donde viven once personas. Las fotos de niños en Gaza padeciendo las consecuencias del genocidio sistemático se han vueltos virales, como se dice, hoy en nuestros teléfonos móviles.

 

Y dan la vuelta al mundo, causan perplejidad, escándalo e indignación. ¿Por cuánto tiempo? ¿Un día? Luego nos olvidaremos y pasaremos a otras imágenes y otras historias.

 

No se puede ver morir de hambre a los niños. Las organizaciones humanitarias dicen que hay 70. 000 en peligro. Las historias de Rahaf y Siwar son dos entre muchas. En realidad, son dos de las pocas que nos llegan desde Gaza, porque Israel ha sellado la Franja y desde hace dos meses no entra ni un grano de trigo.

 

Son historias que hablan de ayuda humanitaria secuestrada, de 5.000 camiones de la UNRWA bloqueados. Historias que hablan de un saco de harina de 25 kilos que antes de la guerra costaba 8 dólares y 30 centavos y hoy cuesta 416 dólares. Pero ya nadie tiene dinero y no hay harina. Así que los niños tienen retortijones en el estómago y Rahaf dice que siente que le arde el cuerpo por dentro y pide desesperadamente un trozo alimento. Pero no hay alimento. No hay nada. Ni siquiera hay hospitales donde morir, y los médicos explican que morir de hambre significa tener la sangre envenenada, insuficiencia renal, daños en el hígado, infecciones bacterianas y microbianas y una inmunidad que cae a cero. Esto es lo que está pasando.

 

Así que dejemos de hablar de guerra en términos generales. Cuando hablamos de guerra, pensamos en soldados, armas, drones... Los profesionales y la geopolítica no nos hablan de niños que mueren de hambre. Aquí, en cambio, hay niños que mueren ante los ojos impotentes de sus padres. Los niños no deben entrar en esto. Por lo tanto, llamemos a las cosas por su nombre.

 

Lo que está ocurriendo en Gaza es un asedio que está provocando una hambruna. Asedio y hambruna, dos palabras antiguas que provienen directamente de la Biblia. Las palabras cambian la narrativa.

 

La hambruna es hambre, el hambre es un asesino silencioso, no hace ruido como una bomba, pero mata igual, e Israel está utilizando el hambre como arma. El uso del hambre como método de guerra es un crimen de guerra según el derecho internacional. Está prohibido por la Convención de Ginebra y por todos los protocolos.

 

Incluso la orden de detención de la Corte Penal Internacional contra Benjamin Netanyahu (emitida el año pasado) cita entre los cargos el uso del hambre como método de guerra, pero Israel niega que haya un problema de hambruna, que no haya suficiente comida en la Franja, que no falte agua ni harina.

 

El plan es «militarizar» el control de la ayuda, filtrándola a su antojo, para que no llegue a manos de Hamás. Es el fracaso definitivo de cualquier política humanitaria, del propio concepto de ayuda humanitaria, que debe ser imparcial y llegar a quienes la necesitan, independientemente de cualquier otra consideración. Representa un valor ético que nunca debería violarse. Pero los convenios entre pueblos civilizados y el derecho parecen haber perdido todo su peso.

 

¿Cuánto pesa una lágrima? se preguntaba Gianni Rodari en “Cuentos por teléfono”. Depende. La lágrima de un niño caprichoso pesa menos que el viento, la de un niño hambriento pesa más que toda la Tierra.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 15 de enero de 2025

Ante el 27 de enero, día de la celebración de la liberación de Auschwitz-Birkenau: el genocidio es siempre con nosotros.

Ante el 27 de enero, día de la celebración de la liberación de Auschwitz-Birkenau: el genocidio es siempre con nosotros 

El 27 de enero de 1945, hace 80 años, de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. La estructura, en territorio polaco, es una de las más conocidas de las construidas por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Fue en el campo de exterminio de Auschwitz donde murió una parte significativa de los seis millones de judíos asesinados durante el genocidio de Adolf Hitler. 

Después de la invasión de Polonia en septiembre de 1939, la ciudad de Oświęcim (Auschwitz en alemán) fue elegida por el Tercer Reich como el lugar más "adecuado" por razones logísticas. De hecho, la zona contaba con una red ferroviaria bien desarrollada que la conectaba con otros países. Por este motivo, ya a finales de 1939, el capitán de las SS Arpad Wigand propuso al comandante Erich von dem Bach-Zelewski, responsable de las fuerzas alemanas en Breslau, utilizar la estructura de un antiguo cuartel en un barrio de Auschwitz para abrir el primer campo de concentración y resolver así lo que presentó como "el problema del hacinamiento" en las cárceles de Silesia. 

Inaugurado en abril de 1940 en una superficie de unas 200 hectáreas, el campo vio llegar a sus primeros internos –algunos presos políticos polacos– el 14 de junio. En 1941 el campo se amplió con la construcción de Birkenau y en 1943 se convirtió en una "fábrica de la muerte". En total, allí fueron exterminadas más de un millón cien mil personas, de las cuales el 90% eran judíos deportados de Polonia y de varios países europeos. 

"Arbeit macht frei" -el trabajo hace libres-: ésta era la inscripción, que más tarde se convertiría en símbolo de la barbarie nazi, que daba la bienvenida a los prisioneros de Auschwitz, el mayor y más infame campo de concentración y exterminio del Tercer Reich. Construido por lo alemanes para llevar a cabo la "solución final" contra los judíos, el campo es hoy un lugar de recuerdo, visitado cada año por miles de personas que pueden ver así los horrores del nazismo de primera mano. 

El nombre “Auschwitz” representa hoy el colmo de la barbarie y la depravación que puede afrontar la humanidad. Las imágenes imborrables que salieron a la luz tras la liberación de este campo de exterminio nazi por el Ejército Rojo apenas permiten vislumbrar la superficie del terrible infierno que los supervivientes piden no olvidar, para que no vuelva a ocurrir. 

En 1947 se fundó un museo conmemorativo en el lugar del campo -yo tuve la gracia de visitarlo hace algunos años en una mañana heladora del mes de diciembre- y en 1979 Auschwitz fue incluido como "lugar de memoria" en la lista de lugares protegidos por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. En noviembre de 2005, la Asamblea General de las Naciones Unidas eligió el aniversario de la liberación del campo de terror para establecer un Día Mundial en Recuerdo de todas las Víctimas del Holocausto. 

No basta con recordar el pasado; hay que recordar la verdad, analizarla, extraer normas de ella y desear actuar. Pero esto no es lo que solemos hacer. La mayoría de las veces, nuestro recuerdo genera el efecto contrario: es un paso preparatorio para la expulsión final de la verdad de la conciencia colectiva. Este tipo de recuerdo recuerda al proceso por el que la ostra crea una perla cubriendo una impureza. 

La película “La lista de Schindler” es un ejemplo de ello; nos envía a casa desde el cine confiados y aliviados, con la sensación de que la Shoah está resuelta, porque ha surgido un héroe, y él se encargará de ello. Pero al hacerlo, la película no lo narra bien. Los temas principales de la Shoah no fueron la salvación y la esperanza, sino la desesperación y la muerte. De todos los libros que he leído sobre Auschwitz, y son unos cuantos, ninguno menciona a Oskar Schindler, ni el episodio que se muestra en la película del rescate de los «judíos de Schindler» del campo; al contrario, todos coinciden más o menos en que no hubo salvación de Auschwitz. Según Hannah Arendt, en “La banalidad del mal”, Adolf Eichmann declaró que ni siquiera él fue capaz de rescatar a un judío «favorito» de Auschwitz. 

¿Cómo recordar una verdad que provoca depresión clínica? ¿Una verdad que hace desear la muerte incluso a quienes «afrontan razonablemente los hechos»? Uno está como obligado a recordarla, y punto. La única esperanza que puede extraerse de una verdad así, vista con claridad, es el compromiso de actuar de otro modo y poner de nuestra parte para que el mundo sea distinto de como es. 

Nací en 1965, y una parte de lo que sé sobre la vida lo aprendí en el cine. Los nazis de celuloide son brutos, imbéciles y fanfarrones, como se ve en tantas y tantas películas. Luego puedes leer “Ascenso y caída del Tercer Reich”, o cualquier libro sobre los Juicios de Núremberg, y descubrir que los de arriba -Hitler, Goering, Goebbels y otros- se comportaban como los villanos de las películas. Pero detrás de ellos había una multitud de personas que no tenían por qué comportarse así: seguían a sus líderes. Algunos con entusiasmo, otros dejándose llevar por la corriente. Como nosotros. Por cada doctor Mengele, por cada sádico que disfrutaba matando, había cien o mil Eichmann, burócratas encargados de encontrar la capacidad ferroviaria para deportar a los judíos o los suministros de Zyklon B necesarios para gasearlos. La responsabilidad de los hechos estaba tan repartida entre la burocracia, y la sociedad, que aquellos a los que les gustaba matar podían hacerlo impunemente, y todos los demás estaban protegidos. 

Y es que cuando una multitud se queda mirando, nadie toma ninguna iniciativa. Probablemente la mayoría de nosotros en nuestras sociedades nos encontramos en un precario equilibrio entre la acción y la inacción, entre el bien y el mal: todo depende de quién dé un paso al frente… si es que alguien se atreve a dar un paso al frente. La única diferencia entre la nuestra, o cualquier otra sociedad, y la Alemania nazi es el líder carismático que nos dice que matar está bien. Y no hay nada en nuestra sociedad que le impida hacerse con el poder: de hecho, ya nos ha ocurrido y nos está ocurriendo en varias variantes. 

Auschwitz no fue único en género, sólo en escala. En todas las épocas, los seres humanos han sido culpables de genocidio, desde las batallas entre tribus rivales de humanos prehistóricos hasta las modernas «limpiezas étnicas» desde Bosnia… hasta Gaza, solamente por citar expresamente esas dos -porque de otras limpiezas, aunque se sabe que existen, no son noticia en Europa-. 

Al igual que cada uno de los ochenta millones de ciudadanos alemanes leales hasta podía tener un judío favorito o predilecto…, cada uno de nosotros tiene su genocidio favorito, el que es la excepción, el que se llevó a cabo en defensa propia, o el que es un acto de guerra reprobable pero comprensible, o de heroísmo, o la reivindicación ineludible de la primogenitura divina… Hoy hay israelíes para los que el tirador de la mezquita era un patriota heroico, serbios que consideran desproporcionada la muy débil reacción de la OTAN ante la limpieza étnica, millones de estadounidenses que ignoran que el propio Estados Unidos se fundó sobre el genocidio… 

Si se dice que sí, pero que fue hace mucho tiempo, y que las cosas entonces eran diferentes, y que los estadounidenses han cambiado desde entonces,…, entonces basta pensar en las pilas de cadáveres de inocentes civiles asesinados en Gaza… por soldados israelíes con armamento americano y europeo. 

Lo sé: parezco estar a un paso de decir que el genocidio es inevitable, que los hombres siempre se matarán unos a otros por la tierra o el poder, así que mejor dejemos de hablar de ello. Pero no quiero decir eso en absoluto. El hombre no voló hasta que aprendió a volar: que algo haya sido siempre de una determinada manera no significa que deba seguir siéndolo. 

Mientras nos enseñen que el genocidio sólo puede ser cometido por un «otro» demoníaco, que somos buenas personas y que nunca podríamos sentir el deseo de mancharnos con él, lo perpetuaremos: porque son precisamente los que niegan los que perpetúan los males y los desastres del pasado. Edward Gibbon escribió que la historia no es más que la recopilación de las locuras y desgracias de la humanidad; pero no es necesariamente cierto que estemos eternamente condenados a cometer los mismos crímenes y errores hasta que nos extingamos de esta tierra. Uno quiere desear, creer y esperar que hay una salida. 

Nuestro corazón moral, como nuestro corazón físico, es débil y tiende a enfermar. Si somos conscientes de ello y ponemos en práctica nuestra moral, tendremos posibilidades de sobrevivir. Si, por el contrario, lo negamos e insistimos en que nuestro corazón es a prueba de fallos, dejamos que el mal entre por la puerta principal. 

Como fragmentos de un holograma, cada uno de nosotros contiene una imagen de toda la especie; cada uno de nosotros comparte toda la belleza y toda la maldad de la condición humana. Todos compartimos la música de Mozart y la maldad de Mengele. Si nos miramos en el espejo por la mañana y nos decimos: «Este es el rostro de un asesino», nos pondremos en condiciones de comenzar el trabajo que hay que hacer; que implica hacer balance cada día y preguntarnos cada noche qué hemos hecho durante el día para repudiar a ese asesino. Hagan lo que hagan los demás, realicen o no ellos también este trabajo, habremos puesto de nuestra parte para que Auschwitz no vuelva a repetirse. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...