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sábado, 22 de noviembre de 2025

Primero, la persona.

Primero, la persona 

«Imploro, de manera apremiante, esperanza para los millares de pobres, que carecen con frecuencia de lo necesario para vivir. Frente a la sucesión de oleadas de pobreza siempre nuevas, existe el riesgo de acostumbrarse y resignarse. Pero no podemos apartar la mirada de situaciones tan dramáticas, que hoy se constatan en todas partes y no sólo en determinadas zonas del mundo. Encontramos cada día personas pobres o empobrecidas que a veces pueden ser nuestros vecinos» (Spes non confundit 15). 

Estas palabras del Papa Francisco dan un primer paso importante: de una categoría a una persona, de los «pobres» al «pobre de al lado». 

Es innegable que las condiciones de indigencia material, relacional, cultural y espiritual pueden marcar profundamente la existencia de una persona, pero el esfuerzo de quien se acerca al pobre es rebelarse contra esta expropiación de identidad para relacionarse con una persona, un rostro, un nombre, una historia concreta. 

Los «miles de millones de pobres», precisamente por la inmensidad a la que se refieren, siguen siendo una cifra que nos deja sin palabras, que nos deja con una sensación de impotencia e inevitabilidad. 

El encuentro con la persona concreta que ha perdido su trabajo, que no puede mantener a su familia, que ha sido desahuciada, que se encuentra aislada tras una ruptura matrimonial, con el sin techo, con el inmigrante..., nos conmueve y nos interpela, y puede transformar nuestro corazón. Porque es Jesús mismo quien nos visita en la carne del pobre (cf. Mateo 25, 31-46). 

Seguramente un segundo paso pueda ser del «pobre de al lado» a «nosotros». En lugar de hacer de los «pobres en general o de los pobres de al lado» un tema de conversación, debemos aceptar que ellos nos juzguen: su autoridad escatológica (de nuevo Mateo 25,31-46) pone en crisis nuestro comportamiento hacia ellos. 

Y ante quienes viven situaciones de privación que atentan contra su plena humanidad, podemos caer en la costumbre, en la resignación y apartar la mirada. En otra ocasión, el mismo Papa Francisco decía: 

«No se trata de arrojar una moneda en las manos de un necesitado. A quien da limosna yo le pregunto dos cosas: Tú ¿tocas las manos de las personas o les arrojas la moneda sin tocarlas? ¿Ves a los ojos a la persona que ayudas o miras hacia otro lado?» (Misa por la VIII Jornada Mundial de los Pobres 2024). 

A menudo habita en nosotros, inconfesada e inconfesable, la idea del pobre como marcado por una inferioridad, por una condición de menor humanidad que nosotros. Para curarnos de esta patología, es necesario reconocer al hombre detrás de las etiquetas: «pobre», «refugiado», «inmigrante», «mendigo», «solicitante de asilo» ... 

Lo que significa que no se trata solo de dar ayuda económica, alimentaria o logística, sino también tiempo, escucha, presencia, palabra. Es decir, entrar en relación. Porque el pobre no es ante todo un pobre, sino una persona. 

Nos queda siempre la pregunta: ¿vemos a la persona que es el pobre? 

Un episodio de la vida del poeta Rainer Maria Rilke cuenta que, cuando vivía en París, cada día salía de casa y se encontraba con una mendiga a la que solía dar limosna. Un día no le dio dinero, sino una rosa, y la pobre mujer se iluminó y exclamó, llena de alegría: «¡Me ha visto! ¡Me ha visto!». 

Siempre existe el riesgo de que una acción en favor de los pobres haga mucho por el otro sin verlo. También hoy es necesario dar voz a quienes no la tienen, descubriendo las formas siempre nuevas de pobreza que difícilmente se hacen notar y se hacen socorrer. 

Por lo tanto, también es necesario dar visibilidad a quienes son invisibles. El otro existe cuando acepto verlo, encontrarlo, escucharlo. Pero a menudo permanece invisible, como Lázaro, que yacía a las puertas de la casa del rico que vivía en el lujo y no movía un dedo por él (cf. Lucas 16, 19-31). 

La novela afroamericana de Ralph Ellison, “El hombre invisible”, comienza con estas impactantes palabras: 

«Soy un hombre invisible... Soy invisible porque la gente se niega a verme... Cuando los demás se acercan, solo ven lo que me rodea, o a sí mismos, o inventos de su imaginación, todo y cualquier cosa, en definitiva, excepto a mí... La invisibilidad de la que hablo... depende de la estructura de sus ojos internos, es decir, aquellos con los que, a través de los ojos corporales, miran la realidad». 

¿Cómo olvidar que fue también a partir de la meditación sobre la parábola evangélica del «rico y Lázaro» y de la profunda impresión que le causó, que Albert Schweitzer se fue a África, donde construyó el hospital de Lambaréné (Gabón)? De hecho, él veía África como un pobre Lázaro a las puertas de la rica Europa. El Evangelio le abrió los ojos y llevó a Albert Schweitzer a ver y tocar a Cristo y a cuidar de él en los pobres. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Iglesia pobre como Cristo pobre: del Pacto de las Catacumbas a ‘Dilexi te'.

Iglesia pobre como Cristo pobre: del Pacto de las Catacumbas a ‘Dilexi te’

Una feliz coincidencia la del 16 de noviembre de 2025, Día Mundial de los Pobres, con el 16 de noviembre de hace sesenta años, día del llamado «Pacto de las Catacumbas». 

Unos treintaynueve Obispos, que participaban en el Concilio Vaticano II, que concluiría poco después, el 8 de diciembre de 1965, se reunieron en las Catacumbas de Domitila para celebrar la Eucaristía y formular una lista de compromisos. 

Los sesenta Obispos se comprometieron, una vez regresados a sus Diócesis, a vivir lo más cerca posible de los pobres y a llevar una vida según la pobreza evangélica, renunciando a todo privilegio y a toda forma de riqueza. 

En los 13 puntos de esta lista, también se comprometen a exigir a los responsables de sus gobiernos que promuevan leyes en favor de la justicia, la igualdad y el desarrollo integral de todo el ser humano; que los organismos internacionales adopten estructuras económicas y culturales capaces de sacar a las masas pobres - dos tercios de la humanidad - de la miseria física, cultural y moral. 

De los Obispos que se adhieren a este pacto, muy pocos son europeos. La mayoría proceden de Asia (sobre todo de la India y China), África y América Latina. Y muchos pertenecen a congregaciones misioneras. 

¿Cuáles son los motivos que explican esta decisión tomada pocos días antes de la clausura del Concilio Vaticano II? 

Hay que decir que el tema de la pobreza y de una Iglesia pobre y de los pobres fue percibido desde el principio por muchos Obispos con gran urgencia, como, por otra parte, el propio Papa Juan XXIII había subrayado en su mensaje radiofónico del 11 de septiembre de 1962 con estas palabras: 

Ante los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta tal como es, y quiere ser, como la Iglesia de todos, y en particular la Iglesia de los pobres. 

Muy sentida, sobre todo en los episcopados de los países del «Tercer Mundo», era la conciencia de la distancia que a lo largo de los siglos se había ido acentuando cada vez más entre la Iglesia institucional y las masas de pobres presentes en esos países. 

Una figura que desempeñó un papel muy importante fue la de Paul Gauthier, un presbítero francés que en las primeras semanas del Concilio difundió entre los Obispos un dossier titulado «Los pobres, Jesús y la Iglesia». 

Cuando Paul Gauthier llegó a Roma en 1962 para el inicio del Concilio, llevaba desde 1956 viviendo en Nazaret como presbítero obrero, donde había podido constatar la dura vida de los trabajadores árabes en el Estado de Israel y donde había fundado la comunidad de los «Compañeros de Jesús Carpintero». 

La difusión de su dossier contribuyó sin duda de manera decisiva a sensibilizar a muchos Obispos sobre la necesidad de abordar la cuestión de la relación entre la Iglesia y los pobres. Paul Gauthier también contó con el apoyo de George Hakim, Obispo católico melquita de San Juan de Acre en Galilea, y de Charles-Marie Himmer, Obispo belga de Tournai. 

Fue sobre todo gracias a ellos que se constituyó un grupo de Obispos que, desde la primera sesión del Concilio, tomó la costumbre de reunirse semanalmente en la sede romana del Colegio Belga y que, a menudo enfrentándose a oposiciones y resistencias, llevó adelante la petición de que el Concilio dedicara un texto específico al tema de la pobreza y se constituyera un secretariado específico, tal como se había hecho con la Secretaría para la Unidad de los Cristianos. 

Al final, todo esto no se llevó a cabo y las referencias al tema Iglesia-pobres aparecen dispersas en varios textos conciliares, sobre todo en la Gaudium et spes. Pero en las Actas del Concilio podemos ver cómo fueron numerosas y constantes las intervenciones al respecto, realizadas sobre todo por Obispos del Tercer Mundo que fueron los que, debido a la situación de pobreza y explotación de sus países, a menudo por obra de los países ricos del mundo occidental, participaron en mayor medida en el Pacto de las Catacumbas. 

Entre las intervenciones realizadas durante las sesiones conciliares, se podrían recordar muchas especialmente significativas, incluso de Obispos europeos sensibles a la cuestión: por ejemplo, el 28 de noviembre de 1962, el inglés George Dwyer dice que el Concilio está descuidando: 

A los miles de hombres privados del pan espiritual y del pan material cotidiano. Hay católicos ricos en el mundo que ven al pobre Lázaro a sus puertas y no hacen nada por él. De esto debemos hablar. ¿De qué sirve discutir sobre la lengua vernácula en la misa, cuando la lengua de Lázaro está reseca por el hambre y la sed? 

Uno de los cardenales más influyentes, que también situó el tema de los pobres en el centro de sus reflexiones, fue el Cardenal Giacomo Lercaro quien el 6 de diciembre de 1962 dijo: 

El misterio de Cristo en la Iglesia ha sido y es hoy el misterio de Cristo en los pobres. Debemos hacer de la evangelización de los pobres el centro y el alma de nuestro trabajo, ahora que la Iglesia parece preocuparse menos por los pobres, que la consideran lejana y ajena. Se dé prioridad a la doctrina evangélica de la pobreza, de la dignidad de los pobres en el Reino de Dios y en la Iglesia, mostrando el vínculo ontológico entre la presencia de Cristo en los pobres, en la Eucaristía y en la jerarquía que gobierna la Iglesia. 

En estas palabras se manifiesta claramente la voluntad de fundar cristológicamente la primacía de los pobres en la Iglesia (concepto expresado posteriormente con la frase: opción preferencial por los pobres). No se trata, pues, solo o ante todo de un acto de humanidad hacia ellos, sino de ver en ellos la presencia de Cristo mismo. 

Recordando las palabras del Cardenal Giacomo Lercaro, el Cardenal francés Pierre Gerlier se pregunta:

¿Por qué el misterio de Cristo pobre e identificado con los pobres tiene tan poco espacio en nuestra predicación habitual y en los trabajos de este Concilio? 

Alberto Devoto, Obispo argentino, dice a propósito de la Constitución sobre la Iglesia: 

Lo que más espero del Concilio es la presentación de la Iglesia en su sencillez evangélica y en su espíritu de pobreza, para dar testimonio al mundo de hoy de que «su misión no es dominar, sino edificar el Reino de Dios, sobre todo en el servicio a los pobres y a los que sufren. 

Palabras muy explícitas, en un crescendo continuo, son también las de Pierre-Francis-Lucien-Anatole Boillon, Obispo de Verdún: 

Propongo que la Iglesia no solo hable a los pobres y a los necesitados, sino que ella misma sea pobre como lo fue Cristo; no solo que lo sea, sino que se revista del rostro de la pobreza; no solo que se revista del rostro de la pobreza, sino que con reverencia more con los pobres y entre los pobres, porque quien se ha separado de los pobres, se ha separado de Cristo. Pero el Concilio no puede callar sobre ellos. 

Durante la tercera sesión del Concilio Vaticano II, en 1964, Paul Zoungrana, Obispo de Alto Volta, en nombre de 70 obispos africanos y brasileños, afirma: 

Las naciones ricas deben recordar siempre que lo superfluo pertenece a los pobres, y esto por un deber de justicia. Así como la ley civil condena a quien no ayuda a los hombres en peligro de muerte, así, dice San Basilio, quien, pudiendo remediar un mal, por avaricia no lo hace, será condenado a la misma pena que un hombre que mata con sus propias manos. 

Creo que estas citas, que son solo algunas de las muchas que se podrían recordar, nos pueden ayudar a comprender la necesidad que sentían aquellos Obispos que, reunidos en el Pacto de las Catacumbas, se comprometieron personalmente a vivir la paupertas Christi. 

Y sin duda, de aquel Concilio Vaticano II, de aquellos debates, de aquel Pacto de las Catacumbas, de…, han madurado y surgido, años más tarde, el pontificado y los escritos del ahora Papa León XIV, que en Dilexi te sitúa a los pobres en el centro de la acción de la Iglesia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 16 de noviembre de 2025

¡Cuánto he deseado comer con vosotros! - San Lucas 22, 15 -.

¡Cuánto he deseado comer con vosotros! - San Lucas 22, 15 - 

No se trata de dedicar un día a la caridad. Sino una hermosa ocasión para devolver la dignidad al gesto más sencillo y transformador que conocemos: compartir entre nosotros lo que nos nutre y que no es de nadie porque es de todos. 

Sabemos que el Jubileo, tal y como lo expresa su raíz bíblica, no puede agotarse en el paso por una Puerta Santa. El Jubileo es el año de la restitución: de las deudas canceladas, de las tierras redistribuidas, de la libertad que vuelve a quienes la habían perdido. Es el año en el que se reconoce que lo que poseemos no es solo fruto de nuestro trabajo, sino también, con demasiada frecuencia, de lo que hemos sustraído, directa o indirectamente, de la vida de los demás. 

El Jubileo es esperanza, sí, pero es esperanza que se hace justicia. Es el momento de reconocer que la pobreza no es natural, sino producida, y que la caridad sin justicia es un consuelo que perpetúa la injusticia. 

Es una forma de plantearnos una pregunta esencial: ¿a quién echamos de menos cuando disfrutamos de los bienes? Ya sea la Eucaristía que une a quienes creen en Jesús, el pan que nos alimenta, la salud, la posibilidad de estudiar, la suerte de ser amados, prestemos atención a quienes no están. 

El almuerzo es un signo fuerte y elocuente. Y en el almuerzo se prepara una mesa no «para» los pobres, sino «con» quienes viven una fragilidad y la convierten en verdad del mundo, dignidad de cada criatura, valor de la solidaridad. 

La imagen es provocadora: un almuerzo. Pero ese es precisamente el punto. Jesús imaginaba el Reino de Dios como un banquete al que no se invita tanto a quienes se sienten destinados, sino a quienes son recogidos en las encrucijadas de las calles o en sus márgenes, a quienes no tienen nada que ofrecer a cambio, a quienes no lo esperan. 

Un banquete en el que se salta la lógica del mérito y la deuda, donde las migajas que caen debajo de la mesa —las que en la historia de la sirofenicia ni siquiera Jesús ve al principio— se convierten en el signo de una abundancia que pide traspasar los límites. 

En la mesa somos lo que comemos, pero sobre todo compartimos lo que somos: historias, costumbres, heridas, esperanzas. Y esto ya es una celebración. Celebración de la esperanza de un mundo en el que nadie pase hambre, se sienta excluido, sea invisible, sufra injusticias. 

La pobreza, de hecho, no es una fatalidad que haya que aceptar con resignación caritativa. Es también, y a menudo sobre todo, una injusticia. Es el resultado de decisiones económicas, políticas y culturales que producen marginación. 

El Papa León XIV en “Dilexi te” lo dice con claridad: la pobreza tiene que ver con la historia de Dios con nosotros, porque el Dios de Jesucristo es aquel que se hace pobre y pide que se escuche el grito de las vidas pobres y empobrecidas, por muchas razones diferentes. 

«Al mismo tiempo, tal vez deberíamos hablar más correctamente de los numerosos rostros de los pobres y de la pobreza, ya que se trata de un fenómeno variado; de hecho, existen muchas formas de pobreza: la de quienes carecen de medios de subsistencia material, la pobreza de quienes están marginados socialmente y no tienen instrumentos para dar voz a su dignidad y sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la de quienes se encuentran en una situación de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza de quienes no tienen derechos, no tienen espacio, no tienen libertad» (DT 9). 

Las vidas pobres son lugares de verdad y no solo un cúmulo de necesidades a las que hay que prestar atención y cuidados. “Dilexit te” lo dice claramente: hay que reconocer que la realidad se ve mejor desde los márgenes, y que los pobres no son objetos que hay que salvar, sino «sujetos de una inteligencia específica» que la Iglesia y toda la humanidad necesitan. 

Por eso este Jubileo no es una pausa consoladora de la realidad. Es un gesto que interroga. Interroga nuestra capacidad de imaginar relaciones diferentes, donde las fronteras entre quien ayuda y quien es ayudado se vuelven más porosas, donde los pobres no son objeto de cuidado, sino sujetos de una Iglesia que se renueva. 

«Solo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy. Día tras día, los pobres se convierten en sujetos de evangelización» (DT 100). 

San Juan Crisóstomo decía que «si los fieles no encuentran a Cristo en los pobres que están a la puerta, tampoco podrán adorarlo en el altar». No se trata de retórica. Se trata de comprender que la fecundidad de la fe cristiana pasa por este «desequilibrio» hacia los últimos. Un desequilibrio que no es buenismo, sino fidelidad al Evangelio. 

El signo del almuerzo mantiene viva la esperanza allí donde parece no haber espacio. Porque la esperanza no es optimismo. No es la certeza de que todo irá bien. La esperanza es la capacidad de seguir creyendo que otro mundo es posible, incluso cuando todo parece desmentirlo. La esperanza es la obstinación de quienes siguen partiendo el pan juntos, convencidos de que en ese gesto —pequeño, frágil, aparentemente inútil— ya está el Reino de Dios. 

No se trata de presumir. Tampoco de celebrarse a sí misma como Iglesia que cuida de los pobres. Se trata de dejarse interpelar, para renovar el deseo de ser «Iglesia pobre que camina junto a la fragilidad de cada uno». 

Una Iglesia que no tiene miedo de sentarse a la misma mesa, de compartir el mismo pan, de reconocer que todos somos, en el fondo, mendigos de sentido y de amor. 

Y tal vez, precisamente en este reconocimiento mutuo, se esconde la verdadera revolución. La que no hace ruido, pero cambia el corazón. Y con el corazón, el mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 13 de noviembre de 2025

Iglesia de los pobres.

Iglesia de los pobres

La Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser Iglesia que camina pobre con los pobres” (Dilexi te 21). 

Después de haber ocupado durante siglos el pensamiento de economistas y reformadores sociales de diversas escuelas, la cuestión de la pobreza pareció haber sido definitivamente superada en los países occidentales gracias a los éxitos económicos sin precedentes alcanzados desde la posguerra. 

La persistente pobreza que está sacudiendo a las clases más débiles y frágiles, y la inmigración masiva de personas que huyen de situaciones desesperadas en diversas partes de África y Oriente Medio en busca de refugio en el Viejo Continente, siempre vuelven a poner en el centro del debate la realidad de la pobreza y los pobres. 

La Iglesia siempre les ha asistido y socorrido, desde antes incluso de que existiera la idea del estado del bienestar, y sigue haciéndolo hoy en día, mientras que el Estado, convertido entretanto en estado del bienestar, no siempre tiene ya los recursos ni la capacidad para hacerlo. 

La otra cara de la pobreza es la riqueza. 

En el mundo cristiano siempre se ha percibido de forma ambivalente: por un lado, el amor por los pobres nunca ha estado exento de cierta desconfianza; por otro, el amor por los ricos siempre ha ocultado una buena dosis de envidia y el mismo tipo de desconfianza que se nutre hacia los pobres, pero, obviamente, por motivos opuestos, hasta ciertas corrientes protestantes que, al querer tomar la Biblia al pie de la letra —algo arriesgado y muy discutible—, consideraban la riqueza, al igual que la salud y la belleza, signos de elección y salvación. 

Según estos principios, invocados como base de una teoría de la predestinación, Dios decidiría, por razones inescrutables, a quién salvar y a quién condenar, y la riqueza exterior (el éxito, la salud, todo lo bello, en definitiva) sería el signo exterior de una predilección divina que garantiza a quienes la disfrutan pertenecer al grupo de los salvados. 

Una interpretación que creíamos ya superada, pero que, en cambio, parece haber cobrado nuevas formas y vigor cuando el neoliberalismo se convierte en una forma de religión. 

El discurso de Jesús en la montaña, la Carta Magna de sus seguidores, siempre ha atravesado por una contradicción que no es fácil de resolver. De hecho, Jesús proclama bienaventurados a los pobres porque de ellos será el Reino de los Cielos, y la Iglesia, asumiendo plenamente este mensaje, se proclama, con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, Iglesia de los pobres. 

Al mismo tiempo, y con cada vez más fuerza, pide al mundo entero que combata toda forma de pobreza. Llegados a este punto surge inevitablemente la pregunta: ¿La pobreza es un bien que hay que custodiar o un mal que hay que eliminar? 

Para responder esta pregunta es necesario aclarar quiénes son los pobres y partir de la semántica de la pobreza en el horizonte bíblico. 

Para nosotros, la riqueza y la pobreza son categorías económicas; la Biblia, en cambio, no concibe tal dualismo. El hombre no tiene un alma y un cuerpo, como ha enseñado el cristianismo durante muchos siglos, influenciado por el pensamiento griego, sino que es un alma y un cuerpo. 

Del mismo modo, no hay separación entre las dimensiones de su vida: económica, espiritual y ética. Tener y ser no se contraponen, hasta tal punto que en el hebreo bíblico, al igual que en otras lenguas semíticas, no existe la palabra «tener». Para comunicar una idea de posesión hay que recurrir a la expresión «hay para mí», destacando así más un uso que una posesión. En otras palabras, es como decir que algo no me pertenece plenamente, pero que puedo utilizarlo. 

Para comprender la percepción que el hombre bíblico tiene de sí mismo uno se puede detener especialmente en el relato de la creación propuesto en el Génesis. Situado al principio de la Biblia, aunque no sea el primero que se escribió, el libro narra los orígenes del mundo y del ser humano, obviamente desde el punto de vista de su autor o autores. 

De ello se desprende una visión del mundo según la cual la identidad del hombre solo puede entenderse dentro de una dinámica de donación en lugar de posesión, como han señalado otros estudiosos, entre ellos Martin Buber y Emmanuel Levinas. 

La visión bíblica del mundo es que todo está hecho para el hombre, pero nada le pertenece; el hombre puede usar todo, pero nada es suyo, ni para siempre ni sin límites. 

La prohibición de recoger los frutos de uno solo de todos los árboles del jardín del Edén representa precisamente esta imposibilidad de apropiarse de todo, la necesidad de poner un límite a los propios deseos. 

El Jubileo que cada cincuenta años redistribuye la tierra —porque del Señor es la tierra y todo lo que contiene—, la regla de dejar la tierra en barbecho cada siete años y el descanso del séptimo día, pretenden recordar al hombre, sin duda, su condición de libertad, pero también su posición de guardián y huésped en un mundo que no le pertenece. 

La ética bíblica, por lo tanto, se basa en una alianza entre Dios y los seres humanos por el bien del mundo y de todos los seres vivos, en virtud de la cual Dios no provee directamente, sino que nos ha delegado el cuidado del mundo y los unos de los otros. 

Así pues, si los hombres niegan y rechazan su papel y su responsabilidad, rompiendo esa alianza que había transformado al ser humano ‘de natural a ético, de identitario a responsable’, la relación con el mundo se vuelve alienada e injusta. 

La arrogancia y la codicia de algunos causa la miseria de otros. Esta es la pobreza maldita de la que el hombre bíblico es consciente, contra la que clama y de la que implora a Dios que lo libere. 

Como consecuencia de nuestra libertad para actuar injustamente, esta no depende de la voluntad de Dios ni de una necesidad natural, sino que tiene sus raíces en el egoísmo individual, en el deseo de poseer solo para uno mismo, negándose al mismo tiempo a reconocer la propia responsabilidad. 

Esta es la pobreza que la Biblia y la Iglesia condenan y contra la que están llamados a luchar los hombres de buena voluntad, aquellos que quieren el bien del mundo. 

La pobreza sobre la que Jesús invoca una bendición, y que la Iglesia considera su estatuto, es muy diferente. 

Para describirla, uno puede evocar la situación del niño en brazos de su madre: pequeño y necesitado de todo, recibe lo que necesita, y mucho más, de la madre que lo ama. No tiene autonomía ni productiva ni operativa, pero precisamente por eso está abierto al amor. 

Pobre es quien se siente así ante Dios. Pequeño, dependiente, necesitado y dispuesto a recibir con gratitud, conoce su fragilidad, la ve en el prójimo y se hace cargo de ella en la medida de lo posible. 

El Sermón de la Montaña es recogido de forma ligeramente diferente por los Evangelistas Lucas y Marcos, cuya versión transmite con mayor claridad el sentido de la bendición de Jesús. 

Según Lucas, de hecho, Jesús proclama: «Bienaventurados vosotros, los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios...», mientras que en el Evangelio de Mateo se dice: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». 

En esta versión se expresa explícitamente lo que en la otra se da por sentado: que la pobreza no es tanto una condición material como una actitud de humildad y confianza, porque «el miserable nunca será olvidado, la esperanza de los pobres nunca será defraudada» (Sal 9, 19). 

Lucas, médico procedente del mundo griego pagano según la tradición, y discípulo de Pablo, consideraba la pobreza de una manera ligeramente diferente a Mateo, como Jesús judío y profundamente inmerso en la sensibilidad y la cultura del Primer Testamento. 

Lo que da origen a todo, en el universo bíblico, es el don; la lógica que lo gobierna es la de la gratuidad. La condena de Jesús, como la de los profetas antes que Él, no es por la riqueza en sí misma, sino por la riqueza acumulada solo para uno mismo. 

En esta perspectiva decir «Iglesia de los pobres» significa ante todo una Iglesia que custodia y comunica al mundo la conciencia de que todo es un don y debe ser compartido en responsabilidad solidaria. 

La Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado” (Dilexi te 21). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 12 de noviembre de 2025

El pobre será tu puerta santa.

El pobre será tu puerta santa

No es posible permanecer neutral ante la situación de pobreza y las justas reivindicaciones que de ella se derivan por parte de quienes la sufren: sería tomar partido por la injusticia y la opresión que hay entre nosotros.

 

Jesús va a anunciar a los pobres la Buena Nueva. Es decir, que Dios construye el Reino junto con ellos, que les da su salvación a través de ellos, que se identifica con ellos y que revoca los juicios de desgracia y culpa formulados por quienes se entienden en la materia.

 

Nosotros, en cambio, encerramos herméticamente el Evangelio en aulas universitarias, salas de conferencias o asambleas litúrgicas. Por otra parte, hay que defender un statu quo, por lo que la orden impartida es tranquilizar, no sacudir las conciencias.

 

Jesús va a proclamar la liberación a los prisioneros. Es decir, que Dios desea que el hombre sea libre y que la acción de su gracia tiene como objetivo emanciparlo de los yugos de orden material o espiritual. Que Dios levanta a quien cae y que no hay abismo que Él no conozca o no frecuente.

 

Nosotros, en cambio, enseñamos primero a inclinar la cabeza y luego a mantenerla inclinada. A renegar de nuestra dignidad de hombres para ser servidores intachables del Sistema. De rodillas ante el becerro de oro del bienestar y no para pedir a Dios el cumplimiento de sus promesas.

 

Jesús va a proclamar a los ciegos la vista. Es decir, que Dios ilumina y disipa nuestras tinieblas. Disipa nuestras dudas, cura nuestras heridas, consuela nuestras melancolías. Que nos sostiene porque camina con nosotros.

 

Nosotros, en cambio, enseñamos la ley y el cumplimiento, las formas y los conceptos. Construimos verdades que resultan funcionales a nuestra necesidad de afirmación, pero no a la búsqueda existencial y de sentido.

 

Jesús va a proclamar a los oprimidos la restitución de la libertad. Es decir, que en el proyecto de Dios no hay lugar para la opresión. Las relaciones solo se desarrollan en horizontal, no en vertical. Que Dios no piensa en fortalezas con vigilancia armada, sino en comunidades solidarias.

 

Nosotros, en cambio, enseñamos a convivir con la opresión espiritualizándola en un sacrificio agradable a Dios. Remitimos indebidamente el sentido de la justicia de Dios al más allá. Practicamos el conformismo en estado puro.

 

Jesús va a predicar un año de gracia del Señor hoy y aquí, nosotros un año de interpretaciones jurídicas y promesas consoladoras para el más allá.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La compasión solidaria: el precio del Evangelio.

La compasión solidaria: el precio del Evangelio

Estar del lado de los pobres es difícil, estarlo de verdad, quiero decir, es decir, de rodillas delante de ellos para servirlos. 

Si quieres ayudarlos sin culparlos por su situación, sino defendiéndolos como víctimas de un sistema profundamente injusto, sufres el peso de la incomprensión de quienes dicen que han cometido un error y que, por lo tanto, solo son delincuentes, borrachos, parásitos, depravados. 

Y, sin embargo, la culpa es nuestra, de nuestra indiferencia, de nuestra profunda separación entre el valor de la justicia proclamado con palabras y la justicia que hay que vivir hasta el fondo, desmentida por los hechos. 

Si quieres ayudarlos sin haber organizado ningún proyecto, sin ninguna institución, sino simplemente relacionándote con ellos para decirles que existen, sufres el peso de la incomprensión de quienes dicen que lo que haces es totalmente inútil. 

Y, sin embargo, los pobres no deben ser tratados como usuarios de un servicio. No son números, sino nombres. La frialdad del asistencialismo nunca les devolverá la humanidad que les ha sido arrebatada violentamente. 

Si quieres ayudarlos sin imponerles reglas, sino dando espacio a sus necesidades, sufres el peso de la incomprensión de quienes dicen que hay que responsabilizarlos, porque si no, nunca cambiarán su situación. 

Y, sin embargo, las reglas no responsabilizan. Nunca lo han hecho. La gratuidad sí. Saber que pueden acceder tranquilamente a lo que necesitan y no solo a lo que se les concede les responsabiliza. Además, hay que decir que no hay nada que responsabilizar: los pobres no son niños, ni de-mentes. Si los vemos pedir siempre algo más de lo que podemos darles es porque nadie ha sido realmente solidario. 

Si quieres ayudarlos sin estar al otro lado de un cristal, o del escritorio, o de la ventanilla sino sentándote en la calle con ellos, sufres el peso de la incomprensión de quienes dicen que los pobres deben convertirse en como tú (burgueses) y no tú en como ellos (hijos predilectos de Dios). 

Y, sin embargo, somos nosotros los que tenemos que convertirnos, los que tenemos que dejar de jugar a ser burgueses con la afición de la solidaridad, porque así no habremos vivido el Evangelio, sino que, por el contrario, nos habremos adherido perfectamente a la lógica mundana. Jesús siempre estaba cubierto de polvo y se sentaba a la mesa con los pecadores, no salvó a la humanidad haciendo de escriba. 

Si quieres ayudarlos sin contribuir a la injusticia de este sistema que los oprime, sino compartiendo lo poco que (no) tienes, sufres el peso de la incomprensión de quienes dicen que ganando dinero se les ayuda más. 

Y, sin embargo, la pobreza no se derrota echando desde arriba nuestra rica alforja llena de dinero corrupto, injusto, indigno, que nos ha puesto de rodillas ante el (miserable) amo de turno. Siempre es preferible una pequeña radicalidad a una gran hipocresía. Es mejor compartir unas pocas monedas ridículas que darles el precio pagado al Sistema para que continúe oprimiéndolos y garantizar así nuestra opulencia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El dolor del pobre será tu maestro.

El dolor del pobre será tu maestro

El dolor del pobre es la continuación histórica del Siervo de Yahvé, al que el pecado del mundo sigue despojando de toda apariencia humana y al que los poderes del mundo siguen despojando de todo, arrebatándole incluso la vida, sobre todo la vida. 


El dolor de los pobres es un abismo. Ante esas miradas sin horizonte, uno tiene la sensación de hundirse junto a ellos. 

El dolor de los pobres vacía las palabras de su contenido, invalidando su fuerza y su sentido. 

El dolor de los pobres anula las certezas heredadas, las supuestas competencias, el optimismo satisfecho con la tarjeta de crédito en el bolsillo y las necesidades básicas extra satisfechas. 

El dolor de los pobres ofrece otra versión de los poemas sobre la belleza de la vida, de las esperanzas narradas, de las novelas con final feliz. 

El dolor de los pobres es la única Verdad que no puede ser contradicha y por la que vale la pena dar testimonio (en el sentido de dar la vida). 

El dolor de los pobres verifica la humanidad antes que la religiosidad. 

El dolor de los pobres es sagrado porque es el dolor de Dios. 

El dolor de los pobres juzgará al mundo. 

El dolor de los pobres nubla los esfuerzos voluntaristas y solo deja vivir la compasión. 

El dolor de los pobres pone en crisis la fe y la razón, todas las fes y todas las razones, pero no el Amor. 

El dolor de los pobres es pura desesperación para compartir, no para explicar o tratar de forma infantil. 

El dolor de los pobres hace injustas las alegrías efímeras de los ricos. 

El dolor de los pobres no es involuntario, sino causado. 

El dolor de los pobres habla con lágrimas porque se ha quedado sin palabras. 

El dolor de los pobres, a los ojos de Dios, sigue siendo inocente incluso cuando, según las leyes humanas, es culpable. 

El dolor de los pobres es el resumen de toda la Biblia, de toda la espiritualidad, de toda la moral. 

El dolor de los pobres es el único dogma que realmente convierte. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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