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lunes, 29 de junio de 2026

Lugares y tiempos de la geografía de Dios.

Lugares y tiempos de la geografía de Dios 

Hay una auténtica peregrinación por la geografía del Espíritu: el Templo, el camino de Damasco, el mar de Tiberíades. 

Tres lugares distintos y alejados entre sí, en los que se lleva a cabo la obra de Dios y se revela una imagen concreta de la Iglesia. 

Nos queda por aprender la geografía de Dios, convencidos como estamos de que solo hay unos pocos lugares «de» Dios o experiencias para «hablar» de Dios. 

Cerca del Templo hay un hombre —figura que nos representa a todos— incapaz de entrar en él, y frente a él está Pedro, que le brinda la oportunidad de retomar el camino. 

La imagen de Pedro representa un rostro concreto de la Iglesia que no tiene ni plata ni oro. 

Una expresión que nos da la medida justa de la aventura de Pedro y Pablo y, con ellos, de toda la comunidad cristiana, consciente de poseer únicamente a Jesucristo, no como un patrimonio sobre el que reivindicar derechos de exclusividad, sino como un don que compartir con todos los hombres de la tierra. 

Jesucristo es lo esencial para Pedro, para Pablo, para la comunidad de los discípulos. Jesucristo, no una doctrina ni una serie de nociones, sino —como atestigua la propia etimología del nombre— el ser introducidos en la experiencia de Dios que salva. 

Así se configura la única riqueza de la que dispone la comunidad de discípulos: llevar a cabo la propia obra de Jesús de Nazaret, quien —según atestiguan los Hechos— pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban cautivos del mal. Ningún poder humano, salvo el de devolver la esperanza. 

He aquí cuándo podemos reivindicar la prerrogativa de ser discípulos: solo cuando sentimos como urgente la tarea y la pasión de introducir al otro, sea quien sea, en una experiencia de vida nueva. 

El gesto de Pedro hacia el lisiado es imagen de la acción de una Iglesia que se acerca —se hace cercana— a una humanidad herida, hacia la cual prolonga los gestos de su Señor, poniéndola en condiciones de caminar con sus propias piernas y ofreciéndole la posibilidad de entrar en plena comunión con Dios. 

El paralítico curado, de hecho, descubre un acceso hasta entonces vedado: entró con ellos en el Templo caminando, saltando y alabando a Dios (Hch 3,8). 

Pedro es imagen de una Iglesia que se complace en la compañía de los hombres. Aquel hombre excluido es admitido en la compañía de Pedro y Juan: con ellos. 

En el camino a Damasco, en cambio, Pablo esboza otra imagen de la Iglesia. 

Pablo estaba anclado en una forma de entender la relación con Dios como algo que había que merecer, que había que conquistar. 

En el camino a Damasco, en cambio, se abre una nueva forma de concebir la vida y la fe, un Evangelio, precisamente, y por gracia nos hacemos partícipes de lo que Dios nos da como don. 

Testigos de una misericordia que, a su vez, hemos recibido y de la que somos deudores ante la humanidad. 

Una Iglesia consciente del don recibido: con toda razón se ha afirmado que a Dios no se le merece, sino que se le acoge tal y como a Él le ha placido manifestarse ante nosotros. Aquí se trata de la confianza recuperada. 

A Pedro, que tres veces negó a su Señor y Maestro afirmando solemnemente —¡No lo conozco!—, se le pide tres veces que exprese su amor por Jesús. Y Jesús lo hace, ante todo, apuntando alto: «¿Me amas más que estos?». Al fin y al cabo, había sido el propio Pedro quien había proclamado un amor similar, aún por someterse a la prueba de los acontecimientos: «Aunque todos te abandonaran, yo…». Y, sin embargo, ahora que los hechos registran un resultado muy distinto al de la proclamación, Pedro adopta una actitud humilde: «Te quiero». Y así por dos veces. La tercera vez, es el propio Jesús quien se pone a la altura de Pedro: «¿Me quieres?». «Tú lo sabes todo», responde Pedro, «tú lo sabes…». 

Un Dios que, para hacerme llegar a ser lo que estoy llamado a ser, me acepta tal y como soy, partiendo de mi frágil medida. 

Un amor que esta vez tendrá su prueba de fuego no en la declaración de un afecto genérico y vago, sino en el cuidado de aquellos que el Señor le confía: los más pequeños. «Si es verdad que me quieres, cuida de mis pequeños». 

A Pedro no se le concede un privilegio ni un poder, como quizá algún día hubiera deseado cuando imaginaba a un Mesías poderoso, sino la tarea de ponerse al servicio de los hermanos hasta alcanzar una disponibilidad hasta entonces impensable. 

Ninguno de nuestros lugares ni ninguna de nuestras experiencias son inadecuados para que Dios se manifieste. Quizá ya lo esté haciendo y yo no me dé cuenta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dos campeones de la fe.

Dos campeones de la fe

Solo la imaginación del Espíritu podía reunir a personas tan distantes entre sí.

 

Diferentes caminos de seguimiento del único Maestro, lo que demuestra que el camino de la fe es siempre personal, nunca uniformador. Benito no es Carlo Acutis, al igual que Teresa de Calcuta no es Ignacio de Loyola.

 

Pedro y Pablo: uno llamado a orillas del lago mientras se dedicaba a su oficio de pescador; el otro, llamado a salir de los excesos de su integralismo religioso. Tan diferentes que sentían el uno por el otro tanto un enfrentamiento abierto como la más sincera admiración.

 

Aunque partían de condiciones de vida muy diferentes, a ambos les une la experiencia de un Dios que, antes incluso de liberarlos de las cadenas de una prisión, los introduce en un camino de progresiva liberación del miedo, de los prejuicios y de las ideas preconcebidas que los condicionaban.

 

Dos que han conocido el esfuerzo de la fe. Al igual que cualquier hombre en la tierra.

 

Difícil creer en un Mesías contradicho, en el caso de Pedro.

 

Arduo, en el caso de Pablo, seguir anunciando el Evangelio cuando ya nadie te acompaña —ni siquiera tus hermanos en la fe— y los resultados parecen desmentir el sentido de tu obra.

 

Pedro, que sin embargo es un testigo entusiasta de la fe en Cristo en Cesarea de Filipo —en condiciones no adversas, por tanto—, la reniega en la noche de la Pasión cuando ya no reconoce a su Maestro.

 

Pablo, que en el camino de Damasco acepta ser derribado por ese Jesús al que estaba persiguiendo, pronto conocerá la marginación y el silencio antes de ser reconocido como incansable anunciador del Evangelio del Reino. La fidelidad a su Señor le habrá costado cara si, al repasar su historia, la sitúa precisamente bajo el lema de haber logrado conservar la fe.

 

¡Qué fuerza evocadora encierra el hecho de contemplar la propia existencia sin medir los resultados alcanzados, ni el consenso obtenido, ni los fracasos registrados, sino simplemente afirmando que se ha seguido siendo creyente!



Su fe les ha costado muy cara, no solo porque ambos vivirán la experiencia del martirio, sino porque se ven continuamente llamados a medirse con la revelación de un Dios que nunca puede circunscribirse a las categorías habituales de aproximación a lo real.

 

Antes de ser arrancados de un contexto de vida, Pedro y Pablo son arrancados de sus fe. Arrancados de su tradición religiosa.

 

A Pedro le costará mucho darse cuenta de que Dios no hace distinciones entre las personas. ¡Cuánto le habrá costado aceptar que el Reino de Dios pudiera estar abierto también a los no judíos! Poco después, de hecho, bajo la presión de la comunidad, se retractará incluso de lo que había sido una apertura entusiasta ante la amplitud del corazón de Dios. Será necesaria la intervención y la resistencia de Pablo para que Pedro pueda reconsiderar su postura.

 

Su recorrido geográfico por los territorios conocidos en aquella época debe interpretarse como símbolo de un itinerario al que habían accedido, ante todo, en su mundo interior, allí donde son más fuertes las resistencias a enfrentarse a lo que no se había tenido en cuenta. No se da un paso fuera de nosotros si no se está dispuesto a darlo, ante todo, dentro de nosotros. ¿Dónde tienen su origen muchas de nuestras resistencias?

 

Precisamente en el hecho de aceptar modificar su imaginario sobre Dios radica el punto de fuerza sobre el que luego se desarrolló, a pesar de la diversidad de sus caminos, su historia. Continuamente trastocadas en sus categorías de aproximación a la realidad por un Dios de lógica invertida y que querría constituir sobre ellos una comunidad cristiana como lugar de criterios invertidos: un lugar en el que los primeros son los últimos, el poder es servicio, y la traición puede incluso dar paso a una fidelidad renovada.

 

He aquí el reto que también se nos ha encomendado: llegar a reconocer en los entresijos de nuestra historia la revelación de un Dios al revés, a la que hay que dar el sí, incluso a costa de poner en juego nuestro propio sistema de pensamiento.

 

Las vidas de Pedro y Pablo, además, estuvieron marcadas por la pasión de dar razón de la esperanza que había encendido su existencia y, por eso, fueron truncadas como las de su Maestro.

 

Sus vivencias se basaban en la certeza de que Dios permanece cerca, aunque no excluya la posibilidad de que el anuncio pueda ser contradicho: «El Señor, sin embargo, ha estado a mi lado —atestigua Pablo en 2 Timoteo 4,17— y me ha dado fuerzas».

 

Hombres abandonados y juzgados (un juicio que acabará mal) y que, sin embargo, son capaces de contemplar la obra de Dios incluso cuando las circunstancias son mediocres o incluso adversas, sin rendirse nunca a la venganza.

 

No son personas que imparten una doctrina, sino hermanos dispuestos a ser, con su vida, un signo de la irrevocable cercanía de Dios a cada hombre. Así es la comunidad cristiana: un signo de la cercanía de Dios. También en nuestro tiempo, también para mí, que soy un hombre.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 26 de mayo de 2026

La Iglesia desde Pedro y Pablo.

La Iglesia desde Pedro y Pablo

La permanencia de la Iglesia merece una reflexión.

 

Se trata de una institución que nació en los márgenes de un imperio, desprovista de poder y duramente perseguida, que ha atravesado dos milenios de guerras, crisis morales, cismas y revoluciones culturales y políticas.

 

No solo ha sobrevivido, sino que, entre victorias históricas y errores catastróficos, ha seguido siendo una presencia reconocible y bien arraigada.

 

Esta permanencia, sin embargo, no debe confundirse con inmovilidad: es más bien la capacidad de perdurar atravesando el cambio.

 

¿Cómo se resiste a lo largo de milenios mientras el mundo a su alrededor cambia profundamente?


En la raíz de esta continuidad hay una conciencia inquebrantable de sí misma. La Iglesia ha tenido la visión de concebirse a sí misma como un pueblo en camino, generado por un origen que la precede y orientado hacia un fin que la trasciende: una flecha lanzada de lo inmanente a lo trascendente.

 

Esta conciencia le ha permitido no identificarse nunca del todo con las formas históricas que ha adoptado, sabiendo encarnarse en las culturas y hablar lenguas diferentes, sin convertirse en esas culturas, permaneciendo como la Iglesia. Desde las ciudades de la Antigüedad hasta las metrópolis del mundo globalizado, se ha traducido continuamente a sí misma.

 

Pero adaptarse no significa diluirse. Significa más bien ensuciarse las manos: adentrarse en la complejidad de lo real, aceptar el enfrentamiento, correr el riesgo del error. Una Iglesia que se expone, que escucha, que se deja interrogar, es una Iglesia que permanece viva.

 

Saber quiénes somos significa también distinguir entre lo que de nuestra esencia es identitario y lo que es contingente.

 

El anuncio, la fe, la caridad, la vida sacramental… siguen siendo el corazón palpitante e irrenunciable; las formas, los lenguajes y las estructuras pueden cambiar con el tiempo.


 

Esta capacidad de adaptarse sin dejar de ser ella misma, aunque imperfecta, ha sido esencial para el crecimiento y la supervivencia ante las adversidades de la historia: sin ella, la Iglesia se habría endurecido en un pasado polvoriento o se habría dispersado en un presente caótico.

 

Una Iglesia incapaz de abrirse al mundo, preocupada únicamente por la defensa de su identidad, acabaría convirtiéndose en un vestigio de otra época, sorda y ciega ante el hombre contemporáneo.

 

Desde esta perspectiva, una menor rigidez jerárquica, sin negar la estructura necesaria, puede convertirse en un recurso valioso para continuar esa travesía hacia el futuro, ampliando el alcance sin perder la unidad. ¿Ha sabido hacerlo la Iglesia? En parte no; es en estas ocasiones no aprovechadas donde se encuentran algunas de las derrotas por las que hoy vacila el número de fieles, sobre todo en algunos sectores de la sociedad.

 

En parte, sin embargo, sí; de hecho, el cristianismo está plantando cara al relativismo de la modernidad capitalista, ofreciendo un alimento precioso a una humanidad terriblemente hambrienta de espiritualidad y horizontes de sentido.

 

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y sucia por haber salido a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades - Papa Francisco, Evangelii Gaudium -.


La dimensión institucional, con sus múltiples formas y su memoria, permite superar los límites del individuo, porque, para bien o para mal, establece límites y proporciona una estructura capaz de dar continuidad al patrimonio común. Pero en este momento histórico es esencial que la Iglesia sea la casa de todos, en diálogo con las contradicciones del mundo moderno.

 

En San Lucas 15, 3-7, el Buen Pastor deja las noventa y nueve ovejas en el desierto para ir a recuperar la que se ha perdido, porque habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.

 

Jesús deja a las noventa y nueve que ya son fieles por quien se ha perdido. Ser como Jesús significa ir ante todo a recuperar todo lo humano, especialmente lo más débil, frágil e, incluso, “perdido”, no a proteger la propia pureza.

 

No es que la pureza no sea un valor, pero es bueno que sea puro el corazón, no las manos. La Iglesia tiene el privilegio de tener la mirada puesta en el cielo y los pies en la tierra, lo divino en la mente y el barro en el cuerpo. Y ese barro es precioso.

 

Esta polaridad constante entre estructura y aliento es una característica absolutamente necesaria.


Por un lado, las formas visibles de orden y organización son el esqueleto (no se sobrevive a los milenios permaneciendo como un movimiento, sino que es necesario convertirse en institución); por otro, la capacidad de comprender la libre acción del Espíritu Santo es el aliento. Sin estructura, todo se dispersa en el tiempo; sin aliento, todo se endurece y muere.

 

La teología y la praxis, la liturgia y la organización, la autoridad y la participación: es un equilibrio que lo abarca todo, nunca adquirido de una vez por todas, sino continuamente buscado.

 

Los impulsos hacia formas más participativas y menos rígidas deben interpretarse bajo esta luz: no como una (peligrosa) negación de la estructura, sino como un intento de hacerla más capaz de incluir, escuchar y valorar la diversidad. Una estructura que respira es una estructura que vive.

 

La Iglesia no es ni perfecta en cuanto que es humana. Está marcada por errores, contradicciones y caídas, y sin embargo sigue siendo amada y habitada: una esposa imperfecta y hermosa.

 

Jesucristo la amó y se entregó por ella (Efesios 5, 25) no por su impecabilidad, sino conociendo bien su fragilidad, y perdonándola cada vez que ella lo había renegado, sabiendo mantener unidas la verdad y la misericordia.

 

Ni un museo de santos cerrados al mundo, ni una entidad fluida inconsciente de sus límites y de su ser, sino un pueblo vivo en camino que, con esfuerzo y alegría, descubre paso a paso cómo prosigue su camino, plenamente seguro, sin embargo, del destino: he aquí la esposa tan amada por Jesucristo.

 

Nadie debería sentirse ajeno a la Iglesia por sentirse inquieto o diferente: la Casa de Dios es de todos sus hijos, los que siempre se han quedado y los que han vuelto. La fe no exige borrar la propia individualidad para uniformarse, sino, por el contrario, comprender la propia historia, en su singularidad, para poder abrazar la oferta de gracia y salvación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 21 de enero de 2026

Recuperando a Ananías de Damasco

Recuperando a Ananías de Damasco 

Me impresiona el personaje de Ananías. 

¿Sabéis quién es? 

Es aquel que al principio tiene miedo de acoger a Saulo de Tarso en la Iglesia, pero luego se deja convencer por el Señor. 

No sabemos nada de él, no hizo nada destacable, salvo acoger a Saulo y, presumiblemente, ser su primer catequista. Sin embargo, ¡sin él no habría habido el Apóstol de las Gentes! 

Lo único que podemos decir con certeza es que no era precisamente un valiente, dado su miedo a Saulo, y que tal vez era también un poco desconfiado, quién sabe, quizá pensó: «Esto es un truco, quiere infiltrarse entre nosotros para saber cuántos somos y dónde nos reunimos para poder combatirnos mejor». 

No sabemos nada de él, así que me gusta inventar. 

Me imagino a este Ananías como un poco cobarde, alguien que llegó a la Iglesia sin saber muy bien por qué, uno de esos que nunca toma la palabra en las asambleas y siempre asiente con la cabeza. 

Un hombre de fe, por supuesto, ya que lo vemos rezar, pero no precisamente un gigante de la fe, eso es todo. 

Quizás él también se habrá preguntado muchas veces por qué había llegado allí, cuál era su misión y su tarea y quizás, quién sabe, el motivo mismo de su nacimiento era acoger a Saulo. 

Su nombre lo dice: Ananías en hebreo significa «el favorito de Dios», por eso San Pablo lo recuerda, porque evidentemente a él le quedó grabado el nombre de este Ananías, porque para él fue precisamente el instrumento del favor de Dios. 

¿Y después? ¿Qué le habrá pasado a Ananías después de aquellos días formidables en los que al final tuvieron que hacer huir a Pablo como a un ladrón para que no fuera lapidado por los demás judíos? 

Me gusta pensar que volvió a su vida tranquila, a su pequeño cristianismo, contento de estar en su lugar, que ahora, sin embargo, había adquirido un nuevo aspecto. 

¡Qué importante es estar en nuestro lugar y cumplir bien la tarea que se nos ha encomendado! 

Ignoramos nuestro papel en el gran entramado de la historia de la salvación, pero precisamente por eso no podemos caer en la ilusión de creernos inútiles y vacíos. 

Aceptar ser pequeños en una Iglesia grande es muy, muy difícil, significa hacer todo con absoluta humildad, como un siervo, y al mismo tiempo poner tanto cuidado y atención como si la salvación del mundo dependiera de ese único gesto. 

Y así es, tal vez no sea la salvación del mundo, tal vez sea la salvación de la única persona que encontraremos hoy, pero ¿quién puede decir cuál será el papel de esa persona en el designio de Dios? 

Y poco a poco los círculos de la causalidad, ¿o será de la providencia?, se amplían y se entrecruzan, ¿y quién es capaz de seguirlos hasta el final? 

Pero mientras tanto, cada vez está más claro que yo debo hacer mi parte y debo hacerla bien. Y, por eso mismo, tratar de ser humilde y generosamente “providencial”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 29 de junio de 2025

Carta a las Iglesias del siglo XXI en la memoria de los Santos Apóstoles Pablo y Pedro.

Carta a las Iglesias del siglo XXI en la memoria de los Santos Apóstoles Pablo y Pedro

Hay encuentros que no se eligen. Circunstancias, condiciones, personas, …, que se ponen a tu lado y con las que no siempre es fácil caminar. 

Pedro es instinto, cuerpo, impulso. Pablo es palabra, pensamiento, visión. Uno tenía las llaves, el otro los viajes. Uno unía, el otro desataba. Pero precisamente por ser tan diferentes, ambos eran necesarios. No se eligieron, se encontraron. Pedro, la roca que tiembla; Pablo, el fuego que arde. Unidos en la misma fe en Cristo Jesús, discutieron abiertamente, se amaron con dureza. ¿O tal vez no unidos, pero hermanados? No idénticos, pero ambos encontrados por el único Maestro y Señor. 

Es sobre esa tensión —y no sobre su similitud— que el Dios de Jesús ha edificado su cuerpo, la Iglesia. Pedro y Pablo son símbolos vivos en la Iglesia de un conflicto generativo. Nosotros somos esa Iglesia: unida y dividida, herida y fiel, llena de distancias que se convierten en puentes. Ninguna comunión es verdadera sin fricción. Ninguna unidad es tal sin tensión. Todo vínculo humano profundo pasa por el riesgo del conflicto. Y la frontera, cuando se vive en la verdad, deja de ser una barrera: se convierte en umbral, en apertura. La frontera no divide, expone, conecta. El rostro responde cuando la fe pregunta: «¿Quién soy yo para ti?» 

Jesús confía a Pedro el poder de «atar y desatar». Es una tarea delicada, peligrosa y vital. Atar, anudar lo que hay que custodiar; desatar, liberar lo que retiene y ahoga. 

¿Qué hay que atar en ti, Iglesia del siglo XXI? ¿Qué promesas, qué relaciones hay que volver a atar, quizá después de años de silencio? ¿Y qué hay que desatar? ¿Qué máscaras, qué cargas inútiles, qué culpas que no nos permiten crecer? 

Algunas cosas se aferran. Otras se sienten estrechas. Otras se dejan ir. También la Iglesia —y cada uno de nosotros— está llamada a desatarse de la hipocresía, de la rigidez, de los miedos que inmovilizan. Con demasiada frecuencia hemos cargado pesadas cargas sobre los hombros de los demás, como recuerda Jesús, sin mover un dedo para aligerarlas (Mt 23, 4). Hay un nudo en el corazón: ¿lo atas, Iglesia del siglo XXI, para recordar quién eres o lo desatas para dejar ir lo que pesa? 

Hay algo que hay que volver a atar, reforzar aún más, y hay algo más que hay que desatar, liberar, dejar ir: «Desatadlo y dejadlo ir». Atarnos es el valor de una confesión de fe personal en Cristo Jesús. Desatarnos es quitarnos las máscaras religiosas con las que nos defendemos y protegemos; es liberarnos de toda forma de dependencia y juicio de conformidad con el juicio de los demás. 

En un momento dado, Jesús se detiene y pregunta a sus discípulos: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No pregunta qué pensamos de los demás, sino quiénes somos nosotros en ese preciso momento. Es una pregunta que obliga a salir al descubierto. No se puede responder permaneciendo oculto. La fe en Jesús no es algo que se pueda adornar, es situarse ante Dios, ante los hombres y ante el mundo. 

Es dar la cara. Decir «Tú eres el Cristo» es como decir: «Yo estoy contigo», incluso cuando todo lo niega. Incluso cuando nos sentimos pequeños, incoherentes, asustados. Creer en Jesús significa sostener su mirada, dar la cara, exponerse con dureza y con el corazón abierto. Estar dispuestos a arriesgar la vida. 

«No podemos callar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). No podemos callar ni huir. Como Jesús cuando «tomó la firme decisión de ponerse en camino hacia Jerusalén», literalmente «endureció su rostro» (Lc 9, 51). Así es el Siervo del Señor, que no se echa atrás. «El Señor Dios me sostiene, por eso no quedo avergonzado, por eso endurezco mi rostro como una roca, sabiendo que no seré confundido. Cercano está el que me hace justicia: ¿quién se atreverá a disputar conmigo? Enfrentémonos. ¿Quién me acusa? Que se acerque a mí. He aquí, el Señor Dios me sostiene: ¿quién me declarará culpable?» (Is 50, 7-9). 

Hay algo y alguien a quien hay que enfrentarse con la verdad, cueste lo que cueste, como Pablo se enfrentó abiertamente a Pedro cuando, en Antioquía, quería imponer la circuncisión a los que habían llegado a la fe desde las gentes (Gál 2, 11-14). Hay que ser duro si el conflicto es un camino necesario para llegar a la auténtica comunión. 

Puesto que el mal es inaceptable, hay que estar dispuesto a afrontar la disputa con dureza cuando se trata de no traicionarse a uno mismo, de permanecer fiel a la llamada del Evangelio. La disputa (o controversia bilateral, que en hebreo se llama rîb) es, de hecho, algo diferente del proceso judicial (mišhpat, el procedimiento de tipo debatido). 

Se entra en conflicto con el otro, mediante la acusación, no porque se quiera condenarlo, sino porque se tiene en el corazón restablecer la comunión con él y con la comunidad. Hay algo y alguien a quien hay que afrontar con la verdad, cueste lo que cueste, así como Pablo se enfrentó con firmeza a Pedro cuando, en Antioquía, quería imponer la circuncisión a los que habían llegado a la fe procedentes de otras gentes. Con exigencia y radicalidad, con atrevimiento y dureza, si el conflicto es un camino necesario que hay que recorrer para llegar a la auténtica comunión. 

Nosotros somos la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. ¿Dónde está hoy nuestra fricción generativa? ¿Qué valentía nos caracteriza a la hora de afrontar nuestros conflictos de forma generativa y no destructiva? ¿Buscamos la unidad en la pluralidad y la convivencia de las diferencias, o pretendemos la uniformidad que apaga el aliento? ¿A quién hemos excluido para evitar cuestionarnos? ¿Qué rostros no podemos soportar? ¿Quién es tu Pablo, hoy, que te llama a la conversión con dureza? ¿Quién es tu Pedro, frágil y fiel, que te pide que no lo abandones? ¿Tenemos el valor de restablecer relaciones rotas y heridas y de liberarnos de los pesos que nos oprimen? ¿Nuestra vocación es mantener unido lo que el mundo divide? 

En estos días, encuentra un nudo importante en tu vida, Iglesia del siglo XXI. Puede ser una palabra que no consigues decir, una situación con la que sientes distancia, una duda que temes afrontar. Escríbelo. Conviértelo en oración. Luego pregúntate: ¿este nudo hay que atarlo o hay que desatarlo? 

Pablo y Pedro 

No se eligieron.

Se encontraron.

Discutieron.

Se mantuvieron unidos.

Diferentes.

Necesarios.

Todo vínculo verdadero

cruje.

Todo encuentro profundo

quema.

La frontera no separa,

expone.

Te pregunta quién eres

realmente.

Sin máscara.

Sin escudo.

Hay algo que aferrar

para no olvidar.

Y algo que dejar

para volver a la vida.

No puedes permanecer neutral

en tu corazón.

El rostro, tarde o temprano,

habla.

Y tú

empieza por ahí.

Por lo que aún

arde,

en este kairos,

siglo XXI,

Iglesia de Pablo y de Pedro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 27 de junio de 2025

Testigos de la parresía.

Testigos de la parresía 

«Parresìa» es una palabra griega de noble genealogía. Según Platón, Sócrates era «un hombre digno de bellos discursos y de amplia parresía». Es una palabra típica de la democracia griega, que fusiona el derecho civil a expresar lo que se piensa, la lealtad interior hacia la verdad que hay que reconocer y el valor de expresarse públicamente superando las posibles dificultades, ya provengan del público o de los interlocutores. También caracteriza la relación entre amigos, que se atreven a reprocharse mutuamente sus errores. 

Pasando al mundo bíblico a través de la traducción griega de la Biblia (la llamada LXX), se opone a la condición de esclavo, se inserta en las relaciones con Dios, al que se llama audazmente «Padre», y expresa la tranquila seguridad del justo y del mártir ante sus perseguidores. 

En la teología de Juan, la parresía define el estilo de Jesús al revelarse - Jn 18,20: «Yo he hablado con parresía al mundo» -. Es fruto de la presencia del Espíritu en nosotros, que hace libre y confiada nuestra oración (1 Jn 3,22.24; 5,14), y presupone una «buena conciencia» (1 Jn 3,21), que permitirá tener parresía también en la hora del juicio. 

Para Lucas es una palabra pentecostal. Nunca aparece en su Evangelio, sino solo en los Hechos y solo después de Pentecostés. El nombre parresía marca el discurso pentecostal de Pedro (2,29), el anuncio valiente de Pedro y Juan (4,13), la actitud testimonial exigida por la oración del pueblo cristiano, a la que responde una nueva efusión del Espíritu (4,29), que permite hablar con parresía (4,31). La parresía cierra el libro de los Hechos (28,31), construido, por así decirlo, en torno a la gran franqueza y libertad de la Palabra. 

También subraya el «poder de la palabra» en hombres «sencillos y sin estudios» (Hch 4,13), que es siempre don de Dios y fruto de la oración: «Permite a tus siervos anunciar con toda franqueza tu palabra» (Hch 4,29). También en Lucas la parresía es un don del Espíritu Santo (cf. Hch 4,31). Así fue para Pedro (1 P 4,8). La parresía del apóstol que proclama a Jesús con franqueza y poder ante un mundo hostil es un carisma. 

El verbo correspondiente indica la actitud de Pablo recién convertido (9,27; 9,28), la fortaleza de Pablo y Bernabé ante los judíos de Antioquía de Pisidia, ante los paganos de Licaonia (Hch 14,3), el estilo valiente de Apolo en Éfeso (Hch 18,26) y de Pablo en la sinagoga de la misma ciudad (Hch 19,8) y ante Festo y Agripa (Hch 26,26). 

En las cartas de Pablo, la parresía representa una dimensión preeminente de la existencia cristiana en general y de la vida apostólica en particular, y se manifiesta en la predicación del Evangelio. 

Es franqueza hacia Dios, que se arraiga en Jesús y fundamenta la franqueza hacia los hombres (cf. especialmente 2 Cor 3,12). 

La parresía tiene especial relevancia en la carta a los Hebreos: 3,6; 10,19; 4,14; 4,16; 10,19; 10,34, etc., dado el contexto de persecución y testimonio de los creyentes al que se dirige. 

También en la literatura cristiana antigua, la parresía sigue ocupando un lugar destacado, especialmente en los Hechos de los mártires. El mártir demuestra parresía hacia sus perseguidores y parresía, es decir, confianza total, hacia Dios. También el mártir vivo, es decir, el confesor, ya goza de esta parresía, en la que se arraiga la posibilidad de interceder por los demás. 

La parresía habita en el corazón porque es un fruto típico de una «vida espiritual» madura, como una «cascada apostólica», que tiene, en su origen, algunas fuentes inagotables. Entre ellas:

* La coherencia de la vida, derivada de un esfuerzo cotidiano de fidelidad, que genera la serenidad de conciencia y esa experiencia mínima que necesitamos para hablar a partir de la vida, sin mentirnos a nosotros mismos; 

* El sentido gozoso de la filiación divina, que expresa en lo más íntimo su manera personal de ser hijo de Dios; se nutre de la luz de la Palabra, que hace converger en el Jesús del Reino el designio amoroso del Padre; 

* La íntima convicción —avalada por la propia experiencia de Jesús y de su fidelidad inalcanzable— de tener una buena noticia que llevar al Pueblo de Dios. Esta buena noticia brota del misterio cristiano, explorado progresivamente y cada vez más comprendido. 

* La costumbre de cruzar cada mañana el umbral de la esperanza - la parresía es compañera y fruto de la esperanza -, fundada no sobre las arenas movedizas de nuestra falta de fiabilidad, sino sobre la Roca de Dios; 

* El impulso interior que lleva a desear con premura el Reino y su justicia, estableciendo una relación de lo más urgente, oportuno, eficaz a la medida del Reino y su justicia. 

* El carisma del Espíritu Santo infunde la parresía: es un don que aparece solo después de Pentecostés y tiene un vínculo muy especial con el Espíritu de Dios. En Juan, la parresía se refiere solo a Jesús. Solo después de Pentecostés se referirá también a los discípulos (cf. 1 Jn).

Se dice en los Hechos

que tus amigos, Señor,

recién salidos de Pentecostés,

ponían el mundo patas arriba. 

Caídos los cerrojos y abiertas de par en par

las robustas puertas

del cenáculo,

parecía disipado

también el miedo del corazón. 

Entraron como fugitivos

y salieron jubilosos,

como por una repentina

e inesperada victoria. 

Y ahora, ya no mudos,

llenaban la plaza

con tu santo nombre,

de crucificado resucitado. 

Y continuaron a través de

naufragios, flagelaciones y martirios

hasta los confines del mundo.

Y continuarán

hasta el fin de los tiempos. 

Si tú sigues inspirando,

continuarás ayudando a tu Iglesia

para decir, con obras y palabras,

siempre con valentía,

la Buena Nueva del Reino,

y para regalar con gratitud

la belleza del Evangelio

secretamente deseado y

esperado por todo corazón. 

Sabiendo que el siervo

no puede ser más grande

que su Señor.

Ni el mensajero

más alegremente recibido

que su Señor. 

Pero haz, Señor nuestro,

que, como amigos del Esposo,

hoy y siempre también podamos

alegrarnos

de las urgencias de los cruces de los caminos

y de la salida a las periferias,

para que en nuestras obras y en nuestras voces

resuene solo la salvación de tus manos y de tus labios.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo   La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El ...