Recuperando a Ananías de Damasco
Me impresiona el personaje de Ananías.
¿Sabéis quién es?
Es aquel que al principio tiene miedo de acoger a Saulo de Tarso en la Iglesia, pero luego se deja convencer por el Señor.
No sabemos nada de él, no hizo nada destacable, salvo acoger a Saulo y, presumiblemente, ser su primer catequista. Sin embargo, ¡sin él no habría habido el Apóstol de las Gentes!
Lo único que podemos decir con certeza es que no era precisamente un valiente, dado su miedo a Saulo, y que tal vez era también un poco desconfiado, quién sabe, quizá pensó: «Esto es un truco, quiere infiltrarse entre nosotros para saber cuántos somos y dónde nos reunimos para poder combatirnos mejor».
No sabemos nada de él, así que me gusta inventar.
Me imagino a este Ananías como un poco cobarde, alguien que llegó a la Iglesia sin saber muy bien por qué, uno de esos que nunca toma la palabra en las asambleas y siempre asiente con la cabeza.
Un hombre de fe, por supuesto, ya que lo vemos rezar, pero no precisamente un gigante de la fe, eso es todo.
Quizás él también se habrá preguntado muchas veces por qué había llegado allí, cuál era su misión y su tarea y quizás, quién sabe, el motivo mismo de su nacimiento era acoger a Saulo.
Su nombre lo dice: Ananías en hebreo significa «el favorito de Dios», por eso San Pablo lo recuerda, porque evidentemente a él le quedó grabado el nombre de este Ananías, porque para él fue precisamente el instrumento del favor de Dios.
¿Y después? ¿Qué le habrá pasado a Ananías después de aquellos días formidables en los que al final tuvieron que hacer huir a Pablo como a un ladrón para que no fuera lapidado por los demás judíos?
Me gusta pensar que volvió a su vida tranquila, a su pequeño cristianismo, contento de estar en su lugar, que ahora, sin embargo, había adquirido un nuevo aspecto.
¡Qué importante es estar en nuestro lugar y cumplir bien la tarea que se nos ha encomendado!
Ignoramos nuestro papel en el gran entramado de la historia de la salvación, pero precisamente por eso no podemos caer en la ilusión de creernos inútiles y vacíos.
Aceptar ser pequeños en una Iglesia grande es muy, muy difícil, significa hacer todo con absoluta humildad, como un siervo, y al mismo tiempo poner tanto cuidado y atención como si la salvación del mundo dependiera de ese único gesto.
Y así es, tal vez no sea la salvación del mundo, tal vez sea la salvación de la única persona que encontraremos hoy, pero ¿quién puede decir cuál será el papel de esa persona en el designio de Dios?
Y poco a poco los círculos de la causalidad, ¿o será de la providencia?, se amplían y se entrecruzan, ¿y quién es capaz de seguirlos hasta el final?
Pero mientras tanto, cada vez está más claro que yo debo hacer mi parte y debo hacerla bien. Y, por eso mismo, tratar de ser humilde y generosamente “providencial”.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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