Dejarnos
visitar por la Palabra para gestarla en nuestra carne
Cuando pienso en la casa de Ein-Karem, la casa de Zacarías y Elisabeth, me vienen a la mente tres palabras: silencio, visita y bendición. Por eso se la puede llamar la casa de la oración. No en vano es la casa de un sacerdote, y no en vano en ella se pronunciaron dos de las oraciones más bellas del Nuevo Testamento.
Es la casa del silencio asombrado ante la
obra de Dios. Tras la aparición angelical, Zacarías se vio obligado al
silencio: se había quedado mudo y probablemente también sordo, ya que tuvieron
que preguntarle por señas cómo quería que se llamara a su hijo (cf. Lc 1,62).
Me gustaría entrar en los nueve meses de silencio que
cayeron entre estos dos esposos, destinatarios de un milagro e incapaces de
expresarse mutuamente la gratitud y el asombro por las maravillas realizadas
por Dios.
A veces, así es como actúa el Señor: en principio, Él
quiere que demos testimonio de su amor, pero en ciertas situaciones pide
silencio, contemplación asombrada, que sirve precisamente para permitir que el
misterio crezca en lo íntimo y en lo profundo antes de manifestarse, como si
tuviéramos que llevarlo en nuestro seno, con paciencia, hasta que esté listo
para nacer.
San Gregorio de Nisa dice que debemos «gestar»
la Palabra, es decir, hacerla crecer en nuestro seno como una madre hace crecer
a su hijo en su vientre, antes de decirla, y para ello es indispensable el
silencio.
¡Con demasiada frecuencia, un parto prematuro se
convierte en realidad en un aborto!
Todo lo contrario de lo que hace esta época
exhibicionista: basta con que uno tenga una pequeña intuición, un sobresalto
espiritual, y enseguida corre a escribir un post en su blog, a lanzar un tweet para proclamar al mundo su verdad
última y definitiva, que naturalmente cambiará al mes siguiente; porque así es
con las inspiraciones paridas prematuramente, no tienen raíces y por lo tanto
duran lo que dura un día.
La gestación de la Palabra requiere silencio,
paciencia, espera, cuidado amoroso.
Porque la Biblia, como dice Orígenes, es femenina y se
niega a quien pretende violarla, mientras que se entrega a quien la corteja a
diario.
Hay que pasar horas en silencio en compañía de una
página para que empiece a hablarnos, horas en las que parece que no ocurre
nada, pero que son, en cambio, un intenso trabajo del Espíritu que se está
preparando el camino en nosotros.
Y también después de que nos haya hablado, no hay que tener prisa por sacar lo que el Espíritu ha dicho, la Palabra debe entretejerse en nuestra carne, debe recibir de nosotros la sangre, la vida, la tierra, para que cuando sea dicha sea una palabra viva y eficaz, como una espada de doble filo, y no una palabra de aquellas de las que Dios nos pedirá cuenta en el día del juicio (cf. Mt 12,36).
En este silencio, Dios entra con su visita (cf. Lc 1,68) y es interesante que el verbo que Lucas
elige sea el que literalmente significa «mirar en profundidad».
Si queremos que la Palabra dé fruto en nosotros,
debemos dejar que nos visite. Para esto también sirven los nueve meses de
silencio, son el tiempo necesario para que la Palabra nos escudriñe íntimamente
y así lleve su salvación hasta lo más íntimo y oculto de nuestro ser.
La visita de María a Isabel es una imagen entrañable.
María ha venido a servir: su misión es maternal, y sin embargo, dentro de esta
visita de servicio también María lleva en sí misma la Palabra que escruta y
bendice, la Palabra que da alegría. Y la Palabra que trae alegría es su propio
saludo (cf. Lc 1,44).
¿Cuál habrá sido el saludo de María? El Evangelio no
lo dice, pero con toda probabilidad habrá saludado a la manera judía: «Shalom»,
que es mucho más que un deseo de paz, es alegría, salvación, plenitud de vida.
María está llena del Espíritu Santo, por lo que su palabra
ya no es una mera palabra humana, María está embarazada de Aquel que es la
Palabra, por lo que la suya ya no es una palabra ineficaz, sino una palabra que
no queda sin efecto (Is 55,11).
A Ella le sucede lo que Jesús profetiza para todos nosotros:
«En
cualquier casa que entréis, decid primero: ‘¡Paz a esta casa!’. Si hay allí un
hijo de la paz, vuestra paz descenderá sobre él» (Lc 10,5-6). También
nosotros, por tanto, si sabemos gestar la Palabra en el silencio, seremos
capaces de esta visita que trae alegría y bendición.
¿Qué efecto produce en nosotros la visita de la
Palabra? La alabanza. En la casa de Ein-Karem se cantaron por primera vez las
dos alabanzas más bellas de la Biblia, las que algunos repetimos cada día: el Benedictus
y el Magnificat.
Por eso Ein-Karem
también puede llamarse Bet-Berakah,
casa de la alabanza, de la bendición, de la acción de gracias, es decir, de la
Eucaristía, casa ‘sacerdotal’ por definición, pues la vida de todo cristiano
debería ser berakah: alabanza,
bendición, acción de gracias, eucaristía.
Y por eso cada cristiano debería dejarse visitar cada
día por la Palabra, para estar siempre lleno de ella y poder ser testigo de
Ella de manera creíble.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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