miércoles, 21 de enero de 2026

Dejarnos visitar por la Palabra para gestarla en nuestra carne.

Dejarnos visitar por la Palabra para gestarla en nuestra carne


Cuando pienso en la casa de Ein-Karem, la casa de Zacarías y Elisabeth, me vienen a la mente tres palabras: silencio, visita y bendición. Por eso se la puede llamar la casa de la oración. No en vano es la casa de un sacerdote, y no en vano en ella se pronunciaron dos de las oraciones más bellas del Nuevo Testamento.

 

Es la casa del silencio asombrado ante la obra de Dios. Tras la aparición angelical, Zacarías se vio obligado al silencio: se había quedado mudo y probablemente también sordo, ya que tuvieron que preguntarle por señas cómo quería que se llamara a su hijo (cf. Lc 1,62).

 

Me gustaría entrar en los nueve meses de silencio que cayeron entre estos dos esposos, destinatarios de un milagro e incapaces de expresarse mutuamente la gratitud y el asombro por las maravillas realizadas por Dios.

 

A veces, así es como actúa el Señor: en principio, Él quiere que demos testimonio de su amor, pero en ciertas situaciones pide silencio, contemplación asombrada, que sirve precisamente para permitir que el misterio crezca en lo íntimo y en lo profundo antes de manifestarse, como si tuviéramos que llevarlo en nuestro seno, con paciencia, hasta que esté listo para nacer.

 

San Gregorio de Nisa dice que debemos «gestar» la Palabra, es decir, hacerla crecer en nuestro seno como una madre hace crecer a su hijo en su vientre, antes de decirla, y para ello es indispensable el silencio.

 

¡Con demasiada frecuencia, un parto prematuro se convierte en realidad en un aborto!

 

Todo lo contrario de lo que hace esta época exhibicionista: basta con que uno tenga una pequeña intuición, un sobresalto espiritual, y enseguida corre a escribir un post en su blog, a lanzar un tweet para proclamar al mundo su verdad última y definitiva, que naturalmente cambiará al mes siguiente; porque así es con las inspiraciones paridas prematuramente, no tienen raíces y por lo tanto duran lo que dura un día.

 

La gestación de la Palabra requiere silencio, paciencia, espera, cuidado amoroso.

 

Porque la Biblia, como dice Orígenes, es femenina y se niega a quien pretende violarla, mientras que se entrega a quien la corteja a diario.

 

Hay que pasar horas en silencio en compañía de una página para que empiece a hablarnos, horas en las que parece que no ocurre nada, pero que son, en cambio, un intenso trabajo del Espíritu que se está preparando el camino en nosotros.


Y también después de que nos haya hablado, no hay que tener prisa por sacar lo que el Espíritu ha dicho, la Palabra debe entretejerse en nuestra carne, debe recibir de nosotros la sangre, la vida, la tierra, para que cuando sea dicha sea una palabra viva y eficaz, como una espada de doble filo, y no una palabra de aquellas de las que Dios nos pedirá cuenta en el día del juicio (cf. Mt 12,36).

 

En este silencio, Dios entra con su visita (cf. Lc 1,68) y es interesante que el verbo que Lucas elige sea el que literalmente significa «mirar en profundidad».

 

Si queremos que la Palabra dé fruto en nosotros, debemos dejar que nos visite. Para esto también sirven los nueve meses de silencio, son el tiempo necesario para que la Palabra nos escudriñe íntimamente y así lleve su salvación hasta lo más íntimo y oculto de nuestro ser.

 

La visita de María a Isabel es una imagen entrañable. María ha venido a servir: su misión es maternal, y sin embargo, dentro de esta visita de servicio también María lleva en sí misma la Palabra que escruta y bendice, la Palabra que da alegría. Y la Palabra que trae alegría es su propio saludo (cf. Lc 1,44).

 

¿Cuál habrá sido el saludo de María? El Evangelio no lo dice, pero con toda probabilidad habrá saludado a la manera judía: «Shalom», que es mucho más que un deseo de paz, es alegría, salvación, plenitud de vida.

 

María está llena del Espíritu Santo, por lo que su palabra ya no es una mera palabra humana, María está embarazada de Aquel que es la Palabra, por lo que la suya ya no es una palabra ineficaz, sino una palabra que no queda sin efecto (Is 55,11).

 

A Ella le sucede lo que Jesús profetiza para todos nosotros: «En cualquier casa que entréis, decid primero: ‘¡Paz a esta casa!’. Si hay allí un hijo de la paz, vuestra paz descenderá sobre él» (Lc 10,5-6). También nosotros, por tanto, si sabemos gestar la Palabra en el silencio, seremos capaces de esta visita que trae alegría y bendición.

 

¿Qué efecto produce en nosotros la visita de la Palabra? La alabanza. En la casa de Ein-Karem se cantaron por primera vez las dos alabanzas más bellas de la Biblia, las que algunos repetimos cada día: el Benedictus y el Magnificat.

 

Por eso Ein-Karem también puede llamarse Bet-Berakah, casa de la alabanza, de la bendición, de la acción de gracias, es decir, de la Eucaristía, casa ‘sacerdotal’ por definición, pues la vida de todo cristiano debería ser berakah: alabanza, bendición, acción de gracias, eucaristía.

 

Y por eso cada cristiano debería dejarse visitar cada día por la Palabra, para estar siempre lleno de ella y poder ser testigo de Ella de manera creíble.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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