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sábado, 18 de julio de 2026

Plegaria al ritmo de María Magdalena.

Plegaria al ritmo de María Magdalena

Cuando aún estaba oscuro, como cuando se pescaba la vida en las orillas de un lago, como cuando se amaba sin poder llamar Eterno a aquello que siempre se escapaba. 

Cuando aún estaba oscuro, como cuando Él hablaba y nosotros creíamos entender, y creíamos creer, y seguíamos, en cambio, obstinados y ciegos, perdiéndonos en nosotros mismos. 

Cuando aún estaba oscuro y querían matarlo y nosotros ni siquiera imaginábamos que éramos sus cómplices y no sus compañeros. 

Cuando aún estaba oscuro como en los ojos del ciego, como las manos áridas, como las palabras mudas, como las parálisis, como la mujer acusada, como el joven que se marchó, como el hijo que se quedó fuera de la casa, como Lázaro tras la piedra de un sepulcro… y nosotros, inconscientes de ser testigos de la vida resucitada tanto en el perdón como en la curación. Siempre es milagrosa primavera la vida que renace a la luz. 

Cuando aún estaba oscuro, como también después de su Resurrección, en los abismos de la enfermedad, en los temores del abandono, en la duda de que el cadáver solo hubiera sido robado, en los amores convertidos en odio, en el esfuerzo de ceder a un asombro excesivo, en los malentendidos entre nosotros, los discípulos, en las interpretaciones contradictorias de su recuerdo, en los escándalos de la Iglesia, en la insignificancia que nos atraviesa en tantos días del presente, en el miedo a que la muerte, al final, devore el amor. 

Cuando aún estaba oscuro… y hay tanta oscuridad que nos está ahogando la visión… y cegando la esperanza… 

Por eso nos empeñamos en celebrar la memoria de los destellos de lo Eterno, nos aferramos con fuerza a las fracturas milagrosas que hacen que el pasado esté atravesado por rayos de Luz, por esa conciencia límpida y fugaz de que cada ser es una manifestación vacilante de lo divino, por cuando nos han hecho sentir amados, por cuando nos han perdonado, por quienes nos agradecen lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. En esto creemos. Y nos consolamos. 

Por cuando desciende la oscuridad y nosotros, a un paso de la noche, envueltos en lágrimas, le pedimos al Padre que salve y transfigure cada fragmento de amor, ese poco que hemos reconocido y consagrado con gestos. 

Por cuando en la oscuridad rezamos para que haya un lugar también para nosotros en el paraíso. 

Por cuando sentimos ser una oración muda compartida por los hermanos, y por cuando sentimos que juntos esperamos una tierra donde todo será finalmente claro y puro, luminoso y resucitado, recordado, entregado al corazón del Eterno, transfigurado en Luz. 

Por cuando rezamos por no ser olvidados, por cuando te rogamos que nos hagas reencontrar el Amor que nos ha mantenido con vida, y te suplicamos que nunca más se vaya. 

Por cuando también nosotros logremos decir «…y no sabemos dónde lo han puesto». Y no queda más que volver a buscar. 

Por cuando no sabíamos que estaba naciendo fuera de Jerusalén, por cuando lo perdieron en el Templo, por cuando huía del poder, por cuando cruzaba a la otra orilla, por cuando se refugiaba en el seno de la noche en oración, por el Monte de los Olivos, por su estar siempre en Otro Lugar. 

Por el miedo de quien dice haberlo comprendido, por la traición de quien se cree capaz de explicarlo o comprimir la bella, la novedad, la Vida, en un canon, en un dogma, en un sacramento, en un catecismo, en una teología, por quien sigue siendo discípulo pero en su corazón implora que tenga piedad, que ni siquiera él conoce el lugar, y que es solo un pobre caminante y peregrino que sigue buscando mientras dice que cree. 

Ni yo sé con certeza dónde lo han puesto, pero creo que está guardado en lugares misterioso, secretos…  y accesibles solo al amor. 

Corrían los dos juntos, y el hecho de no estar solos ya es un indicio de buena humanidad. 

Por cuando la fe entra en la carne y nos transforma en niños sin miedo a parecer ridículos, y corremos, torpes y enamorados, y corremos el riesgo de caer y el aliento nos oprime la garganta, y somos los mismos niños que corrían tras un balón, tras un amor, tras un sueño. El corazón hinchado que no deja de latir y se conmueve. 

Por cuando corre el pensamiento, corre la nostalgia, corre la esperanza de que no haya sido todo en vano, por cuando corre la urgencia de ver, de tocar, de volver a abrazar, aunque fuera un sepulcro vacío, aunque fuera la absurda esperanza de haber estado vivos y haber sido testigos. 

Por cuando nos atrevemos a creer que incluso la muerte se convertirá en una sonrisa, en abrirse paso, como se abrió el mar, entre tantas dudas. Que sea barrido por fin el temor de que Tú te hayas ido y nos hayas abandonado dejándonos solos en esta orilla. 

Por los lienzos tendidos y doblados, por ese mínimo rastro de orden en un mundo que parecía devastado y reducido al caos, por los clavos que no vencieron, por la madera que no prevaleció, por el desgarro en el velo del Templo que transformó, sin que lo supiéramos, nuestra existencia en una explosión de Vida. 

Por el desgarro fecundo de tu herida abierta, por el ardor de la carne que no deja de amar ni siquiera aunque esté traspasada, ni siquiera como cadáver, por el perfume esparcido, por el frasco de nardo que se hizo añicos como la piedra que sellaba una aparente derrota. 

Por los lienzos depositados, por el cuidado invisible de quien pone orden en nuestras historias desordenadas y dice, con palabras resucitadas, que no ha sido en vano nuestro amar, nuestro sufrir, nuestro dudar, nuestro correr contra toda esperanza. 

Por quien vio y creyó sin haber comprendido aún la Escritura. Por cuando Él nos miraba sin condenarnos, por cuando Él creía a pesar de nuestra insignificancia. 

Por quien supo posar sus ojos sobre nosotros logrando ver esplendores mucho antes de un posible amanecer. 

Por quien conservó el amor, por quien no nos olvidó, por quien, en el brillo de sus ojos, siguó creyendo en nuestra resurrección, por quien veía en nosotros lo que nosotros aún no imaginábamos ser. 

Por eso te rogamos, Señor, que resurjan nuestros ojos, que sepamos reconocer las señales de tu paso, que podamos hacer memoria de ellas, que podamos resurgir una vez más en los ojos de quien nos ama, por las personas que encontraremos, para que sepamos entrar juntos en nuestros sepulcros y, tomándonos de la mano, indefensos y postrados, logremos volver a buscar a quien, con paciencia maternal, ha colocado definitivamente el sudario de nuestro extravío y, acariciándonos con ternura de Amigo, mezclará el calor de sus lágrimas con las nuestras. 

Y por quien, Jardinero de la Amistad, nos llamará a cada uno por nuestro nombre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 5 de abril de 2026

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -.

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -

Ruptura. Deformación. Desfiguración. Esto es la Pasión. Esta es la revelación definitiva de nuestro Dios. 

La historia de Jesús de Nazaret se cumple en un Dios que se revela partido, con el rostro desfigurado. Y esto no se explica. 

Como tantas crisis, tantas preguntas, tantas inquietudes de nuestra vida. 

La Pasión no se explica: no es justificable, no está predeterminada, no estaba predestinada. 

Despojémonos de esas imágenes con las que intentamos salvar a un Dios a nuestra imagen y semejanza dejando de lado al hombre. 

No estaba todo escrito. Jesús no sabía cómo acabaría todo. Pero se entregó con confianza a los acontecimientos. 

La Cruz es un acontecimiento. Es el acontecimiento de un hombre que elige amar por el único camino que en ese momento parecía viable. 

Es un acontecimiento, y todo lo que lo cubre nos recuerda que no podemos acostumbrarnos a ella, no podemos embellecerla y convertirla en una forma políticamente correcta y educada. 

A menudo nos preocupamos por dar una forma a Dios. Quizás ideal, perfecta, fija. Dejando bien claros los límites que no se pueden traspasar. 

Pero Dios se desforma, se rompe. Dios se cuenta como una Pasión que atraviesa la realidad y las contradicciones de la vida, hasta el extremo, hasta el final. 

A Dios no le preocupa mantener una forma, sino re-crearla y tomarla continuamente en la historia, en la realidad, de las vidas por las que se deja tocar. Como un amor que no retrocede. 

Nosotros lo hemos sacralizado, es decir, separado. 

Pero todo lo sagrado que podemos encontrar en este mundo está aquí, en un cuerpo quebrantado y roto. 

Y en lo que resiste. En una Pasión que resiste en una vida deformada. 

Contemplar la cruz de este Crucificado no nos hace ver más a Dios: paradójicamente, nos hace ver menos. 

Es una verdadera re-velación, porque se cubre un imaginario y se abre una búsqueda. 

La de un Dios que ocurre, que pasa, que abre pasos, que hace Pascua. Que se revela y sorprende continuamente en las vidas reales. Y de modo tan inaudito como insospechado. 

Y esto no se explica, sino que se encuentra. 

No se explica, permanece abatido y herido. Incluso hasta después de la resurrección, las heridas de la historia permanecen. 

Porque a Dios no le interesa ser una forma perfecta frente a nosotros, desfigurados. 

Dios no permanece intacto, es decir, sin ser tocado. Es radicalmente tocado, en las horas de la Pasión. 

Y hay toques de amor, toques que hieren, toques dolorosos, toques violentos, toques de agresividad, toques de pasión, toques de traición, … 

Y Él se deja tocar para que podamos resucitar. 

No existe el ideal… el Viernes Santo nos echa en cara que no existe el Dios ideal. Sino la realidad de quien asume un estilo arriesgado y la realidad de las historias que se levantan de nuevo. 

Es necesario mirar la cruz de este Crucificado, reencontrarla como acontecimiento, no como forma fija. 

Abrir los ojos a cómo Dios está sucediendo fuera de forma y de nuestras formas. 

Recibir este impulso, esta invitación a encontrar la Presencia, al Resucitado, fuera de forma y de nuestras formas. 

Esto es lo que significa celebrar la Pascua de Resurrección de este Crucificado. 

Podemos soñar hoy con una Iglesia que se deje tocar de verdad (¡y preguntarnos qué significa dejarse tocar de verdad, incluso partirse y romperse!). 

Podemos reencontrar la Iglesia como vocación de este lugar, de este camino. 

Podemos apostar por su ser como resonancia de un Jesús que se deja tocar para curar y sanar. 

De un Jesús que descubre y cuenta a Dios a través de su historia, y de las historias de quienes lo tocan. 

Y nosotros tocamos la cruz de este Crucificado. Y lo hacemos para dejarnos tocar por el Resucitado. 

Y para dejarnos alcanzar por la vida nueva, que llega en silencio, solamente a través de una herida... resucitada. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 4 de abril de 2026

La tumba vacía - San Juan 20, 1-9 -.

La tumba vacía - San Juan 20, 1-9 - 

El tiempo de Pascua nos invita a detenernos ante el misterio de la resurrección. Para el cristiano, como nos recuerda San Pablo, la verdad de la resurrección de Cristo es una verdad fundamental, en el sentido más inmediato. Es la verdad que está en los cimientos: sin la resurrección de Cristo, toda nuestra fe es vana (1 Cor 15,14). 

Me gustaría detenerme en el primer momento después de la resurrección en el Evangelio según San Juan (20,1-9). 

Al entrar en oración, es bueno expresar también la gracia que se pide: aquí podemos rezar por el don de discernimiento, don del Espíritu, para saber captar las huellas del Señor. 

Te invito, pues, a leer con calma el pasaje, que encontrarás hacia el final del Evangelio según Juan (20,1-9). 

Solamente ofrezco algunas subrayados y comentarios, para aclarar y profundizar el sentido del texto. 

[1] El primer día de la semana. La referencia es al Domingo de Resurrección. Sin embargo, es útil recordar que la referencia al primer día, en el contexto judío, es también una referencia al comienzo de la creación. La resurrección de Jesús ofrece un nuevo comienzo, una nueva creación. 

… vio la piedra… Este relato de Juan es muy sobrio. Nada de visiones (las habrá, pero más adelante), nada de ángeles, nada de terremotos. La señal es simple, casi decepcionante: la piedra removida, una tumba vacía. 

[2] El otro discípulo, al que Jesús amaba. El texto, como en otras partes del Evangelio, lo deja deliberadamente en el anonimato. En muchos aspectos es el evangelista, el testigo del relato. Pero esta elección literaria es deliberada: al igual que con el discípulo en el relato de Emaús, aquí se invita al lector a entrar en ese papel. El discípulo amado por Jesús eres tú, soy yo. 

[4] Corrió más rápido que Pedro… pero no entró. Pedro es más lento, pero el discípulo amado lo espera. Hay una delicadeza del discípulo amado en esta espera. El entusiasmo del discípulo joven espera la sabiduría del anciano, y la respeta. Quizás, también podemos leer cómo la Iglesia carismática/apasionada sabe esperar a la Iglesia jerárquica/institucional, porque es necesario que entren juntos en el sepulcro vacío. 

Se inclinó y vio los lienzos allí depositados. Es interesante reflexionar sobre lo que vio. Pedro y el otro discípulo no ven más que el sepulcro vacío y las vestiduras funerarias. 

[8] Vio y creyó. Me fascina este detalle: el discípulo cree al ver la tumba vacía. El signo de la ausencia se convierte en el signo del paso del Señor. Él no ve la resurrección, yo todavía no veo al Señor, solo ve sus huellas. Para quien no discierne estas huellas, para quien no ve con los ojos de la fe, la tumba vacía es solo una tumba vacía. Para el discípulo amado, no. 

[9] Aún no habían comprendido la Escritura. La señal de la tumba vacía se convierte en la clave de lectura de las Escrituras y conduce a la fe. 

En este punto te invito a releer el pasaje, con los subrayados sugeridos. Luego, se puede pasar a reflexionar sobre estas y otras preguntas, como te indica la oración:

a.- Se nos enseña a leer las señales, a saber, a ver e interpretar en las pequeñas señales una realidad más grande. ¿No indican acaso, y por poner un ejemplo, las huellas de un animal su paso? Pero las huellas del Señor en nuestra existencia, ¿sabemos leerlas o estamos ciegos? De ahí surge la pregunta: ¿cuánto aplicamos esto en nuestra vida de fe? ¿Somos exploradores también en la vida de fe o somos ignorantes en este campo? 

b.- ¿Cuáles son las huellas del paso del Señor en mi vida? ¿Dónde está en mi vida que Dios me invita a leer la tumba vacía? ¿Dónde puedo discernir la presencia del Señor? 

c.- ¿Dónde puedo decir, con los discípulos de Emaús, ‘¿no ardía nuestro corazón’? Intento identificar al menos uno de estos momentos en mi vida. 

Deja que, poco a poco, esta reflexión se convierta en oración. ¿Qué le pediría a Jesús? ¿Me considero una persona con discernimiento? ¿Sé leer las señales del paso del Señor? 

De nuevo puedo pedir la gracia: el don del Espíritu, que también conlleva el discernimiento. 

Lleva todo esto a la conversación con el Señor, como un amigo habla con un amigo. Sin prisas. 

Por último, detente en la presencia del Señor. Disfrutando también de ese silencio interior, dejando que la oración se convierta cada vez más en una oración del corazón. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 1 de abril de 2026

La alegría de la Resurrección.

La alegría de la Resurrección

La primera mirada de Jesús resucitado se posa en las lágrimas. Mira con ternura a María Magdalena que, fuera del sepulcro, llora su pérdida. 

En esta escena evangélica, que meditamos en el tiempo pascual, hay en el fondo una síntesis del misterio de la salvación: Dios envió a su Hijo para asumir nuestro llanto, para sumergirse en el dolor del mundo. 

Él, como un Dios que cuenta una a una nuestras lágrimas y las recoge en un odre a través de Jesús, quiso ante todo posar su mirada en nuestra humanidad herida, en nuestras derrotas, en nuestras pérdidas, en el miedo y la angustia que nos asaltan no tanto ante los enigmas de la vida como ante la incomprensibilidad de la muerte. 

Por eso, a lo largo de las páginas de los Evangelios, vemos que Jesús está siempre cargado con el peso de la humanidad, siempre atento a lo que pasa en el corazón y en la carne de quienes se encuentran con Él, a menudo movido a compasión, visceralmente apasionado por la humanidad que sufre e indignado hasta lo más hondo ante ese mal que desfigura la belleza de la vida. 

¿Qué es entonces la Resurrección? ¿Qué significa la Pascua que celebramos los cristianos? Es abrirnos a la alegría de sabernos acompañados y confortados mientras lloramos nuestras lágrimas. Es saber que tenemos un Dios que se detiene junto a nuestras tumbas para preguntarnos con ternura, como hizo con María Magdalena: «¿Por qué lloras?». 

Es sentir que en esta inclinación de Dios sobre nuestras lágrimas podemos sencillamente sentirnos amados, acogidos y renovados hacia una vida que comienza una y otra vez, porque el Señor Resucitado está con nosotros. Y Él reaviva la vida. 

En el examen de conciencia que los cristianos estamos llamados a hacer, quizá deberíamos prestar más atención a la dimensión de la alegría. 

El estilo cuaresmal del que habla el Papa Francisco al comienzo de la Evangelii gaudium nos caracteriza todavía demasiado, y nuestro cristianismo, en muchas formas, lenguajes y posturas, sigue secuestrado por la seriedad, la tristeza, una mística del dolor nada evangélica. 

Pero en el corazón de la fe está el acontecimiento pascual, que resume y realiza la misión de Jesús: «He venido para que vuestra alegría sea plena». 

En el ejercicio de nuestra fe, en nuestro trabajo pastoral y en el rostro que mostramos a los demás ¿resplandece esta alegría?  ¿Nuestra alegría de resucitados es contagiosa? ¿O, por el contrario, somos personas que permanecemos siempre cerca de la tumba, más dispuestas a lamentar nuestras pérdidas y a quejarnos de las cosas que no van bien, en lugar de estar abiertos a lo que el Resucitado puede realizar cada día en nuestras vidas y en la historia? 

Dios ha muerto, pero fuimos nosotros quienes lo matamos, afirmaba Nietzsche. El mismo filósofo del siglo XX, no sin una cínica ironía, afirmaba que estaría dispuesto a aprender a creer: ¡si los cristianos le cantaran mejores canciones y parecieran personas salvadas! 

El gran teólogo Henri de Lubac se preguntaba cómo culparle. No tenemos el aire de los salvados que se abren a la alegría, a muchos de nosotros el cristianismo no nos parece en absoluto algo grande, algo apasionante, algo que aumenta la vida y alimenta la alegría. 

La alegría pascual es el distintivo de nuestra fe. 

No es una felicidad forzada, una máscara, un optimismo ingenuo, ni tampoco una ausencia de problemas, penurias y sufrimientos. 

Es sentirse amado dentro de este fascinante y duro viaje de la vida. Es sentirse bendecido y saber que Dios seca nuestras lágrimas y nos pone en camino una y otra vez. 

En la tradición de la espiritualidad cristiana desde antes del año 1000, hay constancia de un ritual extraño pero significativo: el Risus Paschalis

El día de Pascua, el presidente de la celebración litúrgica aderezaba su homilía con chistes, bromas, bailes divertidos,…, con el fin de suscitar en el pueblo la risa -la alegría- que brota de la certeza de la resurrección. 

En estos tiempos difíciles, redescubramos el don que nos hace el Resucitado, para encontrar siempre y a pesar de todo la alegría que Él nos da

Dentro de ti hay una actitud alegre: eres capaz de alegrarte. Alégrate cuanto puedas; la alegría te hace fuerte. Alegrarse significa ver a Dios en todo, ver su amor allí donde todo parece feliz y sereno, pero también allí donde no todo va como te gustaría. Y eso no es fácil” -Dietrich Bonhoeffer-. 

Que sonriamos para que este momento de la historia y del mundo saque fuerzas del poder de la Resurrección.

¡     F  e  l  i  z       P  a  s  c  u  a     ! 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 26 de marzo de 2026

Octava de Pascua. Sábado de Pascua - Marcos 16, 9-15 -.

Sábado de Pascua - Marcos 16, 9-15 - 

El evangelio de Marcos había terminado de forma demasiado abrupta, con las mujeres huyendo despavoridas el día de la resurrección, sin decir nada a nadie. Por eso, uno de los discípulos del evangelista se había sentido obligado a añadir unos versículos, haciendo un resumen de las apariciones de la resurrección conocidas por toda la comunidad y añadiendo una frase final que es una obra maestra: los discípulos son invitados a ir por todo el mundo a proclamar el Evangelio. Para ello, son los primeros en tener que vencer la incredulidad, enfrentarse a sus dudas... Al final de la semana de la octava de Pascua, la Palabra nos recuerda que incluso los discípulos que experimentaron en primera persona la resurrección deben enfrentarse después a sus propias incertidumbres. No nos asustemos, pues, si también nosotros tenemos que afrontar dudas en nuestra fe. Es sano que nos cuestionemos, necesario es, sin embargo, que nos demos cuenta de nuestras inseguridades, profundizando inteligentemente en las verdades de nuestra fe. El Señor necesita discípulos dinámicos y creíbles, ¡no momias llenas de doctrina inviolable! 

Una escena doméstica, familiar, en la que Jesús se aparece a sus discípulos mientras están a la mesa, juntos, en un gesto que repite varias veces después de Pascua y que subraya su deseo de familiaridad. 

En Emaús se sienta a la mesa con los dos peregrinos y parte el pan; en el cenáculo come una porción de pescado a la brasa delante de todos los discípulos; en la playa del lago de Tiberíades prepara, para los siete discípulos que vuelven a pescar, pescado a la brasa y pan. 

Quizás ésta sea la señal más antigua que tiene la humanidad: sentarse juntos y compartir la comida. Probablemente así fue como nos convertimos en humanos, compartiendo la cosecha de bayas y raíces o las presas cazadas, para estar unidos. 

Son experiencias muy remotas de solidaridad e incluso de justicia. Jesús toma el gesto de la mesa y de la familiaridad entre los hombres y lo convierte en símbolo y gesto de familiaridad con Dios, historias de vida que se convierten en historias de Dios. 

Y les dijo: Id por todo el mundo. En todas las apariciones hay una invitación constante a los discípulos. Los saca de las pequeñas rutas cotidianas, rutinarias, ¿cómodas?, y les confía el gran mapa del mundo. 

Y les dice: proclamad el Evangelio “a toda criatura”, literalmente “a la creación”. No sólo a los hombres, por tanto, sino a todos los seres vivos, al corazón misterioso del mundo y de la historia. 

Como un sueño de un Evangelio sobre la creación, un sueño de comunión con “todo ser viviente en toda carne”, del que nació lo que Teilhard de Chardin llamó “La Misa sobre el mundo”. 

En los desiertos de Asia escribió: «Una vez más, Señor, me encuentro sin pan, sin vino, sin altar; me elevaré por encima de los símbolos a la pura majestad de la Creación; y te ofreceré en el altar de la Tierra entera, el trabajo y el dolor del Mundo. Sobre el altar depositaré, oh Señor, el grano esperado por todos los trabajos, y en mi copa verteré el jugo de todos los buenos frutos que hoy se exprimirán». 

En estos días, y en nuestras Eucaristías, quizá también nosotros podamos redescubrir la gran liturgia doméstica, la del hogar, y la gran liturgia de toda la creación que abraza la grande Misa de la historia y del mundo. 

La fe cristiana, antes de convertirse en mi historia, es la experiencia de otros. Ese es el punto de partida. Por eso existe la Iglesia. La Iglesia es esta palabra de boca en boca, de gesto en gesto, que nos llega de experiencia en experiencia, haciéndonos pasar de las historias de los demás a la nuestra. 

Es un antes que también hace posible el después. Sin ese antes que llamamos “tradición”, no puede haber ni siquiera la novedad del “después” de cada uno de nosotros. Tal vez deberíamos hacer las paces con nuestra incredulidad, porque también puede ser que como creyentes seamos también incrédulos. 

Pero lo que importa es tener la humildad de dejar de lado nuestra incredulidad cuando es Jesús mismo quien se manifiesta a cada uno de nosotros, en los modos y tiempos que Él decide para cada uno de nosotros. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Octava de Pascua. Viernes de Pascua - Juan 21, 1-14 -.

Viernes de Pascua - Juan 21, 1-14 - 

Pedro es el último de los discípulos en convertirse. Hay demasiado dolor en su corazón, su camino es demasiado infructuoso. El hecho de haber negado a Jesús delante de un criado le ha sumido en la más absoluta desesperación, Jesús ha resucitado, por supuesto, pero no para él... Vuelve a la pesca, retoma aquellas redes que había dejado tres años antes para comenzar la loca aventura con el Señor. Sus amigos de toda la vida le siguen, se quedan con él para animarle y apoyarle. Pero, como sucede a menudo, al daño se añade la burla: no pesca nada durante la noche y el humor de todos se ennegrece. Pero al final de cada noche infructuosa, el Señor nos espera, como a Pedro. Cuando tocamos fondo, el Señor está ahí esperando a que nos levantemos de nuevo. Como curioso importuno e inoportuno, Jesús pide información. Los discípulos apenas responden; entonces, sucede. La frase, esa frase que oyeron tres años antes, en el mismo lugar: levad velas… echad redes… Se miran, ahora, asombrados, en silencio. Se hacen a la mar, las redes se hinchan de peces. Una nueva señal, la señal de una pesca fructífera, una señal que apunta a una realidad inesperada: es Él, es el Señor. Ha venido especialmente por Pedro, para sacarle del abismo... 

Un amanecer en el Mar de Galilea. ¡Cuántos amaneceres en los relatos de Pascua! Pero toda nuestra vida es un continuo amanecer, un progresivo surgir de luz. 

Pedro y sus seis compañeros se dieron por vencidos y regresaron a sus vidas anteriores. El paréntesis de aquellos tres años de caminos, de viento, de sol, de palabras como pan y como luz, de itinerancia libre y feliz, concluyó de la manera más dramática. 

Y los siete, habiendo bajado la bandera de los sueños, volvieron a la ley de la vida cotidiana. Pero aquella noche no pescaron nada. Una noche sin estrellas, una noche amarga, en la que en cada reflejo de las olas parece ver un sueño, un rostro, una vida que naufraga. 

Jesús, el Resucitado, está en la playa y llama a los discípulos que estaban pescando y aquí por segunda vez ocurre el milagro de la pesca milagrosa. Lo que sucede otra vez en el lago trae la mente y el corazón de los discípulos el comienzo de aquel llamado que cambió sus vidas: "Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: “Rema mar adentro y echad las redes para pescar”. Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado duro toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra echaré las redes». 

Todo comienza y termina en el Mar de Galilea. Después de la muerte de Jesús, los discípulos se sienten perdidos y vuelven a pescar, pero ante la palabra de aquel extraño forastero que ve su fracaso, echan sus redes. 

Ya en el primer encuentro que Pedro y los discípulos tienen con Jesús sienten resonar estas palabras que indican un camino y también Pedro cree en esas palabras, confía: «Maestro, hemos trabajado duro toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra echaré las redes». 

De su esterilidad los discípulos descubren la abundancia. Jesús Resucitado mira desde la playa con ojos de amor y misericordia. Desde la barca el discípulo amado grita: «Es el Señor» (Jn 21,7) y al oír esto, esta vez Pedro se lanza al mar y no duda en responder a esa mirada de amor de Jesús. 

En ese amanecer en el lago, el milagro no está tanto en la repetición de otra pesca extraordinaria como en que Pedro se lance al agua completamente vestido, nadando con todas sus fuerzas, ansioso de un abrazo, con el corazón apuntando directamente hacia ese pequeño fuego en la orilla. 

Donde Jesús, como una madre, preparó unas brasas de pescado para sus amigos. Él podría sentarse, esperar su llegada, observar, llegar más tarde, pero no, no retiene su cuidado, no retiene su atención para ellos: fuego, brasas, peces, tiempo, manos, comida. 

Él se encarga de acogerlos bien, aunque estén cansados, con algo bueno. Los encuentros de Pascua son reales, es realmente Jesús, porque lo que Él hace son sólo gestos de amistad. 

Una vez que las barcas llegan a tierra y reviven otra experiencia, la de la Última Cena: «Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, y también el pescado». Durante este gesto hay un gran silencio, sólo existe la contemplación de ese rostro que vuelve a hablar de una vida entregada por ellos, que cuida de los suyos. 

En la playa, alrededor del pan y el pescado a la brasa. En aquella orilla, el diálogo más bello del mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Octava de Pascua. Jueves de Pascua - Lucas 24, 35-48 -.

Jueves de Pascua - Lucas 24, 35-48 - 

Los discípulos de Emaús hablan del Resucitado, ¡y el Resucitado aparece! Cuando anunciamos a Jesús con convicción, cuando hablamos de Él a los que nos rodean, ¡el Señor viene! Y trae la paz. No la paz del mundo, no la paz de los armisticios, no la paz que es triste resignación, sino la paz que sólo el Señor puede darnos... Pero es demasiado bueno para ser verdad y los apóstoles dudan: ¿es Jesús real, es un fantasma? El Señor come con ellos: es real, está presente, es Él. No anunciamos un fantasma perdido en los pliegues de la historia, ¡sino a Jesús de Nazaret muerto y resucitado! Nuestra fe es concreta, no se basa en cuentos de hadas, sino en hechos. Si acogemos la presencia del Señor, Él nos abre a la inteligencia de las Escrituras, a una comprensión de la Palabra de Dios que nos permite leer e interpretar el mundo y lo que vivimos. Sólo así podremos proclamar al mundo el Evangelio de la presencia de Dios y convertirnos en testigos creíbles de la conversión y del perdón de los pecados que hemos experimentado por primera vez. ¡Dejemos que el Señor resucitado nos siga asombrando y abra nuestras mentes para recibir la Palabra! 

Asombrados y asustados, creyeron ver un fantasma. ¡Qué difícil es creer! Surgen dudas. Una alegría que parece excesiva brota: ¡demasiado buena para ser verdad! Ni siquiera el corazón que salta en el pecho es suficiente. 

Esta extraordinaria aventura de asombro y de duda no se ha detenido desde entonces y se ha apoderado también de mí y de mi fe. “Yo no soy un fantasma”, dice Jesús: no soy la ilusión de un durmiente ni un ensueño. No soy un manto de palabras lleno sólo de viento. 

Tengo la vida plena: ¡ved! ¡Mirad! ¡Tocad! ¡Comamos juntos! No a la alegría, no a la visión, no a las historias y profecías, los apóstoles se abandonan a una porción de pescado asado, al más simple de los signos, a la necesidad más humana y primitiva del cuerpo. 

Señor, tan humilde que te acercas a nuestros sentidos, que te haces pequeño y concreto para que podamos tocarte. Señor, que renuncias a las señales milagrosas precisamente por eso, porque quieres acercarte, para estar lo más familiarizado con nosotros. Los apóstoles, marcados para siempre por el signo más humilde y cotidiano de todos, lo darán como prueba: comimos y bebimos con Él después de su resurrección (Hch 10,41). 

Comer y beber es señal de vida. Comer juntos es el signo más elocuente de un vínculo reconstruido, de una comunión redescubierta que mantiene unidas las vidas. 

Ese gemido –no soy un fantasma– llega a mí. ¿Quién eres, Señor? ¿Una emoción ocasional, un juego de sombras en el muro de la vida, un mito, por magnífico y necesario que sea, un ritual semanal, poco más que un fantasma? 

No, Jesús es el presente y el futuro de mi carne, vida de mi vida; pequeña porción de pescado; un punto concreto en la historia y en el espacio, pero que se expande y me involucra. No es un fantasma, sino una palabra como una espada, revela y abre la vida; pan y vino que bastan para los días: vive en mí, me llama, se expande dentro de mí, llora mis lágrimas y sonríe como nadie. 

A veces vive en mi casa y me pasan cosas más grandes. Quizás todo sea más grande que yo. Y se hace la paz (¡paz a vosotros!) que no merezco, mayor que cualquier derecho mío; y se gana inteligencia que yo no había adquirido (les reveló el significado de las Escrituras y de la vida); y se convierte en horizonte y camino y pasos amigos en el camino. 

Hoy quisiera volver a partir, como los dos de Emaús, en busca de la carne de Cristo. Y sé que Cristo está disperso en la carne del mundo, un Dios vestido de humanidad, y todos nuestros rostros juntos forman su único rostro. 

La humanidad es el cuerpo de Dios. Su carne está muy cerca de ti; te he confiado, en todos los miembros de la Iglesia y de la humanidad, al más pobre y al más sufriente: allí tus manos podrán todavía tocarlo y acariciarlo, para que ya no sea verdadero el lamento de Cristo: ¡No soy un fantasma, tengo carne y huesos, tócame! 

Y sed testigos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...