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domingo, 7 de junio de 2026

Tened en vosotros los mismos sentimientos que Jesús - San Pablo a los Filipenses 2, 5 -.

Tened en vosotros los mismos sentimientos que Jesús - San Pablo a los Filipenses 2, 5 -

En el corazón se siente… porque es el corazón quien siente, es el corazón el órgano de los sentimientos...

 

Mirar el corazón es también mirar los sentimientos.

 

«Tened en vosotros los mismos sentimientos que Jesús», decía San Pablo a los cristiano de Filipos, y hoy estoy asombrado, no, más que eso, estoy atónito ante la constatación de una simple verdad: Dios tiene sentimientos.

 

Dios tiene corazón, por lo tanto, Dios tiene sentimientos.

 

No solo ama sino que ama apasionadamente, con ternura, con entusiasmo.

 

Toda la Biblia está ahí para hablarnos del pathos de Dios.

 

Toma nota, Aristóteles, que pensabas que la perfección era no sentir ninguna pasión.

 

Tomad nota, moralistas, que estáis ahí dividiendo el pelo en cuatro, destilando el amor para distinguir al microscopio entre eros y ágape, entre filia y simpatía…

 

Tomad nota, intelectuales hervidos, que parece que tenéis una gran cabeza solo porque está montada sobre un corazón muy pequeño.

 

Dios tiene un corazón, Dios es un corazón, porque si Dios es amor, entonces esto no puede prescindir ni distinguirse de la forma de este amor, y la forma del amor de Dios es la del corazón, no la del amor intellectualis de memoria spinoziana.

 

Porque no basta con creer, hay que amar.

 

Porque el amor es algo de carne, de tripas, de sudor y lágrimas, de piel, de vida, de color, de sol y flores, de caricias y tormentas, el amor es corazón.


No basta con la caridad…, se necesita afecto, ternura, pasión, fuego.

 

¿Qué es el amor sin corazón?

 

¿Qué es la amistad sin el gusto, la pasión, la alegría de encontrarse, de estar juntos, de abrazarse, de quererse?

 

Y Dios se apasiona por mí, está feliz de estar conmigo, me abraza, me quiere.

 

Me ama tanto que se hizo carne por mí, y sudó, lloró y sangró, y se hizo pan para que lo tocaran, amigo para que lo abrazaran, se hizo sol y flores, caricia y tormenta. Se hizo corazón, y corazón humano.

 

Dios ama con un corazón humano.

 

El mundo está enfermo de esclerocardia, es decir, de corazón endurecido.

 

Y entonces necesita ante todo corazón, fuertes inyecciones de corazón.

 

El corazón de Dios, que solo puede pasar a través de otros corazones.

 

Como en la ley de los vasos comunicantes, el corazón de Dios quiere derramarse en el corazón del mundo.

 

«Tened en vosotros el corazón de Dios», se podría parafrasear así la máxima de San Pablo y entonces me pregunto, ¿de verdad?

 

¿Puede mi pobre corazón ser realmente como el de Dios?

 

Mi corazón está un poco cansado, lo admito.

 

Ha trabajado mucho, ha sufrido mucho.

 

También por mi culpa, de acuerdo, porque lo he estresado mucho con pasiones inútiles.

 

Antes era mucho más rápido, quizás demasiado, siempre dispuesto a encenderse de ira y amor, enamorado de todo, apasionado por todo, asombrado por todo.

 

Y el cerebro, pobrecito, le costaba seguirle el ritmo. Tan pronto como entendía algo, el corazón ya estaba más allá, en otra parte, enamorado de otra cosa, como si quisiera poseer el mundo.


Pero ahora es al revés. Ahora tengo una mente veloz y un corazón lento, muy lento.

 

Tardo en comprender, tardo en amar.

 

O tal vez solo haya comprendido que no debe poseer el mundo, que basta con tener otro corazón en el que volcarse, sentirse como en casa, tal vez más, y a través de él, como un prisma, amar al mundo entero.

 

Y entonces tengo que ralentizar.

 

Vivo demasiado deprisa, vivo tan deprisa que mi corazón no tiene tiempo de reconocer y amar a los otros corazones que encuentra.

 

Y la vida pasa.

 

Pasan las personas, pasan las ocasiones, pasan los días y se encadena un rosario de ocasiones de amor perdidas, de oportunidades de ternura desperdiciadas.

 

Cuántas veces por la noche me encuentro reprendiendo a este pobre corazón, diciéndole: has sido lento, has sido perezoso, has sido duro.

 

Pero quizá la culpa no sea toda suyo, pobre corazón mío.

 

Quizá bastaría con vivir más despacio, dejar espacio a los días y a las personas, darles tiempo y modo de entrar en mí para que este viejo corazón pueda reaccionar y reencontrar las razones de su fuego.

 

Porque el fuego sigue ahí, lo sé bien. A veces lo siento arder y ardería más si le diera la oportunidad.

 

Sí, el corazón no quiere correr, el corazón quiere quedarse, encontrar a alguien en quien hacer su hogar y quedarse.

 

Y, si es necesario, esforzarse por construirlo y luchar por defender ese hogar.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Maestro es el corazón.

El Maestro es el corazón

En aquel tiempo, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido en tu bondad. Te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños». 

El Evangelio recoge uno de esos impulsos repentinos que llenaban de asombro las palabras de Jesús: los pequeños, los niños, las mujeres, los pobres lo entienden enseguida. En toda la Biblia, la economía de la pequeñez sale directamente del corazón de Dios y atraviesa como una línea divisoria nuestra historia: Dios apuesta por aquellos por quienes el mundo no apuesta. 

Y Jesús se alegra de ello. A pesar del mal momento: Juan el Bautista ha sido arrestado, los líderes religiosos y políticos lo persiguen, los pueblos alrededor del lago, tras la primera oleada de entusiasmo, se han alejado. Y he aquí que, en ese ambiente de derrota, Jesús, en lugar de deprimirse, se maravilla, se encanta de Dios: una maravilla. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso: sus manos, donde apoyar el cansancio y recuperar el aliento del valor. Aprended de mí... Ir a Jesús es ir a la escuela de la vida. Este hombre sin poderes pero majestuoso, libre como el viento, que nadie ha podido comprar ni esclavizar y fuente de vidas libres, enseña a vivir bien. 

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón... El maestro es el corazón. ¡Id todos a la escuela del corazón! ¡Id todos a aprender el corazón de Dios! Donde está el alfabeto de la vida. Dios mismo no es un concepto, sino el corazón dulce y fuerte de la vida. 

Aprended de mí, de mi manera, delicada, sin violencia y sin arrogancia. Mi yugo es suave y mi carga ligera. Un yugo: ¿qué es más que un objeto de museo de la civilización campesina? ¿Más que el recuerdo de los animales de tiro, símbolo del gran esfuerzo? Es una metáfora que no nos resulta amiga: hemos hecho de todo para quitárnosla de encima, ¡dichosos yugos! Pero Jesús dice: mi yugo, un yugo que sigue siendo suyo, no nos lo echa encima, con lo duro de la vida. El yugo sigue siendo suyo, él sigue unido al mismo madero. 

A mí me dice: «amigo de aventuras, somos dos; no estás solo, clavado al esfuerzo de vivir, de cuidar de alguien; estamos juntos en el mismo surco, en el mismo arado». Alguien decía que somos ángeles con una sola ala y solo podemos volar abrazados. Jesús es mi otra ala, mi «cirineo», unido a mis amores, a mi fatiga, a mis sueños, el verdadero maestro que no impone obligaciones, sino alas. 

Tomad mi yugo, es decir, tomad sobre vosotros la novedad fresca y palpitante, nueva y alternativa del Evangelio, que es oxígeno, que nunca hiere lo que está en el corazón del hombre, que nunca prohíbe lo que da alegría y vida al hombre. 

Y comprenderéis la ley profunda, la corriente cálida que corre bajo todas las páginas del libro de la existencia, las fecunda, las colorea. Y las hace perfumar de Reino y de Vida. 

En la casa del Padre hay muchas moradas. Hay un lugar en el principio de todo, un lugar cálido, familiar, que me pertenece, una casa —no un templo— con su mesa y su banquete, cuyo secreto basta para consolar el corazón: «No se turbe vuestro corazón». Allí vive alguien que no se imagina sin nosotros y nos quiere con Él. 

El amor conoce muchos deberes, pero el primero es estar junto al amado. «El amor es pasión por unirse al amado» -Santo Tomás de Aquino-. Una pasión capaz de atravesar la eternidad. Es Dios mismo quien dice a cada uno de sus hijos: mi corazón solo está en casa junto al tuyo. 

«Señor, ¿cómo llegamos allí?» «Yo soy el camino». La Biblia está llena de caminos, de vías, de senderos, llena de futuro y de esperanza: ante el hombre no hay un no-camino, sino un abanico de caminos. Jesús lo especifica: el camino soy yo. 

No hay, pues, un camino, sino una persona a seguir: seguir sus huellas, imitar sus gestos, preferir a las personas que Él prefería, oponerse a lo que Él se oponía, renovar sus opciones. 

Su camino conduce a una nueva forma de custodiar el mundo, la historia, la creación… y el corazón. «Yo soy la verdad». El cristianismo no es una doctrina o un sistema de pensamiento, sino una persona y su movimiento amoroso, gratuito libre entre las cosas. 

La verdad es lo que arde. Las manos y los gestos de Jesús que arden en una vida inseparable del amor, que antepone al hombre al sábado, a la persona a la verdad, que hace la verdad con amor: la verdad sin amor es una enfermedad de la historia, una enfermedad de la vida que nos enferma a todos de intolerancia. 

«Yo soy la vida». Yo soy la fuente, el camino y la meta de la vida. Palabras enormes, que ninguna explicación puede agotar o encerrar. Palabras ante las que siento vértigo: el misterio del hombre solo se explica con el misterio de Dios. Mi vida solo se entiende con la vida de Jesús. 

En mi existencia hay una ecuación: más Dios equivale a más yo; si Dios no es, yo no soy. Cuanto más entra el Evangelio en mi vida, más vivo. Hasta afirmar como Pablo: para mí, vivir es Cristo. 

La vida es todo lo que podemos poner bajo este nombre: futuro, amor, hogar, pan, fiesta, descanso, deseo, ... Por eso lo espiritual y lo real coinciden, la fe y la vida, lo sagrado y la realidad tienen la misma fuente: el abismo de un corazón. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El corazón, lugar del combate espiritual.

El corazón, lugar del combate espiritual

El corazón es un órgano situado en el centro de nuestro cuerpo que, en su dinámica biológica, late para enviar sangre a todas las partes de nuestro ser. El corazón, que marca nuestra vida pero también nuestra muerte, no es solo un órgano fisiológico de nuestro cuerpo, sino que también es para nosotros un símbolo siempre elocuente, porque con esta palabra nos referimos a una realidad mucho más amplia que un músculo decisivo para nuestra vida. 

Sí, sentimos el corazón como el órgano central de la vida interior, como la fuente de las múltiples expresiones de la vida espiritual, y por eso está situado, por así decirlo, en el «yo profundo». Se me permita también una observación que puede sorprender: el corazón es el único órgano del cuerpo que no es invadido por la proliferación del cáncer. ¿No es esto ya un misterio o, si se quiere, un enigma? 

Al tratar de conocer qué es el corazón en la Biblia, en la tradición sapiencial de Israel y luego en los escritos del Nuevo Testamento, nos damos cuenta de que el término «corazón» tiene resonancias que no son idénticas a las de nuestro lenguaje actual. 

Cuando en nuestro contexto sociocultural hablamos del corazón, nos referimos ante todo a la vida afectiva, a las emociones, a los sentimientos que tienen su sede en el corazón: «Nuestro corazón ama u odia, nuestro corazón es tierno o es cerrado, nuestro corazón acoge o rechaza», solemos decir. 

En el lenguaje bíblico, en cambio, el corazón tiene un significado mucho más amplio, ya que designa a toda la persona en la unidad de su conciencia, de su inteligencia, de su libertad; el corazón es la sede y el principio de la vida psíquica profunda, indica la interioridad del hombre, su intimidad, pero también su capacidad de pensamiento; el corazón es la sede de la memoria, es el centro de las operaciones, de las elecciones y de los proyectos del hombre. En una palabra, el corazón es el órgano que mejor representa la vida humana en su totalidad. 

El corazón es el «lugar» espiritual de la presencia de Dios (y por eso se dice tópos toû theoû en la tradición bizantina, domus interior en la latina), es el lugar donde Dios habla, educa, juzga, se hace presente y habita en aquel que, precisamente, le «abre el corazón»: esta última expresión es significativa para decir cómo y dónde acogemos la presencia del Señor, cómo nos disponemos a la comunicación y al amor. 

Antoine de Saint-Exupéry escribió: «Solo se ve bien con el corazón». La Biblia presenta esta misma verdad aplicándola más bien a los oídos, o mejor dicho, a los «oídos del corazón»: todo el actuar, el sentir y el pensar del hombre nace del corazón, por lo que es el corazón el que debe ser alcanzado en primer lugar por la Palabra de Dios y ponerse a su escucha. 

Por lo tanto, es evidente por qué el centro de la oración de Israel, el mandamiento de los mandamientos, es: Shema' Jisra'el, «Escucha, Israel» (Dt 6,4), que ha adquirido una importancia teológica incomparable, al convertirse en la confesión de fe cotidiana del creyente judío. 

Escuchar es la operación primaria del hombre ante Dios, hasta tal punto que se puede afirmar que si por parte de Dios «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1), para el hombre «en el principio es la escucha». Pablo podrá decir en este sentido que «la fe nace del escuchar» (fides ex auditu: Rom 10,17), pero de un escuchar que solo alcanza su plenitud en el corazón. 

No se escucha solo con los oídos propiamente dichos, porque esto equivaldría simplemente a oír un sonido, a oír palabras; se escucha verdaderamente cuando las palabras de Dios descienden a lo más profundo del corazón y allí son acogidas, meditadas, recordadas, pensadas, relacionadas entre sí, interpretadas y guardadas con perseverancia, de modo que, gracias a su dinamismo, se convierten en acción. 

Sin esta cualidad de vida interior, la escucha es vana, ilusoria; es más, es mortal, porque cuando no hay verdadera escucha, se abre el camino a la terrible experiencia que los profetas definían como sklerokardía (Jer 4,4; cf. Ez 3,7; Sal 94 [95],8), dureza de corazón. 

Hay que tener cuidado: escuchar, o mejor, oír la Palabra de Dios con los oídos y no escucharla verdaderamente con el corazón, o incluso contradecirla, no es una operación que deja las cosas como antes de este acontecimiento. Esto causa esclerocardía porque la Palabra de Dios es siempre eficaz y nadie, una vez alcanzado por ella, conserva su situación inicial. 

Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos, «la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta la articulación y la médula, y discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón» (Hb 4,12). Salva o endurece, con un efecto multiplicador y progresivo, el corazón del hombre: tertium non datur! 

También Jesús habló del riesgo de la esclerocardia. A los fariseos que le preguntaban sobre la posibilidad del divorcio y citaban a favor la posibilidad concedida por Moisés (cf. Dt 24,1), Él respondió: «Por la dureza de vuestro corazón (sklerokardìa) escribió para vosotros esta norma» (Mc 10,5; cf. Mt 19,8). Y después de la resurrección, Jesús reprende a los Once por «su incredulidad y dureza de corazón (sklerokardìa)» (Mc 16,1). En otro lugar, el Evangelio alude a la realidad de la dureza de corazón con un término diferente: Jesús, en polémica con los religiosos, se muestra «entristecido por la pórosis de sus corazones» (Mc 3,5; cf. también Ef 4,18). 

Sin embargo, el Nuevo Testamento nos ofrece también algunos modelos positivos de escucha con el corazón. 

En primer lugar, el de María, la madre de Jesús, que «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19), que «guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51): como sierva obediente, escuchó la Palabra de Dios (cf. Lc 1,38) hasta concebirla, hasta darle carne en su seno. 

Luego está el ejemplo de María de Betania, que «escuchaba la palabra de Jesús sentada a sus pies» (Lc 10,39), y por eso «escogió la mejor parte» (Lc 10,42). 

Pensemos también en Lidia, a quien «el Señor abrió el corazón para que atendiera a las palabras de Pablo» (Hch 16,14). Esta acción de abrir el corazón, expresada mediante el verbo dianoíghein, expresa una acción terapéutica operada por la gracia de Dios. Encuentra un paralelismo significativo en el último capítulo del evangelio según Lucas, donde este verbo se utiliza tres veces para significar la apertura de los ojos de los dos discípulos que caminan hacia Emaús: «¿No ardía nuestro corazón mientras él nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). 

Si el corazón es el lugar de nuestro posible encuentro íntimo con Dios, es también la sede de las codicias y pasiones fomentadas por el poder del mal. 

El corazón del hombre es el lugar donde se enfrentan los ataques de Satanás, el Divisor que «como león rugiente anda buscando a quien devorar» (1 P 5,8), y la acción de la gracia de Dios. 

Es una experiencia común, que la Biblia se limita a registrar: el corazón puede carecer de inteligencia, incapaz de comprender y discernir (cf. Mc 6,52; 8,17-21); puede cerrarse a la compasión (cf. Mc 3,5), alimentar el odio (cf. Lv 19,17), la envidia y la codicia (cf. St 3,14); puede ser mentiroso y «doble» (dípsychos: St 1,8; 4,8), adjetivo que traspone al griego la expresión del Salmo «un corazón y un corazón» (lev va-lev: Sal 12,3). 

Es más, es posible extender a todo pecado la penetrante síntesis que Jesús hace sobre el adulterio: «Todo el que mira a una mujer para desearla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28). 

Ahora bien, si es cierto que muchos pecados, como el adulterio, a menudo se quedan en el nivel de proyectos de nuestro corazón (¡casi siempre por miedo a las posibles consecuencias!), el criterio de juicio adoptado por Jesús es radicalmente diferente: para Él, la sola impureza del corazón es ya una grave contradicción con la comunión con Dios. 

Él sabía que, mucho antes de realizarse exteriormente y de conducirnos por caminos mortíferos, todo pecado ya se ha consumado en nuestro corazón. Debemos, pues, tomar conciencia de que en nuestro corazón se libra cada día una lucha: estamos llamados a elegir entre acoger y hacer fructificar la Palabra de Dios sembrada en él (cf. Mc 4,1-9 y par.), o dejarnos dominar poco a poco, hasta dejarnos vencer sin oponer resistencia, por la esclerocardia, esa insensibilidad hacia Dios y hacia los demás que nos hace vivir encerrados en nosotros mismos. 

En esta lucha, una función decisiva corresponde a la actividad descrita anteriormente, la escucha de la Palabra de Dios practicada en nuestro corazón. ¿Cómo luchar para escuchar la Palabra? 

Nos lo indica la explicación de la famosa «parábola del sembrador» (cf. Mc 4,13-20 y par.). Hay que saber interiorizar la Palabra, luchando contra la distracción, porque, de lo contrario, como la semilla sembrada a lo largo del camino, queda ineficaz y no produce el fruto de la fe; hay que dar tiempo a la escucha, perseverar en ella, luchando contra la inconstancia, porque, de lo contrario, la Palabra, como la semilla sembrada en terreno pedregoso, no da el fruto de la profundidad y la solidez de la fe personal; por último, hay que luchar contra las preocupaciones, contra las otras «palabras» y los «mensajes» seductores de la mundanidad, porque, de lo contrario, la Palabra, como la semilla sembrada entre espinos, es ahogada, queda estéril y no llega a dar el fruto de la madurez de la fe del creyente. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Nada humano es indiferente al corazón.

Nada humano es indiferente al corazón 

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús también nos sitúa ante el corazón palpitante del Evangelio. A ese corazón radical pero en sentido etimológico: un Evangelio que brota de las raíces y permanece ligado a ellas; en otras palabras, un Evangelio más cristiano auténtica y valientemente evangélico. No hay verdadera fe cristiana y evangélica en la historia y en el mundo si no brota de una escucha radical de la Palabra, si no nace de captar y derivar la capacidad de leer el tiempo, de escuchar al Espíritu y, sólo entonces, indicar caminos y horizontes para el camino. 

Cuando experimentamos un cansancio de la mirada -que seguramente es también un cansancio de la escucha- también porque a menudo hemos sumergido la raíz evangélica y la hemos enterrado progresivamente bajo nuestras fatigas, nuestras pérdidas, nuestras prerrogativas, nuestros razonamientos "correctos", nuestros cultos, nuestras estructuras, nuestros miedos. Tal vez hemos ahogado la raíz porque le hemos puesto tanto material humano, confundiéndolo con divino, que le hemos impedido dar fruto. En nuestro afán y arrogancia por saber ya, hemos sido muy poco radicales, sustituyendo lo pasajero y no esencial por lo que está en el corazón del cristianismo: una buena relación con el Dios encarnado, una relación íntima y luego abierta al mundo, que gira en torno a Cristo resucitado. 

El anuncio auténtico y genuino del Evangelio está llamado a seguir reproduciendo en el cristiano aquel corazón a corazón del encuentro con el Cristo del Evangelio. Hay, en el fondo, un corazón a corazón -cor ad cor loquitur, citando a San John Henry Newman- con el Cristo del Evangelio, con el corazón del Dios encarnado, muerto y resucitado, con el corazón del Año de Gracia del Reino de Dios. Esa es la verdadera fuente de la profecía que necesitamos, y de ahí viene la apertura al Espíritu, que luego se convierte en movimiento hacia el exterior. Nada en el mundo nos dará la bondad de Cristo, excepto Cristo mismo. Nada en el mundo nos dará acceso al corazón de nuestro prójimo si no hemos dado a Cristo acceso a nuestro corazón. 

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es también una invitación, tan directa como saludable, a detenernos en la "radicalidad" de nuestro ser cristiano: que no es radicalidad de ideología ni de acción sino que es la radicalidad de acceso al corazón, es decir, la voluntad de hacernos y ser accesibles en nuestro corazón. Todo lo demás, me parece, es oropel, accesorio, secundario. Pero a menudo, en la vida cotidiana eclesial y en la espiritualidad cristiana, tendemos a confundir la floritura con la raíz de la fe. 

Hace ya unos años, allá por noviembre de 2016, en una peregrinación a Tierra Santa presidí la celebración de la Eucaristía en la Iglesia del Dominus flevit. La denominación de aquella Iglesia recuerda el llanto de Jesús ante la ciudad de Jerusalén (episodio conocido como Flevit super illam es decir "El Señor lloró sobre ella" [la ciudad] en latín), como se menciona también en el Evangelio (cf. Lc 19, 41-44). El interior de aquella Iglesia está dominado por una gran ventana colocada a la altura del altar mayor desde donde se puede contemplar la ciudad de Jerusalén. 

Un corazón que se conmueve y que también "puede llorar". Para qué nos sirve un Señor… o una Iglesia así que "puede llorar". Me pregunto tantas veces ¿para qué sirve la Iglesia? Para anunciar y dar testimonio del Evangelio en el mundo, ciertamente; pero ¿cómo? La idea que solemos tener de la Iglesia es una idea en la que solemos ver a la Iglesia esencialmente como custodia y proclamadora de verdades. Verdades que deben ser afirmadas y reafirmadas, so pena de fracasar en su misión. Y me pregunto, ante el Sagrado Corazón de Jesús, si ésta es realmente la auténtica visión de la tarea de la Iglesia. Y, sobre todo, me pregunto si éste es realmente el modo de ser fieles a la misión de Jesucristo, aspecto del que -estoy convencido- la Iglesia de todos los tiempos no puede prescindir. Es decir, a la forma en que entendió y llevó a cabo su ser Hijo de Dios. 

El Hijo de Dios pasó treinta años de su vida en total clandestinidad, sin decir nada, sin proclamar ninguna verdad, sino sólo compartiendo la vida de todos. Seguramente, también educando y aprendiendo la inteligencia de un corazón que se emociona, se conmueve y llora. Lo esencial, tantas veces lo hemos dicho, es invisible a los ojos… si no son los ojos del corazón. El Hijo de Dios realizó un primer gesto público poniéndose en la fila de los pecadores para recibir el bautismo, pidiendo perdón por pecados que nunca cometió, con la única intención de hacerse semejante a los pecadores. Un Hijo de Dios que pasó por las aldeas de Galilea haciéndose cercano a los que encontraba con sus gestos de atención y de curación antes que con sus palabras. Ciertamente, es un Jesús que no retrocedía cuando había que levantar la voz contra la injusticia, contra la hipocresía, contra la mojigatería de quienes pretendían considerarse justos en detrimento de los demás; pero que ante el dolor y el sufrimiento, en todas sus formas y variantes, Jesús se quedaba sin palabras, conmovido, con el corazón traspasado, y lloraba. Él lloró, como lo ha hecho, lo hace y lo hará todo el mundo. Y actuaba y hablaba como sólo Él podía hacerlo, entregando amor y devolviendo la vida. 

¿De qué sirve un Dios con un corazón que llora? ¿De qué sirve un corazón tan compasivo como tan impotente? Probablemente es la misma pregunta que se hacían, y respondían, los que gritaban bajo la cruz "¡Baja y te creeremos!". Si quieres que te creamos, ¡baja de la cruz! Si quieres ser un dios útil, un dios que nos importe, ¡debes bajar de ahí! Debes decirnos la verdad frente a la muerte; no puedes dejarnos a merced de nuestro sufrimiento, de nuestro dolor. No podemos pensar que un Dios que muere, un Dios que llora, un Dios que grita 'Padre por qué me has abandonado', nos sirve realmente para algo. 

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús me recuerda también que no siempre tenemos una palabra. Y que tampoco tenemos la "última" palabra -tamquam definitive tenendam- que explique y agote el misterio. Y, sin embargo, sí hay un corazón en el que cabe todo, alegría y dolor, risa y llanto,… Sí hay un corazón capaz de conmoverse mostrando un amor y compartiendo y comunicando vida. 

El Sagrado Corazón de Jesús es para mí una imagen entrañable. Era la imagen querida de mi difunta madre, su devoción más devota, emocionada y sentida. Era la imagen que presidía el salón de la casa que hacía de lugar de encuentro familiar. Es la imagen que también me recuerda en otra forma de ser Iglesia. Porque coincide con la manera que Jesús eligió para ser el Hijo de Dios en la tierra. No un Dios que resuelve nuestros problemas, no un Dios que nos pone en la cara soluciones fáciles para ser creídas intelectualmente, sino un Dios que se hace compañero de itinerario, que no nos aparta del vacío, del sinsentido, del abandono que nos coge cuando nos toca la muerte, sino que nos tiende la mano para que los atravesemos no solos sino junto a Él; que los experimentó primero y por eso es creíble, incluso cuando nos susurra al oído que todo esto no es la última palabra. De un Hijo de Dios en el que todo lo humano encontraba eco en su corazón. 

Y sigo soñando con una Iglesia así, no sólo de palabra: una Iglesia que sepa dejar entrada en su corazón aquello sublimemente humano y divino; que sepa ser compañera de viaje, presencia que comparte y comprende cada situación humana, con pocas verdades pero mucha compasión en el corazón y mucha esperanza en la mirada, en las manos, en los labios; que sepa no decir sino hacer experimentar a cada ser humano, preferiblemente con sus gestos y cuidados, lo que significa que Dios no abandona y que se hace compañero de cada itinerario porque todo encuentra eco en ese corazón sabio porque es un corazón abierto y traspasado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Las fiestas del realismo de la encarnación… cuerpo… sangre… corazón.

Las fiestas del realismo de la encarnación… cuerpo… sangre… corazón

En estos días, la liturgia nos conduce a través de dos fiestas un tanto peculiares, a primera vista difíciles de descifrar y casi pertenecientes a otro tiempo y quizá a otra fe: la fiesta del "Corpus Christi" (el pan consagrado, signo vivo y real de la Eucaristía celebrada) y la fiesta del "Sagrado Corazón de Jesús" (del que manaron "sangre y agua", en la cruz). 

Si vamos más allá del lenguaje, es más, si nos adentramos en él, descubrimos que la realidad de estas dos fiestas es profundamente antropológica: la experiencia cristiana -que tiene su origen en un misterio de encarnación- no se contenta con ofrecer palabras y rituales, vislumbres del Cielo y gestos "sagrados", sino que se contamina con la verdad de nuestra existencia. Y estamos hechos de carne, sangre, corazón, alimento que nos alimenta y se convierte en signo profundo de compartir y cuidar, de don recibido y ofrecido. 

El hecho de encontrar -al comienzo de nuestro camino espiritual- el gesto de Cristo que se toma a sí mismo, totalmente, y se hace buen pan (y vino) para nuestra existencia, que ama hasta consumirse, hasta no guardarse nada, y que -cada vez que nos encontramos en su nombre- rompe la eternidad de Dios en las migajas de nuestra finitud, nos ayuda a no caer en el engaño de pensar que la fe es ante todo un ejercicio de virtud, una valentía para realizar actos "que Dios quiere", una voluntad que se doblega y se somete a Alguien que percibo por encima de mí, confusa, impersonalmente. 

Al principio está la obediencia: no la obediencia intelectual o mecánica, sino la de ser amado, llamado, convocado. La obediencia de no haber elegido, sino de haber sido elegido. La obediencia de encontrar un don que nos precede, un alimento que nos nutre y nos reclama como esencial, necesario. 

En esta obediencia, en este estar sobrecogidos por el Amor que Jesús nos muestra, sentimos la profundidad del alma de Dios, que se derrama en el alma de su Hijo, que nos inunda con el don del Espíritu. El corazón de Jesús no es sede de buenos sentimientos, sino de decisiones, de libertad que arraiga y da fruto, de pasión que se abre al dolor y a la fragilidad del ser humano y no se deja avasallar, sino que con humildad se pone al servicio. 

El discípulo mira a Jesús, a las manos que acarician, curan, consuelan; que parten el pan y derraman el vino, que están clavadas. Y ve el corazón del Hijo del hombre que le llama a tener un corazón grande, no temeroso, no acorazado, no "esclerótico". Como se lee en la encíclica Deus Caritas est: "Toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor que busca el bien integral del hombre. No es una agenda corporativa, sino una necesidad, una urgencia. Es ser transformados y no poder escapar a la Palabra que nos envía. Es carne, sangre, corazón. Es sobreabundancia de vida". 

Estamos contigo, Maestro, como los discípulos de Emaús, recorriendo los caminos de la historia. Tú nos haces descubrir el verdadero sentido de nuestro vivir, nos invitas a quedarnos contigo para descubrirte como amor que se entrega. Te buscamos Maestro, queremos encontrarte en las pequeñas cosas de nuestra vida, alcanzarte todas esas veces en que pareces lejano. Te buscamos, te anhelamos, y en cambio estás aquí, habitas en ese lugar que tan poco conocemos de nosotros: nuestro corazón. Un corazón cansado, distraído, que hemos convertido en piedra. Tú, en cambio, lo conoces y te compadeces de él: conoces nuestros miedos, nuestras limitaciones, nuestras incoherencias, nuestras debilidades. Nos acoges así, sin pedirnos nada, te haces nuestro compañero de camino: ¡te haces pan para nosotros! Te rogamos, Señor: permítenos que, al presentarnos ante ti hagamos sitio a tu presencia. Que también nuestros corazones se inflamen y sepamos reconocerte siempre en los caminos de la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El abismo del Sagrado Corazón de Jesús.

El abismo del Sagrado Corazón de Jesús

Todo me ha sido dado por mi Padre; nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. 

“Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos”. La invitación se dirige no sólo a los cansados y oprimidos, sino a todos, puesto que todos estamos cansados y oprimidos. 

Es, incluso, un arrebato de emoción. 

No dice «todos los que sois buenos». 

No dice «todos los que sobresalís». 

No dice «todos los que sois justos». 

Si alguien queda excluido, son los «sabios y entendidos». 

Tenemos derecho a ser primero invitados y luego acogidos por el Hijo, y más tarde admitidos a conocer al Padre, simplemente porque estamos «cansados y oprimidos». 

¿Quién puede apreciar más la acogida de un refugio de alta montaña que quien llega allí exhausto al final de una jornada de marcha, tal vez bajo un sol abrasador o a través de una inesperada y machacona tormenta? 

¿Quién puede apreciar más los brazos abiertos de un puerto que quien desembarca en él con su frágil embarcación, contra la que ha arreciado una tormenta más fuerte que sus mástiles? 

¿Quién puede apreciar la sombra de un oasis más que el caminante que ha multiplicado los pasos inútiles por las pistas inciertas y sinuosas de una travesía del desierto? 

¿Quién puede agradecer la sencillez del agua más que el sediento? 

¿Quién puede saborear la modestia del pan más que el hambriento? ¿Quién la gratuidad de una mano tendida más que los oprimidos que sólo han conocido pies sobre sus cabezas? 

Cansados y oprimidos: lo justo para ver la invitación de Jesús entregada en un sobre evangélico: «Venid a mí». 

Es la acogida que Jesús extiende con los brazos abiertos a quienes sólo tienen el título de estar vivos y marcados por la «fatiga de ser hombres». 

No es la recepción de una sala de urgencias, aunque sea de rescate. 

No es la acogida de un campo de refugiados, aunque todos somos refugiados. 

No es la acogida de la recepción de un hotel, aunque todos somos caminantes que vivimos en albergues temporales. 

A nosotros, cansados y oprimidos, Jesús nos ofrece la acogida... bajo el mismo yugo. 

Leyendo la invitación de Jesús sólo en esta dirección, podríamos sospechar que nos encontramos ante una emboscada, además orquestada contra los cansados y oprimidos: venid a mí... para recibir un yugo sobre vuestros hombros. 

Invirtiendo el sentido de nuestra lectura, podemos comprender que Jesús nos invita a tomar sobre nuestros hombros el yugo que ya está sobre los suyos. 

Él ya ha conocido el cansancio y las opresiones de la vida, que postran y secan las ganas de vivir. 

No me pide que lleve el yugo en su lugar, sino que le ayude a llevar el suyo, aceptando hacerlo también mío. 

Es la invitación a no querer llevar solos el yugo, corriendo el riesgo de morir, ni a pedir a otros que lo lleven por nosotros (colocándonos en la incómoda posición de deudores), sino a aceptar sumarnos bajo el que él ya lleva. 

Es el yugo de la obediencia filial, que aprendemos del Jesús manso y humilde «de corazón». Él es el primero en llevar este yugo. Es Él quien lo hace dulce y ligero de peso, porque lo lleva con nosotros. 

«El que guarda mis mandamientos y los observa, ése es el que me ama. El que me ama será amado por mi Padre, y yo también le amaré y me manifestaré a él». 

El yugo, no siempre suave, de la obediencia nos manifiesta al Hijo y, a través de él, se nos da a conocer al Padre. 

La mansedumbre y la humildad de corazón se resumen en el amor: «El que me ama será amado por mi Padre, y yo también le amaré y me manifestaré a él». 

Es el amor el que nos permite conocer al Hijo por lo que es: hijo de un padre. 

Es el amor el que nos permite conocernos y aceptarnos como lo que somos: hijos. 

Es el amor lo que hace sagrado el Corazón de Jesús. Es el amor el que hace sagrado nuestro corazón. Participando, como llegamos a ser, del amor que hay en Dios, fuente de su santidad. 

Creer en el corazón sagrado que nos es dado compartir con el Sagrado Corazón nos permite revalorizar la interioridad, la nuestra y la de todos. 

Interioridad entendida no sólo como opuesta a la exterioridad, sino precisamente como fe-confianza en la bondad radical de cada uno. La mía y la de los demás hombres y mujeres que luchan por la vida.

Si el amor es nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón. 

Para «adquirir» -si se puede llamar así- este tesoro estaré dispuesto a «vender» todo lo demás. Y seguir a Jesús, es más, tomar con Él su mismo yugo -la obediencia al amor- para caminar en esta vida hacia el Reino. 

¿De qué me serviría poseer el mundo entero si perdiera mi corazón? ¿De qué me serviría poseer los reinos de este mundo si no encontrara el Reino de Dios, el Reino del amor? 

La humildad de corazón, en la mansedumbre, está en el origen de toda fraternidad. Desde la de nuestras comunidades hasta la fraternidad universal. No es una virtud instrumental (para «llevarse bien»), sino una actitud fontal. 

En la fraternidad compartimos nuestra riqueza, la del corazón, en lo más profundo. 

De corazón a corazón, como el discípulo amado por Jesús, escuchamos y obedecemos su palabra. 

Llevando el yugo de la obediencia mutua, soportando los unos las cargas de los otros, unidos en el Sagrado Corazón de Jesús cultivamos la viña del Señor, hacemos fructificar su palabra, su mandamiento, para que y hasta que venga el Reino de Dios. 

El Sagrado Corazón 

El acceso privilegiado a los tesoros de la gracia en el Corazón de Jesús se abre ante nosotros si liberamos nuestra mirada sobre lo «sagrado» de las estrecheces de una perspectiva «sacral». 

La historia de la teología, la espiritualidad e incluso la devoción han alimentado y cimentado una idea de lo «sagrado» como prerrogativa de lo totalmente otro, intangible e incluso incomunicable. 

Todo intento de alcanzarlo se ha considerado una profanación. Todo intento incluso de poseerlo ha sido sospechoso de magia. Demasiadas mortificaciones en nombre del Santo, cuando el Santo quiere la vida para nosotros. 

Jesús, el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre derriba el muro de separación entre nosotros y el Santo y convierte al Santo mismo. 

Por su misma encarnación, antes incluso que por ninguna de sus palabras, Jesús transforma la distancia en proximidad, la separación en comunión, el recelo de ver o incluso tocar a Dios en «tomad y comed». 

La vida de Jesús está entretejida de encuentros. Los propios Evangelios son esencialmente relatos de encuentros, empezando por el primer acercamiento en el anuncio a María, donde el Altísimo cubre con su sombra las profundidades de lo humano. María, la nueva arca, acoge no las palabras escritas en piedra, sino al Verbo hecho carne de su carne. 

Aquel que habitaba en el Santo de los Santos, inaccesible salvo bajo la condición de un riguroso ritual despersonalizador, habita ahora en el seno de una mujer, espacio de acogida ofrecido a aquel que los cielos no pueden contener. 

Los encuentros históricos de Jesús adulto revolucionan la categoría de lo sagrado y lo inaccesible. 

En Jesús, el Santo no sólo se hace accesible, sino que, cuando encuentra a los hombres -no sólo a los humanos-, los envuelve con su gracia. 

Jesús manifiesta su santidad -y, por tanto, la santidad de Dios- no como un espacio separado, infranqueable e inaccesible, sino como un espacio acogedor que atrae hacia sí y conduce a las profundidades de la Trinidad. 

La santidad de Jesús se manifiesta en este espacio de acogida, en el que uno se hace partícipe de su santidad, que no es otra cosa que amor. 

Y en este espacio emerge, florece, la santidad que ya está en la persona encontrada, por la imagen de Dios que la marca en lo profundo, indeleble de las faltas. 

Y lo que florece no viene de fuera, de la acción de Jesús, sino del corazón de la persona misma. Jesús no añade: educa. 

«Vete, tu fe te ha salvado» es el resultado frecuente de los encuentros. 

Es lo que me gusta pensar cuando hablamos del Sagrado Corazón de Jesús: el espacio íntimo, central, profundo de la persona de Jesús que cobija en sí a quien encuentra y hace florecer en él lo más sagrado de su corazón: confianza, vida, amor. 

La «cordialidad» de los encuentros con Jesús no es, pues, sólo afectiva, sino efectiva. No es sólo un buen sentimiento -por mucho que lo sea-, sino una 'buena acción' de Dios. Una cre-ación. 

En este sentido, el milagro que florece en muchos de los encuentros con Jesús no es extra-ordinario, sino intra-ordinario, como si estuviera en la naturaleza de las cosas o más bien de las personas, como está en la naturaleza de las cosas que de la rama brote el capullo, luego la flor, luego el fruto. 

En esto consiste nuestra acogida. No es regalar la semilla, no es regalar el fruto, sino ofrecer un espacio hospitalario, una tierra buena, en la que quien es acogido por nosotros pueda cultivar y hacer florecer esa semilla que ya lleva. 

Nuestra acogida se sustancia hoy en el Sagrado Corazón de Jesús, y en este sentido es cordial. Es el corazón de nosotros mismos, el centro de nuestra persona y de nuestra existencia que se ofrece como espacio acogedor que permite florecer al otro. 

La cordialidad no es sólo un rasgo de creacionalidad. Es más bien una dimensión fundamental de la criatura que, acogida en el Sagrado Corazón de Dios mismo, se hace acogedora y bendiciente hacia Dios y hacia sus hermanos y hermanas. 

El Sagrado Corazón de Jesús es el espacio eucarístico en el que Él se hace pan para la vida, para toda vida, para que toda vida sea consagrada. 

El Sagrado Corazón de Jesús, ya para siempre en la Trinidad, hace que la Trinidad sea puramente acogedora. Cóncava como un vientre, y como un vientre no pasivo, sino fecundo. 

Envueltos en el amor de Dios, acogidos en el ‘sint unum’ que hay en la Trinidad nos hacemos corazón sagrado, espacio santo, espacio eucarístico porque tenemos vida y la tenemos en abundancia. La que nos ha regalado la Vida gracia tras gracia. 

¡Dios, qué abismo de generosidad! (Rm 11, 33ss). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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