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domingo, 2 de agosto de 2026

A la altura de la calorina.

A la altura de la calorina 

Estamos acostumbrados a medir el calor con el termómetro. Deberíamos empezar a medirlo con la cartera. Porque el verano abrasador ya no es un fenómeno meteorológico: es un nuevo actor económico, un factor social, un multiplicador de fragilidad. 

Es un impuesto que no se ha votado ni debatido, pero que ya está en vigor. Y cada año aumenta. El calor se cuela en los hogares, en los cuerpos, en las cadenas de suministro, en los presupuestos familiares. No pide permiso. No espera. No hace descuentos. 

En los días en que se superan los treinta y cinco grados, las ciudades cambian de ritmo. Las persianas se bajan como párpados cansados, los ventiladores giran como aspas de molinos agotados, los aparatos de aire acondicionado zumban como un segundo latido del corazón. 

Cada grado más es un euro que se va: facturas que suben, medicamentos que se encarecen, visitas médicas que se multiplican. Las personas mayores que viven solas en el centro —aquellas a las que ya se ha clasificado en los grupos de riesgo «alto» y «muy alto»— viven el calor como una presión física. El termómetro marca treinta y seis, pero el cuerpo siente cuarenta. 

Cada ola de calor es una prueba de resistencia, y cada prueba tiene un coste sanitario que no aparece en los presupuestos municipales, pero que pesa y mucho. El calor no es solo una temperatura: es una sustracción. Sustrae energía, sustrae salud, sustrae seguridad. Y cada sustracción se convierte en un coste que nadie ha previsto, pero que todos deben pagar. 

Hemos descubierto que el calor es un adversario silencioso. Cada día en el que se superan los treinta y cinco grados es media jornada perdida, como si el clima hubiera convocado su propio conflicto laboral, sin sindicatos y sin negociación. 

Y luego están los costes invisibles: climatizar naves enormes, refrigerar las líneas de producción, proteger a los trabajadores al aire libre. La factura energética se convierte en un nuevo capítulo del balance empresarial. El calor ya no es un fenómeno estacional: es un factor económico que modifica la estructura de los costes. 

En los valles, el calor no es solo una temperatura: es una sustracción de futuro. Maíz que crece mal, forrajes que se queman, ganaderías que producen menos leche. El calor entra en los establos como un invitado indeseado: no grita, no hace ruido, pero quita. Quitar es su forma de expresarse. 

Cada litro de leche menos es una señal que recorre la cadena de suministro hasta llegar a los mercados y las familias. Cada riego adicional supone un coste. Cada cosecha comprometida es una pérdida irrecuperable. 

El termómetro mide el calor, pero es la cartera la que mide la pérdida. Y el sector agrícola, ya de por sí frágil, descubre que el clima se ha convertido en un actor económico que no se puede ignorar. 

Aunque la ciudad sea fuerte el verano abrasador la enfrenta a una verdad sencilla: la fuerza no basta. Se necesita una red de apoyo, se necesita atención, se necesita prevención. Porque el calor no afecta a todos por igual: elige a los más solos, a los más mayores, a los más expuestos. 

En algunos municipios predominan los hogares unipersonales, a menudo de personas mayores que viven solas: son los más vulnerables a las olas de calor. Cada medida que no se toma se convierte en un coste social que se acumula como un impuesto no declarado. 

El calor se convierte en un indicador de desigualdad: muestra quién tiene recursos y quién no, quién puede protegerse y quién queda expuesto. Y la ciudad, que ya ha conocido la fragilidad en otras formas, descubre que el clima es una nueva línea de fractura. 

El calor extremo aumenta el consumo eléctrico y obliga a realizar inversiones: aparatos de aire acondicionado, protecciones solares y rehabilitaciones energéticas. Las inversiones en climatización y energía fotovoltaica ascienden a miles de millones a nivel nacional, con unos costes energéticos adicionales igualmente elevados. 

La cuota local de este «impuesto climático» es especialmente elevada: naves industriales, talleres, tiendas y oficinas deben refrigerarse durante más tiempo y con mayor intensidad. El calor ya no es un fenómeno estacional: es una partida de gastos. Y cada verano abrasador añade una línea al presupuesto familiar y empresarial. 

El calor no vota, no habla, no firma decretos. Y, sin embargo, decide. Decide quién puede trabajar y quién no, quién puede salir y quién se queda encerrado en casa, quién puede permitirse refrescar su vida y quién debe soportarla. El verano abrasador se ha convertido en un indicador de justicia: muestra quién tiene recursos y quién no, quién puede protegerse y quién queda expuesto. 

El termómetro indica la temperatura, pero la cartera revela la verdad. Y entonces la pregunta se hace inevitable: ¿tiene sentido, en cuestiones medioambientales, esperar a que se tome una decisión a nivel nacional? 

Uno tiene la sensación de que lo que se hace no es suficiente. Y no es suficiente porque el calor corre como un animal herido, y las administraciones lo persiguen con las pesadas botas de la burocracia. 

No basta porque cada administración hace lo que puede, pero el calor hace lo que quiere. Las ordenanzas son hojas de papel frente a un cielo que no conoce tregua. Los protocolos son intentos de poner orden en un fenómeno que carece de orden. Los incentivos son gotas en un sistema que gotea por todas partes. 

No basta porque cada intervención local es un gesto de cuidado, sí, pero también un gesto de soledad: un ayuntamiento que intenta proteger a sus mayores, un valle que intenta salvar sus cosechas, una empresa municipal que persigue la factura como se persigue una deuda antigua. Son acciones necesarias, pero también son señales de una desproporción: el problema es más grande que la mano que intenta contenerlo. No basta porque el calor no es una emergencia: es una estructura. 

Y una estructura no se gestiona con medidas puntuales, sino con una dirección. Una dirección que hoy falta: estable, continua, sistemática… Sin esa dirección, cada intervención es un parche en una herida que sigue abriéndose. 

No basta porque el calor ya es un actor económico, social y sanitario. Y las entidades territoriales deben convertirse en actores políticos a la altura: ya no solo administradores del presente, sino guardianes del futuro climático. 

El calor ya no es un fenómeno natural. Es un coste. Un coste que crece, que se acumula, que se distribuye de forma injusta. El verano abrasador no es un accidente: es una nueva infraestructura económica. Y mientras no lo reconozcamos, seguirá presentándonos la factura. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


viernes, 31 de julio de 2026

Al final de un verano incendiado.

Al final de un verano incendiado 

Hubo un tiempo en el que el ser humano aprendía a reconocer su propia fragilidad observando los cuatro elementos. 

La tierra le enseñaba los límites de la fertilidad, el agua los de la supervivencia, el aire el valor de la respiración y del movimiento. El fuego, por último, representaba a la vez la conquista y el peligro: la luz que permitía habitar el mundo y la fuerza capaz de destruirlo. 

Hoy en día, esos cuatro elementos siguen contando nuestra historia, pero hablan un idioma diferente, un idioma que describe un equilibrio cada vez más precario. 

La tierra está cansada. Consume más de lo que es capaz de regenerar. Pierde materia orgánica, biodiversidad y capacidad para retener el agua. Es el primer archivo de la vida y, al mismo tiempo, la más silenciosa de las víctimas. 

Falta agua, pero no solo falta: llega en el momento equivocado y con la intensidad equivocada. Largos meses de sequía se alternan con lluvias violentas que la tierra ya no es capaz de absorber. 

No es solo el clima el que cambia; es nuestra relación con la tierra la que se ha empobrecido. 

El viento sigue siendo el gran mensajero. Trae semillas, humedad, aromas, vida. Pero cuando se encuentra con paisajes abandonados y vegetación seca, se convierte en el aliado más poderoso de las llamas. 

Es entonces cuando el cuarto elemento cambia de naturaleza. 

El fuego ya no es solo un fenómeno físico. Se convierte en el símbolo de una fractura entre el hombre y el paisaje. 

En estos días de verano, nuestra península ha seguido ardiendo. Arden bosques, matorral, espacios protegidos. Arden casas, explotaciones agrícolas, animales salvajes, recuerdos colectivos. 

Cada verano parece idéntico al anterior y cada verano prometemos que será el último que vivamos en situación de emergencia. Pero seguimos contándonos una historia incompleta. 

Resulta tranquilizador achacarlo todo al cambio climático. 

Es igualmente tranquilizador sostener que la culpa es de las políticas medioambientales.

Ambas interpretaciones, tomadas de forma aislada, acaban ocultando la complejidad del problema. 

El cambio climático no provoca los incendios. Ninguna ola de calor enciende una cerilla. Pero hace que cada chispa sea infinitamente más devastadora, alarga la temporada de incendios, reseca la vegetación y multiplica la velocidad de propagación de las llamas. 

Al mismo tiempo, sería ingenuo ignorar el peso que tienen el abandono de las zonas del interior, la desaparición de la agricultura extensiva, la reducción de los pastos, la falta de mantenimiento ordinario de los bosques, la fragmentación administrativa y, sobre todo, la mano criminal que sigue utilizando el fuego como instrumento de lucro, chantaje o especulación. 

Las llamas son el punto culminante de muchas crisis que se suman. 

Uno pensaría que resulta cada vez más necesario devolver la inteligencia ecológica a nuestras reflexiones y decisiones. 

El verdadero problema es que hemos dejado progresivamente de habitar el paisaje. Durante siglos, los agricultores, los ganaderos y las comunidades locales han construido un mosaico formado por cultivos, pastos, bosques, terrazas, setos, senderos y sistemas hidráulicos. No era solo un paisaje bello. Era un paisaje resiliente, capaz de interrumpir la continuidad del combustible, de retener el agua y de reducir la vulnerabilidad a los incendios. 

Cuando ese mosaico se desintegra, el fuego encuentra continuidad. 

Y donde encuentra continuidad, encuentra velocidad. 

Cada hectárea que arde no solo representa árboles perdidos. Perdemos suelo fértil, biodiversidad, capacidad de almacenamiento de carbono, recursos hídricos, economía rural e identidad cultural. 

Perdemos ese entramado invisible de relaciones que convierte un territorio en una comunidad y no simplemente en un espacio geográfico. 

Por eso los incendios no son solo un problema forestal. Son una cuestión agrícola, medioambiental, social e incluso política. Miden la calidad de las políticas públicas mucho más de lo que miden la eficiencia de los bomberos. 

La prevención no empieza cuando despegan los aviones de extinción de incendios. Empieza mucho antes: en la ordenación del territorio, en el apoyo a la agricultura que cuida las zonas marginales, en el cuidado de los bosques, en la investigación científica, en la educación medioambiental, en la presencia del Estado frente a quienes utilizan el fuego como arma… 

Porque este es precisamente el punto que deberíamos tener el valor de reconocer. 

El fuego no está declarando la guerra a los árboles. Está declarando la guerra al paisaje. Y el paisaje no es simplemente naturaleza. Es la forma que adopta la naturaleza cuando se encuentra con la historia, el trabajo y la responsabilidad de las comunidades humanas. 

Si seguimos considerando los incendios únicamente como una emergencia veraniega, seguiremos apagándolos sin llegar nunca a aprender realmente a prevenirlos. 

El día en que comprendamos que defender el paisaje significa defender la calidad de nuestra democracia, entonces quizá volvamos a controlar el fuego en lugar de limitarnos a perseguirlo. El paisaje no muere cuando llega el fuego. El paisaje empieza a morir el día en que dejamos de habitarlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 29 de julio de 2026

Del fanatismo climático y de la religión climática.

Del fanatismo climático y de la religión climática 

Nos enfrentamos a la última una ola de calor que ya no es una excepción, sino el nuevo paradigma climático. Sin embargo, entre negacionismos encubiertos, inversiones insuficientes y prioridades invertidas, el incumplimiento de la política sigue siendo evidente. 

La ola ya crónica o habitual de calor que nos azota no debe considerarse un mero fenómeno meteorológico anómalo, sino que constituye más bien una prueba tangible de un cambio climático que ya ha entrado en una fase de virulencia palpable. 

En un momento en el que nuestras ciudades colapsan bajo el peso de temperaturas sin precedentes, no nos encontramos ante una simple incomodidad estacional: estamos presenciando la fase en la que una degradación medioambiental se traduce en una emergencia. 

Durante años se hablaba en el debate público de una amenaza diferida que se podía hasta gestionar con una gradualidad tan pasmosa como tranquilizadora. Hoy el calentamiento global rompe cualquier esquema dilatorio. 

El calor extremo ya no llama —esporádicamente— a nuestras puertas, sino que nos habita de forma estructural, revelando en toda su dramaticidad hasta qué punto las instituciones han invertido de forma insuficiente en la prevención, adaptación,…, y la necesaria transformación de las infraestructuras. 

Lejos de generar una mera molestia fisiológica, los picos de temperatura ponen al descubierto nuestra fragilidad y pone de manifiesto la vulnerabilidad de un modelo de vida concebido para un clima que ya no existe. 

Nuestras viviendas fueron diseñadas para retener el calor. Nuestros barrios fueron saturados de hormigón. Por no hablar de nuestras redes de transporte… Todo revela una verdad tal vez ineludible: el colapso climático ya es un hecho plenamente estructural del que no es posible escapar a menos que se sueñe con vías de escape extraterrestres propias de la ciencia ficción (en Marte, por ejemplo). 

Acorralado por las pruebas, el negacionismo no ha desaparecido, sino que ha cambiado de piel. Tras abandonar el burdo rechazo frontal, hoy adopta las formas más sofisticadas de la minimización: niega la urgencia de la alarma, postula la autosuficiencia de la adaptación pasiva o delega la solución a un futuro desarrollo tecnológico. 

Se trata de un obstruccionismo más refinado, pero no menos pernicioso, ya que actúa como freno inhibidor frente a cualquier decisión realmente incisiva. 

Envuelta en un falso sentido común, esta forma de rechazo se revela como una insidiosa estrategia de aplazamiento. 

Mientras el debate se estanque en torno a la gravedad real de la situación o a la conveniencia de acelerar la transición, se permite que el deterioro continúe su desgaste sin que nada lo perturbe. 

La comunidad científica, mientras tanto, lleva años reiterando una advertencia inequívoca: las olas de calor están destinadas a intensificarse tanto en frecuencia como en duración. 

Ignorar esta perspectiva no denota prudencia, sino una irresponsabilidad institucional culpable. 

El problema, por consiguiente, trasciende el mero contexto ecológico para afectar a la esfera cognitiva y democrática, poniendo de manifiesto la brecha entre nuestros conocimientos adquiridos y la voluntad real de actuar en el plano sociopolítico. 

Aunque a Europa le encanta presentarse como la vanguardia de la transición ecológica, la práctica decisoria de nuestros organismos desmiente regularmente la grandilocuencia de las declaraciones de intenciones. 

La Agenda 2030 debería haber orientado de manera sistémica el gasto público, la planificación industrial y la reconversión energética; por el contrario, los compromisos suelen quedarse en el papel, mientras que los presupuestos se mueven en direcciones diametralmente opuestas. 

El ‘quid’ de la cuestión política reside precisamente en la brecha entre las proclamaciones y la asignación de fondos: afirmar el imperativo de la estabilidad ecológica exige traducirlo en inversiones estructurales masivas. 

Financiar el reequilibrio climático y el desarrollo sostenible significa impulsar la investigación, promover redes energéticas limpias, subvencionar una construcción térmicamente resiliente y replantearse el sistema. 

Despojada de esta materialidad socioeconómica, la retórica de la sostenibilidad se reduce a un mero ejercicio de estilo. 

Por otra parte, la discrepancia entre los discursos solemnes y las medidas concretas no es un detalle contable, sino la medida de un fracaso estratégico: cada euro que se escatime hoy en materia medioambiental se traducirá mañana en costes insostenibles y en vidas expuestas al peligro de extinción. Algunos de nosotros, adultos y mayores, quizá ya entonces no lo veamos… pero sí lo harán nuestros hijos, nietos, … 

A agravar la incoherencia contribuye una progresiva e inquietante reasignación del gasto público en beneficio del sector militar. 

Se movilizan capitales astronómicos para hacer frente a hipotéticos escenarios bélicos con un celo que no es tan notable cuando se trata de defender el ecosistema en el que ya vivimos. 

Y nos quieren hacer comprar que esa inversión de prioridades es injustificable… 

Aunque se reconozca la complejidad del panorama geopolítico actual, es igualmente indiscutible que una sociedad agotada por las sequías, los incendios, las crisis hídricas y el estrés térmico es, por definición, una sociedad intrínsecamente vulnerable. 

El rearme se presenta, por tanto, como una respuesta simbólica y miope, capaz de hacer frente a una amenaza futura, mientras subestima un desgaste presente que erosiona inexorablemente la propia existencia humana. 

Hoy en día, el léxico político debería reapropiarse del concepto de «seguridad», emancipándolo del estrecho sentido militarista basado en la mera disuasión. Seguridad, en el siglo XXI, significa garantizar una vida sostenible en términos medioambientales. 

La reacción ante el colapso medioambiental no puede limitarse a paliativos de emergencia. Exige, por el contrario, una inyección estructural de fondos públicos en favor de un modo de vida sostenible. 

La auténtica encrucijada histórica no opone la ecología al realismo, sino un realismo ciego —obstinadamente aferrado a la lógica de la disuasión militar, ineficaz frente a la amenaza real del presente— a un realismo con visión de futuro, capaz de erigir la protección del clima en condición previa imprescindible no solamente para la convivencia… sino para la vida. 

La ola de calor de lo que va del verano - ¡y lo que te rondaré morena! - marca el fin de los aplazamientos y el agotamiento de las garantías abstractas. Ante esta ineludible exigencia histórico-existencial nos encontramos ante la misma encrucijada: perpetuar una inercia que alimenta miedos o situar la metamorfosis ecológica en el centro de su política industrial, social y democrática. 

Pero solo este último camino, que exige visión, valentía e inversiones cuantiosas, merece aún llamarse futuro. 

En un mundo que cambia rápidamente, la única forma de adaptarnos sería modificar casi todos los aspectos de nuestra vida: hogares, oficinas, fábricas, colegios, coches, trenes, explotaciones agrícolas, jardines… Nada de esto está ocurriendo. 

Un día, cuando el balance de desolación y de muerte de la crisis climática se haya vuelto intolerable, algunos se preguntarán por qué nos quedamos de brazos cruzados. 

Hasta puede ser probable que yo, que pienso y redacto las líneas de esta reflexión, no lo vea. No sé si lo verán aquellos que hoy hablan del fanatismo climático y de la religión climática. 

Con todo, sí reconozco en mí una desazón porque no me conformo con pensar o decir aquello de que "el que venga por detrás que arree".

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 28 de julio de 2026

A vueltas con frases de brocha gorda sobre el fanatismo climático de los fanáticos ecologistas.

A vueltas con frases de brocha gorda sobre el fanatismo climático de los fanáticos ecologistas 

Algunas veces he tenido esa sospecha. El tiempo me lo ha ido y me lo va confirmando. 

No es un exceso de pesimismo: nos dirigimos directamente hacia lo peor de la política. 

Lo que seguimos llamando democracia se está convirtiendo en otra cosa. Quizá en su exacto contrario. 

No creo que haya tenido excesivas dudas: la democracia liberal es el mejor sistema que el hombre ha sabido inventar. 

Es el único que establece como fundamento inalienable el respeto a la dignidad de cada persona. Es el único que permite destituir a los incompetentes y a los indignos sin recurrir a la violencia. Impone límites insalvables a quienes ejercen el poder. 

Esa es la democracia ideal. 

La democracia real es algo muy distinto. 

Camina sobre las piernas de los seres humanos. Y, por ende, está llena de defectos, hipocresías y promesas incumplidas. 

Su único deber imperativo es autocorregirse sobre la marcha y mantenerse fiel a los principios en los que se sustenta. Lo ha hecho durante décadas. Hoy ya no. Está sufriendo una inquietante mutación genética. 

No disminuye la desigualdad. No aminora la injusticia social. La dignidad de las personas ya no es una prioridad de la agenda pública. 

Los valores que triunfan hoy son muy otros: la arrogancia, la prepotencia, la ignorancia, el cinismo y el menosprecio público del adversario. 

Un burdo nacionalismo de prioridades —con las alabardas bajo el brazo, camufladas como sano patriotismo— y una simplificación demagógica descarada y constante. 

Ya no se aceptan los límites del poder. Prevalece la ley del más fuerte o del más astuto. Ha desaparecido el ingrediente esencial de toda democracia que funcione: la crítica franca, dura, pero respetuosa. 

Ya no hay adversarios políticos con los que debatir, sino solo bandos enfrentados. Los partidos, salvo raras excepciones, ya no buscan el bien común; persiguen únicamente el interés partidista y la supervivencia de su propia jerga y nomenclatura. 

¿Y la ciudadanía? Se limita a observar desde las gradas: desilusionada, resignada, cómplice o indiferente. 

Se pone de manifiesto, en toda su gravedad, el límite estructural de la democracia liberal: privilegia el número frente al mérito, la cantidad frente a la calidad. 

Karl Popper recordaba que el objetivo de la democracia no es garantizar el gobierno de los mejores, sino permitir expulsar a los peores sin derramamiento de sangre. Una frase redonda con la que hasta se puede estar de acuerdo. 

Pero hoy en día ni siquiera esta garantía se sostiene ya. 

Las elecciones ya no son un ejercicio crítico y racional: se han convertido en un receptáculo de estados de ánimo sombríos y rencores individuales. Premiamos sistemáticamente a los portavoces del resentimiento y a los especuladores del miedo. 

Y una vez en el poder, estos personajes se revelan totalmente incapaces de gestionar la complejidad de los problemas y se vuelven aún más miopes que quienes les votaron. 

Esta premisa era necesaria para llegar a lo que desde fuera es la incapacidad de la gestión de una situación compleja y difícil como ahora son los incendios. O como en su momento fue la DANA. O… 

En los últimos días, ¡y el verano va para largo!, las declaraciones políticas —grandes, medianas y pequeñas— se han convertido en una presencia constante, casi sistemática, ante la proliferación de incendios. 

No hace falta enumerarlas: basta con echar la vista atrás o sintonizar los medios para que se nos presente un panorama desalentador de semejantes declaraciones. 

En buena medida son la enésima demostración de aquella incapacidad política de los habituales mandamases, decididos a perpetuar su incompetencia y a blindar sus posiciones también de cara al futuro. 

No soy quién para entrar en el fondo, tampoco de este asunto, pero me ronda en la cabeza una pregunta directa: ¿no sería hora de que a la indignación de salón le siguiera una verdadera labor de limpieza? ¿No ha llegado el momento de reactivar ese proceso de corrección que, como ciudadanos, parecemos haber olvidado de forma culpable? 

Menos discursos, mensajes y palabras ante las cámaras y micrófonos de los medios de comunicación. Y más razón y más ética en la gestión de lo público. 

Georges Simenon hizo decir al protagonista de una de sus novelas que «cuanto menos conocimientos tienen las personas para respaldar sus ideas, más seguras están de ellas». Tengámoslo presente. 

Antes de marcar la papeleta de un símbolo, hagamos algo muy elemental: comprobemos la competencia, la preparación y la integridad moral de quienes nos piden el voto. Y dejemos de premiar a los incompetentes por vocación. 

También, y dicho sea de paso, a aquellas personas que no tienen cosa mejor que decir que aquello de “a mí me gusta la fruta” o que se contentan con recordar que “en Madrid siempre ha hecho calor en verano” o que proclaman “el fanatismo climático”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 26 de julio de 2026

La cruz cristiana en Aliança Catalana

La cruz cristiana en Aliança Catalana 

Confieso que estoy a vueltas sobre el uso político de los símbolos religiosos. Algunos confiesan que están convencidos de que el símbolo religioso no debe estar al margen del debate político, porque una cruz, un rosario, una referencia a la Virgen, …, evocan los valores que deben inspirar la actuación de un político honrado en nuestro Estado español. 

Y me temo que no es tan sencillo afirmar que, por buenas razones, no se debería mezclar lo sagrado y lo profano en la vida pública, y no solo porque la Constitución de este Estado español proclama la aconfesionalidad. Aunque ya esto hasta debería reconocerse como el único argumento decisivo y definitivo. 

Es difícil transmitir la idea de que el uso privado de un símbolo religioso es un derecho, mientras que el uso público e institucional de ese símbolo es un abuso que vulnera la libertad de quienes no creen o no comparten esa fe. 

Porque el Estado es aquella institución que une a sus ciudadanos inspirándolos en valores comunes, no los divide en función del credo que profesan, o que han decidido libremente no profesar. 

Es cierto, de hecho, que una cruz que blande por ejemplo una persona diputada de un Parlamento, para los ciudadanos de otras confesiones o los no creyentes, no representa ningún valor y no transmite nada, salvo la distancia entre sus ideas y sus valores y los de la mencionada diputada. 

En lugar de unir, ese símbolo separa y excluye, aísla y margina. Es un signo que proclama la diversidad —tanto en el Parlamento como en la escuela o en los tribunales—. Y te señala con el dedo, como a quien no forma parte, no está incluido entre quienes lo comparten. 

El símbolo religioso se dirige únicamente a quienes aceptan la sacralidad de su valor. Y quien reconoce ese símbolo está del lado del bien y de la verdad; quien no lo reconoce está en el error y, sobre todo, está del lado del mal. 

Porque si la política persigue (o debería perseguir) el bien de la colectividad poniendo en marcha formas útiles de convivencia social, la religión vincula al ser humano con lo sagrado para orientar su comportamiento hacia el bien y alejarlo del mal. 

La primera debería preocuparse, ante todo, de tratar a todos como si fueran iguales, estableciendo normas a las que todos, sin distinción, deban atenerse para crear una sociedad en la que todos se respeten. 

La segunda, en cambio, crea unidad dentro de una diversidad artificial, para unir el espíritu de los fieles, más que para resolver las necesidades de su vida social y política cotidiana. 

En definitiva, la religión crea unidad en la diversidad y en la separación, lo cual puede ser algo bueno y totalmente lícito, pero no contribuye a fomentar el sentimiento de pertenencia a una sociedad. 

Solo por poner un ejemplo. La diputada del Parlamento de Catalunya, Sra. Silvia Orriols, de Aliança Catalana, interviniendo en el mencionado Parlamento, mientras luce en su cuello una cruz, también está comunicando que ella, en el desempeño de una función institucional, no representa a todos, ni se preocupa por hacerlo. 

No está comunicando que yo también, pongamos por ejemplo musulmán, soy un ciudadano igual que los demás. No le importamos en absoluto ni a ella ni a todos aquellos que, como yo, no nos reconocemos en el símbolo que sostiene en su cuello. 

Dicho sea de paso, el porcentaje de musulmanes en Catalunya ronda el 9% de su población total, según los datos publicados en marzo de 2026 por el Observatorio Demográfico de CEU CEFAS. Esta cifra equivale a cerca de 700.000 personas, situando a esta comunidad como la Autonomía con mayor concentración de habitantes musulmanes de todo el Estado español. 

Es más, tal vez hasta se complace en hacerme sentir la diferencia, mi diversidad. Elige conscientemente declararme, de esta manera, distinto. Precisamente al distanciarme y aislarme así, la Sra. Silvia Orriols me está diciendo sencilla y llanamente que, en su papel de persona del Parlamento de Catalunya, no tiene intención de representarme a mí que soy musulmán. 

Con todo, me temo, no creo que sea probable que esa misma fe religiosa, cristiana en este caso, salga ganando al ser ‘instrumentalizada’ a antojo para un fin político concreto. 

La experiencia me enseña que podría incluso ocurrir que un político se valiera de un símbolo religioso para encubrir acciones erróneas, o para legitimar acciones criminales o simplemente inhumanas, o para legitimar discursos que están tan cercanos del mensaje del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia como el planeta Tierra de Neptuno. 

Y es que, además, está en juego la propia imagen de esa fe cristiana en este caso. Porque cabría preguntarse cómo conciliar el uso del símbolo con los valores de la fe que representa ese símbolo de la cruz. ¿Acepta sin más la fe cristiana que su significado (instrumental) se identifique con las reflexiones y acciones de esa persona política? 

Un uso demagógico de los símbolos religiosos vacía a una fe de sus valores y la convierte en pura forma, en puro espectáculo. Y uno cree que ninguna fe debiera aceptar ser tratada de esta manera. 

El símbolo religioso se explota demagógicamente cuando pretende dirigirse a un sector limitado de fieles para influir en ellos y, al mismo tiempo, para declarar la adhesión a valores que no son los laicos de la política que debería gestionar los asuntos públicos. Valores válidos dentro de una Iglesia cristiana, no en un parlamento, en una escuela o en una sala de tribunal, porque el Estado aconfesional debería afirmar valores comunes, no valores divisivos. Y a estas alturas sabemos que el Estado no necesita de la religión, cristiana en este caso, para afirmar el valor de la ética. 

Me queda una última e inocente pregunta: si realmente los fieles cristianos, para identificarse con una línea política, se dejan influir y guiar por la ostentación de un símbolo cristiano como es la cruz, confiando en la supuesta verdad de una apariencia más que en la verificación, sobre el terreno, de las palabras, los mensajes, los hechos, los comportamientos y las acciones de un político. 

También últimamente la Iglesia católica ha utilizado expresiones cruciales, y muy claras, hablando de un cristianismo contrario a la xenofobia. Esa Iglesia sabe perfectamente y nos advierte de que el riesgo actual es el de volver a una religión sierva de la política, «instrumentum regni». Y esto pasa hoy por la «perversión» de ciertas comprensiones de la identidad de las prioridades nacionales - tanto monta, monta tanto, catalán como española -. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades.

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades

En el debate actual sobre las formas de encuentro entre culturas, se recurre a menudo al término «inculturación» para referirse a ese proceso mediante el cual una cultura acoge elementos de otra, reelaborándolos y entrelazándolos con su propia identidad. 

Pero con demasiada frecuencia este concepto se presenta de forma idealizada, como si fuera posible asimilar lo externo y lo nuevo sin que se produzca una transformación real, una influencia recíproca, entre las partes implicadas. 

En realidad, no existe inculturación que no sea también influencia recíproca, un intercambio profundo y bidireccional en el que ninguno de los sujetos implicados permanece idéntico a sí mismo. 

La inculturación, término muy utilizado en las ciencias sociales, la teología y la antropología, se distingue de la aculturación en que no representa una simple adaptación superficial, sino un verdadero proceso de asimilación y reinterpretación creativa. 

En este contexto, una cultura no se limita a recibir pasivamente elementos ajenos, sino que los hace suyos, los transforma y, al hacerlo, se transforma a su vez. 

Pienso, por ejemplo, en la difusión de religiones, como el cristianismo, en contextos africanos, asiáticos o sudamericanos: la liturgia, los símbolos, los cánticos e incluso las representaciones divinas se tiñen de los matices y las sensibilidades locales. 

No se trata de una mera superposición, sino de un diálogo profundo, en el que el mensaje original se «contamina» con ritos, lenguajes y visiones del mundo preexistentes, dando lugar a nuevas formas expresivas y, en ocasiones, a nuevas interpretaciones de lo sagrado. 

Cuando dos culturas se encuentran, la contaminación no es solo una posibilidad: es el resultado inevitable de la interacción. Cada elemento, incluso el más aparentemente ajeno, no puede entrar en un contexto sin provocar repercusiones, adaptaciones, resistencias y acogidas inesperadas. 

La comida, la moda, la lengua y la música se convierten entonces en laboratorios vivos de experimentación, en los que la frontera entre el «nosotros» y «el otro» se vuelve porosa, móvil e inestable. 

Nuestra cocina, por ejemplo, es fruto de las influencias: basta con pensar en el tomate y el maíz, llegados de América después de 1492, o en las especias que llegaron gracias al comercio con Oriente. 

Hoy en día, hablar de «cocina tradicional» significa, en realidad, hablar de una estratificación de encuentros, fusiones y reinvenciones. 

Del mismo modo, la lengua (catalana o la que sea) es un crisol en continua ebullición, que acoge y transforma préstamos extranjeros, jerga juvenil y jerga digital. 

A menudo se comete el error de considerar la inculturación como una acción unidireccional: hay quien ofrece y quien recibe, quien enseña y quien aprende, quien moldea y quien se deja moldear. 

En realidad, cada acto de apertura hacia el otro produce una doble transformación. Tanto la cultura «anfitriona» como la «acogida» salen modificadas del encuentro, generando algo nuevo que ya no pertenece del todo ni a una ni a otra. 

El jazz, nacido del encuentro entre las tradiciones africanas y la música occidental, es un emblema de este proceso recíproco. 

Al igual que lo son los barrios mestizos de las grandes ciudades, donde las influencias se mezclan y se refractan creando identidades plurales. 

Este proceso también puede tener lugar de forma silenciosa y subterránea: un dicho, una forma de vestir, una receta, que de marginal pasa a ser costumbre, dan testimonio del poder de la contaminación recíproca. 

No faltan, sin embargo, las resistencias. 

A lo largo de la historia, la obsesión por la «pureza» cultural ha generado cerrazón, discriminaciones y conflictos. Se ha temido que la apertura hacia el otro pudiera significar la pérdida de la propia identidad, la disolución de las raíces. 

Pero la historia demuestra lo infundados que son esos temores: no existe tradición que no sea el resultado de estratificaciones y mezclas. La cultura se nutre de encuentros, divergencias y adaptaciones. 

El deseo de mantener intacto lo que se percibe como «nuestro» suele ir acompañado de un rechazo a lo nuevo, que se considera una amenaza. Pero si observamos con atención, descubrimos que la vitalidad de una cultura se mide precisamente por su capacidad de contaminarse, de dejarse atravesar por otras historias, otras sensibilidades, otros saberes. 

Ninguna civilización ha crecido a la sombra del aislamiento; todas han prosperado gracias al encuentro. 

Hoy, en la era de la globalización, la influencia recíproca se acelera y se multiplica. Las migraciones, las tecnologías y las redes digitales amplían las posibilidades de encuentro entre mundos diferentes. 

Si bien, por un lado, surgen nuevos temores —vinculados a la pérdida de identidad, a la homogeneización y a la fragmentación social—, por otro se abren espacios inéditos de creatividad y ciudadanía. 

La cultura global nunca es uniforme: es un mosaico en constante movimiento. Incluso en la era de las plataformas digitales, las culturas locales reinventan, reinterpretan y dotan de nuevo significado a lo que llega de otros lugares. 

Reconocer el valor de la influencia recíproca significa también replantearse la educación. La escuela, lejos de ser un baluarte monolítico, puede convertirse en un laboratorio de diálogo, un lugar en el que las diferencias no se niegan, sino que se confrontan y se viven como oportunidades de crecimiento. 

La educación intercultural no consiste solo en aprender nociones sobre las «otras» culturas, sino en experimentar directamente el encuentro, la escucha y la transformación. 

Dar voz a las historias de quienes proceden de contextos diferentes, cuestionar los propios prejuicios, experimentar la riqueza de la pluralidad: este es el verdadero reto educativo de nuestro tiempo. En este sentido, la influencia recíproca no es una amenaza, sino un horizonte de posibilidades. 

No existe inculturación sin influencia (recíproca). Todo encuentro auténtico entre culturas conlleva el riesgo y la maravilla de la transformación. De la influencia surge lo nuevo, se regenera la tradición y se abre el espacio de lo inédito. 

En un mundo que cambia, el reto no es defender una supuesta pureza, sino aprender a navegar entre las corrientes de la hibridación, reconociendo en la influencia recíproca la esencia misma de lo humano. 

Solo acogiendo la transformación recíproca podemos esperar construir una sociedad más abierta, creativa y solidaria, capaz de custodiar la memoria sin temer al futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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