Una opinión sobre las apariciones en Medjugorje
La Santa Sede publicó un documento con algunas
indicaciones sobre «el discernimiento de los presuntos fenómenos
sobrenaturales», firmado por el cardenal prefecto Víctor Manuel Fernández y
aprobado por el Papa Francisco el 4 de mayo del 2024. Para la ocasión se
citaron algunos casos ejemplares. Las “apariciones” de Medjugorje comenzaron a
principios de los años ochenta y continúan hasta nuestros días.
El documento papal era muy elocuente. Sólo quisiera
intentar algunas «reacciones» personales sobre la base del documento y correr
el riesgo de algunas de mis propias convicciones personales. El documento
también reitera lo siguiente. Las apariciones de la Virgen María pertenecen al
ámbito de las revelaciones «privadas», que no deben confundirse con la revelación
«pública» que encuentra su punto de llegada definitivo en la vida y las
palabras de Jesús de Nazaret. Si un creyente dice que Jesús no es Dios, que no
ha resucitado, ya no es creyente y la Iglesia podría incluso declararlo
oficialmente hereje y ponerlo fuera de la comunidad de los creyentes. Esto ya
no se hace porque no sirve a nadie. Pero si un creyente no cree ni en las
apariciones de Lourdes ni en las de Fátima, no es un hereje y puede permanecer
con seguridad en la Iglesia. Las apariciones de la Virgen no son «de fe» y,
también por eso, no aparecen en ningún credo.
Sin embargo, las apariciones plantean un problema. El
mundo que se denomina «sobrenatural» a veces, en determinadas circunstancias,
de diferentes maneras, se muestra a los humanos, «aparece». En ese momento, los
humanos, supuestos destinatarios de esas manifestaciones, se ven obligados a
tomar partido: sucede que algo sobrenatural se manifiesta «naturalmente». Es
una paradoja y se hace necesario el peligroso paso del allá arriba al aquí abajo.
Y en la transición se corre el riesgo de tomar por sobrenatural lo que no lo
es. O viceversa: de considerar como no sobrenatural lo que sí lo es. Los
criterios que enuncia el documento de la Santa Sede son un intento de trazar un
camino difícil de recorrer porque define un camino indefinible: es un camino
que pretende ascender de la tierra al cielo o descender del cielo a la tierra.
Es posible que incluso esos criterios no funcionen, no
por culpa suya, sino por el carácter impermeable del camino. Así que se puede
concluir muy salomónicamente señalando que el problema siempre ha existido. Ni
siquiera la «revelación» pública, Jesús, sus palabras y sus hechos, han pasado
desapercibidos. Los evangelios hablan de fuertes debates en torno a los
milagros de Jesús. Ejemplar en esto es el evangelio de Juan, con sus siete
relatos de milagros y los violentos debates que siguen. Incluso el más
espectacular de esos milagros, la resurrección de Lázaro, provoca reacciones
opuestas. «Muchos de los judíos que se habían acercado a María, al ver lo que
había realizado, creyeron en él». Así pues: el milagro suscita la fe. Pero el
evangelio continúa relatando que algunos informaron de lo sucedido a las
autoridades religiosas y éstas tomaron una decisión drástica: «desde aquel
día... decidieron matarle». Dios «se revela» a través de los gestos
espectaculares de Jesús. Pero la fe sólo surge si los hombres se deciden por
ella. Y los hombres a menudo deciden en contra.
Voy a intentar explicarme un poco más detenidamente al
respecto.
La posmodernidad ha traído consigo también el efecto de
una ‘desintegración
antropológica’. A diferencia de lo que ocurrió en la modernidad, hoy la
racionalidad, la emocionalidad y el instinto luchan por convivir dentro de la
persona individual, provocando una especie de convivencia forzada entre ellas,
como personas separadas en casa. En esta condición, la adhesión religiosa es cada vez
más prerrogativa de la emoción, del sentimiento, eclipsando la
coherencia racional de las ideas consideradas sensatas. A menudo encuentro
personas que van a la iglesia, se declaran cristianas y creen simultáneamente,
por ejemplo, en la reencarnación; o quienes asumen que nuestra alma es parte de
Dios; o que Dios es la suma de todo lo que existe.
Otro elemento a tener muy en cuenta es la ‘corrosión
de los vínculos institucionales’. A diferencia de la modernidad, hoy
somos reacios a “confiar” en las instituciones, porque hemos visto toda su
‘incapacidad e inconsistencia’ para poder dar realmente respuestas efectivas a
los problemas comunes de la vida personal y social. En esta condición, la
autoridad de una religión institucional ya no es creíble a priori, incluso
antes de haber captado verdaderamente su mensaje profundo. Esto deja lugar a un
individualismo
espiritual, en el que la expectativa del sentido último y la
construcción de una visión del mundo basada en él sólo puede hacerse
individualmente, con una búsqueda que, en última instancia, nunca podrá llegar
a una plenitud suficiente.
Ante todo esto, las religiones institucionalizadas
reaccionan de dos maneras.
1.- Por un lado, como reacción a la pérdida de autoridad,
endurecen
las identidades teológicas, intentando fortalecer la unidad de la
visión teológica, quitando espacio al pensamiento divergente. Esto parece
llevar a la desorientación de algunos creyentes, que en este individualismo
espiritual se sienten "sin límites ni horizontes", pero acaba
bloqueando su investigación personal y les empuja a confiar ciegamente en la
autoridad religiosa a la que se refieren. Los fundamentalismos, extremismos y
fanatismos religiosos que vuelven a aparecer son efecto de este
"miedo" a la pérdida de identidad, pero provocan una adhesión
religiosa que puede llegar a ser verdaderamente peligrosa e inhumana. Si ves a
un enemigo, es más probable que te unas para luchar contra él.
2.- Por otro lado, sin embargo, asistimos a la sobrecarga
de valor que ofrecen los exponentes de las religiones tradicionales a
todo lo que provoca emociones intensas y no ordinarias, entendido como un
acontecimiento en el que el "trascender" se hace significativamente
presente. Hoy más que nunca, las presencias angélicas, las manifestaciones
milagrosas, los fenómenos "distintos" de la llamada normalidad,
resultan muy atractivos precisamente por su posibilidad de hacer "sentir" lo
trascendente, independientemente de cualquier forma de pensamiento
teológico que puedan transmitir. Medjugorje, por ejemplo y en este sentido,
concentra una parte de ese interés de inquietud y búsqueda espiritual en las
presencias angelicales.
¿Cómo se pueden leer estos
fenómenos a nivel evangélico? Si miramos el
conjunto de la revelación, centrada en Jesús, debemos reconocer que la fe nace
de una relación personal entre el creyente y Cristo, donde la dimensión de los
sentimientos es central y donde la reflexión racional llega después de que la
persona ha sido fascinada por Cristo. Pero donde el equilibrio interno de la
persona esté garantizado por la relación real con Cristo, no por
la adhesión dogmática a verdades abstractas. Todos los "conversos"
mencionados en los evangelios siguen esta dinámica: para ellos “vivir
es Cristo”, es decir, no un conjunto de ideas que deben coordinarse
entre sí, sino una persona viva que los ama y que, por tanto, se convierte en su amor.
Este mismo punto de partida, la relación con Cristo es posible
hoy por la fuerza del Espíritu Santo, que es verdaderamente el único capaz de
"mediar" lo trascendente. Pero no se deja "hacer
exclusivamente" por nadie, ni por la Iglesia institucional, ni por los
milagros. En los Hechos de los Apóstoles queda muy claro que el
creyente llega a la Iglesia después de haber encontrado a Cristo en el
Espíritu, no antes. Por eso la fe nace también fuera de la Iglesia, allí donde
hay huellas de Cristo capaces de captar el corazón humano. No hay impedimento
para la obra del Espíritu. La tarea de la Iglesia es poder ver su obra en todas
partes, realzando sus huellas dondequiera que asomen, se revelen, estén.
Dicho lo anterior, tantas veces me he preguntado sobre el
tema del valor de los milagros en relación con la fe cristiana.
Medjugorje también me lo hace recordar. Y me sigue sorprendiendo que a no pocas
personas les resulta mucho más fácil creer en la posibilidad de los milagros
que en la historicidad de los datos. Incluso uno puede encontrarse con personas
que hasta están mucho más dispuestos a creer en lo que se refiere a Medjugorje
que en la resurrección de Jesús, o en presencias demoníacas, consideradas
absolutamente ciertas, que en la derivación histórica de la Iglesia de Cristo.
No voy a entrar, no soy quién para hacerlo, en los
méritos de la veracidad o no de Medjugorje. Lo que me sorprende, sin embargo,
es cómo algunas personas encuentran una diferencia sustancial entre la
credibilidad de los datos históricos y los datos sobrenaturales. ¿Por qué
sucede esto hoy? Es innegable que incluso muchos adultos de hoy están atrapados
por esta extraña -por supuesto para mí- voluntad de creer más en lo sobrenatural que
se hace perceptible en experiencias fuera de los límites normales de
las leyes físicas, que en el hecho histórico que se presenta como un lugar de
"presencia" de lo sobrenatural dentro de estos mismos límites.
Por eso decía antes, o trataba de hacerlo, que una
posible respuesta pueda provenir de la condición de fragmentación interna que
vive el hombre posmoderno. La cabeza, el corazón y el cuerpo a menudo viven
separados en casa, sin poder comunicarse ni confiar el uno en el otro. Y si lo
aplico a la cuestión del valor de los milagros deduzco que hoy las experiencias
sensoriales normales, dentro de los límites de las leyes físicas, ya no pueden
tomarse como base para percibir lo sobrenatural. El cuerpo ya no transmite
trascendencia dentro de los límites humanos, porque el corazón ya no cree que
la presencia de Dios sea posible dentro de ellos. Su presencia sólo es posible
fuera de estos límites, subvirtiéndolos y permitiendo una experiencia que, sin
embargo, siempre permanece en el ámbito de lo que no puede verificarse
objetivamente y, por tanto, no puede compartirse socialmente, fundamentando así
una percepción de Dios que tiende a ser puramente subjetiva.
A mí me resulta llamativo que suelan ser precisamente los
apologistas más enérgicos, partidarios de la verificabilidad objetiva del valor
del cristianismo, quienes inviertan mucha energía en sostener la verdad de
estas experiencias milagrosas, porque carecen de la posibilidad de darles
cuerpo, consistencia, a la fe, manteniéndose dentro de los límites naturales
del hombre. Visto así, esta forma de cristianismo, que
necesita del milagro para establecer su adhesión a Cristo, carece de encarnación suficiente.
Dios
es perceptible sólo en una experiencia limitante y no dentro de los límites de
cada experiencia.
Pero en el Evangelio, la función
de los milagros es referirse siempre a la habitabilidad de Dios dentro de los
límites humanos, no alejar al hombre de ellos. “¿Qué es más fácil: decirle al paralítico: Tus pecados te son perdonados,
o decirle: Levántate, toma tu camilla y anda? Ahora bien, para que sepas que el
Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados, te mando
– dijo al paralítico – levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2,9-
11). En la tierra. En la historia. En el “caro salutis caro”. Es decir, dentro
de los límites humanos. ¿Es más poderosa la presencia de Dios en
Medjugorje o, por ejemplo, la posibilidad de acoger a los refugiados en nombre
de Cristo? Si sigo el evangelio ¿Medjugorje sirve para confirmar que
Dios está presente precisamente en los cristianos que se ocupan de los
refugiados?
Me pregunto, para acabar, ¿qué tipo de cristianismo creemos
que perseguimos mientras mantenemos esta fractura entre la experiencia
espiritual extrasensorial y la vida cotidiana concreta? Es innegable
que el cristianismo necesita cuerpo, materia para existir. Pero no creo que le
hagamos un buen servicio a Cristo reemplazando la carne real y actual, de
nosotros mismos y de los demás, con una corporalidad ‘virtualizada’ en
experiencias espirituales extrasensoriales. Ciertamente Dios también se revela
allí, pero lo hace porque volvemos a nuestra vida cotidiana y allí encontramos
la revelación cotidiana, la de ‘la puerta de al lado’, de Dios dentro de los
límites naturales de nuestro cuerpo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF