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domingo, 2 de agosto de 2026

A la altura de la calorina.

A la altura de la calorina 

Estamos acostumbrados a medir el calor con el termómetro. Deberíamos empezar a medirlo con la cartera. Porque el verano abrasador ya no es un fenómeno meteorológico: es un nuevo actor económico, un factor social, un multiplicador de fragilidad. 

Es un impuesto que no se ha votado ni debatido, pero que ya está en vigor. Y cada año aumenta. El calor se cuela en los hogares, en los cuerpos, en las cadenas de suministro, en los presupuestos familiares. No pide permiso. No espera. No hace descuentos. 

En los días en que se superan los treinta y cinco grados, las ciudades cambian de ritmo. Las persianas se bajan como párpados cansados, los ventiladores giran como aspas de molinos agotados, los aparatos de aire acondicionado zumban como un segundo latido del corazón. 

Cada grado más es un euro que se va: facturas que suben, medicamentos que se encarecen, visitas médicas que se multiplican. Las personas mayores que viven solas en el centro —aquellas a las que ya se ha clasificado en los grupos de riesgo «alto» y «muy alto»— viven el calor como una presión física. El termómetro marca treinta y seis, pero el cuerpo siente cuarenta. 

Cada ola de calor es una prueba de resistencia, y cada prueba tiene un coste sanitario que no aparece en los presupuestos municipales, pero que pesa y mucho. El calor no es solo una temperatura: es una sustracción. Sustrae energía, sustrae salud, sustrae seguridad. Y cada sustracción se convierte en un coste que nadie ha previsto, pero que todos deben pagar. 

Hemos descubierto que el calor es un adversario silencioso. Cada día en el que se superan los treinta y cinco grados es media jornada perdida, como si el clima hubiera convocado su propio conflicto laboral, sin sindicatos y sin negociación. 

Y luego están los costes invisibles: climatizar naves enormes, refrigerar las líneas de producción, proteger a los trabajadores al aire libre. La factura energética se convierte en un nuevo capítulo del balance empresarial. El calor ya no es un fenómeno estacional: es un factor económico que modifica la estructura de los costes. 

En los valles, el calor no es solo una temperatura: es una sustracción de futuro. Maíz que crece mal, forrajes que se queman, ganaderías que producen menos leche. El calor entra en los establos como un invitado indeseado: no grita, no hace ruido, pero quita. Quitar es su forma de expresarse. 

Cada litro de leche menos es una señal que recorre la cadena de suministro hasta llegar a los mercados y las familias. Cada riego adicional supone un coste. Cada cosecha comprometida es una pérdida irrecuperable. 

El termómetro mide el calor, pero es la cartera la que mide la pérdida. Y el sector agrícola, ya de por sí frágil, descubre que el clima se ha convertido en un actor económico que no se puede ignorar. 

Aunque la ciudad sea fuerte el verano abrasador la enfrenta a una verdad sencilla: la fuerza no basta. Se necesita una red de apoyo, se necesita atención, se necesita prevención. Porque el calor no afecta a todos por igual: elige a los más solos, a los más mayores, a los más expuestos. 

En algunos municipios predominan los hogares unipersonales, a menudo de personas mayores que viven solas: son los más vulnerables a las olas de calor. Cada medida que no se toma se convierte en un coste social que se acumula como un impuesto no declarado. 

El calor se convierte en un indicador de desigualdad: muestra quién tiene recursos y quién no, quién puede protegerse y quién queda expuesto. Y la ciudad, que ya ha conocido la fragilidad en otras formas, descubre que el clima es una nueva línea de fractura. 

El calor extremo aumenta el consumo eléctrico y obliga a realizar inversiones: aparatos de aire acondicionado, protecciones solares y rehabilitaciones energéticas. Las inversiones en climatización y energía fotovoltaica ascienden a miles de millones a nivel nacional, con unos costes energéticos adicionales igualmente elevados. 

La cuota local de este «impuesto climático» es especialmente elevada: naves industriales, talleres, tiendas y oficinas deben refrigerarse durante más tiempo y con mayor intensidad. El calor ya no es un fenómeno estacional: es una partida de gastos. Y cada verano abrasador añade una línea al presupuesto familiar y empresarial. 

El calor no vota, no habla, no firma decretos. Y, sin embargo, decide. Decide quién puede trabajar y quién no, quién puede salir y quién se queda encerrado en casa, quién puede permitirse refrescar su vida y quién debe soportarla. El verano abrasador se ha convertido en un indicador de justicia: muestra quién tiene recursos y quién no, quién puede protegerse y quién queda expuesto. 

El termómetro indica la temperatura, pero la cartera revela la verdad. Y entonces la pregunta se hace inevitable: ¿tiene sentido, en cuestiones medioambientales, esperar a que se tome una decisión a nivel nacional? 

Uno tiene la sensación de que lo que se hace no es suficiente. Y no es suficiente porque el calor corre como un animal herido, y las administraciones lo persiguen con las pesadas botas de la burocracia. 

No basta porque cada administración hace lo que puede, pero el calor hace lo que quiere. Las ordenanzas son hojas de papel frente a un cielo que no conoce tregua. Los protocolos son intentos de poner orden en un fenómeno que carece de orden. Los incentivos son gotas en un sistema que gotea por todas partes. 

No basta porque cada intervención local es un gesto de cuidado, sí, pero también un gesto de soledad: un ayuntamiento que intenta proteger a sus mayores, un valle que intenta salvar sus cosechas, una empresa municipal que persigue la factura como se persigue una deuda antigua. Son acciones necesarias, pero también son señales de una desproporción: el problema es más grande que la mano que intenta contenerlo. No basta porque el calor no es una emergencia: es una estructura. 

Y una estructura no se gestiona con medidas puntuales, sino con una dirección. Una dirección que hoy falta: estable, continua, sistemática… Sin esa dirección, cada intervención es un parche en una herida que sigue abriéndose. 

No basta porque el calor ya es un actor económico, social y sanitario. Y las entidades territoriales deben convertirse en actores políticos a la altura: ya no solo administradores del presente, sino guardianes del futuro climático. 

El calor ya no es un fenómeno natural. Es un coste. Un coste que crece, que se acumula, que se distribuye de forma injusta. El verano abrasador no es un accidente: es una nueva infraestructura económica. Y mientras no lo reconozcamos, seguirá presentándonos la factura. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


viernes, 31 de julio de 2026

Al final de un verano incendiado.

Al final de un verano incendiado 

Hubo un tiempo en el que el ser humano aprendía a reconocer su propia fragilidad observando los cuatro elementos. 

La tierra le enseñaba los límites de la fertilidad, el agua los de la supervivencia, el aire el valor de la respiración y del movimiento. El fuego, por último, representaba a la vez la conquista y el peligro: la luz que permitía habitar el mundo y la fuerza capaz de destruirlo. 

Hoy en día, esos cuatro elementos siguen contando nuestra historia, pero hablan un idioma diferente, un idioma que describe un equilibrio cada vez más precario. 

La tierra está cansada. Consume más de lo que es capaz de regenerar. Pierde materia orgánica, biodiversidad y capacidad para retener el agua. Es el primer archivo de la vida y, al mismo tiempo, la más silenciosa de las víctimas. 

Falta agua, pero no solo falta: llega en el momento equivocado y con la intensidad equivocada. Largos meses de sequía se alternan con lluvias violentas que la tierra ya no es capaz de absorber. 

No es solo el clima el que cambia; es nuestra relación con la tierra la que se ha empobrecido. 

El viento sigue siendo el gran mensajero. Trae semillas, humedad, aromas, vida. Pero cuando se encuentra con paisajes abandonados y vegetación seca, se convierte en el aliado más poderoso de las llamas. 

Es entonces cuando el cuarto elemento cambia de naturaleza. 

El fuego ya no es solo un fenómeno físico. Se convierte en el símbolo de una fractura entre el hombre y el paisaje. 

En estos días de verano, nuestra península ha seguido ardiendo. Arden bosques, matorral, espacios protegidos. Arden casas, explotaciones agrícolas, animales salvajes, recuerdos colectivos. 

Cada verano parece idéntico al anterior y cada verano prometemos que será el último que vivamos en situación de emergencia. Pero seguimos contándonos una historia incompleta. 

Resulta tranquilizador achacarlo todo al cambio climático. 

Es igualmente tranquilizador sostener que la culpa es de las políticas medioambientales.

Ambas interpretaciones, tomadas de forma aislada, acaban ocultando la complejidad del problema. 

El cambio climático no provoca los incendios. Ninguna ola de calor enciende una cerilla. Pero hace que cada chispa sea infinitamente más devastadora, alarga la temporada de incendios, reseca la vegetación y multiplica la velocidad de propagación de las llamas. 

Al mismo tiempo, sería ingenuo ignorar el peso que tienen el abandono de las zonas del interior, la desaparición de la agricultura extensiva, la reducción de los pastos, la falta de mantenimiento ordinario de los bosques, la fragmentación administrativa y, sobre todo, la mano criminal que sigue utilizando el fuego como instrumento de lucro, chantaje o especulación. 

Las llamas son el punto culminante de muchas crisis que se suman. 

Uno pensaría que resulta cada vez más necesario devolver la inteligencia ecológica a nuestras reflexiones y decisiones. 

El verdadero problema es que hemos dejado progresivamente de habitar el paisaje. Durante siglos, los agricultores, los ganaderos y las comunidades locales han construido un mosaico formado por cultivos, pastos, bosques, terrazas, setos, senderos y sistemas hidráulicos. No era solo un paisaje bello. Era un paisaje resiliente, capaz de interrumpir la continuidad del combustible, de retener el agua y de reducir la vulnerabilidad a los incendios. 

Cuando ese mosaico se desintegra, el fuego encuentra continuidad. 

Y donde encuentra continuidad, encuentra velocidad. 

Cada hectárea que arde no solo representa árboles perdidos. Perdemos suelo fértil, biodiversidad, capacidad de almacenamiento de carbono, recursos hídricos, economía rural e identidad cultural. 

Perdemos ese entramado invisible de relaciones que convierte un territorio en una comunidad y no simplemente en un espacio geográfico. 

Por eso los incendios no son solo un problema forestal. Son una cuestión agrícola, medioambiental, social e incluso política. Miden la calidad de las políticas públicas mucho más de lo que miden la eficiencia de los bomberos. 

La prevención no empieza cuando despegan los aviones de extinción de incendios. Empieza mucho antes: en la ordenación del territorio, en el apoyo a la agricultura que cuida las zonas marginales, en el cuidado de los bosques, en la investigación científica, en la educación medioambiental, en la presencia del Estado frente a quienes utilizan el fuego como arma… 

Porque este es precisamente el punto que deberíamos tener el valor de reconocer. 

El fuego no está declarando la guerra a los árboles. Está declarando la guerra al paisaje. Y el paisaje no es simplemente naturaleza. Es la forma que adopta la naturaleza cuando se encuentra con la historia, el trabajo y la responsabilidad de las comunidades humanas. 

Si seguimos considerando los incendios únicamente como una emergencia veraniega, seguiremos apagándolos sin llegar nunca a aprender realmente a prevenirlos. 

El día en que comprendamos que defender el paisaje significa defender la calidad de nuestra democracia, entonces quizá volvamos a controlar el fuego en lugar de limitarnos a perseguirlo. El paisaje no muere cuando llega el fuego. El paisaje empieza a morir el día en que dejamos de habitarlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 29 de julio de 2026

Del fanatismo climático y de la religión climática.

Del fanatismo climático y de la religión climática 

Nos enfrentamos a la última una ola de calor que ya no es una excepción, sino el nuevo paradigma climático. Sin embargo, entre negacionismos encubiertos, inversiones insuficientes y prioridades invertidas, el incumplimiento de la política sigue siendo evidente. 

La ola ya crónica o habitual de calor que nos azota no debe considerarse un mero fenómeno meteorológico anómalo, sino que constituye más bien una prueba tangible de un cambio climático que ya ha entrado en una fase de virulencia palpable. 

En un momento en el que nuestras ciudades colapsan bajo el peso de temperaturas sin precedentes, no nos encontramos ante una simple incomodidad estacional: estamos presenciando la fase en la que una degradación medioambiental se traduce en una emergencia. 

Durante años se hablaba en el debate público de una amenaza diferida que se podía hasta gestionar con una gradualidad tan pasmosa como tranquilizadora. Hoy el calentamiento global rompe cualquier esquema dilatorio. 

El calor extremo ya no llama —esporádicamente— a nuestras puertas, sino que nos habita de forma estructural, revelando en toda su dramaticidad hasta qué punto las instituciones han invertido de forma insuficiente en la prevención, adaptación,…, y la necesaria transformación de las infraestructuras. 

Lejos de generar una mera molestia fisiológica, los picos de temperatura ponen al descubierto nuestra fragilidad y pone de manifiesto la vulnerabilidad de un modelo de vida concebido para un clima que ya no existe. 

Nuestras viviendas fueron diseñadas para retener el calor. Nuestros barrios fueron saturados de hormigón. Por no hablar de nuestras redes de transporte… Todo revela una verdad tal vez ineludible: el colapso climático ya es un hecho plenamente estructural del que no es posible escapar a menos que se sueñe con vías de escape extraterrestres propias de la ciencia ficción (en Marte, por ejemplo). 

Acorralado por las pruebas, el negacionismo no ha desaparecido, sino que ha cambiado de piel. Tras abandonar el burdo rechazo frontal, hoy adopta las formas más sofisticadas de la minimización: niega la urgencia de la alarma, postula la autosuficiencia de la adaptación pasiva o delega la solución a un futuro desarrollo tecnológico. 

Se trata de un obstruccionismo más refinado, pero no menos pernicioso, ya que actúa como freno inhibidor frente a cualquier decisión realmente incisiva. 

Envuelta en un falso sentido común, esta forma de rechazo se revela como una insidiosa estrategia de aplazamiento. 

Mientras el debate se estanque en torno a la gravedad real de la situación o a la conveniencia de acelerar la transición, se permite que el deterioro continúe su desgaste sin que nada lo perturbe. 

La comunidad científica, mientras tanto, lleva años reiterando una advertencia inequívoca: las olas de calor están destinadas a intensificarse tanto en frecuencia como en duración. 

Ignorar esta perspectiva no denota prudencia, sino una irresponsabilidad institucional culpable. 

El problema, por consiguiente, trasciende el mero contexto ecológico para afectar a la esfera cognitiva y democrática, poniendo de manifiesto la brecha entre nuestros conocimientos adquiridos y la voluntad real de actuar en el plano sociopolítico. 

Aunque a Europa le encanta presentarse como la vanguardia de la transición ecológica, la práctica decisoria de nuestros organismos desmiente regularmente la grandilocuencia de las declaraciones de intenciones. 

La Agenda 2030 debería haber orientado de manera sistémica el gasto público, la planificación industrial y la reconversión energética; por el contrario, los compromisos suelen quedarse en el papel, mientras que los presupuestos se mueven en direcciones diametralmente opuestas. 

El ‘quid’ de la cuestión política reside precisamente en la brecha entre las proclamaciones y la asignación de fondos: afirmar el imperativo de la estabilidad ecológica exige traducirlo en inversiones estructurales masivas. 

Financiar el reequilibrio climático y el desarrollo sostenible significa impulsar la investigación, promover redes energéticas limpias, subvencionar una construcción térmicamente resiliente y replantearse el sistema. 

Despojada de esta materialidad socioeconómica, la retórica de la sostenibilidad se reduce a un mero ejercicio de estilo. 

Por otra parte, la discrepancia entre los discursos solemnes y las medidas concretas no es un detalle contable, sino la medida de un fracaso estratégico: cada euro que se escatime hoy en materia medioambiental se traducirá mañana en costes insostenibles y en vidas expuestas al peligro de extinción. Algunos de nosotros, adultos y mayores, quizá ya entonces no lo veamos… pero sí lo harán nuestros hijos, nietos, … 

A agravar la incoherencia contribuye una progresiva e inquietante reasignación del gasto público en beneficio del sector militar. 

Se movilizan capitales astronómicos para hacer frente a hipotéticos escenarios bélicos con un celo que no es tan notable cuando se trata de defender el ecosistema en el que ya vivimos. 

Y nos quieren hacer comprar que esa inversión de prioridades es injustificable… 

Aunque se reconozca la complejidad del panorama geopolítico actual, es igualmente indiscutible que una sociedad agotada por las sequías, los incendios, las crisis hídricas y el estrés térmico es, por definición, una sociedad intrínsecamente vulnerable. 

El rearme se presenta, por tanto, como una respuesta simbólica y miope, capaz de hacer frente a una amenaza futura, mientras subestima un desgaste presente que erosiona inexorablemente la propia existencia humana. 

Hoy en día, el léxico político debería reapropiarse del concepto de «seguridad», emancipándolo del estrecho sentido militarista basado en la mera disuasión. Seguridad, en el siglo XXI, significa garantizar una vida sostenible en términos medioambientales. 

La reacción ante el colapso medioambiental no puede limitarse a paliativos de emergencia. Exige, por el contrario, una inyección estructural de fondos públicos en favor de un modo de vida sostenible. 

La auténtica encrucijada histórica no opone la ecología al realismo, sino un realismo ciego —obstinadamente aferrado a la lógica de la disuasión militar, ineficaz frente a la amenaza real del presente— a un realismo con visión de futuro, capaz de erigir la protección del clima en condición previa imprescindible no solamente para la convivencia… sino para la vida. 

La ola de calor de lo que va del verano - ¡y lo que te rondaré morena! - marca el fin de los aplazamientos y el agotamiento de las garantías abstractas. Ante esta ineludible exigencia histórico-existencial nos encontramos ante la misma encrucijada: perpetuar una inercia que alimenta miedos o situar la metamorfosis ecológica en el centro de su política industrial, social y democrática. 

Pero solo este último camino, que exige visión, valentía e inversiones cuantiosas, merece aún llamarse futuro. 

En un mundo que cambia rápidamente, la única forma de adaptarnos sería modificar casi todos los aspectos de nuestra vida: hogares, oficinas, fábricas, colegios, coches, trenes, explotaciones agrícolas, jardines… Nada de esto está ocurriendo. 

Un día, cuando el balance de desolación y de muerte de la crisis climática se haya vuelto intolerable, algunos se preguntarán por qué nos quedamos de brazos cruzados. 

Hasta puede ser probable que yo, que pienso y redacto las líneas de esta reflexión, no lo vea. No sé si lo verán aquellos que hoy hablan del fanatismo climático y de la religión climática. 

Con todo, sí reconozco en mí una desazón porque no me conformo con pensar o decir aquello de que "el que venga por detrás que arree".

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 28 de julio de 2026

A vueltas con frases de brocha gorda sobre el fanatismo climático de los fanáticos ecologistas.

A vueltas con frases de brocha gorda sobre el fanatismo climático de los fanáticos ecologistas 

Algunas veces he tenido esa sospecha. El tiempo me lo ha ido y me lo va confirmando. 

No es un exceso de pesimismo: nos dirigimos directamente hacia lo peor de la política. 

Lo que seguimos llamando democracia se está convirtiendo en otra cosa. Quizá en su exacto contrario. 

No creo que haya tenido excesivas dudas: la democracia liberal es el mejor sistema que el hombre ha sabido inventar. 

Es el único que establece como fundamento inalienable el respeto a la dignidad de cada persona. Es el único que permite destituir a los incompetentes y a los indignos sin recurrir a la violencia. Impone límites insalvables a quienes ejercen el poder. 

Esa es la democracia ideal. 

La democracia real es algo muy distinto. 

Camina sobre las piernas de los seres humanos. Y, por ende, está llena de defectos, hipocresías y promesas incumplidas. 

Su único deber imperativo es autocorregirse sobre la marcha y mantenerse fiel a los principios en los que se sustenta. Lo ha hecho durante décadas. Hoy ya no. Está sufriendo una inquietante mutación genética. 

No disminuye la desigualdad. No aminora la injusticia social. La dignidad de las personas ya no es una prioridad de la agenda pública. 

Los valores que triunfan hoy son muy otros: la arrogancia, la prepotencia, la ignorancia, el cinismo y el menosprecio público del adversario. 

Un burdo nacionalismo de prioridades —con las alabardas bajo el brazo, camufladas como sano patriotismo— y una simplificación demagógica descarada y constante. 

Ya no se aceptan los límites del poder. Prevalece la ley del más fuerte o del más astuto. Ha desaparecido el ingrediente esencial de toda democracia que funcione: la crítica franca, dura, pero respetuosa. 

Ya no hay adversarios políticos con los que debatir, sino solo bandos enfrentados. Los partidos, salvo raras excepciones, ya no buscan el bien común; persiguen únicamente el interés partidista y la supervivencia de su propia jerga y nomenclatura. 

¿Y la ciudadanía? Se limita a observar desde las gradas: desilusionada, resignada, cómplice o indiferente. 

Se pone de manifiesto, en toda su gravedad, el límite estructural de la democracia liberal: privilegia el número frente al mérito, la cantidad frente a la calidad. 

Karl Popper recordaba que el objetivo de la democracia no es garantizar el gobierno de los mejores, sino permitir expulsar a los peores sin derramamiento de sangre. Una frase redonda con la que hasta se puede estar de acuerdo. 

Pero hoy en día ni siquiera esta garantía se sostiene ya. 

Las elecciones ya no son un ejercicio crítico y racional: se han convertido en un receptáculo de estados de ánimo sombríos y rencores individuales. Premiamos sistemáticamente a los portavoces del resentimiento y a los especuladores del miedo. 

Y una vez en el poder, estos personajes se revelan totalmente incapaces de gestionar la complejidad de los problemas y se vuelven aún más miopes que quienes les votaron. 

Esta premisa era necesaria para llegar a lo que desde fuera es la incapacidad de la gestión de una situación compleja y difícil como ahora son los incendios. O como en su momento fue la DANA. O… 

En los últimos días, ¡y el verano va para largo!, las declaraciones políticas —grandes, medianas y pequeñas— se han convertido en una presencia constante, casi sistemática, ante la proliferación de incendios. 

No hace falta enumerarlas: basta con echar la vista atrás o sintonizar los medios para que se nos presente un panorama desalentador de semejantes declaraciones. 

En buena medida son la enésima demostración de aquella incapacidad política de los habituales mandamases, decididos a perpetuar su incompetencia y a blindar sus posiciones también de cara al futuro. 

No soy quién para entrar en el fondo, tampoco de este asunto, pero me ronda en la cabeza una pregunta directa: ¿no sería hora de que a la indignación de salón le siguiera una verdadera labor de limpieza? ¿No ha llegado el momento de reactivar ese proceso de corrección que, como ciudadanos, parecemos haber olvidado de forma culpable? 

Menos discursos, mensajes y palabras ante las cámaras y micrófonos de los medios de comunicación. Y más razón y más ética en la gestión de lo público. 

Georges Simenon hizo decir al protagonista de una de sus novelas que «cuanto menos conocimientos tienen las personas para respaldar sus ideas, más seguras están de ellas». Tengámoslo presente. 

Antes de marcar la papeleta de un símbolo, hagamos algo muy elemental: comprobemos la competencia, la preparación y la integridad moral de quienes nos piden el voto. Y dejemos de premiar a los incompetentes por vocación. 

También, y dicho sea de paso, a aquellas personas que no tienen cosa mejor que decir que aquello de “a mí me gusta la fruta” o que se contentan con recordar que “en Madrid siempre ha hecho calor en verano” o que proclaman “el fanatismo climático”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 26 de julio de 2026

El silencio se convierte en fuego: Arde la tierra.

El silencio se convierte en fuego: Arde la tierra 

«El uso del fuego, además, marcó la primera gran diferencia entre el ser humano y los animales… Al domesticar el fuego, los seres humanos adquieren el control de una fuerza totalmente manejable y potencialmente ilimitada…», afirma Yuval Noah Harari en “Sapiens. De animales a dioses: Breve historia de la humanidad”. 

En busca del “arché”, del origen de la realidad que conocemos, los filósofos presocráticos señalaron los cuatro elementos fundamentales —Agua, Aire, Tierra y Fuego— y este último elemento fue elegido por Heráclito como el principio del que se generan todas las cosas, a través de procesos de rarefacción y condensación. 

Si el gran filósofo griego volviera a la vida hoy, habría tenido que añadir que el fuego también puede suponer el fin de la fauna y la flora de este planeta, empezando por los sapiens. De hecho, si continúa la tendencia actual, nos vamos enfrentando y enfrentaremos a incendios cada vez más frecuentes e intensos, capaces de convertir en humo superficies cada vez más extensas. 

Marginado casi siempre del debate mediático y político hasta estas fechas incendiarias, arrinconado por el momento de todo interés por un acuerdo o pacto medioambiental de Estado, ignorado en gran medida por los movimientos sociales—con algunas excepciones loables—, el aumento de los incendios forma parte de los fenómenos extremos generados por el cambio climático como respuesta del ecosistema a las actividades antropogénicas insostenibles. 

Me imagino que no todo nuestro planeta se ve afectado de la misma manera, ni con la misma intensidad, por unos incendios cada vez más frecuentes e intensos. El fuego es un elemento natural y me imagino que deberían arder unas cuentas hectáreas de nuestro país cada año. El problema es que ahora los incendios son más violentos. Y ocurre que en algunas zonas de riesgo viven personas. 

Pero por lo que respecta a nuestro país, eso sí, uno tiene la sensación de que a menudo, y también sobre este tema, la clase política demuestra estar tan poco preparada que roza lo ridículo. Para variar. 

No sé si los incendios han aumentado tanto en número como en intensidad y violencia, en parte debido a los vientos impetuosos e implacables. Se trata de un crecimiento hiperbólico que se potencia a sí mismo con el tiempo, debido a la retroalimentación entre el calentamiento global, la sequía resultante y el material inflamable que, en consecuencia, aumenta. A su vez, los incendios forestales liberan a la atmósfera una cantidad cada vez mayor de CO₂, lo que contribuye a agravar el efecto invernadero, empeora el cambio climático y crea las condiciones para que los incendios tengan efectos cada vez más devastadores. 

Lo que ocurre, también, es que a pesar de la complejidad del fenómeno, imprevisible y vinculado a diversas causas - naturales o no naturales -, el enfoque de las instituciones ha sido hasta ahora el clásico de la política de emergencia. La única forma de prevención que se suele generalizar, y no siempre, entre los países industrializados ha sido el aumento del número de medios para extinguir los incendios una vez que la alarma llega a las autoridades competentes. No, tampoco hay que dejar de mencionar que, en una fase de privatización de los servicios públicos como la que estamos viviendo, incluso la extinción de incendios se ha convertido en una oportunidad de negocio. 

Las causas estructurales no se tienen en cuenta en absoluto y, a menudo, tienen su origen en el cambio de la relación entre la población y el territorio. Esto es especialmente cierto en algunos países de la zona del Mediterráneo, donde, en las regiones más o menos montañosas, de colinas, etc., asistimos desde hace décadas al abandono de tierras que antes eran cultivadas y custodiadas por pastores y agricultores. De ser un bien común, gestionado según antiguas tradiciones comunitarias, muchos de estos territorios abandonados se han convertido en res nullius, abandonados al descuido y a los efectos nefastos de la sequía. 

Llegados a este punto, ya no verano sin ese sabor a ceniza en la garganta: ya no son unas vacaciones, ya no es el relato idílico de una tierra de postal, sino un boletín de guerra diario en el que el humo oscurece el cielo y la dignidad de todo un territorio. Hace unos días, asistimos a cómo literalmente las llamas devoran, lo que dejó a unas comunidades de rodillas, obligando a la evacuación de emergencia de viviendas y exigiendo la intervención desesperada de medios aéreos y equipos de tierra en un intento por salvar lo salvable de un infierno de fuego y humo. 

Pero hay que decir toda la verdad. Y hacerlo con una lucidez de la que hasta ahora carecen tanto quienes gobiernan: lo que está ocurriendo no es una trágica fatalidad, no es un destino cínico y traicionero, sino un fracaso sistémico, político (cultural, económico, social,…) total. Dejemos de una vez por todas de culpar al ‘calor récord’ o al cambio climático para limpiarnos la conciencia colectiva, porque la autocombustión es un cuento para niños y la naturaleza no se suicida por sí sola. 

Detrás de cada metro cuadrado de tierra quemada se esconde la mano criminal del ser humano: ya sea la locura dolosa de un pirómano que disfruta viendo arder el mundo, o la negligencia igualmente criminal de aquellos que limpian los campos provocando incendios fuera de control en busca de un atajo cómodo y económico, o de los otros que utilizan maquinaria agrícola prohibida, o de…, el resultado no cambia y las responsabilidades son igualmente imperdonables. 

En todo caso, la tierra se ve reducida a un inmenso mechero social y medioambiental, listo para estallar ante la primera chispa, debido a una ausencia total y vergonzosa de mantenimiento ordinario. Las carreteras provinciales bordeadas por muros de maleza seca, kilómetros de campo abandonados a la degradación más absoluta, biomasa abandonada a su suerte porque los pequeños propietarios carecen de los recursos y un viento constante que convierte cada foco de incendio en una tormenta perfecta no son imprevistos, sino el relato de un desastre ampliamente anunciado. ¿Hay algo que pueda complicar este desolador panorama? 

Todo eso supone tener millones de antorchas naturales a punto de estallar, un combustible potencial que convierte cualquier chispa en una bomba medioambiental devastadora. Y ante todo esto, la actuación de las instituciones políticas resulta sencillamente vergonzosa y se limita a perseguir la emergencia con parches, derramando lágrimas de cocodrilo ante las cámaras y prometiendo drones, aviones y refuerzos en los servicios de rescate cuando el daño ya está hecho. 

¿Dónde está la prevención estructural, esa que se lleva a cabo en invierno? ¿Dónde están las políticas medioambientales activas con asesoramiento de los técnicos especialistas? La verdad es que existe una inacción generalizada y una habituación al desastre que dan miedo. O lo siguiente. 

La tragedia es el reflejo de una tierra que se está rindiendo a la negligencia inhumana del ser humano y al abandono del Estado, donde los ciudadanos se ven cada año temblando mientras miran al horizonte y solo esperan que el viento no empuje las llamas hacia sus casas. Si seguimos con esta indolencia, dentro de unos años simplemente ya no quedará nada que quemar y una grande parte quedará reducida a una extensión desolada. 

Ya es hora de acabar con las publicaciones de solidaridad en las redes sociales, con las farsas de mesas redondas técnicas y con las falsas lamentaciones. Se necesita, también, un pacto de Estado sobre la emergencia climática a la altura del presente y del futuro. Además de tolerancia cero, de penalización más severa para quien encienda un fuego en verano, de incautación de los terrenos abandonados, de planes de reforestación y de gestión del territorio que no busquen el beneficio inmediato, …, antes de que uno de nuestros últimos retazos de identidad se convierta en un simple montón de cenizas. Ésta sí que es una prioridad nacional.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 19 de mayo de 2026

Laudato si’… once años después.

Laudato si’… once años después

No se ha quedado encerrada en las sacristías: se ha desbordado hacia las plazas, las universidades y los debates políticos internacionales, imponiéndose como uno de los muy pocos análisis realmente capaces de conciliar la fragilidad del planeta y el dolor de los pobres.

 

No es solo un texto religioso: se ha convertido en una brújula imprescindible para cualquiera que intente orientarse en la tormenta de la crisis global. Esta es precisamente la prueba de su naturaleza profética: no ha envejecido porque no se ha limitado a seguir la actualidad, sino que ha dado en el meollo del problema.

 

Cuanto más pasan los años, más se encarga la realidad (por desgracia, hay que decirlo) de dar la razón al Papa Francisco.

 

La encíclica no es un tratado de botánica ni un simple llamamiento al buen corazón de los ciudadanos para que separen los residuos: es un manifiesto político, social y espiritual que sacude los cimientos de la modernidad.

 

Su carga revolucionaria reside en una palabra que actúa como eje central de todo el texto: interconexión. El Papa Francisco derriba la visión sectorial del mundo, típica de la cultura tecnocrática, para afirmar que «todo está conectado». En este esquema, la crisis medioambiental no es un tropiezo del progreso, sino el síntoma de una crisis más profunda que afecta a la idea misma del hombre y de la sociedad.


La primera ruptura real con el pasado es la introducción del concepto de ecología integral. El Papa Francisco acaba con la ecología «de fachada», aquella que se ocupa de salvar (legítimamente) a las ballenas de la extinción ignorando el destino de las poblaciones indígenas o de los trabajadores explotados.

 

Con gran fuerza comunicativa, el Papa declara que no existen dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una única y compleja crisis socioambiental. Esto significa que no se puede estar sinceramente preocupado por la naturaleza si en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos.

 

De hecho es una revolución de perspectiva: la defensa del ecosistema se convierte en una lucha por la justicia global. La Tierra, nuestra casa común, se encuentra entre los pobres más abandonados y maltratados, y su grito se une inevitablemente al grito de los oprimidos.

 

Un segundo elemento disruptivo es la crítica radical al paradigma tecnocrático. El Papa pone en tela de juicio la idea de que el crecimiento económico infinito sea la solución a todos los males y que la tecnología, por sí sola, pueda reparar los daños que ella misma contribuye a crear.

 

El Papa Francisco denuncia una «cultura del descarte» que ha transformado el mundo en un inmenso vertedero, donde los objetos están diseñados para convertirse en residuos y las personas —desde los no nacidos hasta los ancianos, desde los migrantes hasta los pobres— son consideradas excedentes de un sistema productivo despiadado.

 

Esto no es solo una crítica al capitalismo salvaje, es un desafío antropológico: el hombre se ha ilusionado creyéndose el dominador absoluto de la naturaleza, transformando el mandato bíblico de «someter la tierra» en una licencia para saquearla. La encíclica restablece una verdad teológica y filosófica incómoda: el hombre no es el dueño, sino el custodio de la creación.



Audaz es también el pasaje sobre la deuda ecológica. El Papa Francisco invierte las relaciones de poder mundiales al hablar explícitamente de una deuda que el Norte del mundo ha contraído con el Sur.
 

Durante siglos, las naciones industrializadas han alimentado su propio bienestar explotando los recursos naturales de otros países y dejando tras de sí contaminación, deforestación y desertificación.

 

La carga revolucionaria se convierte aquí en política internacional: el Papa pide reparaciones, exige que las naciones más ricas asuman los costes de la transición energética global, porque la propiedad privada no es un derecho absoluto, sino que está subordinada al destino común de los bienes.

 

Hay además una revolución del lenguaje y de los sentidos. El Papa Francisco en el texto no habla en abstracto; cita el aire que respiramos, el agua que escasea, la belleza de un paisaje destruido. Ataca la «aceleración», ese ritmo frenético de vida y de consumo que nos impide detenernos a contemplar el valor de lo que tenemos.

 

Propone una sobriedad feliz, no como una forma de privación o de vuelta a la Edad de Piedra, sino como una liberación de la obsesión por el consumo. Es una invitación a pasar del consumo al sacrificio, de la codicia a la generosidad, del despilfarro a la capacidad de compartir.


Por último, Laudato si’ es revolucionaria porque es un documento ecuménico y universal. No se dirige solo a los católicos, sino a «toda persona que habita este planeta».

 

El Papa Francisco invita a un diálogo global que supere los egoísmos nacionales y los intereses partidistas. Nos recuerda que somos una única familia humana, que viaja en un barco que está haciendo agua, y que nadie puede salvarse por sí solo.

 

La suya es una llamada a la «conversión ecológica»: un cambio del corazón, antes incluso que de las leyes. En una época dominada por el cinismo y la resignación, la encíclica es un acto de esperanza militante, un llamamiento a rebelarse contra la injusticia para construir un mundo donde la belleza y la dignidad no sean privilegios de unos pocos, sino derechos de todos.

 

Hoy la fuerza de ese texto permanece inalterada; es más, actúa como un reactivo químico que pone al descubierto las contradicciones de nuestro tiempo. La esperanza es que esa misma radicalidad, capaz de sacudir a las naciones y a las conciencias, pueda seguir provocando para que, en este mundo confuso marcado por el desorden global, el latido indomable de una justicia necesaria y de una paz molesta para los poderosos siga siendo la única fuerza capaz de devolver la esperanza a las mujeres y a los hombres de esta tierra herida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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