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lunes, 7 de septiembre de 2026

Olas de calor que vienen para quedarse.

Olas de calor que vienen para quedarse

Calor sin precedentes, sofoco agobiante, sequía persistente y una situación hídrica cada vez más crítica, salud en peligro. Y consecuencias económicas devastadora.

 

Esto bastaría para despertarnos.

 

Pero no es suficiente.

 

Sobre todo entre los «políticos» y en los partidos más populistas y, por tanto, entre quienes los siguen.

 

¿A qué se debe esta discrepancia entre lo que constatamos y sabemos y lo que estamos dispuestos a hacer o lo que no hacemos?

 

A menudo se responde: porque aún no se sabe lo suficiente; y se añade además, con resentimiento o escepticismo: porque se exagera.

 

Pero la realidad es otra.


Lo que habitualmente se denomina «hechos o problemas ecológicos» casi siempre va acompañado de tres verbos, como si fueran su sombra: reducir, limitar, renunciar.

 

Pero es innegable que esos tres verbos chocan con un concepto de libertad impuesto desde hace ya dos siglos, es decir, el de que la libertad es «ausencia de obstáculos».

 

Y entonces esos tres verbos adquieren un único significado: el de «pérdida».

 

Acentuado además por aquellos políticos o jefes de Estado que van más allá y hablan del «fin de la abundancia». Y nunca se ha visto que se gane una causa recurriendo a los mismos términos que aquellos que la rechazan.

 

¿Qué hacer, pues, cuando los hechos, como los que he mencionado, no bastan?

 

Hay quien ha propuesto un término nuevo, un poco complicado, quizá incluso repulsivo, para explicarlo: hipo-cognición. Lo que significa, sencillamente: ausencia de una idea de la que se tiene una necesidad urgente.

 

Y ahí es precisamente donde nos encontramos.


Cada ola de calor - que sin duda se repetirá y será peor - y cada inevitable restricción de agua y cada… nos hacen comprender los límites que se nos imponen.

 

Pero ninguna expresión, en nuestro lenguaje público, nos permite vivirlos de otra forma que no sea como una amputación.

 

La sociedad tiene, no obstante, una intuición acertada: la mayoría de nosotros valoramos tanto nuestra libertad como los ecosistemas que la hacen posible.

 

Dos necesidades que nunca se han formulado conjuntamente.

 

Y es esta labor —compuesta de discusiones y debates públicos repetidos, más aún que de nuevos informes— la que podrá decidir qué haremos ante los próximos récords de calor, sequía, salud amenazada, crisis hídrica, agricultura en apuros y precios de los alimentos que suben y merman nuestro poder adquisitivo.

 

Alguien me recordaba al anciano sabio Séneca: no es porque las cosas sean difíciles por lo que no nos atrevemos, sino porque no nos atrevemos por lo que se vuelven cada vez más difíciles.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 12 de agosto de 2026

Un cambio climático que nos negamos a ver.

Un cambio climático que nos negamos a ver

Unos meses de calor récord. Ciudades asfixiadas por temperaturas que rondan o superan los 40 grados, incendios que devoran miles de hectáreas de bosque, inundaciones repentinas que convierten calles y plazas en ríos. 

Ante una evidencia tan evidente, cabría pensar que el cambio climático ya no es objeto de debate. Pero no es así: incluso después de haber vivido en carne propia fenómenos climáticos extremos cada vez más frecuentes, una parte de la opinión pública sigue interpretando el calentamiento global como un problema secundario, exagerado o incluso inexistente. 

Y la razón es que nadie interpreta la realidad de forma neutral: incluso un hecho aparentemente inequívoco se filtra a través de las convicciones políticas, los valores culturales y la confianza en la ciencia. 

Y aquí es donde entra en juego la política. Y es que llama la atención que los fenómenos meteorológicos extremos no aumenten necesariamente la atención prestada a las cuestiones climáticas… porque lo que cuenta es la forma en que se narran, la interpretación que se les da. 

La explicaciones y justificaciones populistas evitan debatir sobre el consumo energético, los combustibles fósiles, los modelos de desarrollo… 

Tras las inundaciones de 2024 que se cobraron más de doscientas víctimas en la provincia de Valencia, Vox atribuyó la gravedad de la catástrofe a las políticas ecologistas, a las que acusó de haber impedido la limpieza de los cursos de agua y la construcción de nuevas infraestructuras hidráulicas: una interpretación desmentida por los estudios de atribución climática, que señalan al calentamiento global como la causa de la intensidad de las precipitaciones. 

Tras cada catástrofe se reabre puntualmente el debate sobre el consumo del suelo, el mantenimiento del territorio y la prevención: problemas reales que, sin embargo, a veces se contraponen al cambio climático, como si ambas explicaciones se excluyeran mutuamente. No es así: se suman. Un territorio frágil se vuelve más vulnerable cuando se ve expuesto a precipitaciones más intensas, sequías prolongadas y temperaturas récord. 

En el debate político, sin embargo, estos mismos elementos se transforman en una narrativa alternativa: no sería el clima el que ha cambiado, sino que solo la gestión del territorio es un fracaso. 

La política populista construye a menudo su mensaje: el problema no es la emergencia climática, sino un ecologismo que obstaculiza el desarrollo. Este es el típico mecanismo de inversión del blanco: quien denuncia el problema es presentado como el responsable. Así, el debate público se desplaza de las causas del calentamiento global a los supuestos efectos negativos de las políticas medioambientales y la crisis climática se convierte en el terreno de un enfrentamiento identitario potencialmente desastroso. 

A pesar de la realidad, el ser humano está haciendo todo lo posible por no afrontar el problema, por negar lo evidente. 

El hecho de que un número cada vez mayor de la población niegue la realidad tiene al menos dos causas: 

1.- la primera es que nos negamos a ver la catástrofe porque pone seriamente en tela de juicio nuestro futuro; 

2.- la segunda —que también influye en la primera— es que una parte considerable de la clase política está actuando en la dirección opuesta a la que se debería seguir. 

Hay quien decide suprimir los fondos destinados a la conservación de los bosques, o quien considera seriamente reintroducir el tema de las centrales nucleares en detrimento de las energías renovables, o quien defiende estrategias que abandonan proyectos de transición energética… 

Este año, y debido a la sequía, dicen que los pastos están demasiado secos y el forraje para el invierno será insuficiente. Recurrir a las importaciones, como se ha hecho en el pasado, será difícil porque toda Europa se enfrenta a la misma situación. 

Los glaciares se están derritiendo a un ritmo superior al previsto, el nivel de los lagos está alcanzando mínimos históricos y los embalses hidroeléctricos se encuentran en niveles muy bajos. 

Para recuperar el déficit hídrico anual se necesitarían, de aquí a diciembre, dos meses de lluvias abundantes. Si parece que no se van a producir precipitaciones significativas en agosto… nos quedan cuatro meses. 

Los efectos del cambio climático en curso, desde las olas de calor hasta la escasez prolongada de agua (sequía) y las precipitaciones de magnitud excepcional, son cada vez más frecuentes e intensos. 

Los científicos expresan una gran preocupación. No se trata solo de gestionar las emergencias del momento, sino de hacer frente a un cambio climático que amenaza la seguridad de los ciudadanos, la estabilidad económica de la sociedad, la productividad agrícola y la integridad de los ecosistemas locales. Solo reduciendo las emisiones que alteran el clima, derivadas en su mayor parte del uso de combustibles fósiles, podremos intentar detener esta escalada. 

Hay quien aún sigue pensando que el cambio climático podría tener un pequeño papel en las temperaturas elevadas y prolongadas de este verano…  pero que, en cualquier caso, todo ello sigue entrando dentro de la evolución normal del clima. Y es que en verano siempre ha hecho y hace calor… 

En la situación actual, está claro que los políticos muestran una notable incapacidad de gestionar una situación que se agrava año tras año: hay demasiados intereses económicos en juego (que, evidentemente, son a corto plazo) y demasiada ideología. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 8 de agosto de 2026

Ecología de la mente.

Ecología de la mente 

¿Podemos decir que alguna vez hemos visto un pensamiento? ¿O una emoción? 

Y, sin embargo, de lo que pensamos y sentimos se derivan nuestras acciones. 

Y de nuestras acciones toma forma la realidad en la que vivimos. 

La silla en la que estás sentado, el dispositivo que tienes delante, la ropa que llevas puesta: antes de existir en el exterior, existió en el interior de alguien. Fue una intuición, una imagen, una intención. Luego se convirtió en proyecto, en gesto, en materia. 

Por eso podemos decir que nuestro mundo interior no es simplemente «interior». Es el primer entorno que ofrecemos a los demás. 

Lo que cultivamos en nuestro interior influye en la forma en que miramos, elegimos, respondemos y construimos. 

Incluso cuando nos sentimos impotentes, tenemos mucho más poder para influir en la realidad de lo que creemos. 

No en vano, el Preámbulo de la Constitución de la UNESCO, redactado en 1945, afirma: «Puesto que las guerras nacen en la mente de las mujeres y los hombres, es en la mente de las mujeres y los hombres donde deben construirse las defensas de la paz». 

Hoy en día hablamos mucho de ecología, y debemos hacerlo: ecología del aire, del agua, de los mares, del suelo, de las ciudades. 

Pero hay otra ecología en la que podemos y debemos influir: aquella que el antropólogo Gregory Bateson denominaba ecología de la mente. 

La sostenibilidad del mundo comienza también por la sostenibilidad de la mente que lo habita. 

Somos, en cierto sentido, los jardineros de nuestros pensamientos. Y esos pensamientos —lo queramos o no— salen de nosotros e influyen en el mundo que nos rodea. 

Por eso suelo decir: todo ser humano es un educador. 

Todos educamos, siempre, incluso cuando no pensamos que lo estamos haciendo. Lo sabemos bien: se enseña con el ejemplo, no solo con palabras. 

Cada ser humano educa al mundo en cada instante, a través de la calidad de su propio mundo interior. 

¿Te has preguntado alguna vez dónde está un pensamiento? ¿Cuánto pesa? ¿De qué color es? 

Quizá no podamos verlo como vemos un objeto. Pero hoy sabemos que la actividad mental deja huellas observables: patrones cerebrales, variaciones eléctricas, tiempos de respuesta, correlatos fisiológicos. Lo que parece invisible produce efectos medibles. 

Y si lo invisible produce efectos, entonces puede conocerse. Si puede conocerse, puede educarse. 

Pero ¿hasta qué punto lo hacemos realmente? 

Los niños pasan unas trece mil horas en el colegio entre los seis y los dieciocho años. Aprenden a leer, a escribir, a calcular, a programar un ordenador… 

Pero ¿cuántas horas, de todo ese tiempo, dedicamos a enseñarles a conocer su propio mundo interior? 

¿Cuántas horas dedicamos a cultivar la conciencia de sí mismos, el conocimiento y la gestión de las emociones, la motivación, la empatía y las habilidades sociales? ¿Cuántas horas dedicamos a educar la capacidad de superar la frustración, el desacuerdo, la ansiedad y el malestar? 

En cierto modo, podríamos definirnos como analfabetos interiores. 

La humanidad ha evolucionado tecnológicamente de forma extraordinaria, pero se ha quedado increíblemente rezagada en su propia tecnología interior. 

Sin embargo, para afrontar los grandes problemas de nuestro tiempo —el clima, los conflictos, la inteligencia artificial, la polarización, la salud mental— necesitamos las herramientas interiores. 

La última frontera de la educación no es la inteligencia artificial. Es la inteligencia interior. 

El futuro no necesita más tecnología. Necesita más humanidad. 

Educar en lo invisible no es una cuestión abstracta ni espiritual. 

Es una cuestión de alfabetización: la conciencia es una habilidad, la intención es una habilidad, la atención es una habilidad. 

Son estas capacidades las que nos permiten orientarnos mejor en las relaciones, en las decisiones, en los conflictos y en los retos. Son estas capacidades las que pueden ayudarnos a construir un futuro más humano, pacífico y seguro. 

Educar lo invisible significa cuidar el entorno interior del que surge nuestra influencia. 

La huella de nuestro paso, la marca que dejamos en el mundo, es el fruto de lo que hemos cultivado en nuestro interior. 

Por eso debemos cultivar las ideas. Las ideas tienen poder si se comparten. Tienen fuerza si se acogen. Generan cambios si se viven. 

Empezar a educar nuestro mundo interior no es difícil. 

No hace falta meditar durante horas, no se necesitan semanas de retiro, no hay que volar a la India… 

Para empezar, basta con un minuto. 

En un minuto podemos cambiar la mentalidad con la que respondemos. Y cuando cambia la mentalidad con la que respondemos, también cambia la huella que dejamos. 

Educar lo invisible significa esto: cuidar el mundo interior del que nace la huella que dejamos en el mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 2 de agosto de 2026

A la altura de la calorina.

A la altura de la calorina 

Estamos acostumbrados a medir el calor con el termómetro. Deberíamos empezar a medirlo con la cartera. Porque el verano abrasador ya no es un fenómeno meteorológico: es un nuevo actor económico, un factor social, un multiplicador de fragilidad. 

Es un impuesto que no se ha votado ni debatido, pero que ya está en vigor. Y cada año aumenta. El calor se cuela en los hogares, en los cuerpos, en las cadenas de suministro, en los presupuestos familiares. No pide permiso. No espera. No hace descuentos. 

En los días en que se superan los treinta y cinco grados, las ciudades cambian de ritmo. Las persianas se bajan como párpados cansados, los ventiladores giran como aspas de molinos agotados, los aparatos de aire acondicionado zumban como un segundo latido del corazón. 

Cada grado más es un euro que se va: facturas que suben, medicamentos que se encarecen, visitas médicas que se multiplican. Las personas mayores que viven solas en el centro —aquellas a las que ya se ha clasificado en los grupos de riesgo «alto» y «muy alto»— viven el calor como una presión física. El termómetro marca treinta y seis, pero el cuerpo siente cuarenta. 

Cada ola de calor es una prueba de resistencia, y cada prueba tiene un coste sanitario que no aparece en los presupuestos municipales, pero que pesa y mucho. El calor no es solo una temperatura: es una sustracción. Sustrae energía, sustrae salud, sustrae seguridad. Y cada sustracción se convierte en un coste que nadie ha previsto, pero que todos deben pagar. 

Hemos descubierto que el calor es un adversario silencioso. Cada día en el que se superan los treinta y cinco grados es media jornada perdida, como si el clima hubiera convocado su propio conflicto laboral, sin sindicatos y sin negociación. 

Y luego están los costes invisibles: climatizar naves enormes, refrigerar las líneas de producción, proteger a los trabajadores al aire libre. La factura energética se convierte en un nuevo capítulo del balance empresarial. El calor ya no es un fenómeno estacional: es un factor económico que modifica la estructura de los costes. 

En los valles, el calor no es solo una temperatura: es una sustracción de futuro. Maíz que crece mal, forrajes que se queman, ganaderías que producen menos leche. El calor entra en los establos como un invitado indeseado: no grita, no hace ruido, pero quita. Quitar es su forma de expresarse. 

Cada litro de leche menos es una señal que recorre la cadena de suministro hasta llegar a los mercados y las familias. Cada riego adicional supone un coste. Cada cosecha comprometida es una pérdida irrecuperable. 

El termómetro mide el calor, pero es la cartera la que mide la pérdida. Y el sector agrícola, ya de por sí frágil, descubre que el clima se ha convertido en un actor económico que no se puede ignorar. 

Aunque la ciudad sea fuerte el verano abrasador la enfrenta a una verdad sencilla: la fuerza no basta. Se necesita una red de apoyo, se necesita atención, se necesita prevención. Porque el calor no afecta a todos por igual: elige a los más solos, a los más mayores, a los más expuestos. 

En algunos municipios predominan los hogares unipersonales, a menudo de personas mayores que viven solas: son los más vulnerables a las olas de calor. Cada medida que no se toma se convierte en un coste social que se acumula como un impuesto no declarado. 

El calor se convierte en un indicador de desigualdad: muestra quién tiene recursos y quién no, quién puede protegerse y quién queda expuesto. Y la ciudad, que ya ha conocido la fragilidad en otras formas, descubre que el clima es una nueva línea de fractura. 

El calor extremo aumenta el consumo eléctrico y obliga a realizar inversiones: aparatos de aire acondicionado, protecciones solares y rehabilitaciones energéticas. Las inversiones en climatización y energía fotovoltaica ascienden a miles de millones a nivel nacional, con unos costes energéticos adicionales igualmente elevados. 

La cuota local de este «impuesto climático» es especialmente elevada: naves industriales, talleres, tiendas y oficinas deben refrigerarse durante más tiempo y con mayor intensidad. El calor ya no es un fenómeno estacional: es una partida de gastos. Y cada verano abrasador añade una línea al presupuesto familiar y empresarial. 

El calor no vota, no habla, no firma decretos. Y, sin embargo, decide. Decide quién puede trabajar y quién no, quién puede salir y quién se queda encerrado en casa, quién puede permitirse refrescar su vida y quién debe soportarla. El verano abrasador se ha convertido en un indicador de justicia: muestra quién tiene recursos y quién no, quién puede protegerse y quién queda expuesto. 

El termómetro indica la temperatura, pero la cartera revela la verdad. Y entonces la pregunta se hace inevitable: ¿tiene sentido, en cuestiones medioambientales, esperar a que se tome una decisión a nivel nacional? 

Uno tiene la sensación de que lo que se hace no es suficiente. Y no es suficiente porque el calor corre como un animal herido, y las administraciones lo persiguen con las pesadas botas de la burocracia. 

No basta porque cada administración hace lo que puede, pero el calor hace lo que quiere. Las ordenanzas son hojas de papel frente a un cielo que no conoce tregua. Los protocolos son intentos de poner orden en un fenómeno que carece de orden. Los incentivos son gotas en un sistema que gotea por todas partes. 

No basta porque cada intervención local es un gesto de cuidado, sí, pero también un gesto de soledad: un ayuntamiento que intenta proteger a sus mayores, un valle que intenta salvar sus cosechas, una empresa municipal que persigue la factura como se persigue una deuda antigua. Son acciones necesarias, pero también son señales de una desproporción: el problema es más grande que la mano que intenta contenerlo. No basta porque el calor no es una emergencia: es una estructura. 

Y una estructura no se gestiona con medidas puntuales, sino con una dirección. Una dirección que hoy falta: estable, continua, sistemática… Sin esa dirección, cada intervención es un parche en una herida que sigue abriéndose. 

No basta porque el calor ya es un actor económico, social y sanitario. Y las entidades territoriales deben convertirse en actores políticos a la altura: ya no solo administradores del presente, sino guardianes del futuro climático. 

El calor ya no es un fenómeno natural. Es un coste. Un coste que crece, que se acumula, que se distribuye de forma injusta. El verano abrasador no es un accidente: es una nueva infraestructura económica. Y mientras no lo reconozcamos, seguirá presentándonos la factura. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


viernes, 31 de julio de 2026

Al final de un verano incendiado.

Al final de un verano incendiado 

Hubo un tiempo en el que el ser humano aprendía a reconocer su propia fragilidad observando los cuatro elementos. 

La tierra le enseñaba los límites de la fertilidad, el agua los de la supervivencia, el aire el valor de la respiración y del movimiento. El fuego, por último, representaba a la vez la conquista y el peligro: la luz que permitía habitar el mundo y la fuerza capaz de destruirlo. 

Hoy en día, esos cuatro elementos siguen contando nuestra historia, pero hablan un idioma diferente, un idioma que describe un equilibrio cada vez más precario. 

La tierra está cansada. Consume más de lo que es capaz de regenerar. Pierde materia orgánica, biodiversidad y capacidad para retener el agua. Es el primer archivo de la vida y, al mismo tiempo, la más silenciosa de las víctimas. 

Falta agua, pero no solo falta: llega en el momento equivocado y con la intensidad equivocada. Largos meses de sequía se alternan con lluvias violentas que la tierra ya no es capaz de absorber. 

No es solo el clima el que cambia; es nuestra relación con la tierra la que se ha empobrecido. 

El viento sigue siendo el gran mensajero. Trae semillas, humedad, aromas, vida. Pero cuando se encuentra con paisajes abandonados y vegetación seca, se convierte en el aliado más poderoso de las llamas. 

Es entonces cuando el cuarto elemento cambia de naturaleza. 

El fuego ya no es solo un fenómeno físico. Se convierte en el símbolo de una fractura entre el hombre y el paisaje. 

En estos días de verano, nuestra península ha seguido ardiendo. Arden bosques, matorral, espacios protegidos. Arden casas, explotaciones agrícolas, animales salvajes, recuerdos colectivos. 

Cada verano parece idéntico al anterior y cada verano prometemos que será el último que vivamos en situación de emergencia. Pero seguimos contándonos una historia incompleta. 

Resulta tranquilizador achacarlo todo al cambio climático. 

Es igualmente tranquilizador sostener que la culpa es de las políticas medioambientales.

Ambas interpretaciones, tomadas de forma aislada, acaban ocultando la complejidad del problema. 

El cambio climático no provoca los incendios. Ninguna ola de calor enciende una cerilla. Pero hace que cada chispa sea infinitamente más devastadora, alarga la temporada de incendios, reseca la vegetación y multiplica la velocidad de propagación de las llamas. 

Al mismo tiempo, sería ingenuo ignorar el peso que tienen el abandono de las zonas del interior, la desaparición de la agricultura extensiva, la reducción de los pastos, la falta de mantenimiento ordinario de los bosques, la fragmentación administrativa y, sobre todo, la mano criminal que sigue utilizando el fuego como instrumento de lucro, chantaje o especulación. 

Las llamas son el punto culminante de muchas crisis que se suman. 

Uno pensaría que resulta cada vez más necesario devolver la inteligencia ecológica a nuestras reflexiones y decisiones. 

El verdadero problema es que hemos dejado progresivamente de habitar el paisaje. Durante siglos, los agricultores, los ganaderos y las comunidades locales han construido un mosaico formado por cultivos, pastos, bosques, terrazas, setos, senderos y sistemas hidráulicos. No era solo un paisaje bello. Era un paisaje resiliente, capaz de interrumpir la continuidad del combustible, de retener el agua y de reducir la vulnerabilidad a los incendios. 

Cuando ese mosaico se desintegra, el fuego encuentra continuidad. 

Y donde encuentra continuidad, encuentra velocidad. 

Cada hectárea que arde no solo representa árboles perdidos. Perdemos suelo fértil, biodiversidad, capacidad de almacenamiento de carbono, recursos hídricos, economía rural e identidad cultural. 

Perdemos ese entramado invisible de relaciones que convierte un territorio en una comunidad y no simplemente en un espacio geográfico. 

Por eso los incendios no son solo un problema forestal. Son una cuestión agrícola, medioambiental, social e incluso política. Miden la calidad de las políticas públicas mucho más de lo que miden la eficiencia de los bomberos. 

La prevención no empieza cuando despegan los aviones de extinción de incendios. Empieza mucho antes: en la ordenación del territorio, en el apoyo a la agricultura que cuida las zonas marginales, en el cuidado de los bosques, en la investigación científica, en la educación medioambiental, en la presencia del Estado frente a quienes utilizan el fuego como arma… 

Porque este es precisamente el punto que deberíamos tener el valor de reconocer. 

El fuego no está declarando la guerra a los árboles. Está declarando la guerra al paisaje. Y el paisaje no es simplemente naturaleza. Es la forma que adopta la naturaleza cuando se encuentra con la historia, el trabajo y la responsabilidad de las comunidades humanas. 

Si seguimos considerando los incendios únicamente como una emergencia veraniega, seguiremos apagándolos sin llegar nunca a aprender realmente a prevenirlos. 

El día en que comprendamos que defender el paisaje significa defender la calidad de nuestra democracia, entonces quizá volvamos a controlar el fuego en lugar de limitarnos a perseguirlo. El paisaje no muere cuando llega el fuego. El paisaje empieza a morir el día en que dejamos de habitarlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 29 de julio de 2026

Del fanatismo climático y de la religión climática.

Del fanatismo climático y de la religión climática 

Nos enfrentamos a la última una ola de calor que ya no es una excepción, sino el nuevo paradigma climático. Sin embargo, entre negacionismos encubiertos, inversiones insuficientes y prioridades invertidas, el incumplimiento de la política sigue siendo evidente. 

La ola ya crónica o habitual de calor que nos azota no debe considerarse un mero fenómeno meteorológico anómalo, sino que constituye más bien una prueba tangible de un cambio climático que ya ha entrado en una fase de virulencia palpable. 

En un momento en el que nuestras ciudades colapsan bajo el peso de temperaturas sin precedentes, no nos encontramos ante una simple incomodidad estacional: estamos presenciando la fase en la que una degradación medioambiental se traduce en una emergencia. 

Durante años se hablaba en el debate público de una amenaza diferida que se podía hasta gestionar con una gradualidad tan pasmosa como tranquilizadora. Hoy el calentamiento global rompe cualquier esquema dilatorio. 

El calor extremo ya no llama —esporádicamente— a nuestras puertas, sino que nos habita de forma estructural, revelando en toda su dramaticidad hasta qué punto las instituciones han invertido de forma insuficiente en la prevención, adaptación,…, y la necesaria transformación de las infraestructuras. 

Lejos de generar una mera molestia fisiológica, los picos de temperatura ponen al descubierto nuestra fragilidad y pone de manifiesto la vulnerabilidad de un modelo de vida concebido para un clima que ya no existe. 

Nuestras viviendas fueron diseñadas para retener el calor. Nuestros barrios fueron saturados de hormigón. Por no hablar de nuestras redes de transporte… Todo revela una verdad tal vez ineludible: el colapso climático ya es un hecho plenamente estructural del que no es posible escapar a menos que se sueñe con vías de escape extraterrestres propias de la ciencia ficción (en Marte, por ejemplo). 

Acorralado por las pruebas, el negacionismo no ha desaparecido, sino que ha cambiado de piel. Tras abandonar el burdo rechazo frontal, hoy adopta las formas más sofisticadas de la minimización: niega la urgencia de la alarma, postula la autosuficiencia de la adaptación pasiva o delega la solución a un futuro desarrollo tecnológico. 

Se trata de un obstruccionismo más refinado, pero no menos pernicioso, ya que actúa como freno inhibidor frente a cualquier decisión realmente incisiva. 

Envuelta en un falso sentido común, esta forma de rechazo se revela como una insidiosa estrategia de aplazamiento. 

Mientras el debate se estanque en torno a la gravedad real de la situación o a la conveniencia de acelerar la transición, se permite que el deterioro continúe su desgaste sin que nada lo perturbe. 

La comunidad científica, mientras tanto, lleva años reiterando una advertencia inequívoca: las olas de calor están destinadas a intensificarse tanto en frecuencia como en duración. 

Ignorar esta perspectiva no denota prudencia, sino una irresponsabilidad institucional culpable. 

El problema, por consiguiente, trasciende el mero contexto ecológico para afectar a la esfera cognitiva y democrática, poniendo de manifiesto la brecha entre nuestros conocimientos adquiridos y la voluntad real de actuar en el plano sociopolítico. 

Aunque a Europa le encanta presentarse como la vanguardia de la transición ecológica, la práctica decisoria de nuestros organismos desmiente regularmente la grandilocuencia de las declaraciones de intenciones. 

La Agenda 2030 debería haber orientado de manera sistémica el gasto público, la planificación industrial y la reconversión energética; por el contrario, los compromisos suelen quedarse en el papel, mientras que los presupuestos se mueven en direcciones diametralmente opuestas. 

El ‘quid’ de la cuestión política reside precisamente en la brecha entre las proclamaciones y la asignación de fondos: afirmar el imperativo de la estabilidad ecológica exige traducirlo en inversiones estructurales masivas. 

Financiar el reequilibrio climático y el desarrollo sostenible significa impulsar la investigación, promover redes energéticas limpias, subvencionar una construcción térmicamente resiliente y replantearse el sistema. 

Despojada de esta materialidad socioeconómica, la retórica de la sostenibilidad se reduce a un mero ejercicio de estilo. 

Por otra parte, la discrepancia entre los discursos solemnes y las medidas concretas no es un detalle contable, sino la medida de un fracaso estratégico: cada euro que se escatime hoy en materia medioambiental se traducirá mañana en costes insostenibles y en vidas expuestas al peligro de extinción. Algunos de nosotros, adultos y mayores, quizá ya entonces no lo veamos… pero sí lo harán nuestros hijos, nietos, … 

A agravar la incoherencia contribuye una progresiva e inquietante reasignación del gasto público en beneficio del sector militar. 

Se movilizan capitales astronómicos para hacer frente a hipotéticos escenarios bélicos con un celo que no es tan notable cuando se trata de defender el ecosistema en el que ya vivimos. 

Y nos quieren hacer comprar que esa inversión de prioridades es injustificable… 

Aunque se reconozca la complejidad del panorama geopolítico actual, es igualmente indiscutible que una sociedad agotada por las sequías, los incendios, las crisis hídricas y el estrés térmico es, por definición, una sociedad intrínsecamente vulnerable. 

El rearme se presenta, por tanto, como una respuesta simbólica y miope, capaz de hacer frente a una amenaza futura, mientras subestima un desgaste presente que erosiona inexorablemente la propia existencia humana. 

Hoy en día, el léxico político debería reapropiarse del concepto de «seguridad», emancipándolo del estrecho sentido militarista basado en la mera disuasión. Seguridad, en el siglo XXI, significa garantizar una vida sostenible en términos medioambientales. 

La reacción ante el colapso medioambiental no puede limitarse a paliativos de emergencia. Exige, por el contrario, una inyección estructural de fondos públicos en favor de un modo de vida sostenible. 

La auténtica encrucijada histórica no opone la ecología al realismo, sino un realismo ciego —obstinadamente aferrado a la lógica de la disuasión militar, ineficaz frente a la amenaza real del presente— a un realismo con visión de futuro, capaz de erigir la protección del clima en condición previa imprescindible no solamente para la convivencia… sino para la vida. 

La ola de calor de lo que va del verano - ¡y lo que te rondaré morena! - marca el fin de los aplazamientos y el agotamiento de las garantías abstractas. Ante esta ineludible exigencia histórico-existencial nos encontramos ante la misma encrucijada: perpetuar una inercia que alimenta miedos o situar la metamorfosis ecológica en el centro de su política industrial, social y democrática. 

Pero solo este último camino, que exige visión, valentía e inversiones cuantiosas, merece aún llamarse futuro. 

En un mundo que cambia rápidamente, la única forma de adaptarnos sería modificar casi todos los aspectos de nuestra vida: hogares, oficinas, fábricas, colegios, coches, trenes, explotaciones agrícolas, jardines… Nada de esto está ocurriendo. 

Un día, cuando el balance de desolación y de muerte de la crisis climática se haya vuelto intolerable, algunos se preguntarán por qué nos quedamos de brazos cruzados. 

Hasta puede ser probable que yo, que pienso y redacto las líneas de esta reflexión, no lo vea. No sé si lo verán aquellos que hoy hablan del fanatismo climático y de la religión climática. 

Con todo, sí reconozco en mí una desazón porque no me conformo con pensar o decir aquello de que "el que venga por detrás que arree".

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...