Del fanatismo climático y de la religión climática
Nos enfrentamos a la última una ola de calor que ya no es
una excepción, sino el nuevo paradigma climático. Sin embargo, entre
negacionismos encubiertos, inversiones insuficientes y prioridades invertidas,
el incumplimiento de la política sigue siendo evidente.
La ola ya crónica o habitual de calor que nos azota no
debe considerarse un mero fenómeno meteorológico anómalo, sino que constituye
más bien una prueba tangible de un cambio climático que ya ha entrado en una
fase de virulencia palpable.
En un momento en el que nuestras ciudades colapsan bajo
el peso de temperaturas sin precedentes, no nos encontramos ante una simple
incomodidad estacional: estamos presenciando la fase en la que una degradación
medioambiental se traduce en una emergencia.
Durante años se hablaba en el debate público de una
amenaza diferida que se podía hasta gestionar con una gradualidad tan pasmosa
como tranquilizadora. Hoy el calentamiento global rompe cualquier esquema
dilatorio.
El calor extremo ya no llama —esporádicamente— a nuestras
puertas, sino que nos habita de forma estructural, revelando en toda su
dramaticidad hasta qué punto las instituciones han invertido de forma
insuficiente en la prevención, adaptación,…, y la necesaria transformación de
las infraestructuras.
Lejos de generar una mera molestia fisiológica, los picos
de temperatura ponen al descubierto nuestra fragilidad y pone de manifiesto la
vulnerabilidad de un modelo de vida concebido para un clima que ya no existe.
Nuestras viviendas fueron diseñadas para retener el calor.
Nuestros barrios fueron saturados de hormigón. Por no hablar de nuestras redes
de transporte… Todo revela una verdad tal vez ineludible: el colapso climático
ya es un hecho plenamente estructural del que no es posible escapar a menos que
se sueñe con vías de escape extraterrestres propias de la ciencia ficción (en
Marte, por ejemplo).
Acorralado por las pruebas, el negacionismo no ha
desaparecido, sino que ha cambiado de piel. Tras abandonar el burdo rechazo
frontal, hoy adopta las formas más sofisticadas de la minimización: niega la
urgencia de la alarma, postula la autosuficiencia de la adaptación pasiva o
delega la solución a un futuro desarrollo tecnológico.
Se trata de un obstruccionismo más refinado, pero no
menos pernicioso, ya que actúa como freno inhibidor frente a cualquier decisión
realmente incisiva.
Envuelta en un falso sentido común, esta forma de rechazo
se revela como una insidiosa estrategia de aplazamiento.
Mientras el debate se estanque en torno a la gravedad
real de la situación o a la conveniencia de acelerar la transición, se permite
que el deterioro continúe su desgaste sin que nada lo perturbe.
La comunidad científica, mientras tanto, lleva años
reiterando una advertencia inequívoca: las olas de calor están destinadas a
intensificarse tanto en frecuencia como en duración.
Ignorar esta perspectiva no denota prudencia, sino una
irresponsabilidad institucional culpable.
El problema, por consiguiente, trasciende el mero
contexto ecológico para afectar a la esfera cognitiva y democrática, poniendo
de manifiesto la brecha entre nuestros conocimientos adquiridos y la voluntad
real de actuar en el plano sociopolítico.
Aunque a Europa le encanta presentarse como la vanguardia
de la transición ecológica, la práctica decisoria de nuestros organismos desmiente
regularmente la grandilocuencia de las declaraciones de intenciones.
La Agenda 2030 debería haber orientado de manera
sistémica el gasto público, la planificación industrial y la reconversión
energética; por el contrario, los compromisos suelen quedarse en el papel,
mientras que los presupuestos se mueven en direcciones diametralmente opuestas.
El ‘quid’ de la cuestión política reside precisamente en
la brecha entre las proclamaciones y la asignación de fondos: afirmar el
imperativo de la estabilidad ecológica exige traducirlo en inversiones
estructurales masivas.
Financiar el reequilibrio climático y el desarrollo
sostenible significa impulsar la investigación, promover redes energéticas
limpias, subvencionar una construcción térmicamente resiliente y replantearse
el sistema.
Despojada de esta materialidad socioeconómica, la
retórica de la sostenibilidad se reduce a un mero ejercicio de estilo.
Por otra parte, la discrepancia entre los discursos
solemnes y las medidas concretas no es un detalle contable, sino la medida de
un fracaso estratégico: cada euro que se escatime hoy en materia medioambiental
se traducirá mañana en costes insostenibles y en vidas expuestas al peligro de
extinción. Algunos de nosotros, adultos y mayores, quizá ya entonces no lo
veamos… pero sí lo harán nuestros hijos, nietos, …
A agravar la incoherencia contribuye una progresiva e
inquietante reasignación del gasto público en beneficio del sector militar.
Se movilizan capitales astronómicos para hacer frente a
hipotéticos escenarios bélicos con un celo que no es tan notable cuando se
trata de defender el ecosistema en el que ya vivimos.
Y nos quieren hacer comprar que esa inversión de
prioridades es injustificable…
Aunque se reconozca la complejidad del panorama
geopolítico actual, es igualmente indiscutible que una sociedad agotada por las
sequías, los incendios, las crisis hídricas y el estrés térmico es, por
definición, una sociedad intrínsecamente vulnerable.
El rearme se presenta, por tanto, como una respuesta
simbólica y miope, capaz de hacer frente a una amenaza futura, mientras
subestima un desgaste presente que erosiona inexorablemente la propia
existencia humana.
Hoy en día, el léxico político debería reapropiarse del
concepto de «seguridad», emancipándolo del estrecho sentido militarista basado
en la mera disuasión. Seguridad, en el siglo XXI, significa garantizar una vida
sostenible en términos medioambientales.
La reacción ante el colapso medioambiental no puede
limitarse a paliativos de emergencia. Exige, por el contrario, una inyección
estructural de fondos públicos en favor de un modo de vida sostenible.
La auténtica encrucijada histórica no opone la ecología
al realismo, sino un realismo ciego —obstinadamente aferrado a la lógica de la
disuasión militar, ineficaz frente a la amenaza real del presente— a un
realismo con visión de futuro, capaz de erigir la protección del clima en
condición previa imprescindible no solamente para la convivencia… sino para la
vida.
La ola de calor de lo que va del verano - ¡y lo que te
rondaré morena! - marca el fin de los aplazamientos y el agotamiento de las
garantías abstractas. Ante esta ineludible exigencia histórico-existencial nos encontramos
ante la misma encrucijada: perpetuar una inercia que alimenta miedos o situar
la metamorfosis ecológica en el centro de su política industrial, social y
democrática.
Pero solo este último camino, que exige visión, valentía e inversiones
cuantiosas, merece aún llamarse futuro.
En un mundo que cambia rápidamente, la única forma de
adaptarnos sería modificar casi todos los aspectos de nuestra vida: hogares,
oficinas, fábricas, colegios, coches, trenes, explotaciones agrícolas, jardines…
Nada de esto está ocurriendo.
Un día, cuando el balance de desolación y de muerte de la
crisis climática se haya vuelto intolerable, algunos se preguntarán por qué nos
quedamos de brazos cruzados.
Hasta puede ser probable que yo, que pienso y redacto las
líneas de esta reflexión, no lo vea. No sé si lo verán aquellos que hoy hablan
del fanatismo climático y de la religión climática.
Con todo, sí reconozco en mí una desazón porque no me conformo con pensar o decir aquello de que "el que venga por detrás que arree".
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF