Ecología de la mente
¿Podemos decir que alguna vez hemos visto un pensamiento? ¿O una emoción?
Y, sin embargo, de lo que pensamos y sentimos se derivan nuestras acciones.
Y de nuestras acciones toma forma la realidad en la que vivimos.
La silla en la que estás sentado, el dispositivo que tienes delante, la ropa que llevas puesta: antes de existir en el exterior, existió en el interior de alguien. Fue una intuición, una imagen, una intención. Luego se convirtió en proyecto, en gesto, en materia.
Por eso podemos decir que nuestro mundo interior no es simplemente «interior». Es el primer entorno que ofrecemos a los demás.
Lo que cultivamos en nuestro interior influye en la forma en que miramos, elegimos, respondemos y construimos.
Incluso cuando nos sentimos impotentes, tenemos mucho más poder para influir en la realidad de lo que creemos.
No en vano, el Preámbulo de la Constitución de la UNESCO, redactado en 1945, afirma: «Puesto que las guerras nacen en la mente de las mujeres y los hombres, es en la mente de las mujeres y los hombres donde deben construirse las defensas de la paz».
Hoy en día hablamos mucho de ecología, y debemos hacerlo: ecología del aire, del agua, de los mares, del suelo, de las ciudades.
Pero hay otra ecología en la que podemos y debemos influir: aquella que el antropólogo Gregory Bateson denominaba ecología de la mente.
La sostenibilidad del mundo comienza también por la sostenibilidad de la mente que lo habita.
Somos, en cierto sentido, los jardineros de nuestros pensamientos. Y esos pensamientos —lo queramos o no— salen de nosotros e influyen en el mundo que nos rodea.
Por eso suelo decir: todo ser humano es un educador.
Todos educamos, siempre, incluso cuando no pensamos que
lo estamos haciendo. Lo sabemos bien: se enseña con el ejemplo, no solo con
palabras.
Cada ser humano educa al mundo en cada instante, a través de la calidad de su propio mundo interior.
¿Te has preguntado alguna vez dónde está un pensamiento? ¿Cuánto pesa? ¿De qué color es?
Quizá no podamos verlo como vemos un objeto. Pero hoy sabemos que la actividad mental deja huellas observables: patrones cerebrales, variaciones eléctricas, tiempos de respuesta, correlatos fisiológicos. Lo que parece invisible produce efectos medibles.
Y si lo invisible produce efectos, entonces puede conocerse. Si puede conocerse, puede educarse.
Pero ¿hasta qué punto lo hacemos realmente?
Los niños pasan unas trece mil horas en el colegio entre
los seis y los dieciocho años. Aprenden a leer, a escribir, a calcular, a
programar un ordenador…
Pero ¿cuántas horas, de todo ese tiempo, dedicamos a enseñarles a conocer su propio mundo interior?
¿Cuántas horas dedicamos a cultivar la conciencia de sí mismos, el conocimiento y la gestión de las emociones, la motivación, la empatía y las habilidades sociales? ¿Cuántas horas dedicamos a educar la capacidad de superar la frustración, el desacuerdo, la ansiedad y el malestar?
En cierto modo, podríamos definirnos como analfabetos interiores.
La humanidad ha evolucionado tecnológicamente de forma extraordinaria, pero se ha quedado increíblemente rezagada en su propia tecnología interior.
Sin embargo, para afrontar los grandes problemas de nuestro tiempo —el clima, los conflictos, la inteligencia artificial, la polarización, la salud mental— necesitamos las herramientas interiores.
La última frontera de la educación no es la inteligencia
artificial. Es la inteligencia interior.
El futuro no necesita más tecnología. Necesita más humanidad.
Educar en lo invisible no es una cuestión abstracta ni espiritual.
Es una cuestión de alfabetización: la conciencia es una habilidad, la intención es una habilidad, la atención es una habilidad.
Son estas capacidades las que nos permiten orientarnos mejor en las relaciones, en las decisiones, en los conflictos y en los retos. Son estas capacidades las que pueden ayudarnos a construir un futuro más humano, pacífico y seguro.
Educar lo invisible significa cuidar el entorno interior
del que surge nuestra influencia.
La huella de nuestro paso, la marca que dejamos en el mundo, es el fruto de lo que hemos cultivado en nuestro interior.
Por eso debemos cultivar las ideas. Las ideas tienen poder si se comparten. Tienen fuerza si se acogen. Generan cambios si se viven.
Empezar a educar nuestro mundo interior no es difícil.
No hace falta meditar durante horas, no se necesitan semanas de retiro, no hay que volar a la India…
Para empezar, basta con un minuto.
En un minuto podemos cambiar la mentalidad con la que respondemos. Y cuando cambia la mentalidad con la que respondemos, también cambia la huella que dejamos.
Educar lo invisible significa esto: cuidar el mundo interior del que nace la huella que dejamos en el mundo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario