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domingo, 28 de junio de 2026

My way - A mi manera -.

My way - A mi manera -

Te invito a escuchar esta interpretación de Frank Sinatra con subtítulos en castellano: https://www.youtube.com/watch?v=JN9xkgnZi4M 

Y ahora que el final se acerca, me enfrento al último telón… Amigo mío, lo diré claramente: te cuento cuál es mi situación, de la que estoy seguro. 

Así comienza lo que parece un intercambio epistolar entre amigos. Melancólico, a ratos trágico, un grito de despedida y quizás de resignación. 

Para explicar el nacimiento de esta canción, debemos pasar por tres «madres».


La parte musical de «My Way» fue compuesta a mediados de los años 60 por un tal Jacque Revaux, compositor francés. Su título era «For Me». La letra no era su punto fuerte, ya que estaba escrita en un inglés simplista y con temas de poca profundidad.

 

Como era de esperar, no gustó a las discográficas y quedó archivada.

 

En ese momento, en 1967, «For Me» llegó a manos de Claude François, un cantante de moda en aquella época que, junto con un letrista, la adaptó con otra letra.

 

El título cambió de «For Me» a «Comme d’Habitude».

 

La nueva letra se centraba en su amor perdido y en la vida rutinaria y sin sentido de un hombre.

 

Se publicó en 1967 como sencillo y alcanzó el número uno en las listas francesas.

 

Durante unas vacaciones en Francia, un cantante canadiense, naturalizado estadounidense, Paul Anka, escuchó en la radio «Comme d’Habitude».

 

Intuyó el potencial que encerraba la riqueza de la melodía; llamó por teléfono al editor de la canción y compró los derechos por ¡solo un dólar!

 

De vuelta en Estados Unidos, intentó escribir una letra mejor, pero, falto de inspiración, la dejó en un cajón, a la espera de tiempos mejores.



A finales de los años 60, Frank Sinatra, atravesaba un bache: los nuevos sonidos del pop y el rock estaban dejando obsoleto su estilo.

 

Durante una cena con su amigo Paul Anke, se desahogó largo y tendido sobre esta situación y sobre su estado de ánimo.

 

Nada más llegar a casa, Paul Anke acó su canción francesa y escribió la letra de «My Way», narrando la historia de un hombre que reflexiona sobre sus éxitos y sus errores, pero que no tiene remordimientos ni reniega de nada, porque siempre se ha mantenido fiel a sus propios deseos.

 

Frank Sinatra no quedó convencido de inmediato, pero grabó la canción en Los Ángeles el 30 de diciembre de 1968.

 

Publicada a principios de 1969, «My Way» alcanzó el puesto 27 en las listas. Una acogida tibia y poco prometedora.

 

Sin embargo, con el paso del tiempo, el sencillo fue recibiendo cada vez más elogios hasta convertirse en un auténtico éxito.

 

Mientras tanto, los responsables discográficos de Paul Anka se enfurecieron y le obligaron a grabar también su propia versión de la canción.

 

A partir de ese momento comenzó una larga serie de versiones que aún hoy no ha llegado a su fin.

 

Desde entonces, muchos artistas se han atrevido con «My Way». La primera versión de «My Way» es de la cantante galesa Dorothy Squires y data de 1970, cuando la versión original aún estaba en las listas de éxitos.

 

Otros artistas han sido: Aretha Franklin, Tom Jones, Celine Dion, Elvis Presley, hasta Robbie Williams, Michael Bublé y Shakira.

 

La versión más alejada del original, aunque no por ello menos fascinante, es la de Sid Vicious, bajista de los «Sex Pistols». La transformó en una canción punk que, a pesar de lo aparentemente absurdo, ¡logró tener sentido!


En cambio, el protagonista de esta canción, seguramente es Frank Sinatra. 

Y ahora, el fin está cerca,
y así, encaro el telón final.
Mi amigo, lo diré claro,
te expondré mi caso, del cual estoy seguro.

He vivido una vida que está llena,
he recorrido todas y cada una de las carreteras.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
 

Podemos pensar por ejemplo que se trata de un anciano que se enfrenta a la muerte. De una persona que se enfrenta a una decepción y vive la rutina de siempre. Una persona que ha tenido una vida agitada y a menudo incomprendida, con un rico bagaje de experiencias y que pide la comprensión de quien le escucha. Una vida extrema, tal vez, pero una vida en la que todas las decisiones se han tomado de forma consciente. 

Remordimientos, he tenido algunos,
pero de nuevo, muy pocos como para mencionarlos.
Hice lo que tuve que hacer,
y lo vi todo sin exenciones.

Planifiqué cada senda trazada,
cada paso cuidadoso a lo largo del camino.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
 

Quizá trivial pero auténtico. Alguien que ha vivido la vida al máximo, que ha tomado todas las decisiones con firmeza, que ha exprimido la vida hasta la médula, admite haber cometido errores y tener remordimientos. Es como decir: si te equivocas es normal, yo también me equivoco, pero al final los éxitos han compensado con creces las decepciones. Muy refinado cuando dice: «Hice lo que tenía que hacer». Muchas decisiones no son compartidas, otras incluso pueden hacer daño a las personas que nos rodean. Pues bien, eso también significa ser hombre: saber tomar incluso las decisiones difíciles. 

Sí, hubo momentos, estoy seguro de que lo sabes,
cuando mordí más de lo que podía masticar.
Pero a través de todo eso, cuando hubo duda,
me lo tomé todo y lo escupí.
Me enfrenté a todo y me mantuve erguido,
y lo hice a mi manera.
 

Amé, me reí y lloré,
tuve mi parte de pérdidas.
Y ahora, mientras las lágrimas se secan,
encuentro todo esto tan divertido.
 

Pensar que hice todo eso,
y puedo decir, sin pena ni timidez:
Oh, no, yo no, lo hice a mi manera.
 

Me he metido en líos demasiado grandes pero me he mantenido en pie y he seguido mi camino. Todo lo que me ha llegado —risas, llantos, amor, victorias y derrotas— lo he acogido con gusto, porque forma parte del camino de la vida. Y estoy orgulloso de poder decir en voz alta que todo esto lo he elegido yo. 

Independientemente de nuestros modelos y nuestras elecciones, a todos nos llega el día en que sufrimos y el día en que somos felices. Esto es normal y es un destino del que no podemos escapar. Lo importante es que todo esto sea fruto de nuestras elecciones, de nuestro camino, y no de dejarnos llevar por la corriente. 

¿Qué es un hombre, qué tiene?
Si no se tiene a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir lo que realmente siente
y no las palabras de alguien que se arrodilla.
La historia muestra que recibí los golpes.
Y lo hice a mi manera.

Al fin y al cabo, ¿qué es un hombre? Solo él mismo y nada más. Por eso es más importante poder vivir la propia vida con valentía, tomar decisiones y llevarlas hasta el final, en lugar de ser complaciente con la sociedad y conformarse con lo que nos ofrece que al final es todo.

Y uno casi parece ver, mientras Frank Sinatra canta, al Clint Eastwood triste, desencantado, pero aún capaz de pasiones, de «Gran Torino» o a aquellos héroes solitarios y melancólicos que «hacen lo correcto porque es lo correcto y no porque convenga». 

Y aquí tienes otra versión en vivo de Frank Sinatra y ya hacia el final de su carrera: https://www.youtube.com/watch?v=JXbZ7vS010E 

Cada uno… a su manera. No pudo ser de otra manera. Y esa es la manera correcta que cada uno supo y pudo hacer. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 20 de junio de 2026

En la otra orilla.

En la otra orilla

Uno trata de continuar su camino, en libertad y con responsabilidad, viendo en los retos del presente —ante todo, la decisión de no huir de la complejidad— y tratando de buscar motivos de esperanza y encontrar signos del Espíritu.

 

Uno trata, en la sinfonía de sensibilidades que componen la profecía de la vida de cada día, mantener el Evangelio como criterio para interpretar este tiempo, un tiempo que ha vuelto a acelerarse, que ve el regreso cada vez más marcado de conflictos y tensiones, y que, ante cambios trascendentales, a menudo apunta, de forma interesada, a atajos y simplificaciones.

 

Uno trata de no sentirse ajeno a nada sino, todo lo contrario, a ser caja de escucha y resonancia, lugar de eco sobre el que trata de aportar alguna semilla de reflexión, alguna ocasión de diálogo, algún punto de vista diferente.

 

Los años que vivimos parecen años de escombros, pero —como decía T. S. Eliot— elijo habitar estos escombros, sin huir de ellos, sin proyectos inmediatos de reconstrucción que no tengan en cuenta los rostros, las historias, las experiencias vividas, las heridas, lo obtenido, lo perdido...

 

Me parece que hay que atravesar los años de este tiempo un poco como Eneas, que abandona Troya (una época pasada) y se pone en camino para intentar construir una nueva ciudad, aunque aún no sabe perfilar sus contornos, una ciudad en la que la humanidad, magnífica en su potencial, pero también atravesada por fuerzas desintegradoras y violentas, pueda encontrar las razones para vivir juntos y, por lo que a mí respecta, para vivir inspirados en el Evangelio y en lo que reveló Jesús de Nazaret.


Sí, uno trata, con el silencio y la palabra, de alejar un poco más la línea de la oscuridad, manteniendo la vigilancia, la libertad de conciencia y la esperanza en el futuro; es una labor imperceptible, pero es lo que me siento llamado a hacer.

Dietrich Bonhoeffer - siempre mi autor preferido -  escribía, en años de tinieblas:

 

«Para quien es responsable, la pregunta última no es: ¿cómo me las arreglo heroicamente en este asunto?, sino: ¿cómo será la vida de la generación venidera? Solo de esta pregunta históricamente responsable pueden surgir soluciones fecundas, aunque provisionalmente sean muy humillantes».

 

Gran parte de lo que siento, pienso y escribo seguramente no sea aplicable de forma inmediata; pero es una pieza de un mosaico que se completará con otras voces en esta polifonía o sinfonía de la vida. Por mi parte contar historias de humanidad de Evangelio es también recordarme que el bien ya existe, que la esperanza ya actúa y, para quien tiene fe, tiene su raíz en Dios, padre y madre de todos.

 

Y, como el Maestro de Nazaret, el Profeta de Galilea, cada vez más me ha ido quedando clara la elección de habitar en la otra orilla, en los márgenes menos transitados, de alojarme en las fracturas, de permanecer en las fronteras, de hacer silencio y de escuchar, de sentir y de reflexionar, de aprender y hablar, y de dejarme evangelizar por la Humanidad del Crucificado y Resucitado.

 

Estoy persuadido de que el Dios del que habla el Evangelio habita en los márgenes de la otra orilla.

 

Y allí sigo buscándolo, sabiendo que es por ahí por donde pasan muchas mujeres y muchos hombres de este siglo XXI. En la otra orilla.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 5 de mayo de 2026

Te Deum.

Te Deum 

No sé del todo por qué el libro del Deuteronomio parece estar marcado por la invitación a no olvidar: «Pero cuídate y cuídate bien de no olvidar las cosas que tus ojos han visto: no se te escapen del corazón, durante toda tu vida. Se las enseñarás también a tus hijos y a los hijos de tus hijos» (Dt 4,9). 

Si es cierto que el recuerdo de su pueblo por parte de Dios es lo que fundamenta su existencia, es aún más cierto que el recuerdo de lo que Dios ha hecho es lo que asegura la propia subsistencia de Israel. Por eso, allí donde el pueblo o el creyente individual experimentaba la misericordia de Dios, se construía una estela o, incluso, se cambiaba el nombre de ese lugar. 

De hecho, no pocas veces es como si nuestra memoria entrara en una especie de stand-by, como si se bloqueara. Es sintomático que los jóvenes utilicen en su jerga una broma del tipo «te desbloqueo un recuerdo», sacando de la galería de fotos o de las redes sociales algo relacionado con el lugar que estás visitando o el momento que estás viviendo. 

Parece como si, sin algoritmos que recuperen fotos y eventos, viviéramos en una especie de presente absoluto sin un antes y, sobre todo, sin un después. Es como si viviéramos en un perpetuo «lo último, pero no menos importante», que otorga derecho de existencia solo al último estado de ánimo experimentado, al último encuentro, a la última palabra pronunciada o escuchada, a la última persona encontrada. 

Sin embargo, el bloqueo de la memoria es lo más perjudicial que nos puede suceder, ya sea porque corre el riesgo de cristalizarnos en una eterna presencia impidiéndonos madurar nuevas comprensiones de nosotros mismos, o porque no nos permite reconocer la obra de Dios en nuestra historia, no nos permite confesar con gratitud que «las misericordias del Señor no han terminado, no se ha agotado su compasión; se renuevan cada mañana, grande es su fidelidad» (Lam 3,22-23). 

También nosotros, como ya Israel, necesitamos despertar la memoria: es reverdecer su memoria lo que hace que el pueblo dé el paso de salir de Egipto para cruzar el mar hasta convertir en objeto de memoria también un acontecimiento semejante. 

Entonces, más que cantar nuestro Te Deum una vez al año, por ejemplo el 31 de diciembre, debemos aprender cada día a identificar motivos de alabanza para que la memoria no se atrofie o, tal vez, no nos enorgullezcamos atribuyéndonos lo que, en cambio, ha hecho la mano del Señor. 

Pensándolo bien, la Liturgia de las Horas es como una especie de inclusión que nos ayuda a ver la obra de Dios cuando, por la mañana, con Zacarías, nos hace cantar el himno de bendición porque «Dios ha visitado y redimido a su pueblo» y, por la tarde, con María, nos hace reconocer lo que ha hecho «recordando su promesa para siempre». 

¿Y qué contar entre el Benedictus y el Magnificat? 

Te Deum laudamus por haberme preferido a la nada, yo que soy el último de tus hijos, y por no haber sido abandonado a merced de quién sabe qué destino ciego. 

Te Deum laudamus por el tiempo, don aún posible cuando ya no dispongo de nada. 

Te Deum laudamus por este cuerpo mío con el que a veces me cuesta convivir mientras se tiñe de blanco el pelo que ya escasea y que, sin embargo, es el medio a través del cual expreso y recibo amor.

Te Deum laudamus por las personas con las que más me cuesta y que, según Francisco de Asís, deberíamos tener «más queridas que el eremitorio» (cf. Carta a un ministro), en el que me gustaría refugiarme, ya que son un estímulo para ir más allá de mis razones. 

Te Deum laudamus porque me alimentas cada día con el pan de tu Palabra y el sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre que, en no pocas ocasiones, por la fuerza de la costumbre, vivo con cansancio y distracción, mientras que, en otros lugares, muchos hermanos no solo no tienen esta posibilidad, sino que, para tenerla, deben poner en peligro su propia existencia. 

Te Deum laudamus por todo aquello que no he tenido en cuenta y que se convierte en una oportunidad para ejercitar la paciencia o para dejarme generar una nueva comprensión de mí mismo. 

Te Deum laudamus por las preocupaciones cotidianas que me invitan a arrojar en Ti todas mis preocupaciones y afanes. 

Te Deum laudamus por la ingratitud que me enseña a hacer las cosas no por lo que puedo recibir a cambio, sino por el simple hecho de que hay que hacerlas y ya está. 

Te Deum laudamus por todo lo que echa por tierra proyectos y deseos de poca monta y que me enseña a tejer el rostro del hombre pensado según Dios. 

Te Deum laudamus por todo lo que descartaría como inadecuado e insuficiente y que Tú, Señor, utilizas como piedra angular sobre la que construir. 

Te Deum laudamus porque si hoy soy el hombre que soy, se lo debo sobre todo a todas aquellas situaciones que no me han permitido regodearme y que me han empujado a encontrar siempre nuevas motivaciones bebiendo de la memoria de tu fidelidad. 

Cuando recuerdo que me hice misionero claretiano y presbítero, traigo a mi memoria aquella frase recordatoria del Salmo 51,10: «Como un olivo verde... me entrego a la fidelidad de Dios, ahora y siempre». Enséñame, Señor, a repetirlo en todo momento. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Alabado seas, mi Señor.

Alabado seas, mi Señor 

Si recorro los días de mis años, ¡cuántas razones para dar las gracias! Es verdad: atrapados como estamos en el momento presente, perdemos de vista lo que Dios realiza en nosotros y por nosotros. El ejercicio de la memoria renueva la esperanza, anima ante las dificultades y motiva la alegría. 

Un aniversario recuerda nuestra relación con el tiempo: todo tiempo es un sacramento de Dios, es el modo que Dios ha elegido para visitarnos. Por eso no hay que maldecir ni borrar ningún tiempo. Más bien hay que escrutarlo para reconocer los rastros, las huellas del paso de Dios. Si somos capaces de escrutar, no podemos dejar de hacer nuestras las palabras de Aan Francisco cuando dice en el Cántico de las criaturas: «Alabado seas, Señor mío, por... todos los tiempos, por los que das sustento a tus criaturas». 

Dar gracias: un arte olvidado, si no desconocido. Es difícil inclinarse y agradecer un beneficio recibido de alguien. La puntillosidad a la hora de señalar lo que nos falta es inversamente proporcional a la capacidad de darnos cuenta de lo que ya tenemos. Si, en cambio, reconozco que «todo es gracia», entonces todo se convierte en una oportunidad para «dar gracias». 

Loado seas, mi Señor, por abrir continuamente nuestras mentes para saber leer la realidad del mundo y la historia de la humanidad. 

Loado seas, mi Señor, porque abres nuestros corazones a la verdadera amistad y al amor más fuerte que cualquier momento de crisis. 

Loado seas, mi Señor, porque no te cansas de mostrarnos tu rostro de Padre amoroso que acompaña hasta los pasos de nuestro extravío. 

Loado seas, mi Señor, por el don de tu Hijo Jesús que, a través de su Evangelio, no cesa de arrancarnos de todo lo que nos oprime y asfixia. 

Loado seas, mi Señor, por el don del Espíritu Santo que, sosteniéndonos con sus dones, infunde en nuestros corazones el arte de recomenzar cada día animados por la confianza y la esperanza. 

Loado seas, mi Señor, por esta comunidad cristiana en la que nos haces experimentar la alegría de pertenecerte y la alegría de sostenernos mutuamente en el camino. 

Loado seas, mi Señor, por el amor, el diálogo, la sinceridad, la confianza, la escucha, el respeto de la diversidad, la disponibilidad para esperar en silencio y la paciencia que han caracterizado nuestras relaciones. 

Loado seas, mi Señor, por los que, no encerrándose en sí mismos, tomaron conciencia de quién y qué había a su lado. 

Loado seas, mi Señor, por los que aceptaron el desafío de recomenzar un camino de fe. 

Loado seas, mi Señor, por los que saben destacar lo bueno, por los que acompañan los inicios de nuevos caminos, por los que saben celebrar, por los que saben dar las gracias. 

Loado seas, mi Señor, por los que saben afrontar los problemas y saben compartir sus éxitos y sus fracasos. 

Loado seas, mi Señor, por los que saben perdonar de corazón y ayudan a hacer la voluntad de Dios. 

Loado seas, mi Señor, por los que saben reconocer y aceptar sus propias limitaciones, por los que buscan a Dios incluso entre lágrimas, por los que saben pedir ayuda en los momentos difíciles y saben ofrecerla cuando son otros los que no pueden solos. 

Loado seas, mi Señor, por los que devuelven la serenidad a los pequeños, la compañía y el consuelo a los ancianos solitarios, por los que dan a los jóvenes la capacidad de crecer respirando libertad y sabiduría. 

Concluyo con una oración de Michel Quoist: 

Señor, tengo tiempo,

tengo todo mi tiempo,

todo el tiempo que Tú me das:

los años de mi vida,

los días de mis años,

las horas de mis días,

son todos míos. 

A mí me toca llenarlos

con serenidad, con calma,

pero llenarlos todos, hasta el borde,

ofrecértelos, para que

de su agua insípida

Tú hagas un vino generoso,

como hiciste una vez en Caná

para las bodas humanas. 

No te pido hoy, Señor,

el tiempo de hacer esto

y luego otra vez aquello;

sólo te pido la gracia

para hacer a conciencia

en el tiempo que me des

lo que Tú quieres que haga. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 9 de julio de 2025

La vida bella de un presbítero.

La vida bella de un presbítero 

Escribir sobre el presbítero nunca es fácil. El riesgo de caer en la retórica está siempre presente, sea cual sea el punto de vista desde el que se aborde el tema. Y, sin embargo, lo que destaca es el hecho de que él, llamado a dispensar el tesoro de la Gracia, nunca dejará de ser un vaso de barro (cf. 2 Cor 4,7), por decirlo con San Pablo. No porque, al estar en contacto con el santo misterio de Dios, no esté sin duda a la altura del don que se le ha concedido: eso es algo que se da por sentado. Al contrario, la participación en la experiencia común de fragilidad de todo hombre lo convierte, a semejanza del Único Sumo Sacerdote Jesucristo, en hermano capaz de compasión por quienes sufren la misma prueba. 

Esto es precisamente lo que más deja traslucir lo que San Francisco llama «la humildad de Dios»: «He aquí que cada día se humilla (Fil 2,8), como cuando desde los tronos reales (Sab 18,15) descendió al seno de la Virgen; cada día viene a nosotros con apariencia humilde; cada día desciende del seno del Padre (Jn 1,18; 6,38) sobre el altar en las manos del sacerdote» (Admonición I). 

No es casualidad que la liturgia ponga en boca del presbítero (y del diácono) que anuncia el Evangelio estas palabras que dan testimonio de la continua necesidad de que sea Dios mismo quien lo haga apto para tal ministerio: «Purifica, Señor, mi corazón y mis labios, para que pueda anunciar dignamente tu Evangelio». 

La Carta a los Hebreos pide a los cristianos que recuerden a quienes les anunciaron la Palabra de Dios (Hb 13,7), para no perder la memoria de quienes nos han permitido beber de la fuente de la Vida con sus capacidades, sus dones, la asiduidad de su ministerio y la participación común en la misma experiencia de la fragilidad humana. 

A veces, con un poco de sarcasmo, alguien nos reprocha a los presbíteros que llevamos una vida fácil. En realidad, quien no se conforma con la fácil retórica al respecto, puede atestiguar que la vida del presbítero es realmente una vida hermosa, pero ciertamente no una vida fácil. 

¿Y dónde resplandecen los rasgos de esta belleza? Uno de ellos es sin duda la fecundidad propia de quien se ha entregado gratuitamente en beneficio de los demás, tratando de hacer suyas las virtudes que San Pablo recuerda al discípulo Timoteo: la fe, la caridad, la paciencia, junto con muchas otras. 

La vida del presbítero es hermosa ante todo porque está animada por la fe, entendida no solo como la repetición de un rito o la simple adhesión a una doctrina. No, la fe entendida más bien como el seguimiento de una persona, Jesucristo, a quien se une de manera apasionada e incondicional. 

La fe del presbítero le lleva a ir más allá del narcisismo tan adolescente de quienes buscan continuamente su propio interés o éxito y se despliega, en cambio, en una entrega continua de sí mismo de manera gratuita, hasta el punto de alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran. 

En tal perspectiva, nada es material de desecho, sino que incluso los límites, los errores, los fracasos, los pecados se convierten en material precioso para ser moldeado continuamente por las manos providenciales del Señor y convertirse en signo y medio para otros de la misericordia que Él nos ha mostrado. 

La fecundidad de la hermosa vida del presbítero tiene su origen en el hecho de estar moldeada por la caridad, por ese amor que, si bien exige una relación exclusiva hasta el punto de no amar a nadie más que al Señor, nunca es una relación excluyente: por eso nadie está encerrado en su corazón. El presbítero, precisamente porque está llamado a vivir su ministerio ejerciendo la caridad pastoral, está llamado más que otros a amar a Dios con todo el corazón y a los demás con el corazón de Dios. 

La belleza de la vida del presbítero se revela en la gran paciencia que caracteriza sus días y su ministerio. La paciencia no tiene nada que ver con la resignación pasiva o con la actitud resignada ante lo que sucede: tiene mucho que ver, en cambio, con la constancia en la vida cotidiana, con la perseverancia en las adversidades y con la fidelidad en la hora de la prueba. 

El presbítero participa de esa amplitud de corazón de Dios que concede a todos el tiempo necesario y las oportunidades oportunas para volver a Él. Es la paciencia de quien prepara continuamente el campo para la siembra, aunque sabe que en él, junto al buen grano, también puede crecer la cizaña. Es la paciencia de quien no escatima energías ni sudor, aunque sabe que a otros les corresponderá la alegría de la cosecha. 

Aferrada como está al Bello y Buen Pastor, la vida del presbítero es una vida hermosa porque vive de la conciencia de que lo que Jesús realiza en él es más importante que lo que él realiza por Jesús y, por eso, incluso ante el rechazo, no deja de otorgar gratuitamente el perdón, continuando dando testimonio como San Juan el Bautista: «Él debe crecer, yo, en cambio, disminuir» (Jn 3,30). 

La fe, incluso tantas veces titubeante, en la resurrección le da al presbítero la certeza de que el amor de Dios es inmensamente mayor que el cortocircuito que puede afectar su mente y su corazón en un determinado momento en el que gusta el sabor de todo el peso de su fragilidad y de toda su incapacidad para soportarla solo. 

Y si es verdad que las dudas no hacen fácil soportar el peso de algunos momentos, y que a veces no sabemos atravesar la angustia, Dios sigue agarrando la vida del presbítero incluso allí donde piensa que no está. Dios le invita a entregarse tal y como es, sin fingimientos. 

Es cierto, a veces es fatigoso y embarazoso pero el presbítero es mucho más, es una imagen aunque pálida de Jesús. Y si es cierto que por el pecado, por sus elecciones a lo largo de la vida, el presbítero puede perder la semejanza, nunca pierde la imagen: está impresa en él para siempre. Y Dios no deja de repetirle susurrándolo a sus oídos: «Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado» (Sal 2,7). 

Oh, Jesús: hermano, amigo, salvador, me llamaste a seguirte a las primeras luces del alba, me enviaste a trabajar en tu viña, donde había manos tendidas y corazones heridos, nacían amores y morían esperanzas. Contigo he consagrado, bendecido, perdonado, he inclinado el cielo sobre el lecho de los enfermos, he dado esperanza a quienes buscaban un futuro. Si echo mi vista atrás, tu llamada y mi respuesta siguen siendo un misterio. Oh, Señor, dame la paz que he dado a los demás, dame el perdón que he concedido en tu nombre, quédate conmigo, en la alegría y en el llanto. A la Eterna y Divina Trinidad, todo honor y gloria. A la Madre de la Iglesia y a todos los santos que nos protegen, alabanza y bendición por los siglos de los siglos. Laus Deo! Amén. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 4 de abril de 2025

De los discípulos de Emaús al anciano Simeón: la gratitud del agradecimiento.

De los discípulos de Emaús al anciano Simeón: la gratitud del agradecimiento 

No me gustan los balances: sería superficial en la lectura, destacando aspectos objetivamente secundarios y omitiendo, en cambio, momentos y situaciones que, aunque no sean evidentes, han sido significativos. «No juzguéis nada antes de tiempo» (1 Cor 4,5), como dice San Pablo: solo el Señor escruta los corazones y conoce la verdad de los actos y el alcance de nuestras palabras. 

Si releyera mi vida solo desde el punto de vista cronológico, no tardaría en revestirme de los dos de Emaús, hombres con la memoria perdida. 

Estancados en la superficie de las cosas, se han dejado aplastar por los dolorosos acontecimientos ocurridos en Jerusalén. Son los hombres del kronos, palabra griega que indica el tiempo como contenedor. Se trata del tiempo visto en su acontecer externo, un tiempo entendido como la sucesión de cosas sin captar el acontecimiento que encierran. 

Los acontecimientos, en cambio, nos piden que discernamos qué palabra se guarda en ellos para cada uno de nosotros, para que lo que a primera vista percibimos como un suceso, algo que ac-cede sin sentido porque literalmente nos ha caído encima, se convierta en un acontecimiento: reconocer, es decir, que en cada circunstancia hay un camino de Dios hacia nosotros. 

A los discípulos de Emaús inmersos en el kronos les falta el consuelo del kairós, es decir, el tiempo como ocasión de la visita de Dios, tiempo de salvación, el tiempo como lugar teológico: es el tiempo en el que suceden acontecimientos, no simples cosas. 

No es casualidad que la Iglesia, en el rezo de las Vísperas, ponga en nuestros labios las palabras de María en su Magnificat. Sea nuestro día sereno o triste, a través de esas palabras, damos voz a una verdadera narración de la historia de la gracia en nuestra vida. Reconocemos que no hay encuentro en el que Dios no se haya involucrado, no hay dolor que Dios no haya compartido, no hay incomprensión que Dios no conozca, no hay deseo que Dios no escuche. Una verdadera historia de la gracia, de la obra de Dios en nosotros. 

Esto, sin embargo, no sin una consecuencia: que aprendamos a reconocer la gracia de la historia. A nosotros, que a menudo deseamos un lugar diferente, finalmente libre de toda preocupación, de toda limitación, del peso de lo cotidiano, de la rutina insoportable, se nos repite que el «mientras tanto» es un material precioso, que el «mientras» no tiene menos valor que la realización, que el «mientras» tiene el mismo valor que la meta fijada. 

La fe nunca propone un «otro lugar», sino un «de otra manera». 

Jesús rechaza tanto esta categoría de «otro lugar» que se reunirá con los suyos precisamente en Galilea, donde volverán a hacer lo que sabían hacer antes. Si entonces la relación con Él no requiere un lugar diferente al de origen, significa que la vida cotidiana debe leerse con un alfabeto diferente.

La vida tal como sucede es el lugar donde Dios elige habitar. ¿No es eso lo que celebramos en el misterio de la Encarnación? 

No siempre los acontecimientos de la creación y de la historia tienen sentido. De hecho, hay no pocas situaciones insensatas y absurdas. El hombre, sin embargo, no puede evitar vivir con sentido, es decir, tener siempre una razón para actuar. El problema, si acaso, es cómo introducir un sentido donde no existe. Creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre tiene esta capacidad: puede modificar el valor de las situaciones históricas e introducir una nueva orientación en todo lo que vive (acontecimiento o suceso, como se ha dicho anteriormente). 

Jesús fue un ejemplo de actitud de fe vivida plenamente, hasta el punto de hacer de su muerte, absurda y sin sentido, un acontecimiento de salvación universal. El Padre no quería que Jesús muriera injustamente, sino que siguiera amando, perdonando y revelándolo incluso en situaciones injustas.

«Mis ojos han visto tu salvación». 

Desde los dos de Emaús, que abundan en recuerdos pero carecen de «memoria», hasta el viejo Simeón: he aquí el paso a dar. 

Al final del día, en la oración de la tarde, son las palabras del viejo Simeón las que nos devuelven la mirada más apropiada para releer el paso del tiempo. Los encuentros, los gestos, las palabras son el medio de salvación, es decir, de una vida lograda, cumplida, con la condición de que yo los viva así. ¡Cuántos había en el templo cuando se presentó al Niño Jesús! Sin embargo, solo un anciano fue capaz de reconocerlo. Incluso María y José «se asombraban de lo que se decía de él» (Lc 2,33). 

Más que preguntarme si he hecho el bien o el mal en el día que está llegando a su fin, debo aprender a preguntarme dónde y si he reconocido la salvación del Señor, en qué encuentros, en qué hechos ocurridos, en qué palabras escuchadas o pronunciadas, a través de qué gestos he manifestado o reconocido su obra. 

Cuando, como San Francisco de Asís, llegamos a repetir «Laudato sii, mi Signore, per onne tempo», las partes se invierten. Mientras entono el «Te Deum laudamus» -Te alabamos, oh Dios- por todas las gracias y beneficios recibidos, la Trinidad misma entona un nuevo canto de alabanza: «Te hominem laudamus» -Te alabamos, oh hombre-. 

Dios dice bien del hombre: por eso podemos guardar en nosotros la certeza de que se puede volver a empezar. Dios no nos «clava» en nuestros errores: no nos pregunta de dónde venimos, sino adónde queremos ir. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de enero de 2025

Testamento espiritual (1).

Testamento espiritual (1) 

Tengamos confianza. La muerte no me asusta, ya he experimentado un anticipo de la comunión con Él a través de los que he amado. Tengamos confianza. Dios no fallará. No nos preocupemos por el número, lo importante es que estemos unidos. Recordemos que la vida religiosa es un compromiso de fe en Dios que está presente, y que es amor infinito. Pero por eso mismo Él no puede darnos pruebas mientras vivamos en el cuerpo. Los consuelos que nos ofrece son sólo una ayuda para que vivamos en adhesión de fe a Su voluntad. Por eso nos pide fe, una fe sencilla, pura, pero grande. Dios no nos fallará. Nos hemos entregado a Él, y Él nos ha tomado: somos suyos para siempre. 

Es un hecho muy relativo que el cuerpo nos impida vivir juntos. La unión con Él no está en la experiencia sensorial sino en Cristo, que nos ha unido a Él y ha querido que seamos un solo Cuerpo con Él. Ama a la Iglesia, sacramento visible de la Presencia de Dios aquí en la tierra. 

Estemos ciertos y seguros de nuestra vocación y sepamos acogerla y agradecerla. A todos -especialmente a los de mi Congregación Claretiana y del resto de esta Familia- quiero dirigir mi último adiós, mi agradecimiento más ferviente, más vivo, mi seguridad de que no abandonaré a nadie. Recomiendo unidad; no dudéis, no desesperéis, no os desaniméis. Dios pide fe, y cuanto más cierta es, más poderosa es. Recordemos el grano de mostaza. Debemos creer en Dios que nos ha llamado. Os dejo aparentemente. En verdad, estoy con vosotros más que antes. 

Pero antes que mi presencia, debe ser para vosotros seguridad el Cristo que nos ha llamado y nos ha unido. Recordemos que la consagración a Dios, la unión con Él sólo se hace real y segura en la unión fraterna con aquellos a quienes Dios une con nosotros en la misma vocación y en el mismo camino. Si nos dispersamos, no sólo fracasaremos en nuestra unión, sino que comprometeremos seriamente nuestra respuesta al Señor. 

Toda la tradición cristiana nos lo enseña. 

No nos hemos entregado mutuamente, sino a Dios, y Dios nos ha acogido. A todos se impone una mayor certeza de nuestra vocación y de la obra de Dios que hemos sido llamados a realizar en unión unos con otros. 

Recomiendo especialmente a los más ancianos en la consagración que sean ejemplo de vida, que sean firmes en la fe, que tengan la certeza de que este carisma misionero es una obra querida por Dios, una obra que, sin embargo, somos nosotros los que debemos realizar, con sencillez, con perseverancia, con humildad, pero con la certeza de que respondemos a una llamada precisa del Señor. Os recomiendo concordia entre vosotros y obediencia a vuestros legítimos superiores. 

Al dejar esta vida, me siento en deuda con innumerables personas que me han ayudado con su ejemplo y su amor. Han iluminado mi camino, me han apoyado con sus consejos, han sido pacientes conmigo. Junto a Aquel a quien he tratado de amar, por encima de todo, el bienaventurado Jesús, pido que Aquella que me tomará por hijo, la Virgen, venga a mi encuentro, y que ruegue por mí en la hora de mi muerte invocando de su Hijo el perdón de todos mis pecados y de mis innumerables infidelidades. 

Pero con Jesús y la Virgen Santísima, espero que vengan a mi encuentro las innumerables almas a las que, a lo largo del tiempo, el Señor ha querido unirme en una relación de paternidad y, a veces, incluso de dependencia filial. Volveré a ver a mis hermanos de sangre, a mi padre, a mi madre, pero ciertamente la unidad más verdadera, la más grande en el amor, en mi unión con Cristo, será con todos mis hermanos. Sé que les he fallado tanto, pero también sé que todo me ha sido perdonado. No he recibido más que amor. Sólo Dios podría recompensar a cada uno por todo lo que me ha dado. ¡Cuántas almas grandes en esta historia de salvación que Dios Padre me ha permitido vivir! Almas sencillas y humildes, pero también almas grandes. Lo que yo fui para ellas, sólo Dios puede decirlo. Sé, sin embargo, que debía ser inmensamente más una imagen viva de Aquel a quien yo representaba. 

¡Qué inmensa comunión de amor será la nuestra en el Cielo! Pero esto no me apartará de la comunión con los que he dejado aquí en la tierra. Y esta comunión será con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo; en el seno de la Santísima Trinidad, no seremos más que un himno de alabanza, de acción de gracias y de amor. Señor, en la hora de mi muerte, que te conozca, que te ame, que te sirva, que te alabe. Dame tu mano firme, abre tus brazos seguros, y mándame ir hacia Ti. 

"Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, amarás a tu prójimo como a ti mismo". 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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