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jueves, 3 de septiembre de 2026

La lógica del Templo.

La lógica del Templo

Las piedras soberbias, los tejados dorados que reflejan la luz del sol pero ocultan la oscuridad del corazón, no son la morada del Altísimo. El Templo no es la morada del Misterio, sino el monumento de la religión de los hombres: una fortaleza construida no para acercar al Creador a su criatura, sino para medir la distancia, para trazar límites, para rechazar.

 

He aquí la gran mentira que los señores de lo sagrado susurran en las salas del poder: que lo Absoluto se compra con la sangre de los sacrificios, que el Perdón es una mercancía custodiada por manos consagradas, que el acceso a la Vida es un privilegio para unos pocos justos.

 

Esta es la religión de los hombres, una jaula dorada diseñada para alejar a los hijos del Padre y mantener a las multitudes sometidas, encorvadas bajo la sombra del temor, para que unos pocos puedan dominar a muchos.

 

¡Pero una voz clama en el desierto y sacude los cimientos del atrio!


Jesús de Nazaret ha venido y no ha traído una nueva Ley que añadir a nuestros pergaminos amarillentos. Ha venido a arrancar de raíz la planta venenosa de nuestra religiosidad.

 

Nos hemos amparado en preceptos imposibles, hemos atado cargas insostenibles a los hombros de la gente pobre, convirtiendo la existencia en un tribunal perpetuo. Hemos sembrado la culpa para cosechar obediencia; hemos alimentado el terror y el miedo para asegurarnos el control.

 

Pero Su aliento hace temblar nuestras instituciones. Su Evangelio es exactamente lo contrario de nuestro imperio del terror.


¡Contemplemos el Misterio que Él viene a manifestar, aquellos que habíais sido excluidos!

 

No es un camino para iniciados, ni una escalada para los autoproclamados puros, sino un camino llano, un sendero de igualdad y de profunda misericordia.

 

Es el camino de los pobres, de los descartados, de los últimos de la tierra, que hoy caminan con la cabeza erguida.

 

Ya no hay barreras, ya no hay patios para los paganos ni recintos para los impuros. En su carne, Dios se hace cercano, borra la distancia y abraza a la humanidad sin pedir peajes ni rituales de purificación.

 

Esta es la afrenta suprema. Este es el delito imperdonable a los ojos de los guardianes del Templo.

 

Cuando Él volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los vendedores, no realizó un simple gesto de reforma: pronunció la sentencia de muerte del sistema sacrificial. Rompió el monopolio de la gracia.


Los señores del Templo comprendieron la amenaza: si el hombre es libre en el amor del Padre, su poder se desvanece como la niebla de la mañana.

 

Por eso lo llevaron al Gólgota. La cruz no es un incidente de la historia, ni un trágico malentendido. La cruz es el precio de Su negativa a doblegarse ante la religión de los hombres.

 

Es la señal clarísima, grabada en la madera y en la sangre, de una ruptura radical e irreversible: por un lado, la religión que mata para defenderse a sí misma; por otro, el Evangelio que muere para dar vida.

 

El Templo ha crucificado a la Verdad, pero precisamente en ese sacrificio el Templo ha caído para siempre. El Evangelio ha resucitado, y ninguna piedra podrá volver a aprisionarlo jamás.

 

Recordemos que Jesús no viene a bendecir el poder religioso, sino a desenmascararlo e inaugurar un camino de misericordia, libertad e igualdad para los más desfavorecidos.

 

El Templo, en su forma histórica y simbólica, no es simplemente un edificio de piedra: es el monumento erigido por la religión de los hombres, la poderosa construcción de un sistema que pretende hablar en nombre de Dios mientras que, en realidad, lo oculta tras un muro de ritos, prohibiciones, jerarquías y miedos.

 

Allí donde debería resonar la libertad de los hijos, se oye, en cambio, el lenguaje del dominio; allí donde debería brillar la misericordia, se acumulan cargas insoportables sobre los hombros de los pequeños.


El Templo se convierte así en el signo de una fe secuestrada por el poder, administrada por guardianes que no abren las puertas del Cielo, sino que las vigilan para decidir quién puede entrar y quién debe quedarse fuera.

 

Es contra esta religión contra la que Jesús se levanta con la fuerza de los profetas.

 

Él no viene a restaurar el Templo, ni a purificarlo para devolvérselo a sus administradores: viene a declarar su fin como lugar de control sobre el hombre.

 

Jesús desenmascara el corazón enfermo de toda religión construida para someter: una religión que no genera vida, sino dependencia; que no anuncia la cercanía de Dios, sino su lejanía; que no sana las conciencias, sino que las hiere con el veneno de la culpa.

 

Cuando la fe se reduce a un código, a una actuación, al miedo a equivocarse, ya no estamos ante el rostro del Padre, sino ante la caricatura de un poder sacralizado. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuando confundimos salvación con solución.

Cuando confundimos salvación con solución

¿Por qué consumís vuestros días dentro del recinto del templo, afanándoos en ritos vacíos y ocupaciones que el viento dispersará como paja?

 

Uno tiene la sensación de que hemos transformado lo sagrado en un mercado de necesidades.

 

Nos acercamos al altar no con el corazón abierto, sino con el estómago vacío, buscando a un Dios que no sea más que un solucionador de problemas, un sanador a la carta, un garante de nuestro bienestar material.

 

Esta es la religión del hambre pasajera: una vez saciados, una vez eliminado el obstáculo de nuestro camino, daremos la espalda a la fuente para correr hacia otra parte, hacia nuevos ídolos de comodidad.

 

¡Ay de quien reduzca el Misterio a una función social!

 

Estamos construyendo casas sobre la arena, convencidos de que hacer muchas cosas en la Iglesia equivale a vivir. Pero la vida verdadera no se mide por el ruido de nuestras actividades, sino por el silencio de nuestro deseo.

 

Existen dos tipos de alimento, y hoy estamos llamados a elegir: está el alimento que perece, movido por el interés y el ansia de llenar los vacíos de la vida cotidiana. Es el camino de quien utiliza a Dios para servirse a sí mismo.

 

Y está el alimento que perdura para la vida eterna. Es el pan de quien está movido por la sed de verdad, de quien siente en lo más profundo de su ser el estremecimiento de una vida diferente, más profunda, no encadenada a la necesidad de las cosas tangibles. 



La propuesta del Hijo del Hombre no es un anestésico para nuestras angustias, sino un fuego que enciende nuestra alma. Él no nos llama a permanecer en un lugar, sino a convertirnos en un lugar: un espacio de gratuidad y de amor.

 

Solo quien descienda al abismo de su propia búsqueda interior encontrará la clave para mirar el mundo con ojos nuevos.


No confundamos la salvación con la solución. El camino del deseo nos espera: es la única vía que conduce fuera del laberinto del ego hacia el horizonte de la luz verdadera.

 

La hora de la religión del deber ha llegado a su fin bajo el peso de su propio formalismo; es el Templo de los mercaderes donde cada oración es un anticipo y cada sacrificio una inversión.

 

La gratuidad no es un accesorio de la fe, sino su único aliento profético: es la irrupción de lo Incondicional en un mundo esclavo del do ut des.

 

La religión del deber se basa en la norma, un dique que tranquiliza pero que no salva.

 

El Profeta clama que Dios no busca funcionarios de lo sagrado, sino amantes heridos por la nostalgia.

 

La gratuidad transforma la relación con lo Absoluto: no se actúa para obtener, sino porque ya se ha recibido.

 

Es la teología del exceso: el frasco de nardo roto que no tiene en cuenta el derroche porque ha reconocido el Amor.


El deber genera la ilusión del mérito, la pretensión de que el hombre pueda poner a Dios en deuda.

 

Pero la gratuidad es la muerte del ego religioso. En sentido teológico, afirma que la gracia siempre precede a la respuesta.

 

Mientras que el deber mide el paso, la gratuidad permite el vuelo; vacía las manos del hombre para que puedan ser llenadas no por el salario del justo, sino por el don gratuito del Padre.

 

Quien vive la religión del deber es un siervo que teme el castigo o ansía la recompensa.

 

Quien vive la gratuidad es un hijo que actúa por pura alegría.

 

Esta es la verdadera subversión profética: la gratuidad libera a la ética del chantaje.

 

La gratuidad es la única fuerza capaz de romper la cadena de la necesidad.

 

En la cruz muere definitivamente la religión del contrato.

 

La religión del deber construye muros de piedra; la gratuidad profética abre pasos de luz.

 

El deber interroga a la conciencia, la gratuidad enciende el corazón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 31 de agosto de 2026

La presencia incómoda de Jesús.

La presencia incómoda de Jesús

La presencia de Jesús entre el pueblo de Israel debió de resultar realmente incómoda, casi insoportable.

 

No incómoda como lo es un enemigo declarado, contra el que uno puede defenderse sin vacilar; sino incómoda como lo es una luz encendida en plena noche, cuando los ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y esta había acabado por parecer algo natural.

 

Jesús entraba en las sinagogas, lugares de memoria y de escucha, y allí, donde desde hacía siglos se repetían palabras antiguas con acentos ya fijos, abría una rendija inesperada.

 

No destruía la Escritura: la liberaba. No abolía la Palabra: la devolvía a su fuente.

 

Eso era lo que lo hacía peligroso.


No se limitaba a proponer una nueva doctrina, junto a las demás; no añadía una escuela a las escuelas, ni una voz al coro de los intérpretes.

 

Jesús hacía algo más radical: mostraba que lo que se llamaba fidelidad podía haberse convertido en traición, que lo que se defendía como tradición podía haberse alejado del origen, que la obediencia podía transformarse en esclavitud cuando perdía el contacto con la misericordia.

 

Su palabra no era un adorno religioso, sino una hoja afilada, capaz de separar el nombre de Dios de las máscaras que los hombres le habían impuesto.

 

Cada vez que Jesús hablaba, se perturbaba la noche interior de la religión.

 

Las palabras escuchadas tantas veces volvían a arder.

 

Los textos sagrados, domesticados por interpretaciones útiles al poder, recuperaban su aliento originario.


Y era inevitable que este proceso pusiera en evidencia a los líderes religiosos. No porque Jesús buscara el enfrentamiento por el mero gusto de la polémica, sino porque la verdad, cuando se acerca, revela lo que está torcido.

 

Su enseñanza daba a entender que la tergiversación no era un incidente marginal, sino una herida profunda, y que los guardianes de la Ley, precisamente mientras pretendían protegerla, podían haber oscurecido su esencia.

 

Por eso Jesús no se quedaba quieto. Recorría ciudades y pueblos, entraba en las sinagogas, enseñaba el Evangelio del Reino y sanaba toda enfermedad y dolencia.

 

Su ir y venir no era agitación, sino urgencia. Quería llegar al mayor número posible de judíos practicantes, hombres y mujeres que amaban el Misterio, pero que a menudo lo habían recibido a través de una imagen pesada, severa y deformada.

 

A ellos Jesús les anunciaba la gran novedad: el Misterio no coincide con la religión que oprime, no se identifica con el peso impuesto sobre los hombros de los pequeños, no habita en las normas cuando estas se vuelven más importantes que el ser humano.


La novedad del Reino, en realidad, era un retorno al origen.

 

Jesús no inventaba a otro Dios: devolvía el rostro del Padre.

 

No fundaba una religión más refinada: liberaba al hombre y a la mujer de la religión como sistema de miedo, de control, de mérito y de exclusión.

 

En Él, la Escritura volvía a ser promesa, aliento, camino, consuelo. Volvía a ser palabra dirigida a los pobres, a los enfermos, a los excluidos, a aquellos a quienes se les había convencido de que no eran dignos de acercarse. El Evangelio no descendía desde lo alto como un decreto, sino que se posaba sobre las heridas como un bálsamo.

 

Las curaciones, entonces, no eran solo prodigios destinados a asombrar. Eran el cuerpo visible de su palabra. Jesús sanaba para que su anuncio no quedara suspendido en el aire como una idea hermosa pero abstracta.

 

El ciego que ve, el cojo que camina, el leproso al que se toca, el pecador que es acogido: todo ello decía que el Misterio no está del lado de la distancia, sino del encuentro; no del lado de la condena, sino de la vida que recomenzaba.

 

Cada curación era una parábola hecha carne, una brecha en el muro construido por la religión de los hombres.


Hay una enfermedad que puede curarse: la religión.

 

No la fe, ni el deseo del Misterio, ni la sed de sentido que habita en el corazón humano en sus momentos más oscuros.

 

La enfermedad es la religión cuando se convierte en un aparato, cuando transforma el Misterio en un vigilante, cuando mide la pureza en lugar de generar compasión, cuando utiliza la Escritura para cerrar puertas en lugar de abrir caminos.

 

Está enferma la religión que habla del Misterio pero no deja respirar al hombre; que defiende lo sagrado pero no se da cuenta del herido; que multiplica las prescripciones y olvida la misericordia.

 

Solo el Evangelio anunciado por Jesús puede curar en profundidad esta herida. No porque sustituya una religión por otra, sino porque lleva al hombre ante el origen: ante un Misterio que no pide víctimas, sino hijos; que no exige máscaras, sino verdad; que no se complace en el miedo, sino en la libertad.

 

El Evangelio es el bálsamo que desciende lentamente por las grietas del alma, allí donde la religión ha dejado sentimientos de culpa, exclusiones, imágenes duras del Misterio, noches sin consuelo.


Quizá por eso Jesús resultaba tan incómodo: porque no permitía que la noche se hiciera pasar por luz.

 

Pasaba entre la gente como una presencia inquieta y misericordiosa, capaz de quitar el velo a las palabras sagradas y devolverlas a su amanecer. Y quienes habían construido su poder sobre la sombra no podían soportar esa luz. 


Pero para los enfermos, para los cansados, para los excluidos, para quienes habían sido heridos precisamente en nombre del Misterio, esa misma luz no era una amenaza: era sanación.

 

Era el Reino que comenzaba. Era el origen que volvía a hablar.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vino nuevo en odres nuevos.

Vino nuevo en odres nuevos

Hay una hora de la noche en la que todo parece callarse, y precisamente entonces lo que habita en lo más profundo comienza a hablar.

 

Las luces se atenúan, los ruidos se desvanecen, las palabras pronunciadas durante el día pierden su peso aparente, y solo queda una pregunta esencial: ¿en qué me estoy convirtiendo?

 

Es en este espacio silencioso, frágil y verdadero donde la propuesta de Jesús se presenta no como un adorno religioso que añadir a la vida, sino como un principio nuevo, capaz de cuestionar la forma misma de nuestra manera de pensar, desear, elegir y amar.

 

Desde el momento en que una persona se adhiere a la propuesta de Jesús, no entra en un territorio ya consumado, ni recibe una respuesta mágica que la sustraiga del esfuerzo de la historia. Comienza, más bien, un camino lento, progresivo y constante: un trabajo interior que se asemeja a la noche que prepara el amanecer sin poder forzarlo.

 

El cambio evangélico no se produce con violencia, no borra lo humano, no exige resultados inmediatos.

 

Por el contrario, se adentra en los recovecos de la mentalidad, allí donde se han sedimentado antiguos miedos, instintos de defensa, hábitos de dominio y formas de juzgar a los demás y a uno mismo.


Es imposible comprender la novedad del Evangelio sin aceptar ser transformados. No basta con admirar a Jesús, citar sus palabras, defender su nombre o conservar sus imágenes.

 

Su propuesta exige cambiar de perspectiva, porque se encuentra en las antípodas del estilo de vida cotidiano modelado según el instinto de supervivencia. Este instinto, cuando se convierte en cultura, genera relaciones de desigualdad: enseña a imponerse, a competir, a defenderse del otro como si fuera una amenaza, a medir el valor de las personas según la fuerza, el éxito, la utilidad y el mérito reconocido por los más fuertes.

 

En la noche de la conciencia, sin embargo, estas lógicas revelan su pobreza.

 

La agresividad, incluso cuando se la denomina determinación, deja tras de sí heridas.

 

La meritocracia, cuando se convierte en criterio absoluto, olvida los distintos puntos de partida, las fragilidades heredadas, las exclusiones invisibles.

 

La desigualdad, cuando se justifica como orden natural de las cosas, apaga lentamente la fraternidad.


El Evangelio interviene precisamente aquí, como una luz discreta que no ciega, sino que revela: nos recuerda que nadie ha nacido para ser un desecho, nadie puede reducirse a su propia productividad, nadie puede ser medido únicamente por lo que posee o realiza.

 

La propuesta de Jesús nos lleva de vuelta al origen: todos somos hijos e hijas de ese Misterio de bondad y justicia que cada uno, de alguna manera, percibe en su interior.

 

Antes que cualquier papel, antes que cualquier pertenencia, antes que cualquier diferencia social, cultural o religiosa, existe una dignidad común que nos precede.

 

Hemos nacido para amar, para vivir en armonía y en paz, para compartir lo que tenemos, para ponernos al servicio de nuestros hermanos y hermanas más débiles.

 

Hemos nacido no para defender privilegios, sino para custodiar la vida; no para multiplicar enemigos, sino para abrir caminos de reconciliación; no para habitar el mundo como propietarios asustados, sino como custodios responsables.

 

Pero esta verdad, tan sencilla como el pan y tan profunda como la oscuridad que precede al amanecer, cuesta que encuentre un hogar en nosotros.



Siglos y milenios de culturas basadas en la fuerza, en la jerarquía, en el miedo al otro y en la acumulación han moldeado nuestro imaginario. Nos han enseñado que la paz es debilidad, que el perdón es ingenuidad, que el servicio es inferioridad, que la no violencia es imposible.

 

Por eso, acoger el Evangelio no es solo un acto de devoción: es una lucha espiritual y cultural, un éxodo, un desmantelamiento paciente de lo que hemos asimilado desde los primeros días de la infancia.

 

Se necesita valor para adentrarse en los rincones más oscuros del propio corazón y reconocer las estructuras internas que nos mantienen prisioneros: la necesidad de tener razón, el miedo a perder terreno, la tentación de sentirnos superiores, la costumbre de juzgar a quienes no lo consiguen, el deseo de seguridad construido sobre la exclusión de alguien.

 

Este proceso de desmantelamiento no es una destrucción estéril, sino una liberación. Es como abrir las ventanas de una casa que ha permanecido cerrada durante demasiado tiempo: al principio entra aire frío, se levanta polvo, se descubren grietas; luego, poco a poco, la casa vuelve a respirar.

 

No es casualidad que Jesús exprese este camino con la imagen del vino nuevo en odres nuevos.

 

En los relatos evangélicos, esta expresión indica que la novedad que Él trae no puede contenerse en formas antiguas sin desgarrarlas. El vino nuevo fermenta, se mueve, presiona, vive: necesita recipientes capaces de dilatarse.


Así es el Evangelio.

 

No puede verterse en mentalidades rígidas, en corazones endurecidos, en estructuras construidas para conservar privilegios. Si se reduce a un parche sobre un vestido raído, el desgarro se agrava. Si se le encierra en odres viejos, se pierden tanto el vino como los odres.

 

Convertirse en odres nuevos significa, pues, dejarse capacitar para la novedad.

 

Significa aceptar que el Evangelio no se limite a confirmar lo que ya somos, sino que nos lleve más allá.

 

Significa pasar de la supervivencia a la comunión, de la posesión al compartir, de la competencia al cuidado, del miedo a la confianza, de la violencia a la paz.

 

Es un paso nocturno, porque a menudo ocurre sin alboroto, en el secreto de las decisiones cotidianas: cuando renunciamos a una palabra que hiere, cuando elegimos escuchar a quienes no tienen voz, cuando compartimos en lugar de retener, cuando reconocemos en lo frágil no una carga, sino una revelación.


La noche no es solo el lugar de la oscuridad: es también el seno de las transformaciones invisibles.

 

La semilla germina en la oscuridad de la tierra, la respiración se hace más profunda durante el sueño, las estrellas aparecen cuando el sol se retira.

 

Así obra en nosotros el camino evangélico: no siempre lo vemos, no siempre sabemos nombrarlo, pero algo se mueve.

 

Una dureza se resquebraja, un miedo pierde fuerza, un gesto de paz se hace posible. Y entonces comprendemos que la conversión no es un deber impuesto desde fuera, sino el retorno a nuestra verdad más originaria: hemos sido creados para amar.


Acoger a Jesús, pues, significa dejarse educar por esta luz nocturna que no humilla, sino que libera; que no condena, sino que llama; que no impone desde arriba, sino que despierta desde lo más profundo.

 

El mundo nuevo no nace de hombres y mujeres perfectos, sino de personas dispuestas a dejarse transformar.

 

Nace de quienes aceptan no ser ya un odre viejo, endurecido por el miedo y la costumbre, sino piel nueva, elástica, abierta a la fermentación del amor.

 

Nace de quienes creen que la paz no es un sueño ingenuo, sino el proyecto inscrito en la creación; que la justicia no es una utopía lejana, sino una responsabilidad cotidiana; que la fraternidad no es un sentimiento ocasional, sino la verdadera forma de lo humano.

 

Y cuando la noche parece larga, cuando las culturas de la violencia parecen invencibles y el corazón vuelve a buscar refugio en los viejos mecanismos de defensa, el Evangelio sigue susurrando su promesa: el vino nuevo no ha dejado de fermentar.

 

La novedad de Dios sigue obrando, silenciosa y obstinada, en la historia y en nuestro interior. Solo pide odres nuevos: mentes desarmadas, manos abiertas, corazones capaces de acoger la justicia sin miedo.

 

Entonces, incluso la noche se convierte en espera, y la espera se convierte en camino hacia un amanecer.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 19 de agosto de 2026

A golpe de Biblia y rifle.

A golpe de Biblia y rifle 

«La Biblia en una mano y el rifle en la otra»: con este lema, el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha inaugurado su mandato, precisamente en los mismos días en que el Papa León XIV afirmaba que «la radicalidad evangélica es lo contrario de cualquier fundamentalismo» (cf. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/august/documents/20260806-assisi-giovani.html). 

Las declaraciones del nuevo líder, de extrema derecha —que llegó al poder en Colombia tras derrotar en las urnas, y por un estrecho margen, a Iván Cepeda, de izquierda y vinculado al exjefe de Estado, Gustavo Petro—, plantean no pocos problemas. 

De hecho, al margen de la valoración política de los programas de los dos contendientes, una de las cosas que preocupa son los argumentos «religiosos» esgrimidos por el candidato para conseguir votos. De hecho, se ha presentado como un enviado de Dios para salvar la patria. 

Y esta pretensión no solo define algunas dinámicas del poder sino que también reabre un urgente debate ético y teológico: la instrumentalización del Evangelio al servicio de intereses políticos. 

Abelardo de la Espriella, por ejemplo, ha asegurado que se comprometerá a hacer que «la nación vuelva a Dios». Y por ello, explicó, para acabar con la violencia que asola el país, gobernará «con la Biblia en una mano y el rifle en la otra». 

El «programa» del presidente, que menciona expresamente a Dios, casi proclamándose profeta enviado por Él, convierte a sus adversarios políticos en pésimos cristianos. 

Quizá sin dirigirse solo a él, pero sin excluirlo, León XVI, casi al mismo tiempo que la «entronización» del recién elegido, el 6 de agosto, en Asís, ante la Juventud Franciscana, había dicho: 

«A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio. Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos». 

En el ámbito cristiano, «fundamentalismo» significa tomar al pie de la letra un versículo de la Biblia, aislándolo de su contexto. 

Así, un día Jesús afirmó: «Hay eunucos a quienes los hombres han hecho tales, y otros que se han hecho tales por el reino de los cielos» (San Mateo 19, 12). Y, basándose en esa invitación, en los primeros siglos de la Iglesia algunos cristianos fervientes se castraron. Para erradicar esta práctica malsana, en el año 325 el Concilio de Nicea (el primero ecuménico) estableció que esas personas, en realidad, tergiversaban por completo el pensamiento de Jesús. 

¿Alguien le puede decir esto, también y entre otros, al presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 16 de marzo de 2026

No tomarás el nombre de Dios en vano.

No tomarás el nombre de Dios en vano

También hoy, como en otros momentos históricos, resurge con fuerza y de forma manifiesta el uso instrumental de la religión, por ejemplo, cristiana con fines de consenso político, de legitimación de dinámicas de opresión y, también, de violencia.

 

Este fenómeno es tan antiguo como el mundo, y el propio cristianismo lo ha experimentado en no pocas ocasiones a lo largo de su historia.

 

Ya Maquiavelo, en El Príncipe, teorizaba sobre el uso sin escrúpulos de la religión, por lo que, al ser preferible aparentar ser algo antes que serlo, era relevante parecer religioso para engañar y cohesionar al pueblo, con fines de éxito político.

 

La posmodernidad, que parecía haber rechazado lo religioso, se encuentra desde hace algunas décadas, por el contrario, enfrentándose a su regreso, el cual, sin embargo, casi siempre es instrumentalizado con fines propagandísticos, sobre todo por la derecha política, en particular en sus versiones más extremas.

 

Un ejemplo de ello son los Estados Unidos de América.

 

Desde su fundación tiene una fuerte tradición mesiánico-milenarista de matriz reformada, parece ver el éxito (al menos mediático) de un uso desenfadado de la religión: desde el presidente que se hace «bendecir» por un grupo de predicadores para ganar una guerra, pasando por el ministro de Defensa que cita un salmo para respaldar una acción militar unilateral y arbitraria, hasta la interpretación del asesinato de Charlie Kirk como martirio.

 

Y así sucesivamente.

 

La religión vuelve a ser instrumentum regni a favor de masas asustadas, emocionalmente manipuladas, a las que se les ofrecen soluciones baratas, simplistas y de mala fe: si Dios está con nosotros… ¿quién contra nosotros?: todo nos está permitido.

 

No es un fenómeno exclusivamente cristiano, obviamente, porque los extremismos echan raíces en todas partes.

 

La cita, la instrumentalización, el uso sin escrúpulos de la Biblia ponen de manifiesto la ausencia casi total del Evangelio, el cual, como mucho, se cita en un versículo sacado de contexto, pero, la mayoría de las veces, es ignorado, dejado de lado, ocultado deliberadamente.


Pero un cristianismo sin Evangelio, ¿qué cristianismo es ese?

 

El Evangelio es el gran ausente: porque no se puede domesticar, porque es claro, porque condena sin rodeos un uso de la fe muy parcial, incompleto, al servicio de políticas que predican violencia, supremacía, guerra, egoísmo, división, racismo, dominio.

 

Si releemos los hechos que ocurren cada día a la luz del Sermón de la Montaña (¡las páginas más olvidadas!): criterios, ejemplos, modelos, estilos: ¡todo está ahí! Jesús de Nazaret es el del Sermón de la Montaña, de las parábolas de la misericordia, de los gestos de paz, acogida, humildad, reconciliación.

 

Si releemos el Magnificat; si releemos Mateo 25…

 

En cambio, hemos reducido el Evangelio a cuatro eslóganes, a cuatro «valores» muy parciales, a cuatro consignas que se pueden usar a voluntad.

 

Pero el Evangelio está ahí, siempre fresco, siempre fuerte, siempre claro. Y nos habla de un Padre que es misericordia, de un Hijo que es don de sí mismo, de un Espíritu que es vida, comunión, fraternidad.

 

En cambio, asistimos a una violencia continua no solo contra hermanos y hermanas, sino contra la misma Palabra de Dios.

 

Este silencio evangélico, que se une a la subordinación de la religión a fines de políticas de dominio, es engañoso y malvado, es mentiroso y falso. No es cristiano.

 

Quizás no haya hoy en día mandamiento más pisoteado, después del «No matarás», que el «No tomarás el nombre de Dios en vano».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 5 de marzo de 2026

Dios es diferente: adorar en espíritu y en verdad.

Dios es diferente: adorar en espíritu y en verdad

La crítica a los monopolios es una de las leyes económicas universales, porque los monopolios solo provocan la destrucción generalizada de la riqueza y la reducción del bien común.

 

De ahí la invitación a hacer todo lo posible para que las sociedades se doten de instrumentos y organismos para prevenir y combatir los monopolios.

 

Esta ley antimonopolista tiene, en realidad, aplicaciones mucho más amplias que el ámbito económico o industrial. Los monopolios son (casi) todos erróneos, en (casi) todas las expresiones de la vida social y personal.



Y pienso, por ejemplo, en la vida espiritual y en las confesiones religiosas.


La religión, incluida la cristiana, es una auténtica experiencia de florecimiento humano y de liberación si no se convierte en monopolista de la vida, si deja espacio a otras dimensiones de la existencia.

 

En la Biblia, solo los ídolos quieren el monopolio de sus fieles.

 

El Dios bíblico, en cambio, es un liberador incluso de las tendencias del templo y de los sacerdotes de convertir también a YHWH en un ídolo monopolista que consume la vida de los fieles, de la que se alimenta con un hambre insaciable.


El Dios bíblico es un liberador, lo sabemos, y por lo tanto también libera de las religiones, incluida la religión de sus propios fieles.

 

Es notable y sugerente la oración del gran místico alemán Meister Eckhart (1260-1328): «Ruego a Dios que me libere de Dios». Un Dios que libera de sí mismo es, de hecho, el Dios bíblico, tal y como lo captó el poeta Friedrik Holderlin (1770-1843): «Dios creó al hombre como el mar crea los continentes: retirándose» .

 

El Dios bíblico y cristiano no es un consumidor de sus devotos, no se alimenta de sus criaturas para poder vivir. Hace exactamente lo contrario: los distingue de sí mismo, los quiere libres y adultos, es decir, capaces de no depender de lo «religioso» y lo «sagrado», sino de disfrutar de la vida y de toda la creación.

 

El problema, sin embargo, somos nosotros, los seres humanos religiosos, que, tan acostumbrados a la religión como culto idólatra, creamos sistemas religiosos, templos, altares, sacrificios, una contabilidad religiosa entre el cielo y la tierra, porque durante milenios hemos concebido a las divinidades como seres que solo se satisfacen con cultos totales, perfectos, absolutos,…, monopolios.

 

Y así, a pesar de que la Biblia y Jesús nos han dicho exactamente lo contrario, también los cristianos hemos construido templos, altares, sacrificios,…, una religión de cultos totales y perennes, de vidas orientadas única y exclusivamente a lo religioso y a Dios, como si en el cielo hubiera seres superiores que pidieran a los hombres que vivieran solo para ellos.


En esta visión, que ha dominado y en parte sigue dominando también el cristianismo, hay dos problemas.

 

El primero es teológico: ¿qué Dios tenemos en mente para pensar en Él como un ser que se complace de vidas consagradas y ofrecidas íntegramente a lo sagrado? Solo los ídolos quieren esto, aunque, engañándonos, les demos a los ídolos los nombres de Dios.

 

Luego hay un problema antropológico: ¿qué tipo de ser humano tenemos en mente cuando damos vida a religiones que ocupan todo el espacio de nuestra vida? ¿Qué hombre, qué mujer es ese fiel que desde la mañana hasta la noche piensa, vive, ofrece, celebra solo para honrar al Altísimo, solo y siempre para celebrar la divinidad? Solo un fiel menor de edad, infantil, siervo y no libre, puede sentirse cómodo en estas religiones.

 

Lo hacemos. De hecho, siempre lo hemos hecho. Pero la Biblia está ahí todos los días diciéndonos: «Hacedlo si tanto os importa, pero no en mi nombre. Mi Dios no quiere estos adoradores, porque busca adoradores en espíritu y en verdad. Por lo tanto, libres como el viento que no sabéis de dónde viene ni a dónde va, libres como hijos e hijas».

 

La religión es una experiencia plenamente humana solo si es un aspecto importante de la vida y renuncia al 'monopolio' de nuestra existencia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...