A golpe de Biblia y rifle
«La Biblia en una mano y el rifle en la otra»: con este lema, el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha inaugurado su mandato, precisamente en los mismos días en que el Papa León XIV afirmaba que «la radicalidad evangélica es lo contrario de cualquier fundamentalismo» (cf. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/august/documents/20260806-assisi-giovani.html).
Las declaraciones del nuevo líder, de extrema derecha —que llegó al poder en Colombia tras derrotar en las urnas, y por un estrecho margen, a Iván Cepeda, de izquierda y vinculado al exjefe de Estado, Gustavo Petro—, plantean no pocos problemas.
De hecho, al margen de la valoración política de los programas de los dos contendientes, una de las cosas que preocupa son los argumentos «religiosos» esgrimidos por el candidato para conseguir votos. De hecho, se ha presentado como un enviado de Dios para salvar la patria.
Y esta pretensión no solo define algunas dinámicas del poder sino que también reabre un urgente debate ético y teológico: la instrumentalización del Evangelio al servicio de intereses políticos.
Abelardo de la Espriella, por ejemplo, ha asegurado que se comprometerá a hacer que «la nación vuelva a Dios». Y por ello, explicó, para acabar con la violencia que asola el país, gobernará «con la Biblia en una mano y el rifle en la otra».
El «programa» del presidente, que menciona expresamente a Dios, casi proclamándose profeta enviado por Él, convierte a sus adversarios políticos en pésimos cristianos.
Quizá sin dirigirse solo a él, pero sin excluirlo, León XVI, casi al mismo tiempo que la «entronización» del recién elegido, el 6 de agosto, en Asís, ante la Juventud Franciscana, había dicho:
«A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio. Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos».
En el ámbito cristiano, «fundamentalismo» significa tomar al pie de la letra un versículo de la Biblia, aislándolo de su contexto.
Así, un día Jesús afirmó: «Hay eunucos a quienes los hombres han hecho tales, y otros que se han hecho tales por el reino de los cielos» (San Mateo 19, 12). Y, basándose en esa invitación, en los primeros siglos de la Iglesia algunos cristianos fervientes se castraron. Para erradicar esta práctica malsana, en el año 325 el Concilio de Nicea (el primero ecuménico) estableció que esas personas, en realidad, tergiversaban por completo el pensamiento de Jesús.
¿Alguien le puede decir esto, también y entre otros, al presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario