Espacios de humanidad
«En un mundo incomprensible y en constante cambio, las masas habían llegado al punto de creer simultáneamente en todo y en nada, de pensar que todo era posible y que nada era verdad».
Son palabras de Hannah Arendt, en su obra clásica sobre el sistema totalitario. Son palabras que pueden ilustrar tal vez una parte del clima actual de nuestra sociedad.
Por un lado, anuncios futuristas sobre una sociedad digital que nos garantizaría, en el marco de una globalización feliz, un futuro maravilloso.
Por otro, personas elegidas en los parlamentos políticos que se lanzan mutuos reproches por escándalos de todo tipo, guiándose por las encuestas que les sirven de brújula.
Esta yuxtaposición de un mundo en el que el progreso técnico hace creer que «todo es posible» y de una clase política que deja cada vez más al ciudadano con el sabor amargo de que «nada es verdad» contribuye a la crisis de la convivencia.
¿Cómo podría funcionar de otra manera una sociedad con un individualismo exacerbado y para la que la economía y las finanzas se han convertido en la medida de todas las cosas?
Una sociedad no puede sobrevivir eternamente a este doble juego en el que Hanna Arendt ve el nacimiento del totalitarismo. De hecho, yuxtaponer el «todo es posible» y el «nada es verdad» conduce al «todo está permitido».
Ante este riesgo, ya no basta con invocar el bien común, la ciudadanía y la famosa modernización. Hay que comprometerse en un trabajo crítico sobre las llamadas evidencias que nos impiden pensar en el arte de vivir en lo cotidiano.
En las sociedades primitivas, el individuo venía definido por su matriz micro-social de origen. Se pertenecía a un pueblo, se profesaba la religión del propio clan, se ejercía el oficio de los padres, y las relaciones matrimoniales dejaban de lado las subjetividades para garantizar el fin primordial de la perpetuación del grupo.
En esos universos, caracterizados por la escasez, las leyes de la hospitalidad y la solidaridad del clan eran condiciones de supervivencia. La solidez de esa solidaridad tenía como contrapartida la negación de la libertad individual. La supervivencia colectiva se imponía a todos.
La historia de la modernidad está formada por «átomos sociales» que han roto con esa matriz sociológica primaria.
Esta ruptura fue preparada por la evolución filosófica del pensamiento individual: en el ámbito religioso en Occidente, por Lutero y la Reforma; en el ámbito político, por la Ilustración; y en el ámbito económico, por la urbanización y la industrialización.
El contrato de trabajo indefinido fue el instrumento
jurídico que permitió a cada individuo existir al margen de su propio clan.
Pero la desaparición de las formas tradicionales de regulación de la vida
colectiva ha dejado a los individuos cada vez más sumidos en su soledad.
Y la urbanización, al igual que la gran industria, ha creado «las masas», un término que carecía de sentido en una sociedad tradicional.
Dos «líneas maestras» han pretendido guiar a estas «masas»: el «socialismo científico» y el mercado.
Ante la alienación de las masas urbanizadas, desarraigadas de su matriz original, algunos buscaron y encontraron una «ciencia» del desarrollo de las sociedades de tipo marxista como referente político. Bastaba con que un partido político portador de dicha ciencia tomara el poder, y se habría avanzado hacia el más dichoso de todos los porvenires.
En cambio, hemos sufrido trágicas secuelas.
El liberalismo ha confiado la gestión del individuo desarraigado a la «mano invisible» del mercado. Las crecientes fracturas sociales, los desastres humanitarios y ecológicos desmienten cada día la capacidad del mercado para hacer frente a las crisis actuales.
Entonces, es grande la tentación de volver «al origen». Es el comienzo de todo integralismo, de todo nacionalismo, de todo fundamentalismo.
Cuando uno ya no sabe adónde se va, cuando ya no se tienen proyectos, se corre el riesgo de caer en la tentación de la regresión.
¿No habría que intentar pensar y actuar de un modo alternativo?
En lugar de buscar aquello que hemos perdido, la tarea podría consistir en dar a luz un mundo nuevo.
Si tantas personas descubren que están y que son, que nacen y que mueren «solas», como decía Blaise Pascal, ¿no habrá que crear oasis de humanidad y de fraternidad?
Yo recuerdo que la pandemia nos pilló por sorpresa. No sé si a partir de aquello hemos aprendido o no a acostumbrarnos a que surja lo inesperado.
Tantas veces no vivimos más que lo inesperado y la costumbre de las crisis. En nuestro mundo se despierta tantas veces la imaginación creativa, pero por otro también este mundo provoca miedos y retrocesos mentales. Buscamos la salvación providencial, pero no sabemos cómo.
Y, sin embargo, hay que aprender que, en la historia, lo inesperado ocurre y vuelve a ocurrir. Creemos que vivimos de certezas, de estadísticas, de previsiones y de la idea de que todo es estable.
Pero… muchas cosas han comenzado y siguen comenzando a entrar en crisis. A veces no nos damos cuenta. Y debemos aprender a vivir con la incertidumbre, es decir, con el valor de afrontar y estar preparados para resistir también a las fuerzas negativas.
La crisis nos vuelve más locos y más sabios. Ambas cosas. La mayoría de la gente pierde la cabeza y otros se vuelven más lúcidos. La crisis favorece a las fuerzas más contrarias.
Yo creo pertenecer al grupo de los que quisieran creer que sean las fuerzas creativas, las fuerzas lúcidas y aquellas que buscan un nuevo camino las que se impongan, aunque todavía estén muy dispersas y sean débiles.
Podemos indignarnos con razón, pero no debemos encerrarnos en la indignación.
Hay algo que olvidamos. Hace años, no me atrevo a cuantificar, ha comenzado en el mundo un proceso de degradación. La crisis de la democracia no se da solo en los países europeos… Predomina el beneficio ilimitado que lo controla todo en todos los países. Lo mismo ocurre con la crisis ecológica.
La mente debe afrontar las crisis para dominarlas y superarlas. De lo contrario, somos sus víctimas.
Hoy vemos cómo avanzan elementos del totalitarismo. Un totalitarismo que no tiene nada que ver con el del siglo pasado. Disponemos de todos los medios de vigilancia: drones, teléfonos móviles, reconocimiento facial... Y existen todos los medios para dar lugar a un totalitarismo de la vigilancia.
El reto es impedir que estos elementos se unan para crear una sociedad totalitaria e inhabitable para nosotros. ¿Qué podemos desearnos? Podemos desearnos fuerza, valor y lucidez para no caer en la lógica terrible de la ley de la selva... Necesitamos crear y vivir en pequeños oasis de humanidad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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