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viernes, 12 de junio de 2026

A la sombra de Pedro.

A la sombra de Pedro

Los Hechos de los Apóstoles relatan que la cercanía de Dios y su fuerza liberadora actuaban en la persona del Apóstol Pedro, quien «sanaba y salvaba a todos los que eran tocados por su sombra» (Hch 5,15). 

Ser o hacer sombra a los demás puede significar el deseo de marginar o de apartar. 

Ser, en cambio, sombra de Dios para los demás significa, en sentido positivo, la capacidad de inclinarse hacia los demás para ofrecer cercanía, alivio, protección y consuelo. 

El término «sombra» aparece unas ochenta veces en la Biblia. Es un símbolo polivalente: denota protección y refugio seguro, y/o oscuridad y miedo. Este significado simbólico proviene de la sensación de alivio que transmite la sombra que proyectan los árboles sobre el suelo árido y abrasado por el sol. El significado negativo de la sombra está relacionado con la experiencia del frío y la oscuridad, similares a la muerte.

 

Incluso una sombra pequeña, como la del ricino, proporciona al profeta Jonás bienestar y refrigerio en un mediodía abrasador (cf. Jon 4,6). La sombra es un refrigerio esperado e invocado: «Como el esclavo anhela la sombra y como el jornalero espera su salario» (Job 7,2; cf. Job 40,22); también las alas abiertas de las aves generan la sombra que indica vida, movimiento (Sal 36,8). Metafóricamente, ser acogido en una casa es como establecerse a la sombra de un techo (cf. Gén 19,8).


El significado negativo de la sombra está relacionado con la experiencia del frío y la oscuridad, similares a la muerte.

 

La sombra expresa poéticamente también la percepción de la brevedad de la vida, cuyos días son una sombra que pasa (cf. Jb 8,9; Sal 101,12; 36,7). La constatación de la fragilidad de la vida, comparada con la sombra que pasa, se convierte en una sabia oración: «Enséñanos a contar nuestros días y adquiriremos un corazón sabio» (Sal 90,12).

 

El creyente en dificultades pide a Dios que sea para él una sombra, es más, que pueda permanecer a la sombra de sus alas, para disfrutar de su protección y cercanía, que dan libertad de movimiento, es decir, vida en plenitud (Sal 17,8; 36,8; 57,2; 61,5; 63,8). «Quien habita al amparo del Altísimo pasará la noche a la sombra del Todopoderoso», es decir, que Dios protege siempre a su fiel. En las pruebas más difíciles, de las que la noche es símbolo, vive en paz (cf. Sal 91,1.9).

 

También las manos de Dios tienen el efecto de la sombra que protege de los enemigos, pues esconde a la sombra de sus manos (cf. Is 51,16). La sombra que Dios proyecta sobre el creyente comunica su cercanía y su efecto beneficioso.

 

El profeta Oseas exhorta al pueblo a distinguir la falsa paz que proviene del culto idólatra de la paz que brota de la cercanía con Dios: «En las colinas queman incienso bajo el roble, los álamos y los terebintos, porque buena es su sombra» (Os 4,13).

 

La sombra que protege y da vida y futuro es la de Dios: «Volverán a sentarse a mi sombra» (Os 14,8). La amada del Cantar de los Cantares anhela la cercanía de su esposo: «A su sombra anhelada me siento» (Ct 2,3).

 

En el Nuevo Testamento, la expresión «morar en la sombra de la muerte» (cf. Lc 1,79; Mt 4,16) indica la situación de quien no conoce al Mesías, la verdadera luz que ilumina las tinieblas.

 

La sombra de Dios que descenderá sobre María, la madre del Mesías, la protegerá, al igual que la sombra de la nube en el Antiguo Testamento protegía la Tienda (Lc 1,35).

 

El símbolo de la sombra, presencia eficaz de Dios, reaparece en el episodio de la Transfiguración «cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra» (Mt 17,5; cf. Mc 9,7).

 

Jesús utiliza la imagen de la sombra como refugio en la parábola del grano de mostaza que «cuando se siembra, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar en ellas» (Mc 4,32; cf. Dn 4,8.18).


Quisiera leer e interpretar así la visita apostólica-pastoral del Papa León XIV a España del 6 al 12 de junio de 2026.

 

Un hermoso signo del bien por «atracción» que ha representado la comunidad cristiana se encuentra en la escena en la que Pedro cura con su sombra.

 

Es una escena llena de una gracia delicada.

 

Pedro camina, pasa (como Jesús que pasaba por las calles de Galilea haciendo el bien), como una imagen de la multitud —en realidad eran un puñado de hombres y mujeres— que «se añadían a los creyentes en el Señor». Y este paso deja una sombra que protege y cura con la delicadeza de un bien que se olvida de sí mismo. Pedro ni siquiera se da cuenta, como quien no controla su propia sombra, porque mira hacia delante, mira al Señor, que es el origen del bien. Pero, mientras tanto, esta sombra lleva alivio.

 

Y digo que es una escena delicada porque es una bella imagen de la sombra de Pedro, en la que esperaban los pobres y los afligidos, deseosos de que: “cuando Pedro pasaba, aunque solo fuera su sombra la que cubriera a alguno de ellos”.

 

Cuando hay lo esencial, basta con poco: la sombra de Pedro. Y me gustaría quedarme con esta imagen, fuerte y afectuosa, de la mencionada visita del Papa León XVI: a Él se le ha concedido el don y el ministerio de ser la sombra de los que viven en la intemperie…

 

Hay seres humanos, y son muchos, a quienes les falta incluso la sombra de alguien, que se conformarían incluso solo con la sombra, no pretenden una presencia física, les bastaría la sombra de alguien; una sombra protectora, una sombra que, aunque solo sea con un gesto, haga saber que alguien se inclina sobre mí, que alguien me envuelve con algo, ni siquiera con un manto, sino con una sombra, al menos la sombra.

 

No, no son pocos los que nos lanzan, a veces con un elocuente silencio, alguna señal de su especial necesidad de ser, sobre todo, protegidos y tranquilizados. Basta mirar a los rostros para percibir soledades reales, profundas, angustiadas, que son la normalidad de muchos hombres y mujeres que se deslizan con conmovedor desamparo.

 

Uno no sabe cómo pueden seguir a flote, y sin embargo no piden prácticamente nada… sino una sombra. Creo que hay que llegar, quizá esforzándose un poco, a concebirse más normalmente como una posibilidad de hacer sombra a alguien que se está volviendo invisible en su esfuerzo por vivir.

 

En las aceras y en las calles uno ve personas totalmente indefensas, que se han quedado solos. En su fragilidad se hace compañera de camino una soledad abismal, infinita, que los hace más vulnerables si cabe.


Si nos diéramos un poco más de sombra unos a otros, el mismo cristianismo, con toda su belleza, bondad y verdad, tendría más peso que el dinero. «Oro y plata no tengo, pero lo que tengo te lo doy. ¡Vete, queda curado!». He aquí, esta es la mejor moneda: aquella que contrarrestaría la inercia de la indiferencia protegida por la ley y el regateo del apoyo supeditado a la ganancia o al rédito.

 

Nosotros también necesitamos la sombra de los demás; la sombra es una bella imagen porque es fuerte y a la vez muy discreta, la sombra envuelve sin tocarte, es fuerte; cuando una sombra es oscura decimos: «Quítate, que me haces sombra». Pero cuando la llama del fuego nos atraviesa, la sombra del ricino de Jonás es la perfección de la gracia de Dios.

 

Si te llega la sombra, significa que alguien está muy cerca. La sombra te acaricia, pero no puede desplazarte; te envuelve por completo, pero no puede aprisionarte. Es lo que debería suceder: lazos de cercanía que protegen y custodian, sin imponerse ni sofocar.

 

La comunidad cristiana debería concentrarse a fondo en el desarrollo de la antigua sabiduría de la Sombra de Dios. Es la nube de la Presencia que custodia al pueblo, es la vitalidad del Espíritu que hace nacer y renacer.

 

La sombra de Pedro es un hermoso signo de la práctica de la sombra de Dios. Así es como el cristianismo ha escrito las mejores páginas de su historia.

 

Los creyentes de las primeras generaciones encontraron este camino. Eran muy pocos, tenían en contra el judaísmo y a todo el Imperio romano, vivían perseguidos,… Y, sin embargo, al ofrecer su acogida a muchos que nunca la habrían esperado y al cuidarse unos a otros a la sombra del Señor, enseñaron el calor de la presencia de Dios.

 

¿Acaso no había venido al mundo también el Hijo de Dios a través de la sombra del Espíritu Santo?: «Mi sombra te cubrirá y te nacerá el Hijo». Así ha funcionado siempre la salvación de Dios. Y así sigue funcionando. Como una sombra. Estos días, por ejemplo, a la sombra del Papa León XIV, sucesor de Pedro.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Un día, al pasar por una calle abarrotada de Jerusalén, en medio de la multitud que se agolpaba para verlo, escucharlo y pedirle curaciones, Pedro se dio cuenta de que los milagros ocurrían aunque solo fuera su sombra la que rozara a los enfermos (cf. Hch 5,15).

 

¿Bastaba, pues, su sombra para obrar las maravillas de Dios?

 

Seguramente Pedro recordó una frase que un día Jesús había proclamado precisamente allí, en Jerusalén, durante la fiesta de las Cabañas: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Sí, solo Jesús era la luz, solo Jesús era el sol de la vida, de su vida y de la vida de toda aquella gente.

 

Pero no era el sol el que sanaba a los enfermos, sino su sombra. Sin el sol no habría habido sombra, pero sin la sombra parecía que no habría habido sanaciones. ¡Qué misterio! ¡Que la Luz de Jesús actuara en la sombra de Pedro!

 

Era precisamente su sombra la que sanaba y salvaba a toda esa gente. ¡Su sombra era luz y vida para todos los pobres! ¡Jesús se servía precisamente de su sombra para manifestar al mundo su Luz divina!

 

¿Qué hay más discreto e impalpable, más humilde y silencioso que una sombra? Y la de Pedro era especialmente viva y activa… ¡Una sombra misteriosa que dejaba tras de sí un rayo de luz y de vida! ¡Una sombra benéfica y luminosa que, allá por donde pasaba, hacía bailar de alegría a la humanidad sufriente!…

 

Y Pedro recordó a su Maestro que pasaba haciendo el bien y sanando a todos. Y continuó su camino con el ánimo alegre porque su sombra era ya por completo signo e instrumento de la misericordia de Jesús.


Gracias, de corazón, Papa León XIV, por acogernos a su sombra.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Diseñar nuevos mapas de esperanza.

Diseñar nuevos mapas de esperanza

La Carta Apostólica del Papa León XIV, Diseñar nuevos mapas de esperanza, llega con motivo del Jubileo de la Educación y en un momento de rápidos cambios e incertidumbres que desorientan, reafirmando un hecho: la educación no es una actividad accesoria para la Iglesia, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización. 

El Evangelio se convierte en gesto educativo, relación y cultura, y las comunidades educativas, guiadas por la palabra de Jesús, están llamadas a relanzarse y a tender puentes, pensando y actuando, imaginando y soñando con creatividad a los retos contemporáneos. 

Desde sus orígenes, de hecho, el Evangelio ha generado «constelaciones educativas», que han sido capaces de leer los tiempos y de custodiar la unidad entre fe y razón, pensamiento y vida, conocimiento y justicia. 

El Papa León XIV recuerda que la historia del compromiso educativo de la Iglesia sigue viva y se desarrolla a través de etapas fundamentales que ponen de relieve una visión coherente del ser humano. 

En primer lugar, esta Carta Apostólica se publica con motivo del 60.º aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum Educationis - 28 de octubre de 1965 -. Con esta Declaración, el Concilio Vaticano II reafirmaba la importancia crucial de la educación en la vida humana, declarando el derecho inalienable de toda persona a una educación acorde con su vocación y abierta a la convivencia fraterna. La Iglesia, en virtud de su mandato de anunciar el misterio de la salvación, tiene una tarea específica en el desarrollo de la educación. 

Hace quince años, el contexto educativo ya se caracterizaba por grandes dificultades. 

Hay que recordar por ejemplo que en una carta a la Diócesis de Roma del 21 de enero de 2008, el Papa Benedicto XVI hablaba de una gran «emergencia educativa»: según el Papa Benedicto XVI, la crisis educativa tiene sus raíces en una crisis de confianza en la vida y en la dificultad de transmitir certezas y valores esenciales. Y exhortaba a no temer, ya que las dificultades no son insuperables, sino más bien la otra cara de la moneda del precioso don de la libertad. 

Más recientemente, hace cinco años, se lanzó el Pacto Educativo Global. El Papa León XIV lo reconoce como un legado profético del Papa Francisco, una invitación a crear una alianza y una red para educar en la fraternidad universal. Sus siete vías fundamentales orientan a las escuelas y universidades, poniendo en el centro a la persona, escuchando a los jóvenes y promoviendo la dignidad. 

En la Iglesia, la educación siempre ha sido una prioridad, manifestada en una «cosmología de la paideia cristiana». Las «constelaciones educativas» - desde las primeras universidades nacidas «del corazón de la Iglesia», hasta todos y cada uno de los carismas religiosos en la educación - demuestran que la pedagogía católica nunca es una teoría desencarnada, sino pasión, carne e historia, que ofrece respuestas originales a las necesidades de cada época. 

El Papa León XIV describe la educación como un «acto de esperanza» y una pasión que se renueva, manifestando la promesa que se ve en el futuro de la humanidad. Es un «oficio de promesas», que requiere prometer tiempo, confianza, competencia, justicia y el valor de la verdad. Por último, es una «tarea de amor» que se transmite para recomponer el tejido desgarrado de las relaciones. 

En la visión del Papa León XIV, la educación debe abarcar en particular dos relaciones especialmente significativas. 

1.- La primera es la que existe entre la fe y la razón. Citando a San John Henry Newman, copatrón de la misión educativa de la Iglesia, se subraya que «la verdad religiosa no es solo una parte, sino una condición del conocimiento general». Esto invita a un compromiso renovado con un conocimiento riguroso, responsable y profundamente humano. 

2.- La segunda relación crucial es la que existe entre el deseo y el corazón: separarlos del conocimiento significaría romper a la persona. La universidad y la escuela católica están llamadas a ser lugares donde la duda no se prohíbe, sino que se acompaña, y donde el corazón dialoga con el corazón según el lema de San John Henry Newman: Cor ad cor loquitur. 

La educación debe ser integral, abarcando a la persona en su totalidad: espiritual, intelectual, afectiva, social y corporal. Esta visión integral implica que: 

  • La verdad se busca en comunidad, recordando que «el camino [es] mucho más llevadero cuando se avanza con la ayuda del otro». 
  • La libertad es respuesta y no capricho, pero la educación es formación para el «uso correcto de la libertad», aceptando el riesgo que conlleva y ayudando a corregir las ideas erróneas. 
  • La autoridad no es dominio, sino servicio. Adquiere credibilidad a través de la experiencia, la competencia y, sobre todo, la coherencia de la vida del educador, que es testigo de la verdad y del bien. 

El acto educativo es, en todas sus expresiones, un acto comunitario. La comunidad educativa se define como un «nosotros» que incluye al docente, al estudiante, a la familia, al personal, a los pastores y a la sociedad civil, todos convergiendo para generar vida. 

Me parece que en la Carta Apostólica emerge un rasgo interesante para el contexto contemporáneo, y es que la educación requiere el apoyo de toda la sociedad: por eso es fundamental la dimensión de la alianza. 

Se invita a las instituciones educativas a converger y a sustituir las rivalidades por la unidad, su fuerza más profética. En un mundo interconectado, es esencial colaborar activamente tanto a nivel local como global, promoviendo intercambios, proyectos comunes y el reconocimiento mutuo de las buenas prácticas. Las instituciones católicas están llamadas a colaborar con la sociedad civil, al igual que las autoridades políticas y los sectores productivos con ellas. 

La familia sigue siendo el primer lugar educativo. Los padres/las madres son los primeros y principales educadores, y las escuelas católicas deben colaborar con ellos, no sustituirlos, construyendo una alianza educativa basada en la corresponsabilidad. 

En este contexto, es fundamental el principio de subsidiariedad, ya reconocido en Gravissimum Educationis. El Estado debe proteger el derecho a la educación, velar por la seriedad de los estudios y promover el ordenamiento escolar, teniendo en cuenta la subsidiariedad y excluyendo toda forma de monopolio escolar. 

En particular, la escuela católica es un entorno en el que se entrelazan la fe, la cultura y la vida, impregnado del espíritu evangélico. 

Su misión es coordinar el conjunto de la cultura humana con el mensaje de la salvación, para que el conocimiento sea iluminado por la fe. La escuela católica conserva una «importancia suma» y contribuye a la protección de la libertad de conciencia y los derechos de los padres. 

A sesenta años de Gravissimum Educationis y a cinco años del Pacto Educativo Global, el Papa León XIV añade tres prioridades para la red educativa católica. 

  • Vida interior: los jóvenes buscan profundidad. Es necesario ofrecer espacios de silencio, discernimiento y diálogo con la conciencia y con Dios. 
  • Digital humano: las universidades y las escuelas deben formar en el uso sabio de las tecnologías y la Inteligencia Artificial, anteponiendo la persona al algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica. El progreso tecnológico forma parte del plan de Dios, pero exige discernimiento y una reflexión ética y filosófica. 
  • Paz desarmada y desarmante: la educación debe enseñar lenguajes no violentos, la reconciliación y la construcción de puentes, para que «Bienaventurados los pacificadores» (Mt 5,9) se convierta en método y contenido del aprendizaje. La paz es una fuerza suave que rechaza la violencia. 

La urgencia es la de diseñar nuevos mapas de esperanza. Toda la red educativa católica es una constelación educativa renovada, viva y plural, llamada a converger. 

Quiero acabar con una cita expresa de esta Carta Apostólica que se encuentra hacia el final de la misma. Es el número 11.2: 

«Pido a las comunidades educativas: desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada. Como Dios dijo a Abraham, ‘Mira al cielo y cuenta las estrellas’ (Gn 15,5): sepan preguntarse hacia dónde van y por qué. Custodien el corazón: la relación viene antes de la opinión, la persona antes del programa. No desperdicien tiempo ni oportunidades: ‘citando una expresión agustiniana: nuestro presente es una intuición, un tiempo que vivimos y del cual debemos aprovechar antes de que se nos escape’. En conclusión, queridos hermanos y hermanas, hago mía la exhortación del Apóstol Pablo: ‘Deben brillar como astros en el mundo, sosteniendo en alto la palabra de la vida’ (Fil 2,15-16)». 

La constelación educativa exige calidad y valentía: calidad en el diseño pedagógico y valentía para garantizar el acceso a los más pobres, porque «perder a los pobres» significa perder la escuela misma. El futuro exige «brillar como astros en el mundo, manteniendo alta la palabra de la vida» (Fil 2,15-16), orientando hacia la verdad que libera y la fraternidad que consolida la justicia. 

El Papa León XIV invita a los educadores a confiar en María, Sede de la Sabiduría, para ser «coreógrafos de la esperanza», es decir, testimonios creíbles de una sabiduría que ilumina y libera. Y nosotros podemos dirigir a Ella nuestra oración: 


Santa Madre de Dios,

Tú que eres más grande que los cielos,

pues has contenido a Aquel

que los cielos y la tierra no podían contener,

Tú, Virgen y Madre, eres la Sede viva del Verbo eterno hecho hombre,

el Hijo de Dios Padre, la Sabiduría divina y humana

en la que todo es, se mueve y existe

porque la Sabiduría, en las manos del Amor,

custodia la vida.

 

En este tercer milenio de la Iglesia

mientras las mujeres y los hombres sufren por tantas divisiones,

la cultura y el saber, a menudo aislados y fragmentados,

parecen no servir a la vida, sino separarse de ella,

y las ciencias y la investigación encuentran un fin en sí mismas,

nosotros te pedimos

la gracia de poder abrirnos al Espíritu Santo,

el Señor que da la vida,

para que toda la cultura pueda ser vivificada por la Sabiduría divina-humana.

 

Unidad de todo lo que existe,

de modo que cada conocimiento tenga siempre en cuenta a los demás,

como un tejido orgánico,

donde se estudia, se piensa y se crea en la libre adhesión a la Sabiduría eterna,

para que todo contribuya al conocimiento del verdadero rostro de Dios

y a la verdadera vida de los hombres. Amén.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



domingo, 26 de octubre de 2025

Una reflexión al Papa León XIV sobre la Misa tridentina en la Basílica de San Pedro.

Una reflexión al Papa León XIV sobre la Misa tridentina en la Basílica de San Pedro 

Como transfondo de esta reflexión está la celebración de la Misa tridentina presidida por el Cardenal Raymond Burque, Prefecto emétito de la Signatura Apostólica, en la Basílica de San Pedro el día 25 de octubre.

El paso de pontificado, entre la muerte del Papa Francisco y el comienzo del Papa León XIV, es un momento de reposicionamiento. 

Es sorprendente que, desde los primeros días después del 8 de mayo, una serie de personas eclesiásticas hayan comenzado a plantear con cada vez más fuerza la cuestión de la liturgia, como un ámbito en el que pedir al nuevo Papa que intervenga con urgencia. Nada es por causalidad en esta confrontación litúrgica desatada por algunos cardenales. Ante esto, salvo raras excepciones, todos guardan silencio. Seguramente hasta se trata de un fenómeno clásico de la corte. 

Desde el principio, cuando se comprendió que el Concilio Vaticano II produciría una reforma de la Iglesia - como Juan XXIII y luego Pablo VI habían declarado claramente -, se intentó atacar el fundamento de la primera reforma puesta en marcha: la de la liturgia. No es cuestión de hacer historia. Basta con decir que ya entonces estaba claro que cuestionar la nueva liturgia significaba bloquear la reforma de la Iglesia. 

Hoy tenemos obispos y cardenales que pretenden permanecer en la Iglesia católica como si el Concilio Vaticano II nunca hubiera existido y creen poder decir, públicamente, que esto es algo normal. Las «formas litúrgicas paralelas» son iglesias paralelas. Los obispos y los cardenales lo saben. 

La paz litúrgica no se consigue aceptando como normal una confrontación contra el Concilio Vaticano II. La única paz litúrgica es la aplicación cuidadosa de la reforma litúrgica, rica en todas las sensibilidades que la acogen, no en las que la niegan. Y los juegos paternalistas de Burke, Sarah, Mueller, Koch y Bagnasco son confrontaciones abiertas y declaradas, aunque de variada intensidad entre sí. 

Desde que existe la nueva forma del «rito romano» - desde finales de los años 60 -, todos los Papas han actuado según la Tradición: el nuevo rito sustituye a la forma anterior. Así fue para Pablo VI, para Juan Pablo I, para Juan Pablo II y para Francisco. 

Solamente el Papa Benedicto XVI consideró, de manera demasiado audaz y objetivamente imprudente, que para pacificar a la Iglesia se podía volver a poner en vigor, junto a la nueva forma, la antigua forma del rito romano. En sus intenciones, su disposición tenía como objetivo la pacificación, pero en realidad, al carecer de fundamento teológico y basarse únicamente en sentimientos y nostalgias, se transformó muy rápidamente en una incitación a una confrontación más abierta y declarada. 

Frente a esta audacia arriesgada del Papa Benedicto XVI, el Papa Francisco fue más prudente. Simplemente volvió a la forma tradicional de gestionar la cuestión: solo existe una forma ritual común a toda la Iglesia, mientras que para celebrar en la forma tridentina se necesita una autorización explícita. 

A estas alturas el Pueblo de Dios ya sabe que hoy no existe ninguna forma extraordinaria del Rito romano. Solo hay una forma anterior, que el Concilio Vaticano II y la reforma litúrgica decidieron superar, y hay una forma posterior, que los Papas Pablo VI y Juan Pablo II hicieron vigente. La alusión de «dos formas paralelas, una ordinaria y otra extraordinaria» es un truco para hacer irrelevantes la reforma litúrgica y el Concilio Vaticano II. 

A mí particularmente me provoca respeto, por no decir incluso temor, hacer que todo dependa de la benevolencia y la magnanimidad… Me refiero a aquello de “por la paz, una Ave Maria”. Y digo eso porque habiendo estudiado liturgia - y habiendo sido después profesor de Liturgia en la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto -, uno ya sabe que esa forma extraordinaria, como concepto abstracto, nace como contestación a la reforma litúrgica. 

Asumir las dos formas rituales en el mismo plano es una forma de negar la historia, que llevó a la Iglesia de Roma primero al Concilio Vaticano II y luego a la Reforma que el citado Concilio propuso a la Iglesia, como un deber de verdad y autenticidad. No puede haber benevolencia condescendiente hacia quienes atentan contra el camino eclesial y piensan convertir en accesorio lo que es central. La única lex orandi, como hizo el Papa Francisco en 2021, restableciendo la Tradición, es la única manera de eliminar la confusión que surgió en 2007, con la pretensión de un paralelismo entre formas contradictorias. 

Acabo ya. Uno que no está en la corte de ningún palacio eclesial se pregunta ¿cómo es posible que, con el centenar de cardenales, los miles de obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, los cientos de teólogos, ante ciertas palabras y gestos que expresan cada día algunos cardenales y algunos obispos, casi nadie defienda públicamente las razones de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II? 

No sé si es necesario proponer al Papa Léon XIV una lectura, la de Carta Apostólica Desiderio desideravi. Era el año 2022 cuando el Papa Francisco escribía ese texto sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios: 

«No podemos volver a esa forma ritual que los Padres conciliares, cum Petro et sub Petro, sintieron la necesidad de reformar, aprobando, bajo la guía del Espíritu y según su conciencia de pastores, los principios de los que nació la reforma. Los santos pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, al aprobar los libros litúrgicos reformados ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II, garantizaron la fidelidad de la reforma al Concilio. Por esta razón he escrito Traditionis Custodes, para que la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única y misma oración capaz de expresar su unidad. Esta unidad, como ya he escrito, pretendo que se restablezca en toda la Iglesia de rito romano». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 22 de octubre de 2025

Una lectura del Papa Francisco después de seis meses de su muerte.

Una lectura del Papa Francisco después de seis meses de su muerte 

Sin duda, el pontificado del Papa Francisco ha sido complejo, tanto por el turbulento momento histórico como por las dificultades que atraviesa la Iglesia. Un pontificado incómodo, una piedra en el camino, a veces motivo de escándalo también para los sumos sacerdotes.

Las diversas polvorientas levantadas por diversas partes durante su pontificado ahora se han depositado en el suelo, para que se pueda leer y comprender el verdadero alcance de su legado. Una tarea que llevará mucho tiempo.

 

Por supuesto, habrá que esperar el trabajo de los historiadores para comprenderlo plenamente. Y sin duda, como en todo pontificado, se encontrarán luces y sombras. En particular, será interesante comprender hasta qué punto el método de iniciar procesos puede haber sido productivo.

 

Pero, incluso a seis meses de distancia de su fallecimiento, hay un aspecto que destaca con especial fuerza para mí: su capacidad de leer los «signos de los tiempos», es decir, las necesidades profundas de los hombres y las sociedades, que ayudan (o deberían ayudar) a redefinir poco a poco tanto la relación entre la Iglesia y el mundo como la reforma continua de la Iglesia.

 

En su continuo llamamiento a volver al Evangelio en la vida de toda la Iglesia, el Papa Francisco ha centrado la atención en su elemento central: la misericordia. Al final del Jubileo (2015-2016) dedicado a ella, firmará solemnemente en la plaza de San Pedro la Carta Apostólica Misericordia et misera:

 

«La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su propia existencia, que hace manifiesta y tangible la profunda verdad del Evangelio [...] pide ser celebrada y vivida en nuestras comunidades» (n. 1).

 

«El perdón es el signo más visible del amor del Padre […] La misericordia es esta acción concreta del amor que, al perdonar, transforma y cambia la vida» (n. 2).

 

A la dimensión social de la evangelización le dedicó un capítulo completo y articulado de Evangelii gaudium, el documento programático de su pontificado – 2013 -. La conversión pastoral es uno de los procesos iniciados para afrontar la crisis de la Iglesia:

 

«Tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a promover consecuencias sociales. […] Una fe auténtica —que nunca es cómoda ni individualista— implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor tras nuestro paso por la tierra» (nn. 180, 183).

 

Un compromiso que el Papa Francisco ha sido el primero en tratar de mantener con una atención constante y activa, a través de la Limosnería Apostólica, a las periferias, a las situaciones de marginación, a los pobres que «son la carne de Cristo».


Un trágico signo de los tiempos, que se señalará continuamente después de la primera vez en la homilía de la celebración celebrada con motivo del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial:

 

«También hoy, tras el segundo fracaso de otra guerra mundial, quizá se pueda hablar de una tercera guerra librada «por partes», con crímenes, masacres y destrucciones» - 13 de septiembre de 2014.

 

El cambio de época es la gran categoría utilizada en múltiples discursos y documentos magisteriales para instar a la búsqueda y al cambio, no solo en la Iglesia:

 

«Hoy no vivimos una época de cambio, sino un cambio de época. Las situaciones que vivimos hoy plantean, por tanto, nuevos retos que a veces nos resultan incluso difíciles de comprender. Nuestra época exige que vivamos los problemas como retos y no como obstáculos» - Convención Nacional de Florencia en 2015 -.

 

Un cambio de época que precisará así en la Constitución para las universidades eclesiásticas, Veritatis Gaudium (2017):

 

un «cambio de época, señalado por una «crisis antropológica» y «socioambiental» global […]. Se trata, en definitiva, de «cambiar el modelo de desarrollo global» y «redefinir el progreso»: «el problema es que aún no disponemos de la cultura necesaria para afrontar esta crisis y es necesario construir liderazgos que indiquen caminos» (n. 3).

 

En el centro del mundo islámico, en Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes, ante setecientos representantes religiosos - obispos, rabinos, imanes -, el Papa Francisco firmará con el Gran Imán de la universidad más antigua del mundo árabe (Al-Azhar de El Cairo) el documento Hermandad humana para la paz y la convivencia común (2019). Para combatir los fundamentalismos religiosos y las guerras que estos provocan, es necesario que la humanidad entre en «un arca que pueda surcar los mares tempestuosos del mundo: el arca de la fraternidad humana». Un arca en la que haya libertad religiosa, protección de los lugares de culto, derechos de las mujeres, protección de los menores y de las minorías religiosas, diálogo y justicia, condena del terrorismo y del uso político de la religión...


Setenta años después del Concilio Vaticano II, el ecumenismo y el diálogo interreligioso se han convertido hoy en signos fuertes de los tiempos. Las migraciones y la identidad cada vez más multiétnica y multirreligiosa de las sociedades han sacado el tema de las salas de los especialistas. Con los pueblos también migran las religiones.

 

Para el Papa Francisco, la búsqueda de la unidad de las Iglesias cristianas ha sido «una prioridad para la Iglesia católica» y, para él, «una de las principales preocupaciones cotidianas», por lo que indicará una doble vía de acción.

 

Superada la etapa del intercambio de información para el conocimiento mutuo, ahora es el momento del «intercambio de dones» que el Espíritu ha hecho a las diferentes Iglesias y que puede construir relaciones de amistad. Por ejemplo, el intercambio con las Iglesias ortodoxas puede ayudarnos a comprender la colegialidad y la sinodalidad (EG, 246).


Una segunda directriz se refiere a trabajar y dar testimonio juntos para hablar a la humanidad de los grandes retos a los que se enfrenta: la paz, ante todo; la salvaguarda de la creación; los derechos humanos; la libertad religiosa; las migraciones; la pobreza; las obras de misericordia.

 

Las migraciones son un fenómeno global y persistente al que la Iglesia presta atención desde hace mucho tiempo. El Papa Benedicto XVI ya lo había definido como un «signo de los tiempos» en su Mensaje de la Jornada de las Migraciones del año 2006.

 

El Papa Francisco ha mantenido viva la atención no solo con los mensajes del día dedicado a este tema, sino también con múltiples viajes e iniciativas: nada más ser elegido, el viaje a Lampedusa… Y también las palabras del mensaje «Urbi et orbi» del día de Pascua, pocas horas antes de su muerte: «¡Cuánto desprecio se nutre a veces hacia los más débiles, los marginados, los migrantes!».

 

Los abusos de conciencia, de poder y sexuales más que un signo de los tiempos son una plaga que se ha vuelto purulenta y que ha sido puesta al descubierto por iniciativa de la justicia civil en muchos países. En 2018 se alcanza el punto álgido del escándalo. El Papa Francisco interviene convocando en Roma, durante cuatro días, a los Presidentes de las Conferencias Episcopales y a los Superiores de las Congregaciones Religiosas entre el 21 y el 24 de febrero de 2019. Una especie de formación para ayudar a la Iglesia a superar la «cultura del silencio». A continuación, se adoptan una serie de medidas legislativas que aclaran las responsabilidades y las modalidades de intervención

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Se trata de un proceso iniciado, pero que sigue dolorosamente abierto por la lentitud y los «olvidos» en su aplicación. Es un signo de los tiempos que la Iglesia haya comenzado a hablar abiertamente y haya tratado de abordar un mal que también afecta a muchos otros ámbitos: la familia…


Que la Iglesia siempre necesite ser reformada (semper reformanda) es un signo de los tiempos que atraviesa todas las épocas. El Papa Francisco ha elegido el camino de la sinodalidad para llevar a cabo una profunda renovación, en esencia, una reforma de la Iglesia.

 

«Una de las herencias más valiosas» del Concilio Vaticano II. Un «caminar juntos, laicos, pastores, obispo de Roma» para que la Iglesia pueda afrontar los poderosos retos del tercer milenio.

 

Seis son las sesiones sinodales convocadas por el Papa Francisco para abordar ámbitos en los que la Iglesia se encuentra en dificultades: la familia (dos sesiones), los jóvenes, la Amazonía y la cuestión crucial de la sinodalidad (dos sesiones).

 

Diseñar un modelo de Iglesia sinodal para dar la vuelta a la pirámide, para llevar a cabo la renovación conciliar, para derrotar el clericalismo, para involucrar a todos los bautizados-laicos, para valorar el papel de las mujeres y la centralidad de la conciencia, para dar nueva fuerza a la evangelización.

 

El suyo ha sido un camino complejo, difícil y largo. Seguramente gran parte de todo ello, ¿no será todo?, ha quedado a medio camino.

 

Acabo ya. El Pueblo de Dios, junto con Pedro, debemos recordar la necesidad de escrutar los signos de los tiempos. La reforma de la Iglesia no la hace un Papa solo o abandonado:

 

«No es tarea del Papa ofrecer un análisis detallado y completo de la realidad contemporánea, pero exhorto a todas las comunidades a tener una «capacidad siempre vigilante de estudiar los signos de los tiempos» (Evangelii gaudium, n. 51): nos lo recordaba el Papa Francisco, citando al Papa Pablo VI en Ecclesiam suam (n. 19), una encíclica de 1964.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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