Jugar a ser Dios
«Juegan a ser Dios», decimos asustados
refiriéndonos a aquellos que pretenden rediseñar al ser humano mediante
tecnologías cada vez más omnipresentes, aplicadas esta vez no a máquinas y
ordenadores, sino a los propios cuerpos humanos.
En realidad, la humanidad siempre ha intentado hacer de
Dios, no en vano nos hemos declarado sus hijos, proclamados «a su imagen
y semejanza», así que ¿qué hay de extraño en que ahora continuemos con
la empresa de emular al Padre celestial?
Desde siempre, los hijos desean ser como el padre,
incluso más fuertes que él.
¿Qué hay de malo en
intentar prevenir los miles de enfermedades genéticas que amenazan la formación
de los seres humanos en el seno materno, en esos momentos en los que Dios Padre
(siguiendo con la metáfora de ‘jugar a ser Dios’) se distrae un poco y, en
lugar del número correcto de cromosomas, deja que se coloque uno más o uno
menos, generando malformaciones irreversibles en los niños que nacen y un dolor
abismal en los padres?
¿Y qué hay de malo en
prevenir la degeneración de las células nerviosas que lleva a un ser humano a
vivir sus últimos años sin conciencia de sí mismo, presa de la demencia, con el
consiguiente tormento indescriptible de sus familiares y un odio sordo hacia la
vida por su destino burlón?
Sí, son preguntas retóricas, cuya única respuesta sensata
es que no hay nada malo; al contrario, solo un bien muy deseable. La
ciencia debe hacer su trabajo, que, como dice el nombre del latín ‘scire’,
consiste en «saber»: en aumentar cada vez más el conocimiento.
Por lo tanto, parecería que no hay nada que temer y que
solo hay que saludar con alegría las noticias que tantas veces nos proporcionan
los medios de comunicación.
Sin embargo, la humanidad no es solo conocimiento y
acción, también es conciencia y duda, es decir, reflexión sobre el uso del
conocimiento obtenido, que puede utilizarse de diversas maneras: o para el beneficio de todos, o para los privilegios de unos pocos; o
para curar enfermedades, o para crear un catálogo de características biológicas
para poner a la venta; o para el bien común, o para el beneficio de
particulares.
Porque lo que tendemos a olvidar, embriagados como estamos no por la seriedad del conocimiento científico,
sino por la sensación de omnipotencia que la sociedad de consumo infunde en las
mentes para llevarlas a consumir cada vez más, es que el bien y el mal
existen de verdad y que no todo lo que se puede hacer es realmente lícito.
Embriagados por la ideología dominante en nuestros días,
denominada «cientificismo», olvidamos la lección de un tal Immanuel Kant según
la cual hay tres preguntas fundamentales para el ser humano:
1) ¿qué puedo saber?
2) ¿qué debo hacer?
3) ¿qué me está
permitido esperar?
Junto al saber también está el deber, además del
conocimiento también está la conciencia.
Lo que significa que, además de la ciencia, necesitamos
la ética (y la espiritualidad, si nos tomamos en serio también la tercera
pregunta).
Que la ética es necesaria resulta evidente en cuanto se
reflexiona sobre el hecho de que una cosa es utilizar la biotecnología para
vencer las enfermedades genéticas y otra muy distinta es seleccionar en el menú
eugenésico el color de los ojos, la altura y la inteligencia del futuro hijo.
En definitiva, si es cierto que, gracias a las
tecnologías cada vez más eficaces, hemos entrado en un mundo completamente
nuevo, también es cierto que seguimos estando en el mundo de siempre, que
necesita una brújula del bien y del mal si queremos preservar la libertad.
La libertad es un bien precioso pero frágil, se puede
perder fácilmente y, sin duda, desaparece cuando no hay imprevisibilidad e
indeterminación. En ausencia de estas dimensiones, funcionaremos más, pero
sentiremos menos; siempre seremos ganadores, pero nos veremos privados del
valioso conocimiento que proviene de la derrota y de saberla reelaborar.
Algunos dicen, yo al menos lo he escuchado, que los seres
humanos crecemos en lo que se refiere a inteligencia. ¿Es así realmente? ¿Ha aumentado realmente
la inteligencia de los seres humanos en los últimos años? ¿El mayor rendimiento
tecnológico ha producido realmente un aumento de la inteligencia individual?
Yo no estoy nada seguro de ello. De hecho, la
inteligencia humana no solo se caracteriza por ser «resolutiva», sino también
por saber constituirse como «planteadora de problemas», es decir, por su
dimensión crítica y dubitativa. Funcionar más y resolver más problemas no
significa necesariamente ser más inteligente.
Sin tener en cuenta que esa inteligencia presumiblemente mayor
ha estado hasta ahora muy lejos de aumentar la felicidad y la serenidad, sino
que, en todo caso, ha producido un aumento aterrador de la ansiedad por el
rendimiento para estar todos a la altura de una inteligencia mayor que nos
exige a todos ser más inteligentes y tecnológicos.
Y ¿de qué sirve este aumento de la inteligencia si
coincide con la disminución de la felicidad?
Me viene a la mente esta pregunta del Maestro de Nazaret:
«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si luego pierde su
alma?».
El concepto de alma expresa el centro vital de cada uno
de nosotros. Somos inteligencia, por supuesto, pero no solo eso; también somos
sentimiento, pasión, necesidad de sentido. La inteligencia nos ofrece
conocimiento, pero solo el sentimiento nos ofrece significado. Y cada uno de
nosotros es, en última instancia, una pregunta de significado.
Esto no puede limitarse a hacer y ejecutar, porque
también requiere no hacer, contemplar, callar, es decir, lo que nuestros padres
llamaban otium y que consideraban más valioso que el esencial negotium.
Hay quien dice que programar lo biológico con
herramientas digitales es un proceso inevitable, pero que no debemos
preocuparnos porque el objetivo no es diseñar personas, sino reducir el
sufrimiento y la mortalidad, es decir, la prevención y la cura.
La promesa de “un mundo feliz” es una promesa muy bonita…
pero que seguramente necesita el contrapunto de establecer normas claras para
el funcionamiento tecnológico en el ámbito clínico y biológico, con el fin de
mantener otros intereses (por ejemplo los del mercado) a distancia y, en
consecuencia, en la necesidad de una sólida cooperación internacional, dado que
la ciencia y la tecnología no conocen fronteras y ningún país puede regularse
por sí solo.
¿Cuál es el reto? Que la ciencia avanza a pasos
agigantados, mientras que el derecho y la política, que deben proporcionar las
regulaciones deseadas, avanzan lentamente como un caracol.
Por lo tanto, es necesario tener en cuenta esta doble
velocidad. ¿No habría que prohibir toda aplicación de la Inteligencia Artificial
y las tecnologías en la biología humana antes de que las normativas se definan
de forma clara y transparente para todo el mundo?
No, no se trata de detener la ciencia, se trata de
proteger a la humanidad. Porque si realmente se quiere no abrir la puerta a
otros intereses como los del mercado, quien realmente puede mantener cerrada
esa puerta es solo la política, como constructora del derecho.
Ante las biotecnologías que pueden cambiar
definitivamente la naturaleza humana aumentando su inteligencia y disminuyendo
su corazón, tenemos la urgente necesidad de una gobernanza mundial.
Creo que los rectores y senados académicos de las
universidades de todo el mundo, los empresarios más responsables, los líderes
de las religiones mundiales y los intelectuales más seguidos deben coordinarse
entre sí para hacer oír la voz de los seres humanos.
Primero hay que establecer reglas claras para la
salvaguarda de la humanidad, y luego emprender el trabajo biotecnológico sobre
el ser humano.
Solo así se podrá trabajar realmente para derrotar las
enfermedades sin caer en el aterrador marketing eugenésico.
En sí mismo, no está mal «hacer de Dios», pero hay que
hacerlo con seriedad, sin jugar con el ser humano, sino sirviéndole con la
mayor responsabilidad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF