Educar en el arte de comprender
Todo el mundo entiende sin necesidad de explicarlo lo que significa «comprender». De hecho, esto ya es una forma de comprensión. Sin la comprensión no podríamos comunicarnos, por lo que incluso en este momento, mientras lees este texto, estás ocupado comprendiendo lo que digo.
Pero, ¿qué es la «comprensión»? Según los
diccionarios, sería una «oportunidad», la de «captar y evaluar algo a nivel
intelectual». Oportunidad es una palabra que hoy conocemos bien. Se dice: esto
es una oportunidad; a lo que sigue una invitación ineludible: ¡no la pierdas!
La ocasión siempre es favorable y fugaz. Todos intentamos encontrar, tener o
crear oportunidades a lo largo de nuestra vida.
En la comprensión hay un aspecto de casualidad, algo
que ocurre sin que lo hayamos provocado o querido, y al mismo tiempo un aspecto
físico; es su vínculo con la necesidad de agarrar de forma literal o
metafórica, mental: comprender.
¿Cuántas veces nos han dicho: «¿Has entendido lo que te he
dicho?». Gran parte de nuestra carrera escolar se ha basado en el gesto
de comprender, en el sentido latino de capere:
agarrar, precisamente. En todo esto se da por sentado que comprender como
agarrar, y también entender, son verbos relacionados con las manos, con los
gestos del niño: agarro y, por lo tanto, soy, se podría decir. La mano y el
cerebro están estrechamente conectados y esto forma parte de nuestro proceso
evolutivo. La mano es lo que nos ha hecho humanos.
Pero vuelvo a la «comprensión». Se trata, por tanto,
de una capacidad, algo que nos pertenece por razones biológicas y
antropológicas. ¿Capacidad para qué? Para entender.
No creo que sea necesario que me extienda sobre este
aspecto, ya que también es intuitivo, es decir, comprensible de forma inmediata
sin necesidad de razonamientos excesivos.
Cualquier reflexión sobre la comprensión incluye, en
cualquier caso, la comprensión misma, un poco como esos grabados de Escher que
incluyen en el dibujo también el acto de dibujar: en una obra del artista
holandés, las manos se dibujan a sí mismas.
Con todo hay un aspecto que, creo, más nos puede interesar.
Comprender en el sentido de comprender a los demás, en
plural y en singular: lo que el Evangelio define como «nuestro prójimo».
El aspecto afectivo, es decir, relacional, es importante.
Decisivo. Se refiere a la verdadera raíz del comprender, más allá de los
problemas de comunicación: se refiere, en definitiva, a la relación con los
demás.
Y ciertamente es una de las cosas más complejas y problemáticas
a las que nos enfrentamos a lo largo de nuestra vida, desde la adolescencia
hasta la edad adulta y la vejez.
Aquí entra en escena una de las palabras más
utilizadas en las últimas décadas: empatía.
¿Qué tiene que ver comprender con la empatía?
Empatía es la traducción de un término alemán Einfühlung. La acuñó en 1873 el
historiador de arte Robert Vischer para indicar la profunda participación en la
experiencia de otro ser: proviene de en-pathos,
«sentir
dentro».
Robert Vischer no la entendía en relación con las
personas, sino con las obras de arte. Una forma de percepción que pone en
contacto emocional a una persona con una creación artística (un cuadro, una
escultura, una arquitectura...).
Fue un psicólogo, Theodor Lipps, también alemán y que
vivió entre finales del siglo XIX y principios del XX, quien amplió su
significado a las interacciones entre seres humanos.
Comprendo a otra persona si consigo captar lo que siente o piensa, con respecto a algo o alguien, mirándola, a través de los llamados movimientos del alma, que se hacen evidentes a través de expresiones faciales, posturas o movimientos corporales.
Se trata de ese tipo de comprensión que no se basa en
ningún elemento específico de tipo racional. Más bien surge de una perspicacia
para leer esos signos casi imperceptibles que se aprenden a distinguir y
diferenciar a lo largo de la vida.
Algunas personas poseen una sensibilidad especial para
captar los estados emocionales de los demás, interpretarlos y así establecer
una comunicación más plena y eficaz.
En términos más inmediatos, se trata de la capacidad
de «ponerse
en el lugar de los demás», comprendiendo sus emociones, sentimientos e
incluso pensamientos.
La empatía permite no solo comprender el sentido de lo
que se nos dice, sino también captar el significado más recóndito que encierra
la afirmación realizada.
La comprensión se vuelve decisiva no solo por el aspecto estrictamente intelectual sino también por el aspecto emocional y afectivo, que es lo que nos concierne a todos, tanto en nuestra vida individual como a lo largo de la historia de la humanidad.
También en la vida de cada día.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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