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lunes, 14 de septiembre de 2026

El lugar de la memoria.

El lugar de la memoria

A los pies de la cruz. Si dependiera de nosotros, visitaríamos lugares muy distintos al Calvario, lugares más atractivos y complacientes. Y, sin embargo, precisamente esos lugares que más seducen son los más incapaces de cumplir lo que prometen.

 

Buscamos sin cesar relaciones y vínculos que nos ayuden a superar la soledad y la angustia, garantizándonos el amor, el verdadero, aquel que no sufre altibajos; y, a veces, nos parece haberlo encontrado ora en uno, ora en otro, solo para descubrir después que ese amor se desvanece cuando se agota el entusiasmo y el sentimiento.

 

A los pies de la cruz, si aceptamos no apartar la mirada de ella, descubrimos cuándo y qué es el amor verdadero. Descubrimos, de hecho, que no hay amor si no se acepta incluso la unilateralidad de la ofrenda cuando el otro nos da la espalda: «Así amó Dios al mundo…».

 

A los pies de la cruz aprendemos a reconocer la inconsistencia de nuestros éxitos y la falacia de nuestras ilusiones.

 

A los pies de la cruz, nuestras imágenes de Dios ligadas a manifestaciones de poder deben enfrentarse a un Dios cuyo amor acepta ser aniquilado con tal de no imponerse: allí, de hecho, se aniquilan el ídolo de la fuerza, del poder y del orgullo. Dios se deja aniquilar sin destruir.


A los pies de la cruz tocamos con nuestras propias manos cómo todo lo que en nosotros habla de vulnerabilidad y limitación, todo lo que en nosotros huele a barro y a lágrimas, es precisamente el aspecto de la humanidad con el que el Verbo de Dios celebra su unión esponsal, que nada ni nadie podrá romper jamás. Lo que más huele a contacto con la tierra es precisamente lo que más debe ser elevado.

 

A los pies de la cruz, por una gracia totalmente singular, precisamente aquellas partes de nosotros que más parecen traer destrucción y muerte se convierten en los canales por los que fluye una nueva savia vital.

 

A los pies de la cruz descubrimos una vez más que el camino que hay que recorrer es el contrario al que hemos seguido hasta ahora: Dios, de hecho, eleva lo que nosotros detestamos y humilla lo que nosotros exaltamos.

 

A los pies de la cruz reconocemos que Dios fija la cita con Él en aquellas situaciones, personas o realidades a las que nosotros nunca asignaríamos la tarea de revelar lo divino. También allí Dios se oculta. Y, sin embargo, está presente.

 

A los pies de la cruz aprendemos que, si bien Dios puede parecer oculto en no pocas ocasiones, no por ello podemos concluir que esté ausente. Nuestra historia, tanto personal como comunitaria, debe leerse como un lugar en cuyos pliegues se esconde un poder dinámico, rico en energías capaces de renovar y transformar, y que, sin embargo, permanece oculto y requiere una mirada muy especial para reconocerlo, acogerlo y valorarlo.

 

A los pies de la cruz reconocemos que lo que es «imagen del sufrimiento» puede ser también «imagen del amor de Dios», lo que es «imagen de impotencia» puede ser también «imagen de misericordia», lo que es «imagen del silencio» puede ser al mismo tiempo «imagen de una palabra particular del Señor».

 

A los pies de la cruz experimentamos la «grandeza» de Dios. A menudo caemos en la tentación de pensar que Dios se conforma con mucho menos. La cruz, en cambio, nos revela cómo el amor es escandalosamente excesivo hasta el punto de privarse de lo que Dios podía tener más querido: su Hijo.

 

«¡Ella guardaba todas estas cosas en su corazón!». Apartar la mirada del Crucificado equivale a una pérdida irreparable de la memoria, a la que intentamos hacer frente con antídotos que provocan una mayor esclerosis.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 11 de septiembre de 2026

Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -.

 Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -

¿Por qué volvemos siempre a María? ¿Por qué, desde hace generaciones, hombres y mujeres siguen poniéndose en camino hacia Ella con su vida tal y como es? ¿Qué es lo que aún nos atrae hacia Ella que buscamos su mirada?

 

Sí, venimos a Ella porque buscamos una mirada. Necesitamos fijar nuestros ojos en los ojos maternales de la Madre, porque hay momentos en los que ya no sabemos mirarnos con la sinceridad de hijos...

 

El dolor estrecha la mirada, la culpa la rebaja, una decepción la amarga; a veces acabamos creyendo que somos solo lo que hemos hecho mal, lo que hemos perdido, lo que alguien ha dicho o pensado de nosotros.

 

Te lo confieso, Madre: esos tus ojos siempre me conceden la gracia de volver a empezar.

 

Es precisamente esto lo que venimos a encontrar en tus ojos: no solo consuelo, sino la posibilidad de volver a empezar; no la ilusión de que lo que ha sucedido pueda borrarse, sino la gracia de que lo que ha sucedido no tenga el poder de detenernos para siempre.

 

Necesitamos, pues, unos ojos que no nos reduzcan a nuestro error, a nuestra herida, a nuestra fragilidad. Necesitamos que nos miren de otra manera.


Tus ojos, Madre, son ojos maternales porque una madre sabe distinguir lo que un hijo ha hecho de lo que un hijo es. No ignora su debilidad, no finge que todo va bien,..., pero sigue viéndolo más allá de sus fracasos.

 

La mirada maternal no borra la verdad, sino que impide que la culpa o la derrota se conviertan en una sentencia definitiva.

 

Tu maternidad, María, no es distancia, superioridad ni privilegio. Eres Madre porque perteneces por completo a Dios y, precisamente por eso, sabes recordarnos a cada uno de nosotros a quién pertenecemos.

 

No creas súbditos, sino que levantas a los hijos. Tu mirada nos devuelve una dignidad que a menudo hemos perdido. Nos recuerda que somos más que nuestras caídas, más que el juicio de los demás, más que el mal que hemos cometido o sufrido.

 

Venimos a Ti, Madre, para volver a ponernos en pie.

 

Tu maternidad nos acoge tal y como somos. Tú, Madre, nos dices con tu mirada: puedes venir con tu fragilidad.

 

Y precisamente porque eres Madre, María, no fijas la mirada en ti misma. Nos enseñas a mirar hacia donde Tú miras.



El Evangelio te sitúa ante la cruz: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre…».

 

Es aquí donde comprendemos de verdad esos ojos que hoy contemplamos.

 

Son ojos que han visto la violencia, la humillación, el dolor del Hijo y no se han apartado. María ve la carne de su carne entregada a los hombres, escucha los insultos, siente los golpes, mira al Hijo crucificado... y permanece allí.

 

San Juan utiliza un verbo muy sencillo: «estaban».

 

Cuando podemos intervenir, resolver, cambiar algo, todavía nos parece que tenemos la situación bajo control.

 

Pero hay momentos en los que no podemos arreglar nada, no podemos borrar lo que ha sucedido, quitar el dolor a quienes amamos, devolver lo que se ha perdido. El amor, entonces, queda despojado de todo poder y solo le queda una posibilidad: no huir.



La tradición cristiana llama a esta permanencia de María «compasión». No se trata de una emoción superficial, sino de «sufrir con», de dejar que la herida del otro encuentre espacio dentro de nosotros.

 

La Pasión de Jesús es la com-pasión de Dios por el hombre. Dios no nos salva manteniéndose alejado de nuestra herida: entra en la carne, en la fragilidad, en la muerte.

 

María entra en ese mismo movimiento: no añade nada a la obra salvífica del Hijo, sino que se deja involucrar hasta el fondo.

 

Este es también el lugar del discípulo: no ser espectador de la cruz de Jesús ni de las cruces de los hombres.

 

Pero la grandeza de María no consiste simplemente en sufrir. El dolor no santifica automáticamente a nadie. Puede abrir el corazón o cerrarlo, puede hacernos más humanos o más duros.

 

San Juan no dice solo que María está junto a una cruz; dice que está junto a la cruz 'de' Jesús.

 

La cuestión cristiana no es cuánto dolor hemos conocido, sino junto a quién hemos permanecido mientras lo atravesábamos. La grandeza de María bajo la cruz es su fe, más aún que su sufrimiento.


Y es una fe puesta a prueba hasta el fondo. 


María había recibido promesas inmensas sobre ese Hijo: había oído que sería grande, que su Reino no tendría fin. Ahora lo ve clavado en la cruz. 


Podría haber preguntado: ¿por qué no bajas? ¿Por qué no te salvas a ti mismo? ¿Por qué no me libras también a mí de este dolor?

 

Y, sin embargo, se queda.

 

Su fe no consiste en comprender, sino en quedarse y permaneces, en estar, en no romper la relación cuando ya no comprende.

 

También por eso buscamos tus ojos, Madre. Porque los nuestros, cuando no comprenden, se vuelven fácilmente recelosos hacia Dios. Nos gustaría una presencia divina que impidiera el mal, resolviera, protegiera y sanara. y Tú no recibes una explicación del dolor sino que recibes a un Hijo crucificado.

 

Y precisamente allí, Madre, descubres que Dios no salva permaneciendo al margen de la herida del hombre. La cruz no dice que Dios ame el dolor; dice que ya no hay dolor en el que Él se niegue a entrar.

 

La compasión de María llega aún más lejos, porque bajo la cruz no solo se le pide que comparta el dolor de su Hijo, sino que entre en la forma en que su Hijo atraviesa el dolor.


«Padre, perdónalos».

 

El mal, de hecho, no solo quiere hacernos daño, sino que intenta deformarnos. Quien nos humilla querría enseñarnos a humillar; quien nos traiciona querría hacernos incapaces de confiar; quien nos hiere querría convencernos de que la única respuesta posible es devolver la herida.

 

María no concede al mal este poder, sino que permanece libre para amar.

 

Aquí comprendemos aún mejor la serenidad de sus ojos: son serenos porque no se dejan esclavizar por el mal que han visto. 


La verdadera serenidad es esta libertad interior, la posibilidad de no dejar que el pecado o el juicio de los demás decidan quiénes somos.


Entonces Jesús mira a su madre y al discípulo: «Mujer, he aquí a tu hijo». «He aquí a tu madre».

 

En el lugar de la muerte nace una relación. María pierde al Hijo que ha engendrado y recibe hijos que no había engendrado. El discípulo pierde al Maestro y recibe una Madre. Allí donde la muerte parece solo quitar, Cristo confía una nueva pertenencia.

 

«Desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa».

 

Acoger a María en nuestra casa significa dejar que su mirada penetre en nuestra forma de mirarnos a nosotros mismos y de mirar a los demás. Significa aprender a no emitir juicios definitivos sobre las personas, a seguir viendo dignidad allí donde todo parece haberla borrado.

 

¿Qué queremos buscar en tus ojos maternales, María?

 

Venimos a buscar una mirada que nos acoja sin humillarnos y que, precisamente porque nos acoge, no nos deje prisioneros de lo que nos hemos convertido.

 

Venimos a buscar el recuerdo de nuestra dignidad de hijos amados.

 

Venimos a buscar a alguien que, mientras nosotros solo vemos nuestra herida, siga viendo al hijo; mientras bajamos la mirada, siga recordándonos que estamos hechos para mantenernos en pie.

 

Ante Ti no nos sentimos pequeños porque Tú seas grande. Tu grandeza nos devuelve la nuestra porque una Madre nos recuerda nuestra dignidad de hijos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 8 de septiembre de 2026

A la altura de lo pequeño, a la grandeza del suelo, a la gloria de lo humilde.

A la altura de lo pequeño, a la grandeza del suelo, a la gloria de lo humilde

Al recordar el nacimiento de María, a nosotros, al igual que aquel día a José, se nos repite: No temas acoger a María.

 

Sabemos lo que significó para José aceptar esta invitación del ángel.

 

Pero, ¿qué podría significar para nosotros?


En primer lugar, aprender a acoger la falta de armonía y la contradicción.

 

Habríamos esperado quién sabe qué relato del momento en que la Madre del Señor vino al mundo. Y, en cambio, nada de eso.

 

En una larga lista de nombres que va desde Abraham hasta José, María casi se pierde. Pero precisamente esa lista de nombres —la mayoría de los cuales… resultan tan inadecuados para la generación del Hijo de Dios— nos ofrece un dato con el que esta fiesta nos pide que nos midamos: el entramado de nuestras vivencias, a veces desarmónicas y contradictorias, nunca representa un impedimento definitivo para que Dios lleve a buen término su plan de salvación para la humanidad.

 

Solo se llega a esta toma de conciencia gracias a la fe, que es precisamente la capacidad de conciliar la promesa de Dios con aquello a lo que nos enfrentamos humanamente cada día.

 

Seguramente María se preguntó cómo conciliar lo que el ángel le había anunciado sobre aquel niño: será grande, será llamado Hijo del Altísimo… y, por ejemplo, aquel nacimiento fuera de casa.

 

Él, el cumplimiento de las expectativas de Israel, rechazado precisamente por su propio pueblo.


¡Qué contradicciones! Y, sin embargo, el designio de Dios sobre la historia se cumple siempre a través de lo humanamente irreconciliable.

 

Todo se reinterpreta como una pieza que, poco a poco, va componiendo lo que más le importa a Dios: una humanidad reconciliada. Y, en ese sentido, cada nacimiento representa el nuevo injerto que Dios realiza en el tronco de la humanidad: una nueva posibilidad ofrecida para que la vida supere las resistencias y las dificultades.

 

De verdad, «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios» (Rom 8,28). Nuestra vida, por muy pobre y frágil que sea, no está marcada por el azar y mucho menos abandonada a merced del caos. Una atención amorosa acompaña los pasos de nuestro deambular…

 

¡Qué bonito sería poder continuar esa genealogía hasta llegar a nosotros!

 

Todos nuestros nombres se iluminan con ese fruto maduro, que es el Dios con nosotros, el Dios mezclado con nosotros. Esta larga genealogía que llega hasta mí me habla de la fidelidad de Dios a nuestra tierra, a nuestra humanidad.

 

Por eso no puedo caer en actitudes de desesperación. Si Dios es fiel a mi tierra, no puedo desesperar de los hombres y las mujeres de hoy. Dios vincula el milagro de su presencia a la cotidianidad de mis días y a la sucesión de nuestros nombres.

 

Luego, aprender a concebir nuestra vida como una experiencia a través de la cual el Señor Jesús pueda tener derecho a permanecer en la historia.

 

Una normalidad transparente, la de María. Nada excepcional en sus días. Solo una gran disposición a confiar en una palabra que venía de otro lugar distinto a sus planes y proyectos. Casi una especie de inconsciencia la suya, ¡y sin embargo, qué bien le permitió no complicarse la vida con razonamientos vacíos!

 

Tomar a María consigo significa también no escandalizarse ante la propia pequeñez y la de los demás.


El Evangelio nunca muestra ningún atisbo de vergüenza por la medida de la pequeñez cuando esta se manifiesta, ya sea en el plano de la cantidad o en el de la eficiencia.

 

¿Qué era María y quién era María en relación con aquello para lo que se le pedía? Y, sin embargo, es por ese camino por donde Dios se ha abierto paso en la historia de la humanidad.

 

Nuestras proyecciones siempre nos han llevado a pensar en Dios como algo que trasciende cualquier medida. Y, sin embargo, Dios se muestra desde siempre «convertido» al encanto de la pequeñez. Incluso se vacía de sí mismo.

 

Nada del Altísimo puede conocerse sino a través de lo Infinitamente Pequeño, a través de este Dios a la altura de un niño, este Dios pegado al suelo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 5 de septiembre de 2026

No temas llevarte contigo a María.

No temas llevarte contigo a María

Celebramos el nacimiento de María. A nosotros, como a José aquel día, se nos repite: «No temas tomar contigo a María». Sabemos lo que significó para José aceptar esta invitación del ángel. Pero, ¿qué podría significar para nosotros?

 

En primer lugar, aprender a aceptar la discordia y la contradicción. Habríamos esperado quién sabe qué relato del momento en que la Madre del Señor vio la luz. Y, en cambio, nada de eso. En esa larga lista de nombres que va desde Abraham hasta José, María casi se pierde.

 

Y, sin embargo, precisamente esa lista de nombres —la mayoría de los cuales hasta podrían no ser los más adecuados para la generación del Hijo de Dios— nos devuelve un dato con el que esta fiesta nos pide que nos midamos: la trama de nuestras vicisitudes, a veces no tan armónicas y contradictorias, nunca representa un impedimento definitivo para que Dios lleve a cabo su plan de salvación sobre la humanidad.

 

A esta conciencia no se llega sino gracias a la fe, que es precisamente la capacidad de mantener unidas la promesa de Dios y aquello con lo que nos enfrentamos humanamente cada día.

 

María se habrá preguntado sin duda cómo mantener unidas las cosas que el ángel le había anunciado sobre ese niño: «Será grande, será llamado Hijo del Altísimo»... y, por ejemplo, ese nacimiento fuera de casa. Él, la realización de las expectativas de Israel, rechazado precisamente por su pueblo. ¡Qué contradicciones!

 

Pero el designio de Dios sobre la historia se cumple siempre a través de lo humanamente inconciliable.

 

Todo se reinterpreta como una pieza que poco a poco compone lo que más le importa a Dios: una humanidad reconciliada. 


Y en este sentido, cada nacimiento representa el nuevo injerto que Dios realiza en el tronco de la humanidad: una nueva posibilidad ofrecida para que la vida supere las resistencias y las dificultades.


Verdaderamente «todo contribuye al bien de los que aman a Dios» (Romanos 8,28). Nuestra vida, por pobre y frágil que sea, no está marcada por el azar y mucho menos abandonada al caos. Una atención amorosa acompaña los pasos de nuestro vagar...

 

¡Qué hermoso sería poder continuar esa genealogía hasta llegar a nosotros! Todos nuestros nombres, que reciben luz de ese fruto maduro, que es Dios con nosotros, Dios mezclado con nosotros. 


Esta larga genealogía que llega hasta mí me habla de la fidelidad de Dios a nuestra tierra, a nuestra humanidad.

 

Precisamente por eso no puedo caer en actitudes de desesperación. Si Dios es fiel a mi tierra, no puedo desesperar de los hombres y mujeres de hoy. 


Dios vincula el milagro de su presencia a la cotidianidad de mis días y a la sucesión de nuestros nombres.

 

Entonces, se puede aprender a pensar nuestra vida como una experiencia a través de la cual el Señor Jesús puede tener derecho de residencia en la historia. 


Una normalidad transparente, la de María. Nada excepcional en sus días. Solo mucha disposición a confiar en una palabra que venía de otro lugar distinto a sus planes y proyectos.

 

Casi una especie de inconsciencia la suya, y sin embargo, ¡qué le permitió realizar eso de no complicarse la vida con razonamientos vacíos!

 

Tomar consigo a María significa aún no escandalizarse por la pequeñez propia y ajena. El Evangelio nunca devuelve un rasgo de vergüenza por la medida de la pequeñez cuando esta se manifiesta en el plano de la cantidad o en el de la eficiencia.

 

¿Qué era María y quién era María en relación con aquello para lo que era interpelada? Sin embargo, es por ese camino por el que Dios se abrió paso en la historia de la humanidad.

 

Nuestras proyecciones siempre nos han llevado a pensar en Dios como algo más allá de la medida más grande. En cambio, Dios se muestra desde siempre «convertido» al encanto de la pequeñez. Incluso se vacía.

 

Nada del Altísimo puede conocerse sino a través de lo Infinitamente Pequeño, a través de este Dios a la altura de un niño engendrado en el vientre de una mujer que lleva por nombre... María.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



lunes, 24 de agosto de 2026

Una aproximación teológica al Dogma de la Asunción.

Una aproximación teológica al Dogma de la Asunción

¿Cómo se puede interpretar hoy en día el texto del dogma de 1950: «La Madre Inmaculada de Dios, María, siempre virgen, al terminar el curso de su vida terrenal, fue asumida a la gloria celestial en alma y cuerpo»? 

La fórmula presenta algunos aspectos particularmente interesantes. 

1.- No precisa deliberadamente si María murió o no antes de la Asunción; 

2.- No habla de un «privilegio singular», como sí lo hace la definición de la Inmaculada Concepción de 1854; 

3.- No alude a la cuestión del «tiempo», en relación con la Asunción, como sí aparece en el dogma de la Inmaculada, tal y como se establece desde el «primer instante de su concepción». El núcleo esencial de la definición es únicamente que María fue introducida en la gloria celestial en la totalidad de su persona. 

A la luz de la antropología escolástica, de derivación aristotélica, en la que se enmarca el texto, la Asunción sería el resultado de una secuencia precisa: al morir, el alma de María se separa del cuerpo; el alma entra en la gloria, pero el cuerpo, a diferencia del de otras personas, no sufre la corrupción habitual de la tumba y también es glorificado de inmediato; por último, el alma y el cuerpo se reunifican en el cielo. 

Esta interpretación encuentra su lugar, históricamente, en la teología de los «privilegios marianos», que desde principios del siglo XIX hasta el Concilio Vaticano II dominó el panorama de la mariología. 

Pero es precisamente aquí donde surge una diferencia significativa entre el dogma de la Inmaculada Concepción y el de la Asunción, debido a esas tres características que he mencionado. De hecho, la Asunción tiende a entenderse como un cumplimiento escatológico, más que simplemente como un privilegio que hace excepción a la condición humana. 

El Concilio Vaticano II afirma que María, «ya glorificada en el cielo en cuerpo y alma», es «la imagen y el principio de la Iglesia, que tendrá su plenitud en la era futura» (LG 68). María no es solo una persona privilegiada junto a la Iglesia: es icono y principio de la propia Iglesia. Su Asunción es, por tanto, un acontecimiento que revela el destino de la comunidad eclesial y, a través de ella, el destino de la humanidad redimida. 

Esta perspectiva se precisa cuando el Catecismo afirma que: «la Iglesia no entrará en la gloria del Reino sino a través de esta última Pascua, en la que seguirá a su Señor en su muerte y Resurrección» (CCC 677). Esta afirmación es decisiva. 

La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, no alcanzará su plenitud simplemente a través de un proceso histórico de afirmación progresiva. Deberá atravesar una Pascua. Su camino hacia la gloria pasa, al igual que para Cristo, por la muerte. 

Si María es realmente icono y principio de la Iglesia, entonces la Asunción puede interpretarse como la plena realización, en su persona, de la Pascua. 

Precisamente por esto tendría más sentido la tradición oriental de la Dormición, a diferencia de la occidental, que siempre ha conservado con gran firmeza la convicción de que María pasó a través de la muerte. María no habría sido sustraída de la Pascua, sino que sería la primera en participar plenamente en ella. 

María se sitúa, pues, entre Cristo y la Iglesia: recibe de Cristo la plenitud de la Pascua y la vive, para que la Iglesia la vea y recuerde quién es. 

Este enfoque permite replantearse el significado antropológico de la expresión «en cuerpo y alma». 

Las neurociencias muestran la profunda interdependencia entre la conciencia, la memoria, la identidad personal, el cerebro y la corporeidad. La física, además, nos presenta conocimientos (por ejemplo, el entrelazamiento y la no localidad) que nos obligan a cuestionar representaciones demasiado simplistas de la materia. 

Esto hace inevitable que la teología intente elaborar una concepción más integral del ser humano que recupere una dimensión más bíblica de la antropología. La persona nunca aparece como un sujeto espiritual simplemente situado dentro de un organismo biológico, sino como una realidad encarnada, relacional, histórica y corporal. 

Por lo tanto, «en alma y cuerpo» significa que María fue asumida en la totalidad de su existencia personal. La muerte, en consecuencia, puede concebirse no como la separación del alma y el cuerpo, sino como el paso radical de la persona a una nueva forma de existencia: «de este mundo al Padre». 

La Asunción de María puede reinterpretarse así como la manifestación de este cumplimiento, de tal manera que la Pascua de Cristo se haga visible en sus efectos, no solo sobre el propio Cristo (resurrección y ascensión), sino también en la humanidad que Cristo ha redimido. 

Mientras que las personas resucitarán al final de los tiempos, María ya ha resucitado y ha sido glorificada, como Cristo. 

La Asunción de María pone de relieve la forma en que nos representamos conceptualmente los acontecimientos posteriores a la muerte. La interpretación clásica del dogma sugiere que Ella no pasó por lo que se denomina «estado intermedio» entre la muerte y la resurrección y, por lo tanto, esto constituiría una excepción que la caracterizaría como un «privilegio personal». 

Pero, en cuanto al concepto de estado intermedio, en el siglo XX la teología ha elaborado dos propuestas alternativas a la concepción tradicional. 

Una primera postura es la de la «muerte total»: con la muerte cesaría toda forma de subsistencia personal y Dios recrearía al hombre en la resurrección final. En este sentido, el privilegio personal de María sería incluso mayor que el que le otorga la postura tradicional, ya que, a diferencia de los hombres, habría sido preservada incluso de la muerte total. 

Una segunda solución es la de la «resurrección en la muerte». Si la persona muere y sale del tiempo, se puede pensar que la resurrección coincide, como acontecimiento, con la propia muerte. De este modo, se elimina para todos el estado intermedio y la condición de María sería la de cada salvado, la de cualquier otro santo. 

El Magisterio católico, sobre todo en tres textos, ha intervenido rechazando estas dos perspectivas. En la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe «Recentiores episcoporum Synodi», del 17 de mayo de 1979; en el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1021-23); en la carta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del 25 de julio de 2025. 

En estos textos se afirma que la Iglesia sostiene la teoría de las dos fases: la supervivencia, tras la muerte, de un elemento espiritual dotado de conciencia y voluntad, es decir, el alma, pero que dicho estado no es el definitivo que habrá en la parusía. 

Pero en estos documentos no se define una ontología temporal concreta del más allá. Se limitan únicamente a salvaguardar la continuidad personal y la distinción con respecto a la parusía. 

El propio Catecismo afirma que el misterio de la condición celestial «supera toda posibilidad de comprensión y descripción» y que la Escritura habla de él mediante imágenes. Y en la carta de 2025 también se aclara que el alma no es una «parte» de la persona y que tampoco el cuerpo es una «porción» de la persona. 

Estas observaciones ponen de relieve una tensión conceptual inevitable en la teoría de las dos fases. Esto se debe a que los documentos nunca abordan de manera suficientemente explícita desde qué punto de vista afirman lo que dicen: ¿desde la perspectiva de quien se encuentra en el tiempo histórico o desde la del difunto, que está fuera del tiempo? 

Desde la perspectiva de quien se encuentra en el tiempo, los acontecimientos pueden representarse según una sucesión temporal. Por lo tanto, desde este punto de vista, es correcto hablar de una distancia temporal entre la muerte individual y la resurrección final. 

Pero desde la perspectiva de la persona fallecida, la situación es radicalmente diferente. Aunque no sepamos con certeza cuál es la condición de la persona más allá de la muerte, no podemos trasladar automáticamente a su condición nuestra forma de medir el tiempo, porque ella está más allá del tiempo. A la luz de esta distinción surge una tercera posibilidad que evita los dos extremos que el magisterio no acepta. 

Partiendo de esta misma distinción, se puede decir que, para nosotros, que vivimos en la historia, la muerte y la resurrección se sitúan en una sucesión temporal: morimos, la historia continúa y esperamos el cumplimiento final. 

Para el difunto, en cambio, no es necesario postular una distancia temporal perceptible entre la muerte y la resurrección. La muerte nos introduce en la dimensión escatológica, sin que ello implique necesariamente que la muerte y la resurrección sean el mismo acontecimiento. 

Aplicada a la Asunción, esta perspectiva permite mostrar cómo, para nosotros que vivimos en la historia, existe una verdadera anticipación temporal: María ya se encuentra en la condición glorificada, mientras que la Iglesia terrenal sigue siendo peregrina y espera el cumplimiento final. 

Desde el punto de vista de María, en cambio, no es necesario introducir una experiencia cronológica diferente de la muerte y la resurrección. La singularidad de María no consiste, por tanto, en haber experimentado un «tiempo intermedio» más breve, diferente o inexistente, con una estructura temporal diferente de la existencia tras la muerte. 

Su singularidad consiste en encontrarse en una relación especial con Cristo y con su redención, que solo Ella posee, en la que su glorificación hace presente y manifiesta en la historia el destino final de todos. 

Se trata de una anticipación icónica en la que la Iglesia ya puede contemplar aquello en lo que Ella misma está llamada a convertirse: la plena participación en la vida de Cristo, la glorificación de la persona en su totalidad y la comunión definitiva con Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 14 de agosto de 2026

El Canto de esperanza: el Magnificat de María.

El Canto de esperanza: el Magnificat de María 

Hay algo sorprendente en esta Liturgia. Celebramos a María en la gloria del cielo y, sin embargo, la primera lectura nos presenta a una mujer que no está simplemente en el cielo: es una mujer que sufre, que huye, que atraviesa el desierto, que es perseguida. Es gloriosa y perseguida. Está coronada y huye. Está destinada a la victoria y, al mismo tiempo, expuesta a la amenaza del dragón. 

Esta imagen contiene quizá una de las claves más profundas para comprender la Asunción. María ya está en la gloria, pero la Iglesia, de la que ella es icono, camina por la historia y aún no está en la gloria. María ya está allí donde esperamos llegar. 

Y precisamente porque Ella ya está en la plenitud, comprendemos mejor lo que significa estar aún en camino. Esta Fiesta no es una huida de la actualidad para consolarnos con la gloria que nos espera, sino que nos obliga a mirar más profundamente nuestro tiempo. 

Esta es la condición cristiana: vivir entre un «ya» y un «todavía no». 

Jesús ha resucitado; la muerte no es la última palabra; el Espíritu ha sido donado; la vida eterna, de alguna manera, ya ha comenzado en nosotros: esto es el «ya». 

Pero el ser humano sigue siendo frágil. En Gaza, en Ucrania y en otras unas 100 regiones del mundo, la muerte, la destrucción y el dolor parecen imperar. Y nosotros, aquí, vivimos inmersos en un sistema cultural y de mercado que nos obliga a gritar: «¡Sigamos siendo humanos!». La Iglesia sigue lidiando con pecados y actos de inhumanidad graves. A menudo vivimos con una ansiedad subyacente, con el miedo a salir de casa, a que nos «engañen» quienes deberían amarnos. Este es el «todavía no». 

No debemos eliminar una de las dos imágenes para conservar la otra. La mujer es, al mismo tiempo, signo de gloria y figura del sufrimiento. Y el esfuerzo del creyente y de la Iglesia radica precisamente en mantener unidas estas dos facetas de la fe. 

A veces nos gustaría que la fe eliminara de inmediato lo incompleto de nuestra existencia. Nos gustaría que, si Dios nos ha salvado, nuestra vida estuviera ya libre de toda contradicción, de toda fragilidad, de toda oscuridad. 

Y cuando alguien intenta forzar los tiempos y anticipar la solución del mal mediante estrategias humanas y con el apoyo de los poderes del mundo, tal vez esté prestando el peor servicio posible al Evangelio. 

Porque el Evangelio no nos promete esto. Nos promete algo más profundo: que Dios nos acompaña en el tiempo de la incompletitud. El desierto del Apocalipsis no es un lugar de abandono. Es el lugar que Dios ha preparado para la mujer para que sea alimentada. 

El desierto, pues, no es la prueba de que Dios esté ausente. Ni siquiera el desierto de la inhumanidad, ni el de la violencia sin sentido, ni el de la guerra como estado endémico que favorece al mercado. Es el lugar de su presencia en forma de promesa, de protección y de sustento. 

Esta es quizás una de las cosas más difíciles de aceptar en la vida cristiana: cuando ya no comprendemos el sentido de la presencia de Dios en la historia, imaginamos que se le ha escapado de las manos. Pero si no comprendemos la realidad, no es ella la que está equivocada, sino nuestra postura con la que la miramos. 

Dios puede estar realmente presente incluso cuando su salvación aún no es plenamente visible, incluso en el desierto de la inhumanidad. Nosotros querríamos la gloria; Dios nos da el camino hacia la gloria. Nosotros querríamos el cumplimiento; Dios nos da la promesa. Nosotros querríamos ver; Dios nos pide que esperemos. 

He aquí el sentido del Magnificat. María dice: «Mi alma glorifica al Señor». Pero María canta la salvación mientras la historia aún no se ha cumplido. Aún no ha visto todo lo que Dios hará. Aún no tiene ante sus ojos la Pascua. Aún no ha visto la resurrección de su Hijo. Y, sin embargo, canta. 

El Magnificat es, por tanto, el canto de una salvación que ya ha comenzado, pero que aún no se ha cumplido. Ella canta también lo que aún está por suceder: «Ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha exaltado a los humildes». Su canto es memoria, presencia y profecía al mismo tiempo. Por eso, el Magnificat es el canto de la esperanza. 

La esperanza cristiana no consiste en decir: «Quizá algún día Dios nos salve». Es algo mucho más fuerte. Es decir: Dios ya ha comenzado a salvarnos, y precisamente por eso podemos esperar lo que aún no vemos. 

Por eso, la Asunción no nos aleja de la tierra: nos enseña a vivirla. ¿Y cómo? 

El Evangelio no nos presenta a María inmóvil en la contemplación de su propia grandeza. Nada más recibir la promesa, María «se levantó y se fue apresuradamente» hacia Isabel. Es extraordinario: la mujer a la que Dios ha destinado a la gloria atraviesa la historia poniéndose en camino hacia otra persona. Esta es la lógica cristiana de la espera. 

Quien tiene fe en cuál será su destino último no huye del presente, no lo teme, no intenta cambiarlo con su impaciencia o para escapar de sus propios miedos: lo vive con mayor intensidad, apoyado en la certeza de la fe, en la relación de amor con los hermanos. 

María sabe que Dios está realizando algo inmenso en ella, pero esta conciencia no la aleja de la realidad concreta de la historia. 

Así debería ser también nuestra esperanza. La esperanza cristiana no es una evasión del mundo. Es la capacidad de vivir el presente sin pretender que el presente sea ya la plenitud. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...