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domingo, 2 de agosto de 2026

Venid conmigo a un sitio apartado.

Venid conmigo a un sitio apartado 

Como siempre, también estos días nos hundimos de repente en no pocas pesadillas. 

Miedos, duelos, limitaciones, oposiciones, cansancios, victimismos… ¿Podemos entrever algunos destellos de esperanza en el horizonte? 

La dichosa guerra… Sombras amenazantes… Imágenes de dolores y sufrimientos… 

¿Alguna alegría? 

Sí, tengo miedo y estoy cansado. Lo admito. 

Y quisiera huir pero no sé a dónde. 

Y veo a Dios, mi Dios, moviendo la cabeza. 

Le pedimos que detenga las guerras, después de que nosotros las hemos fomentado. 

Se necesita urgentemente un cambio. 

En mirada, en estilo, en acciones. De fe. 

Se necesita urgentemente una metamorfosis. 

Venid conmigo. Seguidme 

En la montaña 

Un cambio. Para superar la tentación de la desesperación. O de la violencia. 

Como nos decía Lucas el domingo pasado, la tentación, cuyo término significa “pasar a través”, es la dimensión habitual en la que vivimos y nos afecta precisamente porque somos creyentes y estamos llenos del Espíritu Santo. Paradójicamente es una buena señal ser tentado, significa que estamos en la lógica de la conversión. 

Si somos tentados es porque somos creyentes. 

Tabor es la meta de nuestra Cuaresma. La belleza y la alegría nos esperan, allí queremos ir, allí queremos orientar nuestras vidas. 

No para escapar de la pesada realidad, sino para transfigurarla. 

Vivimos en una época en la que se cultiva la desarmonía. En palabras, en discursos, incluso en nuestros barrios. En nuestras relaciones cotidianas. El lujo se confunde con la belleza, la riqueza con el esplendor. 

Pero sin belleza el corazón se marchita. Sin la belleza que toca lo bueno y lo justo, el alma se seca hasta quedar reseca. 

Una nueva mirada 

Aquel carpintero convertido en rabino lo conocían desde hacía mucho tiempo. 

Escucharon sus palabras, admiraron su profundidad y tranquilidad, amaron su visión de las cosas. Pero ahora, en Tabor, su forma de verlo cambia. 

La belleza está en nuestra mirada, no en las cosas ni en las personas. 

Y ahora los discípulos lo ven con los ojos del corazón. 

¡Qué hermoso es ver la belleza de Dios! ¡Cuánto reconocemos, en el rostro más humano del Señor Jesús, la transparencia sonriente del rostro del Padre! 

¡Y cuánta belleza falta en nuestra fe! Hemos forzado la experiencia de la fe a incluirse en las categorías de justicia y moralidad. 

Creemos que es correcto y apropiado creer en Dios. 

Es hermoso, responden los apóstoles. Una belleza que supera toda otra belleza, que ilumina y rebaja toda otra alegría que en Dios, y sólo en Dios, adquiere profundidad y esperanza de inmortalidad. 

Buscamos esta belleza cuando entramos en el desierto de la Cuaresma. 

En la locura del hombre que se cree Dios. 

Buscamos al Dios hermoso, nada más. 

En la oración 

Lucas escribe que Jesús subió al Tabor a orar y que está en oración, mientras se transfigura, como para indicar que sólo en un profundo camino de interioridad podemos descubrir la belleza de pertenecer a Dios. 

Por eso, es urgente redescubrir en nuestra fe el aspecto de la oración como encuentro íntimo y fecundo con la Palabra de Dios, para hacer de ella una lectura orante, prolongada y fecunda. 

Nos habla de su rostro transformado, que cambia de apariencia: como cuando estás enamorado, como cuando estás feliz, como cuando regresamos de una experiencia extraordinaria de fe. Se ve, si hemos descubierto la belleza de Dios no necesitamos hablar de ello por mucho tiempo. 

Jesús habla con Elías y Moisés, los profetas y la Ley, para dar plenitud a su revelación. Pero sólo Lucas nos dice que habla de su éxodo, de su partida. Han transcurrido ocho días desde que Jesús anunció a sus discípulos el terrible giro que estaban tomando los acontecimientos y su posible muerte estaba en el horizonte. 

Hoy aprendemos de Lucas que aquí mismo, en la gloria, Jesús recibe la confirmación de esto y una clave para entender el dolor que está a punto de afrontar. Cuando estamos en el Tabor comprendemos que la vida real también está hecha de cruces y derrotas, de dolores y desilusiones. Sólo en la belleza podemos afrontar el dolor. 

Los discípulos están oprimidos por el sueño, aquí como lo estarán más tarde en Getsemaní. Para ver la belleza de Dios debemos luchar duro, pelear, permanecer despiertos. Hoy día, ser y permanecer cristianos exige un esfuerzo inmenso, sobrehumano, que sólo el Espíritu nos permite realizar. Evitemos construir tiendas para “bloquear” al Señor en el momento de gloria. Si tenemos la alegría de ver la belleza de Dios, es para llevarla con nosotros a la ciudad. 

En la escucha 

La nuestra no es la fe de las visiones, sino de la escucha. 

Y esta página lo confirma. Si la oración nos lleva al lugar interior donde se encuentra la mirada de Dios sobre el mundo, la escucha de la Palabra es la invitación que el Padre nos dirige a todos. 

Un escuchar que requiere atención. 

Una escucha que requiere silencio. 

Un escuchar requiere deseo. 

Como cuando recogemos las preciosas palabras de una persona que amamos. 

Que esta subida al Tabor sea una oportunidad para escuchar mejor. Nuestro yo más profundo, en primer lugar, sin vivir en la superficie. Los que nos rodean, para mejorar la calidad de nuestras conversaciones. Hemos de desear a sopesar y pensar en las palabras a pronunciar. Retomar, cada día, el Evangelio que nos ayuda a releer la vida. 

Entonces nuestra mirada verá la metamorfosis, la transfiguración, que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros cuando tomamos a Dios en serio. 

Y quiero empezar por mí mismo: sabiéndome amado, quiero construir un metro cuadrado de paz absoluta a mi alrededor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Oración y transfiguración: transfigurar la mirada o la luz para afrontar la vida.

Oración y transfiguración: transfigurar la mirada o la luz para afrontar la vida 

Cada año, el 6 de agosto - fecha de mi cumpleaños -, en pleno verano, la Iglesia nos invita a contemplar el gran misterio de la transfiguración de Jesús, narrado en los Evangelios sinópticos. Lucas (9, 28-36), en particular, lo relaciona con el tema de la oración de Jesús. 

Lucas nos revela que «Moisés y Elías, aparecidos en gloria, hablaban con Jesús de su exodus que se iba a cumplir en Jerusalén», del exodus de este mundo al Padre que Jesús iba a vivir en obediencia a las Escrituras. La conexión entre el Tabor (monte de la transfiguración) y el Gólgota (monte de la pasión) es el levantamiento del velo sobre lo que le espera a Jesús al final del viaje emprendido hacia Jerusalén. 

Inmediatamente después de recibir la confesión de Pedro, que lo proclamó Mesías, Jesús hizo el primer anuncio de la «necesidad» de su pasión, muerte y resurrección (cf. Lc 9,22). Justo después de esta revelación, «unos ocho días después», se produce el acontecimiento de la transfiguración, para atestiguar que Jesús es el Cristo, como lo había proclamado Pedro (cf. Lc 9,20), pero también que su gloria contiene como necessitas la pasión y la muerte. 

Esta «necesidad», de la que Jesús habla a menudo en Lucas, no está ligada ni al azar ni a un destino querido por Dios: Jesús fue hacia la muerte en libertad y por amor. Su pasión estaba ligada ante todo a una necesidad humana: en un mundo de injustos, el justo es rechazado, perseguido y, si es posible, asesinado (como se lee en los dos primeros capítulos del libro de la Sabiduría). Jesús podría haberse pasado al bando de los injustos: entonces habría cesado la hostilidad hacia él; pero, al seguir siendo fiel a la voluntad de Dios y haciendo el bien, solo podía preparar su rechazo. 

Ahora bien, si Jesús, el Justo, afronta esta situación sin recurrir a la violencia, sino permaneciendo fiel a Dios, entonces la necesidad humana puede interpretarse también como divina: la libre obediencia a la voluntad de Dios, que pide vivir el amor hasta el extremo, exige una vida de justicia y amor, incluso a costa de la muerte. 

En esta perspectiva, Jesús había anunciado que algunos de sus discípulos verían el Reino de Dios antes de morir (cf. Lc 9,27). Y así sucede. Jesús toma consigo a Pedro, Juan y Santiago, y sube al monte a orar con ellos, para encontrar luz en su camino. Y he aquí que, durante la oración, se manifiesta la gloria de Dios en su persona: se produce una transformación de su rostro, que se vuelve resplandeciente, y de sus vestiduras, que se vuelven luminosas. ¿Es otro Jesús? No, es el hombre Jesús de Nazaret, pero contemplado en su gloria, en su vínculo inquebrantable con el Padre. 

Según los Padres de la Iglesia griega, la transformación, la metamorfosis, es un acontecimiento que afecta a los ojos y al corazón de los discípulos. Lo que se transfigura es la mirada de los tres, que por gracia han visto lo que no podían ver en la vida cotidiana. Se les concede la facultad de ver a Cristo en su realidad de Hijo de Dios, «oculta» en la vida terrenal de Jesús. 

¿Quieres saber si los discípulos, cuando Jesús se transfiguró ante los que había hecho subir al monte, vieron a Jesús bajo la forma de Dios, la que era la suya antes, habiendo tomado aquí abajo la forma de esclavo? Escucha estas palabras, en sentido espiritual, y fíjate en que no se dice solo «se transfiguró», sino «se transfiguró ante ellos» - Orígenes -. 

Esta experiencia de gloria es una revelación no solo para los discípulos, sino también para Jesús: para afrontar la prueba, no es necesario ser experto en el sufrimiento, sino simplemente haber visto la luz, en la fe, no con los ojos carnales. Hay que permanecer firmes en el Señor, creer que su camino es el de la vida, incluso a costa de perderla: perderla por Él es encontrarla, y quien tiene una razón por la que vale la pena dar la vida, hasta la muerte, ¡también tiene una razón para vivir! 

Jesús, pues, al comienzo de su viaje hacia Jerusalén, recibe del Padre la luz necesaria para afrontar el camino, incluso en la oscuridad del sufrimiento. También los discípulos están provistos de una luz que debe sostenerlos y hacerles comprender la necesidad de la pasión en todo camino de amor auténtico, que debe mantenerlos en la fe incluso en el escándalo de la pasión. 

Por eso, en la luz que Dios da a Jesús y a los discípulos aparecen Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, las Escrituras que contienen la Palabra de Dios, como confirmación del camino de Jesús y luz para los discípulos. Moisés y Elías hablan de la necesidad del éxodo de Jesús: en un mundo injusto, si el justo quiere permanecer en la lógica de la justicia y del amor —es decir, de Dios—, no puede sino «sufrir muchas cosas» (Lc 9,22). Es una verdad difícil de aceptar, pero el esfuerzo es un paso necesario en todo camino de amor fiel: no puede suprimirse en el camino de la humanización ni en el seguimiento de Jesús. 

Por otra parte, Jesús acaba de decirlo: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se despoje de sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará» (Lc 9,23-24). Si, pues, el discípulo, cada uno de nosotros, ha visto con los ojos de la fe la luz de Cristo, está equipado para la lucha espiritual, para vivir la paradoja del Evangelio. 

Esto supone en la dinámica de la oración que Jesús y los discípulos subieron al Tabor y subirán al monte de los Olivos (cf. Lc 22,39-46) para orar. Los discípulos vieron la gloria de Jesús en el Tabor porque permanecieron en oración; en cambio, no supieron contemplar a Jesús en el monte de los Olivos y seguirlo al Gólgota porque aquella noche no supieron orar. 

En ambas ocasiones estaban oprimidos por el sueño, pero en el Tabor se mantuvieron despiertos para orar y vieron la gloria de Jesús; en el Monte de los Olivos, en cambio, no pudieron velar, a pesar de que Jesús los había llamado a orar con Él, y así decidieron huir y renegar del camino recorrido. 

Nuestra oración está llamada a ser como la de Jesús: escucha de la palabra de Dios contenida en las Escrituras, coloquio con quien vive en Dios, experiencia de la comunión de los amigos y discípulos del Maestro de la Luz. 

En esta oración, Jesús encuentra la confirmación de su camino, orientado hacia la pasión, la muerte y la resurrección, en continuidad con la historia de la salvación. En esta oración, que se nos conceda renovar nuestra fe en la voz de Dios que repite cada día a nuestro corazón: «Este es mi Hijo, el amado, el elegido; escuchadle». 

El gran mandamiento «Escucha, Israel» (Dt 6,4) resuena ahora como: «Escuchadle a Él, el Hijo», Verbo hecho carne en Jesús (cf. Jn 1,14), Hombre en quien las Escrituras encuentran su cumplimiento (cf. Lc 24,44). 

Esto es lo esencial de nuestra fe y es el camino para seguir a Cristo: seguros de que nuestra lucha cotidiana, sostenida por la oración, se abrirá un día, ¿o no será que se abre cada día?, a la luz de la resurrección. Y confiando en la promesa transfiguradora de Jesús: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de febrero de 2026

Una Via Crucis en forma de plegaria - Franz Liszt -.

Una Via Crucis en forma de plegaria - Franz Liszt -

El «Vía Crucis» de Franz Liszt, una composición que recorre las emociones más profundas de la Pasión de Jesús, es una obra que va más allá de la música, convirtiéndose en una reflexión espiritual y una experiencia intensa.

 

Compuesta en 1878, esta secuencia de meditaciones es una de las expresiones más extraordinarias del romanticismo musical. Franz Liszt, conocido por su extraordinaria habilidad pianística y su intensidad emocional, supo plasmar en notas los sufrimientos y reflexiones del Vía Crucis, creando una obra que no solo narra el sufrimiento, sino que invita a vivir cada paso del camino con una profunda participación.

 

Via Crucis es el fruto de la experiencia religiosa y musical personal de Franz Liszt y se basa en tres pilares fundamentales: el gregoriano, lenguaje musical de la Iglesia católica; el coral luterano, que rinde homenaje a Johann Sebastian Bach y recuerda sus lejanos orígenes alemanes; y, por último, su propio lenguaje artístico-expresivo, madurado a lo largo de toda su vida.

 

Franz Liszt une sabiamente estos tres mundos muy distantes entre sí de una manera original e innovadora, dando vida a un lenguaje renovado, basado en el gregoriano, pero al mismo tiempo consciente de los avances musicales contemporáneos.

 

Se trata de una obra fuera del canon por su modernidad, a pesar de que Franz Liszt había respetado las normas eclesiásticas prescritas en los reglamentos de música sacra de la época: lenguaje sobrio, melodías sencillas y el órgano como único instrumento de acompañamiento del canto.

 

La obra se compone de quince piezas breves, catorce estaciones más un episodio inicial, que tienen la función de acompañar el rito religioso; la formación incluye soprano, mezzosoprano, contralto, tenor, barítono, bajo, coro y solo órgano (o, eventualmente, piano).

 

El estilo es sobrio, crudo, sin adornos, ecléctico, pero sobre todo muy expresivo. Por lo tanto, no es una obra que sorprenda por su originalidad estructural, sino más bien por la audacia del lenguaje y la mezcla de géneros. 

 

Cada estación del Vía Crucis, representada en la composición, conlleva un significado profundo y universal, que va mucho más allá de la simple narración bíblica.

 

La interpretación de esta obra no es solo una celebración de la Pasión de Jesús, sino también una meditación sobre el dolor, el sacrificio, la esperanza,…, temas que aún hoy resuenan con fuerza en nuestras vidas.

 

El ejercicio de escucha que te propongo es una oportunidad para sumergirte en una obra de gran valor histórico y espiritual. La experiencia musical del «Vía Crucis» ofrece la posibilidad de explorar la conexión emocional y espiritual con la música. Ciertamente es un momento de profunda reflexión.


La Via Crucis, dividida en 14 estaciones (más el episodio inicial), es un recorrido musical que fusiona diferentes estilos: desde el canto gregoriano hasta los corales luteranos, con un lenguaje armónico innovador y profundamente personal.

 

Franz Liszt refleja aquí no solo su fervor religioso, sino también su deseo de expresar el drama de la Pasión de Cristo de una manera universal.

 

Franz Liszt abre el Via Crucis con el himno gregoriano Vexilla regis, que data del siglo VI. Es uno de los himnos más antiguos de la Iglesia latina y se canta tradicionalmente en la liturgia del Viernes Santo. Musicalmente, Franz Liszt mantiene su carácter austero y solemne, con una escritura modal y una armonía esencial, evocando una atmósfera de meditación y sacralidad.

 

Avanzan los estandartes del Rey:

resplandece el misterio de la Cruz,

donde la Vida soportó la muerte

y con su muerte dio la vida.

Se han cumplido las cosas

que David había predicho

en su canto profético,

diciendo a las naciones:

Dios ha reinado desde la madera [de la Cruz].

 

Le sigue O Crux, ave, que constituye una estrofa posterior del himno Vexilla regis. Liszt lo armoniza a cuatro voces con un estilo sobrio y solemne, creando una atmósfera de recogimiento. La música se caracteriza por una armonía esencial y un ritmo austero, que enfatiza la función meditativa de la obra.

 

O Crux, ave, spes unica

O Crux, ave, spes unica,

hoc passionis tempore!

Piis adauge gratiam,

reisque dele crimina.

 

Oh Cruz, te saludo, única esperanza

Oh Cruz, te saludo, única esperanza,

en este tiempo de la Pasión.

Aumenta la gracia para los piadosos

y borra los pecados de los culpables.

 

1. Jesús es condenado a muerte 

Jesús recibe la sentencia de muerte. El ambiente es dramático, con tonos sombríos que sugieren el peso del juicio.

 

Innocens ego sum a sanguine justi hujus.

Soy inocente de la sangre de este justo.

 

2. Jesús toma la cruz 

Jesús acepta su destino y toma la cruz. El tema musical es grave y meditativo, simbolizando la aceptación del sacrificio.

 

Ave crux, spes unica!

¡Salve, cruz, única esperanza!

 

3. Jesús cae por primera vez 

El esfuerzo de su andadura lleva a Jesús a su primera caída. Los ritmos entrecortados y las progresiones armónicas descendentes representan el peso de la cruz.

 

Jesus cadit.

Jesús cae.

 

Sigue un breve coral a tres voces femeninas con el texto del Stabat Mater. Franz Liszt armoniza esta estrofa para tres voces femeninas (soprano I, soprano II y contralto), creando una atmósfera suspendida y dolorosa, que enfatiza el dolor de María al presenciar la caída de su Hijo bajo el peso de la cruz. La armonía es esencial y meditativa, con una escritura vocal que encaja perfectamente en la austeridad general del Via Crucis.

 

Stabat Mater dolorosa

juxta crucem lacrimosa,

dum pendebat Filius.

 

La Madre dolorida estaba

llorando junto a la cruz,

mientras su Hijo colgaba.

 

4. Jesús se encuentra con su Madre 

El encuentro entre Jesús y María expresa el máximo dolor maternal. Tema lírico y doloroso, que expresa compasión y amor infinito.

 

Órgano solo.

 

5. Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz 

Simón de Cirene se ve obligado a compartir el peso de la cruz. El tono es consolador pero con acentos de esfuerzo compartido.

 

Órgano solo.


6. Verónica seca el rostro de Jesús 


En esta estación, Franz Liszt inserta un coral a cuatro voces basado en el famoso himno luterano O Haupt voll Blut und Wunden. Este texto, escrito en el siglo XVII, fue musicalizado por Johann Sebastian Bach en la Pasión según San Mateo. Franz Liszt retoma esta melodía con gran sobriedad, manteniendo una armonía austera y profundamente meditativa.

 

El ambiente de la pieza es doloroso, con algunas progresiones que acentúan la intensidad expresiva y el pathos de la escena. El uso de las cuatro voces confiere a la música un carácter contemplativo y casi místico, mientras que la ejecución a capella refuerza aún más la sensación de recogimiento y devoción.

 

El texto del coral, que expresa veneración y compasión por Jesús sufriente, se integra perfectamente con el gesto de Verónica. Su acto de piedad y amor se ve sublimado por esta conmovedora melodía, que convierte la escena en uno de los momentos más íntimos y emotivos de todo el Vía Crucis.

 

Oh cabeza llena de sangre y heridas,

llena de dolor y escarnio,

Oh cabeza, atada por burla

con una corona de espinas;

Oh cabeza, antes adornada

con el más alto honor y esplendor,

ahora tan humillada:

¡te saludo!

 

7. Jesús cae por segunda vez 

- La segunda caída de Jesús marca su esfuerzo extremo, pero también su humanidad. La música retoma el dramatismo de la primera caída, con un ritmo entrecortado y acentos fuertes que expresan el dolor y el cansancio.

 

El tema «Jesus cadit», confiado de nuevo a los tenores y bajos, se desarrolla en un registro más alto que la primera caída, casi para subrayar el esfuerzo extremo y el dolor creciente de Jesús a medida que su camino se hace cada vez más arduo.

 

La armonía se vuelve más tensa y las líneas melódicas ascendentes parecen evocar un anhelo de resistencia y, al mismo tiempo, el inevitable agotamiento.

 

Jesus cadit.

Jesús cae.

 

Inmediatamente después, el coro femenino vuelve a entonar el Stabat Mater, esta vez también en un registro más alto que en la tercera estación. La elección de tesituras más agudas para ambas secciones contribuye a crear una sensación de creciente intensidad emocional, como si el peso de la cruz se hiciera cada vez más insoportable y el dolor de María se amplificara ante el sufrimiento de su Hijo. 

 

Stabat Mater dolorosa

juxta crucem lacrimosa,

dum pendebat Filius.

 

La Madre dolorida estaba

llorando junto a la cruz,

mientras su Hijo colgaba.

 

8. Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén 

Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús, quien las exhorta a llorar por ellas mismas y por sus hijos. El tema musical se vuelve más dulce, con un tono de consuelo, pero con una sutil tristeza.

 

La melodía avanza con un ritmo sobrio pero expresivo, casi como si reflejara la voz de Jesús que, a pesar del dolor, mantiene una fuerza interior y una conciencia superior a la de quienes le rodean. La armonía, aunque sigue siendo austera, evita excesos de tensión, sugiriendo un momento de reflexión más que de sufrimiento físico.

 

El contraste con las secciones anteriores es evidente: si en las caídas la música se doblega bajo el peso de la cruz, aquí se eleva en una especie de advertencia, subrayando el carácter profético de las palabras de Jesús.

 

Franz Liszt consigue restituir este matiz con un uso sabio de la dinámica y las progresiones armónicas, haciendo de la octava estación un pasaje de gran profundidad espiritual dentro del Vía Crucis.

 

Nolite flere super me,

sed super vos ipsas flete

et super filios vestros.

 

No lloréis por mí,

sino llorad por vosotras mismas

y por vuestros hijos.

 

9. Jesús cae por tercera vez 

La tercera y última caída de Jesús presagia su inminente muerte. El carácter de esta caída es trágico, con una armonía que resalta el agotamiento de Jesús, pero también su última resistencia antes de completar su muerte.

 

La música se vuelve cada vez más tensa y disonante, con un crescendo que culmina en la expresión del máximo dolor. No se trata solo de un momento físico, sino también simbólico, en el que la tercera caída representa la derrota temporal de la humanidad, pero también el acto final de redención por el mundo y la historia.

 

La melodía parece casi detenerse en un punto de ruptura, simbolizando el momento en el que Jesús, a pesar de sus sufrimientos, no se rinde.

 

A continuación viene el Stabat Mater; Liszt retoma la misma línea melódica con una importante diferencia tonal, que amplifica la sensación de melancolía y tristeza y aumenta la sensación de resignación y sufrimiento silencioso.

 

Franz Liszt utiliza esta transición con mucho cuidado para intensificar la expresión emocional del momento, resaltando la sensación de soledad y dolor de María.

 

Jesus cadit.

Jesús cae.

 

Stabat Mater dolorosa

juxta crucem lacrimosa,

dum pendebat Filius.

 

La Madre dolorida estaba

llorando junto a la cruz,

mientras su Hijo colgaba.

 

10. Jesús es despojado de sus vestiduras 

Jesús es despojado de sus vestiduras, un acto que simboliza la pérdida de toda dignidad humana. La música en esta estación es más severa y distante, simbolizando la violencia del gesto.

 

Órgano solo.

 

11. Jesús es clavado en la cruz 

Jesús es finalmente clavado en la cruz, momento culminante de su tormento físico. La tensión musical aumenta, con acentos marcados que simbolizan la agonía de la crucifixión.

 

Crucifige eum!

¡Crucifícalo!


 12. Jesús muere en la cruz 


Jesús muere en la cruz, el punto culminante de su pasión. La música refleja el drama de la muerte con un lento decrecimiento, como si la vida abandonara el cuerpo de Jesús. El tono es solemne y doloroso.

 

Eli, Eli, lamma sabacthani?

In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum.

Consummatum est.

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Todo está consumado.

 

A continuación, sigue el coral O Traurigkeit, o Herzeleid, de origen luterano, que expresa el duelo y el sufrimiento por la muerte de Jesús, al tiempo que subraya la redención obtenida a través de su muerte.

 

El tono es extremadamente triste y solemne, perfecto para acompañar el momento de la crucifixión. Franz Liszt utiliza este coral para transmitir una sensación de gran sufrimiento y pérdida, enfatizando el elemento trágico del acontecimiento con el uso de armonías sombrías y disonantes.

 

El ritmo es lento, casi como un lamento, para reflejar la gravedad del sacrificio que se está llevando a cabo. La elección de una melodía grave y un ritmo lento expresan la tristeza y el dolor que impregnan toda la escena de la muerte de Jesús.

 

Este coral es otro de los momentos más emotivos de la obra, ya que resume el sufrimiento humano universal ante la muerte y, al mismo tiempo, la solemnidad del sacrificio redentor.

 

¡Oh tristeza, oh dolor del corazón!

¿No es esto motivo de llanto?

El Hijo único de Dios Padre

es depositado en la tumba.

 

13. Jesús es bajado de la cruz 

El cuerpo de Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre. La música en esta estación es dulce y meditativa, expresando el dolor de la separación y la muerte.

 

Órgano solo.

 

14. Jesús es depositado en el sepulcro 

- El cuerpo de Jesús es depositado en el sepulcro, un acto que marca el final de su martirio físico. La música es tranquila, reflexiva y envuelve al oyente en una sensación de paz y tristeza a la vez. La atmósfera final es de abandono, pero también de esperanza.

 

Ave crux, spes unica,

Mundi salus et gloria,

Auge piis justitiam,

Responde dona veniam.

Amén.

¡Ave crux!

 

Salve, oh Cruz, única esperanza,

salvación y gloria del mundo,

aumenta la justicia de los piadosos,

responde con el don del perdón.

Amén.

¡Salve, oh Cruz!

 

La música de Franz Liszt nos lleva a un círculo completo: partimos del sufrimiento y el dolor de la Pasión, pero llegamos al final con un mensaje de gloria y esperanza.

 

La cruz, que inicialmente aparece como el signo de la muerte y el sufrimiento, se convierte en el símbolo de la victoria y la salvación.

 

La belleza y el dramatismo de la música no solo cuentan una historia bíblica, sino que invitan al oyente a entrar en una experiencia espiritual íntima y conmovedora. Cada estación no es solo un paso físico, sino también un momento de meditación y reflexión profunda sobre el significado del sufrimiento y la redención.

 

Via Crucis es el punto culminante de la música sacra de Franz Liszt, ya que contiene en sí misma las diferentes almas del compositor húngaro: el cristianismo, la audaz exploración musical y el ecumenismo de una fe que derriba las barreras de las divisiones entre católicos y protestantes y se une en un único credo en el momento más importante de la vida religiosa de un cristiano, el de la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

Lo más importante es tu ejercicio de audición (tal vez, y si son de alguna ayuda, con mis notas). Te ofrezco dos versiones. Ninguna de las dos llega a los 45 minutos.

 

1.- https://www.youtube.com/watch?v=SkNj_Y3ijVg (una visión en vivo muy centrada en el órgano).

 

2.- https://www.youtube.com/watch?v=y_WoxAOonoY (con los ‘cuadros’ de las estaciones del Via Crucis).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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